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Detrás de cada hombre – Oscar Vara

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Resumen y Sinopsis De 

Detrás de cada hombre – Oscar Vara

parte de la brigada de investigación criminal de la policía nacional. Por eso no entendía qué combinación aleatoria de factores le habían llevado a la Comisaría del distrito
norte de Madrid, un lugar que, en su convicción íntima, no le correspondía. Llevaba, por lo tanto, demasiado tiempo siendo la herramienta multiusos de todos los
veteranos, especialmente de Basterra, el comisario.
Aquella mañana había podido enlazar ocho horas de sueño sin que nadie lo interrumpiera. Cuando amaneció por la propia iniciativa de su cuerpo, tuvo un
sentimiento próximo a la alegría. Se duchó con calma, dejando que el agua caliente cayera largamente sobre él. Mientras se secaba metódicamente, decidió que iría de
paseo por la montaña.
Se rasco la poblada barba. Estaba a punto de cumplir 28 años. En los últimos meses había adelgazado y se le marcaban mucho las costillas y los abdominales. Sin
embargo, no estaba en forma. No encontraba el tiempo para ir al gimnasio ni para salir a correr. De hecho, ni siquiera acudía a las prácticas de tiro obligatorias.
Era su primer día libre en dos semanas. Se vistió con un viejo pantalón de pana marrón, una camiseta blanca y una camisa de franela verde. En un altillo del armario
encontró la caja en la que guardaba las polainas y los crampones. Lo metió todo en la mochila junto con un forro polar rojo, la chaqueta térmica, una gorra, los guantes,
las gafas de sol y unas barritas de cereales.
Su móvil vibró en el bolsillo del pantalón cuando estaba abriendo la puerta. Al contestar ya sabía que la llamada era de la comisaría. García le informó de un
accidente en el centro comercial “Visión de Madrid”. Basterra quería que se presentara cuanto antes allí. Terminada la conversación permaneció unos segundos estático,
dejando que su decepción se atenuara.
Condujo demasiado rápido, empujado por la rabia, y apenas en veinte minutos cubrió la distancia. Al tomar la desviación de la autopista divisó una columna de
humo que ascendía por encima de un edificio de cristal. Pero no fue hasta que enfiló la avenida que tuvo una panorámica adecuada de lo que García había llamado “un
accidente”. El edificio estaba literalmente con las entrañas al aire. La fachada completa se había desmoronado contra el suelo dejando las siete plantas de la construcción
al desnudo. A la cabeza se le vinieron las imágenes de aquellos libros que le regalaban de niño en los que láminas transparentes mostraban como eran por dentro
castillos, rascacielos o animales.
Aparcó sobre la acera cerca de los coches patrulla que cerraban la calle. Los agentes Marcos Benítez y Alonso Montero le saludaron con un breve movimiento de las
cabezas antes de levantar la cinta de plástico para que Cicero pasara.
Erguido frente al amasijo de hierros y escombros, rodeado de camiones de bomberos, ambulancias y el frenesí de personas que iban y venían, estaba Basterra,
inmóvil. Refugiaba el rostro detrás de las solapas oscuras del abrigo, con los puños apretados dentro de los bolsillos. Era alto y cargado de espaldas, con el cabello
blanco y escaso, cortado casi al cero, de incipiente barriga y, en resumen, de apariencia fuerte. Mediaba la cincuentena y, lejos de estar desgastado por su profesión, aún
era capaz de una intensidad de trabajo que sus trajes eran incapaces de resistir. Cicero le saludó a distancia y el otro le dirigió una mirada expresiva.
Te estarás preguntando qué pintamos aquí, ¿no? Le dijo mientras daba una calada a un cigarrillo. Cicero no supo qué responder y se limitó a encogerse de
hombros. Basterra señaló el montón de escombros con la mano.
Ahí debajo está el cuerpo de un hombre. Por eso estamos aquí Cicero dudó un momento y miró extrañado a su superior.
¿Le mataron antes de que se desplomara el edificio?
En cierto modo respondió enigmático Basterra mirando al vacío. Cicero contuvo el sentimiento de enorme desprecio que le provocaba su superior.
Jefe, sabe que no me gustan las adivinanzas.
Hay un vídeo de seguridad. Nada agradable. Tal vez deberías verlo dijo Basterra-. En aquel coche patrulla está García, él te lo enseñará.
