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El monstruo de Masart – Fernando Fernández

El monstruo de Masart – Fernando Fernández

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Resumen y Sinopsis De 

El monstruo de Masart – Fernando Fernández

dulce hogar, me dije para mí misma mientras me quitaba la chaqueta y la colgaba del perchero. Solté mi mochila, vieja por el uso y las llaves de mi moto en un cuenco de
arcilla con horribles dibujos de payaso. Nunca había visto la gracia de aquel cuenco, pero al parecer a mi abuela le encantaba. Y quién era yo para decirle que no.
¡Qué no! ¡Qué te he dicho mil veces que a mamá no le gusta la tarta de nueces!
¿Pero qué dices? ¡Si a ella le encanta!
¡La edad te está jugando una mala pasada! ¡Sabes que la detesta!
Puse los ojos en blanco a medida que me acercaba a la cocina y me apoyé en el marco de madera de la puerta. Allí, en la cocina de la casa de mi abuela se estaba
librando una batalla campal. ¿Las armas? Mucha harina y mucha mala leche.
¡He dicho que nada de tarta de nueces!
¿Y por qué no de chocolate? Le gusta a todo el mundo pregunté, intentando añadir mi granito de arena para construir la paz en aquella casa. Sabéis que el
chocolate siempre triunfa.
¡Lotte! ¿Qué haces aquí? ¡No te esperábamos hasta dentro de unos días!
Mi tía Larissa se acercó a mí y me apretó entre su cuerpo y sus brazos. Su cabello, ahora recogido en un moño, era de color rubio ceniza con algunas hebrasSe llamaba Delanda Aguestán y era hija de un pescador al que se lo tragó el mar durante una tormenta, al lado de otros veintiséis marinos.
Todavía era de noche cuando un curtidor llamado Fosco se levantó. Dejó a su mujer en la cama y acudió a la palangana que cada noche dejaban en la cocina. El
agua estaba helada. Se mojó las manos y se lavó la cara, una costumbre que cumplía a diario. Apartó la palangana y sacó del arcón una caja de madera envuelta en un
paño. Sacó la hogaza del cajón al lado del horno de leña que apagaban cada noche para no gastar más madera de la que podían permitirse y se comió una rebanada
acompañada de un pedazo de la manteca que guardaba en la caja. En todo momento, la única luz que lo acompañó fue la vergonzosa llama de una vela.
Antes de salir se abrigó con una capa de lana que colgaba del perchero, sobre el jubón que mostraba algunos descosidos y los bombachos gordos de invierno.
Salió a una madrugada fría y húmeda de camino a su labor.
Ocupaba con su mujer un pequeño piso de una estancia y cocina en la tercera planta de uno de los bloques empobrecidos que formaban el barrio de Masart, en
Bahesar, capital del reino de Dartera. Había tenido tres hijos de los que no había sobrevivido ninguno y a sus cuarenta y tres años arrastraba el peso de todos los
desvelos y todos los sufrimientos. La vida para los hombres como Fosco no contenía esperanzas de un futuro mejor. Cada día lo pasaba en su labor y cada noche
intentaba conciliar el sueño para recuperarse del cansancio que año tras año parecía aumentar y que le pesaba en los huesos y la mente.
Era un hombre de ojos profundos que reflejaban ese cansancio. Tenía la barba rala, plagada de canas, y escaso cabello. Sus manos eran las de todo curtidor, tan
duras como los cabos de amarre de los barcos que ocupaban el puerto de la ciudad. Era un hombre pobre, como todos o casi todos los que habitaban Masart, sin nobleza
en la sangre y acostumbrado a hacer desarmado un camino que no pocos recorrían con la ropera a cuestas.
Debía atravesar tres calles hasta su lugar de trabajo: la calle Ponsón, donde vivía, hasta la Avenida de la Ronda, que cortaba todo Masart, y por fin una callejuela
estrecha por la que apenas podría pasar un caballo a la que llamaban calle del Labrador. Todas esas calles, incluso la Avenida, carecían de iluminación alguna, en esos
tiempos la única luz provenía de las linternas de los guardias que hacían la ronda por el barrio. En la Avenida quizás se topara con alguien que acudiera como él a
trabajar, que cerrara alguna taberna o que deambulara por el barrio sin un lugar donde cobijarse.
El edificio tenía un patio interior. Al bajar la escalera, se encontró que la puerta estaba abierta, pero no le dio importancia, no era ni mucho menos la primera vez
que la veía así, pues era habitual que los vecinos no la cerraran. Estaba a punto de dejarla atrás cuando le pareció escuchar un susurro. Se volvió y miró hacia el patio, del
