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Las bellas durmientes – Richard King

Las bellas durmientes – Richard King

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Resumen y Sinopsis De 

Las bellas durmientes – Richard King

Los apagados ojos de Edgar Bourne examinaron los delicados elementos que conformaban el velero dentro de la botella. Su rostro, mientras tanto, no abandonaba ese
gesto de frustración que se revelaba en su entrecejo fruncido. Estar oficialmente inactivo le había dejado un sinsabor al ser un hecho que, además de no haber estado
entre sus previsiones, se resolvió en contra de su voluntad.
Tiró del fino hilo y, ayudándose de un palito de madera, levantó los mástiles plegables. De esta forma terminaba su cuarto velero dentro de una botella. Este nuevo
éxito, sin embargo, no fue suficiente para distraer su mente atrapada por el recuerdo recurrente de la conversación que mantuvo con el neurólogo. Todo se había iniciado
dos meses atrás, el día en que súbitamente perdió el conocimiento. Sus manos, entonces, soltaron el volante del coche, el cual invadió la acera atropellando a Ken
Collins, un niño de cuatro años. Junto a él se hallaba también la madre.
Edgar fue diagnosticado con una rara enfermedad degenerativa del cerebro: el síndrome HauserKafka. Las pérdidas de conciencia eran tan solo el primer síntoma.
Según le informaron, más adelante les seguirían alucinaciones; pérdida de memoria; furia abrupta hasta que, por último, lo inducirían a un coma permanente para
desembocar en su muerte.
Apenas había empezado a despegar en su carrera como inspector en el departamento de homicidios de NYPD y ya estaba retirado. A este pesar se le sumaba su
doloroso cargo de conciencia. Lo peor, para Edgar, era que nunca llegó a ver al pobre Ken ni a su madre. Su último recuerdo era estar conduciendo por la Quinta Avenida
y ver los leones de piedra de la Biblioteca Pública de Nueva York. Después de eso no había nada más, ni tan siquiera oscuridad. Lo siguiente que recordaba era despertar
en la cama del hospital. Junto a él, una enfermera cambiaba la bolsa del suero intravenoso.
Recuperarse de ese suceso era algo que no estaba dispuesto a permitirse. No quería olvidar la vida que arrebató, ni el pesar que provocó en esa familia. Era un
autocastigo que se empeñaba en llevar sobre sus hombros. Esto, en parte, había influido cuando decidió aceptar, sin preguntas de por medio, el ofrecimiento de la
jubilación anticipada como miembro de la policía de Nueva York.
El teléfono móvil vibró estrepitosamente encima de la mesa. En la pantalla parpadeaba un nombre:
“Jane Brooks”
Edgar desvió la mirada hacia el celular. Su primera reacción fue no responder a la llamada. No tenía ni la más mínima intención de entablar la misma conversación con
su exsuperior del departamento. Ya la había rechazado demasiadas veces como para volver de nuevo al viejo tema de mantener una relación sentimental. Lo último que
deseaba era convertirse en una carga emocional para alguien a quien amaba demasiado. Hundirla en su sufrimiento era un acto de egoísmo.
El corazón le dio un vuelco y, sorprendiéndose a sí mismo, cogió el teléfono para responder la llamada.
Jane, de verdad no… se interrumpió al oír los jadeos al otro lado de la línea.
Cuenta la leyenda que tan solo el beso de un amor verdadero logrará despertarla. ¿Serás tú el príncipe azul que logre despertarla? pronunció la voz ronca desde el
otro lado de la línea, para después reír con frenesí. Luego cortó la comunicación.
Edgar miró el teléfono. El desconcertante mensaje lo había dejado perplejo. En respuesta, marcó el número del despacho de Jane en la comisaría. Del otro lado, una
voz masculina respondió. Una corazonada le confirmó que algo realmente malo había ocurrido.
