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Libro PDF Night School Resistencia C. J. Daugherty

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El rugido del motor de la motocicleta ahogaba todos los demás ruidos. Era tan ensordecedor que no habrían podido oír ni un disparo.
Allie se aferró a la cintura de Sylvain y notó su piel caliente, febril, contra la de ella.
El chico aceleró. La moto salió disparada como una bala de cañón por el camino de tierra. Parecía dotada de vida propia y Allie, aunque estaba agarrada a Sylvain
con todas sus fuerzas, luchaba por no caerse y apretaba los dientes con la velocidad.
Era como si la gravedad quisiera separarlos.
Sylvain tensaba los músculos en su esfuerzo por mantener la motocicleta erguida y en línea recta. El camino era tan abrupto que los dientes de Allie empezaron a
castañetear.
Ante ellos apareció el cruce con una carretera asfaltada, congestionada con el tráfico de la tarde. Si querían incorporarse, tendrían que aflojar el paso.
Agazapada tras el cuerpo de Sylvain, Allie volvió la cabeza para mirar por encima del hombro. A lo lejos, un coche oscuro rugía en dirección a ellos. Aún no estaba
muy cerca, pero avanzaba a gran velocidad y les daría alcance en cuanto Sylvain frenara para incorporarse a la carretera.
Se iban acercando a un ritmo trepidante, y el chico no daba muestras de ir a frenar. Con una lucidez repentina, Allie comprendió que no tenía intención de hacerlo.
Iba a meterse a toda velocidad en aquella carretera abarrotada.
No había tiempo para decir nada o tratar de disuadirlo. Allie cerró los ojos, se agarró aún más fuerte y apretó la cara contra la espalda desnuda de Sylvain.
Llegaron a la intersección y se cruzaron por delante de un coche pequeño, que tuvo que dar un frenazo para no estrellarse contra ellos. Sylvain giró bruscamente la
moto y los neumáticos chirriaron, dejando en el aire un olor acre a goma quemada.
En ese instante, perdió el control.
Dando bandazos, vieron cómo la carretera se acercaba a ellos.
Allie gritó y apartó la cara en el preciso instante en que un camión cargado hasta los topes daba un volantazo hacia el arcén, levantando una oscura polvareda.
Maldiciendo en francés, Sylvain luchó por dominar la moto. A esa velocidad y sin cascos ni nada que los protegiese, Allie sabía que si tenían un accidente morirían.
Pero no podía hacer nada, salvo agarrarse. Contuvo la respiración y se aferró a la cintura de Sylvain con todas sus fuerzas.
En un segundo, tal y como lo había perdido, el chico recuperó el control de la moto. Con un acelerón, siguieron a toda velocidad por la carretera.
Allie suspiró aliviada y apoyó la barbilla en el hombro de Sylvain. No podía distinguir de quién era el corazón que latía desbocado, si de él o de ella, pero los
hombros desnudos del chico brillaban de sudor y a ella le costaba respirar.
Sylvain se volvió.
—¿Estás bien?
No había palabras para describir cómo se sentía, así que se limitó a asentir. En cuanto ganaron velocidad, Sylvain se dobló sobre el manillar. A un lado, el mar
discurría en una borrosa franja azul y, al otro, los campos se sucedían a toda prisa, creando una acuarela dorada, verde y lavanda. Ahora Sylvain conducía con suavidad
y adelantaba vehículos sin asomo de dudas o miedo.
Allie no tenía ni idea de a qué velocidad circulaban, pero presentía que muy por encima de los 150 kilómetros por hora. Se preguntó cómo se las arreglaba Sylvain
para ver algo. A ella el viento le quemaba los ojos, y su cabello empapado era como un látigo que le golpeaba la cara y los hombros desnudos.
Pronto el tráfico se hizo más denso y se vieron obligados a aminorar la marcha.
Sylvain giró en busca de un hueco para sortear el atasco, pero fue en vano. Era verano en la Riviera francesa y el tráfico era inevitable.
Aun así, Allie se dijo que al menos habían logrado escapar de los tipos armados. A esas alturas ya debían estar cerca de casa. Lo habían conseguido.
