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La maldición de Sara – Hector Cordourier

La maldición de Sara – Hector Cordourier

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Resumen y Sinopsis De 

La maldición de Sara – Hector Cordourier

Educación! Bueno, ustedes piensen algo, escríbanlo y luego dénselo a la maestra Landa para que se los revise. Ella les va ayudar, así que no se preocupen mucho si no se
les ocurre nada al principio. Por el momento, es todo. Vayan a sus clases y luego preparen lo que les dije.
Salimos de la oficina. Catherine dirigió sus lentes cuadrados hacia mí.
¿Tú qué vas a escribir, Sara? me preguntó.
Yo voy a ver si copio algo del Internet le dije.
Entra a “discursogenerico.com”. De ahí bajo todas mis composiciones. Son muy simples y le gustan a la gente, en particular a la gente que no piensa mucho me
dijo, antes de desaparecer en el pasillo de los grupos de primero.
Siempre, en algún punto de alguna conversación, las personas llegan a decir “hay tres cosas que odio”, o “hay dos cosas que odio”. Están mintiendo. Una persona
odia cientos de miles de cosas, por lo menos. Yo odio hablar en público. Hablar en público en la escuela es la forma más fácil de hacer el ridículo. De hecho, hacer
cualquier cosa donde los demás te vean es una garantía de humillación. Catherine tenía razón, lo mejor siempre es mantener un perfil bajo. Pasar desapercibida.
En ese sentido, cuando regresé al salón, el profesor me hizo el favor de preguntarme ante todos por qué me habían llamado con el director. Yo le expliqué que él me
había pedido que dijera unas palabras para la ceremonia de Navidad.
¿O sea que vas a hablar? ¡Eso sí que va a ser una novedad! exclamó Pamela, quien de inmediato fue premiada con una carcajada general en todo el salón y una
cariñosa reprimenda del profesor. Lorena sonreía con los ojos entrecerrados, y a Tonalli se le atragantaron los mocos. Casio fue el único que se contuvo.
Okay, ahora ya podía odiar a Pamela.
Tomé mi cuaderno azul, y describí varios lugares en los que disfrutaría ver distribuido el cuerpo de Pamela. Después de eso, ya no se me ocurrió escribir nada más.
Pasaron las horas, y eventualmente llegó el final de las clases.
Independientemente de lo horrible que era estar en la escuela, regresar a casa tampoco me entusiasmaba mucho. En esta ocasión, sin ningún motivo aparente, yo
presentía que algo había cambiado para siempre. Así que esta vez no tomé el autobús y me regresé caminando. Crucé el parque, me adentré a una unidad habitacional,
que estaba llena de edificios con departamentos minúsculos. Crucé el puente peatonal sobre el viaducto automotriz y de ahí llegué a la avenida cuyo camellón central
estaba infestado de dientes de león. Mis pasos se hicieron cada vez más lentos, aunque nunca lo suficiente para impedir que llegara a mi destino.
La puerta de la calle estaba abierta, y mi hermanita se encontraba sentada ahí mismo, en el suelo. Cuando me vio, corrió hacia mí y me jaló de la mano. Tenía
lágrimas secas alrededor de los ojos.
¡Mi mamá está muy rara! ¡Ven a verla!
Corrí hacia el cuarto de mis padres, pero no encontré a mi mamá. Cuando iba a salir, mi hermana me lo impidió. Me señaló un rincón del cuarto, donde se encontraba
el buró. Entonces vi que mi mamá estaba escondida detrás del buró, sentada en el piso, con los brazos cruzados y la mirada dirigida al vacío. Me acerqué a ella, y me
miro como si no me hubiera visto en años.
¡Sara! Ven acá, hija mía. Quiero decirte algo muy importante. ¡Acércate, que la voz me falla!
Entonces me di cuenta de que sus ojos aún estaban muy rojos, como si hubiera llorado por años. Aún así, al verme, esbozó una sonrisa y me alargó sus brazos. Yo
