---------------

Libro PDF El báculo Luz Guillén

El báculo  Luz Guillén

Descargar Libro PDF El báculo Luz Guillén


él.
Desde esa noche, he salido de mi cuerpo con más frecuencia de la habitual y siempre me dirijo al mismo sitio: a su lado. No lo pretendo, en serio,
a pesar de lo mucho que lo deseo, pero es como si resultara imposible terminar en ningún otro sitio. Él, ajeno a mí claro, sigue con sus excavaciones
y hallazgos, mientras yo continúo aferrada a él y muriendo por conocer cualquier cosa sobre su vida, cualquier detalle, lo que sea… pero, por
desgracia, todavía no he logrado desentrañar ninguna de sus incógnitas.
En esta última semana, cuando estoy junto a él, he empezado a percibir la presencia de otra persona. Tengo la sensación de que le vigilan.
Presiento que las intenciones de ese supuesto sujeto no son del todo lícitas, no sé por qué. Y, a pesar de no tener motivos para desconfiar, soy
incapaz de deshacerme de esa impresión. Una de las razones por las que deseaba tanto este trabajo, es esta. Aquí, rodeada de información y con los
contactos que pueda establecer, tendré las herramientas necesarias en mi mano para conseguir localizarle, y si lo consigo, intentar advertirle del
peligro que intuyo.
Fernando me ha conducido por los pasillos de la biblioteca hasta mi nuevo despacho. Es una habitación de buenas dimensiones y totalmente
equipada para el estudio y la investigación: en el centro de una gran mesa descansan dos atriles para apoyar los libros sin dañarlos y un ordenador.
En la pared opuesta a la puerta, hay una vitrina baja llena de volúmenes antiguos que parecen llamarme a gritos para que los hojee. Las otras dos
paredes están cubiertas con varias estanterías atestadas de libros, una de ellas tiene dos puertas inferiores cerradas con una llave que balancea en su
cerradura. La ventana de doble hoja situada sobre una de las librerías, es una verdadera obra de arte, con su celosía y el elegante marco. Todos los
muebles de la sala son de una cálida y distinguida madera de roble. Me parece una habitación de ensueño.
A diferencia de la creencia popular, el trabajo de un bibliotecario no se limita a ordenar volúmenes, prestar libros y poco más. No, ni mucho
menos. Se trata de algo muy difícil, serio y poco reconocido. Catalogar libros no es la única meta, hay mucho más. Mi tarea en la biblioteca, según
me va explicando Fernando conforme me muestra el despacho, será investigar entre los libros más antiguos. Me resulta apasionante desentrañar
misterios encerrados en las páginas escritas por autores de tiempos lejanos. Mi nuevo jefe me informa que también me encargaré del cuidado y
estudio de los incunables que lleguen a nuestro centro. Me emociona el tipo de labor que me espera entre esas cuatro paredes pero, en realidad y
siendo sincera conmigo misma, intentar descubrir quién es el hombre que me quita el sueño y me provoca anhelo, me incentiva mucho más.
—¿Qué te parece? —me pregunta mi jefe al final de su explicación, con cierto temor en la voz— Es luminoso, pero tienes una sala adyacente más
oscura para aquellos ejemplares a los que no les conviene la luz —Me muestra una pequeña habitación de la que yo no me había percatado situada
entre dos estanterías.
— Es fabuloso, en serio —Estoy impresionada por lo que me rodea. ¡Es tan profesional, he soñado tantas veces con algo así!—. No podría pedir
nada mejor.
—Bien pues—Me sonríe y hace un gesto que abarca toda la habitación—, te dejo un momento para que te vayas acostumbrando a tu nuevo
espacio, vuelvo después.
—Oh, gracias —Se va dejándome en esa habitación que representa un deseo cumplido para mí. ¡Soy feliz!
De repente, sin previo aviso, como siempre ocurre, una fuerza contra la que me resulta imposible luchar, me impulsa fuera de mi cuerpo, que
queda estático frente a la mesa que domina la estancia, y me empuja a un túnel que conozco muy bien, pero que nunca sé a dónde me va a llevar.