Pero en cuanto empezó a relajarse, un BMW negro se plantó detrás de ellos, tan cerca que casi rozó la rueda trasera de la moto.
No se explicaba de dónde había salido. De repente estaba ahí, con el motor rugiendo como una fiera. Los cristales tintados escondían la cara del conductor, y el
coche se le antojó un robot vacío y amenazante.
Allie sintió cómo el cuerpo de Sylvain se crispaba mientras escudriñaba el coche por el espejo retrovisor.
—¿Es uno de los nuestros? —le gritó; sus palabras se perdieron en el viento.
Él sacudió la cabeza ligeramente.
A Allie se le paró el corazón. Era uno de los otros.
A aquellas alturas ya sabía lo que sucedería a continuación. No hacía falta que él se lo dijese. Así que se agarró a la cintura de Sylvain, como para prepararse.
Se metieron al carril contrario.
A su alrededor, los vehículos se apartaban y se esparcían como juguetes en un parque infantil. Un rabioso coro de cláxones estalló a su paso, pero Sylvain lo ignoró
y siguió avanzando a un ritmo vertiginoso.
El motor del coche negro bramaba enfurecido tras ellos.
Oyeron el chirrido de unos frenos y un choque. Sujeta a la cintura de Sylvain, Allie se volvió y vio cómo el BMW echaba al arcén a un coche más pequeño.
Después el conductor aceleró y fue directamente hacia ellos.
—¡Sylvain!
Al oír la urgencia en su voz, el chico miró hacia atrás. Maldiciendo, giró bruscamente a la derecha y se introdujo en el angosto arcén de tierra. De los neumáticos
salían disparados guijarros que les golpeaban las piernas. Corrieron por aquel camino irregular, adelantando coches durante un kilómetro hasta que por fin salieron a una
carretera secundaria.
La carretera, flanqueada por grandes árboles, estaba casi vacía. Sylvain aceleró y cogió las siguientes curvas a una velocidad imposible. Allie sabía que debía
asustarse, pero también sabía de lo que él era capaz. Confiaba en que le salvaría la vida.
Siguió observando por encima del hombro en busca del coche negro, pero este no apareció.
Entonces vieron ante ellos una imponente verja metálica y, frente a ella, dos vehículos que conocían, estacionados como una pareja de centinelas.
Las puertas de la verja empezaron a abrirse. El sol de la tarde, que se coló a través del metal negro, era tan blanco y deslumbrante que le parecieron las puertas del
cielo.
A Allie la abertura no le parecía lo suficientemente amplia para que pasase la moto, pero Sylvain, cómo no, era de otra opinión.
Murmurando entre dientes una oración, Allie clavó los dedos en la cintura de él. Se colaron entre las puertas con escasos milímetros de margen y derraparon
en el elegante camino sembrado de flores. Sylvain dio un frenazo para no chocar con la casa. Allie rebotó contra su espalda y cayó de nuevo en el sillín, con un ruido
sordo. Sylvain apagó el motor. El silencio parecía irreal.
Impulsándose con las piernas, Sylvain saltó de la moto con un movimiento atlético y le tendió la mano a la chica.
—Las puertas siguen abiertas —dijo—. Aquí estamos expuestos. Tenemos que ir adentro.
Allie quería hacerle caso, pero era incapaz de moverse. Las rodillas le flojeaban y tenía el estómago revuelto.
¿Habrían estado alguna vez tan cerca de la muerte?
—No creo que las piernas me aguanten —admitió.
Los labios de Sylvain esbozaron una sonrisa de satisfacción y se apoyó, como si tal cosa, en el manillar.
—Hemos ido rápido, ¿verdad? Entrené con un campeón de motocross. Mi padre insistió en que lo hiciera como condición para comprarme la moto.
Allie reprimió el absurdo deseo de reír. ¿Cómo podía estar tan tranquilo cuando habían estado a punto de morir?
Desmontó de la moto de un brinco. Subieron rápidamente las escaleras de la entrada principal.
—Me alegro de que insistiera —dijo con la voz temblorosa—. Me gusta estar viva.

Tres
Y eso que el día había empezado muy bien. El sol brillaba y el cielo no podía ser más azul. Al día siguiente era el cumpleaños de Allie, y ella y Rachel habían
planeado una atareada jornada tomando el sol.
