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Libro PDF El caso del perro de los Baskerville Pierre Bayard

El caso del perro de los Baskerville Pierre Bayard

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del cazador que ha dejado escapar a su presa, sino
un terror infinito que le deforma los rasgos. Porque
Hugo Baskerville, como su víctima, ha pasado a
ser a su vez una presa.
Tras él se yergue una forma monstruosa, la de un
gigantesco perro negro que desafía la imaginación,
que parece surgido directamente del infierno y está
ahí al borde de la hondonada, con los ojos
inyectados en sangre. De un salto prodigioso, se
arroja sobre Hugo, que no puede evitarlo y rueda
por el suelo lanzando un grito de horror. Un grito
que se apaga al punto en su garganta, pues el
monstruo le ha hincado los colmillos en ella, y el
joven pierde de inmediato el conocimiento.
Alucinada por el espectáculo y con los nervios
a punto de estallar, la joven se desploma y muere
de agotamiento y de miedo. Cuando los
compañeros de Hugo llegan al borde de la
hondonada descubren dos cadáveres. Un
espectáculo tan impresionante que algunos –según
se cuenta desde entonces en los pueblos vecinos–
perecieron del espanto y otros enloquecieron para
siempre.
¿En qué piensa la muchacha en el momento de
entregar el alma? Si bien los textos que han
llegado hasta nosotros omiten este punto, nada nos
impide echar mano de la imaginación, pues los
pensamientos de los personajes literarios no
permanecen encerrados en el interior de quien les
dio existencia. Más vivos que muchos vivos, se
difunden a través de quienes frecuentan a sus
autores, impregnan los libros que hablan de ellos y
atraviesan los tiempos en busca de un destinatario
indulgente.
Tal sucede con los pensamientos de la muchacha
cuyos postreros instantes en el fondo de una
hondonada perdida del páramo de Dartmoor acabo
de relatar. Son portadores de un mensaje no
descifrado hasta el momento, mensaje sin el cual
la obra más famosa de Conan Doyle, El perro de
los Baskerville, resulta incomprensible. Es
propósito de este libro, redactado en memoria de
la joven muerta, recomponer esos pensamientos y
sus efectos secretos en la intriga.
La voluntad de comprenderla y de escuchar lo
que tenía que decirnos me ha conducido, en efecto,
a retomar la investigación sobre los asesinatos
atribuidos al perro de los Baskerville y a realizar
cierto número de descubrimientos que poco a poco
han llevado a poner en entredicho la verdad
oficial. Existen actualmente motivos para pensar, a
tenor de una serie de indicios convergentes, que la
conclusión comúnmente admitida como
explicación de los atroces crímenes que
ensangrentaron el páramo de Devonshire no se
sostiene y que el auténtico asesino escapó a la
justicia.
¿Cómo pudo equivocarse Conan Doyle hasta ese
punto? Para resolver un enigma tan complejo,
carecía sin duda de los útiles de la reflexión
contemporánea sobre los personajes literarios.
Éstos no son seres de papel, como demasiadas
veces se cree, sino criaturas vivas que llevan una
existencia autónoma en los libros, llegando en
ocasiones a cometer crímenes a espaldas del autor.
Al no haber calibrado esa independencia, Conan
Doyle no advirtió que uno de sus personajes se
había sustraído definitivamente a su control y se
divertía induciendo a su personaje al error.
El objetivo de este ensayo, al promover una
auténtica reflexión teórica sobre la naturaleza de
los personajes literarios, sus insospechadas
competencias y los derechos que pueden
reivindicar, es reabrir el sumario de El perro de
los Baskerville y resolver definitivamente la
investigación inconclusa de Sherlock Holmes,
permitiendo así hallar el descanso a la joven
muerta del páramo de Dartmoor, errante desde
hace siglos por uno de esos mundos intermedios
que circundan la literatura.1
Investigación

I. EN LONDRES
Esa mañana Sherlock Holmes recibe en su
domicilio londinense de Baker Street la visita de
un médico rural, el doctor Mortimer. Éste porta un
documento fechado en 1742 que le había confiado
su amigo Sir Charles Baskerville, quien había
muerto de forma trágica tres meses atrás. Este
documento, transmitido de generación en
generación, refiere el legendario episodio de la
muerte de Hugo Baskerville, muerto por un enorme
perro de apariencia diabólica mientras perseguía a
una muchacha que había huido de la mansión
donde la había encerrado.
Sherlock Holmes presta escasa atención al
documento del doctor Mortimer, que juzga
«interesante para un coleccionista de cuentos de
hadas».1 Pero el médico no se ha presentado allí
sólo para narrar acontecimientos acaecidos tiempo
atrás. Si ha acudido a recabar la ayuda de Holmes
ha sido porque se pregunta si el perro de los
Baskerville, más de dos siglos después de su
primer crimen, no acaba de reaparecer.
