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Libro PDF Diario de Martín Lobo Martín Lobo

 Diario de Martín Lobo  Martín Lobo

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nueve meses de embarazo, antojos noctámbulos y golpes de calor. Después, allá por la
lactancia, nos volvimos inseparables: en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y
en las penas, en las entradas y salidas del armario, en las noches de fiebre y las clases
de kárate… Y en ese teléfono que aún hoy, aunque estemos lejos, ejerce de cordón
umbilical. No me olvido de tu marido, mi padre, punto de referencia en todos (o casi
todos) mis movimientos. El choque generacional ha impedido que a veces, sobre todo
en los días pares, le diga que le quiero. Y que me he dejado barba para parecerme un
poco más a él. Mi hermano, mucho más guapo y más listo que yo, tiene madera y
olfato de escritor. Enano: algún día tú también publicarás un libro, y allí estaré yo, en
tus agradecimientos, tocándote los cojones y obligándote a redactar una línea más. Te
quiero, idiota. Gracias, también, a Nuria y a Beatriz. O Beatriz y Nuria, para no dar
lugar a una pelea de gatas. ¿Qué sería de mí sin vuestra inspiración? Esta novela
también es un poco vuestra. Y de Eloísa, Rocío (mi Rocío, que no se enfade), Rebeca
Yanke y Natalia (con quienes formo el Triángulo de las Bermudas), Filippo, María
Santesteban, Marta Caballero (qué bien estuviste aquel agosto), Javi Amigo, Mónica
(mi musa de extrarradio), Leticia, María González de Paz, Zeltia, Alberto Rojas,
Vicente Ruiz, Antonio Lucas, Manuel Llorente, Luis Alberto, Jorge M. Benítez, Tito,
David Gistau, Raúl Rivero, Fernando Baeta y todos sus chicos y chicas de
elmundo.es, Aurelio Fernández y Gracia Cardador. Y, por supuesto, de mi bombón de
tinta y Prozac, Carmen Rigalt. ¿Te he contado alguna vez que de mayor quiero ser tu
Moleskine? Habéis aguantado con mucho aplomo mis charlas sobre tramas,
subtramas, nudos y desenlaces, mi carácter incierto y mis paranoias de principiante.
Ha sido un placer meterme en este lío a vuestro lado. Alberto Marcos, mi editor, ocupa
las últimas líneas de esta ruleta rusa. Gracias por conseguir que todo pareciese tan fácil
y por confiar en mí desde el principio. ¿Quién se atrevería a firmar un contrato
conmigo antes de leer una sola línea? Tú. Pero ya sabes, my friend, que el futuro es
para los valientes… y los suicidas.
El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana
para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un
bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el
sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros.
Gabriel García Márquez, Crónica de una muerte anunciada
Prólogo
Esta es la historia de Martín Lobo, que por edad y biografía tiene una personalidad
propia y a la vez común. Hay muchos martinlobos en el libro, empezando por su
autor, que no solo le ha dado forma sino que le ha insuflado el hálito de su propia
vida, y siguiendo por los discípulos, esto es, la escuela que surgió tras un blog
publicado en la edición digital de El Mundo. Diario de Martín Lobo es un libro
terapéutico, un armario sin puertas, una fantasía continuada, un amor tierno y muchos
desamores locos, una falla valenciana y, a la postre, un grito de guerra. A veces parece
un sueño, pero otras rezuma testosterona por las esquinas de las páginas.
Diario de Martín Lobo lo ha escrito un joven periodista que se ha hecho el
harakiri con el arma afilada de la escritura, y aquí ofrece los resultados. Al final ha
convertido su armario en escaparate. Todos podemos comprobar lo bien que escribe,
lo fino que hila y la fuerza que tiene para embestir la homosexualidad sin
mariconadas.
