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Libro PDF Deseo Saga Seducción Vol.1 – Loli Deen

Deseo Saga Seducción Vol.1 - Loli Deen

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Señorita Clark. Señorita Clark – una voz femenina rompe mi concentración, llegó mi turno.
-Sí, aquí estoy – contesto con la voz aún temblorosa, las manos me sudan, las rodillas me tiemblan, mi cabeza es un completo desastre, no puedo parar de pensar en
todo lo que puede salir mal. <> me repito a mí misma. Si algo va a salir mal, saldrá, no puedes manejarlo, ya déjalo, dice la voz de mi conciencia.
Respiro hondo y me lleno de valor, tomo mi estuche y camino hacia el auditorio.
El lugar se encuentra casi vacío, excepto por cinco personas que integran el jurado. La luz me ciega y casi no me deja distinguir la cara de ellos.
-Señorita Clark, ¿Qué nos interpretará? – el Señor Kembrich. Reconozco de inmediato su voz, es mi maestro de orquesta y podría reconocerlo entre un mundo de
voces. Mi corazón se acelera.
– Suite nº 1 para Violonchelo de Bach – respondo con un hilo de voz.
-Adelante entonces.
Saco mi chelo, me acomodo en la silla, y lo posicionó entre mis piernas, dejo que el mástil descanse sobre mi hombro izquierdo. Tomo el arco con mi mano derecha,
respiro hondo dos veces, cierro los ojos y dejo que la música fluya a través de mí. Instantáneamente me relajo, estamos solos, mi chelo y yo, no importa si toco para
una multitud o para uno solo, en el preciso momento que mis dedos comienzan a acariciar las cuerdas pierdo por absoluto la conexión con la realidad, me transporto,
abandono por unos minutos mi cuerpo y sólo mi alma siente la música, la melodía viaja a través de mis venas como una droga, es el éxtasis, el nirvana, la felicidad. Nada,
absolutamente nada en el mundo me produce el mismo placer que mi Müller entre mis piernas, la frialdad de la madera sobre mi piel, el retumbar de las notas en mi
estómago, la rigidez de las cuerdas en las yemas de mis dedos, el sonido inundando el ambiente. Es mágico, no existe una palabra mejor para describirlo.
Veinte minutos después mis manos se detienen, la música cesa y la realidad vuelve a aflorar, mi audición ha concluido, una corta ronda de aplausos se sucede.
-Muchas gracias Señorita Clark, sabrá de nuestra decisión en una semana.
-Gracias.
Mientras guardo mi preciado Müller en su estuche, una sonrisa se dibuja en mi rostro, estoy conforme conmigo misma, sé que he dado lo mejor de mí. Ahora es su
decisión. Sé que no será nada fácil, Julliard tiene los mejores chelistas, y todos queremos el solo.
-¿Cómo te ha ido? – pregunta mi amiga Molly ni bien cruzo la puerta del auditorio hacia la sala de espera. Ella también probará suerte, aunque en violín, y es, sin
duda, la mejor violinista que conozca, no sólo por ser una de mis mejores amigas.
-Estoy conforme con mi audición, veremos si me eligen.
-Si no lo hacen es porque se han vuelto sordos.
-No tengo la menor duda. ¿Quieres qué te espere?
-No, ve, aún tardaré rato hasta que nos toque a nosotros.
-De acuerdo, te veo mañana.
Recojo mi bolso y salgo hacia el frío viento otoñal de mediados de octubre que me aguarda en la puerta.
-¿Sólo has traído esa chaqueta? – pregunta Jason preocupado por mi bienestar, como siempre. Niego con la cabeza, a veces exagera demasiado, sé que sólo lo hace
porque me quiere, y la verdad es que yo también lo quiero. Llevamos juntos más de dos años. Yo era una estudiante nueva en Julliard, y él cursaba su segundo año aquí,
no fue amor a primera vista, necesité de un buen tiempo hasta que ganó mi corazón. No es que no fuera guapo, a su manera, lo es. Su cabello es casi tan negro como la
noche, aunque sus ojos son de un verde esmeralda intenso, su nariz lleva la marca de varias peleas perdidas en sus años de preparatoria, y sus finos labios parecen casi
imperceptibles bajo su desalineada barba oscura. Es bastante más alto que yo, aunque eso no debería ser una sorpresa, la mayoría de la gente lo es, con mí apenas metro
sesenta y cinco de altura, y él me lleva unos dignos diez centímetros. Su delgado y desgarbado cuerpo va muy en sintonía con su desalineado y largo cabello, que le llega
a los hombros. Y tiene el carácter más extraño, por momentos es muy cariñoso, algo rebelde, apasionado por la música, un pianista excepcional pero con un
temperamento problemático, se vuelve violento e impulsivo, pero aún así es el hombre que elijo día a día.
-No exageres, no hace tanto frío.
-Vas a enfermarte Sami – lo beso para terminar con la conversación, y por supuesto tengo éxito, ni bien mis labios rozan los suyos olvida por completo el hilo de la
conversación. Es mi estrategia favorita.
-Te extrañé cariño.
-Y yo a ti. ¿Cómo te ha ido?
-Bien, al menos di lo mejor de mí, hay que esperar.
-Seguro el solo es tuyo, eres la mejor chelista del mundo.
-¿Conoces a todas las chelistas del mundo?
-Sólo a las que valen la pena conocer.
-No vas a lograr que me ponga celosa Jason.
Subimos a su viejo y negro Camaro del 69´ e inmediatamente enciendo el estéreo, y Debussy comienza a sonar.
-¿Tienes hambre? Podríamos ir a comer algo.
-No puedo, recuerdas que te he dicho que Elle está de guardia hoy, debo ir a casa a cuidar a mi madre. Lo siento.
-Lo había olvidado, busquemos una pizza y la llevamos.
Llegamos a mi edificio en el Bronx y subimos los cinco pisos por escalera por supuesto, no recuerdo qué alguna vez el ascensor haya funcionado.
-Hola mamá ¿Cómo te sientes?
-Hola Sami, bastante bien. ¿Cómo te fue?
-Bien mami, no te preocupes. Jason y yo hemos traído una pizza ¡Directamente desde Manhattan para ti!
-Buenas noches Señora Clark.
-Hola Jason, qué alegría verte.
Ayudé a mi madre a llegar a la mesa, tiene días buenos y malos; hace cinco años le diagnosticaron Lupus, y desde entonces su salud ha empeorado bastante,
prácticamente no puede caminar sin bastón y ya casi no sale de la casa. Mi hermana mayor Elisa y yo la cuidamos, sólo somos nosotras tres, mi padre el Sargento Clark
murió en Irak en 2004 y sólo quedamos nosotras. Mi hermana es enfermera, se decidió por esa carrera cuando mamá enfermó y realmente ha sido de gran ayuda sus
conocimientos y cuidados.
Cenamos y charlamos por buen rato. Luego llevé a mi madre a la cama, tras darle su medicación, se durmió y yo volví al sillón con Jason.
-Ya que Elisa no está ¿Podría quedarme a dormir?
-Claro que puedes. Déjame limpiar un poco y nos acostamos.
