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¿Y si el amor existe de verdad? – Mariló Lafuente

¿Y si el amor existe de verdad? – Mariló Lafuente

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¿Y si el amor existe de verdad? – Mariló Lafuente

 Claire repasaba en el vuelo a Nueva York junto a su editor, todas las ciudades en las que próximamente presentaría su nuevo libro y las fechas de presentación.
Volvían a casa después de recorrer durante una semana la costa oeste, promocionando su novela en Santa Bárbara, San Francisco, Portland y Seattle. El regreso se
había adelantado un día debido a un desafortunado accidente. La última presentación debía celebrarse en Boise, pero la librería donde se iba a realizar, había sufrido un
incendio debido a un cortocircuito y el edificio había quedado reducido a cenizas. Con tan poco tiempo no pudieron buscar otro lugar para la firma de ejemplares, por
eso se había anulado la presentación de su novela en esa ciudad.
No le había dicho a Philip, su novio, que volvía un día antes porque quería darle una sorpresa. Llegaba un poco tarde, el avión aterrizaría en Nueva York alrededor
de las dos de la madrugada y lo más seguro es que lo encontraría ya en la cama durmiendo.
Cuando llegaron al aeropuerto de La Guardia en Queens, su editor la llevó a casa dejándola en la puerta. La vivienda estaba situada en una de las zonas más
exclusivas de Manhattan, Claire había vivido allí desde que nació, primero con su abuela y su madre, después solo con su abuela y cuando esta murió, tres años antes, la
compartió con su novio Philip.

