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El círculo de alma – Pepa Fraile

El círculo de alma – Pepa Fraile

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Resumen y Sinopsis De 

El círculo de alma – Pepa Fraile

Observó su reloj pausadamente, sin prisa, esbozando una sonrisa mientras, con una mano, recorría despacio el contorno de la otra, como si la estuviera
viendo por primera vez pegada a su muñeca. Las esbeltas agujas marcaban las dos y veinticinco, igual que siempre y, al fijarse en ellas, de nuevo volvió a sonreír.
En aquel pequeño reloj de plata, el que tanto le gustaba lucir como pulsera, era la misma hora desde hacía varios años, tantos como los que había decidido que el
tiempo no volvería a ser lo más importante en su vida y que éste pasaría de igual manera aunque ella no estuviera pendiente. Aquel parón, el de las agujas de su
reloj favorito, podía considerarse una señal: un paso adelante para volver atrás y recuperar, si es que todavía estaba a tiempo, la que había dejado de ser su vida
hacía demasiado tiempo.
Habían pasado ya unas horas desde que uno de los agentes, muy amablemente, la había invitado a sentarse en la pequeña sala que la comisaría destinaba a
los testigos y también a los acusados. Un espacio desprovisto de personalidad, pintado de blanco, sin cuadros ni adornos, amueblado con tres sillas alrededor de
una mesa rectangular sobre la que se proyectaba la luz fría de un fluorescente que empezaba a dar los primeros signos de desgaste. Era tan típico, pensó antes de
llevarse a la boca la pajita con la que se estaba tomando el segundo zumo que le habían ofrecido, que parecía como en las películas. Recostó la espalda sobre el
asiento y empezó a sentir frío.
La crisis había llegado también allí y, si sus cálculos no le fallaban, la sala no debía estar a más de diecisiete grados de temperatura. Tenía una habilidad
especial para acertar aquel tipo de cosas. Una cualidad que, comparada con el resto de las que poseía, no tenía la menor importancia. De pronto, presa de un
escalofrío repentino, se abrazó y se frotó los brazos en un intento inútil de entrar en calor. No estaba nerviosa, no lo había estado desde que tenía uso de razón,
pero se sentía inquieta. Inquieta y triste; muy triste, aunque no tenía la menor intención de demostrarlo en aquel lugar. Sus lágrimas resbalarían libremente en la
soledad de su habitación, donde nadie pudiera verla.
Levantó la vista al frente resoplando y aburrida de esperar. No tenía ganas de volver al hotel ni tampoco de continuar allí y su estómago había empezado a
dar señales de vida. Los zumos habían despertado su apetito y no recordaba la última vez que había comido alguna cosa decente. Nadie se había acercado hasta la
sala desde hacía por lo menos veinte minutos, algo que empezaba a ser, cuanto menos, extraño. Ella ya había dicho lo que tenía que decir. Imaginando las diferentes
posibilidades a las que podría estar enfrentándose tuvo el impulso de levantarse y salir de allí para preguntar. Que ella supiera, nadie la había retenido, simplemente
estaban comprobando datos después de la declaración, como bien había dicho el agente, aunque haberla descubierto en el lugar de los hechos podía situarla en una
posición incómoda.
Al llegar había encontrado la puerta medio abierta, había empujado lentamente y, sin ni siquiera atreverse a llamarla, con la vista había recorrido la estancia
buscándola. Estaba en el lavabo, tirada entre el váter y la bañera, con las rodillas flexionadas como un penitente, como si hubiera caído al suelo mientras intentaba
vomitar. El impacto fue tan grande que en lugar de gritar, de su garganta, paralizada como todo su cuerpo, solo logró escapar un rugido que parecía haber nacido del
propio estómago. Tapándose la boca y presa del pánico, se abalanzó hacia ella e intentó incorporarla sin éxito. Le sujetó la cabeza y palpó su muñeca con los
dedos comprobando si Esther tenía pulso. No notó nada. Echó hacia atrás su cabeza, logró girarla e intentó reanimarla dándole un pequeño masaje cardíaco. Había
reaccionado frente a una situación límite, como les habían enseñado, pero enseguida supo, al observarla de nuevo, que ella no respondería. Temblando, casi sin
poder controlar sus dedos, salió al pasillo con la esperanza de ver a alguien, marcó el teléfono de emergencias y, en un nuevo arranque de valentía, volvió a la
habitación. Presa del desconcierto y muerta de miedo sin saber qué más debía hacer, los vio entrar. Era la policía y era imposible que hubieran llegado con motivo
