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Libro PDF El crimen del vendedor de tricotosas Javier Gómez Santander

El crimen del vendedor de tricotosas  Javier Gómez Santander

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Preferiría que esto lo estuviera escribiendo otro,
pero ustedes no tienen tanta suerte. Me llamo
Daniel Ortiz, tengo 32 años y hasta la fecha mi
mayor logro había sido demostrar que la Milan
Factis gorda podía durar toda la EGB. ¿Qué quiero
decir con esto? Que lo que van a leer es todo lo
trepidante que puede resultar la desgracia de un
sujeto que fue el único niño al que la goma de
borrar se le desgastó por el uso, no por
pintarrajearla, morderla, chuparla o propulsarla a
pellizcos usando el boli a modo de cerbatana. Un
niño que, como todos, jugó al fútbol. Aunque
menos, porque, sin explicación aparente (es decir,
yo no era gordo), elegí ser portero. Las
preferencias de mis sucesivos entrenadores,
siempre coincidentes, me llevaron a
especializarme aún más: en el puesto de segundo
portero. Por si no saben de fútbol, hablo del único
niño con guantes que hay en el banquillo, el que
suele estar de peor humor. Yo, sin embargo, y no
se me pregunte por qué, acudía contento a todos
los partidos, entrenamientos y pachangas. Y, lo que
es más degradante, sonreía. Lo hacía de forma tan
excesiva que hoy me miro y me parezco gilipollas.
A tal extremo de tonto llegaba que, temporada tras
temporada, me compraba dos pares de guantes,
unos para entrenar y otros para jugar. ¿Y qué
pasaba con ese segundo par? Pues que, categoría
tras categoría, se iba quedando pequeño y como
nuevo. Pero yo seguía comprándolos. ¿Es que no
veía la cara de mi madre cada septiembre en la
tienda de deportes cuando le decía y otros iguales
para jugar, mamá? ¿No advertía ninguna señal de
peligro en la cara de mi padre cuando yo era el
único niño que nunca tenía que ducharse después
del partido? ¿Cómo podía yo seguir sonriendo, sin
parar, sentado en el banquillo un día tras otro
viendo a mi padre en la banda alzar las cejas con
resignación cuando yo le levantaba un guante y le
guiñaba un ojo? Fui segundo portero en alevín, en
infantil, cadete, juvenil y hasta un año en sénior.
En total, y sumando minutos, debí de jugar
completos unos doce partidos en nueve
temporadas. Y nunca, hasta hoy, había pensado:
Quizá estás perdiendo el tiempo un poco, Daniel.
Supongo que perder el tiempo es lo primero
que aprendí yo en la vida. Es como un talento
inverso. Un don putada. He tenido siempre tal
facilidad para ello que lo perdía hasta cuando
pagaba por aprovecharlo. A cualquier
angloparlante que hable conmigo le parecerá
increíble que mis padres hayan pagado por
proveerme de semejantes facultades. Pero yo no
iba a inglés para hablarlo, sino porque era lunes,
miércoles o viernes, además de muy necesario.
¿Para qué? Para el futuro. ¿Y qué era el futuro?
Una inmensidad de tiempo por perderse que ya
llegaría, en su momento. Es decir, nunca. Una vez,
supongo que porque alguien consideró que aquel
estancamiento gramatical estaba a punto de
empezar a apestar, me propusieron ir en verano a
Irlanda. ¿A Irlanda? ¿Cómo coño me iba a ir yo a
Irlanda si me costaba mear fuera de casa sin salir
de Santander? Y, sobre todo, ¿por qué irme hasta
Irlanda a hacer algo, si podía no hacer nada sin
necesidad de salir de casa? Repito que cuento
estas miserias para que ustedes se vayan haciendo
una idea de la categoría del héroe de esta
narración: yo.
Hay gente que se pregunta dónde encuentran
la fuerza algunos seres humanos para luchar por
sus derechos y convertirse en Gandhi o Martin
Luther King, pero a mí me resulta mucho más
interesante la pregunta inversa: ¿Cuál es la fuerza
que nos retiene a la mayoría para que no nos
rebelemos contra nuestras pequeñas miserias? Se
le suele llamar conformismo o vagancia, pero yo
estoy convencido de que en mi caso es algo más
profundo. Y constante. Todos los junios me
prometía a mí mismo que el verano en que iba a
decirles a mis padres que no quería ir al pueblo
sería el siguiente. Hasta hoy. Mi tendencia a
aceptar el pueblo y su aburrimiento tenía su
momento álgido en las fiestas, donde mi forma de
disfrutar se limitaba a una palabra ya de por sí
triste: ahorro. Miraba las atracciones durante
horas e intercalaba esas miradas con periodos de
ojos cerrados en los que contaba las monedas que
llevaba en el bolsillo. Las seis, y yo delante de los
coches de choque, ahorrando. Las siete, y yo
delante de las camas elásticas, ahorrando. Las
ocho, y yo delante del pulpo, ahorrando. Para
entonces, ya llevaba ahorradas trescientas pesetas.
