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Libro PDF El caso Flows – Luis Torres

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tiene solución. Parecían transmitir con ello seguridad en sí mismos, capaces de resolver cualquier problema que se les planteara. Sin saber por qué, Alex se dijo; os voy a
hacer una propuesta, si sois capaces, adelante.
Se trataba de una descabellada idea que llevaba algún tiempo madurando, sin duda producto de la desesperada situación económica por la que atravesaban.
Buscó en la web la forma de contactar, no había dirección ni teléfono, tan solo tenía que rellenar el formulario requerido, en la parte destinada al resumen del proyecto,
puso: Mi problema no puede dejar constancia escrita, es demasiado “inusual”, necesito una entrevista personal para dar detalles, ya tienen mis datos, gracias.
Alberto Pons, gerente de la empresa Proyectos de Negocios y Patentes, SL. (PRONEyPA), estaba sentado delante de su ordenador consultando detalles de una
antigua patente en la que participaron sus socios y él mismo. En ese momento, saltó el aviso en su Outlook, advirtiéndole de un nuevo mail entrante.
Alberto era un policía en excedencia, la solicitó, en el momento que se hizo efectiva la transferencia de poderes a la Policía Autonómica en el año 2005. No estaba de
acuerdo con el traspaso y el nuevo papel secundario, a su juicio, al que pasaba el Cuerpo Superior de Policía que él pertenecía. Tenía cincuenta y cuatro años, medía
1,75 y tras dejar su actividad profesional había engordado casi diez kilos, sobre lo que era su peso ideal. Estaba casado Catalina, del hacía más de treinta años con su
esposa
matrimonio nacieron tres hijos. Desde el momento que tomó la decisión de solicitar la excedencia en el Cuerpo, decidió montar una pequeña empresa de
asesoramiento empresarial. Dado el carácter de la empresa y su tamaño, no necesitaba alquilar local, por lo que utilizaba una de las habitaciones de su vivienda situada
en la Gran Vía de Barcelona. Se trataba de una finca de principios del siglo XX, todas sus habitaciones eran de grandes dimensiones al estilo de la época y zona.
Cuando abrió el correo, se dio cuenta que no se trataba de un posible cliente habitual. No era una empresa la persona que demandaba sus consejos, era un simple
ciudadano con un “problema” que no puede plasmar por escrito, tan solo en persona.
Al principio estuvo tentado de “borrar” el mensaje y darle carpetazo sin más. Pero algo le hizo recapacitar, seguramente la ausencia de proyectos en estudio. Sentía
curiosidad, ¿qué sería eso tan “inusual” que no podía ser reflejado en un formulario?
Propondría a sus socios la posibilidad de concertar una entrevista y salir de dudas, nada tenían que perder. Todos los meses se reunían el primer miércoles laborable en
un salón privado de un restaurante del barrio de Gracia de la ciudad Condal y debatían sobre los proyectos que les presentaban. Hacía más de seis meses que no entraba
ningún proyecto viable, en la próxima reunión, por fin, presentaría a sus socios una petición, aun desconociendo de qué se trataba, pero eso les animaría ya que
empezaban a desmoralizarse por la falta de proyectos.
La crisis que padecía el mundo globalizado, se notaba también en los posibles nuevos proyectos.
Nada más enviar el mensaje, Cristina se acercó a su marido y abrazándole por detrás, le susurró en el oído:
– ¿Qué haces? ¿Has encontrado algo interesante que nos ayude a alimentar nuestra cuenta corriente?
– No…, solo he mandado una petición de información a una empresa que dicen que solucionan cualquier problema que se les plantee, sea cual sea sus características.
Y no cobran, si no te dan una solución.
– Bueno, mientras no nos cueste dinero, nada perdemos — dijo.
-Eso he pensado yo.
-¿Y qué es lo que les has pedido, cariño?
-Nada que no puedan hacer, creo —dijo Alex sin convencimiento.
El resto del día transcurrió sin novedad. Por la noche ya en la cama, Alex no conseguía dormir, el haber iniciado una consulta respecto de su plan, no le dejaba conciliar el
sueño, ¿y si por casualidad, a los que les había mandado el formulario, contestaban? ¿Qué les diría? ¿Con qué cara se presenta a alguien que no conoce y le propone su
proyecto? Abrazó a su esposa, que dormía gracias a los tranquilizantes y por fin consiguió dormirse.
A la mañana siguiente, se preparó para visitar al director de su banco y rogarle que por favor le concediera poder utilizar el disponible de la hipoteca.
– ¿Te vas? —le dijo Cristina cuando vio que Alex se disponía a salir.
– Sí, voy a ver a Jesús, del banco, probaré otra vez que nos conceda lo que en definitiva firmamos cuando hicimos la hipoteca.
– ¡Suerte, cariño!
– La necesitamos, hasta luego —dijo Alex dando un beso a su esposa.
Alex entró en la sucursal de su banco situado en la calle Mallorca. Se dirigió al empleado que estaba más cercano a la entrada.
– Vengo a ver a Jesús, ¿está?
– Si —dijo el empleado.
– ¿Tiene hora pedida con el señor García?
– No, no le he llamado, pero necesito hablar con él por favor, dígale que estoy aquí.
– Bien, espere.
– Gracias.
Pasado un momento salió del despacho del director el empleado.
– El señor García, le recibirá en unos minutos, siéntese por favor.
– Gracias, estoy bien así.
Transcurrido lo que creyó Alex que serían quince minutos, salió de su despacho el director.
– Señor Casanova, pase por favor.
Alex se dirigió hacia el despacho dispuesto a convencer al director.
– ¿Qué le trae por aquí, señor Casanova?
– Verá señor Jesús, debo insistir en poder disponer del liberado de la hipoteca, son casi veinte mil euros, de otra forma no me será posible hacer frente a los pagos a
partir del próximo mes —dijo casi implorando Alex.
– Lo siento señor Casanova, ya le he dicho que la Central no me autoriza para poder liberar esa cantidad de dinero por…
– ¿Pero por qué? —Interrumpió Alex—, si lo tenemos firmado ante notario y nunca hemos dejado de pagar, no lo entiendo.
– La situación actual es muy difícil, tenemos unas normas muy estrictas y no nos dan margen de maniobra a los directores de sucursal, debiéndonos generando
situaciones enfrentar a nuestros clientes,
verdaderamente difíciles y desagradables para nosotros.
– Bien, pues usted me dirá que hacemos, si no tengo posibilidad de encontrar un trabajo, no puedo pagar. Se quedaran mi casa y nos iremos debajo de un puente o
mejor aun, cometo un atraco y con el “botín” pago la hipoteca — dijo Alex al límite de perder los nervios.
– Comprendo su situación, de verdad señor Casanova, no desespere, ¿ha probado con algún familiar que le pueda echar una mano?
– Están igual o peor que yo. No tengo esperanza a corto plazo, señor Jesús.
Lo siento —dijo el banquero—, no puedo ayudarle. Bien, gracias de todos modos, buenos días.
Acto seguido abandonó el despacho sin esperar la despedida de cortesía, no estaba para hipocresías protocolarias. Salió del banco conteniendo las lágrimas que
amenazaban con salir de sus ojos, lo habían probado todo, la situación era límite, no tenían más posibilidades. Durante el último año habían estado viviendo de los
ahorros que pudieron recoger durante su época de bonanza, pero éstos ya se habían terminado.
