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Libro PDF El amante ocasional – María León

El amante ocasional – María León

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. Estábamos
solos.
Nunca mando fotos ni las pido. Me
basta con lo que dicen de ellos mismos,
aunque a veces no corresponde ni por
asomo a la realidad. Para mí supone una
decepción, pero, sobre todo, una
sensación de haber sido engañada.
Carlos me pareció atractivo, de acuerdo
con su descripción. Era alto y fuerte,
casi gordo, sin llegar a serlo. Yo me
quedé en un extremo de la piscina. Él en
el otro. No se acercó a mí para nada.
Hablamos poco y nos miramos mucho.
Entre frase y frase, largos silencios.
Tenía una mirada que no perdía detalle y
una voz suave. No sonrió ni una sola
vez.
Apenas había luz. La penumbra y el
agua caliente me sumían en un estado
placentero que mermaba mi voluntad de
resistir cualquier intento por su parte. El
ambiente era tranquilo, sin la tirantez
que suele haber en los primeros
encuentros. Allí se estaba bien y, a pesar
de que en las miradas había atracción y
provocación, yo no necesitaba acortar
distancias y parecía que él tampoco. O
quería hacérmelo desear…
Solamente, cuando después de un
buen rato y ya casi con la piel arrugada
por el agua decidimos salir, se acercó a
la escalerilla, para darme la mano y
ayudarme a subir. En ese momento, los
cuerpos mojados y calientes se
detuvieron unos segundos a escasos
centímetros, con los ojos de uno
clavados en los del otro. Pero no intentó
nada. Yo tampoco.
Me fui de allí con una mezcla de
curiosidad y ganas de volver a verle.
Pensando que, para ser mi primer ligue
por Internet, había tenido suerte. Al
menos parecía alguien poco
convencional y eso me gustaba.
Quedamos la semana siguiente, en un
apartamento en el centro de la ciudad.
Pasé esos días nerviosa, por un lado
con ganas de probar lo desconocido –
estaba segura, esta vez habría entre
nosotros algo más que miradas–, pero
también con la inquietud que supone el
descubrimiento de alguien del que no
sabes nada y al que vas a entregar la
confianza suficiente para manejar tu
cuerpo desnudo, para ser testigo o,
mejor, desencadenante de tus deseos y
satisfacciones. No le pregunté si estaba
casado, si el apartamento era suyo o era
prestado. No pregunté nada.
Abrió la puerta descalzo, con una
bata de baño negra. Debajo iba desnudo.
Nos miramos, sin movernos, uno a cada
lado de la puerta y una suave excitación
se instaló en mí. Nada más entrar, sentí
un olor a pastelería fresca y a fruta
madura. Me cogió de la mano y me llevó
a un salón en el que había una mesa
grande y redonda en el centro, con
bandejas de pasteles, bombones,
cruasanes, medias noches y toda clase
de alimentos dulces que parecían recién
hechos. También había frutas: melón,
ciruelas, melocotones… Frutas de
temporada y algunas más exóticas, como
atemoyas o guayabas, que yo no conocía
y que, según me explicó, venían de
México. No había ni café, ni leche, ni té,
ni alcohol. Solo zumos.
Me explicó que solo comía lo que se
podía ver en la mesa. Ni carne, ni
pescado ni verduras. Y estaba sano.
Entre las bandejas había unos pañitos
blancos bordados que daban la
sensación de que los detalles estaban
muy cuidados. El resto de la habitación,
era un poco recargada para mi gusto,
pero confortable y luminosa. Me ofreció
de todo. No quise nada.
Me resulta difícil describir mis
sensaciones. La inquietud de los
primeros momentos desapareció y me
sentí segura. Intrigada, porque no sabía
qué iba a pasar a continuación y
sorprendida por semejante recibimiento.
Nos sentamos uno frente al otro, como
en la piscina. Él me miraba a los ojos de
la misma forma, con algo del desafío del
cazador, pero también como si quisiera
aprendérseme de memoria de arriba
abajo. Y de abajo a arriba. Hablamos de
dónde vendían los mejores dulces de la
ciudad y de otras cosas sin interés.
Estaba sentada en un sillón cómodo
y mullido, llevaba un ligero vestido de
verano y unas sandalias de tacón alto.
Casi sin pensarlo, tomé el poder. Puse la
pierna sobre uno de los apoyabrazos y
mi falda subió a la altura de la cintura.
Completamente abierta y con el tanga
incrustado entre los labios mayores, le
encaré con la mirada. Él aceptó el reto.
Se levantó despacio, se acercó a mí,
se abrió la bata, cogió su pene, lo
aproximó a menos de un palmo de mi
boca y, mirando a mi entrepierna, se
empezó a acariciar despacio. Ninguna
