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Collar negro, collar blanco – Oliver Bisset

Collar negro, collar blanco – Oliver Bisset

Collar negro, collar blanco – Oliver Bisset

Descargar libro En PDF Al entrar en la cafetería Álex todavía tenía en su mano la tarjeta, sin saber muy bien cuál era su propósito ni a qué se referían aquellas dos palabras. En cualquier caso
resultaba difícil resistirse a un misterio así. Decidió intentar resolverlo más tarde.
El Caramel & Cream era una cafetería de moda, situada en uno de los barrios más exclusivos de la ciudad. Sus amplios ventanales daban a dos de las principales
avenidas y su clientela variaba desde los operadores de bolsa de la mañana hasta los diseñadores y jóvenes de aspecto alternativo de bien entrada la tarde. Aunque no se
trataba de un local temático, contaba con una zona de reservados destinada a aquellos Amos que decidían hacerse acompañar de sus sumisos. Más aún, algunos de los
camareros llevaban collares blancos y se les permitía acceder a las peticiones de los clientes, siempre y cuando fuesen discretos. Álex se sonrojó al darse cuenta de que
esa norma también se le aplicaba ahora a él.
Tras ponerse el delantal negro fue directo a la barra. Para su sorpresa, encontró allí a una cara conocida.
—Hola, Elise —dijo Álex, saludando a la joven, amiga y compañera de clase—. ¿Cómo estás? No esperaba verte aquí.
—Bien… bueno, nunca había venido a verte al trabajo y hoy al fin me he decidido —respondió ella acomodando su largo pelo liso tras la oreja con nerviosismo.
—Espero que te guste el Caramel. Pide lo que quieras.
—Seguro que sí. La verdad es que todo tiene tan buena pinta… ¿qué me recomiendas?
—Un capuchino moca, es una de nuestras especialidades —dijo Álex sin dudar—, y la tarta de queso.
—¿No será demasiado? —replicó ella, riendo.
—Si no puedes con todo, yo te ayudo —dijo él, guiñándole un ojo.
La chica no respondió, sonriendo simplemente con una pizca de color en sus pálidas mejillas. Álex preparó el café y cortó un generoso trozo de tarta, colocando
dos tenedores en el plato. Al ver la porción, ella abrió mucho los ojos, haciendo el amago de negar con la cabeza.
—No se lo digas a nadie —dijo Álex, tomando uno de los tenedores y pinchando un trozo. En realidad no había ninguna norma que impidiese a los camareros
comer algo si lo deseaban.
—Será nuestro secreto —respondió Elise con gesto cómplice. Probó un sorbo del café e hizo un gesto apreciativo.
—¿Te gusta?
—Está muy bueno. Con esto ya tengo azúcar para toda la semana —dijo ella.
—Un poco de dulce siempre viene bien.
—Eso es cierto. Álex, ¿puedo hacerte una pregunta sobre…? —la mirada de Elise se dirigió a su collar.
—Claro, lo que quieras.
Elise se acomodó en el taburete, inclinándose hacia delante como buscando algo más de intimidad. Habló en voz baja, mirando fijamente a Álex.

Collar negro, collar blanco – Oliver Bisset

—¿Ya has…? —comenzó—. Quiero decir si ya ha habido alguien.
—¿Si ya me he entregado a alguien? —la ayudó Álex, en el mismo tono confidencial. La intimidad de la pregunta le cogió un poco por sorpresa, pero sólo duró
unos segundos. Elise era una buena amiga y si había alguien con quien pudiese sentirse cómodo para hablar de aquello, era ella.
—Sí…
—No, aún no.
—¿Por qué?
Era una buena pregunta y Álex tardó en responderla. Por su cabeza desfilaron muchos de sus propios argumentos, repasados hasta la saciedad durante los últimos
días. No haber encontrado a la persona adecuada, sentirse poco preparado todavía, temor a decepcionar a su futuro Amo. Miedo e inseguridad, en definitiva.
—No he conocido a nadie con quien me sienta cómodo —resumió, sabiendo que era una verdad a medias, pero al menos una verdad.
Tras unos segundos de silencio, como tomando fuerzas para hacerle una pregunta aún más difícil, Elise continuó.
