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Libro PDF El bastardo de la reina Robin Maxwell

El bastardo de la reina Robin Maxwell

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Tengo una enorme deuda de gratitud con mi
marido, Max Thomas, por darme la idea de
escribir el libro, así como por su interminable
labor de aportación y revisión del mismo durante
todo el tiempo que lo estuve escribiendo. A su
tolerancia y paciencia con una esposa que estuvo
viviendo, durante largos espacios de tiempo, más
en el siglo XVI que en el XX, le faltó poco para ser
heroica.
El personaje de Arthur Dudley se inspiró en
gran parte en Monty Roberts, que en su libro The
Man who Listens to Horses se preguntaba si hubo
muchachos en siglos pasados que, como él,
descubrieron el «lenguaje del caballo» y el
compasivo arte de entrenarlos de forma distinta
del método convencional, no exento de tortura, de
domarlos. Es interesante que fuera su majestad la
reina Isabel II quien dio a conocer la obra de
Roberts y la persona que ha manifestado continuo
interés en él y le ha prestado su apoyo.
Como por arte de magia, fueron surgiendo ante
mí libros perfectos para la obra que yo quería
escribir, a lo largo de mi investigación: The
History of Horsemanship, de Charles Chenevix
Trench; Dark and Dashing Horsemen, de Stan
Steiner; The History of Warfare, del vizconde
Montgomery de Alamein; Elizabeth’s Army, de
Charles Grieg Cruickshank, y The Spanish
Armada, de Winston Graham. También Daily Life
in Spain, de Marcelin Defourneaux, Elizabeth I,
de Paul Johnson, y cualquier ejemplar de las obras
de A. L. Rowse sobre la época isabelina, así como
el Portrait of a Queen, de Lacey Baldwain Smith.
La biografía de Peter J. French del Dr. Dee, la de
lady Antonia Fraser de Mary Queen of Scots, y un
capítulo completo sobre Francis Englefield en el
libro The Spanish Elizabethans, de Albert J.
Looms, fueron todos ellos de un valor
incalculable.
Agradezco a Billie Morton, David Hirst, Butch
Ponzio y Jillian Palethorpe sus lecturas y
comentarios durante el proceso de escritura del
libro. Robert Patton me suministró relevante
información sobre antiguos rituales británicos y
traducciones de salmodias célticas. Y guardo
especial gratitud hacia Philip Daughtry, que,
atendiendo mi petición formulada con muy corta
antelación, escribió Cum Rage!, el poderoso
conjuro que se utilizaba para arrojar al Demonio
de las costas de Inglaterra.
Apreciaré y agradeceré toda mi vida el apoyo
de mi agente, Kim Witherspoon, y de mis editores,
Jeanette y Richard Seaver. Le doy también las
gracias a Ann Marlowe, mi excelente redactora
publicitaria.
Y por último, doy las gracias a mi madre,
Skippy Ruter-Sitomer, que me enseñó el
significado del amor y que nunca ha dejado de
creer en mí.
LIBRO PRIMERO
I
«Mi padre ha muerto y mi madre es la reina de
Inglaterra.»
La letra en la primera página del diario de
tapas de cuero azul era firme de trazo y de poco
atractivo diseño. Su autor, un hombre alto y
corpulento, miró a través de la vasta extensión del
mar, y su cabello de color rojo dorado azotó, con
un movimiento brusco, la fuerte estructura ósea de
su mandíbula. El rostro tenía profundas arrugas y
una belleza de facciones duras, con ojos negros
penetrantes que resplandecían con una expresión
de indudable inteligencia. Mientras acomodaba el
libro que sostenía en sus rodillas, esperaba que el
océano permaneciera tranquilo, así como los
vientos, porque no estaba acostumbrado a escribir
de esta manera y bastante difícil era plasmar sus
pensamientos en el papel sin tener que luchar,
además, con el movimiento del barco, que lanzaba
al aire su tintero y hacía ondear las páginas, con
ayuda de la brisa.
Un poco más lejos, a estribor, una bandada de
gaviotas, en formación desordenada, atrajo su
mirada. Pensó que probablemente se dirigían a las
islas Canarias, pero era ése un largo camino para
que las gaviotas estuvieran alejadas de tierra.
Metiendo su pluma en el tintero que sostenía entre
las rodillas, empezó otra vez, reflexionando sobre
cada palabra antes de escribirla en la hoja de
vitela.
«Me llamo Arthur Dudley —escribió—. Estas
palabras tienen para mis oídos un sonido extraño y
deshonesto, pero no obstante son buenas y ciertas.
Lo que sigue no es un diario, porque hasta los
sucesos de hace varios años, tenía un concepto tan
pobre de mi propia vida y condición que nunca se
me pasó por la cabeza la vanidad de escribir un
diario. En su lugar, este documento abarca
veintisiete años de mi historia, tan bien como
pueda recordarlos. Recuerdos. Es extraño que una
vida tan vulgar y ordinaria merezca ser recordada.
Pero como he dicho ya, soy el hijo de una reina y
por lo tanto digno de mención.» El crujir de las
velas en la mesana, al levantarse el viento, le
lanzó bruscamente de nuevo a cubierta, ya que el
sol iba también bajando hacia el horizonte de
occidente. Buscó la bandada de gaviotas, pero no
estaban ya a estribor, ni justo enfrente, hacia donde
él creía que se habían dirigido. ¿Cómo podía ser?
