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Libro Oye, morena, ¿tú que miras? de Megan Maxwell

Oye, morena, ¿tú que miras? de Megan Maxwell

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Para todas aquellas personas que
creen en el amor, en la magia del
momento, y saben escuchar su corazón
cuando éste les dice «sí», «no» o
«quizá».
Y, por supuesto, para mis Guerreras
Maxwell, unas grandes enamoradas del
amor a las que cada día quiero más y
más.
¡Espero que os guste la novela!
MEGAN MAXWELL
1
Bailo…
Canto…
Me divierto…
Y, de paso, le hago ojitos a Greg, el
guitarrista que toca en el escenario junto
a mi amiga, la famosa cantante Yanira, y
sé que tengo una buena noche por
delante.
Estamos en Oregón, en la última
ciudad de la gira musical de Yanira y,
como Joaquín, mi ex, tiene a nuestra hija
Candela —mi Gordincesa para mí— y
yo tengo un par de días libres en el
restaurante en el que trabajo, he cogido
un vuelo y me he venido para estar con
Yanira.
Mientras la veo cantar y moverse
con sus bailarines, sonrío. ¡Pero, qué
bien lo hace, la jodía!
Aún recuerdo sus comienzos
cantando por los hoteles de Tenerife y
después en el barco donde conoció al
increíble Dylan, el hombre de su vida.
Y ahora, ¡mírala!, es toda una
estrella a nivel mundial y yo estoy muy
pero que muy orgullosa de ella.
Aisss, mi tulipana, ¡si es que vale
mucho…, mucho…, mucho!
Greg me mira de nuevo. Qué sexi
está esta noche con ese chaleco sobre la
camiseta. Ambos nos entendemos sin
hablar. No es nuestra primera noche
juntos, ni tampoco será la última, pero si
algo tenemos claro los dos es que, una
vez el sexo se acaba, él sigue a lo suyo y
yo a lo mío. Cero complicaciones.
Parece mentira que actualmente
piense así, ¡pero es lo que hay!
Yo, que era la tía más romántica del
mundo mundial y la que más creía en los
cuentos de hadas, después de que la vida
me diera un par de reveses fuertecitos en
cuanto al género masculino se refiere, he
terminado por creer que el romanticismo
y todo aquello por lo que siempre he
suspirado es cosa de las novelas que
tanto me gusta leer y de unos pocos
afortunados entre los que yo no me
encuentro.
Sé que ciertas personas a las que ni
siquiera tengo el placer de conocer me
critican. Pobrecita, mi madre, qué mal lo
pasa en ocasiones cuando le llegan
rumores a Tenerife. Pero a esos
criticones resentidos que no les parece
bien lo que hago ni cómo respiro, sólo
les digo: ¡que os den por donde amargan
los pepinos! Oséase, por el culo.
Y si digo esto es porque la vida es
muy corta para vivirla sufriendo y
preocupándose por lo que pensarán los
demás. La vida hay que vivirla y
disfrutarla porque mañana te cae un
ladrillo en la cabeza y te vas a criar
malvas para el resto de la eternidad.
Por tanto, y visto lo visto, he llegado
a la conclusión de que, viendo a mi hija
feliz y a mis amigos y a mi familia, el
que éste o aquél me vea ordinaria,
malhablada o mala persona no me va a
restar un segundo de felicidad, porque
tengo muy claro que, mientras ellos
pierden su vida hablando de mí, yo vivo
a tope y disfruto de los buenos
momentos.
Y los disfruto porque, desde que
dejé al idiota de Toño, que fue el novio
con el que más tiempo estuve, por mi
vida han pasado diferentes tipos de
patanes que me han hecho darme cuenta
de que en lo que al sexo se refiere debo
pensar primero en mí, luego en mí y
después en mí otra vez y, por supuesto,
olvidarme del romanticismo. Oye…, que
cada palo aguante su vela. Yo, con
blindar mi corazoncito, pasarlo bien y
cuidar a mi hija, ¡voy servida!
Y digo que voy servida porque, tras
el batacazo que me llevé con Joaquín, el
padre de mi niña, Candela, no quiero
volver a sufrir. Me ilusioné, me abrí