¡Edgar! Soy el agente Percival. Llevo largo rato tratando de comunicarme contigo. Ha ocurrido algo terrible… su interlocutor, se detuvo como dudando de su
mensaje. Es por lo ocurrido a la inspectora jefe Brooks.
¿Qué? Me acaban de hacer una extraña llamada desde su teléfono. ¿Qué ha ocurrido? el corazón de Edgar estaba a punto de salirse de su pecho.
La han encontrado en su apartamento, inconsciente y con una rosa en las manos. Me acaban de comunicar, desde el hospital, que se encuentra en estado de coma.
Hace unos minutos, varios oficiales del departamento también han recibido una llamada invitándolos a despertarla informó Percival.
Con un beso de amor verdadero…
Así es confirmó el agente.
***
La fría habitación del hospital no produjo ningún alivio en el ánimo de Edgar. La visión de Jane tendida en la cama y entubada tuvo un efecto arrollador en él.
Acercó la butaca a la cama, su mano se extendió hasta la mano de Jane. La notó helada, casi sin vida.
Deberías de haberle dicho la verdad la voz “irreal” del niño no le sorprendió. Este, como de costumbre, vestía una bata de hospital. Tenía un rostro lleno de
pecas y de su mirada emergía una insoportable tristeza.
Edgar le ignoró, aun sabiendo que tenía razón, pero lo último que necesitaba era entablar una conversación con un ser producto de su imaginación.
La puerta de la habitación se abrió, barriendo la figura del niño quien se desvaneció al ser tocado por la luz exterior. La figura de un hombre ataviado con una bata
blanca irrumpió en el cuarto.
Soy William King, el médico asignado a Jane Brooks dijo, extendiendo cordialmente su mano. ¿Es usted familiar suyo?
No, soy Edgar Bourne. Éramos compañeros en el NYPD, aunque creo que soy lo más cercano a un familiar. Sus padres fallecieron hace unos años miró a Jane
y después volvió a mirar al médico. ¿Qué le ocurre? Está muy fría.
El médico revisó los paneles que monitoreaban las constantes vitales de la paciente. Ante esto, dejó escapar un suspiró que revelaba impotencia.
Verá, Edgar. Jane está en coma. Sinceramente, le digo que tras los resultados obtenidos creo que esto ha sido consecuencia de un suministro de escopolamina. La
pregunta es: ¿por qué sigue inconsciente? En un coma inducido, al reducir el suministro del medicamento, el paciente recobra la consciencia. Es decir, si su compañera
realmente se encuentra en un coma inducido, ya debería haber despertado. Lo curioso es que este no es el primer caso que conocemos.
Las últimas palabras captaron la atención de Edgar, quien se levantó de la butaca y se aproximó al médico.
¿A qué se refiere con que no es el único caso? su tono reveló la ansiedad que lo invadía.
Hace unas semanas, un médico del Saint Marcus me consultó acerca de un caso muy similar a este. Una joven había sido hallada en estado de coma en su
apartamento el doctor hizo una pausa como si tratara de recordar más datos. Si no me equivoco, la joven se llamaba Jane Bachman…
Las oscurecidas cejas de Edgar se curvaron al oír el nombre de la otra paciente. Su corazón palpitaba más rápido de lo habitual.
Vaya, parece que esto no ha hecho más que empezar pronunció una nueva voz que procedía de algún punto detrás del médico, aunque Edgar tenía la certeza
de que en realidad allí no había nadie. Sabía que tarde o temprano te las arreglarías para volver. Nueva York ya no es tan tranquila desde que tú has quedado fuera del
juego.
Discúlpeme, debo informar de todo esto en la comisaría dijo Edgar, para después hacer una larga pausa. Todo esto forma parte de una investigación en
curso; por tanto debo pedirle que guarde silencio absoluto en cuanto a las circunstancias que rodean ambos casos.
Sin añadir nada más ni esperar a tener una respuesta, abandonó la habitación y atravesó el pasillo a paso rápido.