El extraño relato que expone entonces el doctor
Mortimer versa sobre la muerte de su amigo
Charles Baskerville, descendiente de Hugo, que
vivía cerca de su casa y acostumbraba a pasear
todas las noches por un camino flanqueado de
tejos próximo a su mansión. Tres meses antes de la
visita a Londres del doctor Mortimer, sale al
atardecer como de ordinario, pero no regresa. A
medianoche, su criado, Barrymore, viendo abierta
la puerta de la mansión, se alarma y sale en busca
de su señor. Lo encuentra muerto en el paseo de
los tejos, sin señal alguna de violencia en el
cuerpo, pero con el rostro profundamente
distorsionado. Todo indica que Charles ha sufrido
un ataque al corazón y en ello coinciden las
conclusiones de la investigación policial.
Con todo, tales conclusiones no satisfacen al
doctor Mortimer, quien cree que la muerte de
Charles Baskerville no puede desligarse de la
leyenda del perro maléfico. Se basa primeramente
en el terror en el que vivía su amigo, convencido
de que desde hacía varios siglos pesaba una
maldición sobre su familia y de que el monstruo
acabaría reapareciendo.
Pero lo fundamental es que el doctor Mortimer
ha tenido acceso al escenario del crimen y ha
divisado, a una veintena de metros del cuerpo, las
huellas de un perro gigantesco. Esas huellas se
hallaban en el mismo camino y no en las franjas de
césped que lo bordean. Pasaron desapercibidas a
los investigadores, quienes, al ignorar la leyenda
de los Baskerville, no tenían ningún motivo para
prestar atención a ese tipo de señales.
En cambio llaman inmediatamente la atención
de Holmes, que somete al doctor Mortimer a toda
una serie de preguntas. Éstas ponen de manifiesto
la importancia de un portillo que comunica el
camino de tejos con el páramo. La víctima se
detuvo al parecer ante dicho portillo –de lo que da
fe la ceniza de su puro que cayó allí en dos
ocasiones–, como si hubiese concertado una cita
con alguien.
Por otro lado, Holmes se interesa por las
distintas huellas que dejó Baskerville. Según
testimonio del médico, las huellas cambiaron de
aspecto a partir del momento en que rebasó el
portillo que daba al páramo, como si «se hubiera
puesto a andar de puntillas».2 A Holmes no se le
pasa por alto ese detalle y sugiere desde un
principio una hipótesis a Watson:
–El cambio de forma de las huellas, por ejemplo.
¿Qué opina usted de eso?
–Mortimer dijo que el difunto había recorrido de
puntillas aquella parte del paseo.
–El doctor se limitó a repetir lo que algún estúpido
había dicho en la investigación. ¿Por qué tendría nadie
que avanzar de puntillas por el paseo?
–¿Qué sucedió entonces?
–Corría, Watson…, corría desesperadamente para
salvar la vida; corría hasta que le estalló el corazón y
cayó muerto de bruces.
–Corría…, ¿alejándose de qué?
–Eso es lo que tenemos que averiguar. Hay indicios de
que Sir Charles estaba ya obnubilado por el miedo antes
de empezar a correr.3
Para entender lo sucedido, el doctor Mortimer
no dista, por su parte, de sumarse a una hipótesis
sobrenatural. Antes del acontecimiento, en efecto,
al menos tres personas se han cruzado en el
páramo con «una enorme criatura, luminosa,
horrible y espectral».4 Sus testimonios concuerdan
totalmente e inducen a pensar que el perro de la
leyenda ha reaparecido.
Vivamente interesado por ese relato, Holmes
pide al doctor Mortimer que vaya a recibir a la
estación de Londres a Henry Baskerville, sobrino
de Charles y heredero de la fortuna, que llega del
extranjero, y que acuda a su casa con él a la
mañana siguiente, dándose así tiempo para meditar
sobre el asunto.
Al día siguiente, Henry Baskerville se presenta
en casa del detective y le revela que, desde su
llegada a Inglaterra, se han producido varios
hechos misteriosos. Para empezar, esa misma
mañana ha recibido en su hotel un sobre, cuyas
señas están escritas en toscas letras, que contiene
una hoja con una sola frase formada con palabras
impresas pegadas en el papel: «Si da usted valor a
su vida o a su razón, se alejará del páramo.»5 Sólo
la palabra «páramo» aparece escrita con tinta. Esa
carta es tanto más extraña cuanto que nadie podía
saber que Henry Baskerville iba a alojarse en ese
hotel, pues la decisión la habían tomado en el
último momento el doctor Mortimer y él mismo.
Reconstruir el modo como se había compuesto
la carta no presenta mayores dificultades para
Holmes. Tras pedir a Watson que le alcance el
Times, encuentra todas las palabras del mensaje
anónimo en un artículo sobre la libertad de
comercio, exceptuando la palabra «páramo».
