---------------

Libro PDF El corazón y la espada – Aoife Awen

El corazón y la espada – Aoife Awen

Descargar Libro PDF El corazón y la espada – Aoife Awen


SIMONE
Sin pensarlo llamé a su puerta. Llevaba esperando este momento todo el día y solo me apetecía verle. Aquella noche lo encontré en su habitación de hotel, otra lo
haría, probablemente, en un pub irlandés o en la ópera.
Verlo allí, en aquella ocasión, me parecía perfecto.
Él abrió la puerta. Llevaba el cabello castaño despeinado y unas gafas de leer. Iba de un adorable estar por casa: un pantalón de pijama gris y una camiseta de manga
corta, blanca. Su sencillez y su sex-appeal se mezclaban de tal forma que lo deseé como nunca.
—Hola —me saludó con una sonrisa—. Deberías tener una llave.
—Me gusta llamar a la puerta.
Siempre nos decíamos lo mismo. Entré y tras quitarme el abrigo, lo dejé en un colgador.
Me ofreció una bebida.
— ¿Quieres tomar algo?
—No, gracias ¿Qué haces?
—Estaba leyendo un rato. —Regresó a su cama, un tanto revuelta—. Creía que no te vería hoy.
—Pues ya ves. No sabía si estarías.
—Sabes que siempre estoy aquí para ti. —Era cierto.
Se sentó apoyando la espalda en los almohadones, cogió el libro abierto que había sobre la mesita de noche y empezó a leer en silencio. Lo observé y sonreí. Aún no
entendía que tenían de especial una melena despeinada y unas gafas de lectura normales y corrientes, pero verlo allí tan tranquilo, me hizo arder por él. Todo en su
persona me producía ese efecto. Su pelo castaño siempre estaba revuelto y daba la sensación de llevarlo siempre despeinado. Sus ojos eran del mismo color, oscuros.
Llegué a la conclusión de que era eso: sus ojos. Podía perderme en su profundidad casi sin darme cuenta. Aquel momento ocupaba toda mi mente, mis deseos. Siempre
lo hacía. Desde el principio. Desde la primera noche.
Me acerqué a la cama. Subí mi vestido verde oscuro muy por encima de las rodillas para poder encaramarme y sentarme a horcajadas sobre él, mientras leía. Pero ya
no leía. Desde que se había percatado de lo del vestido, seguía con su mirada todos mis movimientos. Me senté sobre sus piernas rodeándolas con las mías, le quité las
gafas cuidadosamente y sin decir palabra, las dejé sobre la mesita de noche. Hice lo mismo con su libro después de echar un ojo a la portada. Era un ejemplar de El arte
de la guerra. Acaricié sus labios y el hoyuelo de su barbilla. Le dije que llevaba todo el día esperando volver a verlo, que cuando estaba con él me importaba un
pimiento todo lo demás. Busqué su boca, deseando sentir su sabor, pero me detuvo tomándome el rostro con las manos y me miró a los ojos durante unos segundos,
con el mismo apetito y la misma fuerza que yo sentía. Después de hacerme esperar unos interminables segundos, su boca me devoró viva y mis brazos se aferraron con
fuerza a su espalda acercándonos aún más.
— ¿Te quedarás a dormir? —me preguntó al separarnos un segundo.
—Claro que sí
Sonrió y volvió a besarme. Me estremecí. Sabía que me preguntaría aquello, como siempre hacía.
Pero lo que no sabía era que sonaría un teléfono.
Contrariada, abrí los ojos, encontrándome envuelta en penumbra. El sonido del aparato me había devuelto a la realidad.
Ya no estaba allí. Había salido el sol, que se filtraba por las persianas. Esta vez no había tenido tiempo ni de empezar a hacerle el amor. Me incorporé y noté un
pinchazo en la cabeza: resaca. Miré a mi alrededor: había cuatro personas más tiradas por todo el salón y olía a alcohol. El móvil que acababa de sonar era el de Jennarta,
mi mejor amiga. Se incorporó, lo cogió de su lado y colgó directamente.
Desde el suelo de moqueta, me miró medio dormida y despeinada.
—Buenos días —balbuceó.
—Maldito sea quién ha llamado —dije volviendo a tumbarme y tapándome con un horrible cojín de puntilla naranja.
—Estabas fantaseando con él otra vez, ¿eh? Siento haberos interrumpido, Simone. Díselo la próxima vez de mi parte. —Se levantó y se colocó bien los leggins negros
—. Voy a por agua. ¿Quieres?
—No.
Normalmente, desde hacía unos dos años, mi mente lo imaginaba y deseaba estando despierta. Le hacía el amor cada noche e incluso a veces conversábamos.
Imaginaba sus caricias y su aliento cuando reía junto a mí e incluso la forma en la que mis dedos se enredaban en su pelo.
No sé muy bien cómo, ni porqué comencé a hacerlo, la verdad. Tampoco como mi mente había llegado a diseñarlo. Simplemente una noche, empezó a pasar. Salvo
eso y el hecho de no tener a mis padres, era una chica bastante normal: tenía veinticuatro años, trabajaba como camarera en el café de un teatro, hice varios cursos de
interpretación como aficionada durante algunos veranos, tuve un par de novios serios y contaba con muy pocos amigos, pero buenos. Jenna era una de ellas. Mi mejor
amiga desde que años atrás, coincidimos en la biblioteca y terminé alquilando una habitación en el mismo piso donde ella vivía. Me sentía extraña viviendo en casa de
mis padres así que la vendí y me trasladé con Jenna. Pude haberme comprado un buen piso, pero en aquella época no quería estar sola, por razones de salud. Al mes
siguiente y pese a contar con solo un año más que yo, se casaba con el amor de su vida. Quería mucho a esa punk, a pesar de los estrafalarios colores y cortes de pelo
que solía llevar y cambiar cada dos por tres. Esta vez lo llevaba violeta y con el lado izquierdo de la melena rapado, mientras que el otro lado se mantenía largo. Lo cierto
era que no le quedaba nada mal. El mío era de un color rubio muy claro. El único tono que permitía ocultar mi color verdadero y me daba igual que quedara raro con
unos ojos negros. Era pelirroja pero lo detestaba, al igual que mis marcadas ondas, por eso siempre lo llevaba liso. Nunca estamos contentos con lo que tenemos.
Carter hubiera podido estar horas hablando sobre el tema y teorizando sobre ello. Completaba mi círculo cercano y últimamente empezaba a sentirme
misteriosamente atraída por él —Puede que lleve demasiado tiempo sin sexo real— pese a que era bastante ligón y había sido mi psiquiatra justamente desde que
terminó la especialización, hacía un año. Pasé de ser paciente de su padre a paciente suya. Supongo que debido a la poca diferencia de edad, empezamos a llevarnos bien
también fuera de la consulta.
La última persona en llegar fue Chloe, la adorable novia de mi amiga. La conocimos en la piscina. Aunque la forma de enterarme de que estaban juntas, fue bastante
chocante. Las pillé, digamos… intimando en la habitación de Jenna.
Los demás a quienes conocía eran solo compañeros de trabajo, amigos de amigos, etc. Lo normal.
Mi amiga regresó de la cocina y volvió a tirarse en el suelo.
—Por cierto, ¿quién ha llamado? —pregunté.
—Chloe.
— ¿Y le has colgado? —dije. Volví a incorporarme y me bajé el bode del vestido verde. El mismo que llevaba puesto en mi fantasía, momentos antes—. Eres lo peor,
Jenna.
—Su despedida de soltera fue hace dos días. Lo entenderá. —Me miró de forma extraña.
— ¿Qué tienes en el cuello?
No tenía ni idea de a qué se refería. Al ver mi expresión desconcertada, contuvo la risa.
—Tienes un plástico pegado en la parte de detrás de… ¡Es un tatuaje!
Se acercó rápidamente y me apartó un poco el cabello, aunque mi media melena permitía que se viera casi perfectamente.
—Es verdad, no me acordaba —dije—. No recuerdo qué fue lo que me hice. Dudé entre varios diseños e iba un poco borracha.
— ¿Quién te tatuó? En uno de aquellos locales no pudo ser.
—Aquella amiga tuya… no recuerdo su nombre.
—Dalia. Le dije que no trajera la máquina, pero se la regaló su novio para San Valentín y está obsesionada con practicar. ¿Qué es? ¿Puedo verlo? —preguntó con
interés.
Ni siquiera esperó a mi respuesta. Lo hizo directamente despegando el plástico.
—Es… es un gato —desveló con sorpresa.
— ¿Un gato?
—La silueta de un gato de espaldas. Por cierto, monísimo.
—Pues no recuerdo haber elegido un gato.
— ¿Dónde te lo hizo?
—En el aparcamiento.
—Estás loca, Simone.
—Lo sé. —Lo cierto era que no sé qué me pasó.
