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Libro PDF El chico de la mala suerte – Gaby Franz

El chico de la mala suerte – Gaby Franz

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Estábamos en la sala de mi casa. Mi padre reía.
Mi madre tenía la boca apretada en un gesto de frustración.
Colin gruñía y me miraba como si me quisiera desollar vivo.
Belcebú maullaba mientras giraba a mi alrededor como si estuviera haciendo una danza india.
Mi abuelo estaba fuera de sí, los minutos pasaban y él aún no había conseguido lo que quería: poner mi culo en marcha y salir de mi casa.
La escena era tan bizarra que casi me sumé a mi padre con una estruendosa carcajada. Me sentía como si estuviera viviendo una pesadilla. Allí estaba
el chico de mis sueños, gruñendo como un patán, y toda mi jodida familia me estaba haciendo pasar el mayor ridículo de mi vida.
¿Por qué tenían que pasarme estas cosas justo el día de mi cumpleaños?
La tarde moría y la luna empezaba a salir. Empecé a sentir el reclamo de la luna y mi cuerpo empezó a temblar. No, no quería que Colin me viera en
el estado en el que me ponía las noches de luna llena. Eso terminaría por completar la vergüenza que ya sentía, y si ocurría no saldría nunca más de mi
habitación hasta que el mundo se terminase.
Para mi consternación, mi abuelo me miró fijo, leyendo la desesperación que me estaba poseyendo porque habló alto y fuerte:
—Colin, vete con tu padre y dile que los espero en el claro para la reunión de la manada.
Colin no contestaba, me seguía mirando fijo, como hipnotizado. Ya me estaba poniendo muy incómodo con esa actitud.
—¡Colin! —gritó mi abuelo zarandeando un poco al muchacho que no entraba en sí. Colin gruñó de nuevo y vi que sus ojos se volvían lupinos y sus
colmillos empezaban a crecer.
—Abuelo, algo le está pasando —dije con temor en mi voz y señalando a Colin con el dedo.
—Sé perfectamente lo que le pasa a este muchacho y será mejor que lo saquemos de aquí ya mismo. —Mi abuelo suspiró, no entendí el significado
de sus palabras pero seguramente en algún momento me enteraría. Luego volvió a abrir la boca para gritar—: ¡Ben! ¡Saca a tu hijo de aquí antes de que
suceda una desgracia!
El Beta de mi abuelo apareció por el marco de la puerta. Ese hombre siempre me había dado algo de temor —era inmenso, grande e imponente—.
Apenas vio a Colin suspiró, después dirigió sus ojos hacia mí y me fulminó con la mirada. Me escaneó de arriba abajo, como si me estuviera desnudando
en cada repaso de su gélida mirada. En ese momento caí en la cuenta de que Colin tenía los mismo ojos que Ben. ¡Joder, Colin se parecía mucho a
su padre!
—James, ¿es lo que pienso que es? —preguntó Ben.
—Lamentablemente así es.
—Joder, joder, joder. Sacaré a mi muchacho de aquí ya mismo —el Beta masculló en un tono de frustración y rabia.
Sin perder tiempo, agarró a Colin como si fuera un saco de patatas y lo arrastró fuera de la casa. Colin gritaba, pataleaba y gruñía resistiéndose al
agarre de su padre. Este le dio un golpe en la cabeza y lo dejó inconsciente. Sentí que mi estómago se contraía y la intensa necesidad de ir a ver si Colin
estaba bien hizo que mis pies se movieran hacia la puerta. Mi padre dejó de reír y me sujetó del brazo, reteniéndome dentro de la casa.
—Quieto ahí, Chris.
La puerta se cerró. De repente, la habitación se volvió muy silenciosa. El aire estaba pesado, se podía cortar con un cuchillo y me sentí sofocado.
Mi abuelo fue el primero en hablar y cuando lo hizo usó un tono suave y gentil. —Chris, no te preocupes. Él se pondrá bien. —Luego giró la cabeza
hacia mi padre y continuó, su voz era más fuerte, de mando—: Ya sabes lo que significa esto, ¿no es así, Erick?
—Pues no sucederá. Christian es muy joven aún. No lo permitiré.
—¡Joven y un cuerno! Ya tiene dieciséis años, la edad justa para emparejarse. No puedes impedir que suceda.
—¿Emparejarme? ¿De qué mierda están hablando? —pregunté desorientado, tratando de unir las piezas en mi cabeza pero la maldita luna llena
estaba haciendo que mi cuerpo se sintiera extraño y, además, para completar el paquete, mi cerebro estaba aletargado, me sentía algo desorientado.
—Christian, cuida tu boca —me reprendió mi madre, molesta.
—¿Alguien puede explicarme algo? —pregunté con frustración.
—Es sencillo, muchacho. Colin y tú son compañeros destinados. Él reaccionó de esa manera al verte porque quiere reclamarte pero mi presencia se lo
ha impedido. Me ha tomado todo mi poder de Alfa poder retenerlo en su sitio para que no se abalance sobre ti. —Mi abuelo hablaba con tanta naturalidad
del asunto como si me estuviera recitando la lista de compras del supermercado. No me lo podía creer.
—¿Colin es mi compañero destinado? No lo entiendo —susurré muy confundido.
—Christian, vamos. Luego te lo explicaré todo —mi abuelo James me dijo mientras tomaba mis bolsos y me agarraba de un brazo para arrastrarme
fuera de la casa.
—No tan rápido, James. —Mi padre ahora estaba enojado y volví a ver a ese hombre que podría destrozar todo con su ira. Ese lado de mi dulce padre
me hacía casi mearme en los pantalones.
—Nos vamos —sentenció mi abuelo.
—No. Chris, ve a tu habitación. ¡Ahora! —rugió mi padre.
Me quedé petrificado en mi lugar, mi cuerpo ardía y mi cambió se aceleró. El espeso pelo pronto cubrió mi cuerpo y los colmillos ya eran tan largos
que podía cortar mis labios fácilmente. Mi visión monocromática, la cual odiaba, ya se había apoderado de mis ojos. De repente una sacudida hizo que mi
cuerpo se sintiera ligero y que el fuego que tenía en mis entrañas y que me estaba consumiendo rápidamente se disipara con una ola de un frío que nacía
del mismo lugar, calmando la fiebre. Esta dicotomía era extraña y provocaba sacudidas en mi cuerpo.
Las malditas alas aparecieron, más brillantes, más fuertes que nunca.