Tiré la caja de pizza vacía, guardé los restos en la nevera, lavé los platos sucios, barrí un poco la cocina y el comedor. Y metí ropa a la lavadora. En ocasiones como
esta, donde el cansancio me ganaba, me alegraba de que nuestro hogar no fuera grande, de esta forma era más fácil ponerlo en orden. Un pequeño recibidor abarrotado de
abrigos que colgaban desordenados del perchero, daban la bienvenida a nuestra casa, las paredes lucían un espantoso color huevo, a la izquierda una pequeña isla dividía
la cocina del resto de la casa, encimeras de madera gastada y granito con tonos verdes. Era pequeña, pero funcionaba para nosotras y además tenía lavadero y eso era lo
mejor. Luego el comedor con una mesa redonda blanca y cuatro sillas a tono. Al otro extremo de la habitación un sillón en tonos pastel y estampado de flores
encuadraban la sala con su televisor. Un pequeño pasillo daba a las habitaciones, tanto la de mi madre, como la que compartía con mi hermana, y en medio el baño. Eso
era todo, nuestra habitación era pequeña, apenas si cabían nuestras camas, las mesas auxiliares de noche, un escritorio y el armario.
Cuando entré al cuarto, Jason estaba dormido en mi cama. Lo pensé por unos segundos, realmente lucía muy plácidamente dormido, pero yo tenía otros planes en
mente. Desabroché sus tenis, y quité su pantalón y apenas si se movió, pero cuando quise sacarle el sweater y la remera, no le quedó más remedio que despertarse.
-¿Me dormí?
-Sí cariño.
-¿Intentas abusar de mí?
-Sí cariño.
-Bien, no me resistiré – dijo entre risas mientras se incorporaba de la cama y levantaba los brazos para que le quite la ropa que le quedaba. Rápidamente lo despojé
de ella, me tomó por la nuca y me besó profundamente. Me subí a la cama y me monté sobre él.
-Tus oscuros ojos marrones me parecen tan peligrosos… Cada vez que te miro, sé que eres capaz de romper mi corazón en mil pedazos – dijo mientras me miraba
fijamente a los ojos, luego besó mi respingada nariz y por fin mis rojos y gruesos labios recibieron su atención. Su lengua invadió mi boca y buscó la mía en respuesta,
esta no vaciló en abrazarse a él. Sus largos dedos se hicieron camino a través de mi blusa y la quitó con apuro. Besó mis pechos sobre la tela del sostén, que enseguida
siguió su viaje al suelo. Mis pechos saltaron y él rápidamente los sostuvo con sus manos, su lengua dio suaves lamidas a mis duros pezones y yo sujeté su cabeza entre
ambos pechos, tomándolo con fuerza del cabello. Me recostó sobre el colchón y comenzó a besar mi plano vientre hasta llegar al botón de mi pantalón. Con avidez lo
quitó y lo dejó caer al piso. Acarició mis piernas de vuelta hacia mi pelvis y besó mi vagina a través de mis bragas. Jugó con su dedo pulgar por mi hendidura y tapé mi
boca para no dejar escapar un gemido. Se quitó la ropa interior y rebuscó por un preservativo mientras yo me deshice de la mía. El peso de su cuerpo me aplastó cuando
se recostó sobre mí. Su miembro cumplía con todas las expectativas que una chica podía tener. Me penetró suavemente, como siempre, abriéndose paso lentamente en
mi interior que lo aguardaba ansioso. De a poco fue aumentando el ritmo de sus acometidas hasta volverse parejo. Entraba y salía de mí con facilidad, mientras me
besaba con dulzura y yo enredaba mis dedos en su suave cabello. El sexo era bueno, el mejor que haya tenido, no que tuviera mucho con qué comparar, contando a
Jason sólo había tenido tres amantes en toda mi vida. Mi primer novio Matt y Oliver, un amor de verano. Pero con Jason era diferente, me sentía cómoda con él,
cuidada, desde la primera vez juntos, siempre sentí que me hacía el amor, que no era solo sexo. Sabía que podía confiar en él, y aún así, no me atrevía a decirle que me
sabía a poco, que quería probar cosas nuevas, que necesitaba más. Mucho más.
Cuando aumentó el ritmo, supe que estaba llegando a su clímax, yo aún no me encontraba ni cerca, pero jamás lo estaba. Ningún hombre había conseguido jamás que
tuviera un orgasmo. Sólo podía hacerlo cuando me masturbaba. Y había desistido de intentarlo, lo disfrutaba, mucho, pero el orgasmo… simplemente no llegaba. Luego
de temblar sobre mí se detuvo abruptamente y volvió a besarme en profundidad.
-Te amo cariño.
-Y yo a ti – respondí. Me acomodé en su pecho y me dormí.
Me desperté sobresaltada, bañada en sudor. Sentí la humedad de mi entrepierna y una sensación nueva se apoderó de mí, ansias… estaba a punto de venirme y ni
siquiera me había tocado. Había tenido una pesadilla, iba por un callejón oscuro, sola, caminaba bajo la luz de la luna en una noche fría de neblina espesa. Sentí que
alguien me seguía y apuré el paso, mi corazón comenzó a latir con fuerza y mi respiración se volvió dificultosa, pesada. Apenas podía ver, pero noté la silueta de un
hombre detrás de mí. Quería gritar y correr pero no podía, tropecé y caí al suelo, mis rodillas ardían contra el pavimento y entonces el peso de un cuerpo sobre mi
espalda me impidió ponerme de pie.
-Si gritas, te lastimaré… mucho – susurró de manera amenazante una voz masculina en mi oído, me sonaba muy conocida, y eso me asustó aún más. Puso su enorme
mano en mi boca y con su mano libre buscó la terminación de mi pollera. Manoseó mis muslos y arrancó por completo mis bragas. Mi cuerpo se tensó, intenté gritar
pero me lo impidió. Quería moverme, pero él era mucho más grande que yo. Sentí su enorme y grueso pene acomodarse en mi vagina y se impulsó con fuerza y
determinación dentro mío. Las lágrimas saltaron de mis ojos, el dolor me quemaba y no me dejaba respirar.
-Quieta perra o te dañaré… más – repitió su rasposa voz en mi oído.
Sin importarle cuánto daño me causaba, me penetraba con demasiada fuerza, brutalmente, violentamente. Rogué e imploré que se detuviera pero él, lejos de hacerlo
aumentó más la velocidad de sus acometidas y se hundió aún más profundo en mí. De repente salió de mí, me giró y con su mano aún en mi boca, se vino sobre mi
rostro. En ese momento me desperté. Recordaba con absoluta claridad el sueño, y lo que sentí. El pánico absoluto. ¿Pero por qué estaba tan excitada? Pasé mi mano por
mi entrepierna y noté que la humedad había traspasado mis bragas. Jamás me había mojado de esa manera. ¿Y esto qué sentía? Estas ganas enloquecedoras de más; ¿De
dónde venían? ¿Es qué acaso el sueño lo había hecho? Había tenido sueños húmedos en el pasado, pero nada cómo esto, no así, al extremo de estar a punto de venirme.
