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Libro PDF Dos novias para Ryan – Pamela Britton

Dos novias para Ryan - Pamela Britton

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que la miraba con
los brazos en jarras.
Menudo imbécil. Ninguna sonrisa ni una palabra de bienvenida. Solo
«mueve el coche». ¿Cómo sabía quién era ella?
En cualquier caso, tenía cosas más importantes en mente, como conocer a su
nueva jefa.
Jorie pasó por delante de las construcciones y al instante vio una casa a lo
lejos situada a la izquierda que antes no veía. Aunque llamarla «casa» era quedarse
corto. Aquel lugar podría haber sido el orgullo de Lo que el viento se llevó. Tres
plantas. Cuatro columnas blancas que formaban un porche que rodeaba la casa,
persianas verde oscuro a cada lado de las ventanas… y había muchas. Cientos de
metros más atrás de la casa había una hilera de árboles. Jorie se preguntó si habría
un arroyo. Parecía que sí.
–Guau.
Los robles eran enormes, con hojas brillantes. Detrás de la mansión había
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otra casa, más pequeña pero igual de bonita.
¿Sería la suite nupcial de la que su nueva jefa le había hablado, el lugar
donde las novias se acicalaban en las horas previas a la boda? Masaje, manicura,
peluquería… Todo lo necesario para un día muy especial. Y no solo para ella, sino
también para las damas de honor.
El camino se bifurcó. Jorie giró a la derecha. El rancho Spring Hill no era
como había imaginado. Por alguna razón esperaba edificios de una sola planta,
vallas blancas y tal vez una cuadra de estilo rústico. Aquel lugar parecía el
decorado de una película y cortaba el aliento. No era de extrañar que tantas novias
quisieran casarse allí.
–Allá vamos –dijo deteniéndose frente a otra construcción de aspecto
extraño. Esta tenía una entrada muy grande. Dentro vio un caballo y su jinete
galopando a gran velocidad.
La puerta del coche crujió cuando la cerró, algo que últimamente le sucedía
con frecuencia. Era un coche tan antiguo que le extrañaba que hubiera logrado
llegar hasta Texas.
–Hola –saludó al jinete.
Pero no era una jinete, sino una amazona de cabello gris y cuerpo tan
atlético que desafiaba a su edad. Se detuvo de golpe.
–¿Jorie? –preguntó la mujer.
La joven entró y sintió como la temperatura descendía notablemente.
–¿Señora Clayborne? –aunque sus ojos todavía se estaban ajustando a la
oscuridad, vio que la mujer sonreía.
–No te esperaba hasta mañana –aseguró la mujer con acento sureño
saltando del caballo como si tuviera veinte años.
Llevaba vaqueros, camisa azul de flecos, sombrero de ala ancha y las
mismas perneras pequeñas del vaquero. Debía de tener unos sesenta años. Se
escuchó el relinchar de un caballo y Jorie vio una fila de establos a cada lado de la
valla que rodeaba la pista.
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Jorie había viajado sin detenerse, solo se había parado en Louisiana para ir
al baño. Le daba vergüenza reconocer que no tenía dinero para pagar otra noche
de hotel.
–Estaba deseando llegar.
La mujer chasqueó la lengua y el caballo estiró el cuello mientras la seguía a
regañadientes. Cuanto más se acercaba, menos tensión sentía Jorie en los hombros.
Los ojos de la mujer eran un bálsamo para su alma abatida. Eran unos ojos
amables, no como los del vaquero.
–Bueno, me alegro de que hayas llegado, querida –le dio una palmadita al
caballo en el cuello–. Debes de estar agotada.
Eso era quedarse corto. No había dormido desde hacía mucho. Y también
había pasado ya el punto del hambre. Lo único que quería era una cama.
–Le pediré a Ryan que te acompañe a tu apartamento –la mujer abrió una
puerta de metal que resonó por toda la pista–. Es mi hijo –añadió sonriendo.
Jorie ató cabos. Tendría que haberse dado cuenta en cuanto miró a la mujer
a los ojos. Eran del mismo color. Pero los de la mujer que tenía delante eran
amables y cálidos, a diferencia de los de su hijo.
–Ven, te lo presentaré.
–Creo que está descargando heno.
–¿Le has visto? –preguntó la mujer haciéndole un gesto para que la siguiera
por un largo pasillo hacia los establos.
Jorie se fijó entonces en su sombrero, que tenía unas flores bordadas con
cuentas de cristal.
Era muy bonito.
–Lo cierto es que ya nos conocemos –aseguró–. Fue él quien me dijo dónde
estaban las cuadras.
