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Libro PDF Desesperación Stephen King

Desesperación - Stephen King

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todo el tiempo; los habitantes de Nevada describían el tramo de la interestatal 50 que atravesaba su estado como «la carretera más solitaria de América», y en opinión de Peter hacia honor a su fama. Pero el se había criado en Nueva York, y quizá la prolongada exposición a aquellos interminables espacios abiertos empezaba a exceder sus márgenes de tolerancia: agorafobia del desierto, el síndrome del salón de baile o algo por el estilo. —No; era un gato rayado —respondió Mary —. Pero ¿que más da? —Pensaba que quizá hubiese alguna secta satánica en el desierto —explico Peter—. Por lo visto, esta zona esta llena de gente extraña. ¿No nos dijo eso Marielle? —«Intensa» fue como ella los describió — corrigió Mary—. «La parte central de Nevada esta llena de gente intensa», cito textualmente. Y Gary, poco más o menos, coincidía con ella. Pero como no hemos visto a nadie desde que cruzamos el límite de California… —Bueno, en Fallon… —Las estaciones de servicio no cuentan. Además, incluso allí la gente… —Mary lo miró con una peculiar expresión de desamparo que últimamente rara vez aparecía en su rostro, si bien había sido frecuente en los meses posteriores a su aborto—. ¿Que han venido a hacer aquí, Pete? Comprendo que la gente se instale en Las Vegas o Reno… o hasta en Winnemucca o Wendover… —Los que vienen de Utah a jugar dicen: «A Wendover llegarás y medía vuelta te darás» — comentó Peter sonriendo—. Me lo contó Gary. Mary no le presto atención. —Pero en el resto del estado… ¿Por que vienen y por que se quedan los habitantes de esta zona? Ya se que nací en Nueva York, y probablemente no puedo entenderlo, pero… —¿Seguro que no era un gato blanco? ¿O quizá negro? —Peter volvió a mirar por el retrovisor, pero viajaban a ciento veinte kilómetros por hora, y la señal ya se había desvanecido en un fondo de arena, mezcales y colinas parduscas. Sin embargo, por fin apareció otro vehículo detrás de ellos; veía el resplandeciente reflejo del sol en su parabrisas a unos dos kilómetros, tal vez tres. —No. Era rayado, ya te lo he dicho. Contesta a mi pregunta. ¿Quienes son los contribuyentes de esta parte de Nevada, y a que se dedican? Peter hizo un gesto de duda. —Aquí no hay muchos contribuyentes. Fallon es el pueblo más grande de la interestatal 50, y sus habitantes viven básicamente de la agricultura. Según la guía, construyeron una presa y con el agua del pantano riegan sus tierras. Cultivan sobre todo melones. Y creo que hay también una base militar no muy lejos de aquí. Antiguamente Fallon era una casa de postas, ¿lo sabias? —Yo me marcharía —aseguro Mary—. Cogería mis melones y me largaría. Peter le acaricio el pecho izquierdo con la mano derecha y bromeo: —Un buen par de melones, señora. —Gracias. Y no solo de Fallon. Yo me largaría de cualquier estado donde no se viese una casa ni un árbol en kilómetros a la redonda y clavasen gatos en las señales de tráfico. —Bueno, eso tiene que ver con la zona de percepción —explico Peter con cierta reserva. A veces le era imposible adivinar si Mary decía algo en serio o hablaba por hablar, y esa era una de aquellas veces—. Para ti, que te has criado en un medio urbano, la Gran Cuenca esta fuera de tu zona de percepción. Y también para mí, desde luego. Incluso el cielo me pone nervioso. Desde que hemos salido esta mañana lo noto encima como una carga, opresivo. —A mi me pasa lo mismo. Da la impresión de que hubiese demasiado. —¿Te arrepientes de haber elegido este itinerario para volver a casa? —Peter echo un vistazo al retrovisor y advirtió que el otro vehículo se había acercado. No se trataba de un camión, que era lo único que habían visto desde Fallon (y todos en sentido opuesto, hacia el oeste), sino de un coche. Y obviamente tenía prisa. Mary reflexiono. Por fin movió la cabeza en un gesto de negación. —No. Me alegro de haber visto a Gary y Marielle, y el lago Tahoe… —Una maravilla, ¿verdad? —Increíble. Incluso esto… —Mary miró por la ventanilla— tiene su encanto, no digo lo contrario. Y supongo que lo recordare mientras viva. Pero es… —Escalofriante —apunto Peter—. Al menos si uno esta acostumbrado a Nueva York. —Exacto. Zona de percepción urbana. Además, aunque hubiésemos tomado por la interestatal 80, tampoco habríamos encontrado más que desierto. —Si. Rastrojos rodando de un lado a otro. — Peter lanzo otra ojeada al retrovisor; las lentes de las gafas que usaba para conducir brillaron al