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Libro PDF El cazador de la oscuridad – Donato Carrisi

 El cazador de la oscuridad - Donato Carrisi

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Venimos al mundo y morimos olvidando.
Lo mismo le había sucedido a él. Había nacido por segunda vez, pero antes tuvo que morir. El precio era olvidar quién había sido.
«Yo no existo», seguía repitiéndose, porque era la única verdad que conocía.
El proyectil que le había perforado la sien se había llevado consigo el pasado y, con él, su identidad. En cambio, no había afectado a la memoria general ni a los centros
del lenguaje, y –curiosamente– hablaba varios idiomas.
Ese talento singular para las lenguas era la única certeza que tenía.
Mientras, en Praga, esperaba descubrir quién era, una noche se despertó y junto a la cabecera de su cama de hospital vio a un hombre de aspecto apacible, con el pelo
negro peinado con la raya a un lado y rostro aniñado. Le sonrió y le dijo sólo una frase.
–Yo sé quién eres.
Aquellas palabras deberían haberlo aliviado, sin embargo, sólo fueron el preludio de un nuevo misterio porque, en ese momento, el hombre vestido de oscuro le puso
delante dos sobres lacrados.
Uno de ellos, le explicó, contenía un cheque al portador de veinte mil euros y un pasaporte con un nombre inventado en el que sólo faltaba la fotografía.
En el otro estaba la verdad.
El hombre le concedió todo el tiempo que necesitara para decidir. Porque no siempre es bueno saberlo todo de uno mismo y, es más, a él le había sido concedida una
segunda oportunidad.
–Piénsalo bien –le aconsejó–. ¿Cuántos hombres desearían estar en tu situación? ¿A cuántos les gustaría que una amnesia borrara para siempre los errores, los
fracasos o el dolor de su pasado para empezar desde el principio, dondequiera que deseen? Si escoges este camino, tira el otro sobre sin siquiera abrirlo, hazme caso.
Para agilizar la decisión, le reveló que allí fuera nadie lo buscaba ni lo esperaba. Porque no tenía lazos afectivos ni familia.
Después se marchó, llevándose consigo sus secretos.
Él, en cambio, se quedó observando los dos sobres durante el resto de la noche y los días siguientes. Algo le decía que ese hombre, en el fondo, ya sabía lo que iba a
escoger.
El problema era que él no lo sabía.
La idea de que el contenido del segundo sobre pudiera no gustarle estaba implícita en aquella extraña propuesta. «No sé quién soy», se repetía, pero enseguida
comprendió que conocía bien una parte de sí mismo: no podría pasarse el resto de su vida con aquella duda.
Por ese motivo, la primera noche que le dieron el alta en el hospital, se deshizo del sobre con el cheque y el pasaporte con identidad falsa –para no tener opción a
cambiar de idea. Luego abrió el pliego que iba a desvelárselo todo.
Contenía un billete de tren a Roma, algún dinero y la dirección de una iglesia.
San Luis de los Franceses.
Tardó un día entero en llegar a su destino. Se sentó en uno de los bancos del fondo de la nave principal de aquella obra maestra –síntesis perfecta de Renacimiento y
Barroco– y permaneció allí durante horas. Los turistas que abarrotaban el lugar de culto, entretenidos con el arte, no se percataban de su presencia. Asimismo, él
descubrió la estupefacción que sentía al encontrarse rodeado de tanta belleza. Entre los inéditos conocimientos de los que se nutría su virgen memoria, los relativos a las
obras que tenía alrededor no los olvidaría fácilmente, estaba seguro de ello.
Pero todavía no sabía qué tenían que ver con él.
Cuando, ya tarde, las comitivas de visitantes empezaron a salir de la iglesia, apremiados por una inminente tormenta, se escondió en uno de los confesionarios. No
sabía a qué otro sitio ir.
Cerraron el portón, las luces se apagaron, sólo las velas votivas iluminaban el espacio. Fuera, la lluvia había empezado a caer. El estruendo de las nubes hacía vibrar el
aire del interior de la iglesia.
Y entonces surgió una voz, como un eco.
–Ven a ver, Marcus.
Así era como se llamaba. Oír pronunciar su nombre no le produjo el efecto esperado. Era un sonido como cualquier otro, no le resultaba familiar.
Marcus salió de su escondite y empezó a buscar al hombre que había visto una sola vez, en Praga. Lo descubrió al otro lado de una columna, frente a una capilla
lateral. Estaba de espaldas y no se movía.
–¿Quién soy?
