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Libro PDF El amo del fuego – Enrique Osuna

El amo del fuego – Enrique Osuna

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mi sorpresa descubrí que lo que parecía un hueco artificial producido por el trabajo de los arqueólogos, en realidad constituía el acceso a una estrecha galería que se
abría camino entre la piedra. La tierra acumulada me hizo suponer que la cavidad había quedado al descubierto por los desprendimientos provocados por las fuertes
lluvias de los últimos días. Sin pensarlo dos veces me adentré en aquel lóbrego pasillo, fantaseando con atravesar el pasadizo que me llevaría a descubrir una gruta llena
de fósiles, el mayor hallazgo de la paleoantropología.
Pero estas ilusiones no tardaron en esfumarse. Mi inopinada expedición se equipaba exclusivamente de precipitación e imprudencia, y así no podía llegar muy lejos.
La oscuridad no amilanó mi determinación de avanzar y no puse especial cuidado en donde pisaba. Apenas hube recorrido cuatro metros cuando el suelo se desplomó y
me deslicé por un pequeño terraplén. Mi torpeza no acabó ahí: cuando quise incorporarme volví a perder el equilibrio. Justo entonces me di cuenta de que estaba a
punto de hacer el ridículo más espantoso de mi vida: no había forma de evitar caer de bruces al agua. Por fortuna, aquella laguna subterránea no tenía más de un metro de
profundidad, así que pude levantarme con facilidad. No quise abrir los ojos. Sabía que mi osadía no daría lugar a un dictamen neutro, que me esperaba el bochorno o la
gloria. Me mantuve inmóvil durante varios segundos, temeroso de que la vista me devolviera a la cruda realidad, hasta que mis párpados notaron el resplandor. Allí
había luz, y eso era incompatible con mis esperanzas. Convencido de lo absurdo que resultaba resistirme a admitir el fiasco de mi aventura, abrí al fin los ojos. Me
hallaba en una cueva, y su belleza era asombrosa. Lamentablemente, una enorme apertura al exterior testimoniaba la imposibilidad de que hubiera permanecido oculta a
la civilización durante miles de años. Mi gozo en un pozo, pensé reconociendo lo bien que se ajustaba el dicho a la situación. Lejos de descubrir un nuevo yacimiento
fosilífero, lo único que había conseguido era colarme en una zona vedada al público y pasar de tener un pie enfangado a estar completamente empapado. No quería ni
imaginar el efecto que originaría mi aspecto en mis queridos acompañantes.
Sin cesar de blasfemar, me afané en salir al encuentro del sol, pues el agua estaba condenadamente helada. No dudé en quitarme la ropa. Me descalcé y coloqué el
pantalón y la camiseta en un pedrusco ubicado justo en el umbral de la gruta. Solo entonces me percaté de que mis desgracias no hacían más que aumentar: era muy
probable que hubiese inutilizado de por vida el teléfono de última generación que días atrás me regalara Elena con ocasión de mi cumpleaños. Lo saqué del bolsillo con
celeridad. Evidenciando un comportamiento rayano en lo enfermizo, martilleé el botón de encendido con frenética insistencia. Pero el aparato no reaccionaba a los
intentos de reanimación. Reconozco que sentí deseos de llorar de impotencia y de rabia, incluso de estrellarlo contra el suelo. Luego me dejé caer abatido y lo deposité
sobre una piedra, confiando su salvación al milagroso poder de los rayos solares.
Parece mentira que ciertos estados extremos de ánimo logren alterar el control que ejercemos sobre nuestro organismo hasta el punto de menguar la capacidad de los
sentidos. En esos instantes de agobio no presté atención al extraordinario cambio meteorológico acaecido en solo unos minutos. La nubosidad había desaparecido y con
ella el calor y la humedad. Ahora lucía un sol radiante y se respiraba un aire mucho más frío, más seco. El aire. ¿Cómo mi olfato no reparó en su penetrante aroma
silvestre? ¿Cómo mis pulmones ignoraron su inconcebible pureza? ¿Qué grado de abstracción alcancé para ver y no mirar, para no entender que la frondosa vegetación
que se abría a mi alrededor era más propia de la Amazonía que de Castilla? Los sentidos me habían abandonado: no olía, no veía, no sentía…
El líder
Permanecí cabizbajo por un tiempo indeterminado, entretenido en lanzar chinarros con una rama a una hilera de hormigas, hasta que me volvió la razón y comprendí que
no ganaba nada con seguir haciendo el bobo y que cuanto antes regresara al grupo y le contara a Elena que acababa de tirar a la basura seiscientos euros, mejor. Bien
mirado, podía valorar el prematuro fenecimiento del móvil como un providencial sacrificio que me libraría de las burlas. No creo que Elena tuviera ganas de pitorreo
cuando le mostrara el difunto.
La idea de salir indemne del percance —el teléfono, si he de ser sincero, no me gustaba— espoleó mis ánimos. Me levanté de un salto y oteé el horizonte intentando
encontrar alguna referencia que me facilitara el retorno, pues prefería no volver a pisar aquel calamitoso agujero. Y entonces divisé algo inesperado. Una sonrisa afloró a
mi rostro: no muy lejos de donde me encontraba caminaba un grupo de figurantes caracterizados al más puro estilo prehistórico. Sin duda, pensé, se dirigían al Parque
Arqueológico para las demostraciones incluidas en el programa. Inmediatamente los llamé sin muestra alguna de pudor por presentarme en paños menores; al fin y al
cabo, ellos tampoco vestían con mucho decoro que digamos. «¡Oops! ¡Eh, australopitecos!», voceé dejando en evidencia mi ignorancia supina en materia evolutiva. Se
quedaron atónitos. Nunca antes observé tal expresión de asombro. Aquella reacción, no obstante, me pareció natural; ¿qué harían ustedes si se encontrasen de repente
con un personaje como yo, blanco como la leche, flacucho y con barba, luciendo como única indumentaria unos gayumbos de los Simpson? De acuerdo, rectifico,
seguramente se troncharían de la risa. Y eso es justo lo que yo esperaba que hicieran una vez se hubiese disipado el aturdimiento derivado del efecto sorpresa. Sin
embargo, a quien le llegó la risa fue a mí: el grupo se cerró en posición defensiva, esgrimiendo las lanzas como para repeler un ataque. «¿Ya comenzó el espectáculo? ¿No
necesitaréis a alguien que haga de Tarzán?», les pregunté entre carcajadas. En solo un momento había recuperado el sentido del humor. Y en solo un momento lo perdí.
Un gruñido ensordecedor estremeció mi cuerpo. Cuando me giré no podía dar crédito a lo que tenía a escasos metros: un oso gigantesco me contemplaba en actitud
hostil.
