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Libro PDF Dieciséis mujeres Rafael Cardoso

Dieciséis mujeres  Rafael Cardoso

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libro sobre el tema. El nombre del autor
también le llamó la atención. Sérgio Porto.
¿No era ese el nombre de un espacio cultural
donde había ido con Juliana, su prima, a ver
aquella horrible obra de Gerald Thomas*? Sí,
lo era. ¿Así que ese tal Sérgio Porto era
escritor? Cogió el libro y lo abrió justamente
en la frase «Allí estaba la vieja calle Catete».
¡Qué coincidencia! ¡Ella estaba en la calle
Catete en aquel preciso momento! Un
escalofrío recorrió su espalda.Y aún hay gente
que cree en el azar.
Nada es casual, Renata estaba segura de eso.
Aquella nota que encontró en el bolsillo del
pantalón de Maurício, por ejemplo. Ella nunca
miraba en los bolsillos de la ropa sucia. Nunca.
No era de esas mujeres celosas que espían a sus
maridos. Más de una vez había llegado a lavar
tarjetas de visita, facturas e incluso dinero con
la ropa. ¡Cómo se enfadaba Maurício cuando
lo descubría! Los billetes conseguían
sobrevivir a la lavadora, pero lo demás se
convertía en esa masa blanca que se deshace y
se pega a todo cuando se seca.Ayer,
inesperadamente, se acordó de meter la mano
en el bolsillo del pantalón gris que su marido
se había puesto el jueves, el día que se quedó
trabajando hasta más tarde. Encontró un
pequeño pedazo de papel arrugado donde
estaba escrito «Jamilly, 4107 4122», en una
letra que parecía ser la de Maurício. ¿Quién
era esa Jamilly? ¿Qué hacía el teléfono de ella
en el bolsillo de él? Pensó en enfrentarse a él,
exigir una explicación, pero terminó
desistiendo de la idea. No estaba con ánimos
para más discusiones, ni para que la llamaran
loca otra vez.Tiró la nota, pero no sin antes
memorizar el número.
Renata tenía una excelente memoria para los
números. Había sido así desde pequeña: se
sabía el número de la matrícula del coche y el
teléfono de todo el mundo que conocía. Era un
talento innato y uno de sus mayores méritos
en el trabajo. Mientras sus compañeras tenían
que mirar constantemente las agendas o el
móvil para encontrar un teléfono, Renata se los
sabía de memoria. Eso en la época en que tuvo
compañeras de trabajo. Durante nueve años
fue recepcionista en un gran bufete de
abogados, compartiendo con otras tres chicas
el mismo puesto. Pero hacía ya cuatro años
que trabajaba sola en la clínica odontológica
del doctor Paulo Ivo Nascentes de Mendonça
y su esposa, la doctora Francineide de Jesus
Silva Mendonça. Lo prefería. El horario era
mejor, ganaba más y no tenía que soportar la
envidia de las otras chicas. Además, la doctora
Fran era un cielo. La trataba como a alguien de
la familia, no como a una empleaducha
cualquiera. Nunca olvidaba su cumpleaños ni
su aniversario de boda. Todos los años enviaba
recuerdos a Maurício, a quien ni siquiera
conocía. Es cierto que el doctor Paulo Ivo era
un poco antipático, pero nada fuera de lo
normal. Era bastante mayor que la doctora
Fran. Una vez, la doctora le confesó que su
marido había sufrido mucho en Roraima*,
cuando era dentista en las Fuerzas
Aéreas.Veintidós años en Roraima… ¡Eso era
inimaginable!