Miré a mi alrededor, aún era temprano el reloj marcaba las 5:45 am, Jason roncaba a mi lado, con una pierna colgando de la cama y su brazo descansando sobre su
cabeza. Quise despertarlo, quería que me hiciera el amor, lo necesitaba desesperadamente, pero ¿Cómo le explicaría lo qué me pasó? Que mientras soñaba que un
completo extraño abusaba de mí, me excité más, de lo que me había excitado en mi vida ¿Qué estaba mal en mí? No, no podía despertarlo, pensaría que estaba loca y me
mandaría a volar. Me levanté de la cama sin hacer ruido y me metí al baño. Trabé la puerta, dejé correr el agua del grifo, bajé mis bragas y me senté sobre la tapa del
inodoro. Abrí mis piernas y comencé a tocarme suavemente, estaba tan húmeda que mis dedos estaban bañados de mí. Fácilmente metí dos de ellos dentro mío y
comencé a moverlos con rapidez, estaba tan excitada que sentí dolor, literalmente. Más me tocaba, más me dolía, más me excitaba, más crecía mi orgasmo en lo más
profundo de mi ser. Subí mis piernas y las apoyé en el lavatorio, agregué un dedo más a mi interior, mordí mi labio inferior para ahogar el grito que estaba a punto de
escapar de mi garganta. Saqué los dedos de mí y velozmente acaricié mi clítoris, mi mano subía y bajaba rozando con violencia mi erecto clítoris. Una placentera
cosquilla se formaba en mi espalda, mi cuerpo se tensó por completo, contuve la respiración por unos segundos y el orgasmo me alcanzó, salvaje, violento, exquisito.
Cada músculo de mi cuerpo se relajó de inmediato y volví a respirar. Las piernas me temblaban y sentí como pequeños calambres se hacían eco en mi útero, en mi
vagina, en toda mi entrepierna.
¡Vaya, eso sí qué es nuevo!, me dije a mi misma. Traté de regularizar mi respiración, me miré al espejo y lucía como una loca. Decidí meterme a la ducha para
mejorar mi aspecto. Mientras lavaba mi cuerpo, volví a pensar en lo que ocasionó esto. ¿Me había vuelto loca? ¿Algo andaba mal conmigo? ¿Qué persona normal se
excitaría con la idea de un abuso? ¿Qué me estaba pasando? Sin duda lo mejor sería callarlo, no podía decírselo a nadie. Quizás necesitaba buscar ayuda profesional,
pero… ¿Podría pagarla? De seguro no podía darme el lujo de desperdiciar unos dólares en un psicólogo. No, definitivamente no podía hacerlo, seguro fue cosa de una
vez, algo pasajero, quizás había más del sueño que lo que recuerdo. Sí, seguro fue eso. Salí del baño envuelta en la toalla. Había tardado mi buen rato, entre bañarme,
cepillarme los dientes y secar mi cabello y ya daban las 6:40am. Me puse un conjunto de ropa interior blanco con rayas violetas, una blusa de cuello alto negra, las
medias gruesas, un jean ajustado, las botas de caña alta y sin taco que había comprado la temporada pasada, busqué un chaleco de lana gris que me encantaba y desperté
a Jason mientras volvía al baño a maquillarme. Recogí mi cabello en una cola de caballo suelta, puse un poco de delineador en mis párpados, rímel y estaba lista para
otro emocionante día de mi vida. Maldita rutina, nunca nada interesante.
Me dispuse a preparar el desayuno cuando Elle volvió a casa del hospital.
-Buenos días a la parejita feliz – dijo en tono risueño.
-Buen día Elle. ¿Cómo te ha tratado el hospital? – contestó Jason mientras besaba mi cuello, para luego dejarse caer en la silla.
-Uf ni te cuento, estoy agotada. ¿Cómo paso la noche mamá?
-La verdad que no la escuché ni una sola vez, aún no he ido a despertarla.
-Descuida, yo la traigo, tú prepárale el desayuno.
Rompí unos cuantos huevos y los puse en la sartén, metí unas rodajas de pan a la tostadora, encendí la cafetera, y acomodé un poco de tocino en la plancha. Jason
puso los platos y las tazas en la mesa. Cuando Elle trajo a mi madre a la mesa, ya todo estaba listo, serví los platos y desayunamos todos juntos, mientras Elisa nos
contaba que cada noche llegaban más y más jóvenes a la guardia, con heridas de arma de fuego o sobredosis. Ella era apenas cuatro años mayor que yo, acababa de
cumplir los veinticinco años, pero parecía una mujer de cuarenta cada vez que hablaba y se quejaba de la juventud local. Le di un beso a mi madre antes de marcharme,
tomé mi abrigo, el bolso y el estuche de mi Müller y nos fuimos.
-¡Qué tengan un lindo día chicos! – nos despidió mi madre.
Subimos al Camaro y nos pusimos enseguida camino a Manhattan.
Llegamos a la cafetería donde trabajo medio turno en la avenida Lexington y la 72nd este, en Upper East Side. Me despedí de Jason con un beso cariñoso y me metí
al local.
July, la encargada de la cafetería y mi mejor amiga, ya estaba acomodando las cosas cuando llegué.
-Buenos días July.
-Buen día Sami. ¿Y bien? Cuéntame ¿Cómo te fue en la audición?
-Lo sabré en una semana – respondí mientras dejaba mis cosas en la oficina y me ponía el delantal negro.
-Es demasiado tiempo. Deberían decírtelo en el momento.
-Eso sería genial, pero no funciona así.
La cafetería se llenó inmediatamente como cada día. Decenas de hombres de traje y mujeres elegantes comenzaron a desfilar. De pronto mi amiga me dio un codazo
en las costillas que casi hace que me queme con la máquina de café.
-Mira el bombón que no para de mirarte el trasero – dijo en mi oído.
Terminé de servir el café y me giré disimulando mi mirada. Pero era imposible no verlo, un hermoso hombre de más de un metro ochenta, atlético, con hombros bien
definidos, que hacían que su hermoso traje negro a rayas se viera increíble en él. De cabello rubio, corto y prolijo, bien peinado hacia un costado. Sus ojos celestes del
color del mar, suavizaban su caída mirada, que de ser de otro color, seria aterradora. Una nariz perfecta, y unos labios apenas gruesos. Llevaba una barba cuidada de
apenas unos dos días que marcaban sus pómulos. Era impresionante. Su mirada se clavó en la mía. Y me quedé como estátua, absolutamente inmóvil, no podía dejar de
mirarlo. Pero siendo honesta ¿Quién en su sano juicio lo haría?
-Disculpe. Señorita, disculpe – un hombre llamaba mi atención.
-Sí, aquí está su café, lo siento – me disculpé de inmediato. Mi ángel personal, se rió divertido, y sentí que el suelo tembló bajo mis pies. La sonrisa le iluminó el
rostro, y no pude evitar sonreír y ruborizarme, como una idiota – El que sigue – dije retomando el control sobre mí.
-Creo que es mi turno – contestó él, su voz gruesa y masculina me cautivó por completo. Era melodiosa, casi una invitación a la perdición.
