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Libro PDF El aroma de las especias – Charlotte Betts

El aroma de las especias – Charlotte Betts

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husmeaba en la inmundicia del albañal.
Bessie entró con el té en una bandeja
tintineante. Percibí el olor a grasa de la
cocina en su pelo estropajoso y vi
medias lunas de sudor bajo sus axilas
cuando colocaba cansinamente en la
mesa la tetera de plata, las cucharas, las
delicadas tazas de porcelana y una tarta
de jengibre con gotas de miel.
La señora Finche inició el ritual de
contar las costosas hojas de té y verter
el agua caliente. Como esposa de un
próspero comerciante, enseguida había
adoptado la moda de organizar
reuniones para tomar el té, costumbre
traída de Portugal por la reina. La
señora Finche siempre buscaba nuevas
maneras de impresionar a sus amigas
neas.
-Un niño de la calle ha traído una
nota -anunció Bessie, y sacó una hoja de
papel doblada del bolsillo.
La señora Finche tendió la mano.
Bessie movió la cabeza en un gesto
de negación.
-Es para la esposa del señor Robert.
-¿Para mí? -Yo no tenía amigos ni
familiares que me enviaran notas.
Desplegué el papel, y la sangre me subió
de pronto a las mejillas. El Rosa de
Constantinopla acababa de atracar, y mi
larga espera tocaba a su fin.
En un susurro me disculpé ante la
señora Finche y sus amigas, me
escabullí del salón y corrí escalera
abajo antes de que ella pudiera
impedírmelo. Después de seis meses en
el extranjero, por fin mi marido volvía a
mi lado. Ese marido a quien apenas
conocía me producía un gran
nerviosismo, una mezcla de temor y
emoción. Él era mi vía de acceso a todo:
a una casa propia y a la familia que
anhelaba desde que, al quedar huérfana,
me enviaron a vivir con la abominable
tía Mercy.
Un calor agobiante se elevaba del
suelo y palpitaba en las paredes de los
edificios de Lombard Street cuando
recorrí la calle apresuradamente.
Montículos de apestoso barro y basura
cubiertos de moscas obstruían el lento
riachuelo que corría por los albañales
centrales e impedían que el agua se
llevara los detritos de las calles.
Levantaba con los pies pequeñas nubes
de polvo, que me manchaban el
dobladillo de la falda.
Me detuve a un lado de la calle para
dejar paso a un carromato cargado a
rebosar. En ese momento vi a un hombre
salir de entre las sombras al otro lado
de la calzada y adentrarse en la intensa
luz del sol. Tocado con sombrero de
plumas y vestido con una casaca de
faldón completo de color verde mar que
dejaba a la vista las cascadas de encaje
blanco de la camisa, se lo veía tan
fresco como un torrente de montaña.
Llevaba un bastón con empuñadura de
plata en una mano y un recargado frasco
de cristal bien sujeto en la otra.
Caminaba despacio, lo cual no era raro
con semejante calor, pero se advertía
algo extraño en su andar un tanto
vacilante y en la manera de mover el
bastón, trazando cortos arcos antes de
cada paso.
Ocurrió todo tan deprisa que más
tarde me costó recordar la secuencia
exacta de los acontecimientos. Vi al
hombre detenerse de pronto y ladear la
cabeza como si aguzara el oído. Acto
seguido, oí el estruendo de las ruedas de
un coche acercarse rápidamente. Muy
rápidamente.
De repente aparecieron dos caballos
negros al galope. Sus cascos levantaban
chispas en los adoquines y el coche del
que tiraban se bamboleaba
descontroladamente. El cochero,
aferrado al techo, intentaba sofrenar a
los corceles desbocados, perseguidos
por una jauría de perros callejeros que
gruñían y les lanzaban dentelladas en los
corvejones.
El hombre de la casaca verde se
hallaba justo en la trayectoria del coche.
-¡Cuidado! -grité, horrorizada. Creí
que se apartaría de un salto, pero dio la
impresión de que estaba paralizado.
Crucé la calle como una flecha, extendí
los brazos y me abalancé contra su
pecho. Tras una indecorosa caída, quedó
desmadejado en el suelo.
Una ráfaga de aire impregnado de
olor a caballo me agitó el cabello
cuando los animales, salpicados de
espumarajos y con los ojos en blanco,
pasaron atronadoramente en medio de un
remolino de polvo.
Ahogando una exclamación, me
llevé el puño al pecho.
El hombre se levantaba ya del suelo.
Se le había manchado la elegante casaca
de brocado y tenía ennegrecida la
puntilla blanca de los puños a causa del
polvo. Un hilillo de sangre descendía
por su agraciado rostro.
-Tengo sobrados motivos para daros
las gracias -dijo con una voz de timbre
grave y suave.
Advertí que era muy alto: algo más
de metro ochenta, calculé. En ese
momento percibí el asomo de un
perfume sugerente que flotaba en el aire
bochornoso, tentándome con la promesa
de un fresco día de primavera al aire
libre. Una mancha oscura se había
propagado por el suelo entre nosotros, y
las esquirlas del cristal roto destellaban
bajo el sol como diamantes.
-Se os ha roto el frasco -dije.
El hombre se echó atrás el espeso
cabello rubio con los dedos, un poco
