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Libro PDF El caballero de negro Melane Collins

El caballero de negro  Melane Collins

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través de la ventanilla del carruaje, Prudence observaba la preciosa casa que su tío Edmund había adquirido hacía unos años en Virginia.
-¡Oh! Lotty, es preciosa, tan blanca y con esas columnas en la fachada, es tan diferente a las casas inglesas, me parece encantadora -dijo al a mujer que la había
acompañado en su viaje desde Inglaterra.
-Su tío siempre ha sido un hombre con muy buen gusto.
-Sí. Tengo unas ganas terribles de verlo, lo he echado de menos todo este tiempo.
Hacía años que no se veían y hacía unos meses su tío le había escrito, invitándola a pasar el verano con él.
Había sido una noticia que Prudence recibió con entusiasmo, su tío Edmund, hermano de su padre, era su preferido. Siempre había viajado mucho y de cada viaje le traía
exóticos regalos y le contaba increíbles historias.
Ahora que había fijado su residencia en Virginia, Prudence lo extrañaba. Por eso, cuando recibió la carta, suplicó a sus padres para que la dejaran realizar el viaje.
-Por favor papá, tengo tantas ganas de ver a tío Edmund.
-Es un viaje muy largo y no puedes hacerlo sola.
-Lotty podría acompañarme.
Al final cedieron a sus deseos, solía salirse con la suya, porque cuando quería algo, era terriblemente obstinada.
Su padre la adoraba, decía que era una chiquilla mal criada, aunque de chiquilla le quedaba poco.
Acababa de cumplir los dieciocho y ya era toda una mujer.
Aunque su padre prefería seguir pensando en ella como su pequeña rizos de oro.
Uno de los motivos que hicieron a su padre ceder respecto al viaje, era que prefería mantenerla alejada de la alta sociedad, quería retrasar en todo lo posible ese
momento, muchas de las jóvenes conseguían esposo en sus primeras temporadas. Para él, Pru no necesitaba apurarse tanto, a su parecer la joven era demasiado inocente
todavía.
Estaba seguro que con su belleza y su posición social no le costaría encontrar un marido adecuado en el momento que la niña estuviera preparada.
El carruaje se detuvo delante de la puerta principal y un hombre uniformado salió a recibirlas.
El cochero ya se estaba haciendo cargo del equipaje, mientras el mayordomo las ayudaba a descender del vehículo.
-Buenos días, soy Prudence Lockhart.
-Bien venida señorita Lockhart, su tío no la esperaba tan pronto. De haberlo sabido él mismo hubiera ido a recibirla.
-Lo se, pero el viaje fue mejor de lo que esperábamos, y por fin estamos aquí. -Dijo con una gran sonrisa que le iluminaba la cara.
-Si me acompaña, la llevaré a reunirse con el señor Lockhart.
Entraron en el espacioso hall, la casa era maravillosa, tan luminosa y decorada con el gusto inconfundible de su tío.
Del interior de una de las dependencias le llegó la indiscutible voz de éste.
No pudo esperar a ser anunciada y entró apresuradamente en la estancia, corrió a arrojarse a los brazos de su tío, que por unos segundos puso cara de sorpresa ante
aquella brusca intromisión, el tiempo suficiente para reconocer en aquel torbellino a Prudence, su pequeña Pru.
-¡Oh, dios mío! no me lo puedo creer, ya estás aquí y como has crecido.
Dijo riéndose mientras la levantaba en el aire y daba vueltas con ella entre sus brazos.
-¡Tío Edmund! como te he echado de menos.
La risa salía de su boca como un baile de campanillas.
Prudence, en su loca carrera por abrazar a su tío, no había reparado en la presencia de aquel hombre que permanecía de pie no muy lejos de los Lockhart.