Ahora era un medio lobo con alas. ¡Fantástico! Era la primera vez que ambas cosas me sucedían al mismo tiempo y la sensación no era para
nada agradable.
Me sentí asfixiado, como si el aire me faltara y grité por ayuda:
—¡¡Papá!!
Mis ojos se desorbitaban y me sentí caer al suelo pero mis alas tomaron vida propia y me sostuvieron en el aire. Casi estaba desmayado, helado,
tiritando por el frío que nacía de mi cuerpo que intentaba congelarme.
Mi padre trataba de sostenerme pero mi cuerpo se resistía. De repente mi lobo se ocultó —los colmillos se retrajeron, mis ojos volvieron a la
normalidad y el espeso pelo que cubría mi cuerpo lentamente desapareció—. Las alas brillaban más intensamente, mi piel parecía relucir en la oscuridad
de la noche, como la de mi papá.
La puerta de la salida de la casa estaba cerrada pero quería tirarla abajo para salir de la casa y tomar aire que no estuviera viciado, huir de toda esta
locura. Sin saber cómo miré la sólida puerta de madera y con el solo pensamiento de que se abriera, la puerta lo hizo. ¿Qué me estaba pasando? Cada vez
que pensaba que una nueva desgracia se apoderaba de mí y que sería la última, nuevas extrañas cosas me sucedían.
No sé por qué pero pensé en Colin y en que el destino debió ser muy injusto con él para emparejarlo con una abominación como yo. Grité con
desesperación, tratando de hacer que mi cuerpo me respondiera, que hiciera lo que yo quería por una puta vez en la vida.
Mi cabeza dolía tanto que seguramente podría explotar en cualquier momento. Era tan frustrante que me sucediera algo así… Quería ser normal,
uno más, no un híbrido que no se decidía a ser algo en concreto. Humano, lobo, hada o elfo, no me interesaba qué pero quería ser uno y solo uno de ellos.
Me separé de mi padre, sintiendo de repente mi piel arder. Giré hacia mi abuelo que no había apartado la vista de mí. En sus ojos había amor y no el
desprecio que pensé encontrar en ellos. ¿Tenía miedo de que me sucediera algo malo?
—Abuelo, tengo miedo —sollocé.
Y por primera vez sucedió un milagro. Mi abuelo James se acercó y me abrazó fuerte, susurrándome al oído:
—Cálmate, Chris, pronto pasará. No te asuste, pequeño, tu abuelo está aquí contigo.
Y me dejé envolver por la calidez del cuerpo de mi abuelo y de su amor. Absorbí todo lo que pude y, poco a poco, las alas desaparecieron y la
temperatura de mi cuerpo volvió a la normalidad.
—Abuelo —sollocé sin cesar, asustado, temeroso de lo que podría suceder mañana, el próximo año, en cualquier momento en el futuro.
—Sé que tienes miedo, Chris. Pero ya eres un hombre. Enfrentarás lo que te está pasando pero no estarás solo. Te ayudaré, cariño. Tu abuelo estará
a tu lado.
Y mientras mi abuelo James me hablaba, acariciaba mi cabeza y me abrazaba, yo lloraba en su hombro.
Mis padres miraban la escena emocionados. El duro Alfa había bajado las defensas y estaba aceptando a su nieto.
Levanté la cabeza y miré a mi abuelo. —Abuelo, quiero ir contigo. Quiero ser un hombre —le dije, y mi abuelo me sonrió.
—Ya lo eres, Chris. Solo tienes que creerlo.
La furia en la cara de mi padre se disipó y volví a ver al dulce hombre que estuvo durante dieciséis años a mi lado.
Y esa noche me fui con mi abuelo James a pasar mi vida con la manada de lobos. Mi destino había decidido por mí. Emparejarme con un lobo era
tener que vivir en la manada. Nunca había estado allí más que de visita ocasional con mi madre cuando era pequeño. Mi padre se había rehusado a que
fuera a visitar a mi abuelo cuando empecé a experimentar los cambios en mi cuerpo porque tenía miedo de que los lobos me hirieran de alguna forma.
Ahora sería reclamado por Colin. Todo me parecía un sueño. No nos conocíamos. Si bien yo siempre había fantaseado con él, con ser su novio, jamás
se me cruzó por la cabeza enlazar mi vida con él para siempre y sin ni siquiera habernos dicho un simple “hola”.
Me sentí un crío, sin saber qué hacer. Pero la fuerte mano de mi abuelo sostenía mi frágil mente y supe que él no permitiría que nadie me
hiciera daño.
Confiaba en mi abuelo James. Ahora sabía que me quería y que me protegería con su vida.
Miré hacia atrás cuando nos alejábamos de mi casa, podía ver la tristeza en los ojos de mis padres. Pero yo ya era un hombre, o por lo menos eso decía
mi abuelo.
—¿Abuelo?
—Sí, Chris.
—¿Cómo es eso del reclamo? —pregunté confundido—. ¿Duele?
Mi abuelo se rio y después me miró fijo, serio.
—¿No te han explicado nada, Chris?
—¿Explicado qué?
—Cómo los lobos toman a sus parejas.
Sacudí la cabeza, negando. Mi abuelo suspiró y luego me dijo:
—Tienes que tener sexo con tu pareja y te muerde cuando están haciéndolo.
Me petrifiqué. Me sentí estúpido por haber preguntado. Sabía que mi abuelo siempre iba al grano y hoy no se había ido con rodeos para saciar
mi curiosidad.
—¿Y cómo sé que estoy listo? Quiero decir…, yo nunca…
—Chris, sé que nunca has estado con nadie. No desesperes, Colin te tratará bien. Si no lo hace lo despellejaré.
No sabía qué decir, mi cabeza iba a mil por hora. Belcebú ronroneaba y se frotaba contra mi pecho, reclamando atención. ¿Cuándo se había
acurrucado en mi regazo? Sin buscar más respuestas de las que podía absorber, lo acaricié en un acto reflejo mientras trataba de limpiar mi mente de
todo lo que estaba viendo. Pero ¡era una real locura!
Llegamos a la casa de mi abuelo. Era enorme y hermosa.
Mi abuelo bajó los bolsos de la camioneta y se giró para subir a ella de nuevo.
—Chris, tengo que ir con la manada pero tú entra a la casa y descansa. Creo que por esta noche has tenido suficientes emociones.
Asentí y me alegré de que no me obligara a ir con él. No quería volver a ver a Colin en este momento.
Entré en la casa y subí las escaleras buscando la habitación que mi abuelo me había asignado.