—El subconsciente es muy traicionero. Supongo que ahora que no estoy en casa para darte la lata, necesitas un gato para mimarlo —bromeó.
Me levanté y busqué el cuarto de baño. Después de una puerta cerrada y una habitación con tres personas desnudas sobre la cama, di con él. Encontré un espejo
pequeño en uno de los cajones y lo coloqué de forma que pude ver el pequeño tatuaje a través del reflejo. En efecto, era un gatito negro con largos bigotes, sentado de
espaldas, pequeñito bajo la nuca. Jenna entró entonces.
—Es bonito, ¿no? —dije mientras lo observaba—. Podía haber sido peor en el estado en el que me encontraba. Bebí demasiado.
—Sí que es bonito.
Dejé el espejito sobre la repisa del lavabo y miré mi rostro en el espejo, intentando tapar con el pelo la fina y extensa cicatriz que cruzaba el lado derecho y que
comenzaba sobre la nariz y se extendía hacia abajo, casi hasta llegar al lóbulo de la oreja. Era imposible ocultarla del todo. Ni siquiera con la raya del cabello a un lado y
gran parte de la melena tapando esa mitad. Me la hice en el accidente de coche en el que murieron mis padres. Tenía otras en todo el cuerpo, pero eran leves, ya casi
imperceptibles. No como esa. En mis fantasías, aquella cicatriz no existía.
—Oye, ¿de quién es esta casa? —le pregunté a mi amiga, mirándola a través del reflejo e intentando desviar su mirada de mi rostro.
—Ni idea.
Oímos a alguien vomitar y nos miramos.

Las consecuencias físicas de la despedida de soltera duraron todo el día, y por la tarde hubo función de estudiantes así que tuve que trabajar. Se me quemaron tres
gofres y serví dos cafés normales de máquina que me habían pedido descafeinados. No dije nada y nadie lo notó.
A una hora para el cierre, ya no podía más con mi cuerpo debido a la falta de sueño y el malestar. Cuando por fin llegó la hora de irme a casa, decidí detenerme en un
pequeño supermercado 24 horas a comprar un bol de fideos instantáneos y alguna cosa más. Estaba demasiado cansada, así que al día siguiente ya haría una compra
decente. Entré y salude al dependiente, un pakistaní de mediana edad, regordete y simpático que en aquel momento estaba más pendiente del crimen del que informaban
en las noticias locales, que de sus clientes: una pareja de adolescentes y yo.
La ciudad en la que vivía era bastante peligrosa, sobre todo en horas nocturnas. No era el Detroit de Robocop pero tenía sus cosas. Si querías mantenerte a salvo, lo
mejor era seguir las noticias para evitar ciertas horas o barrios.
Me dirigí hacia los fideos instantáneos. Seguramente ya no tomaría más hasta la llegada del otoño, y dudé entre sabor a ternera, curry, pollo o kimchi. Una decisión
difícil si iban a ser los últimos de la temporada. Finalmente, escogí los fideos con curry. Tomar aquella decisión me llevó a pensar en el maravilloso ramen del nuevo
restaurante del centro. Miré el reloj del local, sobre el mostrador, pero ya era demasiado tarde para ir a por uno.
Entonces, y de manera inesperada como siempre, comenzó. Me envolvió una terrible sensación de angustia y pánico, y creí que se me salía el corazón del pecho. El
bol de cartón se me cayó al suelo. Sentía que me moría de miedo rodeada de aquel lugar extraño e irreal.
‹‹Tranquila Simone, ¿de qué tienes miedo? ››, pensé para tranquilizarme, como Carter me había enseñado.
Me temblaron las piernas y me senté en el suelo, contra los estantes. Respiré hondo.
‹‹Pronto pasará. Si logro controlarlo, solo serán como mucho tres minutos››.
Pero el ataque no pasaba. Hacía tiempo que no sufría uno tan fuerte. La pareja de adolescentes me miraba desde el pasillo. Busqué en mi bolso el plan B: las pastillas,
pero no lo había cambiado desde la despedida, y no estaban. Me costaba respirar. Cogí el móvil y llamé a Jenna. No contestó. Llamé a Carter, que se puso rápidamente
en camino. Todavía estaba en su consulta, no muy lejos.
— ¿Y qué? ¿Cómo lo pasaste anoche? —preguntó sin colgar el auricular, intentando entretenerme para que desviara mis pensamientos de aquellas sensaciones
mientras llegaba.
—Lo pasé bien.
— ¿Ligaste?
—No. No ligué.
— ¡Vaya! Pues ese amante imaginario tuyo se sentiría aliviado.
—Supongo que sí —respondí, algo más tranquila. Hablar de él dio resultado. La mayoría de veces lo daba.
Perdí a mis padres en un accidente de coche hacía dos años. Mi padre se durmió al volante y caímos por un terraplén. Iba con ellos, pero me salvé. Estuve en coma
durante semanas y al despertar ya los habían enterrado. No tenía más familia y me quedé sola. En lugar de sentirme feliz por haber sobrevivido, empecé a sentirme frágil
y extraña. Fue entonces cuando comenzaron las depresiones fuertes, los ataques de ansiedad y ese constante dolor en el corazón. No un dolor físico sino más bien
interior, que me despertaba a menudo en medio de la noche. Suponía que debido al dolor que me causaba la pérdida de mis padres.
A.I —de Amante Imaginario— llegó a mí para hacerme olvidarlo todo durante un ratito cada noche hasta que me quedaba dormida, por eso Carter me lo permitía.
Como mi médico y amigo, sabía de su existencia. A su padre no se lo conté nunca cuando me trató. Supongo que era un tema de confianza que no me inspiraba. Carter
llegó a la conclusión de que utilizaba aquellas fantasías para concentrarme en algo agradable, para escapar de aquellas sensaciones negativas que me acompañaban.
Cuando por fin llegó, como una exhalación, se arrodilló junto a mí. A esas alturas, el dependiente pakistaní y la pareja ya estaban a mi alrededor agobiándome aún
más.—
Tranquila preciosa, ya estoy aquí.
—Hueles a perfume. —Fue lo primero que le dije.
—Bueno, tú no me haces demasiado caso así que todavía hay Carter para todas. —Me guiñó un ojo.
Así era él, casi treinta años, el típico rubio y de ojos verdes. Muy atractivo. El terror de las chicas fuera de su trabajo pero dentro de él, uno de los mejores.
Me temblaba todo el cuerpo debido a la tensión. Sacó un botellín de agua de su maletín y me dio una pastilla.
—Esto ayudará a calmarte.
Asentí y la tomé.
—Te acompañaré a casa y mañana pasas por mi consulta, ¿de acuerdo?
Recogí el bol de fideos instantáneos y me ayudó a levantarme —dijo.
— ¿Qué llevas pegado bajo la nuca? —preguntó al darse cuenta.
—Me hice un tatuaje.
— ¡Vaya! Menuda noche debió ser, ¿no?
El paseo hasta casa me vino bien. La clínica estaba tan cerca que se había acercado a pie. Llegamos a casa en seguida.
—Te traeré un vaso de agua. —Se ofreció mi casera y compañera de piso amablemente mientras limpiaba sus gafas, siempre colgadas del cuello.
—Gracias. —Me senté en el sofá.
Convivía sola con mi casera desde que Jenna se mudó con Chloe hacía un mes. Nos había alquilado las dos habitaciones que tenía libres en su viejo piso del barrio
antiguo, muy cerca del centro. Se llamaba Olivia, tenía unos ochenta años y compartía su cuarto, el de matrimonio, con su marido muerto treinta años atrás. Vivía de sus
recuerdos y a veces se comportaba de forma un poco extraña, pero era como la abuela que nunca tuve.
— ¿Estás segura de que quieres mudarte? Aquí tienes una buena enfermera —observó él amablemente, sentándose a mi lado.
Desde la marcha de Jenna, me había planteado seriamente dejar aquella habitación y buscar un pequeño piso para mí sola.
— ¿Te encuentras mejor? —preguntó la mujer cuando volvió con el vaso. Después apretó bien su moño plateado y volvió a adentrarse en la cocina americana para
seguir sacando platos del lavavajillas.
—Esta vez no ha sido muy fuerte, pero estoy agotada.
—Pues cena algo y métete en la cama —aconsejó Carter—. Mañana por la mañana pásate por mi consulta y hablamos. Podríamos intentar algo diferente para que al
menos los ataques disminuyan de intensidad.
— ¿A qué te refieres?
—Hipnosis.
— ¿Quiere usted meterse en mi cabeza, doctor Prescott?
Él rio.
— ¿Te fías?
— ¿Puedo pensármelo? —Algo así me daba un poco de reparo, la verdad.
—Claro que sí. No te hablaré más sobre el tema. Cuando quieras abordarlo de nuevo, dímelo.