Ahorraba otras cien y, a las nueve, me subía en una
atracción. Llegaba a casa a las nueve y media con
cuatrocientas pesetas en el bolsillo. Y aquello,
aquello se repetía al día siguiente, al siguiente y al
siguiente. Y yo terminaba las fiestas con dinero
para todo el verano. ¿En qué me lo gastaba? ¡En
tener dinero para todo el invierno! ¿Y qué hacía
con él en invierno? Contarlo. Contarlo una y otra
vez y prometerme que de esa cifra no iba a bajar
ya nunca. Digamos que era un niño diésel.
Con los años descubrí que, aunque uno
consuma poco, el tiempo le pasa igual que a todo
el mundo. Y llegó la adolescencia. Me exigí a mí
mismo que nunca sería un adolescente como los
demás. Es decir, idiota. Debido a esta férrea
convicción, seguí comportándome como un tonto.
Cuando mis amigos empezaron a salir, salí. ¿Por
salir? No, por no dar explicaciones. Cuando
empezaron a fumar, fumé. Cuando empezaron a
beber, bebí. ¿Por emborracharme? No, porque no
hacerlo hubiera sido una forma de protesta.
¿Quiere decir esto que me había convertido en el
prototípico adolescente masa? No. Porque cuando
tocaba jugar al futbolín, miraba. Cuando tocaba
bailar, miraba. Y cuando tocaba enrollarse con las
chicas, también miraba. ¿Por qué? Porque mirar es
menos peligroso que hacer.
Sin embargo, uno no puede pretender estar
toda la vida oliendo culos sin comerse nunca un
pedo. Y así fue como me enamoré. De Loli. Era
repetidora y guapísima. Durante dos años, me
sentó mal la comida, de lo que la quería. Con Loli
había dos problemas. El primero era yo, que no
era capaz de dejar de ser yo. El segundo, mi mejor
amigo, Nacho, que también estaba enamorado de
ella. En semejante tesitura, ¿cómo iba a entrarle a
Loli? ¿Y si me decía que sí? ¿Cómo desearle a
Nacho el enorme sufrimiento de verme a mí, un
español cualquiera, un despojo, un infeliz,
ganándole la partida por tan dolorosa adolescente?
Así que hice lo más cómodo para los tres: nada.
Bueno, algo sí. Sufrí. Porque, cuando se hace tanto
el tonto, se sufre como un idiota. Desde luego,
durante esos dos años Loli cambió varias veces de
novio, de moto en la que era transportada, y hasta
un par de coches diferentes vinieron a buscarla al
instituto. Nacho y yo lo soportábamos porque
todos sus novios eran macarras. Es decir,
prohombres de una liga en la que nosotros no
podíamos competir. Así, no sentíamos la derrota.
O no tanto. A los dos años, lo de Loli se me pasó.
O al menos dejó de dolerme. Seguramente aceleró
el proceso el hecho de que nos cambiaran de clase
y que en los últimos doce meses de mi martirio por
ella sólo cosechase indiferencia.
Como quitaron la mili, me ahorré otro
sufrimiento y empecé la universidad por inercia,
que es un motivo mucho más honesto que estudiar
por huir del Ejército. Escogí la carrera con el
mismo criterio con el que aspiraba a escoger a las
mujeres: quedándome con lo mejor de entre las
sobras. La gente se empeña en creer que se es de
ciencias o de letras, pero lo cierto es que la
mayoría no somos de nada. Lo que ocurre es que a
muchos se nos dan mal las matemáticas y,
entonces, conscientes de nuestras limitaciones,
tomamos una opción decente pero más fácil, en
donde la falta de talento se pueda suplir con
capacidad de trabajo (poco, tampoco hay que
exagerar): letras puras. Con ese título de
bachillerato y sin imaginarse uno fuera de
Santander, había tres carreras posibles:
Magisterio, Historia y Derecho. Las sobras.
Escogí Derecho, porque parecía más práctico y,
me dijeron, tenía más salidas. A mí, que era
totalmente indiferente a la entrada, lo de las
salidas me pareció un argumento suficiente como
para decidirme. Cinco años después, terminé
Derecho y empecé a trabajar como comercial de
una empresa de máquinas de coser, agujas, bobinas
y carretes. El sueño de cualquier niño. Tres años
más tarde, me hicieron indefinido. Con ese
empujón hacia la estabilidad, me pareció
coherente casarme con María, a la que siempre he
querido lo normal. Es decir, bastante. Cuyo
significado equivale a: lo suficiente.
Hoy, uso la misma talla de ropa que cuando
dejé el instituto, aunque quizá sea más correcto
decir que uso, en gran parte, la misma ropa que
cuando dejé el instituto. Tengo un coche gris.
Porque ella dijo que sería más cómodo, vivo cerca
del piso de los padres de María. Llevo gafas,
aunque tengo pocas dioptrías. Y utilizo colutorio
todas las noches. En estos años, lo más osado que
he hecho ha sido ser el primero de mi familia en
comprarse un colchón viscoelástico, con
extraordinarios resultados, por cierto. Con esta
mierda de vida de provincias que he amasado
durante treinta y dos años, ¿cómo coño me explico
que ahora esté ocultando un cadáver en el maletero
del coche de mi empresa?
2
COCHES CRUISING
Mi jefe se llama Juan y heredó una mercería. Sé
que esto no empieza como el clásico relato épico
que apetece escuchar, pero esperen porque
necesitan saber ciertas cosas para comprender lo
del muerto.