totalmente a él y, ¡zas!, me dejé los
dientes contra el suelo, aunque
reconozco que es un buen padre y en
cierto modo un buen amigo hoy por hoy.
Por suerte, Joaquín y yo no llegamos
a casarnos. Dios, la de veces que habré
soñado con mi boda desde que era una
adolescente… Pero si, por soñar, tengo
hasta una foto guardada del vestido de
novia más bonito que he visto en mi vida
y que por supuesto nunca luciré.
Recuerdo que cuando conocí a
Joaquín, el padre de mi Gordincesa, en
el restaurante donde los dos
trabajábamos, me noqueó.
Y no me noqueó por lo bueno que
estaba, ni por los bíceps que tenía; al
revés, Joaquín es el «anti» todas esas
cosas. Vamos, que todavía me pregunto:
¿qué me llamó la atención de él?
Porque, seamos sinceros, yo no soy gran
cosa, soy más bien tirando a normalita,
pero me gustan los tipos altos, grandotes
y sexis, y Joaquín es calvete, bajito y
hasta, si me apuras, podría decir que
rechonchillo. Aun así, reconozco que,
hasta que nació nuestra pequeña, él,
absolutamente todo él, me volvió loca
con sus atenciones y su cariño.
Pero, claro, por desgracia, en el
amor debo de ser un cero a la izquierda,
y fue nacer Candela y el Joaquín atento y
cariñoso que me hacía gritar en la cama
«¡Viva Perú!» se esfumó y sólo quedó
entre nosotros una bonita amistad,
además de una preciosa hija por la que
repetiría paso por paso nuestra relación.
Mi peruano pasó de ser un hombre
que me miraba obnubilado a convertirse
en un hombre que no me miraba en
absoluto. Pasó de besarme
apasionadamente a preferir dormir
abrazado a la almohada con pasión. En
definitiva, dejé de ser la mujer de su
vida para él, lo asumí, y cada uno tiró
por su lado. Era lo mejor para los dos.
Eso sí, cuando me separé, me
sucedió como cuando me separé de
Toño. Pasé de ser la tía más fiel del
mundo a la más alocada en lo que a
relaciones sexuales se refiere, y desde
entonces he gritado «¡Viva Hawái!»,
«¡Viva México!», «¡Viva Canadá!» y
muchos vivas más, porque he querido y
porque, ¡qué narices!, estoy soltera y
con mi cuerpo ¡hago lo que quiero!
No debo rendirle cuentas a nadie, y
reconozco que es un gustazo poder hacer
lo que me apetece en todo momento,
aunque cuando miro a mis amigas y las
veo con sus maridos, tan felices y
enamoradas, una punzadita de celos me
corroe por dentro.
Pero no quiero novios…
No quiero promesas…
No quiero que nadie más vuelva a
romperme mi maltrecho corazón…
Y, por ello, he decidido fijarme en
tipos como Greg, que pasan de todo, a
los que les importa un pimiento lo que
piensen de ellos y, en especial, lo tienen
tan claro como yo y…
—Ehhh —protesto al notar un
empujón.
Al volverme, veo a dos jovencitas
de no más de veinte años con camisetas
de la gira de Yanira gritar como
histéricas. Las observo divertida; ¡qué
loca es la juventud!
Instantes después aparece Andrew,
el jefe de seguridad, y lo veo dar
órdenes a unos muchachos para que
refuercen la vigilancia. Cuando Yanira
sale de gira, siempre lo contrata como
jefe de seguridad, y yo, siempre que voy
a algún concierto, lo veo y disfruto de
las vistas que me proporciona.
Sin tiempo que perder, agarro a las
dos jovencitas que van a salir al
escenario a tirarse sobre mi Yanira y
una de ellas intenta darme un derechazo
en la cara para soltarse. ¡Será…! Por
suerte, lo esquivo y la muy tonta estrella
el puño contra una viga. ¡Que se jorobe!
Estoy lidiando con las dos fieras
cuando llega hasta nosotras Andrew
seguido por dos gorilas. Dios santo,
¿por qué me gusta tanto este hombre?
Rápidamente, los gorilas se hacen
cargo

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El día que el cielo se caiga – Megan Maxwell

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