Renata aún recordaba las recriminaciones
que recibía en el bufete de abogados cada vez
que tardaba en regresar de la comida. Ahora
todo era distinto. Se iba durante una hora y
media y nadie le decía nada, ni un comentario,
ni una mirada de reproche. Generalmente ni
siquiera almorzaba. Se comía un sándwich
vegetal que traía de casa o, si no le daba tiempo
a preparar nada, se compraba un tentempié en
el jardín del Museo de la Republica o una
empanada cerca de la estación de metro, que
era más barato.Tenía que adelgazar.Ya pesaba
cincuenta y ocho kilos, tres más de lo que le
gustaría.Aprovechaba el tiempo que le sobraba
para pasear hasta la glorieta de Machado, ver
los escaparates y hacer pequeñas compras en la
Galería Cóndor o en la Catete 228. La calle
Catete tenía todo tipo de comercios, incluso
vendedores callejeros de artesanías, bordados y
camisetas. Siempre había alguna novedad y,
con tantos sobrinos, naturales y postizos, cada
semana había algún regalo de cumpleaños que
comprar. Solo este mes, había comprado una
camiseta del Real Madrid para Claudio
Henrique, un CD de los Red Hot Chili
Peppers para Clarisa y un vestidito bordado a
mano para Jade, hija de Danielly. A los
sobrinos les encantaban los regalos de la tía
Renata. Siempre tía, nunca madre. Era su sino.
Hoy, sin embargo, era un día diferente.
Estaba segura, cada vez más. Nunca se paraba
en los quioscos que vendían libros, por
ejemplo. No tenía la costumbre de leer, y
menos aún de segunda mano. La palabra le
sonaba mal. Segunda mano. ¡Nunca le
gustaron los segundones! Pero algo en el libro
le llamó la atención desde el otro lado de la
calle. Preguntó cuánto costaba. ¡Seis reales!
«Ah, ¡es muy caro! ¡Hazme un descuento!»
Terminó llevándoselo por cuatro y una sonrisa.
«Las niñas bonitas no pagan dinero», dijo un
astuto vendedor mientras ella se acercaba.
Niña bonita, ¿ella? Al menos alguien pensaba
que lo era. Maurício no… Ni siquiera la
miraba. La semana pasada, en pleno síndrome
premenstrual, le preguntó si la veía gorda. Él
dejó el periódico sobre su regazo y la observó
de arriba abajo con la mirada torcida, como
quien evalúa la oferta de un coche usado que
jamás pensaría en comprar. Después volvió al
periódico, sin responder nada. Renata nunca se
sintió tan menospreciada. No osó repetir la
pregunta. Era evidente que le parecía gorda y
fea, sin ningún atractivo sexual.
Con el libro en una bolsa de plástico de
supermercado dentro de su bolso, Renata giró
a la izquierda en la galería y caminó decidida
hacía la tienda de dulces. Se sentó sola en una
mesa, pidió un expreso y una tarta de mousse
de chocolate.Al diablo, pensó, si no le gusto a
nadie. Al menos le quedaba ese placer. Había
leído en algún lugar que el chocolate sustituye
al orgasmo. Mientras esperaba la tarta, no
dejaba de pensar en la nota con el teléfono de
la tal Jamilly. Por más que intentaba pensar en
otra cosa, el número le venía insistentemente a
la cabeza. 4107 4122, 4107 4122, 4107 4122.
Comió la tarta despacio, saboreando cada
cucharada con una mezcla de placer por el
dulce y creciente irritación por sus
pensamientos. Jamilly. Con dos eles y una i
griega. Parecía nombre de puta. Pero no,
podría ser un cliente. Al fin y al cabo un
vendedor también tiene clientas. Renata alejó
las malas ideas y remató el último trozo de
tarta con una amarga satisfacción. En un
impulso repentino, preguntó al camarero si
vendían cigarrillos sueltos. Hacía cuatro meses
que había dejado de fumar, pero se justificó
pensando que uno no le haría daño. Sí, vendían
cigarrillos sueltos. Marlboro y Free. Un Free y
la cuenta, por favor.
Tomó el último sorbo de café y dio la
primera calada al cigarrillo. ¡Qué delicia! Se
recostó en la silla y echó el humo,
acompañando su trayectoria ondulante con la
mirada. Dejó de fumar porque Maurício le
había dicho que las madres que fumaban
durante el embarazo eran unas asesinas. En su
ansia por tener un hijo, Renata entendió este
comentario como un mensaje cifrado de que
debería dejar el vicio antes siquiera de pensar
en el asunto. Le costó un gran esfuerzo:
parches de nicotina y cajas y más cajas de
chicles. Se convirtió en clienta habitual del
quiosco de caramelos que estaba al lado del
banco. Después de tres semanas de mucha
irritación y sufrimiento, consiguió superar la
peor fase. Cuando cumplió un mes sin fumar,
Maurício la llevó a cenar para celebrarlo, pero
jamás volvió a hablar sobre hijos. Con el lento
pasar del tiempo, Renata llegó a la conclusión
de que la censura del marido no era un mensaje
cifrado, sino un desahogo espontáneo,
probablemente inspirado por un reportaje
antitabaquista que había visto en televisión. En
su decepción, no quiso admitir, ni siquiera
consigo misma, que dejó de fumar únicamente
por esta razón; y aceptó vivir con un placer
menos. Decidió que volvería a fumar a
escondidas, solo de vez en cuando, para matar
la nostalgia.