¿Cómo debía actuar en aquel trance? Sabía que si te ataca un perro, lo mejor es no gritar y mantenerte quieto sin mirar sus ojos. Recordaba de algún documental que
si decides huir por patas ante la presencia de un león, firmas de inmediato tu sentencia de muerte. Por contra, si el agresor es un elefante, tus únicas esperanzas se cifran
en correr como un loco. Pero ¿qué hacer frente a un oso? Por un instante me vino a la memoria la fábula de Samaniego en la que un cazador salva su vida haciéndose
pasar por muerto. Un ardid que se me antojaba sospechoso, pues estos mamíferos no desdeñan la carroña, menos aún un cuerpo caliente con su corazoncito latiendo…
Imaginé la escena en dos versiones: husmeando mi cuerpo para luego largarse y hundiendo las zarpas en mi estómago para devorarme. Pueden adivinar qué resolución
adopté, la misma que con toda seguridad tomaría cualquier persona normal y corriente, la que impulsa el instinto: correr desenfrenadamente, correr, correr y correr.
Me dirigí hacia los que di por empleados del complejo arqueológico. Aunque rudimentarias, al menos ellos tenían armas. Si se batían en retirada, estaba perdido.
Porque el plantígrado me alcanzaría a mí primero, pero no retrocedieron ni un palmo. Sabían de sobra que era imposible escapar corriendo, así que estaban dispuestos a
hacerle frente. Como alma que lleva el diablo alcancé al grupo. «¿Desde cuándo hay osos en Burgos?», fue lo único que se me ocurrió decir. Una pregunta bastante
estúpida, más que nada porque yo mismo había leído en prensa un tiempo atrás que Medio Ambiente había detectado la presencia de un oso en el norte de la provincia,
por vez primera en el último siglo. Al amparo de aquel trío de valientes observé de nuevo al animal. Era un ejemplar realmente descomunal: su longitud podría rondar los
tres metros y su peso no creo que bajara de los quinientos kilos. Se erguía amenazador, seguro de su poderío. No estaba convencido de que cuatro palos pudieran
intimidar a la bestia y no sabía qué hacer, cómo ayudar a mis salvadores. Por un lapso de tiempo que se me hizo eterno la contienda quedó suspendida. El animal parecía
estar calibrando sus posibilidades. Sabíamos que no iba a tardar mucho en comprender que no existía equilibrio en las fuerzas. Nos iba a embestir de un momento a otro
y las consecuencias resultarían trágicas. Los valerosos luchadores no cesaban de dar voces mientras mantenían a raya al oso. Pensé que pretendían con ello espantarlo.
En realidad se desgañitaban pidiendo ayuda. Y la ayuda por fin llegó.
Aparecieron como por arte de magia. Dos individuos de igual pinta que los otros, pero estos llevaban consigo un arma muy poderosa. No, no se trataba de un fusil.
Los refuerzos portaban fuego.
Uno de ellos transportaba un tronco de medio metro de largo y unos quince centímetros de grosor que ardía por uno de los extremos. El otro parecía un arbusto
andante: cargaba una enorme cantidad de matojos y ramas secas de fácil combustión. En un santiamén generaron una hoguera. El oso se vino abajo nada más percibir el
calor. No les supuso ninguna dificultad ahuyentarlo.
Yo contemplaba la escena confundido. Todo había sucedido demasiado rápido. Necesitaba detenerme a reflexionar, poner en orden mis ideas para evaluar con
objetividad los últimos acontecimientos. Un aluvión de preguntas comenzaron a agolparse en mi cabeza: ¿cómo se cuela un oso en un yacimiento arqueológico en plena
temporada turística?, ¿de dónde habían salido esos tipos tan magistralmente disfrazados de cavernícolas?, ¿dónde demonios iban con el fuego?, ¿por qué no
pronunciaban una sola palabra en castellano?, ¿cómo era posible que el terreno que pisaba fuera mil veces más verde y espeso que el que se hallaba al otro lado de la
cueva? A medida que afluían los interrogantes aumentaba mi desconcierto, hasta que una disparatada idea atravesó fugazmente mi cerebro. Era tan absurda como
inverosímil, pero parecía explicarlo todo. Las piezas fueron encajando una a una y la grotesca conjetura fue tomando visos de realidad a la par que el pánico se
apoderaba de todo mi ser. No hubo que esperar mucho para que mi hipótesis quedara confirmada. Tan pronto como el oso dejó de ser un peligro, el grupo fijó su
atención en mí. Uno de ellos se acercó en actitud desafiante. Nuestras miradas se encontraron. Un escalofrío recorrió mi espalda helándome los huesos. Mi instinto me
insinuaba algo imposible de aceptar: aquel individuo pertenecía a otra especie.
Aunque era tan alto como yo, su complexión distaba mucho de asemejarse a la mía. No menos de treinta kilos separaban nuestras masas corporales y la diferencia
no se debía precisamente a la cantidad de grasa. No me pareció que su cráneo fuese más pequeño que el mío, aunque, eso sí, entre la maraña de pelo hirsuto y mugriento
aprecié una configuración más aplanada. Por encima de todo destacaba su enorme abertura nasal, flanqueada por unas mejillas infladas como globos. Poseía arcos
supraciliares y mandíbula prominente; me llamó la atención la ausencia de mentón. Sus ojos grandes y redondos acentuaban la imagen de poseso. Su determinación no
dejaba lugar a dudas: era el líder del grupo. Supongo que desde su perspectiva, amigo lector, pensará que exagero, pero que me caiga muerto ahora mismo si aquel
individuo no me infundió más miedo que el propio oso. Su fisonomía no difería especialmente de la de sus compañeros, pero manifestaba tal grado de cólera que se diría
que estaba poseído por el mismísimo diablo. Me hablaba en un lenguaje —me atrevo a denominarlo así porque la fonación no me resultó del todo extraña— conciso,
directo. No se sorprendan si les digo que entendí a la perfección lo que quería decirme; en esa situación ustedes también lo habrían hecho. «De acuerdo, tranquilo,
enseguida me marcho», propuse en tono conciliador, anteponiendo entre nosotros las palmas de las manos. Pensé que así, mostrando mis pacíficas intenciones, podría
apaciguar sus ánimos. Acompañé el gesto con dos o tres pasos cortos hacia atrás. Pero el líder no quería dejar escapar la oportunidad de reforzar su autoridad ante sus
congéneres. Vencer a un advenedizo como yo, por muy esmirriado que estuviera, podría acrecentar la admiración que le profesaba el grupo; después de todo jamás
vieron nada similar a mí. ¿Quién podía garantizar que mi frágil aspecto no ocultara las artes de un feroz contendiente, al mismo modo que la grácil comadreja, que es
capaz de acabar con ratas que la doblan en peso y tamaño? Yo sabía a ciencia cierta que no tenía la más mínima oportunidad de plantar batalla, no digo ya de vencer, a
ese descontrolado montón de músculos, así que intenté proseguir en la misma línea sosegadora. Como respuesta plantó las manazas en mi pecho y me desplazó cuatro
metros. Para decepción de los espectadores, el combate había finalizado.