Era grande: las paredes estaban pintadas de un color azul claro, los cobertores y las cortinas en tono pastel haciendo juego. La decoración era varonil
y la gran cama me estaba llamando. Me sentía tan malditamente cansado…
Pero Belcebú me ganó de mano y saltó sobre el colchón mientras maullaba lleno de felicidad. Sin prestarle mucha atención, me dejé caer a su lado,
con la ropa puesta, y me quedé dormido.
En algún momento, me desperté con las lamidas de Belcebú que intentaba sacarme de los brazos de Morfeo a toda costa. ¡Gato molesto!
En el silencio de la noche escuché unos pasos acercándose a la casa. Alguien abrió la puerta y subía las escaleras. Belcebú maulló bajito y se me puso
la piel de gallina.
Mi corazón bombeaba deprisa, mi pulso estaba acelerado, mi sangre bullía en mis venas. Mi aliento se atoró en mi garganta cuando vi que el
picaporte de la puerta de mi habitación giraba.
Me senté en la cama sintiendo una ansiedad atroz. El traidor de Belcebú se escapó por la ventana y me sentí abandonado, solo.
La puerta se abrió y Colin apareció, hermoso y fuerte. Él jadeaba mientras se acercaba peligrosamente hacia donde yo estaba.
—Colin… —susurré sin poder continuar hablando.
—Tú me perteneces, no te resistas.
Entonces recé, sin poder apartar mis ojos del cuerpo de Colin mientras se despojaba de su camiseta. Dioses y diosas, por favor, ¡ayuden a este pobre
virgen a soportar este duro momento!
4
Colin se abalanzó sobre mí, su caliente torso desnudo se aprisionaba sobre mi cuerpo. Su erección estaba perforando mi estómago provocando que el
aliento se me quedara atrapado en la garganta. Un intenso calor me envolvió y una gran excitación me sacudió.
—Colin, por favor —le rogué. Estaba tan asustado con la reacción de mi cuerpo que necesitaba algo de espacio para pensar.
No quería que esto sucediera así, no quería que todo fuera sexo, un acto carnal, sin amor. Nunca había tonteado con ningún chico, esperando al
indicado.
—Te dije que eres mio. ¿No sientes la necesidad imperiosa de que estemos juntos? —Colin sonaba desesperado, abatido.
—Por favor… —volví a rogarle, agarrándolo del sedoso y negro cabello, tirando de él para apartarlo de mí.
Colin era demasiado fuerte y por más que hice lo imposible para moverlo de arriba de mi cuerpo, no logré que se corriera ni un milímetro.
—Chris…, eres mío, así fue destinado. Nunca pensé en encontrar a mi compañero destinado pero ahora que lo hice no permitiré que te alejes.
—No voy a escaparme —afirmé—, pero eso no significa que debamos apresurar las cosas. ¿Podemos hablar?
—¿De qué quieres hablar? —Colin alzó una de sus cejas, se veía tan malditamente bien que sentí que me derretía. ¿Por qué mierda quería
separarme, hacerme el recio, cuando en verdad mi cuerpo rogaba por sumergirse entre sus brazos y gritar de placer?
Sabía que necesitábamos conocernos antes de enlazarnos para toda la vida. Yo no era precisamente un chico “normal”. Tenía que decirle el tipo de
hombre con el que compartiría el resto de sus días.
—Yo no soy… normal —empecé, y Colin me puso un dedo sobre mis labios para silenciarme.
—No sigas. No quiero escuchar que te denigres. —Él se incorporó, liberando mi cuerpo de la presión. Me sentí vacío, perdido, desesperado. Se sentó a
mi lado y me agarró la mano—. Conozco los rumores y sinceramente no me interesa qué seas. Eres mío, solo mío y es lo único que me importa.
—Pero…
—No sigas. Yo te acepto como eres, ¿por qué no puedes hacer lo mismo?
—Dioses y diosas. —Suspiré con frustración—. Mira, soy bastante… complicado. No tengo un razonamiento tan simple como el tuyo, sin ofender. —
Me relajé dejando liberar el aire retenido en mis pulmones y mi corazón empezó a normalizar su latido con las caricias de Colin en mi espalda. Su toque
era tan cálido, tan cariñoso, que era imposible resistirse.
—Chris, si es tan importante para ti que nos conozcamos primero, lo haré. Pero no me pidas que espere demasiado. Estar lejos de ti ahora que te
encontré es una tortura.
Y ahí estaba, la gélida mirada de sus ojos azules se convirtió en una cálida caricia, tal como lo había imaginado y soñado tantas veces.
Deseaba perderme en sus ojos, en su boca, en su toque. Pero si quería que nuestra relación estuviera basada en algo más que la atracción, debía
ser fuerte.
—Gracias. Es muy importante para mí. Toda mi vida me sentí diferente, un chico nacido con mala suerte. Desde que cumplí doce años mi vida ha sido
un infierno. Primero el desprecio de los lobos y ahora el de los elfos. —Necesitaba contarle a Colin cómo me sentía, quería desnudar mi alma ante mi
compañero. Colin no dejaba de tocarme, acariciarme, reconfortarme—. Sé que nadie me ha dicho o hecho nada porque mis padres y mis abuelos
degollarían al que lo intentara, pero puedo leer en los ojos de todo el mundo su reprobación. Me creen una abominación y hasta me lo he empezado a
creer yo mismo.
—Detente —me advirtió pero sin retirar su mano de mi espalda—. No eres ninguna abominación, eres hermoso, único.
Me reí, no porque me causaran gracia las palabras de Colin sino por la ironía de lo “hermoso” que él pensaba que yo era y lo miserable que siempre
me sentí respecto de mi cuerpo.
—Colin, sé que crees eso porque no tengo mal aspecto pero si me vieras en luna llena no dirías lo mismo.
—Estamos en luna llena, Chris. Y lo que veo es a un hermoso hombre que desea ser amado.
Lo miré fijo, su mirada estaba tan llena de cariño y deseo que no sabía cómo hacer para no sucumbir a mis propios deseos.
—No sé qué cambió hoy. Tal vez la presencia de mi abuelo ayudó a que controlara a mi lobo, no lo sé. Pero lo que sí sé es que soy algo indefinido: ni
lobo, ni elfo, ni hada. Tengo sangre de las tres razas y ninguna se manifiesta por completo.
—Encontraremos juntos la manera de que puedas sentirte bien. Te ves cansado, ¿quieres dormir?