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Su madre se quedó embarazada en una noche de desenfreno y alcohol y aunque ella aseguraba que sabía perfectamente quién era su padre, tanto Claire como su
abuela siempre lo dudaron. Incluso pensaban que no solo no sabía quién era él, sino que si se tropezaran por la calle, no lo reconocería. Durante cuatro años vivieron las
tres juntas, hasta que su madre conoció a un rico banquero de Boston. Se enamoró de ella nada más conocerla, la quería con locura, pero desde el principio le dejó muy
claro que no quería saber nada de su hija. Sarah, su madre, después de pensarlo mucho, se casó con él y se trasladó a vivir a Boston, dejando a su hija Claire al cuidado
de su abuela. Tenía dos hermanastros, pero apenas mantenían relación, en realidad casi no los conocía. Al principio, su madre las visitaba a menudo, pero con el paso de
los años, esas visitas se espaciaron tanto, que se convirtieron en un compromiso obligado, un par de veces al año.
Cuando el coche la dejó delante de su bonita casa estilo Brownstone, situada en el exclusivo barrio de Upper West Side, Claire se caía de agotamiento. Subió los
escasos escalones hasta la puerta de entrada y la abrió con mucho cuidado para no hacer ruido. Dejó la maleta en el recibidor, se quitó los zapatos y subió despacio las
escaleras hasta el segundo piso. Entró en silencio a la habitación que estaba totalmente a oscuras, se quitó la ropa y cuando intentó meterse en la cama, su sitio estaba
ocupado. Una sonrisa enternecedora apareció en sus labios al pensar que en su ausencia, Philip ocupaba su sitio porque la echaba de menos. Lo empujó suavemente,
cuando un gemido claramente femenino, salió de entre las sábanas. Alarmada por ese sonido tan diferente al que esperaba escuchar, encendió la luz para quedarse
totalmente pasmada.
No era Philip el que estaba en su sitio, sino su queridísima y amada amiga Brenda
Cuando la luz iluminó la estancia, tanto su novio como su amiga, se incorporaron en la cama de golpe, cegados por la claridad. Al darse cuenta de que era Claire la
que estaba al lado de la cama se quedaron mirándola fijamente como si no la conocieran, no sabían cómo reaccionar. Claire los contemplaba con incredulidad, no llegaba a
creerse lo que estaba viendo con sus ojos. Pasados los primeros minutos de confusión e incertidumbre, los tres empezaron a recobrar la conciencia de donde estaban.
—¿Por qué no me avisaste de que llegabas hoy? —Se excusó Philip sin saber qué otra cosa podía decir, mientras se levantaba para acercarse a Claire. Cuando se
dio cuenta que iba completamente desnudo, volvió a meterse bajo las sábanas con gran celeridad.
Mientras, Brenda también se levantó y ella sí que empezó a vestirse, cabizbaja y todo lo deprisa que pudo. No se atrevía a decir nada y mucho menos levantar la
vista para mirar a su amiga. Cuando ya estaba vestida, intentó salir de la habitación sin hacer ruido, quería pasar desapercibida, pero Claire la cogió del brazo y
solamente le dijo.
—Te dejas algo, coge a ese cabrón y llévatelo también. Las cosas usadas por otra persona no me gustan. —Le dijo Claire con una voz que no expresaba nada en
especial, no sabía si estaba furiosa o dolida—. Fue Philip el que contestó, porque Brenda no podía articular palabra.
—Cariño, esto no ha sido nada, de verdad. Yo solo te quiero a ti, a nadie más. Déjame que te explique, nos encontramos y cenamos juntos, bebimos demasiado y
una cosa llevó a la otra. Sin darnos cuenta nos encontramos en casa y pasó, pero no significa nada ni para ella ni para mí, nos dejamos llevar, créeme, únicamente fue un
calentón.
Claire seguía sin demostrar ningún sentimiento, ni rabia, ni dolor ni siquiera furia, no iba a montar una escena, pero sabía que nunca perdonaría una infidelidad y
menos con una de sus amigas. Nunca estaría segura si era verdad lo que acababa de escuchar, o si por el contrario, llevaban tiempo viéndose a escondidas. En esos
momentos lo único que quería era que desaparecieran de su vida.
—No te he pedido una explicación porque no me interesa ya nada de lo que me puedas decir, con lo que he visto he tenido suficiente. Lo único que te he pedido,
es que salgáis los dos de mi casa en este mismo momento y a ser posible en silencio, me molesta incluso escuchar tu voz.
Cogió su bata, que estaba colgada detrás de la puerta y salió de la habitación cerrándola con un fuerte golpe, dejándolos allí solos. Al cabo de cinco minutos, Claire
volvió a la habitación, deseando que ya no estuvieran, pero no tuvo esa suerte, todavía los encontró allí. Pasó delante de ellos sin decir nada, ni siquiera los miraba, quitó
las sábanas de la cama de un fuerte tirón y se las lanzó a Philip a la cara.
—Cuando te vayas, tíralas a la basura, no quiero esta porquería en mi casa —dijo sin elevar el tono de voz, siendo civilizada como nunca hubiera pensado que lo
sería en una circunstancia así.
—Claire cariño, mañana lo verás con más claridad, ha sido una equivocación sin importancia.
Las palabras de Philip la sacaron completamente de sus casillas y sobre todo, que en unos momentos como estos, utilizara un apelativo cariñoso. Le dio la
impresión que se reía de ella, que no la tomaba en serio y esta vez no pudo contenerse y controlar su cólera. Así que, se volvió hacia él, con la cara roja por la rabia,
sorbiendo aire de una forma audible por la nariz y presionando sus labios más de lo normal. No le gustaba perder el control, pero este gilipollas la estaba llevando al
límite de lo que una persona podía aguantar, así que, comenzó a descargar su ira gritando a pleno pulmón en mitad de la noche.
—¡Imposible verlo con más claridad que hace unos minutos! Estabais los dos en mi cama, desnudos y con la habitación oliendo asquerosamente a sexo, ¿qué
quieres que vea con más claridad? Y deja de llamarme cariño, porque la próxima vez que lo hagas, te arrepentirás ¡imbécil!
—Ya te he dicho que todo ha sido una equivocación, ¿no puedes entenderlo? ¿Cuántas vueltas quieres darle a una tontería así?
—¡No Philip, no puedo entenderlo! Y tampoco quiero entenderlo, solo quiero que salgáis de aquí, ¿me he explicado con claridad? No quiero entender nada, no