Bajo ningún concepto estaba dispuesto a pelear; por tanto, debía elegir entre mostrar sumisión e implorar clemencia o intentar huir. Si tuviese rabo, lo habría
escondido entre las piernas. Y puede que eso hubiera bastado al líder, pero no era el caso. De nuevo, y de forma consecutiva, se me presentaba una complicada
disyuntiva. Y una vez más mi opción fue la misma.
Me batí en retirada a toda prisa, temiendo que aquel monstruo con forma de hombre me persiguiera hasta darme muerte. Pero no lo hizo; afortunadamente consideró
que aquella demostración era más que suficiente para refrendar su liderazgo. En cuanto descubrí que no me seguía me detuve en seco. Sencillamente, no había ningún
lugar adonde dirigirme. Mi instinto me empujaba a volver a la cueva, desandar el infausto camino y regresar cuanto antes a mi tiempo; el sentido común me recordaba la
altísima probabilidad de reencontrarme con el oso, pues había visto con mis propios ojos cómo en su huida se adentraba en la caverna. Un momento: dije «regresar
cuanto antes a mi tiempo», ¿verdad? Así, sin más, con absoluta frivolidad, como el que toma el metro y se desplaza de Sol a Tirso de Molina. Pues sí, ya habría tiempo
de valorar la verdadera dimensión de cuanto me estaba sucediendo; lo prioritario ahora era regresar al ominoso hipogeo y cruzar la maldita puerta —llámese campo de
energía, túnel del tiempo, agujero de gusano o, ya puestos, corredor de redimensionamiento espacio-temporal— que me había teletransportado a ese ignoto mundo. El
problema era que la tarde comenzaba a caer y, dadas las circunstancias, parecía más inteligente aguardar al alba para emprender el camino de vuelta. A fin de cuentas,
mis esperanzas se ligaban a la perenne operatividad de la línea de navegación a través del tiempo y a que dicha vía resultara funcional en ambos sentidos. Si mi viaje a la
prehistoria fue la consecuencia de la extraordinaria manifestación de un fenómeno único, coyuntural e irrepetible, daba igual buscar la vía de retorno esa misma noche
que dentro de un año, porque nunca más estaría disponible. Así las cosas y considerando que adentrarme en la cueva a oscuras y con un oso en su interior equivaldría al
suicidio, no quedaba otro remedio que postergar la expedición a la llegada de renovados rayos de sol. Pero ¿dónde establecer el campamento para pasar la noche? La sola
pregunta hizo que me imbuyera de una espeluznante sensación de desamparo. Estaba a punto de verme solo en un bosque que sin duda estaría repleto de alimañas. Eso
o tener a mano la protección de aquellos que ya me habían salvado la vida una vez, aun a costa de provocar un nuevo enfrentamiento con el iracundo hombre con cara de
gorila endemoniado. En esta ocasión, la decisión caía por su propio peso: puestos a elegir, prefería morir a manos de aquel bárbaro a ser devorado por una fiera.
El hechizo del fuego
Me aproveché del humo que despedía el leño para seguir la estela del grupo a una distancia prudencial, minimizando así el riesgo de ser descubierto. La caminata se
prolongaba más de lo que yo deseaba, y aunque tuve la precaución de valerme de la orientación que me proporcionaba el inminente ocaso de sol para ubicar la cueva en
dirección sur, cuanto más avanzaba a través del bosque y más tenue se hacía la luz, más dudas me asaltaban sobre mi habilidad para volver al punto de partida. A
medida que oscurecía el miedo me empujaba a aproximarme más y más al grupo. Llegué a tener la sensación de que conocían de mi presencia e incluso que se me era
permitida, siempre y cuando mantuviera las distancias. Puede que el líder diera por hecho que corriendo no me iba a alcanzar y se conformara con que permaneciera
alejado. Puede que fueran suposiciones mías. Por suerte, cuando comenzaba a temer que mi excesiva cercanía se interpretara como una descarada e intolerable osadía, el
grupo se detuvo; habían llegado a lo que debía ser su hogar.
Se trataba de un enorme agujero en la piedra, mucho más alto que ancho, con un prominente risco que, a modo de porche, preservaba la entrada a la cueva de la
intemperie. A su alrededor se dibujaba una explanada semicircular desprovista de vegetación, en cuyo centro una enorme hoguera iluminaba el recinto. No fueron
recibidos por mucha gente. Pude distinguir la silueta de cuatro mujeres, una de las cuales llevaba en brazos un bebé, un anciano, otro hombre adulto, una muchacha joven
y tres niños de corta edad. No advertí entusiasmo en el comité de bienvenida. Me figuré que los guerreros volvían de caza con las manos vacías.
Me tranquilizó constatar la idoneidad de aquel lugar como refugio frente a las bestias. Solo necesitaba acomodarme en algún punto lo suficientemente cerca por si
tenía que correr en busca de protección y lo suficientemente lejos para no ser visto por sus moradores. Un rápido vistazo me hizo entender la conveniencia de
establecerme en la ladera de la misma colina donde se hallaba la caverna. De esta forma guardaba mis espaldas. Después de tantear varios emplazamientos me quedé con
un recoveco entre unas rocas, a unos dos metros y medio de altura. Alcancé el lugar ayudándome de las ramas de un viejo roble. Desde allí controlaba tanto la espesura
del bosque como el cobijo de los cavernícolas. Un tímido cuarto menguante atenuaba la posibilidad de que me descubrieran. Era cuestión de aguantar unas horas y pasar
desapercibido hasta la aurora. Luego tomaría de la candela leña prendida, retrocedería lo andado, fabricaría una fogata de mil demonios y entraría en la puñetera cueva
para espantar al oso y a cualquier bicho viviente. No olvidaría encomendarme a los santos católicos y a todas las deidades del universo para que «el corredor de
redimensionamiento espacio-temporal» siguiese abierto y pudiese acabar de una vez por todas con esa horrenda pesadilla. ¿Pesadilla? Eso debía de ser: estaba atrapado
en una angustiosa ensoñación. ¿Quién no ha transitado por inverosímiles senderos oníricos convencido de hallarse en la realidad? No pueden negar que esto nos ocurre a
todos, no una sino mil veces. Sentir cuanto sucede con tanta intensidad que consideraríamos una sinrazón sospechar que estamos en un mundo imaginario creado por
nuestro subconsciente. Sufrimos y gozamos con el ardor propio de la vigilia y por largo rato no hay forma de distinguir la realidad del sueño. Sí, eso me debía de estar
pasando; no había otra explicación posible. Insistí tanto en esa idea que acabé por convencerme de que mi cuerpo físico seguía en el siglo XXI. Y nada me importaba que
en el mismo sueño me hubiese dado cuenta de que estaba soñando, que me sintiese aterido por el frío, que me dolieran las plantas de los pies por haber caminado
descalzo por terrenos agrestes; por más vívidas que fueran las sensaciones no eran más que ficción, la ficción propia de los sueños. Disparatada a veces; encantadora
otras. En esta ocasión me tocaba lidiar con una sobrecogedora pesadilla y debía seguir luchando, como si la vida que estuviera en juego fuese la real y no la virtual. En los
sueños uno nunca tira la toalla. Y este no iba a ser una excepción.