Bajó la mirada del humo al nivel de la mesa
y no pudo dejar de notar un bello par de ojos
verdes que venían al encuentro de los suyos.
Los ojos pertenecían a un joven apuesto, un
poco desaliñado, pero muy sexy, que la miraba
dejando claras sus intenciones. Parecía un
joven Chico Buarque. Renata desvió su mirada
rápidamente, y se mostró incómoda, aunque
sonrió por dentro. Miró el reloj, terminó el
cigarrillo y se levantó para irse. En el
momento en que se levantaba de la silla, notó
que el joven hacía lo mismo. Cogió la cuenta
de la mesa y caminó hacia el mostrador para
pagar. Él la siguió. Renata notó que su corazón
latía más fuerte. ¿Cuánto tiempo hacía que no
experimentaba la emoción de ser abordaba por
un deseable extraño? ¿Sería verdad que venía a
abordarla? Quizás fuera solo una coincidencia
que él se levantara a la vez que ella. Quizás
quería simplemente pagar su cuenta. Quizás
todo fuera fruto de su imaginación. Mientras
ella buscaba la billetera en su enorme bolso, el
libro se cayó al suelo. Inmediatamente, el
extraño aceleró el paso y rescató el frágil
paquete. Se lo devolvió con un gesto gracioso y
una sonrisa arrebatadora.
–Se te ha caído esto.
Ella intentó mantener una apariencia de
calma, pero sintió el calor de la sangre
inundando sus mejillas. Sonrió torpemente y
agradeció el gesto, esforzándose por poner
orden en el bolso abierto, cuyo contenido
amenazaba con caerse a los pies del noble
caballero. Intentando equilibrar el bolso y la
billetera con la mano derecha contra el
abdomen, extendió la izquierda para coger el
paquete. Su mirada estaba tan fija en los ojos
del galán que erró el blanco y cogió entre los
dedos únicamente el borde de la bolsa de
plástico, dejando que el maltratado libro
cayera otra vez al suelo. Él se agachó de nuevo
y volvió a rescatarlo.
–Creo que no te gusta mucho este libro.
El joven abrió aún más la sonrisa, que ya era
inmensa. Ella se rio, entre desastrada y
seductora. Con un tono muy precipitado para
la banalidad del comentario, respondió:
–No, en realidad, acabo de comprarlo.
Sus ojos brillaban revelando los
sentimientos que su sentido común preferiría
ocultar. Seguro, casi arrogante, el joven cogió
el libro con su mano izquierda y lo examinó,
sin pedir permiso. Con un aire ligeramente
triunfal, leyó el título en voz alta:
–Las cariocas de Sérgio Porto. Parece guay.
¿Es bueno?
–No lo sé, aún no he empezado a leerlo.
–¿Te gusta leer?
–Sí. Es decir, no tengo la costumbre de leer
mucho. Lo cierto es que debería leer más. Es lo
que dicen… que vemos demasiada televisión y
leemos poco.
Llamaba la atención el contraste entre su
nerviosismo y la tranquilidad del joven, que
sonreía con una dulce condescendencia y un
sutil, y excitante, toque canalla en la mirada.
–Me llamo Rafael –dijo, con toda la
naturalidad de los encuentros predestinados.
–Un placer, me llamo Renata –respondió,
con el fatídico temblor de un deudor ante el
oficial de la justicia.
–El placer es mío. Oye, Renata, ¿te apetece
tomar otro café?
La forma modesta de su invitación
contrastaba con su osadía, y disolvía cualquier
posible insolencia en simple plausibilidad. Sí o
no. Renata sintió que su pulso se aceleraba. Sus
venas reverberaban con una insistencia que
señalaba su claro deseo de aceptar la
invitación.
–¿Un café? No, no puedo.

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