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El claxon – Francisco Rodriguez

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Resumen y Sinopsis De 

El sonido de aquel claxon atronó toda la calzada. Había roto la calma, el relativo silencio de las ordenadas y aquietadas filas de coches como un estallido poderoso,
estridente y, sobre todo, apremiante. Que había atravesado los cristales y, luego, los tímpanos y las membranas cerebrales de los ocupantes de aquellas cápsulas, o
corazas, que llamaban automóviles.
Las manadas de los animales siempre lo habían tenido muy claro. Su jefe natural había sido, en todo caso, el que más fuerte había conseguido alzar su voz. Para
reafirmarse, para amedrentar, para dar órdenes. Para mandar, en definitiva. La vieja y duradera ley de la selva.
Y, en consecuencia, tras oír aquel claxon todo el mundo se puso en movimiento. Sobre todo los automovilistas de la primera fila.
El semáforo se había puesto también en verde. Como otro dócil integrante más de aquella caravana obediente que rodeaba y seguía al líder.
Primero todos lo miraron. Al líder. Y lo admiraron después. Aquel era un corcel pura sangre. En plenitud de su fuerza y de su belleza. Tenía aquel Mercedes
Clase S, una prestancia, una apostura que destacaba sobremanera sobre el resto. Iba limpio y reluciente o, simplemente, es que era así de nuevo, el último modelo del
mercado. Se desplazaba de forma majestuosa, sacando brillos y reverberaciones a aquella mañana de primavera, casi de verano ya.
Así que cuando hizo oír su voz, fue natural seguirlo. Y dejarle su espacio, por supuesto.
El hombre del Mercedes aceleró y, rápidamente, fue adelantando a cuantos se le ponían a su paso. Algunos, inclusive, le facilitaban la maniobra, como si se
tratara de una ambulancia o de un coche de policía. Pasaba entonces el Mercedes a su lado, pleno de brillos en sus cromados y en su carrocería, pintada de un azul
metalizado refulgente. El hombre del Mercedes ni los miraba siquiera o, en el mejor de los casos, esparcía sobre ellos una mirada oblicua y displicente.
Lo suyo era mirar el horizonte en lontananza. Sobrepasar a cuantos estaban por delante suyo en aquella avenida de tres carriles. Y llegar el primero.
Y allí estaba el hombre del Mercedes, parado el primero en el siguiente semáforo. Había dudado en saltárselo, pero prefirió la sensación de liderar a aquella
manada de obedientes paquidermos que estarían ahora mirando, embelesados, en la trasera de su auto los detalles del motor y de la cilindrada.
Además quería observar con más detenimiento a aquel bellezón que caminaba por la acera. La había visto de espaldas, luciendo aquella melena aleonada a la que
movía ligeramente la brisa y, sobre todo, con aquellos contoneos en su grupa, sensuales, armoniosos y provocativos.
La muchacha llegó al semáforo, sabiendo perfectamente que todos los ojos de la interminable fila de coches la estaban mirando.
Pero ella parecía haber nacido para eso. Desde que se recordaba de pequeña siempre había sido así. Lo llevaba, no solo con naturalidad, sino también con un
íntimo regocijo. Su cuerpo era, alguna vez lo había pensado, como un coche de alta gama: el más deseado. Y solo accesible para unos cuantos privilegiados.
Así que, aunque no era exactamente su camino, decidió cruzar por aquel semáforo. Le había atraído mucho imaginar su silueta junto a aquel imponente Mercedes
azul metalizado, que aumentaría, aún más si cabe, la admiración de aquella fila de mirones . Que ahora sí, tendrían durante unos segundos, y juntas, las dos cosas que
más deseaban, con las cuales, sin duda, soñaban a diario cuando iban obedientes y puntuales a sus puestos de trabajo: el mejor coche y una mujer de bandera.
Pero también la muchacha había sentido en su interior un extraño pálpito, una excitación adicional. La que experimentaba cuando se topaba con alguien de su nivel
en la jauría de líderes que mandaba en la selva. O en el asfalto de las calles, o bajo las luces intermitentes de las discotecas que, bien mirado, venían a ser, todas ellas, la
misma cosa.
No llegaba a distinguir muy bien al hombre del Mercedes, sentado a contramano de la acera. Luego, cuando empezó a cruzar, pudo ver de reojo, más nítidamente,
su cuerpo trajeado elegantemente y sus gafas de sol último modelo.
Ella acrecentó el vaivén de sus caderas y se colocó su melena

Orden de autor: Rodríguez Tejedor, Francisco
Orden de título: Claxon (Spanish Edition), El
Fecha: 21 ago 2016
uuid: 83d2a174-a12b-48a0-bbff-04502168e820
id: 157
Modificado: 21 ago 2016
Tamaño: 0.70MB

Novela kindle  Comprimido: no

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Temáticas: Novela romántica, Comedia romántica , romance

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