Maté el tiempo observando al grupo de primitivos desde mi escondite; de todas formas no tenía nada mejor que hacer. Me sorprendió descubrir que su conducta social
no difería en exceso de la nuestra. Deambulaban por la explanada, departían, incluso me pareció percibir alguna broma. La nota discordante llegó con la cena. Uno de los
sujetos apareció con una pequeña pieza espetada y se la entregó al líder. Este acercó el asador al fuego y lo mantuvo bajo las llamas por un tiempo demasiado corto para
mi gusto. Luego comenzó a devorar lo que bien podía tratarse de una rata. Eso me pareció desde la distancia, aunque, bien mirado, puede que fuera un lebrato y lo que
consideré como rabo fuese en realidad un trozo de tripa. Una cosa u otra, aquella escena no estimuló mi apetito, más bien al contrario. Lo que me apetecía era un café
bien cargado. Un café y un cigarrillo, por supuesto.
El líder comió sin consideración hasta saciarse, mientras todos los demás se limitaban a observar. Su poder era incuestionable: nadie se había atrevido a tocar la carne
en su ausencia. Cuando dio por acabado el festín, del animal no quedaba más que la piel y los huesos. Uno despojos por los que todos suspiraban y por los que no
dudaron en competir con implacable ferocidad. Me resultó especialmente conmovedor la lucha de una mujer con varios hombres por hacerse con un hueso con el que
apenas podría engañar el hambre. Resultó chocante la incívica pugna sostenida por quienes hacía solo unos minutos había considerado amigos, pues no se veían
escuálidos, ni mucho menos, como para llegar a la agresión por una piltrafa. ¿Estaban hambrientos o no hacían más que seguir la máxima que dicta la naturaleza de comer
siempre que se presente la oportunidad para prevenir posibles carencias en el futuro? Me inclino a creer esto último.
Antes de retirarse a sus humildes aposentos —lo digo sin sorna, pues ya hubiese querido yo disponer de algo similar, resguardado de la gélida noche—, los
trogloditas se ocuparon de alimentar el fuego de la explanada. Debían de temer bastante a las fieras porque prepararon una nueva hoguera justo a la entrada de la cueva.
Tanto preparativo acentuaba mi miedo a permanecer solo en aquel tenebroso paraje. ¿Qué horribles criaturas pulularían por allí durante la noche? ¿Y si fuese atacado
por dinosaurios? Déjate de sandeces, me dije iniciando una absurda conversación conmigo mismo, los dinosaurios se extinguieron hace más de sesenta y cinco millones
de años. ¿Y cuando apareció el hombre? Hace unos cuatro millones de años, creo. ¿Crees? Supongo, no sé. No sabes, entonces es posible… Que no, que dinosaurios y
humanos no coexistieron. ¿No? ¿Quién garantiza eso? ¡Mi prima Pepita! No seas capullo, chavalote, aquí no hay dinosaurios. Vale, los humanos jamás vieron un
dinosaurio; entonces, ¿por qué existen tantas referencias a encuentros entre hombres y dragones? Eso son solo leyendas. ¿Leyendas? Sabes que en la mismísima Biblia
se habla de dragones. Bueno, ¿y qué?; religión y evolución se sustentan en principios antagónicos. Ya, si te sirven estas evasivas para aplacar el miedo… ¡Déjame en paz
de una vez! Balanceé el brazo derecho de arriba abajo, con la palma extendida, pretendiendo echar de allí a mi otro yo tocapelotas. Luego, consciente de que no servía de
nada discutir con mi propia persona —algo tan irracional como frecuente, dicho sea de paso— intenté aislar mis temores orientando el pensamiento hacia asuntos más
banales, como el fútbol o los últimos estrenos cinematográficos.
En medio de esta vorágine iban pasando las horas y el frío se hacía cada vez más insoportable. A ratos olvidaba que todo era un sueño; otras veces me impacientaba
al comprobar que no acababa de despertar. En un momento de duermevela, me sobresaltó el castañeteo de mis dientes. Todo mi cuerpo temblaba y sentía cierta
opresión en el pecho. Con toda probabilidad se derivaría del esfuerzo por mantener la postura fetal que había adoptado para no dejar escapar el calor corporal, pero
como las desgracias nunca vienen solas temí que estuviera al borde de un espasmo coronario. Llegué a imaginar que amanecería allí congelado. Vaya paradoja: yo
muriéndome de frío y las llamas burlándose de mí a un tiro de piedra. No lo pensé más. Hacía tiempo que los cavernícolas se habían retirado a dormir; no tenían por qué
descubrirme.
Es curioso cómo se multiplican los placeres cuando se consigue lo que se ansía, cómo sabe a gloria un plato de patatas fritas con huevos cuando se tiene hambre, cómo
aprecias la cama cuando te estiras después de una agotadora jornada o cómo te alegras de ver el inodoro cuando llegas a casa reventando por orinar. En aquel instante
hubiera querido abrazar el fuego, fundirme con él. Creo que no hay placer equiparable a recibir calor cuando se tiembla de frío. Poco a poco y a medida que me dejaba
poseer por la redentora fuente de energía me fui convenciendo de algo de suma importancia. Fijé la mirada en las brasas, en cómo las rojas llamas bailoteaban al son del
tímido viento, y caí hipnotizado, atrapado por su embrujo. ¿Qué tiene el fuego? ¿No se han preguntado nunca por qué nos atrae el caprichoso juego de las llamas de una
hoguera? ¿Por qué nos fascina contemplar el crepitar de la leña en nuestra chimenea? Durante un tiempo que no sabría calibrar, caí rendido al poder seductor de la ígnea
danza. Me sentí liviano, casi etéreo, en extraña comunión con un elemento tan vital para el hombre como impenetrable, un dios que se puede ver pero no tocar. Me
imbuí de su aroma, de su magia, de su misterio… y le preguntaba el motivo: ¿por qué nos apasionas?, ¿por qué sucumbimos a tu hechizo? En mi arrobamiento me figuré
que la Madre Naturaleza tomaba forma entre las llamas para hacerme partícipe del secreto. Creí ver su majestuosa silueta, su rostro encendido, sus labios eyectando en
un susurro la revelación del misterio. En aquella época lejana no existía nada tan poderoso ni tan imprescindible como el fuego. Su valía no se fundamentaba
exclusivamente en la seguridad que proporcionaba frente a los depredadores, así había tenido ocasión de presenciarlo unas horas antes, o en su determinante papel como
fuente de calor, como estaba comprobando en ese preciso instante. El fuego era mucho más. En la prehistoria se utilizaba para levantar la caza, para aguzar las azagayas,
para cocinar, con la consiguiente eliminación de microorganismos nocivos para la salud… El fuego era la vida. Indispensable hasta el punto de que el hombre no sería lo
que es si no hubiese aprendido a utilizarlo. Durante cientos de miles de años el fuego se erigió como nuestro mejor aliado. Y esa información se hallaba grabada a
perpetuidad en nuestros genes. Sí, estaba desamparado y me ofreció protección. Definitivamente lo habría abrazado.