—Cuando la encuentres, a esa persona adecuada, ¿será para siempre?
—No lo sé —dijo Álex con aturdida sinceridad—, he pensado en ello, pero no sé si es lo que quiero. Tendría que ser alguien muy especial.
—¿Sin importar si es hombre o mujer? —dijo Elise, mirándole fijamente.
Álex sabía por qué lo preguntaba. Cuando un chico se hacía sumiso era habitual que antes o después acabase teniendo Amos masculinos y se especulase sobre su
sexualidad. El otro tema subyacente, que le sorprendió pero quizá algo menos, fue el evidente interés de Elise por él. Nunca se había planteado nada con su amiga,
aunque la sumisión era un tipo de relación muy diferente. ¿Sería ella consciente de eso?
—No tendría problema —respondió Álex sonriendo—, la persona adecuada lo será independientemente de su sexo.
Elise pareció a la vez aliviada y preocupada. Su respuesta no la descartaba pero también ponía sobre la mesa la posibilidad de que Álex estuviese abierto a
relaciones con hombres y por tanto a más competencia. La joven frunció el ceño un segundo y luego pareció relajarse. Tomó un sorbo de su café, acunándolo entre sus
manos para calentarlas y después persiguió un pedazo de tarta con su tenedor. Continuaron con algo de charla insustancial hasta que finalmente ella se puso en pie
cogiendo su abrigo.
—Debo irme ya —dijo, cortando toda posibilidad de que Álex indagase sobre el porqué de su curiosidad. El motivo quedaba así como un rumor de fondo que
ambos prefirieron ignorar.
—Vuelve cuando quieras, me encantará tenerte por aquí —dijo él.
La joven asintió e hizo un último gesto de despedida antes de encaminarse hacia la puerta. Su visita había hecho resurgir en Álex cuestiones que hasta entonces
había dejado a un lado. No solo a quién se entregaría, sino si llegaría un momento en el que sería definitivo y adoptaría el collar negro, como el que llevaba Colette. El
collar que le marcaría como propiedad de una sola persona. Por ahora ese pensamiento le resultaba demasiado lejano, casi abrumador. Primero tendría que hacer algo más
sencillo y entregarse a alguien como sumiso de collar blanco, se dijo a sí mismo.
Mientras limpiaba la barra de manera mecánica, observó a los otros camareros con collar. Antes que ellos había habido otros y la tónica habitual cuando cambiaban
de color era que dejasen de trabajar allí para comenzar nuevas vidas junto a sus Amos. Juntos para siempre. La idea le sedujo y le asustó a partes iguales.
III
Álex se detuvo frente a la puerta roja sin distintivos en medio del callejón. La tarjeta que le había dado el hombre del Mercedes no dejaba lugar a dudas, aquella era la
dirección. Sin embargo no había letreros que indicasen la presencia de ningún club y aquel pasadizo estrecho entre los altos edificios del centro no parecía el mejor sitio
para un local de moda. Se aproximó y creyó escuchar el ligero rumor de la música, tan lejano como si llegase desde el fondo del mar. Apoyó la mano en la madera y en
ese momento se abrió una mirilla circular, oculta hasta entonces.
—¿Tiene invitación? —dijo una voz ronca.
Tras unos instantes de duda Álex enseñó la tarjeta con timidez. El ojo le escrutó, yendo de la cartulina granate hasta su rostro. Aunque su invisible interlocutor no
mostraba ningún detalle de sus facciones, pudo imaginarse la severidad de su cara en esos momentos.
—Enseñe su collar, por favor —dijo la voz.
Álex sintió una punzada de orgullo al apartar las solapas de su abrigo y mostrar la banda de cuero ceñida a su cuello. Tras una nueva sesión de escrutinio, se
escucharon varios cerrojos rechinando y la puerta se abrió. El retumbar de la música se hizo más patente. El hombre tras la puerta cumplía el prototipo de guardia de
seguridad, con sus hombros anchos, su pelo rapado y su auricular en el oído. Le hizo una seña para que pasase.
