---------------

Libro PDF Dulces mentiras Pretty 1 – M. Leighton

Dulces mentiras Pretty 1 - M. Leighton

Descargar Libro PDF Dulces mentiras Pretty 1 – M. Leighton


—¡Oh, Dios mío! No puedo creer que estés
pensando hacerlo —dice mi mejor amiga, Sarah,
cuando abro la puerta de cristal de la tienda de
tatuajes.
Aunque jamás lo admitiré ante ella, me
estremezco al traspasar el umbral. Nunca he estado
en una tienda de tatuajes, así que no sé cómo
suelen ser las demás, pero esta es bastante
intimidante. La música está alta, el mostrador es
negro y cada accesorio a la vista está cromado.
Me trago mi repentino estallido de nervios y me
obligo a avanzar.
Me tranquiliza saber que este lugar, The Ink
Stain, está muy recomendado. Me resulta fácil
entender por qué cuando paso la vista por las
increíbles obras de arte que cubren las paredes.
«Parece que alguien tiene un talento
increíble».
—Sloane, ¿estás segura de que quieres
hacerlo? Es decir, tu padre va a subirse por las
paredes si se entera —continúa Sarah. Cuando me
detengo, ella casi se tropieza conmigo—. ¡Joder!
—exclama, parándose en seco antes de que nos
toquemos. También está ocupada examinando las
paredes.
—Punto número uno; ahora da igual que mi
padre se suba por las paredes. A partir de… —
Echo un vistazo al interior, iluminado por luces de
neón, en busca de un reloj. Cuando lo encuentro
veo que tiene forma de cráneo y las manecillas son
huesos cruzados, y entrecierro los ojos para leer la
hora—. Hace siete minutos que estoy oficialmente
fuera del control de los tercos hombres Locke. Y
este es mi primer acto de independencia.
—Más bien de rebelión —resopla Sarah.
—Pura semántica —digo al tiempo que hago
un gesto desdeñoso con la mano—. De cualquier
forma, voy a hacerme ese maldito tatuaje y nadie
me lo va a impedir.
—¿Estás segura de que… ? ¿Segura de…?
Quiero decir…
Leo la preocupación en sus ojos y la quiero
más por ello.
Esbozo una sonrisa suave.
—Estoy segura, Sarah. En serio.
Con un tranquilizador guiño final, avanzo para
acercarme a la brillante barra de color negro. Toco
el timbre para llamar al encargado.
Mientras esperamos que llegue alguien de la
trastienda, recorro las paredes de la estancia,
admirando los bocetos expuestos. Solo alguien con
el corazón de un artista, como yo, puede apreciar
la hábil mano y la mirada experta que hay detrás
de aquellas representaciones en grafito.
Una profunda voz masculina interrumpe mi
estudio.
—¿En qué puedo ayudarla?
Me vuelvo hacia el hombre, dispuesta a
explicarle lo que quiero, pero no llego a
pronunciar las palabras. Ninguna de las obras de
arte que cubren las paredes puede compararse con
la que estoy admirando ahora.
Veo sus rasgos a ráfagas, mientras los rayos
de luz inciden en mis ojos, angulosos,
masculinos… Las cejas parecen estar talladas en
piedra; ojos brillantes, pómulos altos, labios
cincelados… Y es su boca lo que estoy mirando
cuando veo que se curvan las comisuras. Estoy
mirándolo, sí. Lo sé y lo sabe.
—¿Ves algo que te guste?
Mi mirada sube hasta la de él. Sus ojos son
oscuros y tienen expresión burlona, lo que hace
que me sonroje.
—No —replico de manera automática.
Cuando veo que arquea una ceja, me doy cuenta de
cómo debe de haber sonado mi respuesta—.
Quiero decir que ya sé lo que quiero.
Su otra ceja se arquea hasta ponerse al nivel
de la primera y noto las mejillas más calientes. No
tengo ninguna duda; ahora están del color de una
manzana madura.
—Me encantan las mujeres que saben lo que
quieren.
Se me abre la boca. Nadie ha coqueteado
nunca conmigo. Todos los chicos que conozco han
estado siempre demasiado aterrados por mi
familia, así que no tengo ni idea de cómo
reaccionar a este tipo de bromas. Aparte de
sentirme avergonzada, muy a mi pesar.
«¡Jolines!».
