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Libro PDF Dulce prisionera – Kat Martin

 Dulce prisionera - Kat Martin

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Jason aguardó unos instantes más, pero su padre no apareció. Algo más sosegado, se alejó de la casa con cierto alivio de que el enfrentamiento hubiera terminado, al menos por el momento. Cabalgó a medio galope; rato después, el paso regular y constante del animal le ayudó a relajarse un poco más. Los claros rayos de la luna atravesaban las ramas de los árboles, y una brisa ligera despeinaba los oscuros cabellos del joven al tiempo que enfriaba la furia que aún ardía en su nuca.
A medida que avanzaba, sus pensamientos se iban alejando de las palabras amargas de su padre y se centraban en la mujer cuyo cuerpo cálido y complaciente lo estaba esperando. Celia Rollins. Lady Brookhurst. Alta, de figura esbelta y hermosa desde la cabeza de cabellos negros y elegantemente peinados, pasando por el busto curvilíneo y la estrecha cintura, hasta los arcos elevados y femeninos de los pies.
Se veían desde hacía tres meses; a menudo se encontraban en “El báculo del peregrino”, una posada íntima y elegante a medio camino entre Carlyle Hall y Brookhurst Park, la casa de campo de la condesa. Habían planeado encontrarse allí esa noche; Jason percibió su erección en los ceñidos pantalones negros al imaginar la placentera sensación que le esperaba cuando viera la condesa en la cama.
En menos de una hora estuvo frente al familiar arco cubierto de hiedra que coronaba el patio y señalaba la entrada de la posada, lo que hizo que a Jason le hirviera de nuevo la sangre. Lo atravesó y entró en el patio cercado por una tapia. Los cascos del caballo resonaban en el suelo adoquinado. Desmontó, palmeó el cuello de su airoso bayo y entregó las riendas a un mozo de cuadra que aguardaba delante de él.
Con paso firme y ansioso, Jason se encaminó hacia la parte posterior del edificio. Accesible desde el interior de la taberna, o también desde afuera a través de una segunda y discreta entrada, la habitación alojaba con frecuencia a clientes acaudalados. Jason apresuró aún más el paso pero, viendo que algo se movía en la esquina, hizo una pausa.
-¿Una moneda, señor? Una moneda que le sobre para este hombre ciego; sin duda Dios lo bendecirá.
Se trataba de un mendigo mugriento y encorvado; estaba sentado en el suelo envuelto en harapos de arriba abajo y tenía una vieja taza de lata en la mano. A pesar de la oscuridad, Jason advirtió las llagas que tenía en la macilenta piel. Echó una moneda en la taza, se encaminó hacia la parte trasera de la posada y subió la escalera de dos en dos. Golpeó la puerta una sola vez, y Celia lo invitó a entrar.
-Milord -susurró sonriendo mientras iba hacia sus brazos. Era esbelta y a la vez voluptuosa, una adorable visión en el resplandor del fuego que ardía en la chimenea-. Jason, mi amor, estoy tan contenta de que hayas venido.
Apretó los labios contra los suyos y lo besó con ardoroso abandono, provocando la súbita erección del joven. Jason la besó con la misma urgente calidez que percibía en ella, y le soltó las horquillas que le sujetaban el sedoso cabello, largo hasta la cintura. Brillaba con un tono entre azul y negro a la luz de la lámpara y descendía liso por su espalda, un tapiz de medianoche que contrastaba con su propio cabello castaño, por encima de los hombros, y recogido en la nuca en una cola de caballo.
-Celia… Dios mío, parece que han sido años en lugar de sólo una semana.
Le besó el lunar que tenía debajo de la oreja, y después sus besos fueron recorriendo los hombros desnudos para después comenzar a desabrochar con cierto frenesí los botones del vestido de seda, de un intenso azul zafiro, casi el mismo tono que sus ojos.
Celia vaciló un instante.
-Yo… temía… sé lo que piensa tu padre… pensé que tal vez no vendrías.
-La opinión de mi padre no me importa. Al menos respecto de lo nuestro.
La besó de nuevo, como si quisiera confirmar sus palabras, después comenzó a besar la garganta arqueada descendiendo hacia los senos, pero se detuvo en seco al oír que alguien aporreaba la puerta con insistencia.