No puedo precisar si el autor se parece a Martín Lobo o es Martín Lobo el que se
parece a él. Ambos forman una unidad en la que cada uno aporta la mitad de sí
mismo. El autor es vitalista, generoso, intuitivo y abruptamente sentimental; ama el
periodismo, ejerce de impar (ocupa los dos lados de la cama y cocina solo para él) y
utiliza el descaro como antídoto. Pero también es más cosas que no dice (o que delega
en Martín Lobo) y cuya gestión pertenece al exclusivo arbitrio de sus hormonas. En
este sentido, la novela está hecha con bastante sinceridad y muchos cojones. No solo
somos lo que somos. También somos lo que callamos o lo que deseamos ser, pero la
frontera entre la vida vivida y la vida contada solo la conocen el autor y su
protagonista principal. No en vano, la literatura es alquimia, y todos los escritores
hacen milagros cuando se encierran a solas en el laboratorio de las palabras.
Si el autor es travieso y sentimental, Martín es atrabiliario y adora la épica de la
calle, donde los ángeles son chaperos y el cruising hace estragos entre la canalla. Ahí
quería yo llegar. El sexo con desconocidos (cruising) forma parte de la mitología gay.
El propio Martín define el cruising de esta manera: «Arte vanguardista y equilibrista
de ligar, fornicar y eyacular en lugares públicos». A lo mejor es una forma de vengar
la larga historia de agravios y vejaciones. Los gays follan «bajo los ciclos caprichosos
de la luna» sin darse las buenas noches. Es el deseo a palo seco, la carne encendida,
los placeres deshabitados de sentimiento. Donde hay amor no suele haber desenfreno.
El vicio es patrimonio de los golfos.
He dicho «gays» y me arrepiento. Raramente utilizo la palabra «gay», y cuando lo
hago es por concesión a mis interlocutores. Fonéticamente hablando, los gays son
hombres de vida alegre, pero resulta poco riguroso llamar gay a una causa, una tribu,
un partido político o un movimiento de asociación civil. Con frecuencia, los
eufemismos rozan el área del chiste. Yo prefiero decir maricón, que tiene
contundencia barroca y castellana. Las palabras del diccionario están para ser usadas
sin aspavientos. En el caso del término maricón, solo el uso, y hasta el abuso, lograrán
desactivar la intención vergonzante que le ha acompañado desde hace ciento cincuenta
años. Martín Lobo, que se autodefine como el nuevo mesías del Milenio Tres, es héroe
de una tribu que tiene su leit motiv en el sexo. Toda la novela está contagiada de
sexualidad, aunque los momentos sublimes se deben al amor, que, siguiendo la pauta
de las grandes novelas románticas, inspira páginas de angustia y desesperación.
Mención aparte merece el ombligo como metáfora de la virginidad. Cuando Martín
Lobo se enamora (una vez en toda la novela) ofrece el ombligo al amado. El ombligo
es el territorio primero de la vida, el sagrario de la intimidad más acendrada.
Hay mujeres en el Diario de Martín Lobo. Mujeres/coleguis, mujeres/lesbianas,
mujeres/paisaje. A una de ellas le concede el honor de vivir un amor fou con un
hombre espeso y desalmado muy del gusto de las mujeres. Desde hace tiempo, una
novela de amor que se precie no está completa si no lleva dentro una pasión turca. En
este caso, el autor no elige a un vendedor de alfombras del gran bazar de Estambul,
sino a un guerrillero de PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán). O sea, un
kurdo. Así no solo queda asegurada la ración de sexappeal, sino el aura progre del
asunto. Martín Lobo habría podido reservarse para sí mismo esta pasión kurda, pero
él prefiere observar fidelidad a la estética gay. Donde esté una legión de músculos
lustrosos —piensa—, que se quiten todos los guerrilleros deslavazados del Kurdistán.
