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Libro PDF Dispara a la luna – Reyes Calderón

Dispara a la luna – Reyes Calderón

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español. Me llamo Lola MacHor y no
estoy muerta ni herida, pero mi traje de
chaqueta está manchado de sangre y
vómitos, y he tenido la sangre fría de
pintarme los labios para recibirles.
¿Qué ha ocurrido al verme de esa
guisa? Pues lo previsto. Los agentes han
hecho exactamente lo que se espera que
hagan los agentes de provincias en una
situación como la presente: me han dado
el alto a voz en cuello y han extraído
torpemente sus armas de las fundas. De
inmediato, he levantado los brazos lo
más alto que he podido. He pasado un
mal rato. A uno de los agentes le
temblaba tanto la mano que por un
momento he creído que iba a
dispararme. He rezado para que me
diera en una pierna, y no en la cabeza,
aunque a tenor del seísmo que le
asolaba, era posible que se disparara a
sí mismo. Gracias al cielo, no ha usado
el arma. En lo demás, no he tenido tanta
suerte: ni mi condición femenina, ni mi
edad, ni mi elegante traje de chaqueta
negro ni mis tacones de aguja han
impedido que me tumbaran boca abajo,
me aplastaran contra el suelo con las
manos a la espalda y me colocaran las
esposas. Del golpe, se me está
amoratando la mejilla. Me arde.
Nada más levantarme, el más joven
de los agentes, el del pulso temblón, ha
tenido la desfachatez de cachearme. Le
ha quedado pellizcarme el trasero,
aunque, claro, le hubiera servido de
poco. Con lo que llevo puesto, hubiera
necesitado alicates. En cuanto ha
comenzado a tentarme las axilas, he
exigido que viniera una mujer. Es mi
derecho. He protestado lo
suficientemente alto, en mi propio
idioma y en el suyo, para que el
comisario me oyera. Ni uno ni otro me
han hecho el menor caso. En otras
circunstancias, hubiera montado un
pitote. Es una de esas causas que me
tientan. Pero he preferido contenerme.
No está el horno para bollos.
—Crimen pasional, comisario: está
muy claro —porfían.
El comisario esconde la cara entre
las manos y permanece así unos
instantes. Luego, se yergue, se vuelve
hacia el corrillo de agentes que tiene a
su espalda y les increpa:
—¡Crimen pasional, seréis cazurros!
¿Os habéis fijado en el hombre herido?
Todos asienten.
—¿Y qué habéis visto?
—Que le han pegado dos tiros,
comisario —responde el más temerario.
—Me alegra que hayas reparado en
los agujeros de bala, Richard, por otro
lado, evidentes. Mis nietos también lo
hubieran hecho. Lo que no me agrada
tanto es que no mires más allá. Lo que
yo veo es a un hombre al servicio de la
Interpol, nada menos que un inspector,
residente en Lyon, a quien, antes de
dispararle, le han propinado una buena
paliza. A tenor de la postilla del corte
de la ceja derecha, las lesiones no son
recientes. El forense lo confirmará, pero
yo diría que esas heridas se causaron al
menos hace dos o tres días. ¿Algo más?
El agente baja la vista.
—Fijémonos en su ropa. Desde
luego, la que viste no le pertenece, le
queda enorme, lo menos es cuatro tallas
superior. Y no lleva zapatos. Como sus
calcetines no están manchados de barro,
debemos concluir que no ha salido de la
casa, de modo que alguien le ha
arrebatado el calzado. El porqué es una
incógnita. Y nos queda mencionar su
estado general. Se halla notablemente
delgado y, según lo que ha comentado el
médico de la ambulancia, padece una
deshidratación grave. Nada de esto
cuadra con un crimen pasional, ¿verdad,
querida señora? Aunque se ha esforzado
mucho en hacerlo parecer.
Trago saliva y permanezco callada.
Continúa.
—¿Sabéis a qué me huele esta
escena, queridos linces de la
investigación criminal? A mí me huele a
un secuestro… Dígame, señora MacHor,
¿de qué conocía usted a esos hombres?
Levanto los ojos y mantengo la
mirada.
—Verá, comisario, cuando llegué, la
habitación estaba mal iluminada. En el
finado, me fijé lo justo para saber que
era un varón —añado con cierta sorna—
al que no había visto antes, y resultaba
evidente que no tenía esperanza alguna:
estaba muerto. Por eso, corrí a socorrer
al hombre herido de muerte que se
hallaba a pocos metros del cadáver. A
él sí lo conozco. El inspector Iturri y yo
somos amigos desde hace muchos años.
Al otro, reitero, no le había visto en mi
vida. Lo guardo para mí, pero debo
admitir que al contemplar el cadáver del
tal Kepa Otano un vago regusto familiar
me ha roído la memoria, lo que no deja
de ser extraño dado el estado en que
encontré el cuerpo.
—¡Comisario, no se lo va a creer!
He tecleado el nombre del muerto en el
ordenador y mire lo que ha salido —le
dicen.
Mathieu se coloca las gafas que
lleva colgadas del cuello, observa la
pantalla del iPad de su subordinado y
asiente varias veces con la cabeza.
—¡De modo que es «el candidato»!
—refiere en voz alta.
En ese preciso momento, se deshace
el entuerto y ato cabos. La cara del
muerto (lo que queda de ella) me sonaba
por haberla visto en los carteles
electorales. En realidad, caigo en lo que
me resultó familiar de su rostro: el
curioso mechón blanco que le nacía en
la parte derecha.
No hay carteles electorales en el
pueblo donde me encuentro, que dicho
sea de paso no sé cómo se llama. Los he
visto al otro lado de la frontera, creo
que en Bilbao, el último sitio que he
visitado antes de que todo esto
empezara. No recuerdo el eslogan ni las
siglas, imagino que contendrían los
mensajes corrientemente difundidos por
los partidos radicales vascos, pero sí la
fotografía del finado, con aspecto
triunfante y el puño en alto.
No sé cómo de importante era en
vida; desde la morgue, estoy segura de
que su valor ascenderá. No hay como
morirse y que alguien cincele tu nombre
en la lápida del cementerio para que se
olviden tus desaciertos y pases a ocupar
portadas de periódicos en calidad de
héroe. Aunque, una vez muerto, creo que
no debe de servir de mucho. En este
caso, me temo, concurren todas las
circunstancias para que la máxima se
verifique. Sí, supongo que las hazañas y
la muerte de este activista vasco, «el
candidato», como lo ha llamado el
comisario, serán objeto de tertulias. En
ellas denunciarán que las causas de su
muerte no están suficientemente
aclaradas. Y por una vez estarán en lo
cierto: lo que cuenten será un refrito de
mentiras e inexactitudes. En pocas
palabras, un montaje.
Yo conozco la verdad. No toda,
desde luego, pero sí un buen pellizco. La
he visto con mis propios ojos; la he
palpado, olido, sentido y casi gustado…
Por descontado que no tengo interés
alguno de compartir esos datos con
nadie, mucho menos con los gendarmes
franceses que me retienen esposada, que
me cachean sin atenerse al protocolo y
que no cesan de preguntarme detalles
que no puedo explicar. Además, ¿quién
iba a creerme? El Gobierno español lo
negará, el Gobierno francés lo negará y
las centrales de la Guardia Civil y la
gendarmería guardarán el silencio del
lobo agazapado ante su presa. Del resto,
¿qué puedo decir? Imagino que el tal
Kepa Otano (o sea, el muerto o el héroe,
como prefieran) anda en otras guerras
sobre la mesa metálica del anatómico
abierto en canal, y mi pobre amigo el
inspector Juan Iturri, la verdadera
víctima de esta tragedia, que como digo
apareció en la misma habitación
malherido, se debate entre la vida y la
muerte en un hospital parisino.
Otro agente baja a trompicones la
escalera blanca que conduce a los pisos
superiores y se planta en medio de la
sala. Tropieza con una esquina de la
moqueta que la alfombra y casi se cae.
Se sobrepone y, sin siquiera recuperar
el resuello, grita:
—¡Comisario, venga a ver esto!
Tenía usted razón, hay un zulo, pero no
estaba bajo tierra, sino en la buhardilla.
¡Pobre hombre, qué mal trago! El lugar
es pequeño hasta para un niño. Hay
sangre, orines y, en el descansillo, una
silla ensangrentada con cuerdas
anudadas… Va a tener razón, a ese
inspector lo han tenido secuestrado, lo
han torturado e interrogado. Extraño,
¿no?
—¡Vigílela, que no se mueva de
aquí! —ordena el comisario mientras
asciende al piso superior. Su mandato es
gratuito. ¿Adónde podría ir,

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