No se habrá atrevido, pensó Jason, y recordó los distintos tonos encarnados del rostro de su padre. Pero, tal como temía, abrió la puerta y allí estaba el duque, en el umbral.
-He venido porque tengo algo que deciros. A los dos -sus miradas se cruzaron, y relampaguearon los distintos azules de esos ojos. La mirada sombría de su padre se volvió acerada y feroz, para terminar posándose sobre el desaliño que mostraba la condesa, su melena despeinada y el vestido arrugado-. No me marcharé hasta que diga lo que he venido a decir.
Jason apretó los dientes, luchando entre la furia y la humillación, tanto por Celia como por él mismo.
-Di lo que tengas que decir y márchate.
Cuando su padre entró en la habitación, Jason retrocedió unos pasos y cerró la puerta. Se acercó a Celia y le pasó un brazo protector por la cintura, maldijo a su padre en silencio y dio gracias a Dios por estar al menos completamente vestidos.
El duque de Carlyle fijó la mirada gélida en los dos y abrió la boca para hablar. Entonces frunció el entrecejo y desvió la mirada hacia un movimiento que le pareció percibir en la puerta al otro lado de la habitación. Por un instante, permaneció inmóvil. El eco de un disparo puso fin a lo que hubieran sido sus palabras, y un ruido ensordecedor llenó la habitación mientras la bala de plomo le daba de lleno en el pecho.
La condesa lanzó un grito ahogado, y Jason se quedó sin aliento al advertir la sangre que brotaba del centro del chaleco plateado de su padre. El duque apretó con las manos la mancha que se iba extendiendo, como si quisiera evitar que se le escapara la vida; finalmente se desplomó hacia delante cuando las rodillas se doblaron bajo su peso.
-¡Padre! -la palabra estalló en la garganta de Jason.
Se dio la vuelta hacia el agresor y observó con horror el rostro familiar de su hermanastro, Avery, que había subido por la escalera exterior y disparado desde la ventana abierta. Sintió entonces un dolor terrible que estallaba en su cabeza. La habitación le dio vueltas y las piernas se negaron a sostenerlo. Unas manchas brillantes le nublaron la visión y comenzó a derrumbarse.
-Padre… -susurró luchando contra los círculos negros que se arremolinaban delante de los ojos. Dio un grito y cayó hacia delante, inconsciente, a unos pocos pasos del cuerpo inerte de su padre.
La condesa se dirigió hacia la puerta con cuidado de no pisar los fragmentos de cristal del jarrón roto que quedaron esparcidos por el suelo, después abrió la puerta y entró el hombre ataviado a la última moda que aguardaba afuera.
-Muy bien, querida -Avery Sinclair se alisó un gran rizo plateado que colgaba del costado de su elegante peluca, recogida atrás-. Siempre has sabido estar alerta.
Sin hacer caso de los golpes insistentes en la puerta que daba al interior de la posada, se arrodilló y colocó la pistola, aún humeante, en la mano fláccida de Jason.
La condesa esbozó una leve sonrisa.
-Siempre hay que estar preparada cuando se presentan las oportunidades.
Avery se limitó a asentir con la cabeza.
-Siempre supe que eras lo bastante inteligente como para saber que el viejo duque no iba a permitir jamás que te casaras con su hijo.
-Yo lo sabía, aunque Jason no parecía darse cuenta de ello.
-Bueno, ahora ya tienes el problema resuelto -contempló los cuerpos en el suelo con macabra satisfacción-. Jamás imaginé que el viejo duque iba a hacerlo tan fácil.
-¡Abrid la puerta!
La voz enronquecida del posadero se oyó desde el pasillo. Con sus pesados puños aporreaba los gruesos tablones de roble de la puerta.
-Deja que yo me encargue -dijo él.
Celia arqueó una elegante ceja negra.
-Por supuesto.
-Recuerda, un pequeño escándalo no es un precio tan alto, a cambio de tu parte en esta inmensa fortuna.
Su hermosa boca se curvó en una sonrisa.
-No tema, lo recordaré… excelencia.
