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El caso Boeuf – Jesús Miguel Soto

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Resumen y Sinopsis De 

El caso Boeuf – Jesús Miguel Soto

Consciente de que se había demorado ya bastante en esa fase germinal de recolección, Matías se daba ánimos repitiéndose una frase con el fervor con que se recita
una letanía: “Mejor tener una poética sin obra que una obra sin poética”. Se consideraba a sí mismo un espíritu sensible, presto a captar con sus aguzados sentidos unas
puntuales manifestaciones del Universo, pero hasta ahora no había experimentado la epifanía que había vaticinado para sí. Reconocía que el material acumulado en poco
más de un año de labores arqueológicas se le había vuelto penosamente excesivo, y que no lograba desarrollar una idea, ni siquiera una frase a partir de nada de lo que
había recogido. Aún no se había desalentado del todo, pues pensaba que la revelación vendría y le indicaría cuándo y cómo empezar a llenar el papel. Estaba
inocentemente convencido de que a todo artista y a todo hombre de guerra siempre le llega una señal diáfana, inequívoca, y que lanzarse al ruedo sin esperarla es una
insensatez. Por el momento no se había planteado la otra posibilidad: la de buscar la señal después, mirando hacia atrás, una vez que ya estuviese metido en la aventura
y acaso necesitara justificarla para no desfallecer o para colorearla con un manto de divinidad, de destino ineludible.
Creía que esa señal le revelaría la forma y el lugar del sendero a transitar, pero su impaciencia era acaso más fuerte que su fe, y se decantó por poner en práctica una
suerte de rústica alquimia para invocar milagros. Llegó a pasearse desnudo en la azotea de su edificio de la avenida Victoria durante una tormenta nocturna, ignorante de
la posibilidad de una descarga mística de una miríada de voltios; solo se había dejado puestas unas sandalias plásticas antideslizantes como cauta medida de protección,
lo que lo hacía lucir más pintoresco pues resaltaba su palidez en degradé, la rala pelambre de sus muslos y el ensortijado amasijo de su entrepierna. Así, expuesto del
talón para arriba, con su adarga constituida por una bolsa de plástico contentiva de su vestimenta, caminó de un lado a otro, chapoteando, sin conocer ningún mantra, ni
sin tampoco saber qué palabras debería usar para hablarle a la divinidad que se le ocurriera aparecer en esa longitud del trópico; pero recapacitó, casi dándose una
palmadita en la sien: es el mensajero divino quien le debería hablar a él y no al revés. Casi le dio gracia ese desliz, tanto ese de la azotea, como el de sus casi veinte años
de existencia; no obstante siguió tercamente representando su papel, con la piel herida suavemente por las puntadas de agua, dispuesto a interrumpir su improvisado
ritual (el tipo de oxímoron que describía su vida) sólo cuando el diluvio cesara; pero en vez de un trueno revelador le hablaron las descargas de un tiroteo, por lo que
Matías, temeroso tanto de ser blanco de una bala perdida como de caer muerto en combate sin uniforme, se retiró lo más rápido que pudo no sin resbalarse y magullarse
las rodillas un par de veces.
En otras ocasiones, puertas adentro, a espaldas de la naturaleza, intentó otros tantos ejercicios de invocación numinosa: primero un ayuno de treinta y seis horas
encerrado en su habitación y luego un insomnio forzado durante igual cantidad de tiempo, estimulado por termos de café y emulsiones proveedoras de efervescente
energía. En ambos casos, más allá de calambres en el cuello y en la baja espalda, y de la aparición de intermitentes punticos de colores en el iris, no se le reveló noticia
alguna de cómo empezar a crear. ¿Cuál biografía de santo o de escultor habrá leído Matías en su más tierna infancia que lo haya convencido medularmente de creer en lo
que decía creer? Intentar responderlo sería intentar mentir.
Meses después, ya convertido en un hombre maduro, sentiría una vergüenza más bien cercana a la nostalgia, no tanto por esas acciones emprendidas sino por su
candorosa credulidad. Dejó entonces de esperar la epifanía, o por lo menos dejó de provocarla, que es casi lo mismo. A pesar de eso, se mantuvo terco en su inercia de
recolectar detonantes, como él llamaba a las ofrendas que le regalaban sus metódicas excursiones por el campus.
Como buen hombre de fe, es decir, lleno de oscuras vacilaciones, Matías comenzó a dudar sobre si en realidad su contextura intelectual se había quedado pasmada en
la mera recolección, sin pasar siquiera a la caza y mucho menos a la agricultura o a la domesticación. Su punto de honor estaba entonces en su consistente esfuerzo para
desafiar esa triste posibilidad. Si en su genética cultural estaba prefigurada esa tesitura, sería un resquicio de su voluntad rebelde la que podría torcerla. Cuando eso se
decía, se envalentonaba, no como quien descubre el punto débil de un contendiente poderoso, sino como quien en un instante de peligro halla dentro de su bolsillo una
navaja inesperada que le confiere una seguridad perecedera, durable quizá hasta el momento de saberse incapaz de blandirla con énfasis frente a un rostro ajeno.
Al margen de todas esas elucubraciones que solo alteraban la consistencia de su ánimo de forma pasajera, estaba la realidad material, es decir, la ausencia de una
muestra física, de al menos una cuartilla producida por sus manos, que le permitiera evaluarse, meditar sobre su alcance, sobre sus carencias, sobre el verdadero