de su llamada. Apenas habían transcurrido unos minutos desde que había dado el aviso y todavía debían devolverle la llamada previa que confirmaba que sus datos
eran ciertos. Sin embargo allí estaban, ordenándole que pusiera las manos en la cabeza y a punto de leerle sus derechos. Nadie escapa completamente ileso en esas
circunstancias.
Antes de llevar a cabo su propósito, el de salir de allí si nadie le decía nada en breve, examinó fijamente el espejo situado a su izquierda y lo miró sin
pestañear, desafiando a quien quisiera que fuera el que la observaba desde el otro lado. Sabía que había alguien, estaba segura de ello. Tras unos segundos en los que
valoró las alternativas, bajo de nuevo la vista, cerró los ojos e intentó recordar los buenos y escasos momentos que habían pasado solas, algo que le resultaba difícil
después de haberla visto muerta. ¿Qué sería de ella? ¿Por qué muerta? ¿Acaso no habían planeado empezar una vida nueva juntas, un trabajo, compartir el alquiler
de un piso y pensar en nuevos horizontes? Todas las preguntas flotaban en el aire sin respuesta y Alma sintió ganas de vomitar. En el instante en que había
dispuesto sus brazos para hacer palanca y levantarse oyó unos pasos que se aproximaban hasta la puerta y volvió a sentarse. A los pocos segundos, ésta se abrió:
¿Señorita… Alma? Buenas tardes, soy el comisario de esta dependencia. Vengo a comunicarle que ya puede usted marcharse. Todo está en orden de
momento. Le ruego que esté localizable durante las próximas semanas. Forma parte del protocolo, no sé si sabe usted…
Lo miró de nuevo y se dispuso, sin mediar palabra, a recoger su bolso. Aquellas frases habían sido un verdadero alivio para ella, aunque no del todo. No
tenía nada de lo que temer, pero con la policía nunca se sabía, se dijo antes de dirigirse hasta la puerta donde el comisario la esperaba atento a sus movimientos. Lo
único que le preocupaba era no poder pasar desapercibida para aquella gente. Lo de estar «localizable» no le apetecía en absoluto, aunque ya pensaría alguna cosa
al respecto.
No se preocupe por nada. Ha sido una simple comprobación de datos. Lo que ocurre es que justo en el momento más inoportuno nos ha fallado la
conexión con la central. Estas cosas suelen pasar –añadió encogiéndose de hombros–. Recuerde lo que le he dicho hace un momento.
Que soy sospechosa, ¿se refiere a eso? –preguntó muy despacio frenando las ganas de montar en cólera.
Los deseos de desatar el autocontrol con el que estaba más que acostumbrada a convivir, estaban a punto de traicionarla. Viéndolo venir, respiró hondo,
cerró unos instantes los ojos y todo volvió a la normalidad, mientras las palabras del comisario volvían a sus oídos:
Digamos que técnicamente sí, aunque no creo que deba preocuparse de nada…quiero decir…no se ofenda.
No sufra, no me ofende. Gracias de todos modos señor…
Comisario Osma, Guillem Osma.
Gracias –repitió Alma a pocos centímetros de su cara temiendo que de un momento a otro el hombre fuera a decirle aquello de…«para servirle a dios y
a usted», aunque por suerte no fue así.
Sólo nos falta una firma en su declaración. Tómese el tiempo necesario para revisarla. Gracias.
No hay de qué –contestó ella dirigiéndose hacia él.
Durante unos instantes, sus miradas se retaron. Él había abierto la puerta y la tenía sujeta para darle paso, como hacían los caballeros, esos que ya pensaba
que no existían. Ella inclinó la cabeza agradeciendo la gentileza y salió escondiendo su sonrisa. Ambos habían sentido lo mismo, estaba segura de ello, una especie
de corriente eléctrica, casi agradable, que había recorrido las terminaciones nerviosas de sus cabezas a través del cuero cabelludo. Había reparado en sus ojos desde
el primer momento en que había abierto la sala. Oscuros, casi negros, grandes y expresivos. También se había fijado en sus manos. Unas manos nervudas que se
habían entrelazado con fuerza mientras hablaba con ella. No debía tener más de treinta y un años. Era algo en lo que también acertaba casi siempre, la edad de las
personas. Otra de esas habilidades que solo usaba cuando la ocasión requería un ligero cambio de tercio hacia la intrascendencia y la superficialidad. No quería
parecer un bicho raro, aunque en realidad así era como se había sentido la mayor parte de su vida.
Desde la adolescencia se movía en ambientes sobrios, faltos del sentido del humor y aquellos pequeños paréntesis ofrecían el toque de frescura que tanta falta