El interior estaba iluminado en rojo y tras unas cortinas Álex pudo ver una escalera que descendía. Las paredes estaban decoradas con imágenes en blanco y negro
de personas en la pista de baile, en las mesas o en la barra. Muchas de ellas llevaban collares y su actitud iba desde la humilde seriedad hasta la total desinhibición. Al
bajar el último tramo de escalones terminó en un espacio abarrotado tanto física como sonoramente. El volumen era tal que la música resonaba por todo su cuerpo.
En el local se apiñaban cientos de personas, moviéndose al ritmo que marcaba el DJ, aislado en una pecera en una esquina. En la barra los camareros trabajaban
frenéticamente por atender todos los pedidos. Aquellos clientes que no bailaban estaban repartidos en los reservados distribuidos a lo largo del recinto, intentando
hacerse oír sobre la melodía, bebiendo, riendo o entregados a actividades más placenteras. No parecía haber ni una sombra de pudor en aquel lugar. Por algo se llamaba el
Rojo Oscuro, pensó.
Una mujer se acercó a él con una copa en la mano.
—¿Te has perdido, gatito? —le dijo, colgándose de su brazo y mirándole con ojos brillantes, ya fuese por el alcohol o por algún estimulante más potente—. ¿Te
vienes conmigo?
—No, yo no… —comenzó Álex, turbado.
—Venga, no te hagas el remolón —insistió ella, pasando un dedo por la argolla de su collar y tirando de ella para arrastrarle hacia un grupo de chicas que
observaban divertidas la escena—. Sé un gatito bueno y te daremos un premio.
—De veras que no puedo, estoy buscando a un amigo —la sensación de ser controlado a través del collar le provocó a Álex un torrente de emociones, pero aun así
sabía que no estaba interesado en convertirse en carne fresca para aquellas mujeres.
—Jessica, no te aproveches de los nuevos —dijo una voz tras ellos. Se trataba del hombre del Mercedes, el que le había entregado la tarjeta.
—No seas aguafiestas, Nick —dijo la aludida con un mohín de disgusto, soltando su presa—. ¿Es de los tuyos?
—Es mi invitado —respondió el hombre, poniéndose a su altura. Vestía con la misma elegancia que la primera vez. Se interpuso entre la mujer y Álex, tomándole
del brazo para llevárselo de allí.
—Siempre te quedas con los mejores —se quejó ella en la distancia.
El hombre llamado Nick le condujo hasta una puerta custodiada por otro fornido guardia de seguridad, que les dejó pasar sin pedirles ningún tipo de identificación.
El espacio al otro lado era una versión reducida y más tranquila del local donde acababan de estar. Aunque compartía rasgos como la pista de baile, la barra o los
reservados, el volumen de la música era mucho menor, lo que facilitaba el ser escuchado. Nick le guió hasta un reservado e hizo una seña para que se sentase frente a él.
—Me alegro de que te hayas decidido a venir —dijo sonriendo—. ¿Qué te apetece tomar?
—Un zumo de naranja —dijo Álex tras un titubeo. No bebía, y se quedó dudando sobre si aquello sería allí un punto a su favor o en su contra.
—Qué chico más sano —dijo su anfitrión, divertido—. Eso está bien. Para mí lo de siempre.
El camarero que se había acercado discretamente partió con rapidez hacia la barra. Al cabo de un rato regresó con una copa de una bebida transparente y un zumo
recién exprimido.
—Lamento lo de antes. Algunas de nuestras invitadas son un poco… agresivas, por decirlo así.
—No tiene importancia. Es culpa mía, debe ser tan evidente que soy nuevo aquí…
—Un poco sí, la verdad —dijo Nick riendo—. Pero no te preocupes, todos llegáis con la misma cara de cervatillo asustado.
—No sé si eso me consuela —replicó Álex, riendo a su vez y notando cómo se relajaba poco a poco.
—No es algo de lo que avergonzarse. Lo único que uno debe lamentar es no tener ganas de aprender.
—¿También hay quien llega así?
—Por desgracia sí —Nick hizo una mueca de desencanto, como si la idea le resultase especialmente desagradable—. Éste es un camino fácil para algunos. Se ponen
el collar, eligen un mentor y viven de la forma más fácil posible, sin preocuparse de lo que significa realmente la sumisión.