me senté a un lado de ella y le tomé la mano. Mi hermanita también se acercó y se sentó frente a nosotros. Entonces mi Madre comenzó a decirnos algo que parecía
haber preparado toda la tarde.
Sara, tú, a tu corta edad, ya eres toda una mujer. Eres muy inteligente, pero eso no te serviría de nada sí no fueras también prudente y juiciosa. Todo eso me llena
de tranquilidad. Y te voy a decir por qué.
Mi madre soltó un suspiro antes de continuar. Yo no podía dejar de verla.
Tú sabes bien que no soy feliz. Mi matrimonio, como casi todo lo que he emprendido, ha sido un fracaso. Esto lo supe ya muchos años atrás, pero pensé que,
como otros errores, podría sobrellevarlo. Pero un matrimonio fallido no es un fracaso como los demás. Es como un cardo que te enreda poco a poco, hasta cubrir todo el
cuerpo, te presiona con sus ramas y te lastima con las espinas. Por momentos te acostumbras al dolor y es ahí cuando el cardo te aprieta un poco más. Cuando quieres
zafarte, te das cuenta de que necesitas mucho valor. Yo no lo tuve, hija. No lo tuve, y por ello te pido perdón, por ser una cobarde. Yo ya no soporto más, así que me
tendré que ir. ¡Perdóname, Sara! No quería hacerlo. No es justo que me vaya y te deje aquí sola con tu hermanita. Yo lo sé…
¿Irte, mamá? ¿Adónde? pregunté.
Es un lugar que he estado visitando últimamente. Muy tranquilo, muy bonito y donde no hay preocupaciones por el pasado ni por el futuro. Es el único lugar al
que puedo ir. No crean que las voy a abandonar, siempre voy a estar con ustedes. Pero por ahora debo irme.
¿Tomaste algo, mamá? Le pregunté, casi gritando. ¿Tomaste calmantes? ¿Te envenenaste?
No hija. No es necesario tomar nada para ir a donde voy.
Y entonces, dirigió su vista hacia la ventana.
Vi que en el cielo azul, sin una sola nube, un brillo más luminoso que el Sol apareció de repente. Miré a mi alrededor. El cuarto estaba inundado de luz. No había
sombras, ni siquiera tras el buró o debajo de la cama. A pesar de la inmensa fuerza del brillo, no lastimaba mis ojos. Luego vi cómo un rayo de luminosidad se concentró
en la cabeza de mi madre. Todo era muy extraño, pero ni mi hermanita ni yo nos asustamos. Había una cierta paz encerrada en tan raro fenómeno, que nos tranquilizaba.
Se escuchó el sonido de una explosión. Yo caí en el piso, como empujada por manos invisibles.
Cuando me levante, la luz había desaparecido. La recámara estaba en la penumbra y afuera ya había oscurecido. Sin duda, habían pasado varias horas desde que
perdí el conocimiento. Mi hermana estaba dormida. Mi madre permanecía sentada junto al buró. Tenía la mirada perdida y un delgado hilo de saliva caía continuamente
desde un extremo de su labio inferior. No parecía estar muerta, pero tampoco viva.
A través de la ventana, una estrella más brillante que todas dominaba la noche. Nunca antes había visto esa estrella, y nunca la volví a ver después.
CAPÍTULO II
UNA REVELACIÓN
¿Qué es el amor? Las personas se suelen equivocar mucho cuando hablan del amor, porque, como en otros muchos temas, no tienen ni la menor idea de qué están
hablando. Yo creo que hay muchos tipos de amor y son demasiado diferentes como para definirlos como un mismo sentimiento. Está el amor a una pareja, a tus amigos,
a tus padres y… por supuesto, también a tus hijos. Y dentro del amor a tus hijos, está el del tipo que te hace quererlos, estar con ellos y protegerlos. También está el
del tipo que te permite abandonarlos sin previo aviso con un padre alcohólico, desequilibrado y en bancarrota.