Asentí y nos acostamos abrazados. La cálida piel del torso de Colin acariciaba mi mejilla y, envuelto en su intenso olor a hombre, caí en un
profundo sueño.
Esa noche dormí profundamente. Amanecía cuando escuché voces y ruidos de golpes en la planta baja. Mi abuelo rumiaba. Estaba con otro hombre
del que no pude reconocer la voz.
Escuché cómo subían pesadamente la escalera, escalón a escalón, acercándose a la puerta de mi habitación.
Sin tocar, el picaporte giró y mi abuelo ocupó el marco entero de la puerta. Tras él estaba el padre de Colin, vociferando maldiciones.
Colin me aferró más a su cuerpo. Yo me revolvía queriendo zafarme de su abrazo, me sentía muy avergonzado de que nos vieran en una situación
tan íntima.
—¡Abuelo!¡Toca la puerta antes de entrar! —le grité, enojado.
—Jovencito, ¿qué significa esto? —preguntó mi abuelo con un tono divertido.
—Nada, ¡no significa nada! —respondí lleno de indignación.
Mi abuelo se acercó y miró mi cuello. El padre de Colin agarró a su hijo por los pelos y lo levantó de la cama. Me asombraba la fuerza de ese hombre,
mi futuro suegro, y la facilidad que tenía de manipular a mi novio como si fuera de masilla.
—Aún no has sido reclamado —sentenció mi abuelo. Luego giró hacia Ben y le dijo—: Tu muchacho es muy lento, Ben.
—¡Cállate! Mi hijo es todo un hombre. Ni se te ocurra ponerlo en duda.
—No dije eso, cálmate —se rio el Alfa.
Colin abrió los ojos, se encontraba desorientado. Miró a su padre y a mi abuelo y luego creo que cayó en la cuenta de que estaba semidesnudo en mi
habitación. Se sonrojó y bajó la cabeza.
Me apiadé de él, parecía un gran niño al que descubrían haciendo una travesura.
—Por favor. Ben, abuelo, ¿pueden salir de mi habitación? Necesito hablar con Colin.
—Como gustes, Chris —respondió mi abuelo—. Prepararé el desayuno. Vamos, Ben.
Ben y mi abuelo salieron de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Agarré la mano de Colin y lo atraje muy cerca. Él me miró fijo y me besó. Sus labios eran cálidos, suaves, húmedos. Me estremecí y me dejé envolver
por sus brazos, por la ternura de ese beso, el que consideré mi primer verdadero beso.
Suspiré apenas sentí la caliente lengua de Colin recorrer mis labios. Los abrí y él introdujo su lengua; era como un ascua ardiente que me quemaba,
que me excitaba y me enloquecía. Me dejé recostar sobre la cama, él sobre mi cuerpo, abrazándome posesivamente.
Nuestras lenguas comenzaron una danza sensual y embriagadora, buscando la saciedad que no llegaba. La necesidad crecía, haciéndose cada vez
más insoportable.
La piel caliente de Colin quemaba mis manos, pero no podía dejar de acariciar los fuertes músculos de su ancha espalda.
Cuando estuvimos casi al borde de la asfixia, perdidos en la embriagante sensación de la falta de aire, rompimos el beso, jadeando.
Los ojos de Colin reflejaban claramente la lujuria que sentía, la imperiosa necesidad de reclamarme.
—Guau, ese beso fue alucinante —declaré y Colin sonrió.
—Sí, tu boca es adictiva, no quisiera dejar de besarla nunca.
Acerqué a Colin para otro beso, uno más hambriento y salvaje.
De repente, cuando mis barreras estaban casi a punto de derribarse, la piedra del collar que mi padre me había regalado empezó a
brillar intensamente.
Pude sentir una energía envolverme, cargar mi cuerpo con magia y relajarme.
La piedra de crisocola era verde-azulado y tenía el poder de ayudar a alcanzar el equilibrio a su portador. Ahora entendía lo que mi padre había
querido al regalármela. Agradecí en silencio la sabiduría de mi padre que no me dejó caer en la tentación, pudiendo volver a mi sano juicio.
—Nos esperan para desayunar. Será mejor que bajemos —le dije a Colin.
—Sí, será lo mejor —contestó suspirando.
Colin tomó su camiseta que estaba en el suelo y se la colocó, ocultando tras la tela su magnífica musculatura.
Él me dio la mano, me ayudó a levantarme y salimos de la habitación.
Por primera vez en mi vida pensé que dejaba de ser el chico de la mala suerte. Tenía un hombre muy especial a mi lado y me juré amarlo y lograr
que se enamorara de mí.
Colin bajó las escaleras primero, su hermoso y apretado culo se mecía a cada paso que daba. Maldije por lo bajo el no haberlo ni siquiera pellizcado
ni un poquito. Pero después sonreí sabiendo que tendría toda la vida para hacerlo.
Y recé para que los dioses y las diosas me dieran la fortaleza para lograr mi objetivo.
5
Desayunamos en silencio. Colin y Ben se fueron y me quedé a solas con mi abuelo James.
Me sentía muy confundido y temeroso.
Mi abuelo respiró hondo antes de hablar:
—Chris, cuéntame qué ha pasado.
—¡Abuelo!
El abuelo puso los ojos en blanco con exasperación.
—Niño, quiero saber por qué Colin no te reclamó.
Por supuesto, ¿cómo podía pensar que mi abuelo me estaba pidiendo detalles de mi intimidad con Colin? Me sonrojé y tragué a través del nudo que
se había formado en mi garganta.
—Estaba muy cansado y me dormí. Ni siquiera me molesté en desvestirme. Belcebú me despertó y pude escuchar unos ruidos y entonces Colin se
apareció en mi habitación.
—Chico listo —se rio mi abuelo.
Ahora el que puso los ojos en blanco fui yo, sin poderme creer que a mi abuelo toda la situación lo divertía. ¿Se estaba riendo a mi costa?
—Como te decía, él apareció y comenzó a desvestirse. Ya sabes…, quería reclamarme tal como me lo explicaste. —Mi cara ardía de vergüenza, nunca
en mi vida me había sentido tan humillado pero seguí, necesitaba que mi abuelo me explicara algunas cosas—. Él se abalanzó sobre mí pero yo le dije que
quería que hablásemos.
Las carcajadas de mi abuelo me silenciaron por un momento, hasta podía ver que le salían lágrimas por los ojos.
—¡¡Abuelo!! No me parece para nada gracioso —lo reté.