Alex, estaba al borde de rendirse y que fuera el destino quien gobernase sus rumbos, perdiendo toda esperanza de solución a corto plazo.
Sin darse cuenta embutido en sus pensamientos, llegó a la portería de su edificio. Subió en el ascensor y entró en casa. Cristina escuchó la puerta cerrarse y supo que
Alex no había conseguido nada del banco. Su marido estaba derrotado inmerso en una depresión de la que cada vez era más difícil salir.
– Hola cariño — dijo a modo de saludo—, no hace falta que pregunte ¿verdad?
– Bueno, sabíamos la respuesta pero teníamos que intentarlo. ¿Qué va a pasar ahora?
– Pues…, dando por pérdida la casa tras la ejecución que se producirá a partir del tercer mes de impago, solo nos queda esperar que ocurra algo en los próximos tres
o cuatro meses que cambie nuestra situación.
Alberto Pons, llegó el primero a la cita de la reunión mensual con sus socios, ocupó la mesa reservada de costumbre y pidió un Dry Gin mientras les esperaba.
A los cinco minutos llegó Juan Tarrés, que se sentó junto a Alberto.
– Buenos días Alberto, ¿cómo estás? —saludó.
– Hola Juan, bien, gracias, tú, ¿qué tal te va?
– Como siempre, nada nuevo, la rutina de costumbre. Juan Tarrés, era ingeniero de telecomunicaciones, tenía 52 años, 1,73 de estatura, pelo castaño bastante abundante
para su edad. Se conservaba bien de forma física gracias a su visita casi diaria, al gimnasio. Llevaba seis meses cobrando el desempleo desde que su empresa instó un
expediente de regulación sobre la plantilla. Eran amigos, igual que el resto de los socios desde la juventud. Habían mantenido la amistad durante más de treinta años.
Decidieron montar la empresa de asesoramiento a propuesta de Alberto, cuando éste dejó temporalmente su destino en la comisaría de la calle Iradier, en el distrito de la
Bonanova.
No transcurrieron tres minutos, que se presentaron Luis Castelar y Andrés Sancho, de 51 y 53 años respectivamente. Luis era ingeniero informático con un futuro
laboral incierto por estar su empresa amenazada por un concurso de acreedores. Era el más bajito de los cuatro socios, apenas llegaba al 1,70 y la alopecia dejaba una
interminable frente a la vista. Nunca se significó por el culto al cuerpo, dejándose notar una sobresaliente curva en su barriga que ponía en apuros la estética de la
chaqueta que portaba abrochada bajo la gabardina.
Andrés, criminólogo, regía su propio despacho de investigación privada. Dada su actividad profesional era el que mejor forma física presentaba por su constitución
atlética que siempre se había cuidado rozando el narcisismo, además, su 1,85 y el pelo muy bien cortado, le daba un aire interesante que en ocasiones impresionaba con
su presencia. Tampoco era el mejor momento por el que atravesaba, la crisis hacía que los casos de seguimientos entre parejas o de empresas a sus empleados, habían
disminuido considerablemente en los dos últimos años.
No obstante, los cuatro gozaban de una posición económica relativamente cómoda gracias al desarrollo de distintos proyectos, pero sobre todo uno de ellos que les
encargó una empresa automovilística, gracias al cual se pudo realizar una patente internacional, generándoles unos sustanciosos beneficios. Pero la crisis tampoco les
respetó, ya que de alguna forma tenían que ayudar a hijos y familiares con problemas.
Después de los saludos protocolarios interesándose por las respectivas familias, Alberto, tomó la palabra:
– Hay un contacto —dijo, sin mucho ánimo—, la verdad es que no se cómo plantearlo, pero lo cierto es que ha despertado en mí, cierto interés por el misterio que
guarda.
– Bien, compártelo —dijo Luis.
– Mirad, el lunes recibí un mail, ¡por fin! —Dijo—, -pero mi sor…
– ¿Desean tomar algún aperitivo ahora? —interrumpió el camarero.
– Sí, ponme, por favor una Guinness —dijo Luís.
– Yo tomaré lo mismo —dijo Andrés señalando la copa de Alberto.
– A mi ponme un whisky, sin hielo, por favor.
– Gracias, en seguida les sirvo.
– Os decía —reinició la conversación Alberto—, que mi sorpresa fue, por un lado, que no se trataba de una empresa y por otro, y eso es lo inquietante, lo que dice en
su mensaje, ¡no puede por éste medio expresar su proyecto! —Alberto entregó a cada uno de los socios, una copia del mail recibido. Acto seguido quedó pendiente de
las reacciones de sus socios.
El primero en hablar fue, Andrés
– ¿De qué crees que se puede tratar?
– No lo sé, no estoy seguro, puede ser el representante de alguna empresa que quieren mantener en el anonimato su identidad para no revelar que precisan ayuda en su
proyecto. O quizás solo se trata de un curioso. Pero esta posibilidad me extrañaría porque, ¿qué va a conseguir con una reunión?, no lo sé, de verdad estoy intrigado.
– Bueno —dijo, Luis—, nada perdemos por una reunión, supongo que será de Barcelona, ¿no habrá que desplazarse lejos de aquí?
– No, no…, tiene dirección de Barcelona, su teléfono fijo también lo es.
– Pues asunto resuelto, llámale y queda con él —dijo Juan.
– Yo te acompañaré discretamente, nunca se sabe —dijo Andrés.
– Me parece bien, hoy mismo me pondré en contacto con él y saldremos de dudas —terminó Alberto.
El resto de la comida transcurrió sin más, conversaciones intranscendentes, pero siempre dentro de la situación presente y futura que tenían a nivel personal y
profesional todos ellos. Tenían una edad que no les permitía mucho margen, excepto Alberto que solicitando el reingreso en el Cuerpo de Policía tendría asegurado su
sueldo. Pero está idea no le gustaba en absoluto.
Alex, se levantó temprano, quería ir a todos los almacenes de Mercabarna en la Zona Franca de Barcelona y probar suerte en alguno de ellos, aunque solo fuera para
cubrir alguna baja por enfermedad. Lo que fuera, sería bueno.
Desayunó su taza de café con leche y habló con Cristina respecto a sus planes para el día.
Ella le animó, por su parte dijo que una vecina le había hablado de una gestoría que podría ofrecerle trabajo para limpiar alguna comunidad de vecinos.
– Lo que sea nos vendrá bien, ¿no te parece?
– Sí, preciosa, siento que te tengas que verte en ésta situación —lamentó Alex.
– Solo será una temporada, ya verás como volveremos a salir adelante —animó.
– Sí, me voy ya, tomaré el metro a Plaza España y allí subiré en el 109 que llega a Mercabarna.
– ¡Suerte!, cariño —deseó Cristina, despidiendo a su marido con un cariñoso beso, siendo correspondida por Alex.
– Lo mismo digo preciosa, adiós.
Alex, se bajó en la parada del autobús situada dentro del recinto de Mercabarna, aquello le pareció una pequeña ciudad. Las personas iban y venían con las carretillas
mecánicas de una parte a otra a toda velocidad, tráfico de camiones, coches. Vio una actividad que no había imaginado. Nunca tuvo contacto con este sector e ignoraba el
movimiento de mercancías que se producía para abastecer los mercados y todo el comercio alimentario de la ciudad y su área metropolitana.