Rachel, cómo no, tomaba el sol con los libros de Química, porque Rachel no iba a ningún sitio sin sus libros. Tenía planeado ir a Oxford a estudiar medicina y nada
(ni siquiera el ataque de Nathaniel, que había diezmado el colegio y las había dejado malheridas) iba a detenerla.
Desde su marcha de la Academia Cimmeria aquella fría noche de marzo, habían estado estudiando a distancia, y ya eran unas auténticas expertas en la
materia.
Aquella tarde, sentada junto a la piscina, Allie había intentado ponerse al día con Historia, pero le había costado mucho concentrarse. Aunque todavía era junio,
hacía mucho calor y cualquier excusa era buena para olvidarse del estudio.
Después de todo, pensó, recostada en la tumbona, ¿tengo que estudiar el día antes de mi cumple? ¿No sería casi como estudiar en Nochebuena?
Sobre sus cabezas, una gaviota planeaba en círculos perezosos, sin batir las alas. No había ni una nube.
Allie contempló a Rachel, sentada a la sombra de un gran parasol, totalmente inmersa en el estudio. Las heridas que Gabe le había infligido eran casi invisibles, y
eso la alegraba. Quizás algún día desaparecieran del todo.
Tras irse de Cimmeria, pasaron varias semanas antes de que Rachel dejara de tener pesadillas. Y no era la única que las sufría.
Allie se acarició la cicatriz larga y fina del brazo. Era dura al tacto y le seguía doliendo. Era un recordatorio de lo que habían pasado y de por qué estaban huyendo.
Hasta que aterrizaron en aquel lugar, ninguna de las dos había vuelto a sentirse a salvo.
Habían llegado en un convoy de todoterrenos, tras un breve vuelo en jet privado, y sin tener ni la más remota idea de quién las recibiría. La verja, negra y pesada, se
abrió para mostrar una gran casa de campo que parecía absorber los rayos del sol a través de sus muros dorados. Unas exuberantes buganvillas de color magenta
recubrían la residencia como una manta de colores.
Era hermosa, sí, pero no era más que otra mansión.
Estaban esperando bajo el sol inclemente a que el chófer descargara el equipaje cuando la puerta principal se abrió. De repente, Sylvain estaba en la entrada,
sonriéndoles como lo hacía en Cimmeria; aquello era como estar en casa.
Sin pensárselo dos veces, Allie subió las escaleras a toda prisa y se arrojó en sus brazos.
Él rio y la abrazó, como si lo hicieran a diario.
—Dios —susurró él a través de la melena de Allie—, cuánto te he echado de menos.
Más tarde, mientras les mostraba la residencia, Sylvain les había explicado que aquel era el lugar de veraneo de su familia. Además de la residencia principal, el
complejo albergaba varias casas que alojaban a los guardias de seguridad y al personal de servicio. Gracias a la altura de los muros y a su situación elevada, resultaba un
sitio muy seguro.
La casa era el escondite perfecto y, después de una semana, tanto Allie como Rachel coincidieron en que de buen grado se habrían quedado a vivir allí. Bajo el
intenso sol de Francia, les resultó muy fácil olvidar el caos que habían dejado atrás. Fue fácil dejar de preocuparse por Nathaniel o de preguntarse por qué los guardias
las seguían a todas partes. Por qué nunca salían del complejo.
Hasta aquel día, cuando Sylvain se presentó en la piscina con la tentadora oferta de unos minutos de libertad.
—Estaba pensando en ir a la playa —dijo Sylvain—. ¿Queréis venir?
Allie no lo dudó ni un instante.
—¿Estás de coña? —preguntó. Él negó con la cabeza y sonrió, y ella se puso en pie de un brinco.
—Venga, Rach. Tú también te vienes.
Pero Rachel rehusó.
—Id en paz, niños —los animó, mirándolos por encima de las gafas con gesto indulgente—. Yo tengo que estudiar.
Así que Allie y Sylvain se fueron solos a la playa.
Montados en la moto de Sylvain, habían paseado por la campiña francesa, contemplando con ojos ansiosos la belleza del paisaje.