—Perdona, Chris. Si supieras lo que le produce a un lobo el encontrar a su compañero destinado, nunca se te hubiera ocurrido, justo cuando
estuviera a punto de reclamarte, pedirle a Colin hablar. —Mi abuelo rio aún más y luego agregó—: Eres increíble, muchacho.
—Tengo miedo. Miedo de enlazarme con alguien que no conozco, miedo de mi cuerpo y de lo que soy y no soy en verdad, miedo de todo. ¿Cómo
puedes pensar siquiera que le permita a Colin enlazarse conmigo sin ser consiente realmente de lo que soy y cargar con todo mi equipaje?
Mi abuelo dejó de reírse, ahora estaba serio, un rictus de disgusto transformó su cara. —Chris, para que lo entiendas, el destino los ha unido. Nada
ni nadie podrá disolver eso. Ustedes han sido creados para estar juntos. He visto pocas parejas encontrarse de ese modo. Ben, mi Beta, fue uno de los
afortunados y recuerdo que se comportó tal cual lo está haciendo su hijo ahora: como un estúpido adolescente sin cerebro. Colin es un hombre serio y con
los pies bien puestos sobre la tierra, pero desde hace unas horas está irreconocible. —Frotó su cara, el cansancio era evidente en sus facciones y en ese
momento me di cuenta de la gran carga que pesaba sobre sus hombros. Ser el Alfa de una gran manada no debería de ser nada fácil—. Ben ha tenido que
golpearlo como a un crio dos veces y te aseguro que eso a Colin no le debe causar mucha gracia. El dolor y el vacío que debe estar sintiendo al estar lejos
de ti, sin haber podido reclamarte, lo estará destrozándolo.
—¿Y por eso tengo que entregarme a él y olvidarme de conocerlo primero? No quiero una unión sin amor. No me interesa. Solo le pedí un poco de
tiempo para conocernos. ¿Es mucho pedir?
—En estas circunstancias, sí. —Mi abuelo estaba serio y la expresión de su cara me asustó—. Tú no debes estar sintiendo lo mismo que él, con la
misma intensidad, debido a que eres un mestizo. Y no pongas esa cara porque no lo digo con desprecio, solo quiero que comprendas que lo que le has
pedido podría enloquecerlo.
—Abuelo, ¿y qué hay de mi, no interesan mis sentimientos y lo que yo quiero?
Lo miré con tristeza. Mi abuelo me atrapó entre sus brazos y me transmitió su calidez.
—Chris…, me encantaría poder decirte que todo va a estar bien, que no deberías temerle a nada, pero no puedo. No sé qué te pasa, en qué terminarás
convirtiéndote, qué poderes ocultos están en tu cuerpo. Estoy aterrado tanto como tú pero el miedo nunca ha sido el motor en mi vida y no empezará a
serlo, eso te lo aseguro. Lucharemos juntos contra esto.
—Abuelo… —sollocé y dejé salir toda la frustración que tenía dentro.
—Desahógate, muchacho. Pero ten presente que tu abuelo James no te dejará solo.
Por la tarde decidí salir de la casa y recorrer las tierras de la manada. Hacía mucho calor y el sonido del agua del río me llamaba.
Acostumbrado a mi vida entre los elfos, no tenía vergüenza de mi desnudez. Me acerqué a la orilla; rocé con mis dedos el agua fresca y comencé a
desvestirme, dispuesto a darme una zambullida.
Un gruñido ronco y alto me sobresaltó y cuando giré vi a Colin que me miraba, su cara llena de dolor, sus manos apretadas en puños a sus costados.
—¡Colin! —grité cuando vi que se acercaba con paso acelerado a mi lado.
—Chris, no me provoques de esa manera. Me pediste que espere pero me lo haces casi imposible.
—Yo… —susurré antes de caer dentro de sus brazos.
—Tu piel es tan suave… —me dijo dulcemente mientras acariciaba mi espalda.
Sus besos eran cálidos y me hacían estremecer. La ternura con la que me estaba poseyendo, poco a poco me desbordó. No podía resistirme, no quería
hacerlo. Un anhelo intenso y devastador surgió dentro de mi corazón y recorrió todo mi cuerpo. La misma necesidad que devoraba a Colin se había
apoderado de mí, ahora lo comprendía: resistirse sería un maldito infierno.
—Colin, Colin… —balbuceé sin poder hilar una frase coherente.
—No te tomaré aquí, quiero hacerlo correctamente. Vamos a mi casa, ahora no hay nadie allí.
Asentí, tomé mi ropa y me vestí rápidamente. La ardiente mirada de Colin me derretía.
Mientras caminábamos tomados de la mano, entendí que el lazo que había entre nosotros iba más allá de toda comprensión. El amor estaba implícito
en él. Era irracional, increíble, que dos personas que no se conocían una a la otra pudieran sentirse de semejante manera. Una cascada de emociones me
inundó, como si una presa las hubiera estado reteniendo y ahora, rota por la pasión de Colin, me golpeara emborrachándome. Y las palabras de mi abuelo
retumbaron en mi cabeza: “Chris, sobre lo que dices del amor…, el lazo viene con ello”. En ese momento no lo entendí pero ahora lo comprendía,
lo sentía.
Llegamos ante la puerta de la casa de Colin, la casa del Beta de la manada. Era grande e imponente, casi tanto como la de mi abuelo James.
Me detuve, sintiendo mis entrañas retorcerse. En unos momentos uniríamos nuestras vidas, no habría marcha atrás. Era excitante y a la vez
angustiante. Mi abuelo me había hablado mucho durante la mañana sobre los lazos de los compañeros destinados. Uno podría saber y sentir lo que el otro
pensaba y sentía; estarían íntimamente conectados, compartiendo sus alegrías, sus tristezas, sus sufrimientos. ¿Podría condenar a Colin a sufrir mi
tormento, mi inacabada existencia como un ser inconcluso?
—¿Tienes miedo? —me preguntó, apretando mi mano en la suya.
—Sí, pero no por mí. —Bajé la mirada, estaba avergonzado y temblaba.
—¿Tienes miedo por mi?
—Sí, ¿es justo que te condene a mis pesadillas, a mis temores y a mi tormento? No quiero que me odies.
—Cariño, mírame. —Levanté los ojos para encontrarme con esa cálida y cristalina mirada que me acariciaba—. Jamás podría odiarte. Tú eres mi
regalo, el regalo que los dioses me han dado. Eres una bendición y después de que nos enlacemos por fin me sentiré completo.
—¿Completo? —pregunté con perplejidad.
—Sí, así será.