-Buenos días, ¿Qué le sirvo? – traté de dibujar mi tono en amable y despreocupado y fracasé rotundamente.
-Un moca, por favor pequeña.
-Sami. Enseguida – comencé a preparar su bebida de inmediato, necesitaba que se marchara de aquí para poder volver a ser normal.
-¿Cómo? – preguntó confundido.
-Mi nombre es Sami.
-No me gusta Sami, te llamaré Sam.
-¿No te gusta?
-No, no te queda.
-¿Y Sam si?
-Sí, definitivamente eres una Sam, pequeña – no me lo podía creer, estaba jugando conmigo, sin ningún remordimiento.
-Aquí tienes tu moca. ¿Quieres algo para acompañarlo?
-¿Qué sugieres?
-Quizás una dona, un bagel o tal vez un cupcake.
-Creo que me llevaré una dona con glaseado de chocolate – busqué lo que me pedía, lo metí en una bolsa de papel y se lo entregué junto con el café.
-Aquí tiene, que tenga un buen día.
-Dorian, Dorian Archibald.
-No te queda, Dorian – contesté con una sonrisa burlona y sonrió ampliamente. Me regaló una mueca, levantó una de sus cejas, revoleó los ojos y se relamió la boca.
Y se sintió como si alguien me hubiera golpeado el estómago.
-Adiós pequeña Sam – se dirigió hacia July para pagarle y no pude evitar seguirlo con la mirada.
-Lo siento, ¿Qué le sirvo? – dije rápidamente a la mujer que me miraba con poca paciencia.
La mañana pasó velozmente, y pronto dieron la 1pm. Mi turno terminó, mi primera clase era a las 3pm, por lo que tenía un rato libre. Me senté en una de las mesas
con un café y un cupcake de arándano con cubierta de fresas y me dispuse a completar un trabajo de debía entregar en unos días. Entre nota y nota, pasaba mi dedo por
la cubierta del cupcake y me lo llevaba a la boca, era un hábito a la hora de comerlos.
-Me pregunto si en tus labios será más rico que en el propio muffin – su voz me traspasó como un filo. Levanté mi cabeza y mi ángel estaba ahí, parado a mi lado y
apoyándose sobre la mesa. Su cercanía me dio la posibilidad de inhalar su aroma, olía de maravilla. Absolutamente embriagador.
-Dorian – respondí sorprendida.
-Hola pequeña Sam, nos volvemos a ver. ¿Puedo acompañarte?
-S-sí, claro – se sentó cruzando las piernas, apoyó su codo derecho sobre la mesa y dejó descansar su mentón sobre su mano.
-¿Qué te tiene tan abstraída del mundo? – inquirió mientras se adueñaba de mi libro – ¿Bach?
-Así es.
-¡Diablos, eso sí qué no me lo esperaba! – lo miré confusa. De algún modo me sentí insultada.
-Es un trabajo sobre nuestro compositor favorito.
-¿Eres músico?
-Sí, toco el chelo.
-¿Dónde estudias pequeña?
-Julliard.
-Una prodigio, vaya, vaya…
-Sólo una chelista.
-Me encantaría escucharte.
-Ni siquiera sabes si soy buena.
-Estoy seguro que lo eres. No es fácil entrar a Julliard, lo sé.
-¿También eres músico? – rió a carcajadas.
-No pequeña. Es una virtud que no me tocó en suerte – al menos algo no te tocó, pensé para mí misma.
-¿Conoces la obra de Bach?
-No soy muy amante de la música clásica.
-Es una lástima, es la música más pura.
-Perfecto, tienes la oportunidad de convertirme en un amante de algo nuevo.
-¿Qué te hace pensar que es una proposición que me interese? – sonrió de manera pícara, mientras decidía que contestar.
-¿Qué tal un trato? Tú me enseñas algo y yo te devuelvo el favor.
-¿Qué podrías enseñarme que me interese?
-Pequeña, no tienes idea… ¿Qué edad tienes?
-¿Eso es relevante?
-Sí, mucho.
-Veintiuno – entrecerró los ojos y respiró hondo.
-Eres tan joven, maldición…
-¿Disculpa?
-Lo siento, pensé en voz alta. Seguramente habrá algunas cosas que podría enseñarte Sam.
-¿Qué edad tienes tú?
-Treinta y dos en menos de un mes.
-No pareces.
-Gracias, supongo.
-Fue un halago.
-Bien, ¿Qué me dices? ¿Tenemos un trato?
-¿Estás loco? Ni siquiera te conozco.
-Es justo, entonces cena conmigo y así tendrás la oportunidad de conocerme.
-Lo siento, no puedo.
-¿Por qué?
-Tengo novio, y no creo que le guste que cene con otro hombre, aunque sea por amor a la música.
-Será una cena de negocios.
-¿Qué negocio podemos tener tú y yo?
-Convénceme que la música clásica vale la pena y te contrato para que toques en mi fiesta de cumpleaños.
-No recuerdo haber solicitado el trabajo.
-Te lo estoy ofreciendo Samantha – su tono de pronto dejó de ser divertido y pasó a ser serio.
-Mira Dorian, ya te he dicho que no puedo, lo siento. Y ahora discúlpame pero debo ir a clases. Hasta pronto – dije mientras recogía mis cosas. Su presencia me
intimidaba por completo.
-Adiós July.
-Adiós Sami.
Comencé a caminar más rápido de lo normal, necesitaba distancia entre Dorian Archibald y yo, su presencia me incomodaba, su seguridad, su prepotencia. Todo él.
-Te acompaño – su voz volvía a interrumpirme, caminaba a mi lado con las manos en los bolsillos.
-¿Acaso no tienes nada mejor que hacer?
-No, tienes toda mi atención.
-¿No trabajas?
-Por supuesto, pero pueden arreglárselas sin mí por unas horas.
-¿A qué te dedicas Dorian?
-Abogado.
-De acuerdo. Realmente debo irme o no llegaré a clases.
-Bien, te llevo.
-No es necesario, todos los días cruzo Central Park hasta Julliard.
-Hoy no. Ven – tomó mi mano y me condujo hasta un impresionante Mercedes Benz plateado.
-¿Qué auto es este? Jamás lo había visto – dije mientras me acomodaba en el asiento.
-Un Mercedes Benz SLK.
-Vaya…
-¿Qué ocurre Sam?
-Eres un abogado millonario o algo así ¿No?
-No, para nada. Lo que tengo lo he ganado con trabajo duro. ¿Te molesta si así fuera?
-No, supongo que no, es sólo que… es extraño.
-Cuéntame de ti Sam.
-Creo que ya lo sabes todo, soy músico, trabajo en la cafetería, no hay mucho más que contar.
-¿Qué hay con tu novio?
-Jason, también es músico, un excelente pianista.
-Ya veo. ¿Y tu familia?
-Mi padre murió en Irak, sólo estamos mi madre, mi hermana mayor y yo.
-Lo siento mucho.
-Fue hace mucho, pero gracias.
-¿Vives en Manhattan?
-No, en el Bronx, apuesto que jamás has estado allí – dije en tono de broma.
