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Donde los escorpiones – Lorenzo Silva

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El brigada López sacó de improviso su teléfono móvil del bolsillo, lo contempló durante una fracción de segundo y se volvió hacia mí para anunciarme, con aquella
sonrisa suya, a la vez astuta y cordial:
—El alacrán está en la jaula.
Inmediatamente dio el aviso por la emisora del coche patrulla en el que esperábamos, además de él y yo, uno de sus guardias y la sargento primero Chamorro. Lo
había aparcado en un lugar discreto, a poco más de medio minuto de la entrada de la cañada, de forma que no se tropezara con nosotros quien no debía tropezarse y a la
vez estuviéramos lo bastante cerca como para intervenir sin demora. De todos modos, no nos correspondía a nosotros ser los primeros, y tampoco éramos quienes
llevábamos la voz cantante en aquel baile.
Tras el aviso del brigada, en la radio tomó el mando el oficial responsable de la unidad especial de intervención, que tenía tres equipos apostados en coches
camuflados en otros tantos puntos estratégicos. Fueron ellos los primeros en lanzarse dentro del poblado chabolista, quemando el asfalto y levantando a continuación el
polvo del camino y de las callejas improvisadas entre los chamizos de tablas y chapas. Varios coches patrulla, entre ellos el nuestro, acudieron segundos después para
bloquear todos los accesos e impedir que nadie saliera de la zona. En ese mismo momento, el helicóptero se hizo presente en el aire, con su foco que hendía la oscuridad
en busca de posibles fugitivos. La operación era de alto riesgo, porque no se trataba de una casa en la que cupiera irrumpir al modo usual, desde una vía pública a la que
pudiera accederse de forma más o menos inadvertida. Sólo acercarse a cien metros de las casuchas implicaba poner sobre aviso a quienes las ocupaban. La única manera

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de sorprenderlos era aquella, desencadenar una invasión por tierra y aire y cruzar los dedos para que los nuestros, como debía de ocurrir, gracias a su entrenamiento,
fueran más rápidos y hábiles que el pájaro al que tratábamos de atrapar.
Desde nuestro apostadero, ya a la entrada del poblado, oímos el alboroto que acompañaba a la incursión. A las voces de «¡Guardia Civil!» respondía un coro de
gritos de mujeres y llantos de niños. Ni una sola voz masculina, tomé nota, y comprendí que era congruente: aquel era un lugar de hombres taciturnos. De pronto, oímos
lo que por nada del mundo hubiéramos querido oír: cinco taponazos muy seguidos. Los cuatro que esperábamos en el coche, como el resto de los participantes en
aquella razia nocturna, contuvimos el aliento hasta que en la radio entró la voz del jefe de uno de los equipos de intervención:
—Objetivo detenido y asegurado. Trató de responder y le hemos desarmado con fuego no letal. El objetivo está herido en la mano, todos los miembros del equipo
ilesos. Solicito envío de atención sanitaria para el detenido tan pronto como se asegure el perímetro.
El brigada me miró con expresión satisfecha:
—Ya lo ves, Vila, esta vez sí. Esta noche sí estaba de Dios atraparle. O quizá sea que esta vez contaste antes con un servidor, en lugar de tirarte a la piscina en plan
Orzowei sin haber hecho los deberes.
Encajé el reproche sin rencor. Tenía razón, no estaba haciendo toda la sangre que podía hacer y además me hallaba en deuda con él. A mis más de cincuenta tacos,
me acababan de dar una lección que era de las primeras de la cartilla del guardia: nunca subestimes a los que patrullan el terreno y, sobre todo, nunca dejes de contar con
su ciencia y su criterio antes de hacer un movimiento comprometido. En el caso del brigada López, por añadidura, se trataba de un tipo fuera de lo común. Antes de
pedir destino a aquel puesto, en uno de los pocos municipios colindantes con la capital que eran de nuestra responsabilidad (la mayoría de ellos los gestionaba la
Policía), había trabajado en Tráfico, en Información, en Policía Judicial y en Asuntos Internos. Era, por tanto, lo más parecido a una enciclopedia ambulante con todo el
know-how que se podía adquirir en la empresa. Y sabía sacarle partido a sus conocimientos. Gracias a ellos, principalmente, teníamos al fin en el bote a la presa que se
nos había resistido durante más de un año.
—Me lo merezco, López, así que no voy a replicar —acaté la reprimenda—. Eso sí, para ser más pedagógico, tienes que ir cambiando de ejemplos, seguro que el
chaval no tiene ni puñetera idea de quién era Orzowei. Hay cosas que ya sólo sobreviven en la memoria de los caimanes como tú y como yo. El mundo nos va dejando
atrás.
—Eso, ¿quién era Orzowei? —preguntó el guardia—. Y, ya puestos, ¿por qué llama López al brigada Atienza, mi subteniente?
—¿Se lo cuentas tú o se lo cuento yo? —dije.
—Cosas de abuelos —explicó López—. Orzowei era una especie de aprendiz de Tarzán de una serie italiana cutre que aquí el subteniente y yo veíamos de niños.
Entonces había sólo dos canales, qué le íbamos a hacer. Y lo de López viene de una vida anterior de tu brigada.
—Que no siempre ha sido trigo limpio —apostillé.
—Lo dice porque fue entonces cuando me conoció y le jodía que yo supiera quién era él y él no supiera quién era yo. Me saca un

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