Según Juan, en las mercerías ocurre como en
las peluquerías de señoras, si un hombre trabaja en
ellas, debe mimetizarse. Lo que significa que tiene
que parecer un poco divertido. Esto es, sensible.
Esto es, delicado. Esto es, amanerado. Esto es,
moderadamente homosexual. Personalmente, creo
que alguna vez debió de tomar por el culo, pero
quizá sólo por una cuestión de negocios. El caso
es que, transcurridos unos años, Juan se cansó de
pasar la mano por rasos y poner cara de
conmoverse a cada milímetro con la suavidad del
género. Estaba hasta las pelotas de decir mira qué
caída tiene este tafetán o este paño es muy sufrido.
Así que se hizo con la representación de una casa
alemana de hilos, dejó a su mujer al cargo de la
tienda, cogió el coche y empezó a vender al por
mayor. Los hilos todavía le exigían cierto grado de
homosexualidad en las formas, motivo por el cual
quiso darle un giro a su vida. Empezaría a vender
maquinaria. O eso es lo que diría, de forma
calculada e inconcreta, en los bares, porque,
aunque sonase a que le estaba vendiendo equipos
de trabajo submarino a Astilleros del Atlántico,
Juan vendía máquinas de coser. A finales de los
ochenta, afirma que comprendió que al dinero se le
atrae igual que a las clientas de mercería, que
quieren que la persona que les vende la tela de sus
vestidos y les dice este tono te va de maravilla no
sea una de ellas, pero sí alguien que se parezca a
ellas. Quieren, por tanto, a un delicado, el ojo de
un hombre con la sensibilidad de una mujer, y por
eso se fían y acuden a él. Comprendidas las
mujeres, Juan dedujo que el otro ser de naturaleza
esquiva con el hombre corriente, el dinero, se
comportaría del mismo modo. Como las clientas,
el dinero está deseando acudir, pero tiene que
fiarse. ¿Y de quién se fía el dinero? Pues de los
que son similares a él, aquellos que padecen el
síndrome de las caras de las monedas, esa gente
que, no es que mire por encima del hombro, es que
para ellos no existe nada de cuello para abajo.
Juan comprendió que un hombre que va al bar,
invita a una ronda, por confraternizar se caga un
poco en Dios y dice que vende maquinaria siempre
será un hombre, pero nunca un hombre rico.
¿Había que dejar, por tanto, de vender maquinaria?
No, bastaría con dejar de ir al bar. O, mejor dicho,
con cambiarlo. Así que sacó a su mujer de la
mercería, le puso una criada y la apuntó, junto a
sus hijos, al Club de Tenis de Santander, para que
se relacionasen. A los niños los peinó a raya y los
matriculó en un colegio del Opus. ¿Y él? Él
comenzó a donar dinero para la Obra y fue
admitido, después de untar a un par de conocidos,
en el Club de Golf de Pedreña. A partir de ese
momento, y con los números, más que rojos,
amoratados, Juan asistió a la confirmación de su
teoría: comenzó a ganar dinero a manos llenas. El
Opus le abrió las puertas a las que nunca había
encontrado el timbre, y resultó que al otro lado
siempre había un hombre con cargo que le acababa
soltando varios millones de pesetas. En el campo
de golf conoció a un tipo que tenía un amigo en el
Gobierno de Cantabria y, a cambio de alguna que
otra donación a su partido, Juan se convirtió en el
proveedor de máquinas de coser, hilos, bobinas y
agujas de una de las principales cadenas de
centros comerciales de España. Y, así,
sucesivamente. Un año después, el vendedor de
maquinaria se había convertido en el importador
Juan de Lavín, y en vez de ir a los bares a gastar
dinero, iba a las marisquerías a reunirse con
clientes y lo ganaba. Cuando le preguntaban qué
importaba, él respondía que la familia, bueno,
siempre y cuando hubiese liquidez. Después de
este chiste que, según me confesó un día, repitió
sin descanso, solía haber unas risas. Tras ellas,
Juan retomaba la pregunta y respondía que
importaba maquinaria, y que vendía en Asturias,
Cantabria, Galicia, Castilla y León y la Rioja. ¿Y
en el País Vasco?, solían preguntarle. Entonces,
Juan hacía un gesto con la mano como de apartarse
una tela de araña de la cara (un gesto que,
seguramente debido a que lo hacía con la palma
hacia afuera, recordaba mucho a sus días de la
mercería) y aclaraba que no, que en el País Vasco
no tenía negocios. Guiñaba un ojo y se señalaba un
pin con la bandera de España que llevaba en la
solapa. Sus colegas millonarios ponían
imperceptibles caras de asco cuando lo hacía,
porque para ellos el dinero estaba por encima de
la España autonómica, del Rey, de Jesucristo y
hasta de Dios. Pero Juan era un converso y
cometía estos excesos de recién llegado que sus
socios apreciaban como un exotismo.
Fue así hasta que ETA lo dejó. En ese
momento, Juan encontró la excusa política perfecta
para permitirse una ración extra de su afición
favorita: ganar dinero. Me llamó a su despacho,
me dijo que me iba a hacer indefinido y que había
decidido que yo me encargase de la expansión de
la empresa en el País Vasco. Lo dijo así, como
quien decide penetrar en el mercado asiático.