Carter era médico en el Centro psiquiátrico Los Perdidos, de la ciudad, y el más grande del país. Tenía un pequeño edificio de consultas en el centro, mientras que el
gran hospital se erguía a las afueras. Su padre, John Prescott, era el director, pero el camino hasta ahí no había sido por obligación familiar o imposición; adoraba su
trabajo y se le daba muy bien. Tenía una especie de don para ver el interior de las personas, tranquilizarlas y guiarlas. Don que le vino muy bien cuando, el año anterior,
su madre falleció de leucemia.
Apretó mi mano y se levantó.
—Ahora me voy. Descansa.
— ¿Vuelves con la del perfume?
— ¿Por quién me tomas? ¡Estaba trabajando!
— ¿A medianoche? No tienes remedio.
Rio de nuevo y justo entonces, mi móvil comenzó a vibrar.
—Es Jenna.
—Bueno, yo me voy. Mañana hablamos. A las diez.
— ¿Voy al edificio de consultas o al grande?
—Al grande.
Odiaba ir allí. Era un edificio construido en los años treinta, remodelado en su mayor parte, sí, pero con un deje inquietante y oscuro. Imagino que debido a la locura
que allí se respiraba. Evidentemente no todos los internos eran Michael Myers o Hannibal Lecter. Los de ese estilo estaban en un ala especial. La mayoría eran personas
normales con enfermedades mentales no peligrosas, que necesitaban internamiento o se ofrecían para investigación, pero aun así, allí no me sentía muy cómoda. Como
todos, imagino.
Le conté a Jenna lo sucedido, cené los fideos que Olivia me preparó y caí en la cama rendida. Sin embargo, antes de dormirme pensé un poco en Carter. Me sentía
cada vez más atraída por él y estaba segura de que yo le gustaba. Tal vez debía dejarme llevar un poco o acabaría convirtiéndome en una monja. Desde el accidente me
sentía muy insegura debido a la cicatriz, pero a Carter no parecía importarle, aunque a veces no podía evitar pensar que tal vez ya me hubiera invitado a salir de no
haberla tenido.
Aquella noche, como siempre antes de dormirme, llamé su puerta.
—Ven, cuidaré de ti —dijo A.I tomándome de la mano.
Me desnudó, me dio una camiseta suya y nos metimos en la cama.
—Descansa. —Me atrajo más a él, entre las sábanas blancas como también lo eran las paredes de aquella habitación—. Mañana será otro día.
Me quedé dormida, acurrucada entre sus brazos.
Capítulo 2
Estoy tan excitada
SIMONE
A la mañana siguiente, a las diez menos cuarto, entré por la puerta del centro psiquiátrico. Hablé con la enfermera de recepción y me dirigí hacia el ascensor. Todo
hubiera estado bastante tranquilo de no ser por una chica que parecía drogada y gritaba, diciendo que le habían inoculado arañas y cucarachas dentro de su cuerpo. Si es
que soy gafe. Seguramente no sucedían habitualmente ese tipo de cosas, pero es llegar yo y ¡zas!
El ascensor se conservaba bastante bien teniendo en cuenta la época a la que pertenecía, aunque imaginé que el mecanismo debía ser nuevo. Al salir, en la quinta
planta, la de Carter, choqué contra un atolondrado doctor de unos setenta años, que parecía ir distraído contando con los dedos. El típico señor con peluquín canoso,
mal puesto y gafas en la punta de la nariz.
Lo esperé en su consulta. Después de unos cinco minutos, entró y ocupó la silla en su lado de la mesa.
— ¿Descansaste bien anoche?
—Sí, gracias.
—Bueno, ya sé que no eres mi paciente oficialmente, pero quiero saber cómo estás.
—Uhhh que profesional.
Sonrió seductoramente, y me puse un poco tonta.
— ¿Cuándo fue la última vez? —preguntó.
— ¿La última vez? —pregunté nerviosa. ¿Qué clase de pregunta es esa?—. Pues… bueno… ya sabes que no suelo… —continué—. Hace mucho que no salgo y los
tíos no hacen precisamente cola con esta cicatriz.
— ¿De qué estás hablando?
‹‹Oh, Dios mío. ¡No se refería a eso! ››
—No me refería al sexo, Simone. —Rio.
‹‹Menuda pringada… ››, pensé, cada vez más acalorada por la vergüenza.
— ¿Cuánto hacía desde el último ataque antes del de ayer?
—Unas dos semanas más o menos.
— ¿Algún desencadenante, ayer?
—No. Estaba intentando elegir entre varios sabores de fideos.
— ¿Ninguna novedad reciente en tu vida?
—Nada, aparte de lo de Jenna y Chloe.
— ¿Te agobia que vaya a casarse?
—La verdad, no.
— ¿Estás segura? Es un cambio importante.
Era mi mejor amiga y sabía que casarse no cambiaría eso. Menudas preguntas de psiquiatra.
—No tengo miedo a eso y Chloe es maravillosa. No imagino a nadie mejor para ella.
— ¿Y tú? ¿Has conocido a alguien últimamente? ¿Alguien que te interese? Aunque en cuanto al sexo, ya me has respondido antes. —Guiñó un ojo.
Me puse un poco nerviosa porque pensé en el mismo Carter.
—Nadie nuevo, no.
— ¿No te sientes sola?
— ¿Por no tener pareja? —Cuánta rabia me daba ese tema—. Las mujeres podemos vivir sin estar con un hombre, ¿sabes? Tengo lo que necesito. Eso ya llegará.
—Claro. Está A.I.
Me molestó que sacara el tema con ese tono condescendiente, y la rabia aumentó.
—Sí, está A.I. ¿Y?
— ¿No crees que puede ser un impedimento para conocer a otras personas?
Me quedé de piedra. Era la primera vez que me decía algo así.
—Nunca lo he pensado. Supongo que no —respondí.
Era cierto. Jamás me lo planteé. Ni siquiera cuando empecé a pensar en Carter como algo más que un amigo, pensé en dejar de imaginar a A.I. Ni siquiera había
fantaseado nunca con Carter de aquella forma. Aquella relación imaginaria ya duraba dos años. Demasiado tiempo para ser algo normal, quizá esa era la razón.
— ¿Tienes pensado seguir con él durante más tiempo?
Bingo.
—Me ha ayudado mucho. Tú mismo lo dices siempre.
—Sí, te ha ayudado a… disminuir el estrés. ¿Podemos llamarlo así?
Sonreí con picardía y mirando al vacío, pensando en aquellas noches con él. Carter se sintió incomodo ante mi reacción y lo cierto era que yo también. Estaba frente a
alguien que se suponía que me gustaba y pensaba en otro descaradamente.
—Pero está en tu cabeza y tú vives en el mundo real. A lo mejor debí controlar más ese asunto, podrías haber desarrollado una adicción o… ¿estás enamorada?
—Pfff no estoy enamorada de él —respondí como si hubiera dicho una gran tontería. Apoyé un pie en el asiento y lo rodeé con los brazos—. Es solo un amigo
imaginario con derecho a roce.
—Simone, NO existe. NO es real —Remarcó los “noes”.
— ¿Pero por qué te molesta tanto? No hago ningún daño —espeté impulsivamente.
—Porque el día de mañana te traerá problemas en tus relaciones personales si sigues aferrándote a ese hombre perfecto para ti, y no habrá nadie que esté a su altura ni
físicamente, ni personalmente… ni en la cama.
—Pero soy consciente de que lo imagino. A propósito.
—Reflexiona al menos. No te obligaré porque es algo íntimo tuyo. Sopesa lo que te he dicho. No quiero tener que tratarte en el futuro por algo peor.
—Está bien, lo pensaré. ¿Algo más?
—No, nada más.
‹‹ ¿Nada más? ››, pensé. Empezaba a sospechar que me había hecho ir hasta allí, solo para decirme aquello. Menudo era.
—Gracias por todo, Carter.
Él se relajó y asintió sonriendo.
Mientras conducía hacia casa le di vueltas al tema. Lo cierto era que tenía razón. Aquella relación imaginaria me perjudicaría a la larga. Siempre terminaría por
comparar a chicos reales con él, y posiblemente siempre ganara A.I sin ser de verdad, porque su cuerpo no era real, ni sus sentimientos por mí, ni aquellas
conversaciones, y lo peor de todo era que yo sí sentía algo por él de forma real. No estaba muy segura de qué pero… lo sentía.

Después de comer, quedé con Jenna para charlar y pasear por el parque.
—Me voy a Nueva Zelanda.
— ¿Cómo? ¿Cuándo?
—En unos días. Tengo que hacer unas fotos sobre las localizaciones reales de El señor de los anillos.
Qué envidia. Además, después de la boda se iba de luna de miel a Martinica, para que Chloe pudiera conocer la tierra en la que nació.
—Que suerte… ¿Y la boda?
—Tranquila, llegaré un par de días antes y ya lo tenemos casi todo arreglado. Chloe acabará de cerrarlo.
