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La favorita del Reich – Nerea Polo

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Resumen y Sinopsis De 

La favorita del Reich – Nerea Polo

dulce hogar, me dije para mí misma mientras me quitaba la chaqueta y la colgaba del perchero. Solté mi mochila, vieja por el uso y las llaves de mi moto en un cuenco de
arcilla con horribles dibujos de payaso. Nunca había visto la gracia de aquel cuenco, pero al parecer a mi abuela le encantaba. Y quién era yo para decirle que no.
—¡Qué no! ¡Qué te he dicho mil veces que a mamá no le gusta la tarta de nueces!
—¿Pero qué dices? ¡Si a ella le encanta!
—¡La edad te está jugando una mala pasada! ¡Sabes que la detesta!
Puse los ojos en blanco a medida que me acercaba a la cocina y me apoyé en el marco de madera de la puerta. Allí, en la cocina de la casa de mi abuela se estaba
librando una batalla campal. ¿Las armas? Mucha harina y mucha mala leche.
—¡He dicho que nada de tarta de nueces!
—¿Y por qué no de chocolate? Le gusta a todo el mundo —pregunté, intentando añadir mi granito de arena para construir la paz en aquella casa—. Sabéis que el
chocolate siempre triunfa.
—¡Lotte! ¿Qué haces aquí? ¡No te esperábamos hasta dentro de unos días!
Mi tía Larissa se acercó a mí y me apretó entre su cuerpo y sus brazos. Su cabello, ahora recogido en un moño, era de color rubio ceniza con algunas hebras
plateadas. En su adolescencia, por las fotos que había podido observar a lo largo de mi corta vida, había parecido una saludable granjera. Tenía unos brazos y piernas
fuertes, gracias al ejercicio diario y unas caderas anchas, al igual que su hermana, dos años menor, Rachel, que también se acercó a mí para asfixiarme un poco más.
—¡Caray! ¡Que no puedo respirar!
Ambas me soltaron con una carcajada y se limpiaron las manos, llenas de harina, en los delantales de mi abuela, volviendo a enzarzarse en una pelea sobre el sabor
de la tarta que harían para ella. Mi madre se acercó a mí con una sonrisa en el rostro y me acarició la cara con el pulgar, intentando limpiarme la harina que me habían
dejado mis tías, dándome un abrazo después. A diferencia de las asfixiantes muestras de cariño de sus hermanas, las de mi madre me reconfortaron.
—Hola, mamá.
Hola cariño. ¿Fue bien el viaje? ¿Tuviste algún problema? Sabes que no me gusta nada que hagas un viaje así en moto.
Me permití sonreír y poner los ojos en blanco mientras me encogía de hombros. Para mi madre, todo lo que hacía era peligroso. Incluso coger el metro desde
Piccadilly Circus. Desde la muerte de mi padre, en un accidente de coche mientras volvía del trabajo, mi madre se preocupaba demasiado por mí. Sabía que tenía miedo
de perderme, y yo intentaba contarle que aquel miedo era infundado. Aunque sabía perfectamente que si alguna vez me pasaba algo tendría que morderme la lengua y
escuchar ese odioso Te lo dije.
—Mamá, Sussex no está tan lejos de Londres —increpé con aquel tono de voz de “estás exagerando lo imposible de exagerar”—. Mírame, estoy bien. No me han
derribado, ni me han secuestrado, ni nada por el estilo.
—Ya lo sé, pero es que me preocupo mucho por ti desde…
Vi como mi madre se paraba al hablar y se sonaba distraídamente la nariz. Habían pasado casi ocho años desde la muerte de papá, y aun así no lo había superado.
No la culpaba. Siempre decía que mi padre era el amor de su vida y el único que la había hecho feliz de verdad. Debía de ser muy duro que algo así lo apartase de su lado
para siempre.
—Desde lo de papá. Sí, lo sé —suspiré resignada y le rodeé los hombros con un brazo, frotándole suavemente la espalda y notando su cabeza contra la mía. A
veces añoraba ese contacto. Siempre me reconfortaba tener a mi madre al lado, a pesar de que muchas veces era yo la que la ayudaba y la animaba. Apreté su hombro y
le sonreí para que se animase—. Venga vamos. Que parece esto un entierro más que una preparación secreta de cumpleaños. Enseñadme qué estáis haciendo.
Mi madre se animó de inmediato y se sumergió en el mundo de la cocina que tanto le gustaba, mostrándome sus ideas para la celebración del cumpleaños de mi
abuela, que sería dentro de unas semanas. Siempre me había preguntado por qué lo preparaban con tanta antelación, pero, conociéndome sus fiestas, sabía que los
primeros toques ya los daban incluso dos meses antes.
—Soph, ¿tenemos papel de regalo de sobra?
—Tiene que estar en el cajón de siempre, Rach. ¿Has mirado bien? Siempre te pasa lo mismo —respondió mi madre colocándose en la posición de batalla; Piernas
ligeramente separadas, hombros rectos y manos sobre las caderas.
Entre los miembros de mi familia había una tradición que se remontaba a la generación de mi madre. Bueno, quizás no fuese una tradición, pero al menos era algo