Definitivamente esa noche, después de que mi mamá se volvió loca, aprendí mucho sobre el amor.
Creo que fue en la mañana del día siguiente cuando mi padre nos dijo que mi mamá estaba en un estado catatónico, que había sido llevada a un hospital siquiátrico
del Estado, y que ahí la tratarían de curar. No le puse mucha atención, pues sólo pensaba en el desorden que daba vueltas en mi cabeza. Lo único que le agradecí es que
no tratara de fingir que tenía todo bajo control. Después de hablar con nosotros, se metió a su cuarto y no salió sino hasta la hora de cenar.
Mañana, Sara, te vas a la escuela como todos los días. Yo me llevaré a tu hermanita a la guardería.
Mi hermana hizo una mueca de desagrado, que pronto reprimió. A ella nunca le ha gustado la guardería y, conociendo como manejan ese lugar, le doy la razón. Yo le
tendría más confianza a mi Madre, aún estando catatónica. La guardería era más bien como un depósito de niños, donde nadie los vigilaba y donde los alimentaban casi
en cuencos, como a los animales. Ante la anarquía total, los niños vivían algo parecido a la ley de la selva, sólo que sin tanto orden.
Mi hermana podría cuidarse sola aquí mejor que allá repliqué.
He dicho que se va a la guardería. Y no me discutas, que ahora no estoy de humor.
Mejor esperaré a que sí estés de humor ¿eh? dije, sin pensarlo mucho.
¡Con una chingada! exclamó mi padre. ¡Primero lo de tu madre, y ahora tú te vas a poner en mi contra! Mira, Sara, quiero que entiendas que yo no tengo la culpa
de lo que le pasó a tu mamá. Y te agradecería mucho que, para variar, cooperaras haciendo lo que yo te diga sin rezongar. Ya bastantes problemas tengo, en serio.
Ante tanto cinismo, estuve a punto de responderle con una grosería, pero mi hermana me tomó la mano por debajo de la mesa, y con eso me contuvo. A veces me
cuesta trabajo recordar quién de nosotros es la hermana mayor.
Así que el día siguiente, como cualquier otro, me desperté temprano, me vestí y me dispuse a ir a la escuela. Mi uniforme, mis cuadernos, la sala, la avenida, los
dientes de león… todo seguía en su sitio. Sin embargo, en mi interior, todo era muy diferente. Antes, por lo menos, las cosas que hacía tenían algo de sentido, tal vez el
sentido de la rutina. Ahora ya no. Mi mamá se volvió loca, mi papá es un idiota. ¿Ahora que sigue? ¿Para qué ir a la escuela? ¿O para qué quedarme en casa? Parece que
ya no hay lugar para mí en este mundo. ¿Y si mejor me saliera de él?
Por lo pronto, salí de mi casa.
De nuevo me fui caminando, sin ninguna prisa. Frente a la entrada de la escuela, Lorena se encontraba retocándose el rostro con una pequeña paleta de maquillaje.
Cuando me miró, se dirigió a mí, lo cual, por alguna razón, me lleno de temor.
Oye, Sara. ¿Has visto a Pamela?
No, no la he visto hoy respondí, más tranquila, pero yo creo que a estas horas apenas ha de estar despertando.
Lorena volteó por un segundo a otra parte, como asqueada por mi comentario. Después me dijo, más seria que un juez:
Ayer no viniste, no sabes lo que pasó. Por ahí de la primera hora de clases, hubo un choque de autos justo a un lado de nuestro salón. Dos coches chocaron de
frente y uno de los conductores, un señor algo mayor, salió muy herido y está grave. Ya ves que Pamela y yo nos sentamos junto a la ventana. Yo no estaba ahí en el
momento del accidente, porque fui al baño. Pero ella sí estaba y de la impresión quedó muy mal. Ayer la acompañe a su casa, y estaba bastante asustada. Estoy muy
preocupada por ella.
Esta era la primera conversación que tenía con Lorena, y, en ese sentido, valió la pena esperar. No podía creer lo que estaba oyendo. El hecho de haber adivinado el