hacía en algunos momentos. No alardeaba de ello, pero siempre ganaba las apuestas, y eso la había situado en ventaja entre el corrillo de personas con las que
habitualmente se había estado relacionando en los últimos años. Personas llenas de fe a las que les faltaba algo tan sencillo como divertirse.
El comisario se adelantó por el pasillo, después de dejarla pasar, hacia la salida de la comisaría. Frenó sus pasos en el mostrador en el que le esperaba la
dichosa declaración que debía firmar antes de poder irse, y así lo hizo. Tomó el bolígrafo, leyó y firmó. Él, que había salido de su despacho cuando Alma había
aparecido por primera vez, la observaba a una distancia desde la que ella podía alcanzar un olor agradable: el suyo. Olía bien, muy bien para ser exactos. Se giró,
afirmó levemente con la cabeza y se dispuso a salir de una vez por todas de allí.
¿Ha leído con detalle todo el documento? –reiteró el hombre.
Por supuesto, ¿acaso lo pone en duda? Disculpe, leo muy rápido, aunque usted no tiene por qué saberlo, claro. Además, aunque no hubiera sido así,
imagino que han transcrito al pie de la letra todo lo que he dicho, ¿verdad? –añadió con un punto de acidez–. Si me disculpa, tengo algo de prisa. Buenas noches.
Sin esperar más respuesta, bordeó al comisario y se dirigió a la salida. No volvió la vista atrás. Abrió la puerta y por fin pudo respirar aire fresco. Como si
de pronto aparecieran toda la pena y toda la rabia juntas sintió una profunda presión en el pecho y las lágrimas brotaron de golpe liberando la ansiedad que había
mantenido presa en su interior durante toda la tarde.
Había caído la noche, empezaba a hacer frío y no disponía del coche que había alquilado al llegar a la ciudad. Lo había dejado allí, en el hotel de mala muerte
al que había ido a visitar a su amiga, a Esther, y al que debía volver si quería llegar después hasta el apartamento que había alquilado. Su amiga, recordó de pronto
sin querer ni siguiera pronunciar aquellas palabras que aparecieron en su cabeza, estaba muerta. Pensó en ello sin hacerse todavía a la idea de que no la volvería a
ver. Y después de llorar de nuevo, suspiró profundamente y en su cerebro, transformó lo sucedido en una especie de realidad paralela que podía observar desde el
otro lado, poniendo distancia. Era algo a lo que creía haberse acostumbrado. A la frialdad, a la distancia, a la falta de humanidad. Hasta ese momento. La muerte de
Esther suponía un quiebro, una terrible circunstancia que, dentro de la comunidad y de su jerarquía, representaría una gran pérdida social, nunca personal. Ella,
igual que los demás, se había entrenado durante mucho tiempo para aprender a controlar esas sensaciones, pero nunca más volvería a ser así, se prometió elevando
la vista hacia el cielo.
Esther había sido una de las pocas personas a las que había confiado sus pequeños secretos; su historia de vida; la toma de conciencia al sentirse engañada;
sus dudas vitales; su decisión de dejarlo todo y empezar de nuevo, algo que su amiga había logrado aunque por poco tiempo. Estaba segura de que su muerte no
había sido fruto del azar, nadie acaba con su vida justo en el momento que decide que es suya y que piensa vivirla en plena libertad, pensó apretando los dientes
mientras miraba a ambos lados de la calle con la esperanza de ver una boca de metro o un taxi que la llevara hasta lo que hacía unas horas se había convertido en «el
lugar de los hechos». Pensó en el interrogatorio y sonrió entre lágrimas. Nadie le había preguntado cómo había llegado hasta allí, ya lo averiguarían, de la misma
forma que sabrían, cuando comprobaran el móvil, que hacía menos de veinticuatro horas había recibido una llamada suya. Un interrogatorio cogido con pinzas,
masculló entre dientes. Bajo su parecer, y ella no era policía pero podría serlo por muchas razones, aquello había sido una chapuza. Durante todo el tiempo que
permaneció en comisaría echó de menos esa habilidad que caracteriza al auténtico sabueso cuando interroga a conciencia, esas preguntas formuladas con doble

Pages :107

Autor De La  novela : Pepa Fraile

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

El círculo de alma – Pepa Fraile

intención de las que siempre se esperan un tropiezo al que agarrarse y seguir tirando del hilo. No, aquello no había estado a su altura, y aunque de nada servía
porque su amiga ya no podría recuperar la vida, no podía evitar analizar cada minuto de todo

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