El hombre no respondió. Seguía mirando hacia delante: en las paredes de la pequeña capilla había tres grandes cuadros.
–Caravaggio realizó estas pinturas entre 1599 y 1602. La Vocación, la Inspiración y el Martirio de San Mateo. Mi favorito es precisamente este último –y le señaló
el de la derecha. A continuación se volvió hacia Marcus–: Según la tradición cristiana, San Mateo, apóstol y evangelista, fue asesinado.
En el cuadro, el santo estaba echado en el suelo mientras su asesino blandía un cuchillo contra él, dispuesto a causarle la muerte. Alrededor, los presentes huían
horrorizados por lo que iba a ocurrir, dejando espacio al mal que se consumaría al cabo de un momento. Mateo, en vez de escapar de su destino, tendía los brazos a la
espera del puñal que le daría martirio y, con él, la santidad eterna.
–Caravaggio era un depravado, se codeaba con lo más podrido y corrupto de Roma y, para crear sus obras, solía inspirarse en lo que veía por la calle. En este caso, un
homicidio… ¿No notas nada?
Marcus lo pensó un momento.
–La luz.
En el interior del cuadro, la luz caía desde arriba como el haz de un reflector.
–En vez de iluminar al mártir, apunta hacia su verdugo.
El otro asintió, despacio, y luego dijo:
–Caravaggio quiere decirnos que, en su inescrutable plan, Dios guiaba la mano del asesino.
–¿Por qué motivo?
–Porque la salvación, a veces, pasa a través del mal.
–¿Y qué tiene que ver esto conmigo?
–Alguien te disparó en la cabeza en una habitación de hotel, en Praga.
El sonido de la lluvia se había hecho más intenso, favorecido por el eco de la iglesia. Marcus pensaba que el hombre le había mostrado la pintura con un objetivo
concreto. Hacer que se preguntara quién podría ser él mismo en esa escena. ¿La víctima o el verdugo?
–Los demás ven en este cuadro la salvación, pero yo sólo consigo vislumbrar el mal –dijo Marcus–. ¿Por qué?
Mientras un rayo iluminaba los vitrales, el hombre sonreía.
–Me llamo Clemente. Somos curas.
Aquella revelación sacudió a Marcus en lo más profundo.
–Una parte de ti, que has olvidado, es capaz de percibir los signos del mal. Las anomalías.
Marcus no podía creer que tuviera semejante talento.
Entonces Clemente le puso una mano en el hombro.
–Existe un lugar en el que el mundo de la luz se encuentra con el de las tinieblas. Es allí donde sucede todo: en la tierra de las sombras, donde todo es enrarecido,
confuso, incierto. Tú eras uno de los guardianes encargados de defender esa frontera. Porque de vez en cuando algo consigue cruzar. Tu cometido era hacerlo volver
atrás.
El cura dejó que el sonido de aquella frase se disolviera en el fragor de la tormenta.
–Hace mucho tiempo hiciste un juramento: nadie puede saber que existes. Nunca. Sólo podrás decir quién eres durante el tiempo que transcurre entre el rayo y el
trueno.
Durante el tiempo que transcurre entre el rayo y el trueno…
–¿Quién soy? –Marcus se esforzaba por comprender.
–El último representante de una orden sagrada. Un penitenciario. Tú has olvidado el mundo, pero el mundo también se ha olvidado de vosotros. Aunque, hace
tiempo, la gente os llamaba cazadores de la oscuridad.
La Ciudad del Vaticano es el Estado soberano más pequeño del mundo. Apenas ocupa medio kilómetro cuadrado en pleno centro de Roma. Se extiende por detrás de
la basílica de San Pedro. Sus fronteras están protegidas por unas sólidas murallas.
Hubo una época en que toda la Ciudad Eterna pertenecía al papa. Pero cuando Roma fue anexionada al recién creado Reino de Italia, en 1870, el pontífice se retiró al
interior de ese pequeño enclave desde donde podía seguir ejerciendo su poder.
Al ser un Estado autónomo, el Vaticano tiene territorio, población y órganos de gobierno. Sus ciudadanos se dividen en eclesiásticos y laicos, según hayan hecho los
votos o no. Algunos residen en la parte interior de la muralla, otros, en la parte de fuera, en territorio italiano, y cada día van y vienen para ir a trabajar a uno de los
muchos despachos y dicasterios, cruzando una de las cinco «puertas» de acceso.