El calor fue normalizando mis funciones vitales. Me di cuenta de ello por la sensación de bienestar y… porque había recobrado la lucidez; al menos mis
pensamientos volvían a parecer sensatos. ¿Acaso dejaron de serlo? Ustedes juzgarán. El caso es que volví a centrarme en los pormenores de mi evasión. Ya despertaría
cuando tuviera que despertar. Había una persona que pensaba, que sufría, que veía. Esa persona era yo, aunque fuese en sueños era yo, estaba atrapado en el tiempo y
debía escapar. Cuanto antes. Con el primer claror de la aurora. Pero ese día el sol no quiso aparecer.
Aprender a sobrevivir
No me percaté de ello hasta que sentí el impacto de una gota de agua en mi frente. Alcé la mirada y descubrí horrorizado que el manto de estrellas había desaparecido.
Una nueva traba desplegada con esmerada sutileza por el malvado Ikelos, dios de las pesadillas, que había forrado de gris las paredes del firmamento para prolongar mi
angustia. El cielo se había encapotado en solo unas horas y la lluvia pronto dejaría de ser una amenaza para convertirse en realidad. ¿Cómo iba a posicionar los puntos
cardinales si habiéndomelo jugado todo al más fiel representante del oriente, ese día no me mostraría un mísero rayo? No lo conseguiría. La tenebrosa oscuridad de la
noche daría lugar a la sombría oscuridad del día en un amanecer triste carente de luz. La expedición debía contar con tres miembros: el sol, el fuego y yo, y uno de ellos
ya había caído. Una nueva gota de agua presagiaba la funesta posibilidad de que cayera el segundo. Y eso implicaría postergar mi regreso, algo que ni quería ni me podía
permitir. Así que decidí emprender el camino de inmediato. Me hice con el más consistente leño que me vi capaz de acarrear y lo aposté todo a la Providencia y a mi
patético sentido de la orientación. El calificativo no es gratuito, como enseguida tendrán ocasión de comprobar.
Portaba el fuego con mucho esmero, como quien lleva un bebé, con la única particularidad de que, obviamente, no podía acurrucarlo entre mis brazos. Encorvé la
espalda para fabricar una improvisada marquesina donde protegerlo de inoportunas gotas de agua, y así iba caminando en una estrambótica figura. Si el fuego se apagaba,
se extinguirían con él mis únicas esperanzas de salvación. Desarmado no podría hacer frente a las fieras. Y aunque llegara a la cueva no sería capaz de entrar; el miedo
atenazaría mis músculos. No había vuelta de hoja: bajo ningún concepto se podía mojar el madero porque el fuego era mi seguro de vida. Iluso de mí; como si no hubiera
nada más de qué preocuparme. Si se desencadenaba un aguacero, confiaba en resguardarlo bajo los árboles. Eso podría funcionar, pero… ¿cómo narices iba a lograr
prender una fogata si toda la broza estaría empapada? Me di cuenta de aquello cuando llevaba unos veinte minutos caminando, justo cuando los arqueros del cielo
comenzaron a disparar sus flechas. Poco después llovía a mares.
Aun consciente de que no bastaría con proteger el leño del temporal para garantizar el éxito de mi aventura, me propuse preservar algo de lumbre, con la fe puesta
en encontrar en la cueva, o mejor en algún lugar próximo a ella, vegetación seca para montar el arma con que disuadir al plantígrado, si es que seguía allí, claro está.
Alcancé a cobijarme bajo las ramas de una imponente conífera y apreté mi idolatrado trozo de madera contra el inmenso tronco del árbol. Me arrimé todo lo que pude,
moldeando mi cuerpo en busca de una imposible estanqueidad. Me acerqué tanto que acabé por abrasarme el vientre. Aguanté así durante una infernal e interminable
hora. Luego el temporal remitió. Se me concedía una tregua y era más que probable que fuese corta. Era evidente que no había tiempo que perder; necesitaba llegar
cuanto antes a la cueva. Suspiré aliviado al comprobar que seguía saliendo calor de la madera y refunfuñé: «¿Cómo es posible que siendo el fuego y el agua los dos
pilares fundamentales de la vida, sean a su vez enemigos irreconciliables?».
Aligeré el paso, casi me puse a correr, procurando no perder de vista la falda de una montaña que había tomado como referencia, hasta que me invadió la duda: ¿en
qué momento debía girar para salir del bosque? Me detuve e intenté rememorar el recorrido. No podía ser complicado, pues solo atravesé tres entornos paisajísticos
distintos, y uno de ellos era el pinar donde me encontraba. Primero anduve por un encinar, luego crucé una llanura un poco más grande que un campo de fútbol y
finalmente comencé a ver pinos y algún que otro abeto. Y la montaña que me guiaba. Pero ahora me resultaba imposible determinar el punto donde debía cambiar de
dirección. Y las condiciones meteorológicas no estaban para dar pasos en falso. No sé en qué basé mi impulso. Me parecería injusto cargar toda la responsabilidad a mi
instinto, porque la perentoria necesidad de encontrar la senda correcta me presionaba con fuerza, mermando de consideración todas mis facultades, pero estoy seguro de
que cualquier persona un poco más espabilada habría encontrado el camino, o al menos se habría dado cuenta de que el llano que se extendía tras el bosque no era el
mismo. Habría reparado en sus desproporcionadas dimensiones y en la mayor abundancia de maleza. Pero yo nunca fui muy observador. Cuando camino rara vez voy
pendiente a lo que me rodea y aunque por un casual algún detalle me llame la atención, mi apreciación no deja de ser superficial. No acostumbro a retener información
minuciosa. Mi memoria fotográfica ha sido siempre un auténtico desastre y aquel día no iba a resultar una excepción.
Mi desazón se iba multiplicando con el transcurso de los minutos, sin que hiciera otra cosa que sortear matorrales «¿Cuándo van a aparecer las puñeteras encinas?»,
me preguntaba una y otra vez. La paciencia acabó de abandonarme cuando la atmósfera se vio sacudida por un atronador estruendo. Por un instante la pradera se
iluminó. Fue como si el rayo también iluminara mi mente, porque enseguida comprendí que había errado el camino, que no tenía a mano refugio donde salvaguardar el
fuego y que mi expedición acabaría en el más completo de los fracasos. Corrí sin rumbo, desesperado, buscando un triste arbusto donde guarecer a mi amigo del alma
para librarlo de las violentas acometidas de su peor enemigo. Grité de impotencia porque no encontraba nada y su vida se extinguía. Me pinché buscando un recoveco
entre unos zarzales. Casi me parto un dedo intentando mover un pedrusco para abrigar en su seno el hálito de calor que aún conservaba el tronco. Pero todos mis
esfuerzos fueron en vano. Me dejé caer, deshecho, y exploté a llorar como un niño. Era demasiada la tensión acumulada y necesitaba desahogarme. A menudo se recurre
al llanto para expiar los errores. Después del arrebato pasional uno suele recomponerse, se recapitulan los sucesos y se reorganiza una estrategia. No fue este mi caso.