Bueno, empezaré desde éste punto hacia la derecha, para seguir un orden y no repetir entrevista, se dijo así mismo. Alex fue entrando en repetidas naves, por lo que
pudo ver, estaba en la zona de las naves dedicadas a frutas y verduras, pero…, que más le daba a él, entendía lo mismo de una manzana que de una vaca, pensó.
De momento en las que había entrado, le dijeron lo mismo, ahora no tenían ninguna vacante, que se fuera pasando por si tenía suerte.
En una nave ¡por fin!, el encargado que le atendió, le dijo:
– Hombre me vienes bien, casualmente hoy un operario se ha dado de baja y tú podrías cubrirla, ¿tienes experiencia en el movimiento de mercancías?
Se le vino el mundo encima, ¡claro!, la experiencia era clave para cualquier trabajo, aunque solo fuera para no retrasar el de los demás.
– No —dijo—, nunca he trabajado en éste sector…, pero aprendo rápido. Si es necesario me quedo hoy lo que resta de jornada sin cobrar y asimilo lo que deba hacer,
molestando lo menos posible, si le parece.
– Verdaderamente tienes necesidad de trabajar amigo —le dijo el encargado.
– ¿Tienes carnet de carretillero?
– No, hasta ahora no había pensado si quiera, que hiciera falta un carnet para llevar una máquina de éstas.
– Pues ya lo ves, hasta para pensar necesitas un carnet especial. Bueno, no sé dónde ponerte, el operario que debieras sustituir es el que lleva esa carretilla —dijo
señalando una que estaba estacionada junto a una columna de palés.
– Puedo hacer recados, barrer, esto necesita una buena barrida con la escoba —dijo extendiendo su brazo señalando el suelo del almacén.
– Se pasa la barredora, no la escoba hombre —dijo el encargado con cierta empatía.
– ¿También necesita un carnet la barredora? —preguntó Alex con cierto desanimo.
-Ja, ja, ja, reía el encargado. No hombre no, de momento eso todavía no. Mira vamos a hacer una cosa, pondré en lugar de Marcelo a Mohamed que lleve la carretilla y
tú te ocuparás de la barredora, ordenarás las cajas y algo más saldrá, ¿Cuándo puedes empezar?
– Ahora, bueno si usted quiere, claro.
– Bueno, debes ir antes a la oficina para que te den de alta y ropa de trabajo, pero no sé cuantos días estarás, pueden ser cinco, uno o un mes, ¿vale?
– Gracias, de verdad señor…
– Gustavo a secas, no hace falta lo de señor, tampoco sé lo que vas a cobrar, pregúntalo en la oficina antes de nada, no sea que no te interese.
– No estoy cobrando nada, si después de pagar el transporte me sobra algo, bueno será.
– De acuerdo, tú verás. Cuando estés del papeleo baja que te diré por dónde empezar.
¡Mohamed! —Llamó casi gritando Gustavo—, coge la carretilla de Marcelo y vete al muelle dos para descargar ese camión.
– Vale, voy —contestó el operario.
Alex se dirigió a la oficina rápido antes de que se arrepintiera el encargado. Una vez ante la secretaria, Alex dijo:
– Buenos días señorita, me envía el señor Gustavo pa…
– Ya me ha llamado —dijo sin apenas reparar en él, le pidió su carnet de identidad y número de la seguridad social. Una vez los tuvo en su mano, tecleó los datos en el
ordenador.
– Ahora espere un rato ahí —señaló unas sillas en el pequeño vestíbulo delante del mostrador de recepción—, mientras recibo los datos del sistema.
– Gracias señorita —contestó Alex.
Mientras tanto, no pudo esperar y llamó a Cristina desde el teléfono público que había en la sala de espera, para decirle que no iría a comer por empezar su nuevo, pero
efímero trabajo.
– Yo también tengo buenas noticias Alex. He hablado con el gestor y mañana empiezo a limpiar una escalera, es poco, cuatro horas a la semana, pero nos ayudará.
– Qué bien preciosa, al menos entrará algo de dinero, un beso muy fuerte, te quiero.
– Y yo a ti, cariño, adiós y buena suerte.
Transcurridos unos treinta minutos y tras firmar el contrato y otros documentos, Alex bajó al vestuario donde le esperaba el encargado para entregarle la ropa de
trabajo.
– Bien, vamos donde está la barredora, te enseñaré como funciona y podrás empezar.
Tras darle las instrucciones, Alex empezó su nuevo trabajo poniendo el máximo interés. Durante la jornada que terminó a las cinco de la tarde, Alex mantuvo limpio el
almacén, ayudó a apilar cajas y luego dejó lista la barredora, limpiando los filtros como le instruyó Gustavo, para el día siguiente.
– ¿Qué tal ha ido? —Le preguntó el encargado antes de despedirse—, mañana a las seis en punto aquí.
– Sí señor, aquí estaré.
Alex se dirigió a la parada del autobús, cuando se sentó para esperar su llegada, se dio cuenta de lo cansado que estaba. No había parado para comer porque no había
ido preparado e hizo la jornada sin descanso. Sus nuevos compañeros le ofrecieron repartir sus bocadillos, el encargado le dijo que cogiera las piezas de fruta que
quisiera de las que retiran como no conformes para la venta, pero él, dijo que no tenía hambre, prefería continuar, porque así estaría el trabajo terminado para el día
siguiente, como así fue.
Alex llegó a su casa sobre las seis y media, cuando abrió la puerta, le recibió Cristina con una cariñosa bienvenida. Los dos se abrazaron y se besaron, estaban
increíblemente felices a pesar de que ambos trabajos no eran ni con mucho, acorde con sus objetivos, pero aceptaban las circunstancias y daban gracias por la
oportunidad que se les presentaba.
– Te he preparado algo de comer, supongo que estarás hambriento, me cuentas mientras comes, ¿vale?
– Sí, pero antes me doy una ducha rápida.
– ¿Quieres compañía? —Le dijo insinuante Cris.
– No me vendría mal, tengo agujetas en los brazos y no creo que pueda cepillarme la espalda —dijo Alex mientras gesticulaba con los brazos, el intento de llevárselos a
la espalda.
– Ahora vengo, voy a apagar el fuego por si acaso nos retrasamos.
Alex devoró el plato de lentejas, como si se tratara de su primera comida en una semana.
Sobre las ocho de la tarde, sonó el teléfono en casa de los Casanova.
– Será alguno de los chicos, que se retrasará —dijo Cristina levantándose para descolgar.
– ¿Dígame?
– Buenas tardes, ¿está el señor Casanova? —dijo la voz al otro lado del hilo.
– Sí, ¿quién pregunta?
– Dígale que soy Pons, referente a una consulta que realizó el pasado lunes.
– Ahora se pone, espere un momento, ¡cariño!, es para ti, el señor Pons.
– ¿Pons?
– Sí, dice que se trata de una consulta que hiciste el lunes.
– ¿El lunes?, ah sí —recordó Alex el formulario que rellenó solicitando una entrevista personal.
– Sí, dígame soy Alex Casanova.
– Buenas tardes señor Casanova, soy Alberto Pons, gerente de PRONEyPA, usted me remitió un mail en el que decía que no podía dejar constancia de su proyecto de
otra forma que no fuera personalmente.