Colette le había hablado de los mentores. De hecho le había preguntado si deseaba tener uno. Un mentor era alguien que paga el collar del sumiso y le instruía en las
costumbres y las maneras de su posición. Aunque no era obligatorio, se esperaba que a cambio el mentor fuese el primer Amo del sumiso. A menudo era también el
último, ya que muchos decidían cambiar el collar blanco por el negro tras un tiempo en la relación. Álex había declinado la oferta. Para él era importante poder elegir. No
deseaba sentirse atado o en deuda con otra persona, sobre todo cuando acababa de decidir dar un giro a su vida.
—¿Eres el dueño de este club? —preguntó Álex, aunque lo que realmente rondaba su mente era si Nick sería un Amo. Era una suposición lógica, viendo la pasión
con la que hablaba del tema.
—Soy uno de los socios —respondió—. ¿Qué te parece por ahora?
—Es… ruidoso. ¿Siempre hay tantos sumisos?
—El Rojo Oscuro es uno de los locales más populares entre los que llevan collar —dijo Nick, asintiendo—. También entre los Amos, por supuesto, o los que
aspiran a serlo.
—¿Tú lo eres? —se aventuró a decir Álex, incapaz de refrenar su curiosidad.
—Estuve bastante activo hace tiempo. Ahora me mantengo en este mundo pero ya no ejerzo, salvo excepciones puntuales.
—¿Por qué lo dejaste? —a Álex, que acababa de empezar en aquella práctica, le resultaba difícil imaginar un motivo para ello.
—Digamos que es difícil dar con alguien con quien merezca la pena compartir esta forma de vida —respondió Nick con un gesto repentinamente serio—. Después
de un tiempo dejé de intentarlo.
Una ligera sensación de decepción recorrió a Álex. No se había hecho ilusiones, sabía que era casi imposible que el primer desconocido que se topase en la calle
fuese un Amo, uno que resultase tal y como él deseaba, pero aún así su mente había volado mucho desde su encuentro de esa mañana. Quizá porque Nick parecía
agradable y educado, muy diferente de los pretendientes a veces bruscos, otras demasiado ansiosos, con los que se topaba de camino al trabajo.
—Ahora sólo me dedico a rescatar cervatillos de esas hienas —bromeó Nick haciendo una seña con la cabeza hacia la zona donde habían quedado las mujeres.
—Te lo agradezco, de verdad.
—Es un placer. Además es cierto que eres mi invitado —Nick alzó la copa.
—¿Por qué me paraste en la calle? —preguntó Álex tras unirse al brindis y tomar un sorbo de la suya.
—Como te dije, tengo cierto talento para descubrir a los nuevos —respondió el hombre—. Ya no ejerzo como Amo, pero me gusta hacer lo posible por encaminar
a los sumisos en la dirección correcta, responder a sus preguntas, en definitiva ayudarles en lo que pueda.
—Hacer de mentor —resumió Álex.
—No me interesa ese título. Prefiero verme como un amigo, alguien con quien contar.
Resultaba difícil que alguien realizase esa labor sin obtener nada a cambio, pero también era evidente que Nick no necesitaba ninguna artimaña para tener sumisos a
su disposición. Era un hombre rico, atractivo y con experiencia. Seguro que con solo desearlo podría haber tenido en el lugar de Álex a un candidato más predispuesto a
entregarse.
—Amigos entonces —dijo él al fin—. Está bien.
—Perfecto. Dime, ¿qué tal tu experiencia como sumiso? ¿Cuánto tiempo llevas con el collar?
—Dos semanas —respondió Álex.
—Es cierto que eres un novato —rió Nick—. Has elegido bien el color, el blanco es el adecuado para empezar. ¿Tienes algún Amo recurrente o por ahora vas
tanteando?
—La verdad es que no me he entregado a nadie aún —dijo Álex, azorado.
—¿Y no tienes ganas? —preguntó Nick, sin demostrar la sorpresa que Álex esperaba ante su revelación.
—Sí, bastantes, pero me gustaría esperar a la persona adecuada.
Nick asintió, pensativo, y después habló mirándole a los ojos, como si le confiase un importante secreto.