que sólo veía la franja que permitía la puerta. Estaba muy oscuro y la niebla que se alzaba del mar lo cubría todo.
Hizo el mismo camino de cada mañana evitando llamar la atención, procurando que ningún espadachín con ganas de robarle o más vino de la cuenta en el
estómago, encontrara en su persona una víctima fácil. Cruzó el callejón del Labrador y dedicó el día a trabajar sin apenas descanso para terminar los encargos que
empezaban a acumularse y que provocaban que el patrón torciera el gesto al verlos. Sus manos ya no eran tan rápidas como años antes pero no se sentía ni mucho
menos acabado, estaba seguro de que terminaría todo el trabajo a tiempo.
No fue hasta la caída de la noche, a su regreso al hogar, cuando se topó con la guardia. Fue entonces cuando le dio importancia al susurro que creía haber oído esa
mañana cuando salió a la calle. Un gemido, un sollozo, no se decidía por la descripción adecuada, pero sí en que fue corto, suave y que después de escucharlo no volvió
a escuchar nada más antes de alejarse.
Al lado de la casa, en perpendicular al muro, estaba la valla de madera descuidada que cerraba el paso al rectángulo de tierra que era el patio. Parte de esa valla
había desaparecido arrancada por el tiempo o por los habitantes de Masart que buscaban algo que echar al fuego. La parte que seguía en pie ocultaba el cuerpo, que ya
había sido retirado cuando Fosco regresó a casa, como es de entender, de las miradas de la calle.
Para Fosco aquello habría carecido de importancia en otras circunstancias. No eran pocos los cuerpos que regaban Masart con su sangre después de noches
silenciosas como la pasada. La mayoría de las veces pertenecían a hombres que se dejaban la vida en duelos a espada o recibían una puñalada cobarde debida a una
discusión de taberna o a un robo, pero muchas veces eran mujeres, sobre todo mujeres de la calle, prostitutas, que encontraban la muerte a manos de aquellos a los que
recurrían en busca de unos pocos cobres con los que calentarse el cuerpo en las casas de piedad o el gaznate en las tabernas.
Delanda Aguestán era mucho más que una prostituta asesinada en la calle. Era la segunda. Era la prueba de que el monstruo que imaginé al ver el cuerpo de
Mazra Lonsa no iba a detenerse después de aquellos viles actos.
CAPÍTULO 1
1
Comenzaré presentándome. Mi nombre es Adel Estramón. En el año de los asesinatos, el 303 del cómputo tras la caída del Imperio, se cumplía mi primer año
como jefe de la Guardia Urbana en el barrio de Masart, un cargo difícil que había administrado durante aquel periodo con la responsabilidad por la que se me conocía.
Apenas diez días antes de que todo comenzara había festejado con mis hombres mi primer aniversario, dieciocho meses como jefe, invitándolos a unas más que buenas
botellas de tinto de Monmadma, no Rodegar, pero mejores que cualquier otro caldo que hubieran probado. Eran de uva de las laderas del Tespa y tenían un sabor
afrutado y cálido. Todavía lo considero mi tinto preferido y lo consumo cuando el bolsillo me lo permite.
Al llegar al cargo, Masart era un destino aciago para cualquier hijo del pueblo que buscara en la Guardia Urbana escapar de la pobreza o de los duros trabajos que
les esperaban de no tomar ese camino.
Yo cambié eso.
Lo primero que hice fue obligar a mis hombres a vestir a diario las capas rojas, el sombrero con la pluma del mismo color y para el jubón, el coleto, las calzas o
pantalones, las botas o botines, les di a elegir colores oscuros a ser posible negros. Tan sólo en las camisas tuve a bien concederles el derecho a escoger otros colores,
aunque sólo las mangas debían verse a través del jubón y el coleto y eso en los meses de calor en los que se permitían tales faltas al uniforme.
Todos los guardias salían a recorrer Masart armados con sus roperas. Yo introduje las pistolas, las hice obligatorias, dos y siempre cargadas y prestas a disparar.
También introduje las linternas para la noche, con velas de repuesto y fósforos con los que encenderlas. Mis hombres no volverían a campar a oscuras por calles en las
que la noche se cerraba pesada y densa como la tinta de calamar. Mi última aportación a esas guardias nocturnas fue una campana con la que avisar en caso de necesidad.
Fue mi predecesor quien obligó a que las guardias se realizaran como mínimo en parejas y decidí mantener esa aportación, aunque reducía el terreno que podía cubrir con