¡Ese es mi chico! ¡Dispuesto a salvar la ciudad una vez más! oyó los gritos de una voz parecida a la de su difunto padre.
Edgar se sintió tentado a responder pero, por el contrario, se detuvo unos segundos a regular su respiración y tratar de calmar su estado de ánimo. Sabía de sobra
que las situaciones estresantes o de ansiedad aumentaban la frecuencia de sus alucinaciones. Si no lograba calmarse, no sería capaz de distinguir lo ilusorio de lo real.
Poco a poco, su corazón recuperó su ritmo habitual y las voces desaparecieron.
***
Sus pies se detuvieron frente los escalones de la entrada al edificio, al borde de las líneas amarillas pintadas en la acera. Muchos recuerdos se agolparon en su
mente. Ante su vista estaba la comisaría del distrito Midtown South. Su fachada de color arcilla, atravesada por columnas de ladrillo gris, le otorgaba un aire fuera de
lugar en relación con los demás edificios de la calle 35 Oeste.
Edgar tragó saliva y repitió su rutina de autocontrol. Era preciso equilibrar su nivel de respiración. Cruzó el umbral enfrentándose a la penumbra de la entrada, giró
a la derecha por el pasillo y avanzó hacia el que había sido su camino habitual. Este le llevaba hasta una sala repleta de mesas adjudicadas a los detectives del distrito.
¡Edgar! por un instante temió que nada de aquello fuera real, o que ni siquiera hubiese abandonado el hospital; incluso evitó parpadear por miedo a descubrir
que aún continuaba en casa, sentado frente al velero en la botella.
Esperó unos segundos y se volvió levemente tratando de sonreír. Peter Storm se detuvo a su vera, tendiéndole la mano.
Imagino que estás aquí por lo de Jane. Le pedí a su hermana que te llamase enseguida… empezó a decir Storm, apretando la mano de Edgar con su habitual
firmeza.
Acabo de estar en el hospital. Ahí me pude entrevistar con el médico que la atiende, un tal William King. Me ha hecho un comentario que creo deberíais
comprobar: un caso similar al de Jane, una mujer llamada Jane Bachman…
Storm levantó la mano interrumpiéndole.
Edgar, ¿estás insinuando que nos enfrentamos a un posible crimen?
El aludido se quedó perplejo. No entendía muy bien a qué podía deberse la repentina sorpresa de su compañero.
Las llamadas… Percival…
Las férreas manos de Storm rodearon los bíceps de su brazo derecho, arrastrándolo hasta la mesa que Edgar había ocupado durante su servicio activo.
¿A qué llamadas te refieres? le interrogó Storm.
Las rodillas de Bourne flaquearon y terminó por sentarse en su vieja silla. Sus manos temblaban ante el horror de lo que su mente no estaba muy deseosa de
aceptar.
Recibí una llamada desde el teléfono de Jane, una voz distorsionada me dijo: cuenta la leyenda que tan solo un beso de amor verdadero logrará despertarla,
¿serás tú, el príncipe azul que logre despertarla? Luego de eso, cortó la comunicación. Pensé que le habían robado el móvil a Jane y me estaban gastando una broma, así
que llamé al teléfono de su despacho y me atendió el agente Percival. Él fue quien me relató lo que le ocurrió a Jane, y me dijo que algunos de vosotros habíais recibido la
misma llamada con el extraño mensaje sus labios temblaron ligeramente al terminar el resumen de lo ocurrido.
Con un sesgo de preocupación, su compañero tomó una silla y se acercó a Edgar.
Edgar, quiero que respires con calma. Necesito que permanezcas tranquilo. Aquí no hay ningún agente llamado Percival, tampoco hemos recibido ninguna
llamada con extraños mensajes. A Jane la halló su hermana en el apartamento, los médicos le dijeron que el coma podía deberse a un problema en el riego sanguíneo
cerebral. Le hicieron pruebas y todo indica que podría tratarse de un defecto congénito…
Pero el médico me dijo que daba la impresión de ser un coma inducido… Jane Bachman… el aturdido exdetective miraba a todos lados buscando una salida a
esa confusión.