En ese momento Alex, no pudo evitar que su cuerpo sufriera una descarga de adrenalina. Cristina que estaba observándolo se dio cuenta del cambio experimentado
de repente en su marido.
– Si, efectivamente, en su web dicen tener soluciones para cualquier proyecto, ¿es así?
– Así es señor Casanova, en principio por lo menos lo que si garantizamos es el estudio de cualquier solicitud, si vemos posibilidades le informamos previa firma de un
contrato de colaboración.
-.Bien, donde podemos quedar, ¿en su oficina?
-.No…, nos veremos, ¿conoce usted la cafetería Gar, en la Rambla del Rabal?
– No, pero no debe ser difícil encontrarla si usted me indica cómo.
-.Sí, está en la acera lado Besos por encima de la calle San Pablo.
-.Vale, tendrá que ser a partir de las seis de la tarde, cuando salgo de trabajar.
-.No hay problema, ¿podemos quedar mañana a las seis y media, en la cafetería?
-.De acuerdo mañana, mejor a las siete, ¿señor…?
– Pons, de acuerdo, hasta mañana señor Casanova.
– Un momento señor Pons, ¿cómo le reconoceré?
– Llevaré puesta una pajarita roja con lunares blancos.
– Gracias.
Nada más colgar Cristina, impaciente pregunto a su marido.
– ¿Quién era?, te ha cambiado la cara y tus nervios han saltado por los aires.
– ¿Te acuerdas que el lunes mandé un e-mail?, bueno…, rellené un formulario.
– Sí.
– Pues es la respuesta al mismo. La verdad es que no esperaba que se pusieran en contacto, pero ahora que lo han hecho, lo tiraré para adelante.
– ¿El qué?, tirarás para adelante —preguntó.
– Un proyecto que tengo, ya te contaré si se puede hacer. Mejor no hacer cábalas hasta no saber su viabilidad.
– Cuanto misterio cariño, ¿me vas a sorprender con algo mágico?
– No te lo imaginas.
Alex esperó a que vinieran sus hijos para departir con ellos tanto lo de su trabajo como el de su madre. De nada sirvieron las protestas de sus padres, Santi e Iván
coincidieron en buscar trabajo y estudiar en la nocturna, por lo menos hasta que la situación familiar se resolviera en positivo.
Santiago de forma incontestable dijo:
– Papá, Mamá, Iván y yo, somos mayores de edad y hemos tomado una decisión.
– No hay nada que discutir ya lo tenemos hablado y es más, yo ya tengo una entrevista para mañana.
– Yo también —dijo Iván—, seguramente haré de mensajero ecológico en bicicleta.
Alex y Cristina no pudieron contener las lágrimas, de orgullo y tristeza al mismo tiempo. Sus hijos eran ya hombres y no estaban dispuestos a que sus padres cargaran
solos con todo el peso.
No estéis tristes —continuó Santiago—, siempre hemos estado unidos y ahora más que nunca. Somos jóvenes y tenemos tiempo por delante.
-De acuerdo hijos, estamos muy orgullosos de vosotros, no nos habéis defraudado nunca y ahora que necesitamos vuestra ayuda, ¡la tenemos!
Les dio un fuerte abrazo a los dos.
– Ahora me voy a dormir, mañana debo madrugar, la barredora me espera —dijo con solemnidad.
– Buenas noches —contestaron sus hijos.
– Buenas noches cariño —le deseó besándole con ternura. Lo mismo te deseo a ti, que mañana te vaya bien, no te acuestes tarde.
Alex se tumbó en la cama pero apenas pudo conciliar el sueño, no por el trabajo, si no por la entrevista que iba a mantener por la tarde el día siguiente. ¿Cómo iba a
plantearlo? ¿Cómo se lo tomaría su interlocutor?, la cabeza le iba a estallar, de repente, les salía un trabajo, precario, pero trabajo al fin y le contestaba alguien, que
quizás podría resolver su problema.
El despertador sonó a las cuatro en punto. No sabía cuánto había dormido. Se sentía cansado, pero más abrumado todavía por el encuentro que iba a tener al final de su
jornada.
Alex llegó puntualmente a su puesto de trabajo, departió con sus compañeros de temas cotidianos sin trascendencia. Cuando el encargado abrió la puerta entraron
dirigiéndose al vestuario para cambiarse de ropa. Acto seguido, Alex se dirigió a “su” barredora y se dispuso para iniciar la jornada. Durante la comida en el comedor de
la empresa, Alex se mantuvo en todo momento pensativo, contestaba a sus compañeros con monosílabos. Se dio cuenta que le miraban con un poco de desaprobación,
ya que la intención era la de integrarle en el grupo como uno más.
Alex se disculpó ante todos ellos por su anormal comportamiento, aludiendo que tenía un problema familiar grave, acontecido la noche anterior y eso le mantenía fuera
de toda relación, mintió.
Sus compañeros asintieron aceptando las disculpas por parte de Alex.
A la cinco de la tarde sonó la alarma de cierre, todos los operarios se retiraron al vestuario no sin antes, recoger la bolsa con aquello que necesitaran de frutas y verduras.
La empresa autorizaba a todos sus trabajadores para que se llevaran, exclusivamente para uso familiar, lo que quisieran. Alex se subió al autobús que le conduciría hasta
la Plaza de España, miró el reloj y decidió ir dando un paseo hasta el lugar de la cita. Así tendría tiempo de cómo exponer su “proyecto” al desconocido.
Alberto y Andrés, quedaron en encontrarse en la cafetería, cada uno de ellos iría por su cuenta y ocuparían mesas separadas, encargándose Andrés de “proteger”, si
fuera necesario, la espalda de su amigo y socio.
El primero en llegar fue Alberto, ocupó una mesa desde donde podía observar la calle y la puerta de entrada. En la cafetería había tres clientes más, dos ocupaban una
mesa y el otro consultaba un plano de la ciudad en otra. Nada parecía estar preparado antes de su llegada y nada levantaba sospecha que le inquietara de forma
particular.
Se le acercó el camarero y pidió un gin tonic.
Transcurridos doce minutos hizo su entrada en la cafetería Andrés. Se sentó dos mesas a la izquierda del local, teniendo una visión perfecta de toda la cafetería y en
particular de la mesa donde se encontraba su amigo.
Llevaba una revista técnica para ojearla. El camarero se puso a su servicio, pidió un whisky sin hielo.
De forma inapreciable probaron el funcionamiento de los intercomunicadores que llevaban instalados de forma oculta. El tiempo transcurría, no se intercambiaron la
mirada, cada uno, conocía muy bien su papel dadas sus respectivas profesiones.
A las siete y cinco minutos, entró en la cafetería una persona de unos cuarenta o cuarenta y dos años, más de metro noventa, pelo corto y barba de un día. Iba vestido
con pantalón vaquero, camisa azul cielo y una rebeca de punto color negro. El desgaste de la ropa evidenciaba su repetida utilización.
Su entrada en el bar, no pasó desapercibida, Alberto así como Andrés, supusieron en el acto que se trataba del cliente. Por su parte Alex, no tardó en encontrar la
persona de contacto, destacaba por la pajarita roja con lunares. Se frotó las manos en un acto instintivo de nervios, afrontaba la entrevista todavía sin saber muy bien
cómo exponerla.
Capítulo II
– Buenas tardes…, señor Pons, soy Casanova.