Con la esperanza en mi corazón de que Colin fuera lo que estaba necesitando para acallar el tomento de sentirme una cosa inconclusa e indefinida,
me aferré más de su mano y entramos a la casa para enfrentar juntos nuestro destino.
Tal vez lo que me faltaba era él. Tal vez fuera la pieza final para que el rompecabezas de lo que era al fin se completara.
6
A cada paso que avanzábamos mi corazón martillaba con más ímpetu en mi pecho. Sentía bullir mi sangre y calentar mis venas como si lava líquida
corriera por ellas. La mano de Colin me estaba quemando pero me era imposible liberarla. La agarré más fuerte, porque sentía que si no lo hacía se
evaporaría delante de mis ojos.
La casa estaba en silencio, en las penumbras de la tarde que moría.
Subimos la escalera, lentamente, alargando mi tortura.
El sol se estaba ocultando y la noche quería envolvernos. Esta noche habría luna llena nuevamente y nuestros lobos estaban ansiosos, desesperados
por tomar el control.
No podía entender cómo me había resistido a esta unión. ¿Podría ser que mi enamoramiento adolescente por Colin hubiera sido todo producto de
nuestro destino de estar juntos como compañeros destinados? Pensando en retrospectiva, nunca deseé que nadie me tocara, a excepción de Colin. En mis
noches tormentosas las únicas manos que deseaba acariciaran mi cuerpo eran las de él, la única boca que añoraba besara la mía era la de él, el único
cuerpo que anhelaba cubriera el mío era el de él. Siempre había sido él, nunca otro. Ahora todo tenía sentido, todo encajaba perfectamente, las piezas que
no podía unir empezaban a encastrar y me alegré de que el destino me hubiera dado una tregua, que no me siguiera castigando con más mala suerte.
Sin darme cuenta llegamos al piso de arriba y frente a una puerta de madera maciza. La habitación de Colin seguramente estaba detrás de esa
puerta marrón.
Temblé: por ansiedad, miedo, desesperación de ser abrazado, anhelo de amar y ser amado.
—¿Tienes miedo? —me preguntó una vez más con esa mirada cálida y envolvente que me relajaba y me daba paz.
—Un poco —confesé y me sonrojé.
—No te preocupes, amor. Seré cuidadoso, lo prometo.
¿Amor? Dioses y diosas, ¡¡él me llamó amor!!
La puerta se abrió y una amplia habitación apareció ante mis ojos. La decoración era sobria, todo de color blanco: las paredes, la gran cama en el
centro con dosel del que colgaban cortinas de gasa, el cobertor y los almohadones en la cabecera de la cama. El trabajo de herrería realizado en el
imponente cabecero de la cama me sacó el aliento. Unos lobos juntos y acariciándose uno al otro con sus hocicos estaban finamente labrados en el hierro.
La escena parecía tan malditamente real que me estremecí.
—¿Te gusta el trabajo de herrería? —me preguntó divertido.
Asentí, sin encontrar las palabras para describir lo maravilloso que me parecía.
—Me alegro de que te guste. Lo hice yo. Siempre he soñado con encontrar a mi compañero destinado, así como mis padres se han encontrado y esta
fue la forma que encontré de poder darle forma a mi sueño.
—¿Eres herrero?
—Sí, me gusta mucho hacer este tipo de trabajo, se pueden crear cosas interesantes. En esta habitación hay mucho de mi trabajo. Los muebles en casi
su totalidad están hechos de hierro.
Y era verdad; las mesas, la biblioteca, el escritorio, todo era de hierro forjado exquisitamente trabajado.
—Me encanta, eres muy talentoso —exclamé.
—Ven, vamos a ver en qué más puedo ser talentoso —me propuso con una pícara sonrisa, arrastrándome hacia la cama.
Las cortinas de gasa le daban a la cama un toque sensual y erótico.
La oscuridad de la noche rápidamente entró por la ventana. No había estrellas y la luz de la luna era intensa, plateada, hermosa.
Sin decir una palabra, Colin se sacó la camiseta y luego me sacó la mía. Yo lo dejé hacer lo que quisiera, demasiado absorto en retener en mi
memoria cada segundo de este maravilloso momento.
Él parecía entender mis intenciones. Me levantó en brazos y me recostó en el centro de la cama.
Besó mi frente, cada uno de mis ojos, la punta de mi nariz, mis labios. Los besos eran suaves, casi como si una suave brisa estuviera acariciando mi
piel. Una intensa ola de electricidad me recorrió cuando sus manos empezaron a aprender las formas de mi cuerpo. Él cumplía con lo prometido: era
cuidadoso y tierno.
Sus manos se posaron en la hebilla del cinturón de mis pantalones y con una maestría asombrosa se deshizo de la restricción que le impedía
desnudarme. Pronto me encontré sin mis pantalones y sin mi ropa interior, completamente desnudo.
Tragué a través del nudo que se había formado en mi garganta y dije con un puchero:
—No es justo, tú tienes mucha ropa.
Él sonrió y diestramente se deshizo del resto de su ropa.
Viéndolo desnudo recordé el día en que lo espié mientras se bañaba. La lujuria se apoderó de mi cerebro, imposibilitándome de recurrir a cualquier
acto racional que me quedara. Arrastré a Colin encima de mí y lo besé con pasión y desesperación.
Él respondió ardorosamente a mis reclamos. Nuestros besos se hicieron más salvajes: labios con labios, dientes con dientes, lenguas frenéticamente
reclamándose una a la otra.
Sus manos vagaban distraídamente por mi cuerpo, encendiendo cada célula que tocaba. Me sentía en el cielo y en el infierno al mismo tiempo.
¿Cómo podía ser posible que me estuviera consumiendo un deseo que no dejaba de crecer, una necesidad voraz de entregarme y poseer?
Cuando rompimos el beso, desesperados por más, los hermosos ojos azules de Colin ya eran lupinos, sus colmillos estaban creciendo y él me
miraba… raro.
—¿Colin, pasa algo? —pregunté asustado.
—No temas, cariño. Mi lobo quiere poseerte, no puedo sostenerlo por más tiempo, necesito reclamarte.
Asentí y sus expertas manos bajaron hacia mi dura erección que latía necesitada de atención. Esta era la primera vez que otra mano que no fuera la
mía me tocaba y me daba placer. Colin sonrió ante mi reacción. Sin poder evitarlo, levanté mis caderas con cada caricia, buscando más.