Dentro de la muralla hay infraestructuras y servicios. Un supermercado, una oficina postal, un pequeño hospital, una farmacia, un tribunal que juzga basándose en el
derecho canónico y una pequeña central eléctrica. También hay un helipuerto y hasta una estación de trenes, pero para uso exclusivo de los desplazamientos del
pontífice.
El idioma oficial es el latín.
Además de la basílica, la residencia papal y los palacios del gobierno, el área de la pequeña ciudad está ocupada por unos vastos jardines y por los Museos Vaticanos,
visitados cada día por miles de turistas procedentes de todo el mundo que concluyen el recorrido admirando con la nariz hacia arriba la maravillosa bóveda de la Capilla
Sixtina y el fresco de El Juicio Universal de Miguel Ángel.
Precisamente fue allí donde se hizo frente a la emergencia.
Hacia las cuatro de la tarde, dos horas antes del cierre oficial de los museos, los vigilantes empezaron a hacer salir a los visitantes sin darles ninguna explicación. Al
mismo tiempo, en el resto del pequeño Estado, se rogó al personal laico que se dirigiera a su casa, fuera o dentro de las murallas. Los que vivían dentro, no podían salir
hasta nuevo aviso. Esta disposición también afectaba a los religiosos que, de hecho, fueron invitados a volver a sus residencias privadas o a retirarse a alguno de los
varios conventos existentes.
La Guardia Suiza, el cuerpo de soldados mercenarios del papa cuyos miembros eran reclutados desde 1506 exclusivamente en los cantones suizos católicos, recibió la
orden de cerrar todas las entradas a la ciudad, empezando por la principal, la de Santa Ana. Las líneas telefónicas fueron interrumpidas y la señal de móvil dejó de
funcionar.
A las seis de aquel frío día de invierno, la ciudadela estaba completamente aislada del mundo. Nadie podía entrar, salir o comunicarse con el exterior.
Nadie excepto los dos individuos que recorrían el patio de San Damasco y la estancia de Rafael, a oscuras.
La central eléctrica había interrumpido el suministro energético en la vasta área de los jardines. Sus pasos resonaban en el silencio absoluto.
–Démonos prisa, sólo tenemos treinta minutos –dijo Clemente.
Marcus era consciente de que el aislamiento no podía durar demasiado, existía el riesgo de que allí fuera alguien sospechara algo. Por lo que su amigo le había contado,
ya se había preparado una versión para los medios de comunicación: el motivo oficial de aquella especie de cuarentena era un ensayo general de un nuevo plan de
evacuación en caso de emergencia.
La verdadera razón, sin embargo, tenía que permanecer completamente en secreto.
Los dos curas encendieron las linternas para entrar en los jardines. Ocupaban veintitrés hectáreas, la mitad de todo el territorio del Estado Vaticano. Se dividían en
jardín italiano, inglés y francés, y reunían especies botánicas procedentes de todos los rincones del mundo. Eran el orgullo de cualquier pontífice. Muchos papas habían
paseado, meditado y orado entre aquellas plantas.
Marcus y Clemente recorrieron los senderos delimitados por setos de boj, perfectamente perfilados por los jardineros como si fueran esculturas de mármol. Pasaron
bajo las grandes palmeras y los cedros del Líbano, acompañados por el sonido de las cien fuentes que adornaban el parque. Se introdujeron en la rosaleda encargada por
Juan XXIII, en la que en primavera florecían las rosas que llevaban el mismo nombre que el Santo Padre.
Al otro lado de la alta muralla, se oía el caótico tráfico de Roma. Pero, donde ellos estaban, el silencio y la calma eran absolutos.
Sin embargo, eso no era paz, reflexionó Marcus. Ya no, al menos. La había estropeado el suceso de esa misma tarde, cuando se hizo el descubrimiento.
En el lugar adonde se dirigían los dos penitenciarios, la naturaleza no había sido domesticada como en el resto del parque. En el interior del pulmón verde, de hecho,
había una zona en la que los árboles y las plantas podían crecer libremente. Un bosque de dos hectáreas.
El único mantenimiento al que lo sometían periódicamente era la retirada de ramas secas. Y justo eso era lo que estaba haciendo el jardinero que había dado la voz de
alarma.
Marcus y Clemente ascendieron por una ladera. Al llegar a la cima, dirigieron las linternas hacia el corto valle que había debajo, en cuyo centro la gendarmería –el
cuerpo de la policía vaticana– había delimitado una pequeña zona con cinta amarilla. Los agentes ya habían efectuado el examen del suceso y recogido todos los indicios,
a continuación habían recibido la orden de abandonar la zona.
