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Las culpas del amor – Gema Lutgarda

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Resumen y Sinopsis De 

Las culpas del amor – Gema Lutgarda

mancillados.
En aquella tienda, parecía haberse congelado el tiempo. Suelos y paredes de madera le daban calidez al local, e incluso un cierto toque mágico, se podría decir. Las
vitrinas estaban impolutas y celosamente cuidadas, los artículos colocados en un estricto orden. En definitiva, todo como entonces: hasta aquel cuadro de la pared detrás
del mostrador, encima del despacho de pan, con una Virgencita de la cofradía malagueña a la que había pertenecido la esposa de Bill Spencer y madre de Sara: “Una
ventana a mi adorada tierra, y la bendición y protección de mi hogar”. Solía decirle a un marido completamente ateo; cuya única creencia estaba fijada en su familia, y
en el amor que sentía por ellos. A tanto llegaba su devoción, que hizo del amplio primer piso de la tienda su hogar, para estar lo más cerca posible de sus tres tesoros: su
mujer y sus dos pequeñas.
No obstante, y pese a la obstinación de aquel sitio, el tiempo pasó; y aunque aquel mostrador nunca fue desocupado, ni la casa deshabitada; el alma usurpadora de ese
espacio y estatus familiar, nunca ni por asomo remplazaría al amor que en otros tiempos fue vertido.
El pretendido heredero tenía un nombre: Norman Hill; y como todos los anocheceres hizo cliquear las monedas. Orgulloso de sus ganancias, susurraba cantidades
haciendo cuentas. Alto, fuerte, de pelo rubio y cara angelical, con el interior podrido hasta las trancas, pero bien guardado en secreto. Candil de puerta ajena, que
reservaba el privilegio del conocimiento de sus inmundicias exclusivamente a su esposa; pues pocos, podrían adivinar de aquel Mr. Hyde de las horas íntimas: echado a
perder a causa de los celos, la inseguridad y la envidia. Reconcomido por los triunfos de ella, en vez de engrandecido: Sara creció bajo el cariño de una familia, mientras
que él aprendió a odiarse a sí mismo entre los muros de un orfanato; la muchacha cursó estudios universitarios acabando con altas notas su licenciatura en filología
hispánica; él, a lo más que pudo aspirar, fue a estar detrás de aquel mostrador tan amado y odiado, como lo era su propia vida; pues nunca había sido capaz de retener
dos frases seguidas de ningún libro, o atender a largas peroratas de un profesor estirado, pese a que su suegro en un tiempo le dio la oportunidad de hacerlo. Eligió pues,
el poder de la posesión como defensa: la hizo suya como si de un lingote inerte se tratara, celando siempre su robo, anulando su valía para proteger su pertenencia.
¿Se puede, señor Spencer? Disculpe la hora, pero es que me he quedado sin huevos. Quisiera saber, si me podría vender media docena.
Hacía su aparición como cada tarde y a última hora, el telediario andante de la señora Watson. Un vejestorio solterón y amargado con cara de bruja, que acalorada por
la visión atractiva del tendero, abrió un botón de su abrigo de forma insinuante, y bastante ridícula por cierto.
¡Señor Hill, no Spencer! Protestó éste, en un tono inaudible pero evidentemente molesto. Sin embargo, levantó la vista con una falsa sonrisa: forzada y
vomitiva… (¡El muy hipócrita!). Por supuesto, guapísima… media docena y uno de regalo… ¡Aja! Aquí tiene…
¡Qué amable es usted… tan guapo y tan simpático! Siempre lo he dicho, desde que usted regenta la tienda, este lugar parece otro. Ni punto de comparación con
el viejo Bill. Imagínese, se atrevió a echarme de aquí… Y total, sólo por decirle unas cuantas verdades a la cara… Y no es que fuera mala persona, al contrario. Lo que
pasa es que andaba hipnotizado por la pécora de su esposa. Yo podría haberle dado otras mieles, ¿sabe?… Pero, él se lo perdió. Repitió con voz chillona, la misma
anécdota añeja de otras tardes, apoyando su antebrazo entre los huevos y el mostrador, abriendo y cerrando aquellas puñaladas que tenía por ojos; en un intento, de
hacerle probar al tendero, aquello que ella llamaba mieles, que si acaso, alguna vez habían llegado a ser pastosa melaza.
Una verdadera injusticia, sí señora le respondió Norman, acercándose a la bolsa de huevos, a la vez que a su arrugada nariz.
Ya ve. Así es esta familia. Un nido de mosquitas muertas, y perdone por la parte que le toca. Y encima con suerte. La españolita esa, defendida a capa y espada
por el zoquete de su marido. Y ahora usted, cargando con el negocio familiar. Del que por cierto, ninguna de las hijas quiso hacerse cargo. Una porque se largó, primero a