los guardias con los que contaba, en concreto diecisiete. Era una medida que aumentaba su seguridad y ésa fue siempre mi prioridad.
Todos los miembros de la Guardia Urbana éramos hijos del pueblo. Que algunos, como fue mi caso, obtuviéramos con el tiempo títulos de nobleza el de
hidalgo en concreto para mí, no más no era más que una consecuencia de nuestro esfuerzo, dedicación y méritos. La Guardia Urbana se formaba con buenos jóvenes,
que escogían el camino de la espada para garantizar la seguridad de los débiles. Era un honor tanto para nosotros como para nuestras familias. Todavía puedo recordar la
felicidad de mi padre cuando aceptaron mi solicitud. Él había sido toda la vida pastor, con una cálida casa en un pueblo llamado Aguaverde, en la provincia de Catare de
la región de Tierras Pardas. Tuvo tres hijos y una hija, de los que yo era el segundo.
plateadas. En su adolescencia, por las fotos que había podido observar a lo largo de mi corta vida, había parecido una saludable granjera. Tenía unos brazos y piernas
fuertes, gracias al ejercicio diario y unas caderas anchas, al igual que su hermana, dos años menor, Rachel, que también se acercó a mí para asfixiarme un poco más.
¡Caray! ¡Que no puedo respirar!
Ambas me soltaron con una carcajada y se limpiaron las manos, llenas de harina, en los delantales de mi abuela, volviendo a enzarzarse en una pelea sobre el sabor
de la tarta que harían para ella. Mi madre se acercó a mí con una sonrisa en el rostro y me acarició la cara con el pulgar, intentando limpiarme la harina que me habían
dejado mis tías, dándome un abrazo después. A diferencia de las asfixiantes muestras de cariño de sus hermanas, las de mi madre me reconfortaron.
Hola, mamá.
Hola cariño. ¿Fue bien el viaje? ¿Tuviste algún problema? Sabes que no me gusta nada que hagas un viaje así en moto.
Me permití sonreír y poner los ojos en blanco mientras me encogía de hombros. Para mi madre, todo lo que hacía era peligroso. Incluso coger el metro desde
Piccadilly Circus. Desde la muerte de mi padre, en un accidente de coche mientras volvía del trabajo, mi madre se preocupaba demasiado por mí. Sabía que tenía miedo
de perderme, y yo intentaba contarle que aquel miedo era infundado. Aunque sabía perfectamente que si alguna vez me pasaba algo tendría que morderme la lengua y
escuchar ese odioso Te lo dije.
Mamá, Sussex no está tan lejos de Londres increpé con aquel tono de voz de “estás exagerando lo imposible de exagerar”. Mírame, estoy bien. No me han
derribado, ni me han secuestrado, ni nada por el estilo.
Ya lo sé, pero es que me preocupo mucho por ti desde…
Vi como mi madre se paraba al hablar y se sonaba distraídamente la nariz. Habían pasado casi ocho años desde la muerte de papá, y aun así no lo había superado.
No la culpaba. Siempre decía que mi padre era el amor de su vida y el único que la había hecho feliz de verdad. Debía de ser muy duro que algo así lo apartase de su lado
para siempre.
Desde lo de papá. Sí, lo sé suspiré resignada y le rodeé los hombros con un brazo, frotándole suavemente la espalda y notando su cabeza contra la mía. A
veces añoraba ese contacto. Siempre me reconfortaba tener a mi madre al lado, a pesar de que muchas veces era yo la que la ayudaba y la animaba. Apreté su hombro y
le sonreí para que se animase. Venga vamos. Que parece esto un entierro más que una preparación secreta de cumpleaños. Enseñadme qué estáis haciendo.
Mi madre se animó de inmediato y se sumergió en el mundo de la cocina que tanto le gustaba, mostrándome sus ideas para la celebración del cumpleaños de mi
abuela, que sería dentro de unas semanas. Siempre me había preguntado por qué lo preparaban con tanta antelación, pero, conociéndome sus fiestas, sabía que los
primeros toques ya los daban incluso dos meses antes.
Soph, ¿tenemos papel de regalo de sobra?
Tiene que estar en el cajón de siempre, Rach. ¿Has mirado bien? Siempre te pasa lo mismo respondió mi madre colocándose en la posición de batalla; Piernas
ligeramente separadas, hombros rectos y manos sobre las caderas.
Entre los miembros de mi familia había una tradición que se remontaba a la generación de mi madre. Bueno, quizás no fuese una tradición, pero al menos era algo
que se hacía en mi familia.
Cada año, por cada ocasión especial, Navidades, cumpleaños, etc., y por cada regalo que se hacía, se guardaba el papel que lo envolvía y se volvía a reutilizar. Mi