Caminó alejándose del lugar del derrumbe. García salía del coche cuando sus miradas se cruzaron. Se habían tratado poco, pero Cicero pensaba de él que era
demasiado corpulento, demasiado decidido y demasiado impulsivo. En suma, García le caía muy bien.
Creo que tienes algo que debo ver le dijo a modo de saludo.
¿No te ha dicho el jefe de qué se trata? Preguntó García.
Está un poco enigmático.
Más o menos como siempre. Para mí que le gusta hacernos creer que sabe siempre más que nosotros.
Pues la verdad que no le veo el sentido dijo Cicero arqueando las cejas.
Anda, entra en el asiento de atrás del coche, que esto no es para todo el mundo.
Cuando se hubieron sentado, García encendió el ordenador. El disco duro rumió el sistema operativo con la pantalla completamente en negro. García se quejó de lo
malo que era aquel cacharro a modo de disculpa. Mientras, le contó que el vídeo lo habían obtenido del jefe de seguridad del centro comercial.
Un tipo interesante, incapaz de decir dos palabras seguidas dijo García. El ordenador por fin se puso en marcha-. Aquí lo tienes.
La grabación era en color, con una imagen de muy buena calidad. En ella se veían las tres puertas del acceso sur del centro comercial, con sus arcos magnéticos
antirrobo y a un agente entrando y saliendo del foco. Un cliente se dirigía tranquilamente hacia la salida por la puerta central con unos periódicos enrollados bajo el
brazo y hablando por un teléfono. Vestía un abrigo azul marino. Las puertas automáticas se abrieron a los lados y el hombre salió del edificio. Las puertas se cerraron
tras él, dio unos pasos hacia la calle y se detuvo dando un respingo. Una sombra apareció cruzando por la esquina superior derecha de la pantalla antes de que el umbral
de cristales estallara en mil pedazos y la fachada se desplomara, provocando una nube de polvo que cegó el objetivo de la cámara.
Sí que hay un hombre ahí debajo dijo impresionado Cicero-. Pero sigo sin entender…
No lo has visto a cámara lenta García redujo a un cuarto de segundo la reproducción. A esa velocidad distinguió con nitidez que la sombra que cruzaba era un cable
de acero.
No me jodas susurró anticipando el golpe. Cicero sintió como un escalofrío violento le recorría el cuerpo cuando vio cómo el cable partía en dos a aquel individuo.
El tronco del hombre giró lentamente en el aire y dejó de verse cuando explotaron los cristales. El resto del cuerpo cayó desmadejado al suelo. La estructura se precipitó
abajo engulléndolo todo.
Pero esto es imposible que sea un asesinato, joder, no tiene ningún sentido García dijo Cicero removiéndose en el asiento.
El primero en ver el vídeo fue Fraguas y, por lo que parece, tuvo una de esas intuiciones suyas. Luego llamó al jefe y él también tuvo una de esas intuiciones suyas.
Después lo vi yo y….la verdad, no sentí ningún escalofrío dijo señalándose la nuca.- Ahora es tu turno.
Cicero se había quedado muy serio.
Ese cable…es muy raro, no sé qué pensar no podía concebir otra alternativa que una desafortunada casualidad-. Pero es que, aunque lo fuera meditó en voz alta
¿cómo vamos a demostrar que eso es un asesinato?
III.
Las tareas de desescombro comenzaron bien entrada la tarde, cuando se instalaron cuatro grandes reflectores que hacían de la noche día. La temperatura bajó de 16 a
cero grados y los hombres exhalaban bocanadas blancas de vaho por sus bocas. Una enorme grúa iba retirando con lentitud, uno tras otro, los tubos de la estructura que
los bomberos cortaban con sopletes. Dos pequeñas excavadoras se encargaban de los objetos más pequeños en todo perímetro.
Cerca de las cinco de la mañana, encontraron el cuerpo seccionado y despejaron suficientemente la escena. Dos miembros de la policía científica se hicieron con el
mando del área iluminada por los focos. Fraguas,

Pages : 136

Autor De La  novela : Oscar Vara

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

Detrás de cada hombre – Oscar Vara

el más veterano, iba con una linterna en la mano señalando algunos detalles mientras que Martínez, su subordinado, se
apresuraba a fotografiar con una cámara digital. Los dos hombres eran muy diferentes

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