Permanecí un largo rato con la cabeza hundida en la tierra, esperando quizás un despertar que no acababa de llegar. Y así habría continuado durante horas si no fuera
porque presentí que algo me estaba observando.
El sobresalto me puso en pie; una hiena manchada clavaba sus ávidos ojos en mí. Agarré de inmediato el otrora venerado trozo de madera; sin fuego no era tan
poderoso, pero no dejaba de ser un arma. Parece mentira que algo tan simple como la rama de un árbol se erigiera en principal protagonista de uno de los episodios más
importantes de mi vida. La hiena escrutaba mis impetuosos movimientos sin inmutarse, como si siempre hubiera sabido que su pretendido almuerzo no era carroña. Sin
sopesar cuán arriesgada podría resultar mi acción me abalancé sobre la fiera con la intención de atizarle un golpe en el lomo. El animal retrocedió unos metros, pero tan
pronto bajé el palo volvió a aproximarse. Miré a mi alrededor, con el terror consumiendo mi alma porque presentía que no estábamos solos. En efecto, otra hiena
observaba con curiosidad la contienda.
El recién llegado no tardó en unirse al primero. Me lancé al ataque y ambos retrocedieron. De momento podría mantenerlos a raya, pero ¿qué pasaría si se unían
nuevos ejemplares? No quería ni pensar en la truculenta respuesta: me comerían vivo.
Las hienas se agrupan en clanes y, frente a lo que mucha gente cree, son excelentes cazadoras. Persiguen a sus presas hasta el agotamiento y luego las desmiembran
sin compasión. Los peores presagios no se cumplieron al no hacer acto de presencia nuevos animales. Era probable, por tanto, que me hallara ante un par de jóvenes
machos solitarios. El mal menor, sin duda, aunque no por ello insignificante, pues estos depredadores se caracterizan por su arrojo y perseverancia. Son conscientes de
su formidable resistencia y saben que acabarán minando la del rival. Una estrategia que parecía tener bien aprendida la pareja que me acosaba y que no demoraron en
poner en práctica.
Comenzaron con amagos de ataques. Primero venía a mi encuentro uno y cuando lo expulsaba tomaba su lugar el otro, de inmediato, sin conceder un leve respiro.
Aunque aparentaban docilidad, no podía permitir que se acercaran en exceso porque era evidente que no venían a curiosear; pretendían morderme al menor descuido. La
ofensiva no era directa; se trataba de hostigar y hostigar durante las horas que fuesen necesarias hasta que yo bajara la guardia, algo que inevitablemente tendría que
ocurrir, pues mis fuerzas acabarían por agotarse más tarde o más temprano. Un proceso que se aceleraba a medida que marraba los golpes, pues no hay mayor
desperdicio de energía en un combate que sacudir al aire. Me percaté de ello y comprendí cuál era mi única posibilidad. Aún me cuesta creer cómo saqué valor para
llevar a cabo mi plan en una circunstancia tan dramática. Templé los nervios, me coloqué en cuclillas, rendí los brazos y me hice una bola. Durante varios segundos las
hienas se mantuvieron expectantes. Son animales muy listos. Desconfían hasta de su sombra, pero no temen a nada, ni a los leones que duplican su tamaño, y cuando se
empeñan en conseguir algo rara vez renuncian. Tras el desconcierto se fueron aproximando con precaución. Yo permanecía quieto como una estatua. Aunque logré
dominar los temblores, sudaba tanto que temí que la madera se me pudiera escurrir entre las manos. Era consciente del riesgo que corría, pero quería tenerlas cerca, muy
cerca. Noté la humedad de un hocico husmeando mi pantorrilla. Me sabía presa del pánico, pero me propuse aguantar al menos una milésima de segundo más, hasta
sentir en mi rostro el repugnante aliento de las bestias. Aun a sabiendas de que sus poderosas mandíbulas podrían triturar mi pierna de un solo mordisco, era preciso
tenerlas pegadas a mí, tanto que resultase imposible fallar.
Acompañé mi ataque de un furibundo grito, no tanto por impresionar como para liberar el miedo. El impacto fue brutal, en la mismísima garganta. Las risas —o
como se denominen esos diabólicos sonidos— se transformaron en alaridos de dolor. Al menos en una de las alimañas. El acierto desató mi euforia y me dio alas para
perseguir a la otra hiena. Cuando vi que tomaba distancia le arrojé el tronco. Hice blanco de nuevo, si bien en esta ocasión no creo que lograra infligirle daño alguno. Seguí
corriendo tras ellas y, como si pudieran entenderme, las desafié a que volvieran, acompañando mi ofrecimiento de un absurdo recuerdo para sus progenitoras. La
valentía me duró el tiempo que tardé en darme cuenta de que me había desprendido del arma. Me sentí entonces tan indefenso que mis ánimos se desplomaron en un
pispás. Pensé en regresar en busca del leño salvador, pero decidí alejarme cuanto antes de allí, aprovechando que había logrado ahuyentar a las hienas. ¡Quién podía
saber si esos bichos no eran capaces de regresar, solos o con refuerzos! Así que corrí en dirección inversa a donde huían. Corrí durante largo rato. La lluvia iba y venía.
La maldita lluvia. No había manera de proseguir. Necesitaba el fuego para poder repeler el ataque de los depredadores. No había manera… Debía regresar con «mis
amigos» los cavernícolas y mantenerme junto a ellos hasta que el temporal remitiese, o al menos hasta que el tiempo dejara de ser tan desapacible. Escamotear de nuevo
un poco de fuego. Lo más importante era el fuego. Me detuve para intentar orientarme. La montaña era un punto de referencia palmario, inequívoco. Pero la montaña no
aparecía; mucho menos el encinar o los pinos. Me eché las manos a la cara, horrorizado; me había perdido.
Las angustiosas horas que vagué por aquella llanura, la desesperación de toparme con el mismo riachuelo y con la misma colina una vez tras otra, la pavorosa
eventualidad de verme atacado por más animales y el ensañamiento del temporal no fueron castigos suficientes para someter mi espíritu. Apelé a mi dignidad como
persona y no volví a desfallecer ni a hundirme en un mar de lágrimas. Caminé con denuedo, sin descanso, recolecté piedras y palos con que defenderme de las fieras y
encaré con descarada gallardía el implacable azote de la tormenta. Es nuestro instinto de supervivencia, el artífice de la perpetuación de nuestra especie. Seguir y seguir.