quiero saber nada. Te lo vuelvo a repetir porque pareces un poquito corto… ¡¡Solo quiero que salgáis de aquí ahora!! —dijo sin dejar de gritar.
—Claire, eres una histérica, no puedes tirar todos los años que hemos pasado juntos por una insignificancia como esta. Estas cosas pasan entre todas las parejas y
nadie hace un drama, solamente se asume.
Claire, que en ese momento se alejaba para volver a salir de la habitación, se volvió hacia ellos con una expresión tan furiosa, que estuvo a punto de echar fuego
por los ojos. ¡Solo le faltaba eso! Quería ser juiciosa y mantener la calma ante una traición tan clara, pero este imbécil no lo entendía y se permitía el lujo de insultarla.
¡Lo último que le faltaba por escuchar! Se dirigió hacia él y señalándolo con el dedo índice, a la vez que le daba pequeños golpecitos en el pecho, mientras le decía;
—¡No te atrevas a insultarme hijo de puta! Pensaba que tendrías decencia y te largarías sin decir nada, en silencio como un sinvergüenza, lo que eres en realidad,
pero no, tenías que hablar, tenías que justificar lo injustificable, ¿te has creído que soy tonta? ¿Crees que me puedo tragar algo tan increíble? ¡Maldito embustero! En
cuanto os vi juntos en la cama, se accionó un interruptor en mi cerebro y de pronto lo entendí todo. Siempre pensé que la forma tan amistosa de tratar a mis amigas, las
muestras de cariño hacia las mujeres en general, era porque tú eras así, zalamero. Pero me he dado cuenta hace unos minutos, que no era eso, sino que ibas buscando lo
que has encontrado. Ahora te voy a hacer una pregunta, ¿ella ha sido la única zorra que has metido en mi cama, o han pasado una colección de mujeres cuando yo no
estaba?
Tanto Philip como Brenda, se quedaron quietos sin atreverse a decir nada, nunca la habían visto así, tan furiosa y la verdad es que imponía, pero el asunto no era
para menos. Vuelve de un viaje de cinco días y al meterse en su cama, con su novio, se encuentra que en la cama hay otra mujer. Y no una mujer cualquiera sino una de
sus amigas.
—Ahora me voy, pero mañana volveré a por mis cosas. Mientras espero que lo pienses mejor y te des cuenta que te has comportado como chiquilla.
—¡Que cínico eres! ¡Lárgate ya y no vuelvas! —dijo totalmente fuera de sí, mientras le lanzaba un libro a la cabeza—. Y antes de salir, deja la llave en el recibidor,
porque si vuelves a utilizarla para entrar en mi casa, llamaré a la policía y te denunciaré por allanamiento demorada.
Philip esquivó el libro que se estrelló contra la pared y salió de la habitación con gran rapidez, temiendo ser el blanco de cualquier otro objeto. Bajó las escaleras
seguido por Brenda, dejando a Claire arriba, sin saber por dónde explotaría su rabia. Antes de salir, se entretuvo unos minutos buscando su cartera y la chaqueta. No
dejó la llave como ella le había exigido, porque estaba seguro de que al día siguiente se le habría pasado el enfado.
En cuanto abrió la puerta, pudo comprobar cómo había estallado la rabia de Claire, que desde la ventana de la habitación, estaba tirando todas sus pertenencias,
pantalones, camisas, zapatos. Todo volaba por los aires y le estaba cundiendo el tiempo, porque la escalera de entrada estaba llena de ropa. Philip miró hacia la ventana,
sin dar crédito a lo que estaba viendo y tuvo que apartarse con gran rapidez para esquivar un zapato que a punto estuvo de impactar contra su cabeza. Rojo por la ira de
ver toda su ropa esparcida por el suelo, le gritó;
—¡Estás loca! ¿Qué te propones?
—¡¡Sólo evitarte un viaje, capullo!! No quiero que vuelvas, por eso estoy acelerando el proceso, en pocos minutos todas tus cosas estarán en la calle, no tienes
más que recogerlas y largarte para siempre. ¡No te quiero dentro de mi casa jamás!
De pronto, un enorme ruido sobresaltó tanto a Philip como a Brenda, se dieron la vuelta asustados y vieron una maleta en el suelo y otra volando.
—Ya tienes donde meter tu ropa, ¡date prisa y desaparece!
Claire estaba tan rabiosa, tan enfadada, que no se contentó con tirar su ropa, la ira la cegó y tiró sus CD, sus libros, etc. Recorría todas las habitaciones buscando
sus cosas para tirarlas por cualquier ventana que diera a la calle. Poco a poco todo el vecindario acabó asomándose a las ventanas para ver el espectáculo. Todos miraban
y aunque hacían mucho ruido, nadie se quejó. Era algo que no se veía todos los días. Todos los vecinos lo entendieron, lo habían pillado in fraganti.
—¡Estás loca! Voy a llamar a la policía, estás destrozando mis cosas, pagarás por todo esto.
—¡Eso! Llama a la policía y me denuncias por llegar a mi casa y encontrarte en mi cama con otra. Además, con lo que hay en mi casa puedo hacer lo que quiera y
si ahora quiero deshacerme de esta basura, pues lo hago. ¡Demuestra que son tus cosas!
Cuando no encontró más enseres de Philip, cerró las ventanas y bajó las persianas, no quería escuchar nada que viniera de la calle. Apagó la luz de su habitación y
cerró la puerta, no podría dormir allí aunque no tuviera otro sitio para hacerlo. Bajó al salón y se tumbó en el sofá.
Cuando la adrenalina del enfado se calmó, entonces, sin testigos, sin nadie que la viera, se derrumbó y lloró con rabia. No se conformaba con serle infiel, sino que
además, la trataba como si fuera tonta.
¿Desde cuándo la estaba engañando? ¿Era verdad lo que le había contado? Estaba tan confundida que no sabía qué creer…
En algún momento de la noche se quedó dormida por el agotamiento, tanto del viaje, como por la tensión de lo que acababa de vivir. Se despertó sobresaltada;
durante unos segundos, pensó que había tenido un sueño horrible, pero enseguida supo que no fue un sueño y todo lo acontecido la noche anterior volvió a su memoria
con todo tipo de detalles. Toda su vida había quedado truncada, sus sueños y todas las ilusiones habían caído en saco roto.

¿Y si el amor existe de verdad? – Mariló Lafuente
¿Cómo no lo había visto antes?
¿Desde cuándo estaba pasando?
Lo descubriría pronto porque el resto de sus amigas no tardarían en saber lo que había pasado y quizás podían contarle algo.
No quería levantarse, tampoco tenía por qué hacerlo. Así que, se quedó todo el día tirada en el sofá, solamente

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