-Jamás pequeña – contestó con una sonrisa.
-¿Qué hay de ti?
-No, no vivo en el Bronx.
-Eso pensé.
-Acabo de llegar de Londres. Viví allí los últimos años.
-¿Cuándo vuelves?
-No creo que pase pronto pequeña. Mi padre enfermó y debo estar aquí.
-Siento oírlo.
-Gracias.
-Bien, llegamos.
-Samantha, espera. Realmente quisiera que cenes conmigo.
-¿Por qué?
-¿Por qué no?
-Es claro que somos completamente diferentes Dorian, no entiendo que puedes querer de mí.
-Sólo una cena. Si en algún momento te sientes incomoda, yo mismo te llevaré a tu casa y no volveré a molestarte.
-De acuerdo, una cena.
-Bien, te recogeré cuando salgas. ¿A qué hora acabas las clases?
-A las siete.
-Aquí estaré. Que tengas lindo día pequeña.
-Adiós Dorian.
Cerré la puerta del auto y no me volví a mirar. Acababa de fastidiarme yo sola. ¿Cómo le diría a Jason que tenía una cita con otro hombre? Dorian era absolutamente
encantador, de todas las maneras posibles, su belleza, su seguridad, su forma de comportarse, de moverse. Jamás había conocido un hombre así, y sin dudas, me
encantaba y deslumbraba. Pero era más como admirar algo que sabes que jamás vas a tener. Algo imposible, un ideal. Me sentí estúpida durante toda la clase. Dorian no
salía de mi cabeza, no conseguía pensar en otra cosa y mucho menos concentrarme en algo más que no fueran sus ojos, su mirada, su voz, su aroma… de repente caí en
cuenta de la realidad, era solo una fantasía, un cuento, como una novela de Jane Austen, el hombre fascinante y rico que se fija por un minuto en la pobre hija del
campesino. Pero a diferencia de las novelas del siglo XIX, esto era la vida, y sabemos que no existen los cuentos de hadas, ni los finales felices.
Daban casi las 7pm. Temprano le había mandado un mensaje a Jason, avisándole que tenía una cena de trabajo, que mi profesor me había conseguido un concierto
privado. Por supuesto se alegró mucho al oírlo y me deseó la mayor de las suertes. No podía sentirme peor, pero me convencí que era la verdad. Sólo iba por eso, sabía
muy bien, que nada más podía querer Dorian Archibald de mí. Pero ¿Qué quería yo de él?
Su auto estaba ahí, esperándome, él no se bajó. Subí y dejé mis cosas atrás.
-Hola pequeña. ¿Cómo ha estado la clase?
-Difícil.
-Lamento oírlo. ¿Problemas de concentración?
-Tienes demasiada fe en ti mismo ¿No?
-Ni te imaginas – respondió guiñándome un ojo.
-Espero que no me lleves a ningún restaurante ostentoso, no estoy vestida para la ocasión.
-Ya había pensado en eso pequeña, no debes preocuparte. Haremos una breve parada antes de cenar – dijo mientras ponía una mano sobre mi muslo.
Inmediatamente su toque captó mi atención, pero sabía que debía detenerlo.
-Dorian… quedamos en que eran negocios, si mal no recuerdo – contesté, mientras sacaba con delicadeza su mano de mi pierna. Él sólo respondió con una sonrisa
enloquecedora.
Nos detuvimos en una tienda de lujo sobre la 5th avenida. Dorian bajó del auto y me ofreció su mano. Tomándola me condujo al interior.
-¡Señor Archibald! Tanto tiempo sin verlo – se desvivía en atenciones una mujer de edad media, muy elegante y refinada.
-Hola Susan ¿Cómo has estado?
-Muy bien Señor. ¿Y usted?
-Muy bien, gracias. Susan ella es la señorita Clark, tenemos un compromiso y necesito que este perfecta.
-Encantada Señorita Clark, enseguida me ocupo de usted. Por favor sígame – me guió hasta un probador en la parte trasera de la tienda, que era más grande que mi
habitación – Quítese la ropa, enseguida regreso.
La mujer abandonó el probador y yo me quedé aún atónita. ¿Qué diablos era todo eso? ¿Acaso pensaba que yo era su muñeca personal? ¿Qué podía decirme que
usar y que no? Debe ser una broma… pensé en mi interior. Oía a Dorian hablar con la mujer, pero no llegaba a distinguir lo que decían. Me quité la ropa despacio, aún
pensando porqué lo estaba haciendo.
Pero Dorian Archibald me intrigaba, me desconcertaba, me intimidaba, y aún así, no podía alejarme de él.
Golpearon la puerta del probador y la mujer entró cargando un perchero con varios vestidos en distintos colores y zapatos.
-El Señor Archibald ha aprobado estos, quiere ver cómo te lucen – dijo la mujer mientras acomodaba las prendas.
-¿Cómo?
-Pruébatelos y sal, si necesitas ayuda, avísame, me daré la vuelta para que te cambies tranquila.
Puse los ojos en blanco, sin lugar a dudas, me había convertido en su modelo personal. Por unos segundos la idea me gustó, que Dorian quiera verlos en mí,
significaba que de alguna manera yo le atraía.
Tomé un vestido azul, entallado, por encima de la rodilla y con escote cuadrado y los zapatos negros que lo acompañaban, me los puse, mientras pensaba divertida
en un show de moda privado, justamente yo, que no tengo idea de la moda.
-Sal para que te vea pequeña – dijo Dorian con voz demandante al otro lado. Puse los ojos en blanco y salí. Estaba sentado en un sillón amplio justo en frente del
probador, sus piernas cruzadas y uno de sus brazos descansaba sobre su muslo, mientras la otra sostenía su mentón, mientras se apoyaba en el brazo de él.
-Vamos, no seas tímida, eres hermosa Sam, déjame verte – inquirió con encanto en su voz.
Con la mirada baja por la vergüenza, caminé lentamente hacia él y me detuve a escasos pasos. No tenía el valor de levantar la vista y mirarlo a los ojos.
-¿No se ve preciosa Señor Archibald? – interrumpió la vendedora, haciéndome levantar la cabeza.
-Absolutamente bella – respondió. Sus ojos me miraban con deseo y fui absolutamente consiente de eso. Me ruboricé en respuesta. – Pero no es el vestido, prueba
el siguiente pequeña.
Volví al vestidor anonadada. ¿Realmente me deseaba? ¿O era mi propio deseo el que veía en sus ojos?
Probé el siguiente vestido, algo vintage, estilo pin up en rojo con zapatos azules. Continúe pensando en lo que Dorian sentía por mí. Jamás había sido la mujer de
los sueños de nadie. No me consideraba bonita, era bastante normal. Con mi metro sesenta y cinco, y mi delgadez, lo único que sobresalía de mi cuerpo era la herencia
española de mi madre, mi trasero era más grande de lo que le correspondía a mi cuerpo. Tenía el cabello largo y castaño hasta los omóplatos, lacio y sin ninguna gracia,
llevaba un flequillo ligero sobre la frente que disimulaba el largo de mi rostro, mis ojos marrones como avellanas oscuras, no eran nada fuera de lo normal, pero amaba mi
boca, mis labios eran gruesos y bien definidos con un tono rojizo natural, mi tez trigueña tampoco decía demasiado. Una muchacha más del montón, nunca levanté
suspiros. Volví a salir a su encuentro.