— ¿Vendrán tus padres? Así los conoceré.
—No. Ya sabes que no están muy de acuerdo con la idea. De todas formas no importa. —Le quitó importancia con un gesto de la mano—. Chloe será llevada al altar
por su padre.
—Sabes que yo te llevaría hasta el altar si me lo pidieras.
Ella rio y pasó un brazo alrededor de mis hombros.
—Ya lo sé, cariño.
Empezaba el buen tiempo y nos detuvimos en un puesto. Jenna pidió un helado de chocolate y yo uno de fresas con nata. Continuamos paseando.
—Quería hablar contigo —dije.
— ¿Sobre qué?
—Carter me ha aconsejado que deje de pensar en A.I… y creo que tiene razón.
— ¿Vas a dejar de pensar en él?
Parecía sorprendida. Vaya, debía dar la sensación de estar muy enganchada a aquellas fantasías.
—Creo que debo hacerlo. Si sigo imaginándole nunca podré conocer a otros.
No había estado con nadie desde el accidente y la verdad era que empezaba a estar un poco salida.
—Además, no podré acercarme a Carter si sabe que a veces…
—Finalmente vas a acercarte a él.
—Sí. Me gusta y creo que es recíproco.
—Le gustan todas. No creo que sea de fiar, Simone. Además…
—Además, ¿qué?
—No creo que sea bueno para tu autoestima salir con un mujeriego.
—Lo dices por la cicatriz, ¿no? Crees que puede ser un problema para él —dije molesta.
—No para él. Para ti. Eres tú la que le das más importancia de la que tiene.
—Tiene la importancia que debe tener. No pensarías lo mismo si tuvieras una en medio de la cara.
—Simone, sigues siendo preciosa a pesar de ella.
—Me convencerías si me hubieras conocido antes de tenerla. Y volviendo a nuestro amiguito, ya sé que es un ligón, pero es muy buena persona y divertido.
—Eso ya lo sé. Es que… te quiero mucho y por eso creo que mereces a alguien para quién solo existas tú. Alguien que te ame por encima de todo.
—Vaya, el asunto de la boda te ha afectado. —Reí.
—Lo digo enserio —reiteró con una sonrisa.
—No crees que pueda pasar con Carter, ¿no?
—No lo sé. Creo que eso solo pasa una vez en la vida. —Miró al suelo.
—Bueno, ¿quién no nos dice que esa persona pueda llegar a ser Carter?
Me miró.
—No creo que lo sea, pero ya me ha pasado alguna vez, juzgar mal a alguien y equivocarme. Supongo que no puedo impedírtelo. —Sonrió—. ¿No quieres esperar un
poco más hasta estar segura?
— ¡Ya estoy segura!
—Está bien. Adelante pues.
—Te mantendré informada.
Entonces recordé algo de suma importancia.
—Oye, a ver si encuentras una edición rara de alguna de mis películas favoritas, para mi colección.
—Ya te traje una de Dentro del laberinto el verano pasado, de Japón. ¿Es que nunca tienes suficiente?
—No.

Aquella misma noche, me metí en la cama y me concentré imaginando a A.I. Como siempre, llegué hasta aquella habitación blanca de hotel, pero esta vez, un poco
más triste.
—Vengo a despedirme —anuncié desde el pasillo, nada más abrirse la puerta.
— ¿Y no vas a entrar?
Dejó espacio para que pasara y lo hice. Me ayudó a quitarme el abrigo y lo dejó en el colgador. Aquella noche, él vestía vaqueros y una camisa negra. Iba a “verlo”
por última vez y lo estaba imaginando más guapo que nunca. No tengo remedio.
Como siempre, me ofreció una bebida.
—Una cerveza estará bien —respondí.
Aún sigo maravillándome con la imaginación que tengo.
Sacó una cerveza de la neverita y me la dio después de abrirla. La cogí y me senté en uno de los dos taburetes, en la pequeña barra del mini bar. Él lo hizo a mi lado,
girando su asiento para tenerme de frente.
—En el fondo sabíamos que esto pasaría en algún momento —reconoció con tristeza.
—Supongo que sí.
— ¿Has conocido a alguien?
—No. No es eso exactamente… aunque puede que sí haya alguien. Quiero… tener una vida normal y creo que para empezar debo romper… dejar… no sé ni como
llamar a esto.
— ¿Es que acaso acaparo todos tus pensamientos durante el día? ¿No te dejo vivir? —bromeó.
—A veces —le contesté en tono divertido antes de dar un sorbo a la botella—. Te tengo demasiado metido en mi cabeza.
—Pero no estamos juntos realmente.
—Lo sé, pero no es bueno para mí.
—Como quieras, aunque si yo existiera realmente ahí fuera, no te sería tan fácil —advirtió en tono de broma otra vez—. No dejaría que te alejaras sin luchar.
—Ni yo creo que pudiera hacerlo sin más.
— ¿Y qué se te ha ocurrido para despedirte? ¿Te vas a ir sin más después de beberte la cerveza, tras todo este tiempo? Espero que no, la verdad.
Habló con timidez mientras se miraba los pies. Me volvía loca cuando se mostraba así, que pese a nuestras noches de desinhibición, era muy frecuentemente.
Supongo que me gustan los tímidos. Ojalá yo fuera así a veces; metería menos la pata.
—Me apetecen más bien… otro tipo de cosas que nos han dado muy buenos resultados todo este tiempo —dije seductoramente.
Me miró y una sonrisa se dibujó en su rostro tras la pícara respuesta. Al ver su expresión no me vi capaz de despedirme.
Seguidamente hice acopio de valor y me puse seria.
—No, en serio. Sé que te he creado yo y todo eso. Que eres como una terapia mental o como esos titiriteros que dicen lo que piensan a través de una marioneta.
—No me gustan las marionetas.
Me di cuenta de lo que acababa de decir y me supo mal. A veces hablo demasiado.
—Espero no haberte ofendido.
—Tranquila.
—Si voy a despedirme de ti es mejor que lo saque todo —continué.
Él asintió, animándome a continuar y así lo hice:
—Te echaré mucho de menos. —Miré al suelo—. Creo que estoy un poquito enamorada de ti, después de todo. Antes no me importaba estarlo pero ahora… Y es
normal porque mi subconsciente te ha creado a mi gusto. El caso es que estos dos años han sido maravillosos y me has ayudado mucho cuando no me he sentido bien.
—Sabes que puedes volver cuando quieras. No sé, en una noche loca de borrachera o en tu despedida de soltera.
Solté tal carcajada que se hubiera oído desde el espacio si aquello no hubiera estado sucediendo en mi cabeza.
— ¡Estás loco!
‹‹Y yo también››.
A.I se levantó del taburete y se acercó a mí, haciendo que me pusiera en pie.
—Ven. —Me abrazó.
Sentí que me despedía de un buen amigo y se me humedecieron los ojos. Tras separarnos, empecé a desabrocharle la camisa.
—Y ahora, vas a dejarme que te haga toooodo lo que se me pase por la cabeza y tú harás lo mismo… por última vez —dije mientras imaginaba una de sus manos
acariciando mi cabello.
Me cogió en brazos y mis piernas rodearon sus caderas. Mientras nos besábamos me llevó hasta la cama, sentándome sobre ella cuidadosamente. Me desprendió de
los vaqueros y el culotte e hizo que me tumbara boca arriba tendiéndose sobre mí, aún vestido, con la camisa abierta y mis manos acariciándole el pecho. Volvió a
besarme en la boca, el lóbulo de la oreja y en el cuello, mientras me susurraba:
—No te vayas. No podrás olvidarme nunca, lo sabes.
—Tengo que hacerlo.
Él me calló con sus labios, explorándonos y saboreándonos durante un buen rato. Aquella noche le hice el amor intensamente, sin censuras. No deseaba arrepentirme
en el futuro de no haber hecho, de no haber dicho, de no haber sentido, sabiendo que después de esa noche no volvería a verle más.
—Ojalá pudiera tocarte —le dije entre jadeos, tendidos sobre aquella cama.
Lo abracé, y después de besarlo por última vez, abrí los ojos al mundo palpable, a la realidad de mi vida, temiendo que sus palabras se cumplieran. Presintiendo que
así sería.
“No podrás olvidarme nunca”.
Capítulo 3
Alucinación sensual
SIMONE
Un pequeño gran vacío se apoderó de mí en los días sucesivos. Incluso llevaba noches sin poder dormir o durmiendo mal. Por una parte estaba contenta pensando en
la forma de quedar con Carter, en si le contaría mis sentimientos o si dejaría que todo fluyera. Por otra, forzarme a no pensar en A.I y saber que ni esa noche ni ninguna
otra volvería a imaginarle —Imaginarnos— me hundía en una gran tristeza. Aunque era lo mejor que podía hacer si quería tener una vida normal.