– Buenas tardes, señor Casanova, siéntese por favor.
– Gracias, disculpe los minutos de retraso, vengo caminando desde Plaza España pensando cómo plantearle mi proyecto.
– ¡Caramba!, señor Casanova, si que parece inusual su propuesta.
El camarero se acercó.
– ¿Qué toma, señor Casanova? —le preguntó Alberto.
– Sí, una agua sin gas, por favor, gracias.
– Usted dirá —dijo—, ¿en qué podemos ayudarle?
– Antes debo ponerle en antecedentes de mi situación personal para que se haga una idea y pueda así justificar mi petición.
– Comience por favor.
– Tengo mujer y dos hijos, hoy empezaba mi esposa a trabajar limpiando una escalera tomado la decisión de comunitaria y mis dos hijos han pasar a la universidad y
escuela
nocturna respectivamente, para encontrar trabajo y ayudar a la economía familiar. Por mi parte ayer empecé una sustitución de limpiador en un almacén de
Mercabarna que no se cuanto pueda durar, una semana, tres días.
Bebió un poco del agua que acababa de dejarle el camarero, se notaba la boca seca, tenía el paladar como el cartón.
– De aquí a tres o cuatro meses, mi banco ejecutará la hipoteca de mí…
– Siento interrumpirle señor Casanova, pero creo que no entendió usted bien el mensaje de nuestra web.
– Disculpe —cortó Alex—, espere que termine por favor, es necesario que sepa los motivos, como le dije al principio, para que entienda “el proyecto”.
Alberto lo miró fijamente a los ojos.
– Le escucho, siga por favor.
– Cómo le decía, en unos meses el banco ejecutará la hipoteca de mi casa y no sé lo que pasará.
– Les he solicitado que me dejen disponer del disponible que asciende a casi veinte mil euros, para poder alargar mi supervivencia, mientras surge algún trabajo
estable que nos permita pagar y vivir, en éste orden, por inusitado que sea. Alex miraba directamente a los ojos de Alberto para intentar descubrir situación, algo que le
ayudará a consolidar su incómoda
pero no vio nada más que un evidente desconcierto.
– Dada la situación que le acabo de relatar, lo desesperado, angustiado y harto que estoy, al ver su anuncio que daban solución a cualquier problema, es p…
– Disculpe —interrumpió de nuevo Alberto—, insisto, creo que no ha entendido el sentido en el que podemos ofrecer nuestra colaboración, no es…
-Ya termino, no pretendo ayuda económica señor Pons, tranquilo, todavía conservo mi capacidad de interpretación respecto a lo que leo. Le decía en mi solicitud que
mi “proyecto”, no era habitual y verá, que no lo es.
– Pues al grano, señor Casanova. No quiero ser grosero pero ha de saber que es la primera vez desde que dirijo la empresa, que me encuentro con un “proyecto”,
presentado de ésta forma.
– Lo imagino, como también lo será su resolución, si es que pueden y acceden.
– Señor Pons —Alex, miró directamente a su contertulio, quería ver su reacción—. Mi “proyecto” es que planifiquen un robo para conseguir efectivo suficiente y
terminar con mi pesadilla y la de mi familia.
¡Ya está, ya lo he dicho! —se dijo para sí mismo Alex. Acto seguido bebió de un trago el agua que le quedaba. Se hizo entonces un espeso silencio, ambos mantenían la
mirada escudriñándose, intentando descubrir algo que sirviera de excusa para continuar con la conversación. Alberto, no se inmutó, no parpadeo, sólo miraba fijamente a
Alex.
Por otra parte Andrés que estaba escuchando perfectamente la conversación a través del auricular, no pudo evitar mirar hacia la mesa donde se encontraba su socio con
el cliente. Alex advirtió que Pons, no era un cualquiera. Otro en su lugar hubiera reaccionado de diferente forma. No sabía cómo, pero de otra manera, seguro.
Sin saber que decir, Alex intentó romper el momento.
– ¿Y bien?
– ¿Y bien, qué?, señor Casanova —preguntó Alberto sin dejar de mirarle.
– Le dije que no era un proyecto habitual, que era diferente, no le iba a poner en un formulario: ¡Hola!, quiero que me planifiquen un robo, ¿no le parece?
– Sí, visto así, sí —tras un silencio—, ¿es usted policía?
– No, ¿se lo parezco?
– Si me lo pareciese, no se lo hubiera preguntado. Verá, entiendo que su situación económica es difícil como desgraciadamente lo es hoy día para muchas familias, si
todas ellas pensaran lo mismo que usted, terminaríamos robándonos los unos a los otros, ¿no, le parece?
– Supongo que sí, pero a riesgo de parecer insensible, hoy día solo me preocupa mi familia.
– Sé que está pasando un mal rato, señor Casanova, tómese otra agua. ¡Camarero! —Llamó Alberto y señalando la botella de agua le solicitó otra—, pero lo cierto es
que no sé cómo puedo ayudarle, nunca había pensado en algo parecido y no creo que empiece ahora, a mi edad.
El camarero sirvió el agua en la mesa. A penas la dejó, Alex se sirvió en el vaso y bebió un largo trago.
– Siento, señor Pons haberle puesto en ésta situación, ni yo mismo me reconozco.
– ¿Hasta dónde sería usted capaz de llegar?
– No lo entiendo, ¿qué quiere decir?
– Si le hubiera dicho que sí, usted que hubiera hecho, ¿cómo hubiera reaccionado?
– Estaba preparado, creo que
y ya está, no lo disposición Discúlpeme me hubiera puesto a su sé, señor Pons, no lo sé.
no he querido ofenderle —Alex se levantó y tendió la mano para despedirse.
– No se vaya todavía, por favor.
Alex sin comprender muy bien la petición, volvió a sentarse.
– Comprenderá que no se trata de una situación normal, que alguien venga y te proponga la preparación de un robo y todo ello sin conocerse anteriormente, no parece
habitual. Intenté decírselo en el formulario.
– Sí, es cierto, de alguna manera lo hizo. No me esperaba esto, de verdad.
– Lo siento, no era mi intención.
– No se disculpe. Verá, no creo que pueda acceder a su petición, es más no creo que usted sea esa clase de personas capaces de enfrentarse a una situación en la que se
requiere una preparación y haberla mamado en la calle. ¿Ha estado usted detenido en alguna ocasión?
– No, siempre he llevado una vida ordenada.
– Lo ve, no tiene ni idea de cómo puede ser ese mundillo…, el de la delincuencia, ya me entiende.
– Usted sí.
– Algo sé, por eso dudo que usted pueda afrontar con la suficiente entereza, las situaciones que se pueden generar en cualquier robo.
– Bueno tampoco empuñe nunca un arma hasta que fui al ejército, y allí me asignaron una.
– ¿Estaría dispuesto a matar si fuera necesario?
– No, de ninguna manera, no tengo idea de cómo se puede planear una operación así, pero tengo claro que no quiero armas, ni violencia, que nadie salga herido.
– Ya, entiendo, usted quiere ir a un banco y decir: denme el dinero de la caja, mientras le apunta al cajero con los dedos en la frente, ¿no?
– No se burle, por favor.
– No lo hago, tan solo intento descubrir realmente que pretende.
– y…, lo ha hecho.
– Todavía no. Le confieso que no se bien como encajarlo.
– Siento haberle molestado señor Pons —dijo levantándose, alargando su mano como despedida.
