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Revista PDF Interviú 7 Marzo 2016

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por ser la primera vez que finalizan
los plazos sin adjudicar el sillón de la
Moncloa. Al margen de esa trascendencia política, las sesiones también dejan
otras consideraciones. Sin entrar en lo anecdótico, terreno superado después
de las meteduras de pata de piojos y similares, vimos en la tribuna posiblemente
los discursos más definitorios de sus oradores de toda nuestra corta democracia.
Había dos formaciones nuevas en el hemiciclo y se pudo escuchar
a Albert Rivera trasladar, antes de meterse en cualquier jardín, su orgullo por
estar allí, hablando por boca de más de tres millones de españoles. Era esperable,
en un político que tiene en mucha estima la educación. Y Pablo
Iglesias, el otro novato, hizo exactamente lo que se podía sospechar:
el discurso que escribirían sus votantes y simpatizantes, dejar para
otro día el trabajo parlamentario propio y hacer que el 15-M se sintiera
subido a ese escalafón. Por eso entendí el tono mitinero, la necesidad
de ajusticiar el pasado al creer que solo así se asalta el futuro, y alguna
que otra demagogia que seguramente trasladaron buenas vibraciones
a mucha gente que inició un movimiento hace cinco años y que
ahora se ha hecho un hueco relevante en la institución donde reside
la soberanía popular, que les incluye a ellos y a todos los demás.
Buen discurso, entonces, el de Iglesias, atendiendo a su adn y primando
que su gente se sintiera representada en ese momento importante.
Cosa distinta es cuando el tertuliano que lleva dentro se comió
por los pies al político. Empezó a confundir el hemiciclo con una asamblea espontánea
y a los otros 349 diputados como figurantes de un plató de televisión,
y salieron por su boca y por su estilo frases, valoraciones y desprecios que no
sirven ni para que te feliciten esa noche en casa. Con esa fórmula no se hace
política, se rodea el Congreso. Y no creo que sea lo que buscan, por la cara que
puso Errejón. De cualquier manera, creo que la semana pasada Pablo Iglesias
pagó su deuda con los movimientos que le han aupado donde está y con las
tertulias televisivas en las que se apoyó durante su construcción. A partir de
ahora, espero ver rápidamente al excelente parlamentario que sin duda va a ser.

Lunes. A Alicante, en el AVE, con Raúl Gómez,
director de la Fundación Manantial,
dedicada a las personas con trastorno
mental grave. Mañana, a primera hora, visitaremos
el psiquiátrico penitenciario de Fontcalent,
donde van a parar los enfermos mentales
que han cometido un delito. Llegamos justo a
esa hora de la tarde en la que apetece un gintonic,
pero nos contenemos y damos un largo
paseo por la playa antes del alcohol. La facultad
de aplazar una satisfacción es específicamente
humana. Tiene que ver con la
capacidad para la representación.
Mientras charlamos, dejándonos
invadir por el olor del mar, en el
interior de nuestras cabezas tintinean
ya de forma anticipada los
cubitos de hielo de la copa ancha
en la que el barman dejará caer
una corteza de limón para perfumar
la mezcla. Tras el gin-tonic,
sin cambiar de establecimiento, la cena, regada
con una botella de vino blanco de la zona. A
Raúl le sorprende la calidad de unas gambas a
la plancha que solo se encuentran en Levante.
Nos retiramos pronto.
Martes. A las 10 nos encontramos en la
puerta del psiquiátrico penitenciario,
donde pasaremos la mañana visitando
parte de las instalaciones y hablando con
los internos y los funcionarios. El edificio es
antiguo y necesita reformas, pero sus responsables
tienen buena cabeza. España, por fortuna,
Las fotografías de mis padres
es un país con pensamiento penitenciario. La
situación, en las cárceles, no tiene nada que
ver con lo que la gente imagina. Conocemos
mejor las cárceles norteamericanas, por el cine,
y las sudamericanas, por los motines, que
las españolas. Se puede averiguar cómo es un
país por el modo en que trata a sus presos y a
sus viejos. Foncalent es un penitenciario especial
porque, como hemos dicho, está destinado
a locos que han delinquido. Nos impresiona
favorablemente la sensibilidad de su personal.
Un grupo de internos improvisa un pequeño
concierto para nosotros.
Por la tarde, cansados, regresamos a Madrid.
Me meto en la cama pronto, pero no me duermo.
De madrugada me levanto y me tomo un
ansiolítico y medio. Uno para mí y medio para
el hombrecillo que me habita.
Miércoles. Cada día aguanto menos
tiempo frente al ordenador. Enseguida
me empiezan a picar los ojos. Me
pongo un colirio cuyo frasco se parece peligrosamente
al de Super Glue, ese pegamento capaz
de borrarte las huellas dactilares. Compruebo
diez o quince veces que se trata del colirio, y
no del pegamento, pero aun así me lo administro
con aprensión y me deja los ojos listos
para trabajar un par de horas más. Tomo notas
para un cuento en el que alguien incurre en
esa confusión y pierde la vista. Al poco, suena
el teléfono.
–¿Juanjo? –dice una mujer al otro lado.
–Sí –digo yo.

usted quiere hablar, pero es que hay muchas
clases de juanjos.
En efecto, se trata de un error, pero la mujer
es muy simpática y hablamos unos minutos.
Le digo que me acabo de poner un colirio y
me recomienda una marca de lágrimas artificiales.
La expresión “lágrimas artificiales” me
pone nostálgico.
J ueves. Desde hace unos días, al caer la
tarde, me duele la cabeza, como cuando
era joven. Es lo que llamo una “neuralgia
de ojo” porque se concentra en el globo ocular
izquierdo. La combato con una dosis de ibuprofeno
que he de tomar justo antes de que el dolor
alcance cierto estadio. Luego, solo pueden con
ella el silencio y la oscuridad. Y la cama. Me pregunto
por qué vuelve ahora, tantos años después,
esta manifestación de la que también se
quejaba mi madre. Acurrucado entre las sábanas,
con la mano derecha sobre el ojo izquierdo,
me acuerdo de ella, de mi madre, pero también
de mi padre. ¡Qué poco sé de ellos! Pienso en
toda esa gente a la que el tiempo se ha ido llevando
como se lleva el temporal a las personas
que ingenuamente se apoyan en la barra del
paseo marítimo, para ver las olas. Me viene a
la memoria una tarde en la que fui a comprar
con mi padre líquido revelador, porque quería
montar un pequeño laboratorio fotográfico en
mi dormitorio. Por cierto, ¿dónde tengo las fotos

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