–Ah –la mujer alzó las cejas–. Y seguro que ha sido tan encantador como
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siempre. No se lo tengas en cuenta –ladeó ligeramente la cabeza–. No está de
acuerdo con mi idea. Cree que es una tontería. No le gusta tener que compartir el
rancho con un puñado de novias mimadas, como él las llama. Tenemos una boda
dentro de poco y siempre se pone de mal humor.
–Está bien saberlo.
–Lo llama «la invasión de Normandía» –Odelia puso los ojos en blanco–.
Vamos.
Jorie sintió que algo le rozaba el hombro y miró con recelo al caballo. No le
gustaban excesivamente los animales, ni tampoco se había relacionado con muchos
en Georgia.
–Subiremos tu coche allí. Así podrás aparcar delante de tu nuevo
apartamento –aseguró Odelia–. Déjame que guarde a Chex.
Su propio apartamento. Un lugar donde vivir. Un salario mensual.
Seguridad económica. Esas eran las razones por las que había recorrido cientos de
kilómetros para trabajar con una mujer a la que no conocía con la esperanza de
llevar el pequeño hobby de Odelia a un nuevo nivel. Y por eso se tragaría el
orgullo y se mostraría amable con el hijo de su nueva jefa, aunque sospechaba que
Ryan y ella nunca llegarían a llevarse bien.
–Me alegro de que le hayas conocido –estaba diciendo Odelia–. Sobre todo
porque vais a compartir despacho.
Jorie se tambaleó. Odelia debió de darse cuenta de su azoro.
–Oh, no te preocupes –aseguró sonriendo–. Ladra más que muerde.
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CAPÍTULO 2
RYAN las oyó llegar antes de verlas.
–Supongo que tienes razón, jefe.
Ryan miró a Sam, que estaba apoyado contra la cabina del tractor que había
conducido. Sam trabajaba para ellos desde los catorce años, y estaba al tanto de
que el último capricho de Odelia le ponía de los nervios.
–Maldición –murmuró Ryan. Confiaba en contar al menos con un día de paz
y tranquilidad. Todavía tenía que limpiar la pista, ocuparse de los pastos de atrás y
arreglar un montón de cosas pequeñas que constituían su cruz diaria. Y luego
estaban los arreglos que su madre quería que hiciera para la boda. Engrasar los
goznes de la puerta para que no chirriara. Arreglar el marco de una ventana en la
«cabaña nupcial». Descargar un saco de grava en uno de los baches para que los
invitados no se tropezaran.
Que Dios le ayudara.
Sam debió de leerle el pensamiento porque se rio entre dientes.
–Parece que va en serio con esta aventura suya, ¿verdad?
Sam tenía tres cuartas parte de sangre cherokee, pero no hacía falta poseer
un sexto sentido para saber que la madre de Ryan se había vuelto loca.
Diez años atrás habían sido los arreglos florales. Ryan habría apostado a que
hizo coronas funerarias para los muertos de medio condado. De ahí pasó a las
vidrieras. Eso no duró mucho porque se rompían con facilidad, gracias a Dios. A
continuación llegaron las antigüedades. Llegó un momento en el que se negó a ir
con ella a ningún lado. No podían pasar por la venta de alguna propiedad sin
pararse a husmear. Y ahora le tocaba el turno a las bodas.
Bodas. Ojalá supiera quién le había metido a su madre semejante idea en la
cabeza. Agarraría a esa persona y la arrastraría atada a un caballo.
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Durante seis meses había soportado novias tensas, madres maniáticas e
invitados que nunca habían pisado un rancho de verdad. Pero lo más impactante
de todo, lo que de verdad le tenía malhumorado, era que el negocio estaba
funcionando. Tenían todo reservado para el resto del año. Y ahora su madre había
contratado a una coordinadora de Georgia.
–Solo tenemos que aguantar un poco más –aseguró–. Mi madre se cansará
de esta obsesión.
Así aquella elegante coordinadora de bodas regresaría a Georgia y su vida
volvería otra vez a la normalidad.
–Eso fue lo que dijiste hace tres meses.
–Cállate, Sam.
Su amigo le miró de reojo y se rio, pero cuando iba a decir algo se calló ante
la llegada del mismo turismo azul de antes, solo que esa vez su madre iba en el
asiento del copiloto. Como siempre, iba hablando por los codos. La mujer que
estaba al volante asentía y sonreía.
Hasta que le vio.
La sonrisa se le borró completamente del rostro. De acuerdo, tal vez hubiera
sido un poco duro con ella antes. No duro, maleducado. Pero maldición, todo
aquel asunto de las bodas era un fastidio.
–No me dijiste que era tan guapa.
Ryan no tuvo que preguntar a qué se refería Sam.
–Da igual como sea.
Pero era cierto. La nueva coordinadora de bodas de su madre era guapa.
Tenía un pelo tan rubio que parecía teñido, pero no había raíces oscuras ni tenía las
cejas negras. Así que debía de ser auténtico. Y además tenía los ojos azules.