2
INGLATERRA, 1760
¡Duquesa! ¡Iba a ser duquesa! El plan desesperado que habían tramado tendría éxito.
Velvet Moran permaneció en la entrada, junto a las altas ventanas emplomadas, viendo partir el majestuoso carruaje con adornos dorados del duque de Carlyle hasta que finalmente desapareció por la avenida flanqueada de álamos. Enfrascada en cavilaciones sobre la hora que acababa de pasar en compañía de aquel elegante hombre rubio que pronto sería su esposo, apenas oyó las pisadas de
su abuelo al cruzar el suelo de mármol blanco y negro, que se acercaba donde ella aguardaba bajo la araña de cristal.
-Bueno, querida, parece que lo conseguiste, ¿no? -el conde de Haversham tenía un buen día. Sin lapsos de memoria, sin olvidarse de dónde estaba, ni qué acababa de decir. Días así no abundaban, y eran cada vez más infrecuentes, pero Velvet valoraba cada uno de ellos-. Has salvado Windmere, tal como dijiste que lo harías. Nos has salvado a ambos de la ruina.
Velvet sonrió a pesar del temblor que todavía se agitaba dentro de ella.
-Dos semanas más y me habré casado. Siento una terrible culpa por haberlo engañado. Ojalá hubiera otra manera, pero ciertamente no podemos arriesgarnos a decirle la verdad.
El anciano rió con suavidad. El poco cabello que le quedaba era blanco como la nieve; él era enjuto como un hueso, y tenía la piel tan fina que se le transparentaban las venas azules de las manos y el rostro.
-Se irritará un poco cuando descubra las deudas que va a contraer cuando sea tu esposo, pero tienes una buena dote. Eso lo aplacará en cierta medida. Y te tendrá a ti. No hay mejor esposa que un hombre pueda desear.
-Lo haré feliz, abuelo. No lamentará haberse casado conmigo, lo juro por mi honor.
El anciano tomó las mejillas de la joven en sus manos arrugadas y miró atentamente aquel hermoso rostro. Con su nariz respingona y los ojos castaños con tintes dorados, ligeramente rasgados, Velvet era la viva imagen de su madre, muerta desde hacía mucho tiempo. Era menuda y bien proporcionada, de pechos altos y generosos y cintura muy pequeña. Tenía el cabello largo y ondulado, del color de la caoba brillante cuando se dejaba sin tratar, avivado por destellos rojizos.
Su abuelo suspiró.
-Sé que ya no se puede hacer nada, pero siempre tuve la esperanza de que te casaras por amor, no por conveniencia. Lo que tu abuela y yo tuvimos… eso es lo que quería para ti. Ojalá hubiera sido así, pero la vida no es fácil. Y uno debe hacer lo que debe hacer.
La invadió una sensación de nostalgia. Ella también había guardado la esperanza de casarse con un hombre que amara, aunque en realidad jamás creyó que podía tener esa suerte.
-El duque y yo nos vamos a llevar bien. Él tiene riqueza y posición. Yo seré duquesa, viviré una vida llena de lujos. ¿Qué más puede querer una mujer?
El conde sonrió sin demasiado entusiasmo.
-Amor, querida mía, tan sólo amor. Acaso, con el tiempo, lo descubras junto al duque.
Ella forzó una sonrisa.
-Sí, abuelo. Seguro que sí -pero al pensar en Avery Sinclair, en sus pretenciosos aires de superioridad y en sus modales pomposos y afectados, no lo creyó posible-. Hay una corriente de aire aquí -dijo tomando del brazo a su abuelo-. ¿Por qué no vamos a sentarnos un rato frente al fuego?
El abuelo asintió, y ella lo condujo hacia la parte posterior de la casa, atravesando el elegante recibidor, de paredes revestidas de opulento terciopelo rojo, techos decorados con frescos de carruajes y muebles de, madera profusamente tallada, después otro salón más pequeño, también magníficamente decorado, con cortinados de muaré y una chimenea central de mármol verde.