A Allie le encantaba aquel lugar.
El único problema era que ya llevaban en Francia casi un mes, más de lo que habían permanecido en ningún otro lugar desde que se habían ido de Cimmeria. En
cualquier momento se produciría la llamada. Y luego vendría el avión y otra mansión desconocida las estaría esperando. Rachel y ella volverían a quedarse solas.
¿Y cuándo podrían regresar allí? ¿Volvería a ver a Sylvain algún día?
Hasta el momento, sin embargo, el teléfono no había sonado, y Allie empezaba a acariciar la idea de que a lo mejor podrían quedarse. Quizás Nathaniel nunca los
encontrara. O simplemente no se atreviera a meterse con el padre de Sylvain. Al fin y al cabo, el señor Cassel era un poderoso miembro del Gobierno francés y uno de
los hombres más ricos del país.
Pero en el fondo Allie sabía que aquello no era más que un sueño. Nathaniel siempre la encontraría.
Siempre.
Descalza como iba, Allie notó el frío suelo de mármol bajo los pies. Después del calor de fuera, la casa le pareció fría como una cámara frigorífica. La piel de los
brazos y de los hombros se le erizó.
Los techos abovedados se elevaban veinte metros sobre su cabeza y, en la parte más alta, los ventiladores giraban y emitían un débil zumbido.
—Tengo que encontrar a Rachel —dijo Allie, dirigiéndose a la parte trasera de la casa.
No había dado ni dos pasos cuando tres hombres vestidos con camisetas y pantalones cortos negros irrumpieron en la estancia. Se pusieron a hablar a toda prisa
con Sylvain, que los escuchó atentamente.
El nivel de francés de Allie era regular, así que esperó impaciente la traducción de su amigo.
Tras un breve intercambio de palabras, los hombres salieron a la carrera. Sylvain se volvió hacia ella con el ceño fruncido.
—Aquí va todo bien —la tranquilizó—. Rachel está en su habitación y ahora han ido a buscar a mis padres.
Allie suspiró de alivio. Por lo menos Rachel estaba bien. Algo era algo.
Sylvain parecía inquieto y le surcaban la frente varias arrugas de preocupación.
—¿Qué pasa? —preguntó Allie, intentando adivinar la respuesta en los ojos del chico—. ¿Ha sucedido algo más?
Sylvain negó con la cabeza.
—No sé. Es algo que han dicho… Tengo un mal presentimiento…
No hizo falta que terminara la frase. Allie conocía muy bien aquella sensación.
—Nos mandan a otro lado —dijo ella. Lo dijo con indiferencia, pero sintió una aguda punzada de dolor en el corazón—. Al próximo refugio.
Sylvain la tomó de las manos y le dirigió una mirada resuelta.
—No lo permitiré.
Allie lo miró a los ojos, del color del cielo francés, y deseó que aquello fuera posible. Pero no lo era. Quizá pudiera llevar una moto como un profesional, pero no
podía decirle a Lucinda Meldrum qué hacer con su nieta.
Ni él podía mantenerla a salvo.
—Nos obligarán —dijo Allie. Luego, porque así lo sentía, añadió—: Te echaré de menos.
Él la miró un largo rato como si quisiera decirle algo pero no encontrase las palabras. Posó la mirada en los labios de Allie, como una caricia.
—Allie… —empezó a decir, pero antes de que pudiera continuar, apareció otro guardia de seguridad y dijo algo que Allie no comprendió.
Sylvain la soltó y la miró con aire afligido.
—Es mi padre. Tengo que irme.
—No pasa nada —dijo ella—. Ya hablaremos después.
Pero en cuanto él se hubo alejado, Allie no pudo evitar un pensamiento triste.
Si es que hay un después.
En cuanto Sylvain se marchó con los guardias, Allie se apresuró a subir la escalera blanca de hierro forjado que se enroscaba delicadamente hasta el piso superior.
Corrió por el rellano hasta una inmensa puerta de doble hoja y la abrió con un leve empujón.
El sol de la tarde se filtraba a través de las finas cortinas que recubrían los ventanales y teñía el dormitorio de un resplandor anaranjado. Una amplia cama con
dosel, adornada de telas claras y etéreas, presidía la habitación, pero Allie se fue directa a la cómoda.