futuro con mi cuaderno azul me hizo distraerme, por primera vez en horas, de mis ideas suicidas. La sorpresa me dejó callada por un instante.
Sí, es impresionante continuó Lorena, quiero ver si hoy ya se siente mejor.
No sabía, Lorena. Qué mala onda. Si veo a Pamela, te avisaré de inmediato.
Gracias me respondió ella, y siguió repasando con la mirada a todo el que entraba a la escuela.
Lorena era una versión “amateur” de Pamela. A pesar de que casi nunca la había visto sonreír con sinceridad, no me parecía tan descarada ni tan chocante como su
mejor amiga, a pesar de que lo intentaba con todas sus fuerzas. El problema es que, al parecer, Lorena tenía algo más que pájaros en el cerebro, lo cual, sin duda, no
ayudaba a sus propósitos. Realmente debía estar preocupada por su amiga, o de lo contrario jamás se habría dirigido a mí.
Al momento que entraba a mi salón, saqué mi cuaderno azul, para revisar lo que había escrito. Ahí estaba toda mi narración, completa y detallada. ¿Qué había
sucedido? ¿Había imaginado el futuro, y lo había plasmado en el cuaderno? ¿O acaso yo había pedido que sucediera la tragedia y mi deseo se había concedido? ¿Moriría
una persona inocente por mi culpa? Si es así, ¿por qué no mejor se murieron otras cien personas que tengo en mente? También podía ser que todo fuera una
coincidencia. Había escrito cientos de cosas imaginarias en ese cuaderno y nunca antes alguna se había cumplido. Sin embargo, una coincidencia así era muy
improbable… Tal vez imposible.
Recordé la imagen del hombre mayor, con la cabeza incrustada en el parabrisas. Su rostro ensangrentado, pero reconocible. ¿Será posible que fuera la misma
persona? Entonces se me ocurrió ir al hospital, a verificar mi sospecha.
Ese día, en efecto, Pamela no llegó a clases, y Lorena, aunque pretendía estar tranquila, daba la impresión de ser una muchacha coja a quién le habían robado las
muletas a media calle.
A la hora del descanso, pude ver a Catherine a lo lejos, leyendo un libro en una banca cercana a la tienda cooperativa. Camine hacia ella. Antes de que yo le dijera
algo, cerró su libro y dirigió sus lentes cuadrados hacia mí.
¡Hola, Sara! ¿Cómo estás? ¿Cómo te trata la vida?
Créeme que no quieres saber eso le contesté.
Oh dijo ella, y bajó un poco la vista lo siento. Ojalá las cosas mejoren. ¿En qué puedo ayudarte?
¿Tú sabes a qué hospital llevaron a la gente que se accidentó ayer frente a la escuela?
Sí, el accidente. Qué cosa más horrenda. No se llevaron a las dos personas al hospital. Sólo se llevaron al señor mayor que conducía el automóvil negro, porque se
le estrelló la cabeza en el cristal panorámico. Por lo que decía la ambulancia, estoy casi segura de que se lo llevaron al Hospital Departamental del Sur.
“Un automóvil negro… la cabeza estrellada en el panorámico…” Todo correspondía perfectamente. No podía ser una simple coincidencia. Por unos instantes me
quedé turbada, pensando en ello.
¿Te ocurre algo? preguntó Catherine ¿es un conocido tuyo?
No, no Catherine. No lo conozco. Sólo quería saber qué había pasado ayer. Te agradezco mucho le dije antes de despedirme.

Pages :40

Autor De La  novela : Hector Cordourier

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

La maldición de Sara – Hector Cordourier

Catherine me sonrió y luego continúo leyendo, como transportada a otro mundo donde quinientas personas no hacían ruido en toda la explanada. Tomé mi mochila
con mis cosas y me encaminé a la zona de construcción de la nueva torre de aulas.
La nueva torre de aulas es un edificio de cinco pisos que la anterior administración

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