– No lo ha hecho —expresó en tono comprensivo Alberto tendiéndole la suya.
– Buenas tardes, señor Casanova, le deseo mucha suerte.
– Gracias —se despidió Alex, saliendo de la cafetería. Cuando Alex estaba alcanzando la puerta, Alberto se dio cuenta que se dejaba la bolsa con la que había entrado en
una de las sillas.
-Casanova, se deja esto.
Alex se giró y volvió para recogerla. Gracias, lo que me faltaba para que no me dejen entrar en casa —dijo forzando una sonrisa.
Alberto indicó en voz baja para que lo escuchara Andrés.
-No te acerques, síguele, nos vemos mañana, yo te llamaré. Andrés liquidó al camarero su consumición y marchó de la cafetería sin más.
Una vez fuera observó a Alex como se alejaba por la Rambla del Rabal, dirección norte.
Por su parte, Alberto llamó al camarero y le solicitó una bolsa para llevarse el vaso donde había estado bebiendo Alex, a cambio le daría diez euros de propina. El
camarero no puso objeción alguna a la extraña petición.
Alex, caminó y caminó, no advirtió cuánto tiempo. La cabeza le iba a estallar, no entendía el paso que acababa de dar. ¿Y si le hubiera dicho que sí?, como le dijo Pons,
¿qué habría pasado?, ¡qué locura!, ¿qué le diría a su esposa?
Sin darse cuenta, se encontró ante el portal de su casa, miró el reloj. Eran la diez y diez de la noche, su familia, estaría preocupada.
Cuando abrió la puerta, le recibió Cris con lágrimas en los ojos.
– ¿Qué te ha pasado, cariño?
– Hola papá, ¿dónde estabas?
Cada uno de sus hijos, le dieron un beso con preocupación.
– ¿Has cenado? —preguntó Cris.
Alex todavía no había abierto la boca.
– Disculpar, se me ha hecho tarde, he tenido una reunión y al salir he venido caminando desde cerca de Colon, hasta aquí.
– ¡Vaya palizón! —dijo Iván.
-No, no he tomado más que una o dos botellas de agua, no te preocupes Cris, no tengo hambre.
– Tienes que comer algo, está preparado, mientras nos explicas lo que ha pasado, ¿vale?
– Si no os importa prefiero no hablar de eso hoy. Dime Cris, ¿Cómo te ha ido en tu primer día de trabajo?
– Bien, la verdad es que me han tratado bastante bien, se conoce que la que había antes, no lo hacía con demasiado interés y se escabullía con bastante asiduidad.
– Me alegro, ¿cuándo tienes que volver?
– La semana que viene, solo son cuatro horas semanales.
– Y a vosotros, hijos, ¿qué tal os ha ido?
– Nada nuevo por nuestra parte hoy, papá.
Alex cenó y se despidió de todos con un beso a cada uno.
– Ahora voy cariño.
– De acuerdo, te espero.
Alberto, se dirigía pensativo al metro de la estación de Liceo, no entendía la petición que le acababa de exponer ese hombre realmente desesperado. No había
imaginado nunca que le pidieran algo parecido, ¡organizar un robo!
Inconscientemente, su mente no desechaba la posibilidad de fraguar un plan que terminara, “en el robo perfecto”. Él, como policía, sabía muchas formas de poder eludir
pistas, despistar a la brigada encargada del delito. De hecho en más de una investigación en la que él había participado, los casos se resolvían por el exceso de confianza
del delincuente. De otra forma no habría sido posible descubrir la autoría. Como policía siempre había pensado que ellos, los buenos, iban a remolque de los
delincuentes. Estos estudiaban nuevas técnicas para sortear las avances en investigación trabas que la tecnología y los se iban desarrollando. Tras la
implementación de nuevas medidas, la delincuencia se movilizaba en aras de vulnerarla.
Alberto, se dijo así mismo:
– ¿Por qué no?, ahora no tenemos trabajo, voy a pensar en el robo perfecto, ¿cómo lo haría? ¿Cuál sería el objetivo? ¿Con quién contaría?
En caso de hacerlo tendría que valer la pena, de otra forma no hacía falta arriesgarse. ¿Qué les dirá mañana a sus socios?; Sabéis qué, vamos a cometer un robo.
Sonrió sin darse cuenta que estaba dentro del vagón del metro, algunas personas, las más cercanas, le miraban. Pero imaginarse la cara de los socios, sobre todo, la de
Luis, ya valía la pena proponerlo.
Imbuido en sus pensamientos, el tiempo parecía volar, llegó la parada de Cataluña, donde tenía que hacer trasbordo y casi se le pasa.
Por un lado le molestaba no quitarse la idea de fraguar un robo. Por otro, se había despertado en él, el ego de sentirse capaz de prepararlo de forma perfecta.
Mentalmente hizo un repaso de aquellos robos que de alguna forma le habían sorprendido. No se trataba de atracar un banco o la caja fuerte de cualquier empresa.
Tendría que ser algo diferente aunque sabía que no sería nuevo, todo lo que era susceptible de ser robado, de alguna forma ya lo había sido. Tendría que cambiar el
modus operandi, pero ¿dónde dar el golpe?
Así llegó a su estación de Rocafort, en la Gran Vía barcelonesa. Entró en la vivienda y salió a su encuentro María, su esposa.
Dándole un beso de bienvenida.
– ¿Algo que merezca la pena?
– No…, se trataba de un proyecto imposible, no vale la pena si quiera estudiarlo.
– ¿Qué vamos a hacer Alberto?, si esto dura mucho más tendremos problemas.
– Si, lo sé, no creas que estoy tranquilo.
– ¿Qué dicen los demás?
– El que peor está, es Juan, al estar en el paro se desespera y tiene mucho tiempo para pensar. Luis está pendiente del futuro de su empresa y Andrés apenas tiene
casos.
– Vaya panorama —dijo María dando las buenas noches a su marido.
Alberto no pudo dormir hasta bien entrada la madrugada, la posibilidad de organizar una operación que culminara en el robo perfecto, no dejaba de atraerle por
incomprensible que fuera. Tenía un pensamiento único, llevar a cabo el proyecto. Cuando Cristina entró en la habitación, Alex estaba despierto esperándola, sabía que
no tardaría.
– ¿Qué ha pasado Alex? ¿Tan malas noticias son?
– Siento no haberte llamado, pero estoy tan aturdido, que no pienso. Lo siento.
– Ya está, lo importante es que estás bien y que no te ha pasado nada —dijo comprensiva.
– Dime, ¿qué te han dicho? —preguntó intrigada.
– No lo vas a creer cuando te lo cuente.
– Prueba.
– Lo que le he propuesto al hombre de la entrevista…, es que —se lo pensó antes de seguir, pero su esposa merecía la verdad—, en fin…, le he dicho que me
organizaran un robo. Cristina, abrió los ojos y se llevó las manos a la boca para evitar un grito que amenazaba con salir de lo más profundo de su ser.
– ¿Estás loco? —pudo articular conteniendo el tono.
– Sí, parece que lo estoy o por lo menos montado en el tren con destino a la locura.
– ¿Qué te ha dicho el hombre?, te habrá mandado a paseo ¿no? o ha llamado a la policía.