–Menos mal que Laurel es muy comprensiva, en caso contrario podría estar
celosa.
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Laurel. Su prometida.
–Seguramente la recibirá con los brazos abiertos –se escuchó decir Ryan
antes de acercarse a recibir a su madre.
No le gustaba pensar en Laurel. Su futura esposa. Sintió que la frente se le
perlaba de sudor.
–Vaya, vaya, vaya –se maravilló su madre al bajar del coche–. Has
terminado de colocar todo el heno en un tiempo récord –miró hacia la conductora–.
Sal, Jorie. Quiero que conozcas a Sam.
Llevaba puesto uno de sus conjuntos de vaquera otra vez. Que Dios le
ayudara. Su madre no se vestía así antes, pero últimamente se ponía camisas con
flecos y sombreros de ala ancha como si vivieran en un parque temático. Y tal vez
fuera así. Su madre le había dicho hasta la saciedad que a la gente de la ciudad le
gustaba el rancho por el ambiente.
–No todo –reconoció Ryan–. Todavía nos queda bajar una carga.
–Bueno, eso puede esperar –tomó del brazo a su nueva empleada–. Jorie, te
presento a Sam.
Sam le dio un toque al ala de su sombrero.
–Y este es mi hijo Ryan, a quien creo que ya conoces. Ryan, Jorie está
agotada. ¿Por qué no te subes al coche y la llevas a su apartamento? También hay
que bajar su equipaje.
Él no le tendió la mano, se limitó a asentir.
–No será necesario –afirmó la rubia–. Puedo bajar yo misma el equipaje.
Como le había pasado antes, Ryan se fijó en que el traje negro que llevaba le
acentuaba las curvas del cuerpo, algo en lo que sin duda no debería fijarse
teniendo en cuenta que estaba prometido.
–Tonterías –intervino Odelia dándole una palmadita a la mujer en el brazo–.
Tienes que descansar. Pareces agotada.
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Su madre tenía razón. Parecía muy pálida y se le reflejaba la fatiga en los
ojos.
–Vamos –dijo apiadándose de ella y señalándole el coche.
La mujer no se movió. Así que era obstinada. Después de todo, aquello
podía resultar divertido.
–Adelante –ordenó Odelia.
La joven miró a Ryan entornando sus ojos azules.
–Ya has oído a mi madre –dijo él–. Vamos.
Estaba claro que quería discutir aquello. Y también quería agradar. Se dio la
vuelta a regañadientes. Ryan habría sonreído, pero estaba demasiado ocupado
mirándole las piernas. No sabía si llevaba medias o no, pero desde luego tenía las
piernas morenas… y muy bien formadas.
«Basta».
–Yo puedo conducir –le escuchó decir.
–De ninguna manera –aseguró su madre por él–. Ryan te llevará. Sam, ¿por
qué no descargamos tú y yo la última carga de heno?
–No digas tonterías, mamá –Ryan se quitó los guantes y los guardó en el
bolsillo de atrás antes de abrir la puerta del copiloto–. Yo terminaré en cuanto haya
llevado a la señorita Peters a su apartamento.
La mujer se sentó a regañadientes en el asiento del copiloto y cerró dando
un portazo.
–Eres un buen hijo –su madre rodeó el coche y le dio una palmadita en la
mejilla antes de darle un beso.
Como si tuviera siete años en lugar de treinta.
Pero aunque le irritara que le tratara como a un niño, no podía negarlo:
quería muchísimo a su madre. Podía llegar a ser muy pesada, pero era la única
familia que tenía.
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Abrió la puerta del conductor y el aroma a champú de flores se apoderó al
instante de él. Estuvo a punto de cerrar los ojos.
Estaba seguro de que aquella mujer también iba a ser una pesadez. No le
caía bien.
Jorie se reclinó en el asiento y cerró los ojos. Estaba tan cansada que sintió
que podría dormirse allí mismo. Pero eso resultaría imposible con él en el coche.
–Ponte el cinturón –fue lo único que Ryan dijo.
El aire acondicionado salió del circuito del coche y le dio en la cara cuando
arrancó el motor, pero no bastó para acabar con su olor. Apestaba.
No, no era cierto. Olía a hombre. Tenía que ser amable con él. Era el hijo de
su jefa.
Jorie abrió los ojos y le miró de reojo. Estaba tan musculado como un atleta
profesional.
–¿Juegas al fútbol americano?
Era una pregunta absurda y ridícula. ¿Qué le estaba pasando?
Ryan la miró como si tuviera dos cabezas.
–¿Eh? –condujo entre dos construcciones de granja con la mirada dividida
entre el camino de grava y ella–. No. Nunca he jugado al fútbol americano.
–Tu madre parece muy simpática –dijo entonces ella por cambiar de tema.