Arrastrarse si es necesario. No detenerse. Estoy orgulloso de mí, de cómo afronté aquel desolador panorama. Alguien tan débil como yo, tan pusilánime, tan poco
amante del riesgo… Y sin embargo luché. Por mí, por Elena, porque por vez primera en mi vida —discúlpenme si les parezco ordinario— había llegado el momento de
echar cojones. Ya no servía correr ni esconder la cabeza. Había que plantar cara, sufrir. Sufrir muchísimo para sobrevivir. Y lo logré. Cuando las fuerzas se empeñaban
en abandonarme, cuando apenas podía soportar el peso de mis improvisadas armas, cuando mis pies aullaban de dolor, apareció una llanura, y detrás un pinar, y al
fondo la montaña.
La mirada del cobarde
Hacía rato que había parado de llover. La noche estaba a punto de caer y el clan se encontraba fuera. Parecían distendidos, como quienes se toman una cervecita en una
terraza. Yo me sentía muy débil, tiritaba, estaba hambriento…; se veía a leguas que no podría resultar una amenaza para nadie. Eran personas, tendrían su corazoncito…
¿Por qué no me iban a acoger? ¿Qué daño podría yo infligirles? El líder recapacitaría al verme; después de todo, no hice otra cosa que huir de un oso. Algo que haría
cualquiera. Me hallaba en una situación extrema y, la verdad, no busqué tanto el amparo del grupo como la compañía. Sobre todo por eso me aproximé.
Una niña fue quien primero me vio. La siguió el anciano y una mujer con un bebé en brazos. Yo esbocé una sonrisa, tímida pero con suficiente brillo como para
iluminar de confraternidad mi demacrado rostro. No advertí en sus gestos recelo, odio o cualquier indicio de rechazo. Parecían dispuestos a acogerme. Hasta que me vio
el líder. Su reacción fue instantánea: lanzó dos voces que interpreté como un juramento en arameo y me arrojó con furia una piedra, con tal precisión que, aun
esquivándola, pasó por la tangente a mi oreja. Me detuve y disparé por las pupilas un dardo envenenado, de ira, de desprecio, de odio. No esperaba mi respuesta; por
unos segundos su aturdimiento fue patente. Por unos segundos. Enseguida reaccionó y buscó nuevos proyectiles con que apedrearme. Podría haber acudido a mi
encuentro y masacrarme a golpes, pero parecía que le divertía más lapidarme. Me di la vuelta, con la chulería de un torero, despreciando a quien me podía matar. Pude
ver de refilón cómo un chico, queriendo imitarle, participaba de aquella salvajada. Luego fui caminando lentamente hasta alcanzar el lugar donde me refugié la noche
antes. Las piedras volaban a mi alrededor. Una de ellas arañó mi cuello. Otra fue a parar a la corva de mi pierna izquierda. La que más dolió impactó en la espalda.
Me acomodé como pude en el mismo lugar donde estuve a punto de morir de frío la noche anterior. Llegué tan agotado que me pareció una suite. ¿Cuánto tiempo
llevaba en aquella arcaica era? ¿Un día y medio? ¿No iba siendo hora ya de despertar de la pesadilla o… es que no estaba soñando y cuanto me sucedía era cierto? Doler
me dolía todo el cuerpo, pero una parte era insoportable. De pronto descubrí que poseía tres corazones. Los dos nuevos se localizaban en los pies y latían desbocados.
¡Cuánto me dolían! Estaban destrozados, repletos de llagas. ¡Cómo iban a estar, si lo más parecido a andar descalzo por el monte que había hecho hasta entonces fue un
paseo que di con Luis por las playas del Algarve una tarde del verano pasado! Pero ni siquiera ese palpable testimonio lograba sacarme del empecinamiento: no podía
ser verdad lo que me estaba sucediendo. En cualquier momento despertaría, me lavaría la cara y reiría a carcajadas. A continuación me zamparía un tazón de cereales, y
un zumo de naranja, y un bollo tostado con aceite, y una manzana, y un café. Mmm, un café con mi cigarrito… ¡Qué monazo! Mira que tenía hambre…; ¡pues más
ganas tenía de fumar! Sí, iba a despertar de un momento a otro. Si no lo había hecho ya, era porque…, no sé, porque… el sueño era largo, o porque… ¿me hallaría en
coma en un hospital? Esta nueva idea sobresaltó mis sentidos. Desconcertado, no atiné a decantar mis sentimientos: ¿debía congratularme o autocompadecerme por
ello? Estar en coma implicaría la automática nulidad de esta fantasiosa historia, pero también el riesgo de no despertar jamás, de acabar mis días sin conocer la verdad. Y
si no había entrado en coma, la situación no mejoraba, pues entonces resultaría cierto que me encontraba semidesnudo, desesperado, herido, hambriento, aterido y
deportado a una época distante de la mía en cualquiera sabía cuántos años. La única carta aceptable que me quedaba era la de la pesadilla, pero el sueño no parecía tener
fin, y por más pellizcos y bofetadas que me di en aquel momento —como si mis maltrechos pies o la punzada que martirizaba mi espalda no fuesen evidencias
fehacientes del dolor— no había manera de despertar. Así que me quedé con la idea de que lo más probable era que estuviese en coma y me dispuse a recapitular los
hechos, para averiguar dónde se hallaba el agujero en esta morbosa historia, cuándo había ocurrido el accidente —antes o después de Atapuerca— que me había
postrado en la cama al borde de la muerte.
Para mi sorpresa, recordaba todos los acontecimientos acaecidos durante la última semana con extraordinaria nitidez; fui incapaz ni de lejos de relacionar ninguna
circunstancia con un accidente de gravedad. Ninguna, excepto mi llegada a la cueva. Porque caer, sí que caí; eso era tan cierto como que el pollo sale del huevo. ¿Y si en
vez de zambullirme en el agua, me golpeé la cabeza? Instintivamente comencé a rastrear mi cráneo con ambas manos en un estúpido intento de localizar la irrefutable
prueba que validara esta conjetura. Pero mi cabeza estaba indemne. Un hallazgo que tampoco hubiese aportado mucho porque si mi estado real era el coma, ya se
encargaría el subconsciente de engañar a los sentidos. A mis ojos que verían sin ver, a mis oídos que escucharían sin escuchar y, en definitiva, a todo mi ser, que actuaría
sin actuar. ¡La situación era de locos! Y parecía que no había nada mejor que hacer que esperar. Sin abrigo. Sin alimentos. Sin fumar. Sin papel higiénico… Sucio como un
marrano. Yo, que me lavo las manos cuarenta veces al día… Esperar, esperar… Pero ¿esperar qué: que resplandeciera el sol, que despertara de una puñetera vez? ¡Qué
sabía yo! Lo único seguro era que para poder esperar debía mantenerme con vida. Y para ello se me antojaba imprescindible que los cavernícolas se recogieran cuanto
antes para dormir porque necesitaba el calor del fuego. Lo necesitaba con urgencia y lo peor era que la noche amenazaba nuevas lluvias. En esas circunstancias me temía
que no prepararían ninguna fogata exterior, lo que me obligaría a realizar una incursión en la cueva en busca de calor. Los problemas no hacían más que multiplicarse.