sol. El vehículo que se aproximaba era un coche de la policía, y avanzaba a ciento cuarenta por lo menos. Peter se arrimo a la cuneta, y las ruedas del lado derecho salieron del asfalto y levantaron una nube de polvo. —¿Que haces, Pete? El volvió a mirar por el retrovisor. Vio acercarse rápidamente la enorme rejilla cromada del radiador, y los violentos destellos del sol reflejado en el metal lo obligaron a entornar los ojos. No obstante, le pareció notar que el coche era blanco, lo cual significaba que no pertenecía a la policía estatal. —Intento encogerme —contesto Peter—, como un animalito acurrucado y asustadizo. Detrás viene un coche de la policía y parece que tiene prisa. Quizá sigue la pista del… El coche patrulla los adelanto, y el Acura de la hermana de Peter se balanceo en su estela. Era en efecto blanco, y estaba cubierto de polvo. Llevaba un adhesivo en el costado, pero Peter no tuvo tiempo de leerlo. DES algo más, rezaba. Desistir, quizá; ese no sería un mal nombre para un pueblo perdido en medio del desierto de Nevada. —… del individuo que ha clavado el gato en la señal de tráfico. —Y a esa velocidad ¿por que no lleva puestas las luces de advertencia? —pregunto Mary. —¿Para advertir a quién en este descampado? —Pues… a nosotros —repuso Mary, mirándolo de nuevo con su peculiar expresión. Peter hizo ademán de replicarle, pero se contuvo. Mary tenía razón. El policía debía de tenerlos al alcance de la vista por lo menos desde que ellos habían detectado su presencia, o quizá desde antes, ¿por qué, pues, no los había advertido con los faros o las luces giratorias para mayor seguridad? Naturalmente Peter se había hecho cargo de la situación y le había facilitado el paso; así y todo… De pronto se encendieron las luces traseras del coche patrulla. Peter piso el freno sin pensar, pese a que había reducido a cien por hora y no existía riesgo de colisión porque el otro coche se hallaba ya demasiado lejos. A continuación el coche se desvió bruscamente de su trayectoria e invadió el carril contrario. —¿Que hace? —pregunto Mary. —No lo se— contestó Peter. Pero si lo sabía: estaba aminorando la marcha. De los ciento cuarenta kilómetros por hora a los que viajaba al adelantarlos había disminuido a ochenta como mucho. Con expresión ceñuda, Peter redujo también la velocidad, prefiriendo, sin saber por que, no acercarse al automóvil que lo precedía. El cuentakilómetros del coche —un Acura que pertenecía a su hermana Deirdre— marcaba ahora sesenta y cinco. —¡Peter! —exclamo Mary, visiblemente alarmada—. Peter, esto no me gusta. —No pasa nada-la tranquilizo el. Pero ¿realmente no pasaba nada?, se pregunto observando el coche patrulla, que se aproximaba lentamente por el carril de la izquierda. Trató de ver al conductor pero le fue imposible: una espesa capa de polvo del desierto cubría la luna trasera. Sus luces de freno, también sucias de polvo, parpadearon y el coche moderó más aún la velocidad. Avanzaba apenas a cincuenta por hora. Una bola de rastrojo cruzó la carretera, y los neumáticos radiales del coche patrulla la aplastaron. Salió por la parte trasera del vehículo como una maraña de dedos rotos. Una repentina sensación de miedo, casi pánico, asaltó a Peter, aunque no lograba entender por que. Porque Nevada, pensó, esta llena de gente intensa —lo dijo Marielle y Gary coincidió con ella— ¿y así es como actúa la gente intensa; en otras palabras, de una manera extraña. Naturalmente, Peter no daba crédito a tales tonterías. Aquello en realidad no era extraño, o al menos no demasiado extraño, si bien… Las luces de frenado del coche patrulla parpadearon de nuevo. En respuesta Peter, sin pensar en lo que hacia, pisó también el freno, y al mirar el cuentakilómetros vio que marcaba cuarenta. —¿Que se propone, Pete? —preguntó Mary. A esas alturas resultaba ya bastante obvio. —Ponerse otra vez detrás de nosotros. —¿Por que? —No lo se— contestó Peter. —¿Si esa es su intención, por que no ha parado en el arcén y nos ha dejado pasar? —Tampoco lo se. —¿Que vas a…? —Seguir adelante, por supuesto —la interrumpió Peter. Y sin ningún motivo añadió—: Al fin y al cabo, nosotros no hemos clavado el maldito gato en la señal de tráfico. Apretó ligeramente el acelerador y de inmediato empezó a acercarse al polvoriento coche patrulla, que en esos momentos avanzaba a poco más de treinta kilómetros por hora. —¡No, no lo adelantes! —suplicó Mary, agarrándole el hombro con tal fuerza que Peter notó la presión de sus cortas unas bajo la recia camisa. —Mare, no me queda

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