«Para que pudiéramos venir nosotros», se dijo Marcus. Seguidamente se acercó al límite marcado por la cinta y, con la ayuda de la linterna, lo vio.
Un torso humano.
Estaba desnudo. Le recordó al instante el Torso del Belvedere, la gigantesca estatua mutilada de Hércules conservada precisamente en los Museos Vaticanos y en la
que Miguel Ángel se había inspirado. Pero no había nada de poético en los restos de la pobre mujer que había sufrido aquel trato animal.
Alguien le había arrancado de cuajo la cabeza, las piernas y los brazos. Yacían a pocos metros, esparcidos junto al hábito oscuro, rasgado.
–¿Sabemos quién es?
–Una monja –contestó Clemente–. Hay un pequeño convento de clausura al otro lado del bosque –dijo indicando delante de él–. Su identidad es un secreto, es uno de
los dictados de la orden a la que pertenece. Aunque creo que en estas circunstancias da lo mismo.
Marcus se agachó para verla mejor. La tez blanquecina, los pequeños senos y el sexo expuesto impúdicamente. Los cabellos rubios y muy cortos, antes cubiertos por
el velo, se exponían ahora sobre la cabeza rebanada. Los ojos azules, levantados hacia el cielo como en una súplica. «¿Quién eres?», le preguntó con la mirada el
penitenciario. Porque había un destino peor que la muerte: morir sin nombre. «¿Quién te ha hecho esto?»
–De vez en cuando, las monjas pasean por el bosque –prosiguió Clemente–. Aquí casi nunca viene nadie, y ellas pueden rezar sin que las molesten.
«La víctima había escogido la clausura», pensó Marcus. Había tomado los hábitos para aislarse de la humanidad junto a sus hermanas. Nadie volvería a ver su rostro.
Pero se había convertido en la obscena exhibición de la maldad de alguien.
–Es difícil entender la elección de estas monjas, muchos piensan que podrían ir a hacer el bien entre la gente en vez de encerrarse tras los muros de un convento –
afirmó Clemente, como si le hubiera leído el pensamiento–. Pero mi abuela siempre decía: «No sabes cuántas veces estas hermanitas han salvado al mundo con sus
oraciones».
Marcus dudaba si creérselo. Por lo que él sabía, ante una muerte como ésa, el mundo no podía considerarse a salvo.
–En tantos siglos, aquí nunca había sucedido nada parecido –añadió su amigo–. No estábamos preparados. La gendarmería llevará a cabo una investigación interna,
pero no tiene medios para abordar un caso como éste. De modo que nada de forenses ni Policía Científica. Nada de autopsias, huellas ni ADN.
Marcus se volvió a mirarlo.
–Y, entonces, ¿por qué no pedir ayuda a las autoridades italianas?
Según los tratados que vinculaban a los dos Estados, el Vaticano podía recurrir a la policía italiana en caso necesario. Pero esa ayuda sólo se usaba para controlar a los
numerosos peregrinos que acudían a la basílica o para prevenir los pequeños delitos que se cometían en la plaza delantera. La policía italiana no tenía jurisdicción a
partir de la base de la escalinata que conducía a la entrada de San Pedro. A menos que no hubiera una petición específica.
–No se pedirá, ya está decidido –afirmó Clemente.
–¿Cómo voy a investigar dentro del Vaticano sin que alguien se fije en mí o, peor aún, descubra quién soy?
–De hecho, no lo harás. Quien sea que haya sido, ha venido de fuera.
Marcus no lo entendía.
–¿Cómo lo sabes?
–Conocemos su rostro.
La respuesta tomó al penitenciario por sorpresa.
–El cuerpo lleva aquí por lo menos ocho, nueve horas –prosiguió Clemente–. Esta mañana, muy temprano, las cámaras de seguridad han grabado a un hombre
sospechoso que merodeaba por la zona de los jardines. Vestía ropa de trabajo, pero me consta que han robado un uniforme.
–¿Por qué él?
–Míralo tú mismo.
Clemente le tendió una foto impresa. En ella aparecía un hombre vestido de jardinero, con el rostro parcialmente oculto por la visera de una gorra. Caucásico, de edad
indefinida pero seguramente de más de cincuenta años. Llevaba consigo una bolsa gris en bandolera, en cuyo fondo se entreveía una mancha más oscura.
–Los gendarmes están convencidos de que allí dentro había un hacha o un objeto parecido. Debía de haberla usado hacía poco, la mancha que ves probablemente sea
de sangre.