Sin parecer afectado por aquella situación, Maxwell Evans, miraba la escena entre tío y sobrina. Duró lo suficiente para poder fijarse en aquella alocada criatura que
había irrumpido como un ciclón en la sala. Su pelo rubio iba apenas recogido hacia atrás, cayendo rizado y brillante sobre su espalda. Un peinado un tanto infantil para
aquella muchacha, que parecía ser mayor de lo que trataba de aparentar, pensó Maxwell.
Le llamaron la atención sus claros ojos azules y la alegría que éstos desprendían mientras miraba embelesada a su tío.
Era una joven muy hermosa, aunque para su gusto demasiado infantil, le faltaba mucho para resultarle interesante.
Posándola en el suelo y sin poder dejar de mirarla, Edmund dijo -Querida, quiero presentarte a uno de mis vecinos y amigo- Le pasó un brazo sobre los hombros y la
colocó frente a Maxwell- el señor Evans.
Prudence se sintió un poco azorada, no se había percatado de la presencia del caballero y ahora se sentía un poco tonta, que habría pensado de ella.
-Es un placer señor Evans -hizo una pequeña reverencia- Espero que sepa disculpar mis modales, no había notado que había alguien más en la estancia, las ganas de ver a
mi tío -miró sonriente hacia él- me hicieron irrumpir en la sala de esa forma tan poco apropiada.
-El placer es mío, señorita Lockhart -más de lo que había imaginado, su aspecto infantil tan solo era fachada, la muchacha parecía toda una mujer al dirigirse a él con sus
impecables modales y aquella suave y aterciopelada voz, que era un regalo para el oído- no se disculpe, es comprensible su reacción, si hace mucho tiempo que no se
ven.
-La verdad, hace cosa de dos años -dijo Edmund- como pasa el tiempo, la última vez que te ví eras una mocosa y ahora eres toda una mujercita.
-Tío, por favor -estaba comenzando a ruborizarse.
Maxwell lo notó, le pareció divertido, aunque en sus serias facciones apenas sí se notó el cambio de expresión.
-Tengo que irme, les dejo para que se pongan al día con sus cosas. Nos vemos mañana, seguiremos tratando el tema que nos ocupa. -Hizo una leve inclinación de cabeza
dirigida a Prudence.
-Señorita Lockhart, espero que su estancia sea agradable, le deseo buenos días.
-Buenos días y gracias señor Evans. -Dirigiéndole una encantadora sonrisa inclinó a su vez la cabeza.
-Lockhart, buenos días.
-Buenos días Evans.
Maxwell abandonó el despacho con pasos largos y enérgicos.
-Es un poco extraño este amigo tuyo ¿no? -fue más un pensamiento en voz alta que una pregunta directa.
-Sí, Maxwell es un buen hombre, pero demasiado frío. Tengo negocios con él, tiene buen ojos para ellos -se encogió de hombros- pero en lo personal es un hombre gris,
no va a fiestas y nunca sale a divertirse.
-Bueno, pero ahora quiero que me cuentes cosas de ti.
Dijo Prudence, dejando de lado al poco interesante vecino de su tío.
-Creo que primero deberías refrescarte y descansar. Después de un viaje tan largo estarás agotada.
Puso pucheros y frunció el ceño.
-No utilices tus tácticas conmigo señorita, durante la cena podremos hablar de todo lo que te apetezca.
Y diciendo esto le dio un pequeño empujoncito para dirigirla fuera de la biblioteca.
-Está bien, descansaré un rato y más tarde podremos hablar.
Subió corriendo las escaleras, arriba esperó a la joven que le indicaría cual era su cuarto.
Allí la esperaba Lotty.
-No es propio de una señorita corretear continuamente de un lado para otro -la reprendió.
-Lo sé Lotty, intentaré no olvidarlo -dijo mientras daba un fuerte abrazo a la mujer, que intentaba soltarse, sin poder evitar sonreír a la muchacha- ¿Por qué no vas a
descansar? Debes de estar agotada.
-Si no me necesitas, creo que no me vendría mal un poco de reposo.
-No, todo está bien, puedes irte tranquila.
Cuando se quedó sola vio que todo estaba listo, el equipaje deshecho y el agua para el baño esperándola.