Parece divertirse con mi humillación y se ríe.
El sonido es como seda negra que se desliza por
mi piel, erizándola con una ráfaga suave y fresca.
Noto más calor en la cara. Sinceramente me
da miedo ver el aspecto que tengo en ese momento.
No sé qué hacer además de apartar la mirada hacia
otro lado, así que eso es lo que hago. Bajo la vista,
rompiendo el contacto con aquellos ojos tan
desconcertantes, y meto la mano en el bolso para
localizar el boceto. Respiro hondo, utilizando la
búsqueda como excusa para recuperar cierta
compostura. Cuando por fin encuentro el trozo de
papel que intentaba hallar, me acerco a él en
silencio y se lo entrego doblado.
Lo coge, y sus ojos se encuentran con los
míos una fracción de segundo antes de que
concentre su atención en el papel. Le observo
mientras lo abre y lo estudia durante el instante
que tarda en darse cuenta de que está del revés.
Después le dedica un examen más detallado.
La luz del techo arroja sombras en su rostro,
ocultando gran parte de su expresión. La sombra
de las largas y espesas pestañas cubre sus ojos
mientras frunce el ceño, concentrado. Espero con
paciencia a que termine.
Con un leve gesto de cabeza, alza la vista y
sus ojos se concentran en los míos. Desde el otro
extremo de la habitación no podía ver de qué color
eran, solo que parecían oscuros y penetrantes.
Pero ahora los aprecio con claridad; son del azul
más profundo que he visto en mi vida. Me taladran
como el acero y me dejan sin aliento.
—Es un diseño muy bueno. ¿De dónde lo has
sacado?
—Lo hice yo —respondo. El corazón se me
hincha de orgullo y levita dentro de mi caja
torácica.
Durante un instante, veo apreciación en su
expresión, pero desaparece cuando comienza a
disparar más preguntas.
—¿Está a escala? ¿Son estos los colores que
te gustaría utilizar? —se interesa mientras regresa
al brillante mostrador—. Por cierto, me llamo
Hemi.
«Hemi».
¡Qué nombre tan raro!
—¿Hemi? ¿No es una parte de un motor? —
recuerdo bruscamente.
Cuando se gira hacia mí, me da la impresión
de que he vuelto a decir algo que le divierte.
—Algo así.
«Hemi. Como un gran motor. Tiene sentido.
Parece rápido…
y poderoso».
—Yo me llamo Sloane. Y sí, el dibujo está a
escala y posee los colores que me gustaría utilizar.
Hemi asiente de nuevo mientras se coloca
detrás del mostrador, inclinándose para coger unos
papeles.
—¿Dónde lo quieres?
No sé por qué me sonrojo de nuevo, pero así
es.
—Mmm… Me gustaría tener la concha de
ostra entreabierta en la cadera derecha, hacia la
espalda, y las mariposas que salen de ella volando
hacia delante. Como si me rodearan.
Sigue asintiendo, pero ahora con el ceño
fruncido.
—Mmm… —murmura—. Completa los
formularios y luego retomamos el tema y te echo
un vistazo. Ahora mismo no estoy trabajando con
nadie más.
—De… de acuerdo.
Hemi me explica que estoy firmando un
documento con el que doy mi consentimiento para
que me haga el tatuaje. Es su manera de decir
«Oye, si meto la pata, te jodes. Tienes más de
dieciocho años y me has dado permiso para
marcar tu cuerpo de forma permanente. Si no te
gusta, ajo y agua. Gracias, y que tengas un buen
día». Pero, aun así, no dudo en firmarlos. Sé lo
que estoy haciendo. Puede que me estremeciera
cuando traspasé el umbral para entrar, pero ahora,
después de conocer a Hemi, sé que estoy en
buenas manos. Unas cálidas manos capaces.
O quizá solo esté deslumbrada.
De cualquier forma, firmo los papeles con
rapidez. Estoy deseando llegar a la parte siguiente.
Deslizo los documentos hacia Hemi por
encima del mostrador y suelto el bolígrafo. Él los
toma y los baraja para ordenarlos antes de
colocarlos a un lado, alzando la vista para
mirarme.
—¿Preparada? —pregunta. Aunque él no lo
sepa, esa cuestión tiene mucho más significado del