Él no perdió el tiempo, se deslizó hacia el sur, dejando húmedos besos en mi torso, aliviando un poco el ardor de la fiebre del deseo que me
estaba consumiendo.
La habitación estaba a oscuras y la luz de la luna iluminaba la cama, haciendo la escena más irreal de lo que me parecía. Y en el momento en el que
Colin tomó en su boca mi polla que ya rezumaba presemen, todo pensamiento desapareció de mi cabeza. Si hubiera sabido lo maravillosamente bien que
me sentiría al ser lamido por Colin no me hubiera resistido la noche anterior. Pero ahora tenía mi segunda oportunidad y me entregaría a ella.
La boca de Colin era cálida, su lengua me hacía cosquillas cuando serpenteaba la cabeza de mi eje.
Agarró mis muslos y levantó mis caderas hasta dejar mi culo justo enfrente de su cara. Antes de que pudiera procesar lo que iba a hacer a
continuación, liberó mi dolorida carne de su boca y lamió cada uno de mis testículos, haciendo la experiencia casi dolorosa. Luego llegó a mi ano y lo
circuló con la lengua antes de penetrarme con ella una y otra vez. Era tan erótico, tan placentero que me sentía flotar en el aire. Entonces me di cuenta
que las jodidas alas salieron y que verdaderamente estaba flotando sobre la cama.
Colin no se perturbó por el hecho de mis alas, simplemente me sonrió. Y me sentí verdaderamente satisfecho, por primera vez en mi vida, que las
malditas alas sirvieran para algo más que para fastidiarme.
Luego de torturar mi agujero con su lengua y con sus dedos por el tiempo que me pareció una eternidad, Colin se preparó para entrar en mi interior.
Tragué duro, tratando de no pensar en el dolor que sentiría y relajarme para recibir a mi compañero, para unirnos en este acto de amor y entrega.
La piedra de crisocola de mi collar empezó a brillar, cada vez con más intensidad, y la blanca luz mágica que emitía se mezcló con la luz plateada de
la luna envolviendo nuestros cuerpos.
Colin empezó a entrar en mí, despacio, pacientemente. Un intenso ardor me estremeció, pero fue desplazado por un gran placer en el momento en
que él estuvo enterrado completamente en mi interior.
Las palabras sobraban. Solo quería que me amara, que me diera placer, que calmara la necesidad que crecía cada vez más en mi corazón.
Las alas crecieron más, envolviéndonos, mezclando su luz azulina con la luz de la piedra y de la luna. Nuestras pieles brillaban, los ojos de Colin
parecían dos rubíes que me quemaban con una intensidad tal que pensé que podría perfectamente perforar mi carne y llegar directo a mi corazón.
Colin se movía, entrando y saliendo, una y otra vez, desenfrenado por darme y darse placer.
Cuando sentí construir mi orgasmo en mis bolas, me aferré más a él y cerré los ojos, exponiendo mi cuello para sellar la reclamación.
Sentí que su lengua lamía mi cuello sobre la palpitante vena yugular, luego sus colmillos perforaron mi carne y el placer más intenso que
experimenté en mi vida me golpeó. Grité, lloré, me retorcí mientras blanco semen bañaba nuestros cuerpos. Sentí la liberación de Colin llenar mi canal y
me sentí suyo.
Y cuando pensé que todo había terminado, abrí los ojos y vi sorprendido cómo nuestras almas se entrelazaban, sellando nuestra unión para siempre.
—¿Viste eso? —pregunté sin poder creerme lo que acababa de pasar.
—Sí, el ritual ha sido completado. Ahora estamos enlazados por el resto de nuestras vidas. Eres mío y yo soy tuyo. —Pude sentir la emoción en su voz
y una lágrima rodó por su mejilla izquierda.
—¿Por qué lloras? —le pregunté, limpiando con la yema de mi dedo su mejilla.
—Porque soy feliz y me siento muy afortunado.
Esa declaración me sorprendió y me di cuenta de que Colin lo decía con sinceridad y amor.
La luz de la piedra fue desvaneciéndose lentamente hasta quedar opaca. Las alas se fueron replegando y caímos lentamente sobre el colchón de
la cama.
—Me siento extraño, como si la paz que siempre busqué hubiera llegado a mi vida. Ya no siento desesperación y angustia. La luna llena no me afecta
tanto como antes. Mi lobo está en paz. Gracias. —No pude continuar, las lágrimas ahora llenaban mis ojos y me aferré a él tan fuerte como mis fuerzas
me lo permitieron.
—Cálmate, amor. No permitiré que nada malo te pase. Eres lo más importante en mi vida ahora.
—Colin —sollocé sobre su pecho—, me siento tan bien. Nunca creí poder llegar a sentirme así. Ahora me siento… completo.
—Yo también.
Nos besamos, ahora despacio, disfrutándonos lentamente. Hicimos el amor una y otra vez, bajo el hechizo de la luz de la luna y la alegría de
estar juntos.
7
Amanecía y me desperté entre los fuertes brazos de Colin.
Me quedé inmóvil, absorbiendo la vista frente a mí. Sus espesas y negras pestañas tocaban sus blancas mejillas. Un pequeño rizo oscuro se deslizaba por
su frente. Colin por lo general usaba su cabello muy corto pero ahora unos adorables rizos crecían desordenados y caían sobre sus ojos. Su boca era
carnosa y roja; recordé lo bien que sabían sus labios y se me antojó unir su boca con la mía para revivir semejante placer.
Sin poder resistirme me acerqué y posé mis labios sobre los suyos, disfrutando de la sedosa suavidad de su boca. Sentí que me comprimía más en el
abrazo y que mi boca era devorada con una intensidad y apasionamiento exquisito.
—Mmmm, Chris, eres tan delicioso —murmuró mientras seguía besándome.
Yo me reí, la felicidad que sentía en este momento no podía ser mayor.
El ruido del freno de unos vehículos y puertas abrirse y cerrarse llamaron mi atención. Me puse alerta, tenso.
La casa empezó a ser invadida por el ruido de voces y risas y supe que la familia de Colin había regresado de correr con la manada.
Sentí pánico. Solo conocía a Ben y ni siquiera sabía si le caía bien.
Joder, joder, joder…
—Colin, ha llegado tu familia, puedo escucharlos.
—No temas, cariño. Ellos te adorarán.
—Creo que debemos levantarnos para saludarlos —sugerí.
—Luego, ahora quiero mi saludo de los buenos días.
Otra vez su pícara sonrisa me desarmó, sus ojos cálidos brillaban con lujuria.