¡Edgar, mírame! Quiero que te tranquilices y regreses a tu casa, ¿de acuerdo? cuando por fin logró que Edgar recuperase el control, Storm le apretó el
antebrazo con firmeza. Me acercaré al hospital e interrogaré a ese médico acerca de esa Jane Bachman. Pero necesito que te calmes y descanses. Prométemelo.
***
¿Quién eres tú? ¿Quién eres tú? gritaba la anciana con los ojos desorbitados. ¡Eres el demonio! ¡Eres el mismísimo demonio! ¡Socorro! ¡Socorro!
Edgar retrocedió asustado y con los ojos llorosos. La pregunta le martillaba la mente mientras observaba cómo su abuela se agitaba entre delirios y convulsiones.
Repentinamente, la mano firme de su padre se posó sobre el chiquillo. Este, alzando su vista hacia al hombre, reprimió el llanto buscando alguna respuesta en los ojos
de su progenitor.
Está enferma, Edgar. Su cabeza no funciona bien. No sabe que eres tú. Ella siempre te ha querido con toda su alma dijo su padre, acuclillándose a su lado para
después abrazarlo con fuerza. Ven, dejémosla descansar. Quizás mañana se encuentre mejor.
Ambos abandonaron el dormitorio, alejándose de los gemidos de la anciana. Fuera de la habitación, el olor a locura y medicamentos no los alcanzaría. De reojo vio a
su madre sentada en el salón, frente a una botella de whisky: con la mirada desorbitada, desaliñada y con los ojos enrojecidos, sorbía el licor del vaso que temblaba entre
sus manos.
Edgar intentó liberarse de la mano de su padre, sin embargo este pugnaba por llevarlo consigo hasta el porche de entrada. El niño solo deseaba ir corriendo a abrazar
a su madre, aliviarla del dolor que sentía; no obstante, el tirón de su padre lo obligó a desistir. En el porche les esperaba la tía Felisa, quien les recibió con una sonrisa
nerviosa.
Edgar, tenemos que hablar anunció con un tono serio su padre, mientras lo miraba directamente a los ojos. Sé que te resultará muy duro, pero al final sé que
comprenderás. Tu madre y yo estamos pasando por un mal momento que se ha agravado con la enfermedad de tu abuela. Por ese motivo ambos hemos creído que es
mejor que pases una temporada con la tía Felisa. Te prometo que solo será hasta que pongamos en orden las cosas…
Las lágrimas asomándose en los ojos de su padre le confirmaron que eso nunca sucedería.
Pero lo más importante es que nunca deberás olvidar que te queremos mucho y que siempre hemos deseado lo mejor para ti. Simplemente; no puedes crecer en
este ambiente. No te lo mereces dijo el hombre, a medida que su voz parecía apagarse. Con esto, se irguió y luego de tomar una bocanada de aire se volteó para asentir
a su hermana. Finalmente, regresó al interior de la casa.
Las imágenes se empezaron a difuminar mientras su tía lo arrastraba hasta el coche, a pesar de sus insistentes negativas. Cuando ya estaba por darse por vencido,
unas detonaciones que parecían proceder del interior de la casa le hicieron volver rápidamente su cabeza.
La grieta en el techo le hizo entender que se encontraba en su dormitorio. Tendido en la cama, Edgar se preguntó si no sería otro recuerdo. Tal parecía que su
enfermedad agravaba sus alucinaciones, algunas de ellas basadas en recuerdos. Era incapaz de distinguirlas de la realidad. Hizo entonces lo que hacía en esas ocasiones:
esperar tendido, intentando descubrir la verdad.
Jane… susurró el nombre, buscando un significado que lo alejase del dolor de haber visto a su abuela enloquecer y de lo ocurrido con sus padres.
Repitió el nombre de la mujer dos veces más. La imagen del techo no desaparecía, así que tomó ese instante como un momento alejado de las alucinaciones; un
fragmento de su paso por la realidad. Se irguió pensando en lo ocurrido. Por lo que él sabía, lo único cierto era que Jane estaba en coma en el hospital y tenía que hallar
el modo de descubrir el verdadero motivo por el cual se hallaba en ese estado.