que parece. No solo estoy preparada para hacerme
un tatuaje.
Y lo mismo ocurre con la respuesta de una
sola sílaba.
—Sí —afirmo con énfasis.
Él señala con la cabeza la puerta por la que
ha aparecido.
—Entonces, vamos allá.
Se dirige hacia la habitación de al lado y
vuelvo a coger la mano de Sarah. Encuentro cierta
resistencia.
—¡Oh, no! ¡De eso nada! No me vas arrastrar
contigo en esto. Estoy segura de que si estoy ahí
dentro me desmayaré.
—¿Qué? Soy yo la que va a sufrir ese millón
de pinchazos. ¿Por qué vas a desmayarte tú?
—Por empatía. Por eso.
Ladeo la cabeza.
—Sarah, no seas idiota. Quiero que estés
conmigo mientras me lo hacen.
Ella se zafa de mis manos.
—Te quiero, Sloane, pero este lugar es,
seguramente, el sitio idóneo para pescar una
hepatitis. Es posible que tú la pilles, pero a mí no
me va a ocurrir. Si me desmayo, no voy a caer
sobre la sangre de otra persona. Así que gracias,
pero no.
—Sarah, no hay sangre en el suelo. Eso no
pasa.
—¿Cómo puedes saberlo? Esta es la primera
tienda de tatuajes en la que entras. ¿O habías
estado en otra?
—¿Y? Mira a tu alrededor. Está impecable.
Incluso huele a limpio, y sabes tan bien como yo
que no es tan fácil conseguirlo con todos los
borrachos y gente maloliente que sin duda viene
por aquí.
—Estás dándome la razón. Así que no. De
ninguna manera —se empecina—. Te esperaré…
—añade, alejándose en dirección a una de las
sillas de barras cromadas y cuero que se alinean
en una pequeña sección de espera junto a la pared
— por ahí.
—Bien. Piérdete este momento significativo
de mi vida. No pasa nada. Todavía te quiero.
Con un suspiro tan hondo como puedo, me
dirijo hacia la puerta. Hemi ya ha desaparecido en
la habitación de al lado, así que camino lentamente
hacia allí.
Escucho un gruñido de frustración a mi
espalda.
—Está bien. —Las palabras son seguidas por
los resonantes pasos de las plataformas que calza,
cuando se dirige hacia mí—. Que sepas que si me
desmayo y pillo cualquier cosa, te tocará pagar
todos los gastos médicos y cualquier cirugía
plástica que sea necesaria.
Sonrío de oreja a oreja y enlazo mi brazo con
el de ella cuando se detiene a mi lado.
—No dejaré que caigas de narices al suelo.
Te lo prometo.
—Tú no haces promesas, nunca las haces —
me dice, mirándome con cierto escepticismo al
entrar en la trastienda.
—No, no hago promesas que no puedo
cumplir, pero esta sí puedo cumplirla.
Nos detenemos y miramos a nuestro
alrededor. Hay otras dos personas haciéndose
tatuajes y nos están mirando. No parece como si
estuvieran siendo torturados. De hecho, uno
aparenta estar medio dormido… O borracho. De
cualquier forma, me hace sentir un poco más
tranquila con respecto al dolor, a pesar de los
papeles que acabo de firmar.
Sarah y yo seguimos adelante y cruzamos la
habitación. La luz proveniente del techo sigue
siendo escasa, pero está dirigida estratégicamente
hacia las tres sillas reclinables en las que se hacen
los tatuajes. Eso hace que en el resto del espacio
reine una atmósfera tenue e íntima.
Camino hacia Hemi, que aguarda junto a un
pequeño cubículo en la pared del fondo. Está
ocupado buscando algo en un pequeño armario que
tiene un espejo encima y un carrito al lado, así
como una silla para tatuar vacía.
Me dispongo a subirme a ella, pero él me
detiene.
—Espera un momento. Dime dónde deseas
exactamente la concha de la ostra antes de sentarte.
Dependiendo del lugar, vas a tener que ponerte
boca abajo o de lado.
Con una creciente sensación de calor en la
cara una vez más, giro mi cadera derecha hacia
Hemi y señalo el punto exacto donde quiero que
tatúe la ostra.
Él se inclina hacia mí y me levanta el
dobladillo de la camiseta para, a continuación,
deslizar los dedos por mi

Web del Autor

Clic Aqui Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------