Capaz de reconocer los caracteres de imprenta de
la mayoría de los grandes diarios, e incluso de
identificar un editorial del Times, Holmes ha
adivinado sin dificultad la fuente material del
mensaje.
Pero no queda ahí la cosa. Observando la forma
de las letras, puede aseverar asimismo que el
mensaje se ha recortado con tijeras de hoja
pequeña. Por otra parte, el hecho de que la pluma
haya emborronado dos veces la misma palabra y
de que se haya quedado seca en tres ocasiones
tiende a indicar que la carta se ha redactado en un
hotel, lugar donde las plumas son de mala calidad
y los tinteros están medio vacíos.
La recepción de esa carta anónima no es el
único acontecimiento singular que le ha sucedido a
Henry Baskerville desde su llegada a Londres. Al
apremiarle Holmes para que le detalle los hechos
más anodinos, le refiere que una de las botas que
había dejado delante de la puerta de la habitación
del hotel ha desaparecido durante la noche. Por el
momento Holmes presta escasa atención a ese
detalle.
Pero el detective muestra más interés al día
siguiente cuando Baskerville le informa de que no
sólo no le han devuelto su bota, sino que también
se ha esfumado otra, perteneciente a un par más
usado. Cuando llama al camarero del hotel, éste se
ve incapaz de explicar esa serie de
desapariciones.
Holmes parece ya mucho más alarmado por las
revelaciones de Baskerville y habla al respecto
con tono misterioso:
–Perdone, señor Holmes, que le moleste con algo tan
insignificante.
–Creo que está justificado preocuparse.
–Veo que le parece un asunto serio.
–¿Cómo lo explica usted?
–No trato de explicarlo. Me parece la cosa más
absurda y extraña que me ha sucedido nunca.
–La más extraña, quizá –dijo Holmes pensativo.6
Por lo demás, los hechos extraños parecen
sucederse durante la estancia en Londres de Henry
Baskerville y el doctor Mortimer. Apenas después
de esa conversación, Holmes y Watson siguen a
los dos hombres y comprueban que éstos son a su
vez seguidos por un coche de punto. Se abalanzan
sobre el coche, pero el cochero azuza al caballo.
Aunque no pueden echarle el guante a su ocupante,
los dos investigadores divisan «una poblada barba
negra y dos ojos muy penetrantes»7 que los
observan a través del cristal del coche de punto.
Tras anotar el número del vehículo, Holmes
manda venir al cochero a su domicilio. Éste no se
ve capaz de facilitar una descripción precisa de su
pasajero, quien ha afirmado ser detective y le ha
ofrecido dos guineas por obedecer sus órdenes sin
hacer preguntas. Y así han seguido a Mortimer y a
Baskerville entre la estación y el domicilio de
Holmes, hasta que han huido al ser localizados por
éste.
En la estación de Waterloo, adonde ha pedido
que lo conduzcan, el misterioso pasajero ha
pagado la cantidad prometida, y al marcharse se ha
vuelto hacia el cochero y le ha espetado: «Quizá le
interese saber que ha estado llevando al señor
Sherlock Holmes.»8 El detective, tras soltar una
carcajada, obtiene del cochero una descripción
aproximada y decepcionante de su pasajero:
–¿Y cómo describiría usted al señor Sherlock
Holmes?
El cochero se rascó la cabeza.
–Bueno, a decir verdad no era un caballero fácil de
describir. Unos cuarenta años de edad y estatura media,
cuatro o seis centímetros más bajo que usted. Iba vestido
como un dandy, llevaba barba, muy negra, cortada en
recto por abajo, y tenía la tez pálida. Me parece que eso
es todo lo que recuerdo.
–¿Color de los ojos?
–No; eso no lo sé.
–¿No recuerda usted nada más?
–No, señor; nada más.9
La carta anónima, la desaparición de la bota y el
seguimiento por parte del hombre con barba obran
el efecto, al sumarse a las revelaciones del doctor
Mortimer, de crear un ambiente angustioso a partir
del episodio londinense.
La investigación de Holmes no produce
resultado alguno sobre el conjunto de los hechos
misteriosos que acompañan la llegada a Londres
del heredero de los Baskerville. Las pesquisas
practicadas en los registros de los hoteles no
permiten identificar al autor de la carta anónima, y
nada se sabe del ladrón de botas.
Respecto al extraño barbudo, Holmes piensa
por un momento que puede tratarse de Barrymore,
el criado de Charles Baskerville. Por ello le envía
un telegrama anodino –preguntando si está todo
listo en la mansión para la llegada de Henry–, y a
continuación envía un segundo telegrama al jefe de
la oficina de correos más próxima a la mansión,
exigiendo que el primer mensaje se entregue en
mano a su destinatario. Por desgracia, el telegrama
acaba siendo entregado a la mujer de Barrymore,
con lo cual la estratagema del detective se va al
traste.
Las averiguaciones

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