Carmen Rigalt
1 – Los diez mandamientos
7 de enero. Me llamo Martín Lobo y soy homosexual. Maricón, que dirían
los poetas de la calle. Hace ya veintinueve años que mi madre abrió sus piernas
en un paritorio maldito, y desde entonces no ha dejado de llover. Cientos de
tormentas me mojan los tobillos a cada paso, desbordan mis noches cuando
cruzo algún puente, zarandean mi calma con sus truenos de sal. Cientos, miles,
millones de temporales, trombas y riadas que no me dejan acariciar un jodido
instante de paz. Y si alguna vez el destino se despista y me regala algún rayo
de sol, los dioses de la mala suerte siempre se apresuran a descargar su rabia
sobre mi coronilla. Se alían con la atmósfera, con el prójimo, con el tráfico, con
los genitales de mis amantes, con mis jefes, con cualquier orgasmo en
cualquier cama sin hacer, con mis cefaleas o con las velas de mi última tarta. Y
me desgastan un poquito más.
Pero aquí estoy yo, tocado por el don de la escritura y dispuesto a pelear
contra mis demonios. Porque aunque mi vida está cosida por los versos de un
tango muy triste, siempre me quedará internet. Y a pesar de no ser amigo de
airear los trapos sucios en el tendedero de la blogosfera, la crisis de los treinta
me obliga a reaccionar antes de que sea demasiado tarde. Ha llegado la hora
de contar toda la verdad, y nada más que la verdad, de este lobby gay
edificado sobre diez mandamientos. El decálogo que inaugura mi blog parecerá
frívolo, esnob, irresponsable, pretencioso, canalla, racista y solitario. De
acuerdo. Pero yo no he inventado las normas; el sistema es el sistema, y no
hay más remedio que ir al gimnasio, aprender a bailar en el alambre de las
discotecas, untar la pena en las tostadas del desayuno y sonreír. Gays del
mundo, allá voy:
1. Nunca, jamás, bajo ningún concepto, abras los brazos a las cuchillas del
amor. Si por accidente o por una hecatombe nuclear te ves enredado y
enroscado y atascado en una relación de pareja, practica la religión de la
infidelidad. (Te lo van a hacer a ti de todos modos, así que siempre es mejor
tomar la delantera).
2. Sé guapo, sé fuerte. Cultiva tu aspecto en el gimnasio, frótate los
músculos con el sudor, destierra para siempre los aros de cebolla. No apetece,
lo sé. Pero sin bíceps, sin tríceps y sin abdominales no eres nadie.
3. Ibiza es tu segundo hogar. Si no tienes el honor de conocer la isla,
compra una guía de viajes y memoriza sus puntos calientes como si fuesen los
reyes godos. Pachá: Recesvinto. Playa nudista: Chindasvinto… Y así, hasta
obtener la matrícula de honor.
4. Corolario de lo anterior: aficiónate a la música house. Será la banda
sonora de tu vida. Perderás la virginidad al ritmo ensordecedor del techno y
romperán contigo en una discoteca (varias veces), así que intenta no cogerles
manía. (Yo guardo muy malas experiencias de Madrid la nuit, pero no voy a
encerrarme en casa tentando a la suerte del síndrome de Diógenes; siempre
he sido muy proclive a los trastornos de conducta).
5. El fútbol no existe. Once inútiles que, entre puta y puta, patean un balón
de cuero y con estrías no nos interesan. Nos excitan, sí, pero no sufrimos
ataques de cólera al calor de un fuera de juego o de un penalti en el tiempo de
descuento.
6. Asume que eres, desde el recreo del colegio hasta tu lecho de muerte, el
gracioso del grupo. El carisma es así de caprichoso; nos ha tocado con su varita
mágica y tenemos que estar a la altura.
7. Asume, también, que como no todo van a ser cabalgatas multicolor y
sexo desenfrenado, de vez en cuando hay que sufrir: salir del armario con
mamá y papá, soportar con estoicismo los chistes de maricones y sobrevivir a la
puta adolescencia.