Aquella tarde, antes de empezar mi jornada, entré en la sala de teatro. Me gustaba hacerlo siempre que podía ya que recordaba aquel último curso de verano con
cariño, aunque nunca me planteara ser una actriz de verdad. Por entonces se estrenaba una obra de teatro de la escuela de actores. En ese momento, algunos charlaban
sentados sobre el escenario y dos de ellos recreaban una escena de combate con espadas. Me quedé hipnotizada viéndolos combatir. Recordaba que durante el curso, se
me dio bastante bien.
‹‹Tal vez debería apuntarme a hacer esgrima o algo››, se me ocurrió.
— ¡Acércate, Simone! —Me animó el chico llamado David— ¡Te enseñaré!
—No hace falta, di clase hace algunos veranos.
—Pues te refrescaré la memoria. ¡Vamos Simone! ¡Ven!
Finalmente subí al escenario. No pude resistirme.
—Toma. —Me entregó un florete bastante logrado. No pesaba nada y evidentemente, no era funcional.
—Vaya… Es muy ligera —critiqué—. He usado armas más pesadas.
—No lo sé, es atrezo. Si fuera de verdad pesaría un poco más, imagino.
Nunca me cayó demasiado bien, por lo listo que se creía. Los demás se levantaron y se situaron frente a nosotros para vernos mejor.
—Debes cogerlo así.
David la acercó a mi cuello con un movimiento rápido y chulesco.
‹‹ ¿Acaso cree que soy estúpida? ››
Lo desvié antes de que ni siquiera acercara su filo.
— ¡Vaya! —se sorprendió—. ¡Bien!
Desvié todos sus ataques. Al principio tímidamente, luego con más seguridad. David contraatacaba sin darse por vencido. Quería quedar bien delante de los demás,
pero yo era más rápida y le golpeé una vez en la pierna, otra en el brazo y… frené el filo de atrezo en el cuello, rozándolo. Aquello no era esgrima, pero me dio igual.
Todo fueron aplausos.
—Te dije que se me daba bien —espeté con seguridad y entre ligeros jadeos.
—Enhorabuena —me felicitó, agotado y sin mucho entusiasmo.
—Gracias. —Le lancé el arma falsa, y bajé del escenario peinando con la mano el cabello que tapaba la cicatriz, al caer en ella y en que todos me miraban.
Tras esto comencé mi jornada laboral, aquella tarde bastante atareada debido a la llegada de nuevos productos que tuve que contabilizar y anotar, y el flujo
discontinuo de clientes y comerciales.
Casi terminaba mi turno, pensativa en la barra de la cafetería, cuando mi único cliente en aquel momento, un señor muy elegante de unos sesenta años que solía venir
los jueves por la noche, interrumpió mis cavilaciones mientras bebía su copa de whisky con hielo.
—Haz lo que debas hacer, mujer —me aconsejó amablemente.
— ¿Cómo? —Lo cierto era que dudaba en si llamar o no a Carter, aquella misma noche.
—Si no me equivoco, estás dándole vueltas a algo desde hace rato. Pues bien, hazlo ya. ¿Qué puedes perder?
—Nada, supongo. Me dispuse a coger mi bolso de la parte de atrás cuando el hombre me pidió que subiera el volumen de las noticias locales. Cogí el mando a
distancia y apunté a lo alto, donde se encontraba el aparato.
—Otra vez una chica muerta —se lamentó.
Me detuve a mirar el televisor también.
—La víctima, una joven de 25 años, apareció en las afueras de la ciudad —informaba la periodista—. Sin duda se trata de otro caso de La Furia, el asesino que
atemoriza la ciudad desde hace más de un año. Recordamos que no existe un perfil concreto en cuando a las víctimas, ya que ataca tanto a mujeres como a hombres de
edades comprendidas entre los quince y los cuarenta años y sin predilección en cuanto a la raza. No se han encontrado huellas dactilares ni tejidos en el cuerpo de las
víctimas ni en los lugares de los hechos, todo ello pese a que cada vez, ha atacado más violentamente. Las víctimas aparecen estranguladas y agredidas brutalmente.
—Apuesto a que lleva matando más tiempo del que creemos.
A estas alturas me apoyé en la barra.
— ¿Usted cree?
— ¿Ves “Lo que no nos cuentan”?
—A veces, cuando no lo emiten muy tarde.
—En el último programa, dijeron que las víctimas aparecían al principio simplemente sin vida, sin marcas de violencia, como si hubieran fallecido de muerte natural.
¿Quién no nos dice que haya habido otras que hayan confundido a la policía?
—Es cierto —reconocí—. ¿Cuántas son ya?
—Doce en más de un año.
No había estado demasiado pendiente del caso. El hecho de que tanto yo como la mayoría de mis conocidos entráramos en la edad de las víctimas, me ponía tan
nerviosa que me limitaba a escuchar lo justo y no ir sola por la noche más allá de la zona conocida. Jenna intentaba siempre quitar hierro al asunto, pero en el fondo
notaba que también estaba preocupada.
Esperé a que aquel cliente habitual se hubiera marchado para ir finalmente a la trastienda y llamar a Carter. Me temblaban las manos y el corazón me iba a cien.
— ¡Hola, caracola! —Escuché al otro lado—. ¿Estás bien?
—Sí, no te preocupes. Oye… quería saber si te apetecería cenar conmigo mañana por la noche, si no estás muy liado o no has quedado con alguien, claro.
— ¿A qué se debe? ¿No hay función?
—Sí, de estudiantes, pero a las nueve ya habrán terminado y esta vez no me toca a mí quedarme hasta el cierre.
—Claro, después podemos ir a tomar una copa a una nueva terraza que hay en el centro. Comienza a hacer calor. ¿Qué te parece?
—Me parece genial.
—Bien, entonces. Hasta mañana a las nueve, preciosa. Saldré directamente de la consulta, así que te pasaré a buscar.
—Hasta mañana.
Colgué el aparato y me quedé sonriendo como una tonta. Por primera vez en mucho tiempo, tenía ilusión por algo real.
Ya en casa, me encontraba realmente agotada pero hacía tanto calor que una vez en la cama, se me pegaban las sábanas. Poco después, incluso tuve que levantarme a
abrir la ventana. Sudorosa no podría dormirme, sobretodo porque las cicatrices, especialmente la de la cara, me escocían aún, a veces por el sudor. Bueno, puede que no
sea la palabra exacta pero era una mezcla entre escozor y tirantez que todavía duraba.
Caminé silenciosamente por el pasillo para no despertar a Olivia, me di una ducha rápida y minutos después volví a la habitación, envuelta en una toalla. El frescor
me reconfortó y relajó. La ligera brisa que entraba por la ventana refrescaba mi piel, aún un poco húmeda. Tumbada de lado en la cama para que el aire me llegara
directamente a la cara, acabé quedándome profundamente dormida.
Me despertó la sensación de unos dedos sobre mis labios que bajaron rozándome el cuello, suavemente. No sabía cuánto tiempo había dormido. Estaba de lado, con la
toalla extendida debajo; debió desprenderse de mi cuerpo al cambiar de postura. Seguí con los ojos cerrados, disfrutando de aquella erótica situación. No sentía miedo ni
sensación de irrealidad, solo excitación. Que recordara, era la primera vez que tenía un sueño erótico. Un sueño en general. Nunca soñaba o no los recordaba. Los
mismos dedos volvieron a acariciarme la mejilla y abrí los ojos girando ligeramente la cabeza para ver a quién tenía detrás de mí, acomodado contra mi cuerpo. Sabía
perfectamente de quién se trataba.
—Te he echado de menos —dijo mi A.I.
Era un tono de voz parecido al que mi cabeza había inventado, pero algo menos grave. Allí estaba, apoyado sobre un codo para mirarme mejor. Sonriéndome.
Aquellos ojos marrones, medio ocultos por los mechones de su pelo, se paseaban por mi rostro como quién mira un tesoro. No era una fantasía, pues no estaba
controlando lo que sucedía y mi cuerpo reaccionaba ante su tacto sin tener que concentrarme en ello. ¿Estaba despierta o soñando? No me importaba. Él estaba de
nuevo conmigo, aunque más nítido, más real; podía sentir su cuerpo desnudo contra el mío, el calor que emanaba su virilidad rozando mi piel.
—Yo también —le respondí sincera, sin creer que estuviera allí.
Lo que pronosticó aquella última vez que estuvimos juntos, era cierto. No había podido olvidarle.