un apartamento, después al extranjero o algo así… En realidad, me parece que ni entre ellas se aguantan. Siempre ha estado celosa de su hermana… Y la otra… Bueno,
espero que no me vaya a echar también a la calle por hablar de su esposa, como lo hizo el señor Spencer. Además, no le voy a contar nada que usted ya no sepa. Pero
esa amistad que tiene con el sarasa… Bueno… pobrecito, yo no tengo nada en contra de ellos, después de todo, nadie pide nacer con defectos… De todas formas… esa
gente suele tener la mente depravada… Aunque si ha de tener una amistad… mejor alguien así. Por lo menos no hay riesgo de… usted ya me entiende…
Señora Watson… La interrumpió, con las tripas alcanzando el punto máximo de ebullición… Agradezco enormemente sus consejos… Es una conversación
realmente interesante, pero… Sujetó disimuladamente su desesperación entre dientes. Sosteniendo en todo momento, esa sonrisa abierta con alicates.
¡Huy! Claro que sí. Es muy tarde. Y yo aquí entreteniéndole. Solo espero que no se haya molestado por lo que le he dicho. Lo hago con toda mi buena
intención…Y es que me cae usted tan bien. Y cogiendo la bolsa de huevos, salió la cacatúa orgullosa de su última siembra.
¡Patética hija de puta! susurró Sara tras casi darse de bruces contra ella.
¡Te quieres callar! ¡¿Qué pretendes?! ¡¿Qué te escuche esa bruja!? Le recriminó Norman, fichando por finalización de jornada laboral esa amabilidad que hasta
hace un segundo todavía continuaba en activo. ¡¿Dónde estabas?!
Comprando una revista le respondió ella, con la voz aún congestionada por el llanto, sin mirarlo a la cara. Cada vez soportaba menos su presencia. Sólo quería
salir corriendo escaleras arriba para perderlo de vista, aunque fuera por un rato.
¡¿Tres cuartos de hora para comprar una revista?! ¿A quién has estado llorándole las penas? ¿A tu amigo el maricón? insinuó sarcástico.
Solo he estado fuera diez minutos. Y no le he llorado las penas a nadie, Norman.
Sin levantar la cabeza, aceleró sus pasos hacia las escaleras de acceso a la casa para por fin quitarse del medio, pero la voz bronca de su verdugo la detuvo.
Quiero que dejes el trabajo.
¡¿Qué?! ¡¿Estás loco?! –Se giró hacia él, incrédula. ¡Te di una segunda oportunidad porque me prometiste que todo iba a cambiar! ¡Y una de las condiciones
fue que no ibas a impedirme trabajar fuera de casa!
Los temblores tomaron el control del cuerpo de Sara. El miedo y la ira se habían apoderado de ella, de tal forma, que se sentía morir.
¡¿Y qué hay de tus promesas?! ¡Ni siquiera eres capaz de cumplirme como mujer! –Le reclamó el energúmeno.
¡Te dije que me encontraba mal, Norman!
¡Y un cuerno, Sara!
¡Estaba con el periodo, hijo de puta!
¡Muy bien!… ¡Insúltame… o denúnciame si lo prefieres! ¡Tengo todo el derecho del mundo a hacerte el amor! ¡Tengo todo el derecho del mundo a que mi mujer
me responda, maldita sea!… ¡Vas a dejar el trabajo, porque no quiero que te veas con él nunca más! ¡No te gusta la tienda!… ¡Perfecto! ¡Volvemos a habilitar la
habitación, y retomas lo de la restauración de antigüedades! ¡Así te entretienes! ¡No lo aguanto, Sara! ¡Por culpa de ese puto maricón de mierda estamos así!… ¡Todo
estaba normal entre nosotros antes de que llegara a nuestras vidas!
¡¿Todo estaba normal entre nosotros?! ¡¿Qué es normal para ti, Norman?! ¡¿Vivir casi en clausura arreglando cosas viejas?! ¡¿Enfrentarme a tus estúpidos celos
cada vez que un hombre me daba los buenos días?!
¡Te lo di todo! Reivindicó el putrefacto, con la vena del cuello en relieve.
¡Regalos materiales que ni siquiera podía usar por miedo a tu mente retorcida! Le echó ella en cara.
¡Sabes qué nadie me ha enseñado a querer, Sara! ¡No tengo otra forma de demostrar lo que siento! ¡Por lo menos, yo sí lo intento! ¡¿Pero cómo voy a hacer con
una mujer que me aborreció desde el primer momento?!… ¡Tú eres la única culpable de mi comportamiento, de mi angustia, de mis celos! Hundió sus garras en el
punto débil de Sara.
De repente, a ella se le paró el corazón cuando vio abrirse la puerta del negocio.
¿Pasa algo, Sara? Interrumpió un muchacho.

Pages : 68

Autor De La  novela : Gema Lutgarda

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

Las culpas del amor – Gema Lutgarda

¡Ja! ¡Mira por dónde!… ¿Cómo es ese dicho…? ¡¿Mentando al demonio y va y aparece?! Arremetió Norman exasperado.
De estar en parada, el corazón de Sara pasó a latir a ritmo de explosión: su marido había salido del mostrador, y estaba encaminando sus pasos hacia el recién llegado.
¡Harry, vete de aquí, por Dios! Le suplicó ella, temiendo lo peor.
No, ¿por qué…? Intervino Norman refregando arrogancia. Déjalo que se quede, cariño. No

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