–¿Por qué precisamente un hacha?
–Porque era el único tipo de arma que podía encontrar aquí. Queda descartado que haya podido introducir algo desde fuera, superando los controles de seguridad, los
guardias y el detector de metales.
–Pero se la ha llevado consigo para borrar las huellas, en caso de que los gendarmes acudieran a la policía italiana.
–Salir es mucho más sencillo, no hay controles. Y luego, para marcharse sin que se fijen en ti es suficiente con confundirse con el flujo de peregrinos o de turistas.
–Una herramienta de jardinería…
–Todavía están comprobando que no falte nada.
Marcus observó de nuevo los restos de la joven monja. Sin darse cuenta, con una mano apretó la medalla que llevaba al cuello, la de san Miguel Arcángel blandiendo la
espada de fuego. El protector de los penitenciarios.
–Tenemos que irnos –afirmó Clemente–. Se ha acabado el tiempo.
En ese momento, se oyó un crujido que se movía por el bosque. Venía hacia ellos. Marcus levantó la mirada y vio avanzar a un grupo de sombras que emergían de la
oscuridad. Algunas llevaban una vela en la mano. En el débil resplandor de aquellas pequeñas llamas, reconoció a un grupo de figuras con la cabeza cubierta. Llevaban un
lienzo oscuro en el rostro.
–Sus hermanas –dijo Clemente–. Han venido a recogerla.
En vida, sólo ellas podían conocer su aspecto. Cuando morían, eran las únicas que podían ocuparse de sus restos mortales. Era la regla.
Clemente y Marcus se retiraron hacia atrás para dejar libre el escenario. A continuación las monjas se colocaron en silencio alrededor del pobre cuerpo. Todas sabían
lo que tenían que hacer. Algunas extendieron paños blancos, otras recogieron del suelo los miembros del cadáver.
Sólo entonces Marcus se fijó en el sonido. Un unísono murmullo procedente de debajo de los lienzos que cubrían sus rostros. Una letanía. Rezaban en latín.
Clemente lo cogió del brazo y tiró de él. Marcus iba a seguirlo pero, en ese momento, una de las monjas pasó junto a él. Y entonces oyó nítidamente una frase.
«Hic est diabolus.»
El diablo está aquí.
PRIMERA PARTE El niño de sal
1
Una Roma fría y nocturna se extendía a los pies de Clemente.
Nadie hubiera dicho que el hombre vestido de oscuro, apoyado en la balaustrada de piedra de la terraza del Pincio, era sacerdote. Ante él se divisaba una sucesión de
palacios y cúpulas sobre los que dominaba San Pedro. Un paisaje majestuoso, inalterado durante siglos, en el que bullía una vida minúscula y provisional. Clemente
siguió contemplando la ciudad, ajeno al sonido de los pasos que se acercaban a su espalda.
–Y bien, ¿cuál es la respuesta? –preguntó antes de que Marcus llegara a su lado. Estaban solos.
–Nada.
Clemente asintió, en absoluto sorprendido, y a continuación se volvió a observar a su compañero penitenciario. Marcus parecía agotado, llevaba días sin afeitarse.
–Hoy hace un año.
Clemente permaneció un momento callado, mirándolo fijamente a los ojos. Sabía a qué se refería: era el primer aniversario del hallazgo del cuerpo desmembrado de la
monja en los Jardines Vaticanos. En ese periodo, las investigaciones del penitenciario no habían dado ningún resultado.
No había ni una pista, ni un indicio, ni siquiera un sospechoso. Nada.
–¿Tienes intención de rendirte? –le preguntó.
–¿Por qué? ¿Acaso puedo? –le contestó Marcus en tono crispado.
Esa historia había sido una dura prueba. La cacería al hombre del fotograma de las cámaras de seguridad –caucásico, de más de cincuenta años– no había dado
resultado.
–Nadie lo conoce, nadie lo ha visto nunca. Lo que me da más rabia es que tenemos su cara. –Hizo una pausa y miró a su amigo–. Tenemos que volver a estudiar a los
laicos que prestan servicio en el Vaticano. Y, si no obtenemos nada, tendremos que pasar a los religiosos.
–Ninguno de ellos se corresponde con la foto, ¿para qué perder el tiempo?
–¿Quién nos asegura que el asesino no contaba con apoyo desde el interior? ¿Con alguien que lo cubría? –Marcus no se resignaba–. Las respuestas se hallan en el
interior de las murallas: es allí donde debería investigar.