Le veo. Está hablando con un hombre. Me parece que es árabe pero no puedo asegurarlo. Están conversando sobre un objeto. Al parecer, él desea
encontrarlo. Su acompañante lo tilda de leyenda y persiste en que es una mala idea perder el tiempo buscando una quimera. Hay algo que me
inquieta pero no puedo adivinar qué es. Intento desplazarme a su alrededor para comprobar todos los rincones en busca de eso que me crea
incertidumbre, pero no puedo moverme. Me parece que estoy enganchada a esa escena y no puedo dejar de contemplarla. Es raro. Todo es raro, raro.
Y lo que me produce ver a ese desconocido con el que discute lo es mucho más…
Solo permanezco allí uno o dos minutos. Igual que llego, me voy, para aparecer nuevamente dentro de mí. De mi yofísico. Ha sido un viaje corto
y desconcertante, pero agradezco su brevedad porque, en cuanto vuelvo, noto que la puerta se abre para dar paso a un sonriente Fernando.
— ¿Así qué? Te gusta, ¿no?
— Sí. Es…
— Ahora acompáñame, te presentaré a tus nuevos compañeros —Me interrumpe levantando su mano derecha en señal de stop—. A ver si
también te gustan —bromea.
Sonrío y le sigo, porque no puedo hacer otra cosa y porque la idea me parece fantástica. A ver si la distracción consigue aliviar este peso que se
ha acomodado en mi vientre desde mi reciente traslación. Me conduce por unos corredores, que todavía no había recorrido, hasta una sala grande,
en la que dos mesas llenas de volúmenes, hospedan a un chico poco mayor que yo y a una bellísima mujer que, ataviada con bata y guantes, observa
detenidamente un libro con apariencia añeja. Levantan las cabezas a la vez para mirarnos. A la mujer, parece que se le ilumina la mirada cuando ve
a Fernando, al que descubre después de haber paseado con rapidez los ojos por mí. El chico, me observa curioso y sonriente.
— Chicos, os presento a Raquel. A partir del lunes, se unirá a nosotros. Es un cerebrito, aquí donde la veis, tan joven y guapa —Me sonrojo sin
remedio, claro—. Se encargará de todos de los volúmenes que recibamos anteriores a mil ochocientos. Está especializada en la edad media y en los
siglos XVI y XVII, pero no se le da nada mal el XVIII—bromea. Me doy cuenta de que lo hace con frecuencia. Yo vuelvo a sonrojarme, pero no puedo
reprimir que se me hinche el ego al escucharle.
—Encantado —me dice el chico saliendo de detrás de su mesa para acercarse a mí—. Me llamo Eric. Espero que te guste esto. A mí me chifla,
desde luego. Elena —Señala a la mujer que se va acercando poco a poco al grupo que hemos creado entre los tres.
—Hola, ¿Raquel? —Asiento con la cabeza— Encantada. Si necesitas alguna ayuda, consejo, lo que sea, dímelo.
—Gracias.
—Y no permitas que este par te intimiden—Señala a los dos hombres que nos acompañan—. A veces pueden ser un poco toca pelotas.
—¡Que ni lo intenten! —afirmo guiñándole un ojo.
—No sabes la ilusión que me hace no ser la única chica, por fin.
—¡Vaya! —exclama Eric dirigiéndose a Fernando— Ahora se compincharán en nuestra contra.
—Y vamos a ser muy malas —garantiza Elena con una sonrisa ladina.
Me siento a gusto entre este grupo. Son divertidos y parece que se llevan muy bien. A Elena se le nota muy interesada en todo lo que hace o dice
Fernando, pero no la culpo. Realmente es un hombre muy atractivo, se le adivina inteligente y, desde luego, muy ocurrente. Él, a su vez, le lanza al
descuido alguna mirada cargada de significado. Me explican algunas normas sobre el trabajo para que las tenga en cuenta. No me molesta que me
hagan el apunte, al fin y al cabo lo que quiero es desarrollar mi cometido en armonía con los demás profesionales. Y no solo con los eruditos, que es
entre los que me encuentro ahora, sino con los que realizan labores menos delicadas pero igualmente indispensables para el buen funcionamiento
de la institución.