Jane Bachman el nombre despertó su curiosidad. Descubrir si existía y qué le había ocurrido. Quizás ella le condujera a hallar el modo de salvar a Jane Brooks.
***
Con la mirada, buscó entre las enfermeras que iban y venían por el largo pasillo. Una que otra le lanzaba una mirada inquisidora, pero la mayoría se limitaba a
seguir su camino. Varios metros más adelante se hallaba la habitación de Jane Brooks. Frente a la puerta, una figura gris se volvió y salió a su encuentro con largas
zancadas.
¿Qué estás haciendo aquí? Deberías estar descansando dijo con voz firme Peter Storm, mientras se paraba frente a Edgar, deteniéndole el paso.
Edgar se sintió desconcertado ante la repentina sensación de incomodidad. Tenía la impresión de estar en presencia de alguien superior a él; sin defectos ni
enfermedades mentales. Esto lo llenó de inseguridad, convirtiéndolo en una versión entorpecida de sí mismo.
No puedo quedarme en casa sin hacer nada… insinuó con timidez. La sensación embarazosa lo había tomado por sorpresa, así que trató de apartarla dándole
un tono más grave a su voz. Pensé en hablar con el médico King acerca del caso de la otra Jane, el de Jane Bachman; dijo que el coma fue inducido por una droga
llamada escopolamina.
El rostro de Peter se transformó en un rictus de seriedad. En aquel momento Edgar notó que la energía entre ambos cambiaba. La incomodidad se transfirió de él a
su excompañero del departamento. Algo aturdido, Peter miró a su alrededor, asegurándose de que no hubiese nadie lo suficientemente cerca como para oír su
conversación.
Edgar, no sé cómo decirte esto. Pero no veo otro modo de tratar este asunto anunció casi en susurros. No hay ningún médico llamado William King
trabajando en este hospital y tampoco han oído hablar de ninguna paciente llamada Jane Bachman…
Edgar sintió cómo las palabras de Peter se clavaban en su cerebro y atravesaban cual afilados cuchillos su atormentada mente. Peter dejó de hablar al comprobar el
efecto que sus palabras tenían sobre Edgar.
Mareado, Edgar trastabilló unos pasos retrocediendo. Peter se adelantó temiendo que fuera a desmayarse. En ese instante, Edgar logró recobrar su compostura. Ya
no era la primera vez que creía ver o hablar con personas que no existían en la vida real.
Jane Brooks sigue igual, su cuerpo está estable, pero su cerebro es como si se hubiese apagado. De momento tan solo podemos esperar y tener la esperanza de
que logrará recuperarse dijo Peter en un intento por desviar el tema del médico inexistente. Es mejor que regreses a casa. Si hay algún cambio, te llamaré.
Edgar casi no oyó las últimas palabras de Peter. Su cuerpo ya estaba de regreso a casa. En el paso, tomó conciencia de que su estado mental era peor de lo que
había creído. Se sentía frustrado al no ser capaz de diferenciar entre la realidad y su enfermedad. Intentar encontrar una explicación que justificase la enfermedad de su
amiga podía tener terribles consecuencias. ¿Quién podía saber con certeza lo que sería capaz de hacer si estaba convencido de que sus acciones iban a desencadenar la
curación de Jane? Muy a su pesar, en el fondo de sí mismo, Edgar sabía que llegado el momento sería capaz de asesinar si con ello encontraba el modo de curarla.
El trayecto en taxi de regreso a su casa se estiró durante una larga hora. El tráfico en Manhattan había crecido

Pages : 38

Autor De La  novela : Richard King

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

Las bellas durmientes – Richard King

de forma exponencial los últimos años, convirtiendo
la ciudad en un verdadero infierno de vehículos y sirenas que sonaban de forma incansable.
Al cerrar la puerta tras sus espaldas, el silencio de su hogar se sintió como el paraíso.

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