Las aves habían estado rasgando el aire sólo un
momento antes. Escudriñó el firmamento a su
alrededor. ¡Ah! La manada era ahora una mancha
que iba disminuyendo de tamaño y que volaba a
poca altura, pero del lado de babor.
«Me he perdido —dijo Arthur para sus
adentros—, perdido en el interior de las palabras
que he estado escribiendo.» Se dio cuenta con un
estremecimiento de que el tiempo se había
simplemente desvanecido mientras estaba
sometido a la memoria; un truco de magia natural.
Arthur Dudley sonrió al pensarlo. Cada día de su
viaje al Nuevo Mundo podría ir escribiendo
fragmentos de su vida, y durante esos momentos,
convertirse en un mago del tiempo.
II
—Está aquí, majestad. —La voz de Kat Ashley era
grave y no intentó ocultar su desagrado. La dama
de honor, que tenía cincuenta y dos años, observó
enojada que la joven reina que se estaba ahora
acicalando delante de su tocador no intentó
tampoco controlar su deleite—. Si no os importa
que os lo diga, señora…
—Pero sí que me importa, Kat. Me importa de
verdad mucho. No necesito que se me recuerde el
escándalo acerca de la muerte de Amy Dudley. Lo
sé ya bastante bien.
Kat Ashley dio un resoplido de impaciencia:
«Su favorito va ataviado con su ropa de luto, pero
se pavonea de un lado a otro, como un pavo real
bello y rebosante de buena salud, como un hombre
que acaba de regresar de tomar las aguas en lugar
de un viudo que regresa de un entierro, y no
digamos ya de alguien sospechoso en una
investigación judicial por asesinato».
—¿Os gustaría entonces ver a mi leal amigo
demudado y enfermo?
—En absoluto, majestad. —Kat se dio cuenta
de que salir ganando de una discusión con la reina
era imposible—. Nunca jamás, ni en un millar de
años. ¿Le digo que entre?
—No… espera un momento más.
Isabel se miró en el espejo de marco de plata y
confió en que su nerviosismo no se notara. Le
pareció que tenía buen aspecto. Los tres meses de
forzosa ausencia de su amante —forzada por ella
misma— habían sido ciertamente de mucha
tensión. Había sufrido una cantidad mayor de lo
acostumbrado de migrañas y catarros. Pero ahora
sus ojos brillaban, su piel estaba hermosamente
pálida y opalescente y su cabello de color rojo
dorado formaba un halo ondulado alrededor de su
perfectamente ovalado rostro.
Los largos y elegantes dedos de Isabel
buscaban inconscientemente un gran relicario de
plata que llevaba en torno a su cuello, una joya que
se había aficionado ahora a llevar y que apretaba
entre sus dedos para relajarse. No era vina joya
barata de bisutería, sino un valioso recuerdo.
Nadie sabía que dentro contenía una miniatura de
su madre. Ana Bolena, que había muerto hacía ya
mucho tiempo, y un rizo del sedoso cabello de esa
dama.
Su vestido de tafetán y brocado negros
realzaba la blancura de la piel de la reina, pero
este día la elección de su atuendo la dictaba no la
vanidad, sino el respeto por la muerta —Amy
Dudley— y el regreso a la corte del marido de
Amy, favorito de Isabel. Su caballerizo mayor, su
amado Robin Dudley.
Isabel se levantó del tocador. Era alta para ser
una mujer, casi demasiado alta, pero su padre, el
rey Enrique, había sido alto como un gigante. Ella
era esbelta como un junco y los soportes y varillas
de su pesada vestidura mantenían su torso rígido.
El único rasgo que producía un efecto grácil eran
sus brazos y sus manos, la inclinación de su cabeza
y su voz rica y modulada.
—Este será el último día en que me vista de
luto —le dijo súbitamente a Kat Ashley—. Que
lady Sidney se ocupe de mi vestuario después de
haber disfrutado durante un momento del placer de
saludar a su hermano.
—Sí, señora. ¿Y qué vestido querrá su
majestad ponerse primero? —preguntó Kat, con un
tono de voz en el que rebosaba el sarcasmo—, ¿el
de color escarlata?
—¡Katherine Ashley! —Los ojos de Isabel
relampaguearon de furia.
—Le diré a lord Robert que puede entrar —
murmuró la incorregible dama de honor, mientras
salía apresuradamente de la alcoba de la reina.
Isabel no había estado nunca tanto tiempo
separada de él. Desde su ascensión al trono dos
años antes, había insistido en que Robin, su
querido compañero desde que tenían ocho años,
permaneciera a su lado continuamente. Su
nombramiento como caballerizo mayor garantizó
su constante compañía y su apasionada relación
amorosa había supuesto para él un rápido ascenso
gracias a la protección de la reina. Pero le había
creado también más enemigos que amigos en la
corte. No obstante, había sabido llevar su subida
de posición con buen talante y sorprendente estilo,
y a pesar de las pullas y críticas procedentes de
todas direcciones, Isabel nunca había puesto en
duda una sola vez su amor y su lealtad.
Entonces murió su esposa Amy en misteriosas
circunstancias y el odiado cortesano había sido
víctima de más de una sospecha. Con el corazón
abatido, Isabel lo tuvo que desterrar de la corte a
su casa en Kew hasta que el médico forense,
encargado de investigar las causas de muertes
violentas, certificara su inocencia sin dejar lugar a
dudas.
Isabel había

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