-Vaya pequeña, te ves maravillosa, pero tampoco es ese. El siguiente – lo miré incrédula, y con poca paciencia. Me quité el vestido y me puse uno negro, bastante
simple, tenía un bello escote recto con tirantes, se ajustaba a la cintura por un cinto en fucsia que brillaba como el charol, la falda era amplia y con vuelo. Y me divertí
girando sobre mis pies para verla moverse. Era realmente precioso. Unos zapatos altos de tacón que se ajustaban al tobillo haciendo juego con el color del cinto. Y volví
a abandonar el vestidor.
-Perfecta, absolutamente perfecta. Lo llevamos – dijo sin más mi acompañante.
-Dorian, no puedo pagar esto ¿Te has vuelto loco?
-¿Acaso creíste qué se me cruzó por la mente que tú lo pagues pequeña? Es un regalo. Más para mí que para ti. Al fin y al cabo lo disfrutaré mirándote.
-No puedo aceptarlo.
-Lo harás. Está claro que fue hecho para ti Sam. Cárguelo en mi cuenta Susan y no olvide lo que le pedí.
-Por supuesto Señor Archibald – la mujer me entregó una bolsa con mi ropa que Dorian tomó de mi mano. Me puso un tapado negro precioso con cinturón, estaba
revestido por dentro y era muy cálido.
-También necesitará un bolso.
-De inmediato – contestó la mujer entregándome un pequeño sobre a tono con los zapatos.
Me sentí una imbécil que se dejaba utilizar por un hombre que ni siquiera conocía. Pero la verdad es que no me hubiera podido negar, aunque quisiera hacerlo. El
rostro de Dorian al observarme fue todo el incentivo que necesité.
Montamos al auto y me quedé en silencio, debía asimilar lo que estaba ocurriendo. Él interrumpió mis pensamientos.
-¿Harías algo por mí?
-¿Más?
-Sólo algo sencillo.
-Dime.
-Suéltate el cabello – lo miré desconcertada, resignada, desarmé mi cola de caballo y traté de asentar los mechones con gracia, pero no logré demasiado.
-¿Satisfecho?
-Lo sabía, luces aún más encantadora así. Deberías llevarlo suelto siempre.
-Lo tendré en cuenta Dorian – mi humor se había tornado gris.
-¿Por qué estás enfadada Sam?
-Todo esto… es demasiado.
-Una mujer como tú, Samantha, debería tener el mundo a sus pies y ser capaz de obtener todo lo que deseé.
-¿Una mujer cómo yo?
-Creo que eso es lo que te hace tan enloquecedoramente irresistible pequeña, que no tienes ni idea de lo exquisita que eres.
Llegamos a uno de los restaurants más glamorosos de Manhattan. Volvió a tomar mi mano para guiarme puertas adentro y no me resistí, su contacto se sentía bien,
y de alguna manera me resultaba protector.
-¿Has estado aquí alguna vez?
-¿Te parezco alguien qué cena aquí a menudo? – pregunté mientras levantaba una ceja.
-¿Al menos te gusta el sushi?
-Me encanta.
-Bien, aquí sirven el mejor sushi del mundo.
-Buenas noches Señor Archibald. Que placer volverlo a ver – saludó el anfitrión ni bien cruzamos el umbral.
-Buenas noches, ¿Tendrá alguna mesa para nosotros?
-Enseguida le consigo una. Por favor deguste una copa mientras me encargo – Dorian me quitó el tapado y se lo entregó a una joven muchacha que nos guió hasta
una mesa alta en el bar.
-¿Qué gustan tomar?
-Yo tomaré un whisky Yamazaki en las rocas ¿Y tú pequeña?
-Hmmm… un Cosmopolitan, gracias – tuve que pensarlo unos minutos, y contesté lo primero que se me cruzó por la mente. No era una entendida en temas de
bebidas.
Dorian apoyó ambos codos en la mesa y entrelazó sus dedos mientras me contemplaba sin darme tregua.
-Bien Sam. ¿Hace cuánto estás de novia?
-Algo más de dos años.
-¿Primer amor?
-Eso es bastante personal ¿No crees?
-Sí, eso pasa cuando intentas conocer a alguien.
-No. ¿Y tú?
-Estoy soltero.
-No imagino cómo alguien como tú, puede estar solo.
-No dije que estuviera solo Sam, sólo no tengo novia o pareja.
-¿Por qué?
-No se me da muy bien. ¿Qué tan seria es tu relación? – la mesera regresó con las bebidas y di un trago apresurado a la copa. El sabor me desagradó de inmediato. Y
mi mueca se hizo eco de mi gusto.
-Vaya, es… asqueroso.
-¿Lo han preparado mal?
-No, es sólo que… es la primera vez que lo tomo y no me gustó.
-Samantha eres increíble. ¿Por qué lo pediste?
-No suelo beber, y no sabía que pedir.
-¿Cuándo sales que tomas?
-No salgo mucho, pero cuando lo hago, bebo cerveza con tequila.
-Bien, pediremos eso.
-No, no creo que sea el momento. No te preocupes por eso. ¿Qué me preguntabas antes?
-Si tu relación era seria – el maître vino para llevarnos a la mesa, Dorian puso su mano en mi espalda baja y me guió por el lugar, la gente nos miraba al pasar, podía
suponer, que se preguntaban cómo alguien como Dorian Archibald, iba acompañado por alguien como yo. Él corrió la silla para mí, y no pude contener una risita
nerviosa.
-¿Quiere la carta de vinos Señor? – preguntó el mesero ni bien nos acomodamos en la mesa.
-No es necesario, solo tráiganos sake y una botella de Dom Pérignon P2.
-Enseguida.
-¿Te gusta el sake? – preguntó al momento Dorian.
-Sí, pero ya sabes, no soy una gran conocedora de bebidas – respondí honestamente
-Mejor así. Yo te enseñaré – el lugar era precioso, y el ambiente no podía ser más ideal en su compañía. Me sentí culpable de sólo pensarlo.
-La mujer de la tienda parecía conocerte bien.
-Llevo mucho tiempo siendo cliente.
-No te imagino comprando ahí tu ropa.
-No la compro para mí, Sam.
-Por lo tanto, siempre regalas ropa a tus citas – el mesero volvió con las bebidas y Dorian pidió que nos trajeran el especial del chef, que era una degustación de
piezas de sushi.
-No, a mis citas no, en eso eres la primera.
-¿Novias?
-Sólo he tenido una pareja seria en mi vida.
-¿Qué paso?
-La encontré en la cama, bueno, no fue exactamente en la cama, con otro.
-Lo siento mucho. Debe ser horrible que te engañen.
-No se trata de eso, teníamos un acuerdo y ella lo rompió. Y con ello quebró mi confianza.
-¿Un acuerdo?