Además, me subió el sueldo y me abrazó. A los
dos meses, después de muchos kilómetros y muy
pocas ventas, Juan volvió a llamarme a su
despacho.
—¿De dónde vienes?
—De Sondika.
—¿Cómo ha ido?
—Bien. Creo que tengo a un par de clientes a
punto y he hecho muchas visitas. Así que…
—Así que mal.
—Sí.
Se me quedó mirando de arriba abajo. Era
evidente que me estaba aplicando su teoría de
ventas. Me miró los zapatos. Me miró el traje. La
camisa. La corbata. Me miró el pelo. Y dijo que
allí no estaba el problema, que fuéramos al coche.
Después de observar el vehículo durante unos
minutos, me dijo que ya sabía lo que estaba
pasando y que me fuera tranquilo, que al día
siguiente todo empezaría a arreglarse, pero que le
dejase allí el vehículo. Cuando llegué por la
mañana, vi que junto a la pegatina de la bandera de
España del maletero había pegado otra de la
ikurriña. Lo di por bueno, recogí las llaves y
empecé a marcharme.
—¿A dónde vas? —preguntó para cortar mi
fuga.
—A Lejona.
—Espera, que no he terminado —y añadió
que no podía ir por ahí con las mismas banderas
que un edificio oficial porque se me iba a ver el
plumero y porque una cosa quitaba la otra.
Despegar la bandera de España debió de parecerle
imposible sin rayar el coche, así que sacó un
pincel, un botecito de pintura morada y un secador
de pelo y le añadió el morado al rojo y al gualda.
—No sé yo si hay un sentir republicano
mayoritario en Euskal Herria —observé.
—Ya te lo digo yo: no lo hay. Pero vas desde
Santander, que allí es como decir que vas desde la
Zarzuela. Para un vasco, ser republicano y de
Santander es tan incomprensible que te hará
parecer neutral. Vamos, que sólo verán la ikurriña.
Ahora, si quieres les vendes hasta el árbol de
Guernica —concluyó mientras aplicaba calor con
el secador.
Y así fue, con ese truco de vendedor de
coches de segunda mano de un condado de
Arkansas, Juan consiguió que nuestras ventas en el
País Vasco se disparasen. Seis meses más tarde, se
quedó con la exclusividad de las principales
marcas alemanas de máquinas de coser para la
cornisa cantábrica. Yo, que por naturaleza creo
que todos los pasos que se dan en la vida son el
último, tomé por seguro que nuestra expansión se
iba a quedar ahí. Y me imaginé a mí mismo durante
los siguientes treinta y cinco años yendo y
viniendo de Santander a Bilbao, de Santander a
Vitoria y de Santander a San Sebastián. Gracias a
eso, conocería tantos pueblos y tantos restaurantes
que en verano podría hacer turismo con María sin
necesidad de ir muy lejos ni de experimentar nada
nuevo. Es decir, haría el turismo perfecto. Con
suerte, María se enamoraría de algún rincón
perdido de un pueblo por encontrar del País Vasco
y acudiríamos la primera quincena de todos los
agostos hasta que los niños que aún no tenemos se
hiciesen mayores.
Pero hace un par de semanas Juan vio en el
Telediario que tejer se estaba poniendo de moda.
No le hizo falta más. Según él, esa noticia
significaba que las solteras gordas de Madrid, ese
tipo de mujer que, dijo, vive con un gato y odia a
los hombres porque llevan toda la vida
ignorándola, se estaban comprando tricotosas de
forma masiva. Además, según todos los estudios
sociológicos que Juan necesita para tomar una
decisión comercial, es decir, ninguno, las
modernas de Madrid se estaban apuntando en
manada a talleres de costura para hacerse jerséis
de lana gruesa, bufandas y mantas de retales. El
objetivo de estas mujeres a Juan se la soplaba. Lo
único que había que conseguir de ellas era que no
se comprasen la tricotosa en el Lidl, sino que
optasen por las únicas máquinas del mercado
capaces de cumplir el objetivo último para el que
fueron creadas: que Juan ganase dinero. Más
dinero. Así que me dijo:
—Te vas a Madrid. De momento, quiero que
estés viviendo allí un mes. Tenemos que colocar
muchas tricotosas y muy deprisa, porque a estas
tías en seis meses se les olvida lo de tejer y
empiezan a hacer manualidades con tetrabriks. Y
nosotros no vendemos tetrabriks.
Resumiendo, esta mañana he llegado a
Madrid. No llevaba ni media hora perdiéndome
por la M-30, con los nervios propios de un
conductor de provincias amenazando con pasar del
estómago al intestino, cuando me han dado un
golpe. He mirado por el retrovisor y he visto a dos
calvos con pinta de ir al gimnasio en el coche de
detrás. Uno de ellos, con barba. Como es lógico,
estando en la capital del Orgullo y analizado su
aspecto, he comprendido que eran dos
homosexuales. El golpe ha sido flojo y ni me he
molestado en parar. En gran parte, debido a que no
sabía dónde hacerlo. Así que he levantado la mano
y he seguido con mi camino. Es decir, he
continuado perdiéndome por la primera
circunvalación de Madrid. A los diez minutos, los
gais han vuelto a chocar contra mí. Madrid es
como un pueblo y, la inevitable, el mundo es un
pañuelo han venido a mi cabeza. Queriendo
creerme estas frases, he pensado tontamente que
aquello era una coincidencia. Bueno, dos
coincidencias. La primera, ver en mi espejo
retrovisor a los mismos dos hombres invertidos de
la variedad oso en un intervalo de diez minutos. La
segunda, que estos dos homosexuales hayan tenido
la desgracia de chocar con el mismo coche dos
veces en tan poco tiempo; cosa que he atribuido
irracionalmente a la torpeza congénita que se les
presupone a los gais (deducción no homofóbica y
sí automática que hacemos sin querer, dado que en
la infancia acostumbran a jugar muy mal al fútbol).