–Ya lo sabes, existe una limitación. No es posible por motivos de confidencialidad.
Marcus sabía que lo de la confidencialidad era sólo una excusa. Simplemente tenían miedo de que, si metía la nariz en sus asuntos, pudiera descubrir algo que no
tuviera nada que ver con ese suceso.
–A mí sólo me interesa coger al asesino. –Se plantó delante de su amigo–. Tienes que convencer a los prelados de que anulen esa limitación.
Clemente descartó enseguida esa opción con un gesto de la mano, como si fuera una tontería.
–Ni siquiera sé quién tiene el poder de hacerlo.
A sus pies, comitivas de turistas de salida nocturna para ver las bellezas de la ciudad cruzaban la Piazza del Popolo. Seguramente no sabían que justo allí, mucho
tiempo atrás, se situaba el nogal bajo el que estaba enterrado el emperador Nerón, el «monstruo» que, según una leyenda inventada por sus enemigos, en el año 64 d.C.
mandó incendiar Roma. Los romanos creían que aquel lugar estaba infestado de demonios. Por ese motivo, hacia el año 1000, el pontífice Pascual II ordenó quemar el
nogal junto con las cenizas exhumadas del emperador. Luego se levantó la iglesia de Santa Maria del Popolo, que todavía conservaba en el altar mayor los bajorrelieves
que mostraban al papa cortando el árbol de Nerón.
«Así es Roma», pensó fugazmente Marcus. Un lugar donde cada verdad revelada escondía a su vez un secreto. Y el conjunto estaba envuelto en leyenda. De manera
que nadie pudiera saber, realmente, qué se escondía detrás de cada misterio. Y todo por no turbar demasiado el alma de los hombres. Pequeñas e insignificantes criaturas,
desconocedoras de la guerra que se libraba continuamente y a escondidas a su alrededor.
–Deberíamos empezar a considerar la posibilidad de que no lo atrapemos nunca –dijo Clemente.
Pero Marcus no aceptaba una rendición.
–Fuera quien fuese sabía cómo moverse dentro de las murallas. Estudió el lugar, los sistemas de control, eludió las medidas de seguridad.
Lo que le hizo a la monja era salvaje, brutal. Pero la manera en que lo había urdido entrañaba una lógica, un plan.
–He comprendido algo –afirmó el penitenciario, con seguridad–. La elección del lugar, la de la víctima, su modo de actuar: son un mensaje.
–¿Para quién?
«Hic est diabolus», pensó Marcus. El diablo había entrado en el Vaticano.
–Alguien quiere que se sepa que en el Vaticano anida algo terrible. Es una prueba, ¿no lo ves? Es un examen… Él había previsto lo que iba a ocurrir, que ante la
dificultad de obtener una respuesta las investigaciones quedarían estancadas. Y que las altas esferas preferirían dejarse devorar por la duda antes que excavar a fondo,
con el riesgo de sacar a la luz a saber qué. Quizá otra verdad enterrada.
–Esa acusación es grave, ya lo sabes, ¿no es cierto?
–¿Pero no comprendes que es precisamente eso lo que quiere el asesino? –prosiguió Marcus impertérrito.
–¿Cómo puedes estar tan seguro?
–Habría vuelto a matar. Si no lo ha hecho es porque le basta con saber que la sospecha ya ha echado raíces y que el feroz asesinato de una pobre monja es poca cosa,
porque existen secretos más terribles que salvaguardar.
Clemente intentó ser conciliador, como siempre.
–No tienes pruebas. Es sólo una teoría, fruto de tus consideraciones.
Pero Marcus no daba su brazo a torcer.
–Te lo ruego, tienes que dejarme hablar con ellos, podría convencerlos. –Se refería a las jerarquías eclesiásticas de las que su amigo recibía instrucciones y órdenes.
Desde que, tres años atrás, lo había recogido de una cama de hospital en Praga, sin memoria y cargado de miedos, Clemente no le había dicho nunca una sola mentira.
Solía esperar el momento adecuado para revelarle algunas cosas, pero nunca había mentido.
Por eso Marcus confiaba en él. Es más, podría decirse que Clemente era toda su familia. En tres años, aparte de raras excepciones, había sido su único contacto con el
género humano.
«Nadie debe saber de ti ni lo que haces», le decía siempre. «Está en juego la supervivencia de lo que representamos y el destino de la labor que nos ha sido
encomendada.»
Su guía siempre le había dicho que sólo las altas instancias sabían de su existencia

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