Sus labios separaron la débil barrera de los míos y su lengua jugó con ellos, penetrándolos con delicadeza. Ladeé la cabeza aún más, y un poco mi cuerpo para poder
besarlo mejor, temiendo moverme demasiado y que se esfumara de la misma forma que había llegado. Me aferré a su cabello: era suave, olía a lluvia, a brisa y a hierba
fresca. Era reconfortante y maravilloso, y muy placentero. Nunca capté aquel olor en mi imaginación antes. Abandonó mi boca y después de darme un suave beso en la
punta de la nariz, su boca descendió hasta rozar mi hombro. Yo volví a posicionarme totalmente de espaldas a él, mientras una de sus manos pasaba bajo mi brazo y me
recorría en silencio, acariciándome los pechos, muy juntos debido a la postura. No olvidó el resto de mi cuerpo, la palma de su mano despertaba sensualmente cada
centímetro que tocaba. Suspiré, abandonándome completamente. No olvidó el resto de mi cuerpo. La palma de su mano despertaba sensualmente cada centímetro que
tocaba. Suspiré, abandonándome completamente. Lo que vino después fue increíble; nos unimos desde aquella misma posición con tranquilidad. Fue maravilloso volver
a sentirlo conmigo. Asombroso, hacerlo de aquella forma tan real.
—Me vuelves loca. Me vuelves loca —No dejaba de repetir.
Notaba su sudor y el mío bañándonos la piel. Era como si realmente estuviera allí.
Después, permanecimos en silencio unos segundos. Agotada, lo miré: su rostro estaba sonrojado, acalorado como debía estar el mío. Me moría por besar de nuevo
aquella boca que me sonreía satisfecha. Me di la vuelta, tumbándome hacia el otro lado, frente a él. Acaricié su brazo y lo atraje más a mí. Puse mi mano en su espalda y
la deslicé hacia las nalgas, notando una pequeña zona rugosa cerca del costado derecho. Parecía una cicatriz. Finalmente lo besé, muy suavemente esta vez. Cerré los
ojos y sentí su aliento.
De pronto todo desapareció. Abrí los párpados y ya no estaba. ¿Qué había pasado? ¿Había sido un sueño o una alucinación? No me sentía como si hubiera estado
sola. Mi piel estaba echando de menos la suya. Decidí, sin ninguna duda, que si me estaba volviendo loca, lo mantendría en secreto para no ser curada.

Por suerte, al día siguiente refrescó. Aunque las nubes amenazaban con derramar lluvia, no parecían atreverse. Me llevé al trabajo una falda de tubo negra y una blusa
blanca ligeramente escotada para cambiarme, unos zapatos de tacón y algo de maquillaje. “Y bragas bonitas”, me había dicho Olivia antes de salir. La función terminó a
la hora prevista, pero como era un evento privado, el público y los actores se marcharon a celebrar el éxito a otro lugar. A las ocho en punto dejé mi puesto en la
cafetería, llevándome un improvisado cóctel de vodka al baño para ponerme un poco a tono, y me cambié y maquillé con tranquilidad, antes de ir a buscar a Carter. Le
daría una sorpresa. Antes de salir me despedí de mis compañeras, que debían quedarse forzosamente hasta el cierre.
Aunque pueda parecer que no le daba importancia a lo sucedido la noche anterior, no era así. Había sido lo más erótico e impresionante que me había pasado jamás y
no estaba dispuesta a dejar de sentirlo. Sueño o alucinación, me daba lo mismo. Preocupante, lo sé. Pensar en aquella visión y que no me importara si estaba
volviéndome loca o no, lo era. Lo normal hubiera sido contárselo a mi médico y que me hiciera pruebas cerebrales. Estar a punto de comenzar algo con el chico de carne
y hueso que me gustaba y estar deseando volver a tener algo con otro imaginario, era bastante inquietante, pero estaba dispuesta a llevarlo de la forma más normal
posible. Dejar a A.I no era una opción. Ahora menos que nunca. No quería hacerlo y punto.
Llegué al edificio de consultas antes de las nueve. Era ya de noche. La calle estaba bastante concurrida al ser viernes, pero el edificio estaba vacío. Era más pequeño,
pero mucho más moderno y agradable que el de las afueras. La recepcionista de la tarde, Clara, me saludó y me detuve frente al ascensor después de apretar el botón.
Entré en él y me dirigí al tercer piso. Estaba un poco nerviosa y empecé a pensar estupideces del tamaño de:
‹‹Si llegamos a algo juntos, ¿debería llamar a otro médico cuando necesite ayuda? ›› Y cosas por el estilo, mientras el ascensor subía. Necesitaba saber hasta donde
llegaba mi atracción por Carter. Hasta donde podía llegar con él. Y llegó… hasta el tercer piso.
La puerta se abrió delante de mí y le vi en el pasillo, comiéndole la oreja a una preciosa chica china con tacones de diez centímetros. Sonreía como un estúpido y se
quedó sin habla cuando me vio allí parada. Le di no sé cuántas veces al botón del ascensor para que se cerrara la puerta, y antes de que él pudiera llegar a impedirlo, se
cerró por fin. Sabía que bajaría las escaleras para alcanzarme y no tenía ganas de verlo. Estaba claro que no éramos pareja ni nada de eso, y ni siquiera debía saber mis
intenciones después de años, eso era cierto, pero verlo allí con aquella chica me hizo darme cuenta de que por su forma de ser, no creía que llegara a confiar en él nunca.
Tal vez otra sí lo hiciera. Yo no.
Al llegar a la planta de recepción, salí del ascensor y me dirigí rápidamente hasta la puerta de atrás, pensando que él supondría que había salido por la delantera. Mi
plan era tan sencillo como dar la vuelta a la manzana y perderme entre la gente. Las calles estaban bastante abarrotadas por aquel entonces y los vehículos, detenidos
por varias obras que se realizaban. Varios tramos de la acera estaban vallados y la gente caminaba por la calzada. Aquello era un caos de automóviles y peatones, así que
giré por un callejón poco concurrido junto a otros que, como yo, habían tenido la misma idea y pasaban junto a mí de vez en cuando. En menos de diez minutos llegué
hasta el piso de Jenna, pensando que probablemente Carter iría a mi casa.
Cuando llegué a la puerta del edificio, comenzaba a llover. Llamé al timbre pero nadie me abrió, así que me dispuse a llamarla al móvil. Una sombra bastante grande
cruzó a mi derecha y me distraje. El aparato cayó al suelo y se desmontó. Contrariada, lo cogí. Cuando volvía a encajarlo, escuché una especie de quejido y
seguidamente el gimoteo de un bebé. No hice caso y continué con lo que estaba haciendo. El pequeño comenzó a llorar. Me pareció extraño que una criatura estuviera en
un lugar como ese, lloviendo como estaba. Me acerqué hasta aquella esquina, deteniéndome tras un contenedor de basura, bajo una farola. La sombra estaba allí,
agachada sobre algo en medio del oscuro callejón, a pie de una alcantarilla. No. Sobre alguien tumbado en el suelo. Por las botas de tacón, supe que el cuerpo era el de
una mujer. Di un paso más en silencio, sin respirar. Al avanzar un poco más, puede ver a un lado el carrito con el pequeño. Aquello, todavía de rodillas, dejó lo que
estaba haciendo y se giró hacia el niño, amenazadoramente. No quería que aquello pasara. Impulsivamente, cogí un palo roto de latón que parecía el de una escoba, que
sobresalía de uno de los contenedores abiertos.
— ¡Eh! —grité.
Él se puso en pie lentamente. Medía más de dos metros o eso me pareció. Llevaba una capa roída con capucha azul que le hacía parecer muy grande… o tal vez lo
fuera. El bebé no dejaba de llorar.
—Lárgate. Deja al niño y vete.
La oscuridad me impedía ver más. No se me ocurrió otra cosa. Acababa de decirle algo bastante estúpido mientras lo amenazaba con el palo, como si fuera un arma
peligrosa. ¿Acaso esperaba que me obedeciera sin más? Se dio la vuelta hacia mí, pero seguía sin verlo bien. Alzó la cabeza y me pareció que olisqueaba mientras se
acercaba. No caminaba, parecía flotar. Empezaba a pensar que todo aquello había sido una pésima idea, pero que al menos el crío estaba a salvo por el momento.
— ¡Ayuda! ¡Socorro! —grité.
Empecé a marcar el número de la policía, pero el móvil estaba apagado después de haber vuelto a montarlo, claro. Escuché un grito cercano. Aquel ser estaba cada vez
más cerca de mí y me quedé paralizada por el miedo. A solo un paso, me agarró por el pelo y lo olió. Casi apareció frente a mí de repente, olfateándome toda la cara.
—Tú —susurró con una voz metálica.