– No, nada de eso, no se cual sería su profesión, pero ha encajado sin inmutarse mi propuesta, me ha mirado intensamente a los ojos, después me preguntó si era
“poli”. En fin, supongo que se ha apiadado de mí, porque antes le conté nuestra situación.
– ¡Qué locura Alex! Estamos mal, pero estamos juntos saldremos de esto. ¿En qué estabas pensando?, que haría yo, como pagaríamos la hipoteca, los chicos que
pensarían de ti, ¡vaya ejemplo!
– Olvídalo, Cris, ya está, ha sido un mal momento.
Se abrazaron los dos sin decir una palabra más. A pesar de todo, no tardaron en dormirse, el día además de los nervios, había sido intenso en sus respectivos nuevos
trabajos. Alex, debía levantarse muy temprano para coger el primer metro que enlazara con el autobús.
Capítulo III
Alberto se despertó temprano, desayunó con María hablando de cuestiones intrascendentes o eso le pareció a él. Le costó dormirse pero mereció la pena. Tenía un
plan perfecto para el robo, ahora tenía que convencer a sus socios, sin ellos no se podría tirar para delante.
Cuando terminó de asearse, se vistió cómodamente y se sentó ante la mesa de su despacho, dispuesto a llamar a sus socios.
Una vez hubo llamado a Luis y Juan, le quedaba Andrés. Sabía que a diferencia de los otros dos le tendría que dar alguna explicación, era evidente estaba al corriente de
la entrevista con Alex.
– Dime Alberto —preguntó al descolgar el teléfono.
– Hola Andrés, he llamado a los otros dos y he quedado con ellos a las tres de la tarde en el rompeolas, delante de la entrada de los cruceros.
– Qué nos vas a explicar, ¿lo de ayer?
– Bueno explicar y exponer.
– ¿No estarás pensando, en algo?
– Lo cierto es que sí.
– Bueno, bueno, nos vemos allí, mejor en persona.
Por sus respectivas profesiones, sabían que el teléfono no era un medio prudente para desvelar según qué palabras. No mencionaron nada relevante de la entrevista del
día anterior. Cuando Andrés hubo colgado el teléfono, quedó pensativo, no se imaginaba que Alberto fuera capaz de tomar en serio a aquel tipo. A lo mejor no era de
eso de lo que quería hablar, pero sí, sí lo era, se lo confirmó hace un momento. ¿Qué habrá pensado ahora el expoli?, resulta que ahora el ladrón va a ser él. Nunca sabes
las paradojas que te puede presentar la vida. En fin dentro de unas horas escucharé el disparate que nos propone Alberto, pensó.
Alex, se levantó a las cuatro treinta de la mañana para entrar puntual en su trabajo. Tenía sueño, a pesar de no tardar en dormirse, no pudo descansar, su mente no podía
disipar el contenido de la reunión.
Inició su jornada de forma habitual. Sobre las diez de la mañana, el encargado se le acercó y no traía buena cara, Alex sintió un escalofrío.
– Alex —llamó el encargado—, tengo malas noticias para ti. Mañana se incorpora al trabajo Marcelo. Lo siento, pásate por la oficina antes de irte, he dicho que te
tengan preparado el finiquito para que no tengas que esperar. Puedes venir una vez por semana y llevarte la bolsa con las piezas retiradas de la venta, aunque dejes
de ser trabajador, podrás hacerlo.
– Gracias Gustavo, te lo agradezco, nos vendrá bien en casa.
– Lo imagino, también he dicho en oficina que guarden tu teléfono, has trabajado bien. Lo siento, de verdad, si sé de alguna vacante en otros almacenes, te avisaré.
– Gracias, otra vez, Gustavo.
– Un último favor —pidió Alex—, la carretilla que hay en la parte trasera del almacén, ¿la puedo tomar prestada?
– ¿Cuál?, ah sí, sí llévatela, pero tiene una rueda que no va bien.
– Sí, creo que la puedo reparar.
– Bien tuya es.
– Gracias Gustavo, te has portado muy bien conmigo. Alex sabía que el momento llegaría tarde o temprano, antes de irme me daré una vuelta por el recinto por si tengo
suerte —dijo para sí mismo.
Durante la hora del almuerzo los compañeros lamentaron su marcha. En los pocos días que estuvo, se granjeó el respeto de todos ellos y le desearon suerte para el
futuro.
A la hora de finalizar el trabajo, Alex subió a la oficina, la señorita que le atendió el primer día, no había cambiado su actitud, parecía como si estuviera viviendo el
mismo momento que días atrás.
– Buenas tardes —dijo Alex—, vengo a…
– Ya lo tengo todo preparado, lea y firme aquí si está de acuerdo—, la secretaria le presentó el documento a Alex. Alex leyó y firmó, el dinero que le daban era más de lo
que él esperaba, casi quinientos euros. Se despidió de la secretaria dándole las gracias. Es como si se lo hubiera dicho a la pared, pensó.
Antes de subirse al autobús, se dio una vuelta por distintos almacenes sin éxito. Por último pasó a recoger la carretilla y esperó en la parada.
Cuando llegó a su casa, Cristina supuso por el semblante triste de Alex, que algo no iba bien.
– Hola cariño —saludó—, ¿para qué es la carretilla?
– Hoy ha sido mi último día de trabajo, el operario que estaba enfermo se reincorpora mañana. La carretilla la he pedido prestada, he pensado que por lo menos
recogeré cartón de los contenedores y algo sacaremos, ¿no te parece?
– Yo iré contigo, me parece bien.
– No todo ha sido malo, mira, —Alex le tendió el importe del finiquito cobrado.
– ¿Todo esto te han dado? ¿Cuánto hay?
– Casi quinientos euros. Se han portado muy bien, además puedo pasar una vez en semana y coger fruta y verdura, como hasta ahora.
– Uff, que suerte, lo ves, no todo es malo. Poder tener fruta y verdura sin coste supone un buen ahorro.
– Luego hablaré con los chicos, estos días apenas hemos charlado y con lo de ayer, estarán preocupados.
– Sí, lo están, no saben bien cómo reaccionar, la situación es nueva para ellos.
Alberto llegó un poco antes que los demás, le gustaba ver, oler y escuchar el mar. Hacía un día claro de otoño, el sol brillaba intensamente, la temperatura sería de
unos 15º, el azul intenso del mar denotaba un cambio de su estado apacible. Por el sureste a unas cinco millas, se acercaba rumbo al puerto un enorme crucero,
seguramente lleno de turistas que bajarían unas horas para visitar la ciudad. Vio como la embarcación del práctico salía del espigón y ponía rumbo al encuentro del
crucero.
Varios pescadores se divisaban a lo largo del espigón en distintas rocas esperando que un pez hambriento picara en su anzuelo.
A la hora acordada por Alberto, fueron llegando los tres socios, cada uno por separado.
Cuando estuvieron todos reunidos entorno a Alberto, Juan preguntó:
– Bien, ¿hay buenas noticias?
– Algo habrá —comentó Luis—, cuando nos ha citado, lo que no entiendo es el lugar. Está bien pero nunca habíamos quedado aquí, ¿por qué el cambio?
Alberto saludó a todos.
– He pensado que mejor aquí dando un paseo, podremos hablar de la entrevista de ayer sin temor a ser escuchados.
– ¿Les has dicho algo? —preguntó Alberto.
– No, no he tenido ocasión —dijo Andrés.