-Hay muchas clases de parejas y relaciones, pequeña. Cada cual pone sus propias reglas.
-Es cierto.
-¿Qué tipo de relación tienes con tu novio?
-Supongo que es bastante seria.
-¿Son exclusivos?
-Por supuesto.
-No te ofendas Sam, sólo pregunto. No me gusta hacer suposiciones.
-No me ofende. Es que no se me ocurriría hacerlo de otra manera.
-Bien, veras, a veces te sorprendería de lo que somos capaces – el camarero reapareció interrumpiendo nuestra charla para servir la cena.
-Se ve delicioso – dije echándole el ojo al exquisito manjar que estaba en el centro de la mesa.
-Quisiera que pruebes algo. ¿Cerrarías los ojos para mí?
-De acuerdo – respondí dudosa. Cerré los ojos y esperé pacientemente, de repente sentí una pieza de sushi sobre mis labios, la paseó por ellos.
-Abre la boca Sam – ordenó y lo hice. Me dio de comer como si fuera un bebé, pero debía admitir que era el sashimi más exquisito que haya probado.
-Delicioso.
-Es la salsa de soja, es una mezcla especial que sólo la sirven aquí.
-¿Qué música te gusta Dorian?
-Sobre todo el jazz, y algo de blues.
-Tienes buen gusto. ¿Y jamás has escuchado clásico?
-Sí, lo he hecho, pero no es mi favorito.
-Te pierdes de un mundo nuevo, lo juro.
-Estoy ansioso por que me enseñes Samantha.
-Aún no he aceptado.
-Lo harás. Lo sabes.
Charlamos durante toda la cena, parecía absolutamente empecinado en saber sobre mí, mis gustos, mis miedos, mis deseos. Incluso me hacía sentir interesante. Pero
lo que más me gustó es que ni una sola vez, miró a ninguna otra mujer en el restaurante, por mucho que ellas pasaran por nuestro lado y lo miraran sin ningún disimulo.
Sus ojos sólo estuvieron en mí toda la noche.
-No tomaremos el postre acá, ¿Estás lista para irnos? – preguntó mi acompañante.
-Sí, cuando quieras.
Luego de que Dorian pagara la cuenta, salimos de ahí.
-No, iremos caminando. La noche está hermosa y amo Nueva York de noche – me indicó cuando me dirigía al auto.
-Me gusta la idea.
Caminamos unas cuantas cuadras, hasta llegar a un camión de calle, que hacen de los mejores helados artesanales. Pedimos dos tazas para llevar y seguimos nuestro
paseo por Tribeca mientras la charla se extendía. Dorian era muy interesante y culto. Era fácil hablar con él y se notaba que era alguien de mundo, que conocía muy bien
cada cosa de la que hablaba. Luego de volver hasta el auto insistió en llevarme hasta mi casa.
-No es necesario Dorian.
-Insisto, no hay manera de que ganes esta, pequeña.
-Deberás cruzar todo NY para llevarme y luego volver.
-No te preocupes por eso.
-Tú ganas. Has lo que quieras.
Ni bien llegamos a mi edificio se bajó conmigo y cargó la bolsa con mi ropa y mi Müller escaleras arriba. Insistió en que era muy peligroso que me deje en la puerta,
por lo que me acompañó hasta mi apartamento.
-Bien, aquí es. Ya puedes dormir tranquilo.
-Ahora lo haré. Gracias por cenar conmigo.
-Gracias a ti, lo pasé de maravillas.
-Fue un placer que espero volver a disfrutar – sonreí, negarme sería ridículo, había sido una de las mejores y más divertidas noches de mi vida.
-Supongo que te veré mañana con tu moca.
-Supones bien pequeña. Descansa.
-Tú igual – besó mi mejilla y se fue.
Entré y al cerrar la puerta me apoyé en ella. Aún me costaba trabajo aceptar que Dorian Archibald realmente me gustaba e interesaba. No estaba dispuesta a engañar
a Jason, pero Dorian era tan distinto… debía encontrar la forma de quitarlo de mi cabeza.
-¿Y esa ropa? – preguntó Elle ni bien me vio.
-Tenía una cena importante y debí comprar algo decente ya que no pude volver a cambiarme.
-¿Una cena importante? ¿Con quién?
-Un posible cliente. Quiere que toque en su fiesta.
-¿Lo has conseguido?
-Lo sabré pronto. ¿Cómo esta mamá?
-Se encuentra bien, duerme hace horas.
-Bien, haré lo mismo. Estoy agotada. Que descanses Elle.
-Igual tú Sami.
Me metí a la habitación, me quité el hermoso tapado, los zapatos y el vestido y los guardé para que no se arruinen. Me puse mi camisón de dormir, me cepillé los
dientes y me acosté.
-¡Despierta Sami! – gritaba y me sacudía mi hermana.
-¿Qué pasa?
-Llevo rato tratando de despertarte, es tardísimo, llegarás tarde y también yo. Mamá esta en cama, no se siente bien, ya le llevé el desayuno.
-Gracias, ve. Que tengas buen día.
Miré la alarma y ciertamente era muy tarde, daban casi las 7:30am. <<Maldición>> maldije para mi interior. Había pasado una noche pésima. No pude alejar a
Dorian de mi cabeza, repetí la anterior noche una y otra vez en mi propia mente. Me levanté como alma que lleva el diablo. Me metí al baño, me di una rápida ducha y
ni tiempo de lavarme el cabello tuve, cepillé mis dientes. Me vestí apurada, unos leggins negros, las botas, una camiseta de mangas largas, una camisa encima, la
chaqueta, el bolso y el Müller y salí corriendo. No sin antes pasar a chequear y besar a mi madre.
Corrí hasta el metro, y en medio del viaje noté que no llevaba puestos los lentes de contacto. Rebusqué en mi bolso y encontré mis viejos lentes hípster para ver, al
menos ahora podría ver por dónde iba.
-Lo sé, es tardísimo, lo siento tanto. Tuve una mañana tremenda – saludé a July al pasar como ráfaga a la oficina a dejar las cosas
-Ya veo. No te preocupes.
-Ayer cené con Dorian – le confesé al oído.
-¿Es una broma? ¿El bombón de ayer?
-Ese mismo.
-¡Cuéntamelo todo!
-Me siguió y me llevó a Julliard, me pidió que cene con él, por “temas de trabajo”
-¿De trabajo?
-¿Puedes creerlo? Pero fue una de las mejores noches de mi vida y me siento tan culpable…
-Ya sabes que Jason no es mi persona favorita y que no creo que sea el indicado para ti. Es sólo problemas y lo sabes. ¡En cambio este hombre! ¡Es de ensueños!
-Lo sé – pronto me vi atascada en la marea de gente y no pudimos seguir hablando.
Estaba distraída lavando unas tazas cuando su voz me sobresaltó.
-Buenos días pequeña – la taza cayó de mi mano y se rompió en mil pedazos, en un intento por recogerla un gran pedazo de cerámica se incrustó en la palma de mi
mano izquierda.
-¡Maldición! – grité a todo pulmón mientras saqué rápidamente el trozo de mi mano y la sangre emergió a borbotones. En un segundo Dorian estuvo a mi lado sin
importarle que no podía pasar.
