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Libro PDF Dos minutos Robert Crais

 Dos minutos Robert Crais

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—¡Vamos a petárnoslo!
Parsons sacudió el cargador de su rifle M4 al
tiempo que Marchenko daba un volantazo y metía
el Corolla robado en el aparcamiento. Parsons
procuró no colocar el dedo en el gatillo. Era
importante no disparar el arma hasta que
Marchenko diera la orden, porque Marchenko era
el líder de la pequeña operación, y a Parsons ya le
parecía bien. Gracias a Marchenko los dos eran
millonarios.
Se metieron en el aparcamiento a las tres y siete
minutos de la tarde, y dejaron el coche cerca de la
puerta. Se colocaron pasamontañas negros como
habían hecho antes doce veces, entrechocaron los
puños enguantados en un ramalazo de esprit de
corps, y esta vez los dos gritaron al unísono para
que no quedaran dudas.
—¡Nos lo petamos!
Salieron del coche, los dos con aspecto de osos
negros. Tanto Marchenko como Parsons iban
ataviados con ropa militar de faena negra, botas,
guantes y pasamontañas; llevaban chalecos
tácticos con infinidad de bolsillos, encima del
chaleco antibalas que habían comprado en eBay, y
tantos cargadores adicionales para sus rifles que
sus cuerpos ya voluminosos parecían hinchados.
Parsons llevaba una bolsa grande de nailon para el
dinero.
A la luz del día, tan obvios como dos moscas en
una taza de leche, Marchenko y Parsons entraron
en el banco igual que dos púgiles de lucha libre
subiendo al cuadrilátero como si tal cosa.
Parsons nunca pensó que podría aparecer la
policía o que podrían detenerlos. Las dos primeras
veces que habían asaltado un banco se había
preocupado, pero aquél era su atraco a mano
armada número trece, y robar bancos se había
convertido en la forma más fácil de ganar dinero
que jamás había tenido ninguno de los dos: esa
gente de los bancos les daba el dinero a la primera
y los vigilantes de seguridad eran cosa del pasado;
los bancos ya no contrataban polis de alquiler
porque los costes de responsabilidad eran muy
elevados; lo único que tenías que hacer era entrar
por la puerta y coger lo que querías.
Cuando irrumpieron en el banco, estaba
saliendo una mujer con traje de oficina. La mujer
parpadeó al verlos armados y vestidos con su
uniforme de comando negro y trató de cambiar de
dirección, pero Marchenko la agarró por la cara,
le levantó las piernas de una patada y la tiró al
suelo. Alzó el rifle y gritó lo más alto que pudo.
—¡Esto es un atraco, cabronazos! ¡Somos los
putos amos del banco!
Parsons, siguiendo el pie, disparó dos
impresionantes ráfagas que soltaron varios paneles
del techo e hicieron añicos tres hileras de luces.
Metralla, escombros y balas rebotadas salpicaron
las paredes y sonaron en las mesas. Los casquillos
saltaron de su rifle tintineando como la cubertería
en un festín. El fragor del arma automática en el
espacio cerrado fue tan ensordecedor que Parsons
no oyó los gritos de los empleados.
Su decimotercer atraco a un banco había
comenzado oficialmente. El reloj estaba en
marcha.
Lynn Phelps, la tercera mujer en la cola del
cajero, se sobresaltó al oír los disparos y se tiró al
suelo como todos los demás. Agarró las piernas de
la mujer que estaba detrás de ella, la derribó, y
miró el reloj a escondidas. Su Seiko digital
marcaba exactamente las 15.09 h. Las tres y nueve.
El tiempo sería crítico.
La señora Phelps, de sesenta y dos años, con
sobrepeso y sin ninguna gracia, era una ayudante
del sheriff retirada de Riverside, California. Se
había trasladado a Culver City con su nuevo
marido, un agente jubilado de la policía de Los
Ángeles llamado Steven Earl Phelps, y sólo hacía
ocho días que era clienta de esa sucursal. Iba
desarmada, aunque tampoco habría intentado sacar
el arma si la hubiera llevado. Lynn Phelps sabía
que los dos descerebrados que estaban robando en
el banco no eran profesionales por la forma en que
perdían el tiempo descargando sus pistolas y
maldiciendo en lugar de ir al grano y robar el
dinero. Los profesionales habrían cogido
inmediatamente a los directores y habrían
ordenado a los cajeros que vaciaran sus cajones.
Los profesionales sabían que la velocidad era la
vida. Esos descerebrados eran claramente
aficionados. Peor, eran aficionados armados hasta
los dientes. Los profesionales querían salir vivos;
los aficionados te matarían.
Lynn Phelps miró otra vez el reloj. Tres y diez.
Había pasado un minuto y aquellos dos idiotas
todavía estaban agitando las pistolas. Aficionados.
Marchenko empujó a un hombre latino sobre un
mostrador lleno de recibos de ingresos. El hombre
era bajo y de tez oscura, con ropa de trabajo suelta
manchada de pintura blanca y polvo. Tenía las
manos también polvorientas y blancas. Parsons
pensó que el tipo probablemente había estado
instalando pladur antes de ir al banco. El pobre
cabrón seguramente no hablaba inglés, pero no
tenían tiempo para clases de idiomas.
—¡Al suelo, cabrón! —gritó Marchenko.
Dicho esto, Marchenko golpeó al tipo con la
culata de su rifle. La cabeza del hombre se partió y
éste se derrumbó sobre el mostrador, pero no cayó,
así que Marchenko le golpeó otra vez,
derribándolo. El atracador se volvió con la voz
furiosa y los ojos saliéndose de las órbitas bajo el
pasamontañas.
—Todo el mundo se queda en el suelo. Si
alguien nos jode ya se puede despedir de este
mundo. Ven aquí vaca puta.
El trabajo de Parsons era fácil. Mantenía un ojo
en todos y el otro en la puerta. Si entraba alguien
más, lo cogía y lo empujaba al suelo. Si entraba un
poli, agujerearía al cabrón. Así era como
funcionaba. Y desplumaría a los cajeros mientras
Marchenko iba a por la llave.
Los bancos guardaban el efectivo en dos sitios:
los cajones de los cajeros y la cámara acorazada.
El director tenía la llave de la cámara acorazada.
Mientras Marchenko mantenía a los clientes en
el suelo, Parsons sacudió la bolsa de nailon y
confrontó a las cajeras. Era una escena tranquila
de media tarde: cuatro cajeras, todas ellas jóvenes
asiáticas y de Oriente Próximo, y en el escritorio
de detrás una tipa más mayor que probablemente
era la directora. Había otro empleado,
seguramente encargado de los préstamos o
subdirector, sentado en uno de los dos escritorios
del lado de los clientes.
Parsons puso una voz ruda como la de
Marchenko y agitó la pistola. El arma servía para
que las jovencitas se cagaran de miedo.
—¡Lejos del mostrador! ¡Atrás, maldita sea!
¡Levántate! No te quedes sentada, zorra, ¡arriba!
Una de las cajeras ya estaba llorando; se había
hincado de rodillas, la imbécil. Parsons se inclinó
sobre el mostrador, aguijoneándola con la pistola.

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