—Entiendo que la primera vez es difícil, pero debes pensar que ahora estás en una posición privilegiada. Eres libre de experimentar, nadie te hará reproches, así que
aprovéchalo. No encontrarás a nadie si no te abres al mundo y a todo lo que ofrece. En este juego no vale sólo con conocer las reglas, hay que practicar.
—Yo… tengo miedo de no hacerlo bien —se sinceró Álex, casi sin pretenderlo.
—Deja que la responsabilidad de enseñarte recaiga sobre ellos al principio. Al fin y al cabo esos Amos que se te ofrecen deben demostrar que lo son, ¿no? —Nick
le guiñó un ojo con complicidad.
—Supongo que sí. Lo haré.
—¿Por qué no ahora?
—¿Ahora? —Álex dio un respingo, repentinamente atemorizado por la posibilidad.
—Sí, ahora. El club está lleno de Amos, estoy seguro de que alguno te resultará interesante.
—Pero yo no…
—Mira Álex, si estás aquí es por algo —los ojos de Nick relampaguearon—. Deja a un lado el miedo y recuerda por qué decidiste ponerte el collar.
La autoritaria voz del hombre hizo que Álex se irguiese en su sitio. Sabía que tenía razón y deseaba hacerle caso, pero las piernas le pesaban como si fuesen de
plomo. El corazón le latía acelerado. Ni siquiera sabía cómo ponerse en marcha y llevar a la práctica aquella resolución, si es que la había tomado.
—Levántate —le ordenó Nick—, cruza esa puerta y no regreses hasta que tengas algo que contarme. No te molestes en volver de vacío, no me interesará saber
nada de ti. No quiero más decepciones. ¿Lo has entendido?
Álex asintió y se puso en pie como impulsado por un resorte. Caminó hacia la puerta que separaba las dos zonas del club como si estuviese en un sueño. No
volvió la vista atrás, aunque supuso que Nick no estaba siguiéndole con la mirada. Ahora estaba solo. La incertidumbre y las dudas dieron paso a una sensación extraña.
Cuando la música de baile le golpeó, se dio cuenta de que era la primera vez que obedecía a alguien. Era agradable y liberador. Tenía un propósito y no fallaría.
En el club la marea humana seguía invadiendo la pista. Recorrió con la mirada el laberinto de personas allí congregadas, pero en la penumbra, con la única ayuda de
los fogonazos de los haces de colores, era difícil distinguir unos cuerpos de otros. Si había algún Amo, no lo veía. Varado junto a la barra, se preguntó si su misión había
fracasado antes de empezar. En ese momento un hombre se puso junto a él. Rondaría la treintena y vestía con unos vaqueros desgastados y una camisa blanca. Un
aspecto informal que parecía un poco fuera de lugar.
—Hola, me llamo François. Discúlpame si soy demasiado directo, ¿eres sumiso? —dijo señalando con una ligera inclinación de cabeza al collar.
Álex asintió pero no dijo nada, recordando las palabras de Nick y dejando que el hombre llevase la iniciativa.
—Verás, yo nunca… es decir, me gustaría… —la frustración se reflejó en su rostro y frunció el ceño.
De repente, como presa de un súbito impulso, tomó a Álex de la mano y le arrastró entre la gente. Sorprendido, se dejó llevar. Le costaba reconocerlo, pero aquel
arranque le resultaba más excitante que cualquier presentación. Sabía que todo acabaría si se negaba a seguir al desconocido, pero no tenía intención de hacerlo.
François le llevó hasta el otro extremo del recinto, más allá de los reservados. Cruzaron una puerta negra y llegaron a una bifurcación. Dos pasillos se internaban en
la oscuridad, los dibujos en la pared los identificaban como la entrada de los baños de hombres y de mujeres, respectivamente. El tercero, más corto, parecía una zona
reservada a los empleados. El hombre entró con él en ese, doblando una esquina. Era un espacio pequeño que terminaba en un pequeño armario, quizá el de los útiles de
limpieza. Álex alzó la vista. La zona era íntima y resguardada de las cámaras.
—De rodillas —dijo el hombre con voz firme.