8. Engánchate a las faldas de una mariliendre. Es, en términos científicos,
«la omnipresente amiga del gay que va con él a todas partes». Que sea tu
sombra, tu confidente, tu coartada, tu cajero automático.
9. Defiéndete con uñas y dientes. Ya lo decía Mecano en la canción Mujer
contra mujer: con sus piedras, haz tú tu pared.
10. No permitas que nadie diga que la homosexualidad es un traspiés del
gen tonto del vicio. Yo no era vicioso con doce años, justo cuando empezaron
las erecciones fuera de tono con el actor de turno. Y tampoco cambié de acera
solo porque me aburría en el recreo, digan lo que digan los monstruos con
sotana y las amas de casa que esconden su vergüenza bajo un abrigo de piel
de zorra. Nací así, lo siento. Y no pienso pedir perdón.
El año empezó con tambores de guerra. Ni mis deliciosos slips rojos, baluarte
milenario de buena suerte, consiguieron enderezar la Nochevieja de la infamia.
Occidente en pleno invocó al desenfreno de una noche mágica inyectada en champán
y confeti. Y yo, qué cojones, me subí al carro. Pero a las cuatro de la madrugada, sin
ni siquiera opción de disfrutar del primer amanecer de este enero gris, me uní a la
desgracia de los taxistas, los médicos de guardia, las putas de saldo, los enfermos
terminales y todos los olvidados de Dios de esta noche de mierda.
Tras muchos años asimilando las leyes caprichosas del destino, mastico una
conclusión aterradora: cuanto más bebo, más me tropiezo. Si a esta fórmula
matemática le añadimos los preliminares del vino en la cena y el cava en los brindis,
solo queda sentarse a esperar. A esperar un infarto, un accidente aéreo, una maceta en
el cráneo o un desastre sentimental.
—Martín, estoy muy borracho —me dijo.
—No te preocupes… Yo me ocupo de ti. ¿Quieres otro whisky? Voy a la barra. —
Siempre me ha gustado ser muy resolutivo.
—Joder, que no es eso. ¿Ves a ese chico de ahí? No, el rubio no. El que está sin
camiseta.
Apuré mi caída de párpados, irresistible cuando estoy sobrio y ridícula cuando
estoy borracho, giré la cabeza, enfoqué la mirada y descubrí a un señorito de maneras
tropicales, labios generosos y bíceps más generosos todavía.
—Baila fatal —apunté.
—Martín, no empieces… Me gusta. Tú no te has dado cuenta porque estás más
pendiente de las copas que de mí, pero lleva toda la noche mirándome. Yo ya te dije
que no quería nada serio, y esto se está complicando mucho. Y hoy me apetece
pasármelo bien. Voy a hablar con él. Lo siento, solo quería que lo supieras.
El año empezó con tambores de guerra. Este individuo —que, por cierto, me
conquistó por su olor salvaje y su lengua valiente— tenía 365 días al año para fornicar
con quien quisiera y donde quisiera. Y había elegido justo ese momento, el primer día
del resto de mi vida, para dinamitar mis aspiraciones matrimoniales. Porque aunque
nos conocíamos desde hacía dos semanas y él vivía en Cádiz y tenía novio y fobia al
compromiso y era un promiscuo y un ser indeseable, yo me imaginaba acariciando la
jubilación en sus brazos. Valiente estupidez.
Y ahí estaba yo, un año más, buscando la palabra exacta entre la copa vacía, la
música imperfecta y el sudor de la pista. Mientras el tacto de la soledad se volvió a
agarrar a mis bronquios, alcancé a dedicarle un «feliz año» antes de buscar la puerta
de salida. Cuando me disponía a tomar el pulso de la calle, me detuve en el umbral de
la discoteca para echar un último vistazo. No perdían el tiempo. Se besaban, se
chupaban, se comían vivos en un baile de caderas huesudas, manos torpes, saliva
viscosa y todas esas cosas que bailamos los homosexuales cuando estamos en celo.