Miró a su alrededor, al habitación era grande y estaba decorada en tonos blancos y rosas, era una estancia muy agradable.
La ventana daba el jardín que había en la parte trasera de la casa, era agradable sentir el perfume de las flores, desde allí también se veía una casa muy parecida a la de su
tío.
Comenzó a desvestirse distraídamente, aquel vestido no le gustaba nada, pero su madre había insistido que durante el viaje utilizara sus vestidos más cómodos y
recatados.
Con ese en concreto, parecía una niña tonta, cuando se quedó desnuda y fue a meterse en la bañera, vio su menudo cuerpo reflejado en un espejo.
Se paró unos segundos a contemplar su imagen, la verdad que ya no tenía cuerpo de niña. No era muy alta y estaba algo delgada, pero sus caderas eran suaves y su
cintura estrecha, sus pechos redondos y firmes, quizás un poco grandes en proporción con el resto de su anatomía, pero tampoco exagerados.
Con los rizos cayendo sobre sus hombros, se veía bien, una mujer bastante hermosa, por lo menos esa era su opinión.
Suspiró y se metió en la bañera antes de que el agua se enfriara. Que sensación tan maravillosa, el agua caliente, el olor del jabón, notó como su cuerpo se relajaba y se
dio cuenta de lo cansada que estaba.
Cuando terminó con el baño y salió de la bañera, se fue directamente a la cama, se metió desnuda en ella y se quedó profundamente dormida.
Aquella costumbre de dormir desnuda, ponía de los nervios a su madre, pero ella hacía, como siempre, lo que quería. Para ella era más cómodo, los camisones y los
lazos la agobiaban.
Capítulo 2
La tarde ya caía cuando se despertó, se desperezó y saltó de la cama.
Se acercó a la ventana, en la casa de enfrente se veían varias luces encendidas.
Encogiéndose de hombros se dispuso a vestirse para la cena. En ese momento entró Lotty en el cuarto -Veo que ya estás levantada, será mejor que te ayude a vestirte.
Escogió uno de sus vestidos nuevos, era de color lavanda, con adornos en un tono más oscuro del mismo color. El escote, aunque discreto, dejaba ver una generosa
porción de sus pechos, pero le gustaba el efecto, aquel color le daba un matiz diferente a sus ojos.
Lotty le recogió la abundante melena en un informal moño, que dejaba al descubierto su largo y blanco cuello, algunos rizos escapaban rebeldes, se los dejó, le daban un
aire descuidado que le favorecía.
-Lista mi niña -la miró con cariño.
-Gracias Lotty, eres un encanto, no sé qué haría sin ti -dijo sonriendo.
Bajó las escaleras y entró en la biblioteca, quizás su tío se encontrara en ella.
No era su tío el que se encontraba en la sala, volvió a encontrarse con el señor Evans.
-¡Oh! disculpe, pensé que sería mi tío el que se encontraría aquí.
Maxwell la miró de arriba abajo con sus grandes ojos oscuros. Prudence se sintió algo incomoda con aquella mirada.
-Su tío ha ido al despacho a buscar unos documentos que necesito para primera hora de la mañana, pero volverá enseguida y yo me iré para dejarlos disfrutar de la cena.
Prudence lo miraba mientras hablaba, era un hombre inexpresivo, pero verdaderamente apuesto, pelo oscuro y liso, grandes ojos oscuros, labios rectos pero carnosos y
una angulosa mandíbula.
Era alto y parecía fuerte, la ropa le sentaba muy bien a pesar de ir vestido con sencillez.
Prudence volvió a sentir que se sonrojaba al notar que él se había dado cuenta de su escrutinio.
Incluso creyó distinguir un brillo diferente en aquellos profundos ojos.
Sí, había notado la mirada curiosa de Prudence y le hizo gracia.
-Pensé que no volverías a despertar pequeña -dijo divertido Edmund cuando entró en la biblioteca y la vio.