abuela solía alegar que era un desperdicio de papel si se podía utilizar de nuevo. Así por cada regalo que se recibía, se prohibía expresamente romper el papel. Se
despegaba con mucho cuidado el celo, se alisaba, se plegaba con cuidado y se guardaba en un cajón de la cocina, a la espera de otro regalo para otra ocasión.
¿Puedo ayudaros en algo? pregunté mirando a mi alrededor. Los fogones estaban llenos con cacerolas que echaban humo y mis tías hablaban sobre nosequé
receta de tal cosa o de la otra.
Vete si quieres, Lotte. Creo que la abuela está durmiendo o quizás la veas paseando por ahí. Suele estar en el jardín. Y mira que la avisamos de que no se acercase
allí mi madre comenzó a trabajar en algo de carne que serviría luego en la comida familiar. Tenemos que llamar para quitar esos malditos avisperos.
Reí a carcajadas y salí de la cocina, cerrando la puerta. El olor a comida y las voces se amortiguaron y observé el vestíbulo de la casa. Una gran alfombra tejida a
mano cubría el suelo de madera. Había un pequeño zapatero que también ejercía la función de aparador, al lado de la puerta. Era de madera y, además de aquel horrible
cuenco de payasos, su superficie estaba cubierta de fotos intentando hacerse hueco para resaltar más. Justo enfrente, había un armario alto para guardar los abrigos y los
paraguas. Aunque solía ser, más que nada, para guardar la aspiradora. Apoyado sobre la pared, en mitad del pasillo, estaba un reloj de cuco traído desde Ginebra. Mi
abuela, o Nana, como la llamaba yo, jamás nos había contado la historia de cómo había llegado ese reloj ahí. Y poca gente se acordaba ya. Nos habíamos acostumbrado a
su sonido y a su presencia.
Salí al jardín y respiré el aire puro que subía hacia la casa. Se encontraba en el condado de Sussex, a unos quince minutos de Brighton y estaba rodeada por un
precioso paisaje verde y el azul del mar a lo lejos. Se tardaban diez minutos en llegar a la playa. La casa estaba pintada de color celeste y la madera barnizada, por lo que
protegía del viento y la lluvia además de darle un toque de color elegante a la pared.
Cerré los ojos y sentí como el aire rozaba mi piel por la zona de la cara y los brazos, descubiertos tras quitarme la chaqueta y quedarme con la camiseta de manga
corta. A pesar de lo mucho que adoraba Londres, era agradable salir de allí y llegar a Sussex. Era una zona preciosa y también formaba parte de mi infancia. Recordaba
como cuando era una mocosa (aunque a decir verdad no había pasado mucho tiempo de eso) y corría por la hierba con los pies descalzos, seguida por un perro que solía
tener Nana del que no recordaba su nombre ni qué fue de él.
Respiré hondo y me metí en la casa, descolgando el teléfono de la entrada y marcando un número que me sabía de memoria desde hacía mucho tiempo. Vamos, me
decía a mí misma mientras mordisqueaba el cable impaciente. Contesta, joder.
Has llamado a casa de Matt Henderson, lamento no encontrarme aquí para contestar. Déjame tu mensaje y después te llamaré.
Hola, Matt… dije después de escuchar el pitido del contestador. Sin darme cuenta estaba sonriendo como una estúpida, como si me pudiese ver realmente.
Pero que idiota podía ser a veces. Te llamo para decirte que estoy en Sussex. ¿Sabes? Vamos a hacer una comida familiar y… bueno, no he podido localizarte para
decírtelo. Vuelvo a Londres pasado mañana por la mañana… respiré hondo y me mordí el pulgar. Era un gesto que tenía cuando estaba nerviosa. Podemos quedar
cuando vuelva y… hablar y… bueno… que… te quiero, Matt.
Escuché como en ese momento se cortaba el mensaje y solté un suspiro, dejando el auricular en su sitio, cuando escuché como alguien carraspeaba y golpeaba la
madera de las escaleras con algo. Me giré rápidamente y vi a mi abuela, Nana, al pie de las escaleras, con las manos colocadas sobre el bastón y una sonrisa burlona en
sus labios.
¿Qué? pregunté poniendo mi cara más inocente, aunque no tenía motivo, porque no había hecho nada malo.

Pages : 71

Autor De La  novela : Fernando Fernández

Comprimido: no

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Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

El monstruo de Masart – Fernando Fernández

—He vivido mucho tiempo, pequeña Mausi —sonreí ante el apodo en alemán que tenía desde que era pequeña. Siempre solía utilizarlo cuando hacía trastadas o
cosas por el estilo. La mayoría de las veces aquello ocurría en la cocina y con Nana amenazándome con la cuchara

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