Los pensamientos negativos se agolparon en mi médula espinal (mi cerebro estaba
demasiado ocupado metabolizando el whisky y los langostinos de mamá).
Él se lo pierde. Maldito mamón de provincias. Viene, me jode y me da una
patada en el cielo de la boca. Así, sin avisar. Sin ni siquiera esperar a que me vaya.
Sin aguantar treinta segundos, ni uno más, que es lo que habría tardado en salir de
la puta discoteca. Así me habría evitado contemplar este magreo apocalíptico.
Cretino. Traidor. Mamarracho. Va de hombretón hecho y derecho y en cuanto ve las
luces de la Gran Vía se cree que está en Las Vegas, ciudad sin ley, y aprieta el
gatillo con el primer desgraciado que se le pone a tiro. Esto es Madrid, hijo de la
gran puta. Aquí no nos acostamos con cualquiera. Nos respetamos. Somos fieles.
Tenemos dignidad… Bueno, o al menos lo intentamos. Joder, ¿qué estoy diciendo?
Martín, deja de mirar. Sal de aquí.
El año empezó con tambores de guerra. Y con un frío afilado y cabrón que me
llenó los ojos de escarcha. Estaba tan borracho que la acera se enredó una y otra vez
en mis tobillos. Pero resistí, desafiante a la ley de la gravedad, y conseguí avanzar los
veinte metros que me separaban de un banco. Llegado a ese punto, el futuro me
deparaba dos posibilidades:
a). Recoger mis escombros, limpiarme los mocos, subir a un taxi, tratar de meter
la llave en la cerradura de mi casa, vomitar y dormir unas horas.
b). Pasear hasta Chueca, barrio de mis triunfos y de mis fracasos, buscar algún
caballero descarriado y acostarme con él.
Durante todo el camino hasta Chueca, las putas que flanqueaban la Gran Vía me
ignoraron. Habitualmente me reclaman, me silban, me jalean y hasta me agarran de la
solapa con el único fin de venderme un «completo». Pero esa noche dejé de ser un
cliente potencial y sabroso para convertirme en un alcohólico patético y sin estrella.
—¡Que soy maricón, joder! —le grité a una de ellas preso del pánico, la rabia, el
whisky y el dolor—. ¡No hace falta que mires hacia otro lado, yo tampoco quiero
acostarme contigo!
El año empezó con tambores de guerra. Y ya en Chueca, punto caliente de la
homosexualidad planetaria, empecé a acusar lagunas de memoria. Recuerdo retazos de
diálogos absurdos con algún alma solitaria que, como yo, estaba relegada al frío de la
calle en esta noche de fiesta y cotillón. Y recuerdo, también, los primeros pinchazos
del amanecer sobre los ojos. Me desperté tumbado en una cama desconocida —más
tarde averigüé que estaba en la pensión La Zamorana—, azotado por los latigazos de la
resaca y la desnudez. Tras una profunda investigación, he conseguido reconstruir los
pedazos rotos y olvidados de estas últimas horas de amnesia. Los acontecimientos,
supongo, se sucedieron así: me tambaleo entre la muchedumbre hasta Chueca;
conozco a un chico marroquí que me invita a una sesión de sexo salvaje; subimos a la
habitación 213 de un hostal pegajoso del centro de Madrid; entro en el baño para
perderme bajo el vapor purificador de la ducha; mi acompañante aprovecha mi
obsesión por la higiene corporal para cometer su primer delito del año; me roba la
cartera, el teléfono móvil y la cazadora —de cuero—. Antes de abandonar el lugar del
crimen, tiene un último detalle con su víctima: sobre la cama me deja, doblados en
cuatro pliegos perfectos, los slips rojos. Qué profesional. No sé si lo he dicho ya, pero
el año empezó con tambores de guerra. Joder.