Me despido de mis nuevos compañeros y mi jefe me acompaña para que conozca a otra gente que trabaja por aquí. No logro recordar sus
nombres, pero no me preocupa, tiempo tendré para aprendérmelos y conocerles a todos bien. Luego me enseña el resto de instalaciones. En el
vestuario, me indica la que será mi taquilla y me da la llave. ¡Tengo taquilla! Estoy más feliz que una perdiz.
Finalmente, volvemos al despacho del director donde Fernando me da las últimas indicaciones antes de irme. Estoy satisfecha. He conseguido
mi objetivo, me encanta el trabajo, la gente y toda la experiencia y conocimiento que voy a adquirir aquí.
Estoy alargando la mano para despedirme de Fernando, cuando una nueva sacudida me deja paralizada. Salgo de mi cuerpo y veo como él
extiende su mano para estrechar la mía. No puedo desaparecer, no puedo, simplemente me es imposible ir a ninguna parte en ese momento. Es
demasiado importante como para… Me lanzo en picado y logro alcanzarme antes de que mi jefe me roce los dedos. Lo he conseguido, pero estoy
aturdida. No suelo tener control sobre mis ausencias pero milagrosamente he logrado dominar la situación. Me resulta muy extraño. Por otra parte,
dos viajes tan seguidos… Me doy cuenta de que me observa inquisitivo.
— ¿Te pasa algo Raquel?
No sé qué responder— No, ¿por qué lo preguntas? —Intento restar importancia a lo que sé que ha visto.
— Por un momento me ha dado la sensación de que te… No sé… Como si te hubieras ausentado —me dice cauteloso.
— Lo siento —improviso sonriente escondiendo mi nerviosismo—. Estaba pensando en una cosa importante que tengo que hacer y se me ha ido
el santo al cielo. A veces me pasa.
— Pues me has asustado —dice serio por primera vez desde que le conozco—. Realmente debía ser algo muy importante, porque tus ojos estaban
vacíos, idos.
Me río tratando de disimular— Ese es uno de mis defectos, ya lo irás viendo. Cuando pienso en algo detenidamente —¿Y ahora qué me invento?
—, me abstraigo tanto que parece que no esté en mí —Esta es buena. Me servirá en el futuro… si hace falta.
— Bueno, pues aquí vas a estar más en el limbo que en tu cuerpo —Se ríe él— ¡Aquí vas a pensar y de lo lindo!
— Supongo, sí. ¡No os extrañe encontraros una estatua con mi cara cuando esté concentrada trabajando! —Frivolizo mientras preparo una futura
coartada por si la necesito, deseando encarecidamente que no sea necesaria— Me marcho ya. Hasta el lunes Fernando —Alargo la mano para
estrechar la suya que ya sale al encuentro.
— Hasta el lunes Raquel. Me encanta que vayas a trabajar con nosotros.
Cuando me giro, me da la sensación de que me estudia detenidamente. No sé si es simple curiosidad o si mi amago de paseo le ha puesto la
mosca tras la oreja.
A veces, esta cualidad mía me ha acarreado más de un problema. Recuerdo una vez en que mi profesor de catalogación me llamó a la pizarra. No
era una práctica común, pero tampoco era inusual así que, me levanté de mi pupitre para dirigirme a la tarima, y en ese momento ¡ZAS! Salí
despedida hacia una selva tropical, no sabría decir cual, vi unas ranitas de un verde intenso, amándose apasionamente, mientras otra se atracaba con
un enorme insecto que me produjo escalofríos. Al volver a la clase, tenía a todos mis compañeros alrededor y a mi profesor con cara de espanto y
móvil en mano llamando a un médico. Esa vez, me costó mucho poder explicar qué me había pasado. Bueno, lo cierto es que no pude explicarlo,
durante un tiempo, todos me miraban con cara de pocos amigos, como si yo fuera una poseída.