—Colinnnnnnn —casi grité cuando mordió uno de mis pezones.
Las atenciones de Colin hicieron que me olvidara de todo mi entorno. Me sentí transportado a otro mundo, otro espacio.
Justo cuando estábamos en la parte divertida de los juegos previos, unos golpes insistentes en la puerta nos hicieron sobresaltar.
—¡Maldición! —exclamó Colin—. ¡¡Ya voy!!
Se levantó de la cama y se dirigió a la puerta, desnudo como lo trajeron al mundo, y la abrió, enojado.
—Hijo, ¿no sería mejor que te vistieras? —dijo algo malhumorado Ben. Luego estiró la cabeza dentro de la habitación y me vio en la cama, tapado
con las sábanas hasta las narices—. Bien, veo que ya lo has reclamado. Será mejor que bajen y lo presentes a la familia.
—Está bien, papá. En un momento bajamos.
Ben sonrió y cerró la puerta. Yo me sentía frustrado, y mi cara hervía por la vergüenza.
—Colin, ¿qué pensará de mi? Estoy tan avergonzado.
—No tienes de qué avergonzarte, lo que hicimos era lo que todos esperaban. Esto es lo que estaba destinado ser. No hay nada de qué preocuparse.
—Debo irme a la casa de mi abuelo, debe estar preocupado.
—Iré contigo pero solo para traer tus cosas. De ahora en adelante esta será tu casa. Buscaremos una para nosotros cuando ya te hayas adaptado a la
manada. Es mejor transitar los primeros tiempos en familia.
—¿Dices que me tengo que mudar aquí? ¡Apenas si llegué ayer!
Colin se acercó y se subió a la cama, gateando hasta llegar a mi lado.
—Amor, tu lugar ahora está a mi lado. Somos pareja. Debemos vivir juntos.
—A mi abuelo no va a gustarle el asunto. Por lo que puedo escuchar, esta casa está muy… poblada.
—Sí. Soy el primero en formar pareja. Somos cinco y mis padres. Ya conoces a mi papá, mi mamá se llama Gloria. Mis hermanas mayores, Susan y
Alice, son gemelas. Mi hermano Lucas tiene tu misma edad y mi hermanito George tiene solo diez años.
—Toda una gran familia —dije con los ojos bien abiertos. No solo ahora estaba “casado” con un hermoso hombre sino con toda su gran familia. No
sabía lo que era tener hermanos, nunca supe por qué mis padres no tuvieron más hijos así que mi vida pasó en una soledad silenciosa.
Colin me besó y sonrió.
—Vamos, vistámonos y saludemos a la familia.
Tímidamente salí de la cama y me puse la ropa. No podía encontrar mis zapatillas y entonces recordé que las había dejado en la planta baja. Me
golpeé mentalmente por la clara evidencia de mi presencia que había dejado ante mi nueva familia.
Tomados de la mano bajamos las escaleras y cuando entramos a la cocina el ruido de ollas, sartenes, risas y murmullos cesó. Todos quedaron
inmóviles en sus lugares, mirándonos.
Me sentía tan malditamente incómodo que quise morirme en ese preciso instante.
Ben carraspeó y habló alto y fuerte:
—A ver, todos. Este es Christian, el nuevo integrante de la familia. ¿No es así, Colin?
—Sí, papá. Chris es mi compañero.
La madre de Colin sonrió, sus ojos destellaban llenos de felicidad. Se acercó a mí y me abrazó.
—Chris, bienvenido a la familia. Estoy muy feliz de que Colin haya encontrado a su pareja.
—Guau, ¡Colin, no es justo! —chilló una de las gemelas, luego me enteré que era Alice—. Él es demasiado lindo para ti.
Ante el puchero que hizo esa hermosa muchacha me empecé a reír y me relajé.
—Gracias, nunca antes me han dicho que soy lindo de esa manera.
—Es verdad. Este bruto no te merece —sentenció convencida mientras le daba un golpecito en el brazo a Colin.
Luego seguimos conversando y me sentí bien recibido, como si viviera entre ellos desde hacía mucho tiempo. Eran una familia cálida y se
preocupaban los unos por los otros.
—Imagino que querrán algo de intimidad, al fin y al cabo están en su luna de miel —sentenció la madre de Colin.
Me sonrojé y Colin los miró sorprendido.
—Mamá, ¿podríamos…?
—Por supuesto, cariño —contestó Gloria.
—Gracias, es fantástico. Los amo. —Colin estaba evidentemente feliz con alguna propuesta de sus padres de la que no podía enterarme de qué iba.
—Sobre tu trabajo no te preocupes. Tómate el resto de la semana. Anthony y yo te cubriremos —propuso Ben.
—Gracias, papá.
—Hijo, tu madre y yo también vivimos lo que estás viviendo tú y sabemos cómo te sientes.
—Colin… —lo llamé en un susurró. Él se acercó y le dije al oído, muy despacio para no ser oído por los demás—: ¿De qué hablan?
—Perdona, Chris. Estaba tan contento que me olvidé que no tienes idea de lo que hablamos. Mis padres tienen una cabaña cerca de aquí. Está lo
suficientemente cerca para no perder el contacto con la manada y lo suficientemente alejada para poder tener privacidad. No tengo que trabajar esta
semana así que podremos pasar unos días allí, solos.
—Hola, ¿alguien va a presentarnos? —interrumpió un adolescente que era el vivo retrato de Colin, señalándose y señalando a un niño más pequeño.
—Perdón… —se disculpó Colin sonrojándose—. Chris, este es mi hermano Lucas y ese pequeñín de allí es George.
—¡No soy pequeñín! —chilló George malhumorado, evidentemente por llevar el karma de ser el menor de la familia.
Me acerqué y le tendí la mano.
—Hola, George.
Él sonrió y tomó mi mano, apretándola.
Lucas me miró de arriba abajo, estudiándome. Pude sentir su escaneo y me sentí algo molesto.
—¿Se te perdió algo, Lucas? —preguntó Colin, dándose cuenta de mi incomodidad.
—Nop, solo miraba a Chris. Espero que sea tan lindo por dentro como lo es por fuera —sentenció—. Haz feliz a mi hermano o te la verás conmigo —
me advirtió y en ese instante me di cuenta de que Lucas adoraba a Colin y, por más que yo fuera la pareja de su hermano, si le hacía daño me ganaría
un enemigo.
—Espero lograrlo —le dije en voz baja.
—Bueno, chicos, será mejor que desayunemos. No sé ustedes pero yo me muero

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