En cuanto pasaron la esquina, la opulencia desapareció. El salón ya no resplandecía con candelabros de oro ni con retratos de marcos dorados a la hoja, ya que tanto los candelabros como los marcos habían sido vendidos hacía tiempo. Las espléndidas alfombras persas que había antiguamente alcanzaron un precio que les había permitido comprar carbón para pasar el invierno. En su lugar había raídas imitaciones manchadas que cubrían el suelo para defenderse del frío glacial.
A los ojos del visitante ocasional, con los cálidos ladrillos rojos de la fachada y el terreno todavía con aspecto de parque, Windmere tenía la misma majestuosidad de siempre, con sus tres plantas y la vista al río. En tiempos de su padre, los grandes torreones cuadrados, los tejados a dos aguas con las chimeneas y los cientos de hectáreas de pradera que lo rodeaban habían hecho del lugar un paraje digno de ser exhibido.
Pero todo había cambiado en los últimos tres años. Las deudas que su padre había contraído antes de morir fueron un duro golpe para Velvet y el conde. A pesar de su errático estado mental, su abuelo se dio cuenta del grave error que había cometido al delegar los asuntos administrativos en su hijo. Pero la salud del anciano flaqueaba. Sin tener a nadie más en quien delegar, no tuvo otra opción.
Ahora George Moran estaba muerto, lo mismo que su esposa desde hacía diez años. Había encontrado la muerte en un accidente con un coche en uno de sus viajes al Continente en compañía de su amante, una actriz que respondía al nombre de Sophie Lane.
Fue Velvet quien descubrió, para su propio horror, los fondos diezmados, y la montaña de deudas que su padre había dejado. Excepto su dote, el único gesto desinteresado que había tenido durante los años en que había estado a cargo de la
finca. Como la fortuna del conde había sido inmensa, la dote era considerable, de hecho, era una de las más grandes de Inglaterra, sin duda suficiente para que pudieran vivir bien unos cuantos años.
La única trampa era que Velvet debía casarse antes de que se liberara el fondo de inversiones protegido a cal y canto. Su marido iba a recibir una pequeña fortuna.
Y también la extensa lista de deudas de Haversham. Su abuelo hizo una pausa en el pasillo.
-¿Adónde vamos?
Al Salón de Roble. Snead ya habrá encendido el fuego -Snead era uno de la media docena de criados de confianza, es decir toda la servidumbre que podían mantener en Windmere-. Estará cálida y acogedora.
-Pero, el duque… ¿no iba a venir de visita?
El corazón de Velvet se le hundió en el pecho. La lucidez había desaparecido.
-Ya vino, abuelo.
-¿Y qué hay de la boda?
-Iremos a Carlyle Hall este fin de semana. Su excelencia insiste en que debemos llegar con varios días de anticipación para que todo esté en orden antes del día de la boda -ya le había dicho todo esto pero, desde luego, el anciano lo había olvidado. Pero, ¿qué importancia tenía, si a él le agradaba volver a oírlo?
-Serás una novia hermosa -le dijo, con una sonrisa sentimental.
Y él será un duque muy sorprendido, pensó Velvet. Pero ya se preocuparía de eso cuando llegara el momento. Mientras tanto, cubriría las apariencias para asegurar su unión matrimonial con un acaudalado esposo. Había decidido ignorar el frío omnipresente de la casa, el olor a humedad de las habitaciones que se habían cerrado, el hedor de velas de sebo baratas.
Gracias a Dios, debía continuar fingiendo sólo dos semanas más.
Jason Sinclair caminaba de un lado a otro de la habitación, frente al fuego que ardía suavemente en la chimenea con repisa de mármol. Los lazos blancos y almidonados de los puños de su camisa le rozaban los dedos mientras caminaba. Siempre había sido un hombre de considerable estatura, anchas espaldas y magras caderas. En los últimos ocho años, la delgadez propia de la juventud había dado lugar, gracias a horas y horas de trabajos denodados, a un cuerpo musculoso y firme, sólido como el acero.
Se volvió hacia el hombre que tenía frente a él.
-Por el amor de Dios, Lucien, hemos conseguido arrastrar al bastardo al borde del abismo. No vamos a flaquear ahora y dejar que se salga con la suya.
Lucien Montaine, marqués de Litchfield, se apoyó en el respaldo de su silla tapizada.
-Sé que no son las noticias

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