Pero esa no fue la única vez que me vi en un atolladero, no. A lo largo de estos catorce años, he tenido anécdotas para dar y repartir. No es
momento de ponerme a recordarlas todas, pero haberlas, las ha habido de todos los colores.
Le prometí a Andrea, mi mejor amiga, que la llamaría nada más salir de mi entrevista y si no lo hago, me cuelga en cuanto me eche el ojo
encima. Marco su número. Tarda más de lo acostumbrado en contestar, pero finalmente lo hace.
—¿Qué, petarda? ¿A qué lo has conseguido? —me saluda.
—Sí —contesto entusiasmada—. Me lo han dado —Cambiando a un tono de retintín , añado—. Tenías razón, eres la mejor y sabes más que nadie.
—No es eso. Solo sé que no había nadie mejor para el puesto. Eres una maldita genio y nadie en sus cabales te dejaría escapar —Se nota que es mi
mejor amiga, ¿verdad?— ¿Has hablado con tus padres? ¿Se lo has contado?
—¿No te juré que serías la primera a quien llamaría al salir? —pregunto divertida— No, todavía no les he dicho nada.
—Bueno pues aprovecha para llamarles mientras me esperas. Salgo del bufete en veinte minutos y me invitas a comer.
—¡Qué cara tienes!
—Tienes trabajo nuevo —me recuerda—, así que apoquina.
—Está bien —claudico— ¿Dónde comemos?
—Me apetece marroquí. Por donde tú estás hay un montón de restaurantes marroquíes, busca uno con buena pinta y me mandas la ubicación al
móvil.
—De acuerdo, busco.
—Venga —concede con una cancioncilla—, que no sea muy caro. Todavía no has cobrado tu primer sueldo y no quiero arruinarte.
—¿Qué creías que iba a buscar, Andrea? ¿Un cinco tenedores con estrellas Michelin? —Me río mientras corto la comunicación.
Voy paseando por el barrio que circunda la Biblioteca buscando el sitio idóneo, barato pero que no dé repelús. Admiro la variedad de culturas
que conviven por esas calles y me sorprendo recordando que he estado en la mayoría de los países que representan. Esto de mis viajes tiene, como
todo, su lado bueno y su lado… no tan bueno. El hecho es que sí, he estado en un montón de sitios preciosos, inaccesibles, sobrecogedores,
asquerosos (en serio que hay sitios que dan un asco atroz), fascinantes… Pero realmente no he disfrutado de ellos para nada. Estoy allí, pero mis
sentidos, a excepción del oído, no aprecian lo que me rodea. Es difícil de explicar, es como… como ver una película que te envuelve pero de la que no
formas parte, como si tocaras algo o a alguien y tus manos no sintieran el contacto. Así que, he viajado alrededor del mundo y sin embargo no
puedo decir que he estado en ninguna parte. ¡Es tan distinto cuando mi cuerpo me acompaña! Recuerdo mi viaje a Roma con los compañeros de
instituto, las tres semanas que pasé en Dublín estudiando inglés (aunque en realidad estudiaba a un inglés) o la escapada que hice con mi hermano
Roberto y su amigo Luís a Londres, justo antes de que se trasladara a Egipto con sus padres. ¡Qué viaje tan maravilloso! Yo estaba tan colada por él
que casi no me acuerdo de otra cosa más que de Luís. Bueno, de Londres también un poco, pero… bastante menos. Me sonrojo ligeramente al
rememorar alguna de las escenitas que le monté y sacudo divertida la cabeza para ahuyentar la vergüenza que me provoca evocarlas. Al ladear la
cara, encuentro el lugar ideal para comer con Andrea. Tomo el teléfono, le mando un mensaje con la ubicación del restaurante (a pesar de que es que
es un poco aventurado llamarlo así, la verdad), decido hacer caso a mi amiga y llamar a mis padres para darles la feliz noticia.
—¿Mamá?
—¡Princesa! —me saluda mi madre contenta al escucharme— ¿Qué me cuentas? Lo has conseguido, ¿verdad?
—¿Por qué todos estabais tan seguros de que lo lograría?