He vuelto a levantar la mano y he intentado
encontrarme en medio del atasco, de las señales y
de tanto coche hijo de puta que no usa los
intermitentes.
Cinco minutos después, los gais han vuelto a
chocar conmigo. Y aquí ya era evidente, hasta para
un hombre sin ninguna intención de rellenar un
parte de seguro, que algo raro estaba pasando y
que las acometidas no eran casuales. Así que,
analizando la suavidad de los impactos y su forma
de sonreír tras producirlos, he concluido que lo de
los golpecitos por detrás en el vehículo formaría
parte de algún lenguaje encriptado con el que los
gais se van diciendo por Madrid me gustas, quiero
hacerte a ti lo mismo que le estoy haciendo a tu
coche. Mentiría si dijera que no me he sentido un
poco halagado ante su insistencia. Seguramente
por eso, en vez de mandarles a tomar por el culo
con otro por la vía rápida, he pensado cómo
podría hacerlo sin herir sus sentimientos.
Decisión: he sacado la mano por la ventanilla y he
dicho que no con el dedo. Después, me he
encogido de hombros como diciendo lo siento y he
salido de la M-30 para dejar claro que, si me
encontraba en una zona de coches cruising, era
algo meramente transitorio.
Los gais, lejos de darse por vencidos, han
salido detrás de mí por la carretera de Valencia.
Lo que ha provocado que mi percepción sobre el
asunto cambiase. De la sensación de halago, he
pasado al agobio del acoso. Se han atascado
conmigo en la incorporación y han vuelto a darme
por detrás. Primeros pinchazos de dolor en la
nuca. Primeros resoplidos de hartazgo. Han vuelto
a golpearme, esta vez, quedándose ahí, restregando
su matrícula contra mi bola de remolque, lo que se
me ha presentado como el equivalente
automovilístico a lo que en los bares se llama
arrimar la cebolleta. En un intento tonto (es decir,
en un intonto) por abstraerme, he subido la radio.
Después, he puesto la calefacción. Después, la he
quitado. Después, he avanzado unos metros.
Después, han vuelto a golpearme. Primera, otros
metros, freno y golpe. Primera, freno, golpe.
Golpe. Golpe. Avanzo, freno, golpe. Golpe, golpe
y me cago en Dios.
—¡Hijos de puta! —he gritado. Le he dado
una hostia al volante y he levantado los dedos
corazón hacia el espejo retrovisor. ¿Y qué he
visto? Los he visto a ellos, empujando y haciendo
gestos obscenos mientras tanto. Esto es, con las
manos levantadas y, lo he deducido por el
bamboleo de sus torsos, elevando la cadera en un
gesto que habrían aprendido en las saunas y
perfeccionado en pilates, o al revés.
—¡A tomar por culo! —he espetado sin dejar
de mirarlos. Todavía atascado en la incorporación,
he acelerado, dado un volantazo, pasado entre
unos cuantos bolardos y me he saltado la retención
como si el de Madrid fuese yo. De golpe, estaba
circulando a más de 150 por hora en dirección a
Valencia. ¿Y ellos? Ellos, también.
Mi cabeza ha hecho ese clic que suena un
segundo después de haber dejado de pensar; ese
clic que suena un segundo después de haber
comprendido que tienes la vida más triste de las
tres que están en juego, y que, por tanto, eres el
que menos tiene que perder en un pulso suicida.
He puesto el coche (quiero subrayar que es una
Scenic) a todo lo que da. 190. Y ellos, también. En
una recta puede correr cualquiera, así que he
empezado a fabricar curvas. He adelantado a
coches por la derecha, por la izquierda y por el
centro. Quería matarlos, que se estrellasen, y me
daba igual contra qué: un camión, un puente o mi
coche. Pero a ellos, no. Los muy hijos de puta han
esquivado todos los obstáculos. Así que he
frenado. He frenado en seco mientras me comían el
culo a 190 por hora. Han tenido que dar un
volantazo a la derecha para no empotrarse contra
mí y se han puesto a mi altura. Me han mirado con
odio y yo he respondido riéndome como un loco.
Después les he señalado y me he pasado el índice
por la yugular. Los he visto desconcertados,
perdidos y maricas. Es decir, a mi merced. Así que
los he cerrado contra la cuneta para sacarlos de la
carretera y que tuvieran una muerte dolorosa. No
ha funcionado, pero he seguido descojonándome y
gritando os voy a matar, hijos de puta. Después, he
acelerado y ellos me han seguido. Ha sido
entonces cuando he subido otro escalón en la
violencia, el que viene después del clic que te
impide pensar, el que se distingue porque
empiezas a ver la vida a ráfagas.