Rápidamente se puso sobre el bikini una falda corta y una camiseta de tirantes. Después de ponerse las sandalias, se paró frente a una puerta que muy fácilmente
habría pasado por un armario y llamó con suavidad.
—Adelante. —La voz de Rachel sonó amortiguada a través de la madera maciza.
Allie abrió la puerta del dormitorio contiguo. Era casi idéntico al suyo, salvo por las cortinas amarillas.
Rachel estaba tumbada en la cama, rodeada de montones de libros. La miraba por encima de las gafas, que le habían resbalado hasta la punta de la nariz.
Allie odiaba ser la portadora de malas noticias. Rachel estaba tan feliz allí. Tan a salvo.
Aunque nunca se está realmente a salvo, se recordó.
La seguridad no es más que una ilusión. Una mentira que nos contamos para poder continuar con nuestras peligrosas vidas.
—Será mejor que bajes —dijo en voz queda—. Nathaniel nos ha encontrado.
—Tenéis que marcharos. —El padre de Sylvain estaba sentado en un elegante sillón tapizado de lino blanco. Allie, Sylvain y Rachel se habían acomodado enfrente,
en un sofá a juego—. Este ataque iba en serio. Os podrían haber matado —Miró a su hijo y prosiguió—: Y ambos sabemos que Nathaniel te habría matado a ti con tal
de llegar hasta Allie. Nunca se rendirá.
Sylvain no se inmutó, pero para Allie, las palabras del señor Cassel eran el equivalente a que la arrojasen a un pozo negro y sin fondo. La frase resonó en su
cabeza.
Nunca se rendirá. Nunca se rendirá.
—¿Adónde nos mandan esta vez? —El tono de Rachel era inexpresivo, pero Allie notó el cansancio que escondía. Las dos estaban hartas de huir.
La respuesta que siguió las dejó anonadadas.
—De vuelta a Cimmeria.
El corazón de Allie dio un vuelco, y Rachel la miró incrédula.
¿Era aquello cierto? ¿Podían irse a casa?
Lucinda siempre le había dejado muy claro que no regresarían al colegio hasta que se arreglara la situación con Nathaniel. Y evidentemente no era el caso.
Entonces… ¿qué había cambiado?
—¿Lo dice en serio? —preguntó Allie—. ¿De verdad podemos volver?
La madre de Sylvain, que parecía extrañamente tranquila en medio de aquel caos, la observaba desde su asiento junto a los ventanales que daban a la piscina.
—Al final siempre han acabado por descubrir tu paradero. —Tenía una voz grave de contralto y el acento francés engalanaba sus palabras—. No hay ningún lugar
totalmente seguro para ti.
El señor Cassel frunció el ceño ligeramente.
—Eso no es del todo cierto. —Se giró hacia Allie—. Lucinda, tu abuela, piensa que estarás más segura en Inglaterra. Y —dudó unos segundos— nosotros estamos
de acuerdo. Por lo menos creemos que no correrás más peligro que aquí. Y además podrás seguir con tus estudios.
Allie no se lo podía creer. Vio cómo Rachel reprimía una sonrisa de excitación y supo exactamente cómo se sentía.
A casa. Nos vamos a casa.
Volvería a ver a Zoe y a Nicole.
Y a Carter.
Con solo pensarlo, se puso nerviosa. No había podido despedirse de él ni arreglar de verdad las cosas.
No había acabado de decidirse.
—¿Cuándo nos vamos? —Sylvain sostuvo la mirada de su padre firmemente.
El señor Cassel abrió la boca para contestar, pero la cerró de inmediato, como si se lo hubiese pensado mejor.
Allie miró a uno y a otro, consciente de que se estaban pasando algún tipo de mensaje que ella no sabía interpretar.
Finalmente, el señor Cassel contestó.
—Allie y Rachel se van esta noche. Si decides irte con ellas… pues te irás también entonces, supongo.
—Por supuesto que me voy con ellas —repuso Sylvain, impasible—. Ya lo sabes.
Desde el ventanal, la madre de Sylvain dejó escapar un leve quejido. Seguía mirando por la

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