-¿Te lastimaste?
-Sí, diablos, ¡Cómo duele! – Tomó un repasador del mostrador lo enredó en mi mano y me agarró de la cintura para llevarme hasta la oficina. July se nos unió.
-¡Sami! Necesitas ir al médico, se ve muy mal.
-No me asustes más July.
-Tiene razón, vamos toma tus cosas que te llevaré – Interrumpió él de inmediato.
-No, no puedo irme como si nada, ¿Quién ayudará a July?
-No te preocupes por eso. Enseguida llamo a Peter. Ve.
-Estaré bien en un minuto, puedo esperar – Dorian se acercó a mi rostro dejando escasos centímetros entre ambos, su mirada era muy seria y su rostro lucía afligido.
-Samantha vas a levantarte y te llevaré al hospital ya mismo. Si no lo haces voluntariamente, te llevaré a la fuerza. ¿Comprendido? – Dijo en un tono alarmantemente
amenazador. No dudé en levantarme y recoger mi abrigo, el bolso y el estuche de mi Müller. Me tomó por la cintura con fuerza, como si quisiera cargarme y me escoltó
a la puerta.
-¿Seguro estarás bien sola? – pregunté consternada por July
-No te preocupes por mí. Ve a verte esa mano. Llámame para decirme cómo te encuentras.
-Lo haré.
Dorian me subió al auto, puso el estuche atrás y se acomodó en el asiento conductor. Su rostro era muy serio.
-¿Cómo te has hecho ese daño Samantha?
-Soy una torpe, tuve un mal día y olvidé mis lentes de contacto, con estos lentes no veo del todo bien y me distraje. La taza resbaló de mi mano, quise atajarla y
sólo conseguí esta horrible cortada.
-Ha sido mi culpa pequeña. No sabes cuánto lo lamento.
-No es tú culpa que sea torpe.
-Si algo te pasó en la mano…
-No es para tanto Dorian. Relájate.
Llegó tan rápido al Lennox Hill que no me lo podía creer. Ahora tendría una cuenta más de la que ocuparme, yo y mi estupidez…
-¿Te sientes bien? Estás algo pálida.
-Sólo algo mareada.
-Debe ser la cantidad de sangre que has perdido, pequeña. Vamos.
No pasamos por emergencias, me llevó directamente hasta el tercer piso, al ala de cirugía. Lo que me pareció una tremenda exageración de su parte. Pero comenzaba
a sentirme realmente adormecida y no discutí.
-Buenos días. Podría llamar al Doctor Luke Williams por favor. Dígale que Dorian Archibald está aquí – avisó a la enfermera y ella enseguida lo llamó por altavoz. A
los pocos segundos un hermoso hombre, alto, delgado, de cabello cobrizo y ojos verdes, con cara de modelo y vestido de médico se nos unió.
-¡Dorian que sorpresa hermano! – dijo con voz más gruesa de la que esperaba, el médico.
-Luke ella es Samantha, se lastimó, necesito que la veas por favor.
-Encantado Samantha. Ven conmigo.
Lo seguimos hasta un consultorio, Dorian me sentó en la camilla.
-Alaric tráeme una bandeja de sutura por favor – pidió Luke al enfermero – Bien preciosa veamos que tal está esto.
Quitó el repasador bañado de sangre de mi mano y se veía realmente mal, comenzó a limpiarla con cuidado.
-Se excesivamente cauteloso Luke, es concertista y no quieres privar al mundo de su música ¿Verdad? – advirtió Dorian a quien suponía era un buen amigo.
-No te preocupes hermano. Lo seré. ¿Cómo te hiciste esto Samantha?
-Una taza se resbaló y me corté.
-Debes tener más cuidado preciosa, sobre todo si eres concertista. ¿Qué instrumento tocas?
-El chelo.
-Impresionante. Sentirás el pinchazo de la anestesia y luego un pequeño ardor.
-Okay – contesté temblorosa. Dorian se acercó a mi cabeza y me acarició con ternura.
-Tranquila, el dolor está en tu cabeza, pequeña.
-¡Eso dice él que no es pinchado! – no me gustaba mucho que me pinchen. Pero fue justo como dijo, a los segundos ya no sentía más nada. Luego de escarbar en mi
carne en busca de residuos, tuvo que darme unas cuantas puntadas. Luego vendó mi mano y me mandó a hacerme una placa de Rx para ver que todo esté en orden. Él
mismo nos acompañó hasta la sala. Entré y ellos me esperaron afuera. La placa no mostró nada grave.
-Sólo es superficial Samantha, pasa que las extremidades sangran mucho. Te daré unos antibióticos y un calmante para el dolor. Y en una semana deberás volver a
que te revise y retire los puntos ¿De acuerdo?
-Claro. Muchas gracias. ¿Dónde dejo mis datos para que me envíen la cuenta?
-Samantha, ningún amigo de Dorian me pagará jamás. No te preocupes. Cuando vuelvas sube directo aquí y haz que me llamen.
-Bien. Nuevamente gracias.
-Un placer salvar la música – respondió guiñándome un ojo. Se abrazó a Dorian y se despidieron.
Ni bien subimos al ascensor Dorian sacó dos pastillas del frasco y me las dio para que las tome junto con una botella de agua. Era muy atento, demasiado, y yo
comenzaba a sentirme más y más a gusto en su compañía. Subimos al auto y el adormecimiento volvió. Cerré los ojos para tratar de centrarme.
Desperté algo desconcertada, no tenía la menor idea de donde me encontraba, pero noté a través del gran ventanal que era de noche. Miré a mí alrededor tratando de
entender dónde estaba. Era una habitación preciosa, las paredes están pintadas de un color durazno pulcro, el piso completamente cubierto de parqué oscuro. La cama
era muy amplia y extremada y cautelosamente dispuesta, sábanas blancas con ribetes en gris hacían juego con el esponjoso edredón también en gris, al pie de cama una
manta en durazno. Una alfombra negra encuadraba la cama y sus dos mesas auxiliares pequeñas, que sólo cargaban unas lámparas con pie de madera oscuro y pantalla
metálica, un reloj despertador y un cenicero en la otra. Un sofá a uno de sus costados, en frente una cómoda haciendo juego con un televisor de plasma y detrás de ellos
un hermoso ventanal con cortinas blancas. Al otro costado una cajonera con un bello joyero de madera oscuro. Luego la puerta y al lado un armario. Algunos cuadros y
fotografías. Me levanté con cautela, aún seguía algo mareada. Me puse las botas y me encaminé hacia el pasillo, a un costado se abría una puerta a una habitación de
invitados muy sobria en colores blanco y huevo. Del otro lado un baño precioso, me metí de inmediato, necesitaba lavar mi rostro. Lavabos dobles en blanco perlado, al
lado una bañera rectangular, del otro lado una ducha y el inodoro y bidet. Cuando salí seguí mi camino, una oficina se encontraba a un costado al lado del baño. Muy
masculina, con un escritorio en forma de L en madera oscura que recubría dos de las tres paredes disponibles

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