– ¿Os parece que paseemos? —Alberto, sin esperar respuesta, inició el paso. Todos le siguieron.
– Ante todo deciros que he pensado mucho antes de exponeros seriamente lo que os voy a decir. Andrés está al corriente porque escuchó toda la conversación que
mantuve ayer en la cafetería, pero no sabe tampoco lo que he decidido.
– Ahora empiezo a imaginármelo —comentó Andrés.
– Nos estáis intrigando, que emocionante —expuso Luis.
– Ni te lo piensas. Bueno al grano, la reunión de ayer fue algo nuevo, diferente a cualquier proyecto que pudiéramos pensar que nadie nos propusiera jamás.
– El tipo me contó un poco su vida y las penurias que están pasando él y su familia antes de decidirse a plantearme su encargo para que se lo desarrollemos, tuve en
varias ocasiones que interrumpirle diciéndole que no prestábamos dinero, pero él insistía en largarme su prólogo. Bueno lo que vino a proponerme fue que —Alberto,
se detuvo, miró a los tres socios a la cara, quería ver la reacción de cada uno de ellos—, le hiciéramos un plan para llevar a cabo…, un robo de efectivo.
– Andrés no mostró sorpresa por conocerlo, pero Juan y Luis al principio miraron a Alberto interrogantes. Fue primero Luis quien preguntó:
– Supongo que lo mandarías a paseo o llamarías a la policía, ¿no?
– Me temo que no —dijo Juan—, no nos hubiera citado aquí de haberlo hecho.
– Cierto, al principio pensé lo que ha dicho Luis, luego vi la desesperación en ese hombre, todo le viene al revés, el banco lo putea, dentro de tres meses le ejecutaran la
hipoteca, solo le salen trabajos eventuales, su esposa limpia una escalera una vez en semana, sus hijos pasan a la nocturna para echar una mano, en fin…, un
desastre.
– Desgraciadamente como mucha gente que lo está pasando mal y no por eso se ponen a robar, ¿no te parece? — respondió un tanto aireado Juan.
– Incluso a nosotros no nos salen bien las cosas, si no es por aquella patente, Dios, como estaríamos ahora —comentó Luis.
– ¿Pensando en un robo, quizás? —Dijo con cierto sarcasmo Andrés.
– Tranquilizaros hombre, tampoco es tan grave si…
– ¿Qué no es tan grave? —Cortó Juan—, planear un robo, ¿no te parece grave?
– Hombre, planteado así.
– ¿Cómo quieres plantearlo? ¿Cómo si fuera redactar un cuento de blanca nieves y los siete pequeñitos? —Replicó Luis.
– Dejarme exponeros el plan, no perdemos nada, estamos paseando junto al mar, charlando entre viejos amigos de un tema nuevo, espinoso si queréis, ¿puedo deciros
lo que pienso?
– Bueno nada perdemos, pero no cuentes conmigo en éste proyecto.
– Pues nos haces falta con tus conocimientos en telecomunicaciones.
– ¡Estás loco, Alberto!
– Pues si a ti te tiene un papel, no quiero pensar el mío —dijo Luis—, como informático, me veo hakeando al banco de España, jajajaja.
– ¡Cómo lo has adivinado! —Comentó Alberto mirándolo muy serio.
– Luis palideció. ¿No pensarás eso, verdad?
– No, no, queda tranquilo, es algo más sencillo. Tú no dices nada Andrés, ¿Qué te pasa?
– Te engañaría si no te dijera que estoy sorprendido, no lo esperaba, pero confío en ti, puedes contar conmigo.
– Gracias, tú eres una pieza valiosa en el juego.
– Me veo con un pasamontañas —refirió Juan dirigiéndose a Luis.
– Sentémonos en esa roca de ahí y escuchad con atención. Solo iniciaremos el “encargo”, si se dan dos condiciones, la primera es comprobar que realmente el cliente
es quien dice ser, y si puede ser capaz de hacer su papel y segundo, el botín ha de merecer la pena.
Durante más de una hora, Alberto estuvo exponiendo su plan a los socios, éstos escucharon con atención y pocas veces interrumpieron.
– Lo más importante, es que ninguno haga nada que no esté previamente planeado y conocido por los demás. Cualquier modificación debe plantearse. Si lo hacemos de
esta forma no corremos ningún riesgo, ¿qué os parece?
– Me recuerda un poco a Glasgow, ¿te has basado en él? — Comentó Andrés.
– No, pero el único parecido es el puente. Y vosotros dos, ¿qué tal?
Juan y Luis, estaban desconcertados, no sabían bien como encajar el proyecto.
– Parece que lo tienes todo pensado, sobre el papel no tenemos a penas riesgos que correr, en el peor de los casos, nos quedamos sin nada y para casa. ¡Demasiado
fácil! — Apuntó Juan.
– ¡Joder tíos!, si me pincháis, no sangro, nos vamos a convertir en una banda. Supongo que después de éste robo se acabará la cosa, ¿no? —Exclamó Luis.
– Bueno…, mientras os esperaba y viendo esos cruceros…
– No fastidies. Ahora en serio, si con los datos que saquéis decidimos ponernos en marcha, ¡solo una vez!, como Santo Tomás —espetó Juan intentando dar cierta
solemnidad y firmeza a su opinión.
– ¿Has calculado cuanto nos va a costar el…, trabajo? — Pregunto Juan.
– Sobre los tres mil euros entre, material, reservas y desplazamientos.
– Vale pues, en marcha, os invito a una copa.
– La necesitamos —comentó Andrés. No en vano él tenía uno de los papeles más importantes, todos lo eran, pero el suyo requería una implicación más física que
técnica.
– Ah, se me olvidaba, ahora te daré el vaso donde bebió ayer “el cliente”.
Incluso Andrés no pudo contener la sorpresa.
– No pienses mal, lo cogí para tomar huellas y descartar que fuera un poli o alguien fichado. Fue después que empecé a pensar.
Los cuatro socios se dirigieron al coche, decidieron ir en uno solo, después recogerían los demás. Hablaron animadamente sobre el encargo y conforme lo iban haciendo,
más se comprometían en el proyecto.
Antes de despedirse, Alberto recordó a todos, los encargos que cada uno tenía, en principio, meramente informativos hasta obtener el resultado de las pesquisas
necesarias, antes de iniciar cualquier gasto significativo.
Acordaron no decir nada a sus respectivas familias, les dirían que trabajaban en un nuevo proyecto y eso les mantendría ocupados algún tiempo.
Alberto de vuelta a su domicilio iba pensando en todo lo hablado con sus socios. Respecto a Andrés no tenía ninguna duda en el desarrollo de su trabajo, sabía que
lo haría de forma impecable. Otra cosa eran Juan y Luis, por otra parte lógico, en su vida hubieran imaginado encontrarse en una situación parecida. Confiaba en que
cada uno de ellos hiciera bien su función, eran buenos profesionales en lo suyo y no tendrían que existir problemas.
En principio no tenían que correr ningún riesgo físico y tampoco levantar la más mínima sospecha, si todo se hacía según su plan, que era perfecto.
Al día siguiente empezarían a recopilar información en primer lugar, del cliente, era necesario conocer perfectamente con quien iban a tratar. Si realmente era tal como se
había presentado u ocultaba algo y en ese caso; qué y por qué había contactado con ellos.
En tan solo dos o tres días contarían con

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