–Es una pesadilla.
–¿Perdona?
–Estoy pensando en llevarla a una residencia de ancianos. Incluso llamé a
un par de ellas, pero todavía no la aceptan. Tengo que esperar a que su demencia
senil avance un poco más.
–¿Demencia? –preguntó Jorie incorporándose en el asiento.
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Entonces Ryan sonrió. Le estaba tomando el pelo.
–Te lo has creído.
–Pero bueno, eres un… –no se le ocurrió qué decir sin insultar.
–¿Un qué? –quiso saber él.
De acuerdo, no solo era guapo. Era impresionante. Y, al parecer, tenía
sentido del humor.
–No eres muy amable.
–Lo siento. Solo quería romper el hielo.
Condujo el coche hacia una colina y Jorie se quedó sin aliento ante la vista.
Frente a ella se extendían los pastos. A la derecha había una cuadra antigua y, a la
izquierda, otro grupo de árboles cerca de dos casas. El arroyo que había creído ver
antes estaba allí, y los altos robles rodeaban otro grupo de casas.
–¿Qué te parece? –preguntó Ryan.
–Es precioso –aseguró ella.
–Esta era la parte principal de la finca –explicó Ryan tomando un camino
hacia la izquierda–. Los establos de la derecha son lo que mi madre llama
cariñosamente «la capilla de boda».
Había visto fotos en Internet, pero Jorie se dijo que debía sugerir que
añadieran una página con fotos en la Web del rancho Spring Hill para destacar el
encanto rústico del lugar. Las colinas y los enormes árboles eran impresionantes.
Unos segundos más tarde se detuvieron frente a una de las casas, una
cabaña encantadora de una sola planta con contraventanas de madera y un
pequeño porche.
–Vivirás en la casa que antes pertenecía al capataz del rancho, pero ahora el
capataz soy yo, y vivo en la casa principal –señaló hacia una construcción situada a
unos trescientos cincuenta metros de allí–. La antigua casa principal. Mi madre
vive en la grande, la que está sobre la colina.
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–¿Quieres decir que vives a mi lado?
Ryan apagó el motor.
–Sí. Y también te llevaré todos los días a nuestro despacho.
«Nuestro despacho». Se le había olvidado por completo. De pronto sintió
que le faltaba el aire dentro del coche.
–Mira –continuó Ryan sacando las llaves del contacto–, no quiero meterme
en tus asuntos, pero creo que hay algo que debes saber –jugueteó un instante con
las llaves–. Mi madre suele pasar por… fases. A lo largo de los años ha empezado
muchas cosas.
Jorie vio que fruncía el ceño. Incluso de perfil estaba guapo.
–Sé que has venido hasta aquí conduciendo desde Georgia, pero las cosas
podrían cambiar, ¿sabes? Mi madre es la mejor madre del mundo, pero le dan
venas de vez en cuando. Como esto de las bodas. No me gustaría que hubieras
dejado un trabajo lucrativo en Georgia por algo que podría ser temporal.
¿Lucrativo? ¿En Georgia? ¿Y cómo que temporal?
–¿Estás diciendo que he cometido un error? –le preguntó.
–No, no –se apresuró a decir él–. No es eso. Solo quiero que estés preparada
por si las cosas no funcionan.
Le estaba diciendo que no deshiciera el equipaje.
–Te agradezco la preocupación –aseguró Jorie con tono gélido–. Pero soy
una mujer adulta y puedo ocuparme de mí misma.
–No, creo que no me has entendido…
–Te he entendido perfectamente –le atajó ella saliendo del coche antes de
decir algo que pudiera costarle el puesto.
–Espera –Ryan salió también del coche–. Necesitarás esto –le lanzó una
llave–. Te dejaré el equipaje en el porche.
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Jorie asintió y se giró hacia su nuevo hogar. Le temblaban las manos de ira.
¿Cómo se atrevía a tratar de estropearle aquello? ¿No se daba cuenta de que no
tenía otro sitio donde ir? En Georgia no tenía casa ni trabajo. Aquel era el final del
camino para ella.
–Bienvenida al rancho Spring Hill –gritó Ryan a su espalda.
Se dio la vuelta con una palabra desagradable en la punta de la lengua, pero
se contuvo.
–Gracias –dijo alzando la barbilla en gesto desafiante–. Tengo pensado
quedarme aquí mucho, mucho tiempo.
Ryan se la quedó mirando fijamente durante lo que le pareció una
eternidad. Tuvo la impresión de haber visto en sus ojos algo parecido a la
admiración, pero seguramente se lo había imaginado.
–Bien por ti –creyó oírle decir.
Jorie le mantuvo la mirada durante un instante más antes de darse la vuelta.
«Idiota».
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CAPÍTULO 3
DEBÍA de dormir como

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