Álex obedeció y en un primer momento sostuvo su mirada, hasta que recordó lo que le había enseñado Colette. No debía mirar a un Amo directamente a los ojos.
Juntó las manos y bajó la cabeza en señal de sumisión. El hombre pasó su mano bajo su barbilla e hizo que la alzase de nuevo. Cuando sus ojos se encontraron, sonreía.
—Ahora vas a ser un buen perrito y obedecerme en todo, ¿verdad?
—Sí, mi Amo —respondió Álex, disfrutando del sabor que dejaban aquellas dos últimas palabras en su boca.
—Así me gusta. Entonces compláceme, pero no dejes de mirarme mientras lo haces, ¿entendido?
—Así lo haré, mi Amo.
La mirada del hombre fue a un punto inequívoco entre sus piernas y Álex supo lo que deseaba que hiciese. Sus manos subieron hacia la cremallera del pantalón. Le
habría gustado tener tiempo y un lugar mejor para hacer aquello. Se habría entretenido desnudándole y jugando con su lengua sobre su piel, pero tenía la impresión de
que su Amo deseaba una satisfacción más rápida y directa. Bajó la cremallera y antes de meter la mano por el agujero tanteó el evidente bulto en el interior del pantalón.
El hombre suspiró y ese sonido incitó a Álex aún más. Deslizó los dedos recorrió toda la longitud del miembro, aún cubierto por la ropa interior. Alzó la vista y se
encontró con la mirada de aprobación de su Amo.
Álex tiró del elástico del calzoncillo y liberó el pene ya erecto, que se presentó ante él brillante y con las venas marcadas sobre su superficie. La cabeza ancha y de
un color rojo oscuro asomaba ligeramente de la tirante piel. Calibró el grosor del miembro colocando su mano alrededor del tronco mientras usaba la otra para liberar los
testículos y sopesarlos. Se sonrojó de excitación y notó su propia erección presionando en sus pantalones. Descubrió el glande y comenzó a acariciar aquella extensión
pulsante y seductora.
Reprimió el impulso de llevarlo a su boca. Colette le había enseñado que era mejor prolongar el momento, no demasiado, pero sí lo suficiente como para que su
Amo llegase a ese momento en el punto álgido de su deseo. También le había dicho lo importante que era mantener el contacto visual de cuando en cuando, no sólo para
corroborar que estaba haciendo lo que él deseaba, sino porque a la mayoría le resultaba tremendamente erótico.
Dejó caer un hilo de saliva sobre la punta del pene y lo extendió por toda su longitud usando sus manos. La piel se volvió resbaladiza y aún más suave. El
movimiento provocó una respuesta inmediata en el hombre, que jadeó y la acompañó ligeramente con su propio vaivén. De cuando en cuando Álex pasaba la lengua por
la base del miembro o besaba los testículos, arrancando nuevos gemidos a su Amo.
Finalmente la espera fue demasiado y François sujetó la cabeza de Álex, guiando con rapidez su polla entre sus labios. Con una estocada firme y decidida, la
introdujo dentro de su caliente y húmeda abertura, primero hasta la mitad, y luego un centímetro tras otro. El muchacho se esforzó por tomarla al completo y contener
los espasmos reflejos de su garganta. Dudaba de que pudiese tragarla toda, pero lo intentó a pesar de todo. El ritmo se aceleró y se preparó para recibir la descarga de
semen, pero ésta no se produjo.
Su Amo, al menos por aquella noche, sacó su pene brillante y cubierto de baba de la boca de Álex y sonrió mientras observaba su rostro sofocado.
—Lo haces muy bien, perrito —dijo.
—Gracias, mi Amo —respondió Álex aún tomando aire.
—Ahora ponte de pie y date la vuelta. Muéstrame ese culito tuyo.
Aquellas palabras le hicieron estremecerse, pero se incorporó y disimuló lo mejor que pudo. Había temido el momento de su primera vez, pero también había
asumido que tendría que llegar antes o después. Colette se había reído de su aprensión, dándole algunos consejos, que básicamente se resumían en que se entrenase por
su cuenta en casa y que usase sus artes para proporcionar una experiencia placentera a su Amo… y lo menos dolorosa posible para él. Con aquello en mente, buscó en
su bolsillo y sacó un preservativo.