conocimiento que poseía de sí mismo. Más allá de sus escarceos en busca de una epifanía que le había sido esquiva, no se había sentado o arrodillado a crear nada; así
que no podía decir con propiedad que la ejecución de ese verbo sagrado que infunde vida a las ideas le resultase intrincada; de algún modo era una especie de invicto solo
por el hecho de no haberse aventurado a combatir.
Entretanto, a veces con hambriento fervor, a veces con delicada contención, a veces con torpe modorra, seguía acumulando dentro de cajitas de zapatos esos
preciosos desperdicios que algún día aspiraba a pulimentar con su pluma y verbo.
Ese vano y redondo periplo uniformaba sus días y así se reconfortaba con la sensación de que el tiempo no pasaba, o de que al menos no pasaba frente a él, y por lo
tanto no había apuro. Deambular por la Universidad como un vagabundo, asistir a sus clases como un sonámbulo y rotular cajas en su habitación como un esclavo de
fábrica: a eso se reducía su horario, a esos eventos que despojados de cualquier contexto épico, trágico o cómico eran el más absoluto aburrimiento, síntoma aparente de
un espíritu estancado sumido en la inercia de un largo preámbulo, como un avión que durante días rueda pesado sobre una pista, regodeándose en la textura del asfalto,
aguardando el viento propicio antes de la aceleración final que precede al despegue.
¿Cuántas cajas tenía Matías? No las había contado, pero eran tantas como para hacer que su habitación pareciera una modesta zapatería del viejo centro de la ciudad
(antes de que la ciudad fuera casi toda ella centro), de esas tiendas que tienen únicos modelos, únicas tallas y únicos colores; casi piezas más para la colección que para
ser sometidas al maltrato del asfalto.
Aunque Matías no había desarrollado el rigor de conservar en un escrupuloso archivo todo lo que iba recogiendo, tampoco había llegado al extremo de convertir su
cuarto en un pequeño basurero ingobernable. Sus cajitas estaban ordenadas una sobre otra. Al principio había comenzado a agrupar las piezas recolectadas por
categorías más o menos caprichosas que iba alterando cada tanto: cine, teatro, comedor, biblioteca, vigilancia; o salud, deportes, riesgo, enamoramientos; o grama,
concreto armado, agua, madera. Pero luego, cuando se dio cuenta de que ninguna categoría era suficiente para ordenar su mundo conocido, y mucho menos el por
conocer, y que ya era impráctico reordenar según nuevos criterios lo ya acumulado y lo que iba descubriendo, se decantó por agrupar todo por fecha, dentro de cajas de
zapatos que rotulaba con el nombre del mes y del año correspondiente. En esa logística hubo de incorporar la recolección de esa cajas vacías, labor que (si Matías Parra
hubiese llegado a tener algún renombre) merecería un estudio aparte.
A su tarea de coleccionista le dedicaba mucho más tiempo y energía que a los deberes académicos de estudiante, que si bien no los descuidó del todo, los redujo a la
mínima expresión necesaria para aprobar los cursos con un esfuerzo moderado. La Universidad se le había convertido en mera excusa para realizar lo que él llamaba su
presentación artística, que consideraba parte vital de ese preámbulo de la obra por venir. Consideraba que el campus era el escenario propicio para inventarse una
personalidad que el quería que fuera entre misteriosa y vagamente déspota. Estudió varios modelos, llegó a esbozarlos cual historieta, mezcló algunos, descartó otros.
Cosió una burda capa de paño que no se atrevió a utilizar salvo en una fiesta de carnaval donde su atuendo de conde de los Cárpatos pasó desapercibido ante la infame
ocurrencia de un profesor de Latín que asistió disfrazado de mariscal Göring; también alquiló en una farmacia un bastón ortopédico, que por su impericia al blandirlo y
al presionarlo sobre el granito le ocasionó una lesión menor en el hueso ilíaco. En vano buscó un sombrero de copa similar al de Charlot, o un frac azul con chaleco
amarillo, en vano intentó dejarse un bigote proustiano, uno daliniano, uno edgarallanpoeiano; pues se dio cuenta de que el cuidado que requiere un mostacho respetable
es acaso más arduo que el que demanda un bonsái. Quizá su peor imprudencia, que aún debe recordar aunque no quiera, fue haberse hecho tatuar en el antebrazo, con
letra pequeña aunque igual herética, el poderoso verso de Valéry donde le trocaron la palabra mer por merde, vergüenza que hubo de ocultar toda su vida con
muñequeras o camisas manga larga.
A pesar de sus intentonas por subrayarse continuaba siendo invisible, no era más que una nota invernal de silencio entre el adolescente bullicio primaveral que
inundaba los pasillos, salones y jardines del claustro.
Lo inquietaba tener que inventarse a sí mismo a conciencia, sin seguir un guión preexistente como consideraba que

Pages : 7

Autor De La  novela : Jesús Miguel Soto

Comprimido: no

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Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

El caso Boeuf – Jesús Miguel Soto

hacían los demás. Su proeza, blogueó, “es más
ardua, pues debo escribir mi propio guión, adaptarlo, corregirlo, ponerlo a prueba, como un actor confinado a los sótanos de una sala de teatro, mientras a lo lejos, arriba
sobre el tablado, se oyen los aplausos de vulgares entremeses, todos tan parecidos entre sí. Acaso

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