que se hacía en mi familia.
Cada año, por cada ocasión especial, Navidades, cumpleaños, etc., y por cada regalo que se hacía, se guardaba el papel que lo envolvía y se volvía a reutilizar. Mi
abuela solía alegar que era un desperdicio de papel si se podía utilizar de nuevo. Así por cada regalo que se recibía, se prohibía expresamente romper el papel. Se
despegaba con mucho cuidado el celo, se alisaba, se plegaba con cuidado y se guardaba en un cajón de la cocina, a la espera de otro regalo para otra ocasión.
—¿Puedo ayudaros en algo? —pregunté mirando a mi alrededor. Los fogones estaban llenos con cacerolas que echaban humo y mis tías hablaban sobre nosequé
receta de tal cosa o de la otra.
—Vete si quieres, Lotte. Creo que la abuela está durmiendo o quizás la veas paseando por ahí. Suele estar en el jardín. Y mira que la avisamos de que no se acercase
allí —mi madre comenzó a trabajar en algo de carne que serviría luego en la comida familiar—. Tenemos que llamar para quitar esos malditos avisperos.
Reí a carcajadas y salí de la cocina, cerrando la puerta. El olor a comida y las voces se amortiguaron y observé el vestíbulo de la casa. Una gran alfombra tejida a
mano cubría el suelo de madera. Había un pequeño zapatero que también ejercía la función de aparador, al lado de la puerta. Era de madera y, además de aquel horrible
cuenco de payasos, su superficie estaba cubierta de fotos intentando hacerse hueco para resaltar más. Justo enfrente, había un armario alto para guardar los abrigos y los
paraguas. Aunque solía ser, más que nada, para guardar la aspiradora. Apoyado sobre la pared, en mitad del pasillo, estaba un reloj de cuco traído desde Ginebra. Mi
abuela, o Nana, como la llamaba yo, jamás nos había contado la historia de cómo había llegado ese reloj ahí. Y poca gente se acordaba ya. Nos habíamos acostumbrado a
su sonido y a su presencia.
Salí al jardín y respiré el aire puro que subía hacia la casa. Se encontraba en el condado de Sussex, a unos quince minutos de Brighton y estaba rodeada por un
precioso paisaje verde y el azul del mar a lo lejos. Se tardaban diez minutos en llegar a la playa. La casa estaba pintada de color celeste y la madera barnizada, por lo que
protegía del viento y la lluvia además de darle un toque de color elegante a la pared.
Cerré los ojos y sentí como el aire rozaba mi piel por la zona de la cara y los brazos, descubiertos tras quitarme la chaqueta y quedarme con la camiseta de manga
corta. A pesar de lo mucho que adoraba Londres, era agradable salir de allí y llegar a Sussex. Era una zona preciosa y también formaba parte de mi infancia. Recordaba
como cuando era una mocosa (aunque a decir verdad no había pasado mucho tiempo de eso) y corría por la hierba con los pies descalzos, seguida por un perro que solía
tener Nana del que no recordaba su nombre ni qué fue de él.
Respiré hondo y me metí en la casa, descolgando el teléfono de la entrada y marcando un número que me sabía de memoria desde hacía mucho tiempo. Vamos, me
decía a mí misma mientras mordisqueaba el cable impaciente. Contesta, joder.
—Has llamado a casa de Matt Henderson, lamento no encontrarme aquí para contestar. Déjame tu mensaje y después te llamaré.
—Hola, Matt… —dije después de escuchar el pitido del contestador. Sin darme cuenta estaba sonriendo como una estúpida, como si me pudiese ver realmente.
Pero que idiota podía ser a veces—. Te llamo para decirte que estoy en Sussex. ¿Sabes? Vamos a hacer una comida familiar y… bueno, no he podido localizarte para
decírtelo. Vuelvo a Londres pasado mañana por la mañana… —respiré hondo y me mordí el pulgar. Era un gesto que tenía cuando estaba nerviosa—. Podemos quedar
cuando vuelva y… hablar y… bueno… que… te quiero, Matt.
Escuché como en ese momento se cortaba el mensaje y solté un suspiro, dejando el auricular en su sitio, cuando escuché como alguien carraspeaba y golpeaba la
madera de las escaleras con algo. Me giré rápidamente y vi a mi abuela, Nana, al pie de las escaleras, con las manos colocadas sobre el bastón y una sonrisa burlona en
sus labios.

Pages : 86

Autor De La  novela : Nerea Polo

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

La favorita del Reich – Nerea Polo

—¿Qué? —pregunté poniendo mi cara más inocente, aunque no tenía motivo, porque no había hecho nada malo.
—He vivido mucho tiempo, pequeña Mausi —sonreí ante el apodo en alemán que tenía desde que era pequeña. Siempre solía utilizarlo cuando hacía trastadas o
cosas por el estilo. La mayoría de las veces aquello ocurría en la cocina y con Nana amenazándome con la cuchara

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