Su Amo no se inmutó, algo que le alegró. Le habría decepcionado tener que usar su palabra de seguridad si se negaba a usar el condón. Abrió el pequeño sobre
rasgando una esquina y comenzó a acariciar de nuevo la polla del hombre. Su saliva la había dejado manejable y el látex se deslizó sobre ella sin esfuerzo. Acompañó los
movimientos con caricias que provocaron un nuevo gruñido apreciativo de su acompañante. Antes de terminar sacó otro pequeño sobre, casi del mismo aspecto y
tamaño que el del preservativo, pero esta vez lleno de lubricante. Dejó caer el líquido entre sus dedos y cubrió el miembro con él de forma generosa, lanzando miradas
sugerentes mientras lo hacía. No tenía que fingir excitación, era evidente que la sentía y su pareja parecía encantada por ello.
Con gesto tímido, abrió su pantalón y se volvió mientras lo bajaba ligeramente hasta revelar la curva de su espalda y el comienzo de sus nalgas. Su Amo
permaneció inmóvil y él continuó, descubriendo su culo duro y bien formado. Miró por encima de su hombro, mordiéndose el labio a modo de invitación. François le
sujetó por las caderas y se pegó a él, sin penetrarle todavía, únicamente sintiendo el joven cuerpo contra el suyo. Su miembro rozó entre las piernas de Álex y él
aprovechó para bajar una mano y acariciarlo, impregnándose del lubricante. Llevó sus dedos a su culo y lo esparció con cuidado, separando las piernas y moviéndose
arriba y abajo contra el hombre.
François pasó sus dedos por su entrada, que Álex se esforzó por relajar. El contacto con el hombre hacía que su propia erección latiese y casi resultase dolorosa.
Gimió al notar cómo su Amo sustituía sus dedos por la punta de su pene, trazando círculos y empujando levemente, como si le probase. Maniobró con el grueso glande
hasta que logró introducirlo casi en su totalidad. El culo de Álex se dilató recibiéndolo y contuvo un pequeño grito. Rebasada esa primera barrera, el resto del pene entró
progresivamente, ayudado por las firmes manos que le atraían sin cesar. Se sentía lleno por primera vez, más lleno que nunca. Y eso era solo el principio.
—¿Es tu primera vez? —dijo François con cierta sorpresa.
—S… sí —jadeó Álex ligeramente avergonzado.
—No te preocupes, seré delicado.
Fiel a sus palabras, su Amo mantuvo un ritmo lento pero firme, dando tiempo a sus músculos a que se acostumbrasen. El pulso de aquel miembro en su interior
volvía loco de deseo a Álex, más de lo que habría podido imaginar. Con un movimiento más, la polla de François se enterró en él totalmente, haciéndole arañar la pared
de desesperación y placer. Su reacción pareció satisfacer al hombre, que comenzó a sacarla, con lentitud y casi por completo, para repetir el proceso a continuación. El
segundo envite fue más rápido pero causó el mismo efecto en el chico. El ritmo fue acelerándose y la presa sobre su cuerpo se afianzó.
Tras unos instantes Álex recuperó la compostura y se esforzó por colaborar con François, levantando su culo y acompañando sus movimientos con su propia
cintura. Su Amo azotó una de sus nalgas y después le agarró posesivamente del pelo, haciendo que su espalda se arquease. Inclinándose sobre él, acalló los suspiros de
Álex con un beso profundo y húmedo. Su lengua imitó el movimiento de su pene en su interior de una forma provocadora y lasciva.
En el reducido espacio sólo se escuchaban los sonidos de sus cuerpos chocando y los ahogados gemidos que delataban su pasión. Con un gruñido ronco François se
tensó finalmente y Álex notó las contracciones de la polla de su Amo en su interior. Se abandonó a la sensación y ambos quedaron abrazados, apoyados contra la pared.