temblorosos, pero mantuvo una
expresión impasible.
Cuando me agaché a recoger su
sombrero de ala ancha, olí de nuevo el
delicioso perfume. Denso y dulce, me
llevó a evocar un aroma de violetas
empapadas por la lluvia en la orilla
musgosa de un río.
-¿Era perfume lo que contenía ese
frasco?
-Sí.
-Es delicioso.
Tenía los ojos de un color verde
claro poco común, pero no me miraba a
la cara. Sentí un amago de irritación por
su descortesía y me pregunté si era por
vanidad que llevaba una casaca tan
exactamente a juego con el color de sus
ojos.
-Me temo que mi clienta se llevará
una decepción -dijo-. Iba a Bishopsgate
a entregarlo. -Inclinó la cabeza-. Gabriel
Harte, perfumero, para serviros,
¿señorita…?
-Señora Finche. Katherine Finche.
-¿Finche? ¿Los Finche de Lombard
Street, los mercaderes de especias?
-Los mismos. -Le tendí el sombrero,
pero no hizo caso. Sorprendida, con el
sombrero en la mano, me sentí como una
tonta.
-Se me ha caído el bastón -dijo-.
¿Seríais tan amable de buscármelo?
Molesta al ver que no hacía el menor
intento de buscarlo él mismo, miré
alrededor y vi el bastón en el suelo a
unos pasos de distancia. Tampoco esta
vez hizo ademán de cogerlo de mi mano.
-¡Vuestro bastón, caballero!
-Gracias. -Lentamente, tendió el
brazo hacia mí y movió la mano de
derecha a izquierda hasta tocar el
bastón.
Fue entonces cuando comprendí que
era ciego.
Debió de oírme tomar aire
profundamente, porque esbozó una
media sonrisa.
-Me habría visto en un verdadero
aprieto si no hubieseis acudido en mi
rescate.
Arrepentida de mi anterior
irritación, contesté:
-Y también tengo vuestro sombrero.
-Le rocé el dorso de la mano con él, y lo
cogió-. Tenéis sangre en la mejilla. ¿Os
la limpio?
-Si fuerais tan amable…
Un poco abochornada ante tal
cercanía con un desconocido, y más con
uno tan apuesto, me puse de puntillas y
tendí la mano para limpiarle el rostro
recién afeitado con mi pañuelo. Su piel
despedía un agradable aroma a bálsamo
de limón y romero.
Resultaba extraño mirarlo desde tan
cerca, a sabiendas de que él no me veía
a mí.
-Os habéis librado por poco -dije-.
Cuando he visto que los caballos venían
a toda velocidad hacia vos, he temido lo
peor.
-Tal vez también yo me habría
asustado si los hubiera visto. -Desplegó
otra sonrisa, esta vez más amplia, como
si hubiera hecho un comentario gracioso.
-¿Puedo acompañaros a algún sitio?
-me ofrecí.
La sonrisa quedó helada en sus
labios.
-Gracias, pero no.
-Estáis conmocionado…
-Puedo volver a mi casa en Covent
Garden sin el menor problema, gracias.
-¡Pero eso está en la otra punta de la
ciudad!
-¡Pues sí, así es! -exclamó con tono
risueño-. Pero llevo cruzando la ciudad
sin más ayuda que mi bastón desde hace
muchos años. Gracias por vuestra
gentileza, señora Finche. -Inclinó la
cabeza y, moviendo el bastón con
cuidado ante sí a uno y otro lado, se
puso en marcha. De pronto se detuvo y
se volvió de nuevo hacia mí-. ¿Señora
Finche?
-¿Sí, caballero?
Titubeó.
-¿Podríais describirme vuestro
aspecto?
-¿Mi aspecto? -Fruncí el entrecejo.
-Disculpad. Por vuestra voz deduzco
que sois joven y, como vuestros pasos
son ligeros y rápidos, sé que sois
menuda y delgada, pero desearía
conocer los colores de vuestro cabello y
vuestra piel.
Lo miré fijamente, pero su semblante
no delató nada. No parecía una petición
impertinente.
-Veréis, caballero, tengo el pelo
oscuro, los ojos de color avellana y la
piel clara.
Sus ojos ciegos miraron a lo lejos
por encima de mi hombro.
-Gracias -dijo-. Creo que ahora ya
tengo una imagen de vos. -Al cabo de un
momento asintió con la cabeza en un
gesto concluyente-. Y espero que se os
pase pronto la jaqueca.
¿Cómo sabía que yo tenía jaqueca?
Perpleja, me quedé en medio de aquella
nube de aire impregnada de aroma a
violeta y lo observé hasta que su esbelta
figura desapareció entre el gentío.
En cuanto se fue, me guardé en el
bolsillo el pañuelo arrugado y encontré
allí la nota de mi suegro, el señor
Finche, que me recordó de pronto el
asunto que tenía entre manos.
Al apretar el paso Fish Hill abajo,
sentí un ligerísimo soplo de brisa, que
aumentó cuando me adentré en el
bullicio y ajetreo de Thames Street.
Rodeé un carromato cuyo cochero
estaba enzarzado en un ruidoso
altercado con el dueño de una carreta
cargada de tablones. Zarandeada por
marineros, carboneros y abaceros, en
medio de aquel rumor de
conversaciones en distintas lenguas
salpicado por los chillidos lastimeros
de las gaviotas, atajé por uno de los
callejones hacia el Muelle de la Torre,
desde donde se veía el tramo oriental
del río.
Empezaba a subir la marea y el río
estaba a rebosar de botes, barcazas y
gabarras que transportaban pasajeros
desde Gravesend hasta la ciudad. Una
brisa salitrosa de levante refrescaba el
aire. Había varios barcos atracados, y
dejé atrás rápidamente la aduana para
doblar por Wiggins Key. El corazón me
dio un

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