Bajo la luz de la farola, parecía mirarme, estudiar mi cara con sus ojos negros como cucarachas. Sin pelo, su piel blanquecina llena de cicatrices y marcas de puntos de
sutura parecía piel muerta. Mi cicatriz comparada con todas ellas, era algo fino y elegante. Se abrió la maloliente capa. Debajo de su pecho había algo, una especie de
ranura que comenzó a moverse. ¿Era una boca? Se dispuso a agarrarme la cabeza o la cara, no estoy segura, pero no le dejé hacer más. Le clavé el palo de la escoba en un
ojo. Me soltó, cubriéndoselo con una mano blanca y sin uñas. Emitiendo un chillido metálico y retrocediendo a toda velocidad, pero sin perderme de vista. El pánico me
invadió y comencé a sentir que no podía respirar. El lloro del bebé desapareció de mi alrededor y la sensación de desasosiego e irrealidad sofocante, volvieron. ¿Dónde
estaba? ¿Qué estaba haciendo allí? Creía que me explotaría el corazón y comencé a jadear como un animal. Hacía mucho tiempo que no sufría un episodio de depresión,
pero aquellas crisis de ansiedad no habían desaparecido. Un mal momento para caer en una. Las sirenas comenzaron sonar a mi alrededor no sé cuánto tiempo después,
y empecé a ver borroso.
Tras el reconocimiento oportuno en la ambulancia, llamé a Jenna. Ella y Chloe llegaron cuando ya estaba en comisaría. Mi amiga estaba alteradísima. Se sentía
culpable por no haber escuchado el timbre desde la ducha.
Declaré todo lo que había sucedido al inspector Weller, un tipo con pinta descuidada debido al traje arrugado y las manchas resecas. O nunca le interesó involucrarse
en las tareas del hogar o realmente estaba sufriendo por algo. Tampoco parecía ser feliz en su profesión. He visto camareros de hamburguesería doblando turno, con
más alegría que ese hombre. Quizá simplemente era así. Todo esto eran teorías mías mientras lo miraba, intentando no pensar en lo que acababa de pasar.
Lo expliqué todo una y otra vez durante horas y horas, y después de que me repitiera mil veces la buena suerte que había tenido de que alguien hubiera llamado a la
policía, lo valiente que había sido y que gracias a que me defendí, tendrían ADN que cotejar, me dejaron marchar. No creía que encontraran ninguna muestra parecida.
Aquel ser no parecía de aquí y no me refiero solo a la ciudad.
—Nos quedaremos contigo lo que queda de noche, ¿de acuerdo? —se ofreció Chloe al volante de su coche.
—Una buena ducha y a la cama. Dormiremos en la que era mi habitación —propuso Jenna.
—Estoy bien.
—Sí, le has dado lo suyo, pero creo que deberían haberte puesto vigilancia o algo. ¿Y si te encuentra?
—No sabe donde…
Entonces recordé que me había olido. No había mencionado nada de aquello a la policía. ¿Y si me encontraba a través del olor?
‹‹Menuda estupidez de idea››, terminé pensando.
—No era humano, chicas. Os aseguro que no lo era.
—Estaba oscuro. —Chloe intentaba tranquilizarme—. Tal vez viste lo que no era.
—Tal vez… —dije mirando por la ventanilla—; aunque no lo creo.
Cuando llegamos a casa tuve miedo de que volviera a aparecer. Con el ataque de pánico no supe la dirección por la que se había marchado, y me dio por pensar en si
ahora estaría cerca de casa.
Por suerte, Olivia dormía. Volví a mirar mi móvil. Tenía cinco llamadas perdidas de Carter, y lo apagué. Las chicas me trataban como a una muñeca de porcelana,
calentando tazones de leche y sentándome en el sofá, pero yo me sentía bien. Además de asustada y nerviosa, un tanto eufórica y llena de energía. Nunca había vivido
nada igual y pese a todo, había sido excitante. Lo terrible fue ver a aquella pobre mujer, a aquel pobre bebé.
Después de una ducha, vimos la televisión un rato. Reflexioné sobre la crisis sufrida en el peor momento posible. Me había dejado completamente indefensa a merced
de él. En realidad, podría pasarme en cualquier lugar, en cualquier momento. No me había dado cuenta hasta ahora de lo peligroso que era sufrirlas tan a menudo. Las
depresiones habían menguado desde hacía casi un año pero los ataques de pánico eran cada vez peores. Me quedé dormida, y al despertar, Chloe dormía a mi lado. Sus
enroscados rizos negros se desparramaban por el brazo del sofá. Era la sensatez personificada, nada que ver con Jenna. De pronto, me pareció escuchar una
conversación en voz muy baja. Parecía la voz de mi casera, bastante nerviosa. Me levanté y avancé por el pasillo. La puerta de su habitación se encontraba entreabierta.
Ella y Jenna hablaban tan bajito, que no sé ni cómo se escuchaban entre ellas.
— ¿De qué habláis? —pregunté, mientras abría la puerta en plan misterioso con una mano—. Debiste preguntarme antes de contarle nada, Jenna. No quería
preocuparla.
—Lo siento.
Olivia corrió a abrazarme.
—He salido porque escuché el televisor y me lo ha explicado todo. Oh, mi niña.
—Estoy bien. —Miré a Jenna, que se encogió de hombros—. Creo que podéis marcharos ya. En serio.
—Menos mal que todo esto ha ocurrido mientras aún estaba aquí —dijo mi amiga saliendo de la habitación.
—Largaos de una vez. —Le di una patada en el culo, bromeando.
—Mañana te llamo.
—Pareces Carter.
—Por cierto, ¿qué ha pasado con él?
—Que esta vez juzgaste bien.
Capítulo 4
En el pasado
SIMONE
A la mañana siguiente fui a hacer la compra. Nada más salir a la calle miré a mi alrededor, recordando la noche anterior. Por suerte, la policía decidió guardar en
secreto que había un testigo presencial de los hechos para evitar la prensa, pero a mí me preocupaba más que aquel… ser, porque distaba bastante de ser humano a mi
parecer, me buscara. Intensificarían la vigilancia por los alrededores, pero no a mí concretamente.
Alguien me tocó el brazo y me sobresalté. Resultó ser Carter, que no se había enterado de nada.
—Siento lo de ayer. Creo que fue un malentendido. No… no se me ocurrió que pudiera ser una cita hasta que me viste con Lily y…
—Y salí pitando, sí. Bueno, en realidad no había nada que estropear, ¿no te parece? Éramos amigos y lo seguimos siendo o eso espero.
Comenzamos a caminar el uno al lado del otro. Me sentía avergonzada por haber pensado que pudiera estar interesado en mí, y de todas formas Jenna tenía razón:
como pareja no parecía muy de fiar.
—Siempre me has gustado mucho, Simone, pero somos muy diferentes y lo sabes.
—Claro.
Que vergüenza, menudo planchazo. Aun no estaba preparada para tener aquella conversación y no sabía ni dónde meterme. Casi hubiera preferido que se me hubiera
acercado el ser en lugar de Carter.
—Además, sinceramente: que pienses en otro chico habitualmente… —continuó.
—Te equivocas de lleno. Eso ya terminó. He seguido tu consejo y ya no pienso en A.I antes de dormirme.
—Oh, ¿en serio? Bien hecho, Simone.
—Supongo que sí.
—Sé que no eres mujer de una sola noche y yo no busco una relación. Tampoco quiero hacerte daño. Lo siento, pero me apetecía cenar contigo como amigos, de
verdad. Podríamos repetirlo o ir juntos a la boda.
‹‹Eso suena a que le doy pena››.
—Preferiría que no, de verdad. Creo que lo mejor es que hagamos como si no hubiera sucedido nada. Además, eres muy bueno en tu trabajo. No quiero dejar de acudir
a ti por culpa de esto si te necesito, o como paciente si vuelvo a recaer en las depresiones.
No quería empezar de nuevo con otro médico. Después de tanto tiempo y a pesar de todo, a Carter le tenía mucha confianza.
— ¿Por qué dices eso? ¿Has sufrido otra crisis?
Asentí.
—No sería por mi culpa…
‹‹Tranquilo chico, que no eres para tanto››.
—Que va. Tú no tuviste nada que ver con eso.
Respiró aliviado.
—Oye, sobre aquello de la hipnosis, creo que podríamos intentarlo —dije, deteniéndome en mitad de la acera.
—Está bien.
— ¿Crees que podría ser peligroso?
—No. Lo que sí debo es informarte bien, para que sepas cuanto más mejor sobre lo que es. Suele dar bastante buen resultado. Miraré mi agenda y hablamos.
—Muy bien.
—Oye y sobre nosotros…
—Déjalo ya, Carter.

Dos días después, fue mi día libre. Mientras Olivia veía la telenovela de sobremesa, decidí darme una ducha templada. La primavera estaba resultando bastante
calurosa pese a la lluvia de aquellos días. Pasaría la tarde leyendo tranquilamente, y tal vez luego pediría una pizza para las dos. Lo que fuera, con tal de no dejar que los
recuerdos de la otra noche me invadieran más de lo que ya hacían. Cuando describí al hombre o lo que fuera, a la policía, veía como crecía su inquietud. Ellos lo
descubrían a través de mi descripción, pero yo lo tenía metido en mi cabeza: la piel mortecina, los ojos sin alma y aquella voz que tampoco parecía humana.