En esas divagaciones andaba cuando percibí agitación entre mis vecinos. No podía entender qué ocurría, pero era seguro que estaban discutiendo. El anciano parecía
querer convencer al líder, y éste le reprendía enfurecido. Caminaba de un lado a otro mostrando su enojo con reiterados aspavientos. Se palpaba la tensión en el
ambiente. Los niños, pavoridos, se escabullían entre las piernas de las mujeres, que hacían piña alrededor de la muchacha. Desde la distancia pude columbrar sus
temblores. La escena que presencié a continuación lo aclaró todo. El líder se acercó al grupo de mujeres. Apartándolas con brusquedad, tomó del brazo a la jovencita y,
contra su voluntad, se dispuso a introducirla en la cueva. Entonces ocurrió algo asombroso. El anciano se interpuso en su camino y, alzando su báculo al cielo,
prorrumpió en una suerte de disonantes gritos, ora clamorosos, ora lastimeros. Fuesen increpaciones, ruegos, invocaciones o maldiciones, la iniciativa surtió efecto. El
líder soltó a la chica y descargó su furia lanzando al aire un espeluznante bramido. Acto seguido zamarreó al anciano y, refunfuñando, se dirigió al grupo de mujeres.
Tomó a una de ellas por los pelos y la arrojó al suelo. Los demás contemplaron impasibles la violación.
No puedo reprimir las lágrimas de rabia al recordarlo. Me arrepentiré y avergonzaré el resto de mi vida. Y de nada sirve que más adelante me diese cuenta de que, en
cierto modo, las mujeres pudiesen sentirse honradas al recibir los favores sexuales del jefe del clan. La prepotencia, las formas, el autoritarismo y la violencia que
desplegó aquel bárbaro prueban que el acto no puede calificarse de otra forma que de violación. O al menos eso me pareció y yo lo consentí. Podría argumentar mil
excusas: que no hubiese podido evitarlo, que el líder se ocuparía primero de mí y luego consumaría su ruindad, que poco podía hacer yo si el resto de hombres lo
consentía, que no tenía sentido jugarme la vida cuando ese salvaje a buen seguro violaba día sí y día también a cada una de las mujeres que integraban su harén particular,
que no debía inmiscuirme en sucesos de una época tan lejana en el tiempo so pena de alterar peligrosamente el curso de la historia de la humanidad. Pero la única realidad
fue que la cobardía circulaba por mis venas paralizando cualquier intento de acudir en su ayuda. El anciano había tenido agallas para plantarle cara y, gracias a su actitud,
había evitado que poseyera a una chiquilla de apenas doce años. Yo me escondí como una gallina. Y no hay nada que pueda justificar mi deplorable connivencia, lo
mismo fuesen hechos reales que manifestaciones oníricas, porque ni en sueños puede uno dejar de ser un hombre.
El punto de inflexión
La noche se presumía larga. No podía sacar de mi cabeza la imagen de la agresión sexual. Me preguntaba qué ocurriría mañana. ¿Pretendería aquella bestia inmunda de
nuevo forzar a la chica? ¿Acudiría el anciano en su auxilio? ¿Funcionaría la superstición en esta ocasión? Un repentino escalofrío sacudió mi espina dorsal: ¿me hallaría
en el mismo lugar presenciando los hechos? Tuve que ahogar en quejido el grito de rebeldía que necesitaba esparcir a los cuatro vientos. Me juré morir antes que ser
testigo de otro suceso similar.
Llegado a este punto veo conveniente hacer un pequeño receso. No puedo continuar la narración si no me detengo para aclarar algo importante, porque en caso contrario
ustedes pensarán que les estoy tomando el pelo. La historia que con paciencia están leyendo tiene un antes y un después a este angustioso momento en que me hallo
abandonado a mi suerte en la oscuridad de la noche, humillado, abatido, avergonzado por mi injustificable neutralidad hasta el extremo de sentir que he dejado derramar
buena parte de mi ética y, lo que es peor, de mi dignidad. Acabo de presenciar cómo un salvaje pretendía poseer a una niña y he sido testigo de una agresión sexual.
Siento asco de mí mismo y me hallo perdido entre lo imaginario y lo real, en la frontera de la locura, desbordado por los acontecimientos y atrapado en la impotencia.
Pero va a tener lugar una extraordinaria transformación en mi persona y ustedes van a notar ese cambio radical. No volverán a saber de ese protagonista apático,
cobarde, débil, lánguido, temeroso… No; a partir de esta noche ese personaje, ese boceto de hombre que fui, dejará de existir. Por eso he resuelto suspender por unas
líneas este relato, porque me ha parecido honesto advertirlo con antelación, para que no piensen que se trata de una falla en la narración. No. Soy el mismo, quien les
escribe, quien vivió este fantástico episodio con tal intensidad que nada ni nadie —ni siquiera yo mismo cuando me erijo en paladín de la sensatez— va a conseguir
jamás que recule en mis convicciones, que someta a debate la veracidad de esta asombrosa historia. Me reprocharán que no dispongo de pruebas, que los argumentos
son insostenibles, que cada episodio rezuma falacia por todos sus poros. Lo que quieran. Pero yo lo viví. Despierto, soñando, anestesiado, en coma, alucinando bajo los
efectos del alcohol, en el delirio de una intensa fiebre… Tanto me da; lo que ocurrió —en el mundo real o en el imaginario— me afectó tanto que alteró para siempre
determinados pilares de mi personalidad que hasta entonces consideraba inquebrantables.
Sí, fue aquella noche y en concreto aquel preciso instante el momento en que se sitúa el punto de inflexión. De repente cambié, al igual que la pólvora estalla y se
transforma en humo y fuego. Y aún hoy, con la serenidad que brinda rememorar los hechos desde la plácida perspectiva de mi escritorio, me cuesta atribuir la chispa que
propició tal ignición. Puede que fuera la concienciación del altísimo riesgo a que expondría mi salud si pasaba la noche alejado del calor de la hoguera. Quizá la rebelión
de mi dignidad como persona por el brutal suceso que había presenciado y el temor a que el líder violara a la niña en cualquier momento. Tal vez el deseo de acabar de
una vez por todas con la incertidumbre que envolvía aquella aventura. La cuestión es que me levanté con ciega determinación, apostando todo en el envite, dispuesto a
enfrentarme al repugnante ser que hacía más tormentosa mi situación. Se me presentó la muerte como una aliada, pues si el líder me mataba, se desentrañaría por fin
tanto misterio. Si cuanto estaba aconteciendo era auténtico, con la muerte se acabaría todo

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