—¡Ya se lo has dicho a Andrea antes que a mí! —me amonesta resignada.
—Se lo prometí —me justifico.
—Está bien, hay cosas con las que más vale no luchar y tu amistad con Andrea es una de ellas—Sonrío y cuando voy a contestar añade— ¿A qué
se han quedado boquiabiertos cuando han leído tu currículo?
—No sé —confieso—. El director de la biblioteca, lo ha leído a puerta cerrada y no sé qué cara ha puesto, pero cuando me ha recibido en su
despacho, se ha mostrado muy complacido conmigo, así que debe haberle gustado.
—Esa es mi niña. No hay nadie que se le resista —¡Madres!
—Bueno, mami, te dejo que quiero llamar a papá antes de que venga Andrea. Hemos quedado para comer y ya sabes cómo es. En cuanto llegue
no voy a poder hacer nada más que estar por ella.
—Le vas a alegrar el día a papá igual que me lo has alegrado a mí. ¿Cuándo vas a hablar con tu hermano? Seguro que está esperando tu llamada
mordiéndose las uñas.
—Le dije que charlaría con él por Skype esta noche. Así nos podemos despachar a gusto. Creo que él también tenía algo que contarme.
—Ya lo veo, hoy hasta las tantas hablando con tu hermano a través del ordenador —¡Cómo conoce Doña Remedios Blanco a sus hijos!—. Pero
antes de enrollarte, deja que hablemos tu padre y yo un rato con él, que cuando os ponéis sois peligrosos.
—De acuerdo mamá. Oye, te dejo que Andrea está a punto de llegar y no me va a dar tiempo de hablar con papi.
—Bueno, mi vida, nos vemos en casa. Hoy te haré una cena especial para celebrar tu nuevo empleo.
—Gracias, mamá.
—Adiós, mi amor —se despide.
Miro el aparato que tengo en las manos con la misma ternura con la que miraría a mi madre si estuviera delante. Respiro un par de veces para
afrontar la nueva comunicación y llamo a mi padre. Si mi madre es mi madre, mi padre es MI padre. Él todavía es más cariñoso y se muestra más
orgulloso de mí que mamá ¡y mira que eso es difícil!
—¡Lo conseguiste! —exclama mi padre sin darme tiempo a articular palabra— ¡Mi niña lo consiguió!
—¿Cómo lo sabes, papá? —pregunto riéndome a mandíbula batiente.
—No he tenido ni la menor duda. Eres inteligente, culta, sensata, divertida y la muchacha más bonita del mundo —¡Padres!
—Papá, que se te va la pinza. No seas exagerado, anda.
—No exagero ni un poquito —me dice convencido.
—Bueno, papi, el mundo es muy grande y tú no has visto a todas las chicas que viven en él —le chincho.
—No necesito ver a ninguna más para estar seguro de eso.
—Andrea es mucho más guapa que yo —aseguro. Sobre todo porque acaba de aparecer y quiero burlarme un poco de ella.
—Cierto que Andrea es guapa. Es un cielo esa niña, pero tú… —Mi amiga se ríe al intuir con quien hablo. Hace mucho que conoce a mi padre y su
apasionada opinión de mí.
—Papá, te dejo. Acaba de llegar Andrea. Vamos a comer juntas. Luego te veo en casa y terminas de subirme la moral, si es que puedes hacerlo un
poco más —Y me río de mis propias palabras.
—¿Se lo has dicho ya a tu madre? —me pregunta antes de despedirse.
—Sí, y está tan contenta que me ha prometido una cena de rechupete.
—Bueno, vida, pásalo muy bien con Andrea. Luego nos vemos. ¿Has hablado con tu hermano?
—No, todavía no. Luego, en casa me conecto para hablar con él.