—Tienes que matarlos y, a ser posible, varias
veces —me ha dicho la voz interior.
—En eso estoy, pero no se dejan —he
respondido.
—Recuerda que tienes ventaja —ha afirmado
con sequedad.
—¿Qué ventaja?
—Tu ventaja.
—¿Cuál es?
—Ya lo sabes. No me obligues a decírtelo.
Aun a riesgo de debilitarme ante la pelea, he
pensado. Ellos eran dos y más fuertes. He seguido
pensando. Eran dos, más fuertes y no se
amedrentaban ante la locura. He vuelto a pensar.
Todavía eran dos y más fuertes. Además, los tenía
pegados al culo del coche, pese a los quiebros, al
tráfico y a que, aprovechando una bajada, el
cuentakilómetros estaba marcando 210. Por no
seguir pensando, he preguntado:
—¿Qué ventaja, hostias?
—Eres heterosexual —fue como si lo dijera
Fernán Gómez doblando a Gandalf; una voz entre
el cabreo y la seguridad suprema, de esas que
hacen que nos sintamos infalibles.
Ustedes, que no han vivido el momento y leen
esto desde su moral de siglo XXI, se preguntarán
qué tipo de ventaja es ésa. Les respondo: la
inconcreta. La misma que le hace saber a un
gitano, cuando se baja de la furgoneta, que le va a
meter una paliza bíblica a los dos payos que van
en un Seat Ibiza escuchando a La Oreja de Van
Gogh y han tenido a bien pitarle. Aunque los payos
sean más fuertes, más rápidos o más karatekas.
Así las cosas, con ellos detrás de mí a 200
por hora, pero curtidos en la realidad por su visita
a la cuneta, he tirado de freno de mano, he hecho
un trompo, ruedas y he saltado a un desvío. Si
quieren venir, que vengan, me he dicho. Y les he
dado esa oportunidad para salvar sus vidas. No la
han querido aprovechar, así que he seguido
acelerando. He subido hasta una rotonda y, con
otro trompo, he tomado la primera salida, una
cuesta que bajaba atravesando un descampado. Me
ha parecido un lugar suficientemente apartado
como para poder darles una paliza y me he
detenido en seco en el arcén. Ellos, detrás. Muy
cerca, a toda hostia y tirando de freno de mano.
Podría haber considerado esa habilidad en la
detención como un aviso de peligro, pero en ese
momento no he reparado.
—¿Qué hostias os pasa a vosotros, maricones
hijos de puta? —he preguntado a modo de saludo.
Se han descojonado. Yo he permanecido sin
hacer una mueca, como Clint Eastwood pensando
en Tom Berenger. Pero algo estaba empezando a
suceder desafinado. Ellos han salido del coche
serenos, moviéndose como si poseyeran unos
testículos enormes y sin muestras de tener pluma.
A mí me ha empezado a quedar grande por los
hombros mi traje gris marengo de último mono que
trabaja en la planta de caballero de El Corte
Inglés.—
Te has ido a salir de la autovía en nuestro
barrio, gilipollas —ha respondido el de la barba,
el más alto de los dos, mientras se apoyaba en el
morro de su coche, a un metro escaso del culo de
mi Scenic. El otro, más bajo, aunque fuerte y con
cara de mala hostia, ha permanecido junto a la
puerta del copiloto. Su puerta.
He mirado alrededor y no he entendido nada.
¿Su barrio? Eso era el centro de ninguna parte, un
descampado amarillo en donde había más
plásticos que arbustos. Lo único que se veía era un
polígono industrial que entonces tenía lejos y que
después tuve más cerca. Por mucho que yo ignore
sobre los conceptos urbanísticos de la Comunidad
de Madrid, ése no podía ser el barrio de nadie. Me
he dicho que intentaban despistarme, que nada
había cambiado: eran dos gais y yo tenía un
subidón de adrenalina que me situaba por encima
de cualquier músculo de gimnasio. Entonces he
mirado la cuneta y he visto el bordillo. He
recordado la escena de American History X,
cuando Edward Norton le pisa la cabeza a un
negro obligándolo a morder el bordillo y se la
abre. Me he visto a mí mismo haciéndole eso al
primero y destrozándole la cara al segundo
cerrándole la puerta del coche en la cabeza hasta
hacer ensalada con ella. Entonces, el de la barba
se ha quitado la cazadora y me ha dejado unos
segundos para que apreciase sus brazos, que, para
que se hagan una idea, me han parecido una
hipérbole anatómica con tatuajes. Después, ha
sonreído. El otro se ha ido al maletero y lo ha
abierto, pero sin sacar nada. He vuelto a pensar en
la película. En Edward Norton, rapado y
musculoso. Y en sus tatuajes. Tatuajes que, ahora
podía ver, el barbudo también llevaba. Tatuajes
que eran muy parecidos. Qué cojones, eran
prácticamente iguales. Y ha llegado el fogonazo de
lucidez: ¿Y si no son maricas y son ultras? En ese
momento he dejado de ser el gitano y me he
transformado en el gilipollas que va escuchando a
todo trapo a La Oreja de Van Gogh.
—Vamos a hablar de las mierdas que llevas
aquí pegadas —el de la barba, y sus 120 kilos de
puro músculo, hueso y diminutas partículas
cerebrales, ha señalado las banderas de mi
monovolumen levantando la bota del pie derecho.