—No voy a decir que ya te lo advertí, pero te lo advertí —alcanzó a decir Sibila
con la boca llena de patatas fritas—. Un surfista. A estas alturas. Y de Cádiz. ¿Qué
esperabas, Martín? ¿Una promesa de amor eterno? ¿Un anillo de compromiso? ¿Una
boda en Hawai? Eres gilipollas.
—Cariño, se te va a enfriar el entrecot.
Me encanta ser el centro de atención. De hecho, mi personalidad arrolladora está
edificada sobre un exhibicionismo feroz, pero este psicoanálisis de mercadillo me
crispa los nervios. Sibila siguió vomitando su discurso:
—¿Y sabes dónde está la raíz de tu problema? En tus testículos. Tienes el
síndrome del amor castrante. Pretendes retener a tus conquistas con tu semen.
—¿Semen?
—Sí. Semen, semen, semen. Maquillas tus pulsiones carnales enfermizas con el
rollo de tus carencias afectivas, de tus ansias de amor… Eres un mercachifle de los
sentimientos. Juegas con los hombres; les haces creer que estás preparado para
comprometerte. ¿Y qué les das? Esperma. Cantidades ingentes de esperma.
—Sibila, te recuerdo que fue él el que se largó con otro delante de mis narices.
—Porque están indefensos. Porque perciben el tufo de tu estafa. Porque se
resisten a caer en las redes de un enfermo sexual.
—Yo no soy un enfermo sexual. Lo que ocurre es que las personas como tú,
castradas por la abstinencia, descargáis vuestras frustraciones sobre los que
disfrutamos con los órganos genitales del prójimo.
—Cariño, gracias a mi abstinencia, mi cartera, mi móvil y mi cazadora siguen
siendo míos.
Sibila empezaba el año en buena forma. Desde que se había mudado a la periferia,
nos veíamos menos. Y desde que nos veíamos menos, hablábamos más. Y desde que
hablábamos más, me sentía mejor. Cada vez que la vida me regalaba una hostia, ahí
estaba ella, con sus diagnósticos fríos como el acero, con sus ojos ásperos y sus kilos
de más. El roce, dicen, hace el cariño. En nuestro caso, además, ha conseguido
mimetizarnos de manera asombrosa. Ninguno de los dos soportamos el color rosa, el
apio, las palomas blancas, la música celta o el número dos. Y ambos compartimos
pasiones secretas como el olor a gasolina, los pies bonitos, los hombres calvos, los
riñones al jerez, el himno norteamericano —solo si lo canta Whitney Houston— y, oh,
la, la, los coches caros que nunca tendremos. Casi sin querer, gesticulamos con el
mismo entusiasmo, andamos con una cadencia idéntica y hablamos un único idioma:
el de los adjetivos esquizofrénicos, la verborrea excesiva, la palabrería hueca y sin
sentido… A mí me fascina que ella me diga que «maquillo mis pulsiones carnales
enfermizas con el rollo de mis carencias afectivas», y a ella la vuelve loca que yo le
reproche que «descarga sus frustraciones sobre los que disfrutamos con los órganos
genitales del prójimo». Aunque no tengamos nada que contar. Y así vivimos, en un
eterno bucle lingüístico que nos encanta.
Nos conocimos un 7 de enero de hace ocho años en los intervalos absurdos de un
semáforo en rojo. Y allí, apostados frente al paso de cebra, comenzamos a hablar.
Cuando la luz de peatones se puso en verde, supe que sería mi mejor amiga. Desde
entonces, y ante la ausencia de novios que entorpezcan nuestra relación, formamos un
tándem muy bien engrasado. Todos los años por estas fechas celebramos, sin
excepción, una cena de aniversario en la que reímos, lloramos, brindamos, nos
empachamos y nos juramos otros doce meses de amistad sin fisuras. Sibila y Martín.
Martín y Sibila. La pareja perfecta.
La rutina periodística —madrugar, escribir, madrugar, escribir, madrugar, escribir
— parcheó los agujeros negros de mi vida, de mi corazón y de mi cuenta corriente.