IV
El inspector Holden caminó hacia su mesa con un grueso fajo de informes bajo el brazo. El trabajo se le acumulaba. Entró en su oficina, dejó los documentos sobre una
pila ya enorme de papeles y dio un par de bocados rápidos a un sándwich que yacía abandonado junto a su ordenador desde primera hora de la mañana. Hasta que no se
sentó y se encaró con su ordenador no se dio cuenta de que estaba acompañado. El muchacho, que rondaría la veintena, le observaba con curiosidad. Los ojos del
inspector se fueron inmediatamente al collar de cuero blanco que adornaba su cuello. Así que era uno de esos.
—¿En qué puedo ayudarle? —dijo forzando una sonrisa. Estaba demasiado ocupado como para atender a nadie. El muchacho debía haber sido muy persuasivo
para que le dejasen llegar hasta allí.
—Me han dicho que hable con usted. Lleva el caso de la desaparición de un amigo, Mark Renton.
—Llevo muchos casos y tengo poco tiempo —dijo tratando de cortar de raíz la conversación. El recién llegado no pareció amilanarse.
—Tiene dieciocho años, trabajaba conmigo en Caramel & Cream, la cafetería de la calle Quinta. Le vieron por última vez saliendo de allí con un hombre mayor —
repitió metódicamente el chico del collar.
—Perdón, ¿puede decirme su nombre? —preguntó Holden, viéndose derrotado y abocado a una conversación con el muchacho.
—Álex Valmer —dijo con formalidad.
—¿No ha venido ningún pariente del desaparecido con usted?
—Mark no mantenía contacto con sus padres, que yo sepa. Viven en algún lugar del interior. Sus amigos somos su única familia —el gesto del chico se volvió aún
más serio.
A Holden le dio la sensación de que se trataba de un muchacho centrado y con los pies en la tierra, muy diferente de los portadores de collar había conocido hasta
entonces. En la comisaría los llamaban despectivamente los “perritos”, aunque él prefería no utilizar ese nombre. Tampoco creía en el estereotipo de que eran chicos
aburridos que habían decidido pasar el tiempo convirtiéndose en juguetes sexuales de hombres y mujeres ricos. No alcanzaba a comprender cuál podía ser el motivo para
que se entregasen a juegos de dominación y sumisión, pero respetaba su decisión.
—Muy bien, señor Valmer, soy el inspector Holden.
—Puede llamarme Álex.
—Señor Valmer —continuó Holden evitando la familiaridad—, las investigaciones de desapariciones siguen un procedimiento laborioso, a veces se tardan días o
semanas antes de obtener resultados. Y a veces, aunque sea duro decirlo, no dan ninguno y hay que cerrar el caso.
—Pero ya ha pasado casi un mes —insistió el chico con un matiz de ansiedad en su voz e ignorando la peor de las opciones—. ¿No hay ninguna pista?
El inspector frunció el ceño. Tenía muchos casos pendientes pero le resultaba extraño no haber dedicado al menos un par de días a aquel. Sabía que si se trataba de
otro chico con collar, lo recordaría. Encendió su ordenador y tecleó en busca del informe. Efectivamente, la ficha había llegado a su mesa. Sin embargo, en los registros se
indicaba que había bajado de prioridad por falta de pruebas, pasando a considerarse un “caso frío”. Por propia experiencia Holden sabía que con esa etiqueta sería raro
que el dossier volviese a sus manos o a las de cualquier otro. Como mucho se entregaría a final de año a algún novato del archivo para que ocupase su tiempo cotejando
y poniendo al día los datos de la denuncia. Lo que más le extrañaba era que él no había dado la orden de “enfriarlo”. ¿Quién había decidido en su nombre?
Se puso en pie y rebuscó en los archivadores de metal a su espalda, una reliquia que muchos de los nuevos inspectores se negaban a usar. La informatización era la
excusa perfecta para dedicarle menos atención al papeleo y achacar la pérdida de cualquier documento a “las máquinas” en general. Por suerte él era de la vieja escuela y
quienquiera que hubiese estado en su despacho no se había atrevido a destruir o manipular la copia impresa. Al cabo de un rato localizó la carpeta. La firma que
autorizaba el descenso de categoría era la de su inmediato superior, el capitán Hammond.
—Señor Valmer, hay algunas discrepancias en el informe sobre la desaparición de su amigo

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