Después, la ha bajado y se ha sentado en su capó,
con las piernas separadas, como si me hubiera
leído el pensamiento y estuviera diciendo aquí
tendrías polla para rato si yo fuese gay, pero
resulta que soy un puto skin. He de decir que,
llegados a este punto, un panorama con pollas, se
acercasen por donde se acercasen, me estaba
pareciendo Disneylandia comparado con lo que se
me venía encima. Por si acaso yo no había sido
aún capaz de leer el futuro, el rapado del maletero
ha lanzado un puño americano que el barbudo ha
cogido al aire y comenzado a ponerse. Ha
escupido sobre las banderas de mi coche, estirado
los dedos, cerrado el puño y me lo ha enseñado
para que pudiera deslumbrarme con el brillo del
metal debajo de sus nudillos.
—¿Qué eres, republicano o de la ETA?
—No, no, no… Ésa, en realidad, es la
bandera de España —según he empezado a
balbucearlo me he dado cuenta de que la
explicación iba a resultar demasiado larga y de
que yo no iba a ser capaz de mantener la tensión
narrativa hasta el final. Menos, con una historia
que empieza diciendo: Mi jefe se llama Juan y
heredó una mercería.
—Así que eso que llevas ahí es la bandera de
España… Amigo, te vamos a poner cojonudo.
Entonces, en un alarde de valentía, he saltado.
He saltado como un tigre. Como una pantera. Un
visto y no visto. Simplemente, y sin pensar, he
saltado. No les ha dado tiempo a mover un
músculo. Como un ninja, he saltado. Sin pensar en
las consecuencias, he saltado. Salvajemente, sin
pasado, sin futuro. He saltado en infinitivo. Y el
salto ha sido magnífico. He apreciado cada
diminuto pedazo de segundo que he permanecido
en el aire. He visto la parábola. Me he
contemplado desde fuera: ingrávido, ágil, veloz.
En definitiva, supremo. Y hasta ahí la heroicidad,
porque al caer me he dado cuenta de que había
saltado al interior de mi coche. Cuando he
empezado a ser consciente, ya había metido la
llave, estaba arrancando y acelerando a fondo.
Ahora bien, y aquí empieza lo lamentable, no me
he percatado de que tenía metida la marcha atrás.
El de la barba ha gritado como un becerro.
Acababa de hacer un sándwich con él entre los dos
coches. Atrapado de rodillas para abajo, ha
maldecido, llorado y movido los brazos. En un
gesto idiota por mi parte, he abierto un poco la
puerta y he dicho lo siento. El rapado del maletero
ya corría con un bate, seguramente con muy pocas
intenciones de dirimir cuánto sentía yo lo ocurrido.
Así que, esta vez sí, he metido primera y he salido
de allí a toda hostia.
Cuando he conseguido centrar el coche en la
carretera, cosa que se ha producido después de
unos cuantos bandazos, he mirado por el
retrovisor, por comprobar si el de la barba al
menos podía mantenerse en pie. Ni rastro. Sólo he
visto a su compañero entrar y salir del coche
gritando algo que no he podido oír porque tenía
puesta a todo trapo Radio Nacional de España.
¿Cómo habrá conseguido meterlo en el coche tan
deprisa?, me he preguntado. ¿Estarán estos tipos
entrenados en primeros auxilios militares?, me he
preguntado. ¿Cómo es posible que un fascista
musculoso pero pequeño haya metido en el coche a
semejante mastodonte en menos de diez segundos?,
me he preguntado. ¿Por qué el de la barba no le da
las llaves y empiezan a perseguirme?, me he
preguntado. ¿Será que el enano no sabe conducir?,
me he preguntado. ¿A qué taller voy a llevar yo
ahora el coche?, me he preguntado. ¿Qué coño es
eso que suena?, me he preguntado. ¿Se me habrá
desprendido el parachoques?, me he preguntado.
Y, entonces, a más de cien kilómetros por hora por
esa carretera estrecha y mal asfaltada, he dejado
de preguntarme cosas y se me ha hecho evidente
que llevaba al barbudo colgando. Como deferencia
hacia él, he reducido la velocidad. Por curiosidad,
he apagado la radio. El ruido ha ganado nitidez y,
lamentablemente, plasticidad. Unos metros más
adelante, he parado.
Para los que se estén poniendo en lo peor, les
tranquilizo: el coche estaba sorprendentemente
bien. Limpio, incluso. En contra de lo que yo me
había prefigurado, el calvo no se había empotrado
entre los parachoques. Y tampoco habían sido las
matrículas las que lo habían enganchado. Ha sido
la bola del remolque. Se le ha incrustado en la
espinilla. Como mi marcha atrás ha sido, digamos
que, intensa, el acero ha perforado el hueso y se ha
quedado alojado entre tibia, peroné y gemelo. Un
gemelo hipertrofiado, por otra parte. Quizá debido
a esa gran masa muscular, quizá al azar o a una
extraordinaria calcificación de la extremidad del
sujeto, la bola no ha salido de la pierna cuando he
metido primera y he acelerado. Lo que, deduzco,
ha provocado que el rapado cayera violentamente
al suelo, quiero pensar que desnucándose en ese
mismo momento (albergo dudas debido a lo
desolladas que presenta las palmas de las manos,
cosa que indica un desesperado combate contra el
destino). Los tirones, que imagino típicos de
semejante desplazamiento, lejos de liberar al
hombre de la bola de enganche han provocado que
ésta se introdujese aún más en su cuerpo. Como un
garfio. Hay que añadir que el cráneo del individuo
ha sufrido un deterioro asombroso, puede que
debido a que ésta fuera la parte del cuerpo que
menos había entrenado, o puede que como
consecuencia de un asfalto demasiado abrasivo.