Enero no me dejó tiempo para llorar a mis muertos —el móvil, la cartera, la cazadora
y el gaditano—; el trabajo impuso un ritmo asfixiante y la pantalla del ordenador, mi
única aliada, vivía pendiente de mi ingente talento. Sus píxeles, sus barras de
herramientas y sus letras chispeantes me necesitaban, así que no podía permitirme una
recaída emocional.
Además, hacía meses que guardaba en la guantera de mi cerebro un proyecto que
cambiaría mi vida. La idea estaba ahí, en silencio, agazapada y esperando una señal.
Solo era necesario un guiño divino, un golpe del destino, el momento exacto para salir
a la luz. Y si los pequeños incidentes de Nochevieja no habían sido suficiente signo,
que bajara Dios y me lo dijese a la cara. Iba a cumplir treinta años y, salvo algunos
esbozos de bonanza y sosiego que nunca duraban más de veinticuatro horas, mi vida
era una auténtica mierda. En lugar de penetrarme, mimarme e invitarme a cenar, los
hombres me humillaban, me engañaban y me robaban la cartera. Y mientras no
cambiase el zumbido sordo de las discotecas por un club dominical de senderistas
vírgenes, esta tendencia autodestructiva no se invertiría jamás.
Me faltaban cojones y dinero para contratar los servicios de un profesional de la
psiquiatría, y necesitaba una válvula de escape gratuita y eficaz. Así que había llegado
el momento. Tras consultarlo con las altas esferas de la redacción —directores,
redactores jefes y demás seres vivos con corbata—, decidí compartir con el común de
los mortales los detalles más escabrosos de mi vida íntima. Como no podía vomitar
mis frustraciones en el diván de un terapeuta, comencé a escribir un blog en la web
del periódico que me da de comer.
—¿Estás seguro, Martín? —me preguntó el responsable de la edición digital—.
Vas a exponerte al desprecio, a las fobias y al odio de miles de personas.
Desprecio, fobias, odio… Todo este léxico de bajos instintos sonaba interesante,
excitante, reconstituyente. Y a mí siempre me ha gustado meter los dedos en el
enchufe.
—No tengo nada que perder. Los pormenores de mi existencia deben ser de
dominio público, y quiero compartir con la Humanidad esta gran crónica del desastre.
Mi enajenación mental es un secreto a voces, y esta verborrea con honores de
cataclismo ya no extraña ni a propios ni a extraños. Mi jefe resopló, resignado, y
desplazó levemente el rostro hacia el cielo. Eso era un sí. El nombre de esta catarsis
cibernética sería «Blogback Mountain. Diario de un gay». Yo, Martín Lobo, te bautizo.
2 – Las mil caras del enemigo
16 de enero. Juro que me he levantado con ganas de portarme bien, con
un repugnante entusiasmo invernal, con una sonrisa generosa, juguetona y
abierta como las piernas de una hembra de vida alegre. He bebido un Cola-Cao
—brebaje de la inocencia que reservo para mañanas exultantes o noches de
lluvia— y me he atrevido con una maratoniana sesión de gimnasio —egolatría
obliga.
Primer error; compartir sudor y pesas con una manada de heterosexuales
bufando una chorrada detrás de otra me destroza los chacras, me descoloca
las energías interiores, me sube la bilirrubina… o como se diga. Y para que esta
llamada de atención a la estupidez heterosexual no parezca el desvarío
folclórico, irritante, alocado y petardo de un gay con un día tonto, voy a poner
varios ejemplos. (Vaya por delante mi respeto a la libertad de expresión hetera
y la libertad de mi deliciosa escritura).
Clase de ciclying —música, bicicletas estáticas y cambios de velocidad… Un
terrorífico festival cardiovascular en una sala que alcanza los 50° centígrados
en invierno y 180° en agosto—. El entrenador

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