intención por su parte de tocarme o de
besarme. Solo se ocupaba de él.
Ninguna por mi parte de acercar mi boca
a su extremidad más acuciante. Mi mano
solo se movió para acariciarme a mí
misma. Deslicé el dedo por mi sonrisa
vertical. Los gemidos se iban haciendo
cada vez más sonoros, hasta que el
orgasmo me vino sin que yo lo buscara
ni lo apremiara. Entonces, él paró el
movimiento de su mano, se apartó un
poco, cerró su bata con el sexo en ristre
y volvió a sentarse en el sillón.
Estaba perpleja. Todo fue muy frío.
No hubo nada cariñoso ni apasionado,
pero había sido muy excitante. ¡Al
menos para mí! Me pregunté por qué
Carlos actuó de semejante forma, como
un hombre objeto, sin ni siquiera
tocarme, sin llegar a eyacular,
manteniendo el sexo cerca de mis
labios, sin pedirme nada, acariciándose
solo para mostrarme su deseo. Me fui
con una gran curiosidad. La suficiente
para querer volver a verle.
En la segunda cita me recibió de la
misma manera, con la bata negra, sin
nada debajo, descalzo. Pero esta vez
esbozó una sonrisa. Me cogió de la
mano, me llevó a la sala de los dulces y
me preguntó si quería alguno. Los había
rellenos de crema, de chocolate y con
distintas mermeladas de frutas. Cogí un
pastel de textura suave. Me dijo que se
llamaba “macaron”, hecho de almendra,
huevo y azúcar. Lo saboreé, dejé que se
deshiciera en mi boca y preparé mis
sentidos para lo que, previsiblemente,
vendría a continuación.
Carlos cogió un pañuelo negro, me
vendó los ojos, me abrazó por detrás y
me condujo despacio por un pasillo. Me
dejé llevar. En el camino, conforme nos
alejábamos del olor a pastelería fresca,
iba sintiendo el suyo y su respiración
tranquila en mi nuca.
En ese corto trayecto me ganó. Me
ganó por su olor. Era un olor a macho
recién duchado, sin aditamentos. Tal vez
se notaba muy ligeramente el perfume
del gel.
Me volví hacia él, me pegué a su
cuerpo y le recorrí aspirando hasta el
fondo. Cuando estuve saciada,
continuamos el camino hasta que
llegamos a lo que supuse una habitación.
Yo, obediente, me dejaba hacer.
Me tumbó despacio sobre la cama,
me subió la falda, me quitó las bragas
regocijándose en la visión y saboreando
el momento, me abrió las piernas y se
apartó de mí. De no haber sido por los
leves ruidos, habría creído que se había
marchado. Pero no, seguía allí, de pie,
al lado de la cama. Escuché un ligero
sonido, como de un batir de alas, cada
vez más apremiante. Su respiración
seguía el mismo ritmo y, poco a poco, se
hacía más evidente a mis oídos. Perpleja
una vez más, pero notando ya las
humedades que aflojaban los músculos
de mi vagina y los latidos de mi vulva,
cual planta carnívora que espera
paciente la presa, me quedé allí, quieta y
expectante.
Pasaron dos o tres minutos y noté
que se tumbaba en la cama. Sentí su
presencia más cercana que nunca, casi
formando parte de mi interior más tibio.
Le di la bienvenida envolviendo su
carne con la mía. Y allí se quedó un
buen rato. Por mi parte, le ofrecí un
homenaje de movimientos pélvicos de
rotación, de traslación, hacia delante,
hacia atrás, acompasados, rítmicos, sin
estridencias, que él agradeció
desbordándose, como pasaba
antiguamente cuando se hervía la leche
en las cocinas de leña.
El inicio de nuestras relaciones
sexuales era el mismo en cada cita, con
pequeñas variaciones. Carlos tenía que
masturbarse antes para conseguir una
erección. Eso a mí me excitaba, me
gustaba mirarle mientras lo hacía y a él
que yo le mirase. Una vez que lo
conseguía, podía estar dentro de mí sin
dar muestra de flojera hasta que le
suplicaba un poco de descanso. Cuando
salíamos de la cama, él me duchaba, me
secaba y me vestía. Me cuidaba como a
una niña.
Casi no hablábamos. Pasábamos el
tiempo en la habitación,
comunicándonos por el tacto y la vista.
A veces traía algunos pasteles y
envolvía partes de mi cuerpo, sobre
todo los pechos y las nalgas, de cremas,
mermeladas, chocolate y nata. A gusto
del consumidor. Y allí desayunaba,
comía o cenaba. Otras veces,
intercambiábamos los papeles y era yo
la que me daba el banquete.
Fui casi feliz durante unos meses.
Me acostumbré a sus ritos, a sus
cuidados, hasta que él empezó a
necesitarme de una forma obsesiva.
Como a los dulces. Me convertí en el
centro de su vida. Lo dejaba todo por
verme y, si alguna semana fallaba, en la
siguiente cita lo encontraba
apesadumbrado y quejoso. Me empezó a
empalagar. Como los

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