El agua me sentó de maravilla. Me lavé bien la cabeza, y la suavidad y olor del gel de lavanda, me relajaron completamente. Cuando terminé de enjugar todo mi
cuerpo, sentí su caricia en mi espalda. Las manos recorrieron mi cuerpo y finalmente sus brazos me abrazaron desde atrás. Lo sentí contra mí, mordisqueando mi oreja.
Una de sus manos hizo gesto de apartarme el cabello para dejar la parte de atrás de mi cuello al descubierto. De haberlo tenido largo lo habría dejado caer sobre mi
hombro. Estúpidamente, esperé que dijera algo sobre el tatuaje, pero no lo hizo. Sonreí y me di la vuelta. Mojado y completamente desnudo bajo el chorro, me miraba
divertido.
—Estás aquí —dije.
—Deberíamos entrar. Empieza a hacer frío.
— ¿Entrar a dónde? Quiero quedarme aquí, contigo.
Lo besé, recorriendo con mis manos sus nalgas. Me hubiera comido cada centímetro de su piel a besos. Lo empujé ligeramente contra la pared de la ducha y se echó
hacia atrás el pelo mojado, descubriendo las espesas pestañas mojadas. Empecé a recorrer su cuerpo con mis labios bajando poco a poco. Me coloqué de rodillas. El
agua mojaba parte de mi cuerpo.
—Mmmm… —Le escuché.
Unos golpes en la puerta hicieron que todo se esfumara. De rodillas aún, contesté de mal humor.
— ¡Qué!
Era Olivia.
—Está sonando tu móvil. Es la tercera vez desde que estás ahí dentro. Es Jenna.
— ¡Cuando salga la llamaré!
‹‹Maldita sea››.
Deseé con todas mis fuerzas que volviera, pero no lo hizo.
Jenna y Chloe llamaban porque la primera cogía el vuelo esa madrugada y querían salir a tomar algo por el centro de la ciudad, para despedirse. Era buena fotógrafa.
Freelance, pero tampoco necesitaba atarse a ninguna empresa ya que sola, se apañaba bastante bien.
Quedamos en un italiano de las afueras para cenar algo antes. Pedí ensalada caprese y espagueti a la matriciana con extra de parmesano. Adoro el parmesano y todo
lo que sean patatas de todas las formas cocinadas posibles.
—Entiendo que fantasees con ese tío, pero también creo que Carter tuvo razón al aconsejarte que dejaras de hacerlo —opinó Chloe.
—Puedes seguir pensando en él ahora que lo de nuestro Carter no ha cuajado —dijo Jenna.
— ¿Cómo quieres que conozca a alguien, si sigue pensando en ese chico? —le preguntó Chloe a ella, un tanto indignada.
—Lo cierto es que dejé de hacerlo cuando me lo propuso y no he vuestro a pensar más.
No, ahora no pienso en él. Lo veo y lo siento moverse dentro de mí, acariciándome y haciendo mil locuras. Recordar aquello me puso a cien, haciendo que tuviera
ganas de meterme en la cama.
— ¿Y lo llevas bien? —Jenna me sacó de aquellos pensamientos.
—Bueno, regular.
Me miró un segundo, arqueando las cejas. Creo que supo que no decía toda la verdad. Sabía que ella me calaría en seguida.
—A ver si cuando Jenna vuelva de viaje has conocido a alguien —dijo Chloe—; o podría traerte a alguno de mis primos, de la luna de miel.
— ¿Un guapo y real mulato de las Antillas? —Jenna me guiñó un ojo, pero se puso seria y cambió de tema. —Sigo pensando que después de lo que pasó la otra
noche, deberían haberte puesto vigilancia policial o algo así.
—No te preocupes. Hay bastantes patrullas por toda la ciudad.
Las informé de ello para que se tranquilizaran, pero en el fondo pensaba como ella. Lo cierto era que con La Furia libre, como la llamaban los periodistas, cualquiera
estaba en peligro.
—Iremos a tomar algo después de cenar, ¿no? —propuse cambiando de tema.
—Claro —respondió Jenna—; aunque preferiría no volver muy tarde a casa.
— ¿Quieres descansar un poco antes de salir hacia el aeropuerto?
—No. Me gustaría hablar contigo de algo, mi vida.
—Uhhh vaya. —Chloe la miraba intentando adivinar.
La discoteca estaba bastante llena y había cola en la entrada, pero me encontré a una de las chicas del teatro con un grupo de amigos y entramos con ellos.
La gente bailaba y se divertía. Entre la temperatura y el baile tenía mucho calor, así que aunque ya llevaba un par de copas de más, pedí otra. No quería pensar
demasiado. Jenna se acercó a mí, bailamos un poco e hicimos el tonto hasta que empezó a sonar Diamonds, de Rihanna y Chloe se la llevó a la barra. Vi a Carter
hablando con una chica rubia muy provocativa. No me importó. Saber que lo nuestro no podía ser, hizo desaparecer totalmente la atracción que sentía por él. Nos
saludamos con la mano. Desde luego no se perdía un local de moda, ni una chica con la que ligar.
Mientras bailaba, miraba a mi alrededor buscando el baño, entre los espacios despejados que dejaba la gente. De pronto, me llamó la atención un destello plateado.
Entonces le vi, caminando entre la gente. No podía ser él… estaba en un local público lleno de gente, no sola como las otras veces. Desapareció al pasar tras una
columna. ¿Otra vez alucinando? Seguía sin poder olvidar todo lo que mi cuerpo sintió la otra noche, ni lo que estuvo a punto de suceder hoy, pero empezaba a tener
miedo de estar sufriendo un tumor o algo. Había leído que a veces provocan alucinaciones. Aun así, cuando me acerqué a la zona en la que lo había visto, ya no estaba…
pero le vi otra vez, más cerca. Se aproximaba a mí, mirándome a los ojos. Me sonreía con los labios, pero sus ojos parecían tristes. Dejé de ser consciente de todo lo que
me rodeaba salvo de él, ahora frente a mí con un jubón plateado y un pantalón de cota de malla del mismo color. Parecía un príncipe. Le devolví la sonrisa, ya a escasos
centímetros. Acercó su mano a mi brazo, parecía acariciarlo pero no me tocó. Se me erizó la piel de todo el cuerpo.
— ¿Eres real?
Pero no me respondió. No me importaba. No podía dejar de mirarlo, últimamente tan nítido que incluso sentía que podía tocarlo. Me pareció que hablaba, pero no
podía escucharle. Él tampoco hablaba más fuerte para que lo escuchara por encima de la música.
— ¿Cómo? —pregunté embelesada.
Brillaba como un diamante, la letra de la canción era perfecta. Levanté la mano para intentar tocar su cara y cuando estuve a punto de hacerlo cerró los ojos, como si
ya sintiera mi caricia. Me acerqué poco a poco para besarlo y los cerré también. Me moría por hacerlo. Noté una mano que me agarraba el otro brazo y se me cayó la
copa. Abrí los ojos. Carter estaba escandalizado.
—Madre mía. ¿Se puede saber qué es lo que estás haciendo? ¡Todo el mundo te está mirando!
—Estaba bailando —respondí de forma no muy convincente.
—Estás borracha. Creo que será mejor que te lleve a casa.
Era cierto. Estaba ebria y no solo de alcohol.
Jenna se acercó a nosotros.
— ¿La has visto? —preguntó Carter.
—No. ¿A qué te refieres?
Me acerqué a mi amiga y le hablé al oído.
—A. I estaba aquí.
— ¿Quién? —preguntó riendo, pero comprendió enseguida.
— ¿¿Él?? —Se exaltó mirando alrededor—. ¡¿Aquí?!
Asentí abriendo los ojos exageradamente.
— ¿Estás segura?
—Estaba hablando sola —Carter parecía molesto—. Creo que será mejor que la lleve a casa.
Cuando salimos comenzaba a llover con fuerza. El pesado de Carter opinaba que no estaba en condiciones de conducir, así que me llevaría en su vehículo. Acepté,
solo para poder volver a casa lo antes posible.
Antes de subir, me despedí de mi amiga. Iban a descansar un poco y dirigirse al aeropuerto.
—Ten mucho cuidado, ¿vale? —le pedí.
—Sí, no te preocupes. Tengo algo pendiente con esta preciosa mujer cuando vuelva. —Le acarició el pelo y besó a Chloe.
—Pásalo bien y ten cuidado —le deseó Carter—. Nos vemos en la boda.
Entramos en el coche y nos dirigimos a casa.
— ¿Qué ha sido eso? ¿Con quién creías que hablabas? —preguntó, desviando un segundo la mirada de la carretera.
—Con nadie, de veras. Pensaba en voz alta. —Solté una carcajada

Web del Autor

Clic Aqui Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------