Ésta se giro para recibirlo con su mejor sonrisa.
-¿Pero qué tenemos aquí? ¿Quién es usted y qué ha hecho con mi sobrinita? -sonreía mientras la miraba, pero no podía disimular la sorpresa ante el cambio de Prudence.
-No seas tonto tío… -volvió a sentir arder sus mejillas.
-Si me lo permite, su tío tiene razón, no parece la misma de esta tarde – ni un solo músculo de aquella cara se movió al hacer el comentario- hay que reconocer que el
cambio ha sido para mejor.
Cambió su mirada de Prudence hacia Edmund y dijo cortésmente.
-Ya que tengo lo que vine a buscar, con su permiso, me retiro.
-¿Por qué no te quedas a cenar con nosotros, Evans?
-No gracias, no quiero ser un incordio en su primera noche juntos.
-Tonterías, será divertido ¿verdad tesoro? -miró sonriendo a Prudence.
Ésta le dirigió una dulce sonrisa y después miró al señor Evans, la sonrisa seguía en sus labios.
-Mi tío tiene razón, quédese, será agradable.
Evans miraba aquellos labios hipnotizado. Volviéndose hacia Edmund.
-Creo que en otra ocasión, gracias de todos modos.
Lo acompañaron a la puerta y lo vieron salir al galope en su caballo.
-Sigo pensando que es un hombre muy extraño.
-Ya te lo advertí pero así y todo me fío más de él que de muchos otros.
Cenaron tranquilamente, charlaron contándose anécdotas y curiosidades de esos dos años que llevaban sin verse.
-Mañana tengo que salir temprano -dijo por último Edmund- pero volveré para la hora de la comida. Espero que encuentres algo con que entretenerte.
-No te preocupes por mí. Tienes una buena biblioteca, aunque creo que daré un paseo por el jardín, me ha parecido precioso.
Lo he visto desde mi cuarto. También me he fijado en la casa que se ve al fondo, que es muy parecida a ésta.
-Es la casa de Evans -dijo Edmund sin darle más importancia al comentario.
-¡Ah! -tampoco dijo más.
Ya era algo tarde cuando decidieron retirarse.
Al llegar a su cuarto, vio a Lotty adormilada en una silla, esperándola para ayudarla a desvestirse.
Encendió un par de velas más y despertó a la mujer.
La ayudó a quitarse el vestido y Prudence la mandó retirarse, ella se arreglaría con el resto.
-Buenas noches mi niña.
-Buenas noches Lotty.
Terminó de desnudarse, se soltó el pelo y fue hacia la ventana, hacía mucho calor, la abrió de par en par y la brisa entró refrescándole la piel.
Miró distraídamente hacia la casa del señor Evans, todo estaba a oscuras. Aquel hombre tenía algo que le llamaba poderosamente la atención, a pesar de su carácter frío.
Bostezó, apagó las velas y se metió en la cama.
En la casa de enfrente, Maxwell tomaba una copa de bourbon en la terraza de su alcoba.
El calor le impedía dormir, llevaba un rato mirando distraído la casa de Lockhart, cuando percibió que en una de las ventanas del segundo piso la luz subía de intensidad,
un rato más tarde se abría la ventana y enmarcada en ella distinguió con claridad la figura desnuda de una mujer.
Casi se atraganta con el licor ¡dios bendito!, no podía ser la señorita Lockhart, pero tampoco podía ser otra, no distinguía su rostro, pero era más que evidente que era
ella. La vio desaparecer y la luz se apagó.
Aquella imagen se quedó grabada en su mente, ¿qué criatura era aquella? aparecía como una niña alocada para horas más tarde resurgir trasformada en una mujer más que
apetecible y que para colmo se paseaba desnuda ante la ventana.
Recordaba su impresión de esa noche, al verla entrar en la biblioteca con el sencillo, pero, favorecedor vestido color lavanda.
El discreto escote dejaba poco a la vista pero bastante a la imaginación, su sonrisa era cautivadora y el brillo de sus

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