Me despido ante la mirada censuradora de mi amiga que me hace gestos con la mano para indicarme que tiene mucha hambre. Al colgar, la miro
con fastidio y la cojo del brazo para conducirla hasta el local que he descubierto. Resulta ser una gran revelación este sitio. Al entrar, a la derecha
hay un mostrador largo de cristal. En frente, un par de mesas pequeñas para dos comensales, que crean un pasillo que desemboca en una sala de
buena medida en la que hay dispuestas seis mesas. Es limpio, la gente que lo regenta es muy agradable y la comida es deliciosa. Compartimos un
único menú. Las raciones son generosas y nosotras no somos de mucho comer… bueno, lo cierto es que sí lo somos, pero no de una sola sentada.
—La acertaste, petarda —me dice complacida.
—Sí, parece que vamos a tener que añadir este bareto a la lista de locales cool.
—Bueno, vamos al grano que ya he saciado el hambre —Apoya los codos en la mesa, reposa la barbilla en las manos y me mira inquisitiva—.
Ahora le toca saciarse a mi curiosidad. Cuéntamelo todo. Desde que has llegado hasta que te has ido. ¿Cómo es tu jefe? ¿Está bueno? ¿Hay alguien
potable?
—Vamos por partes, Fernando…
—¡Uy, uy, uy! ¡Ya le llamas Fernando! —canta impertinente Andrea.
—¡Uy, uy, uy! ¡Es muy joven y me ha pedido que lo tutee! —la imito— Bueno, pues eso —Continúo haciendo un gesto airado con la mano—,
Fernando es mi jefe, es el director de la biblioteca. Es muy majo —La miro y, conociéndola, añado—,majo, he dicho majo, no que me haya
enamorado de él. No te hagas películas que te veo venir—Pone ojitos, le sonrío lacónica y sigo—. Luego he conocido a Elena que es muy simpática y
guapa hasta decir basta y a Eric —La miro intentando contener su imaginación— ¡Ni lo sueñes! Venga Andrea que eres de lo que no hay —la
censuro—. Ellos son mis compañeros. Entre los tres nos encargaremos de todos los volúmenes antiguos que entren. Cada uno está especializado en
una época.
—No me lo digas —me corta—, siglo XVI —Niego con un rápido movimiento de cabeza y ella me mira extrañada.
—No, mejor todavía. Todo lo que llegue a nuestro archivo anterior al XVIII —Revelo triunfal—. Bueno, sigo. Luego me ha presentado a los
demás compañeros, muy agradables todos y, lo que me ha hecho casi más ilusión de todo: me ha dado la llave de mi taquilla. ¡Tengo taquilla en la
biblioteca de Barcelona! ¿Te lo puedes creer?
—Raquel, en serio, a veces no sé si es cierto que tienes un coeficiente de ciento cincuenta—Me mira con fastidio— ¿Tú crees que es normal que te
ilusione una triste taquilla? ¡Cómo si no hubieras tenido una en tu vida!
La miro con los ojos entornados— Sí, claro, pero no en la biblioteca de Bar-ce-lo-na —Remarco con retintín.
Continúo mi obligadamente detallada explicación mientras mi amiga escucha con interés y, poco a poco, terminamos lo que nos queda del
menú. Al salir, nos despedimos con un beso y la promesa de llamarnos más tarde. Andrea debe volver al bufete y yo quiero pasear un poco antes de
regresar a casa.
Deambulo por las calles de la zona vieja de la ciudad recapitulando todo lo que ha pasado durante el día. Me detengo a rememorar esos pocos
instantes en que mi yo etéreo ha contemplado hoy a ese hombre que se ha convertido en mi obsesión, y vuelve a atacarme esa sensación extraña que
he sentido en aquel momento, al verle. Hay algo que no me cuadra, pero no puedo dar con lo que es. Espero volver pronto allí. Nunca puedo
determinar ni el momento ni el lugar al que me dirigen mis traslaciones. A veces eso, me crea un no sé qué que me agobia. Ahora es una de esas
ocasiones. Necesito volver a verle y saber qué es lo que busca tan afanosamente. Le he visto desenterrar piezas que, a mi parecer, son muy antiguas
y valiosas, aunque él parece ir a la caza de un tesoro mayor. Pero, sobre todo, necesito volver para verle, averiguar quién es de una vez. Si lo
descubriera tal vez, solo tal vez, podría llegar a conocerle. Toda yo.

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------