Tanto que, en el kilómetro largo que lo he tenido
por el suelo, la parte posterior ha desaparecido.
Vamos, que no queda nada de orejas para atrás.
Como seguro que ustedes están deseando
regresar al asunto principal de esta narración, yo,
les ahorraré detalles. Baste decir que no había
manera de sacar al calvo de la bola, que he tirado
del pie en todas las direcciones posibles, que he
hecho palanca, que he golpeado la espinilla con
una piedra y que a fuerza de tirarle del tobillo me
he quedado con su bota militar en la mano. Repito:
bota militar, de las que tienen caña. Ha salido con
tanta fuerza que hasta se le ha quedado dentro el
calcetín. Entonces, me ha sonado el móvil. Era
María. He tirado la bota.
—Cariño, ¿has llegado bien?
—Hola, amor. Sí, perfectamente. Pero te
dejo, que estoy en un atasco y no me funciona el
manos libres.
Desde luego que estaba en un atasco. He
vuelto a tirar del pie. Esta vez, empleando una
técnica que todavía no había exprimido: la
desesperación. Después de aplicarla hasta
quedarme exhausto, he aceptado que el calvo es
más fuerte que yo incluso estando muerto. Le he
dado una patada en lo que le queda de cabeza para
dejarle las cosas claras y he vuelto a tirar del pie.
Tanto, que me he caído de culo. Y ha regresado la
voz interior.
—Si te fijas, el ser humano tiene la misma
naturaleza que los aparatos de ingeniería japonesa:
somos fáciles de romper, pero difíciles de
desmontar.
—¿Qué?
—Que somos como las radios de Sony,
fáciles de…
—¡Eso lo he entendido, gilipollas! ¿Pero
crees que es el momento de salir con frases
rimbombantes?
—Alguien tiene que pensar algo de provecho,
y viendo cómo estás manejando el asunto del pie,
está claro que no vas a ser tú.
Me ha tocado el orgullo. Y, como siempre que
algo me toca el orgullo, he abandonado las vías
racionales. En un comportamiento absurdo, y
profundamente humano, después de haber tirado
del pie para separarlo del cuerpo, he decidido
tirar del cuerpo para separarlo del pie. Les
recuerdo que el cuerpo pesa más de 100 kilos y
que el pie rondará los novecientos gramos.
Argumentaré en mi defensa que en ese momento
me encontraba bajo la influencia de una gran
cantidad de estrés.
Me he puesto en cuclillas a la cabeza del
cadáver, lo he cogido por los sobacos y he tirado.
He tirado hasta que me he notado puntitos
brotándome en las mejillas, como cuando estamos
estreñidos, lo convertimos en una cuestión
personal y nos obstinamos en empujar en vez de
recurrir a la química. En ese momento, he
recordado a la madre de la leyenda urbana, la que
dicen que multiplicó su fuerza y fue capaz de
levantar un coche para sacar a su hijo de debajo
porque le iba la vida en ello, y he concluido: Si
esa madre lo hizo, yo también puedo. Así que he
apretado los dientes y he seguido tirando. He
sentido que sólo un esfuerzo sobrehumano tendría
recompensa, no puedo explicar por qué, pero es lo
que he sentido. He seguido. Me he mareado, pero
he seguido. Me han temblado las piernas, pero he
seguido. Lo tenía levantado. Su cuello, contra mi
pecho. Su espalda, en mi barriga. Mis manos, en
sus sobacos. Él, desollado y goteando sangre,
cayéndosele los intestinos por donde tendrían que
estar las lumbares. Yo, temblando en cuclillas,
sudando y con el traje pegado a las piernas,
empapado de líquidos de muerto. Entonces, he
gritado, me he encogido un segundo y he tirado
hacia atrás todo lo violentamente que he podido.
Milagro, la pierna se ha roto y el muerto me ha
caído encima.
—¡Pero qué hace, oiga, pero qué hace!
Sí, mierda. Eso mismo he dicho yo. Aquello
no era que te pillasen con las manos en la masa,
era estar metido dentro de la masa y tener harina
hasta por dentro del prepucio. No sin las
dificultades propias que conlleva estar debajo de
un muerto enorme que gotea, he girado la cabeza y
he podido mirar en dirección a los gritos. Eran dos
ciclistas que venían siguiendo el rastro de sangre
por la carretera.
Sí, mierda. Eso mismo he dicho yo.
—¡Oiga, oiga! ¿Qué pasa ahí? ¡Oiga, oiga!
Ésas eran las palabras, pero, en realidad, lo
que me estaban diciendo era: Nos estamos
acercando y por la sangre estamos convencidos de
que hay un muerto. Preferiríamos darnos media
vuelta y salir corriendo, pero, lamentablemente
para todos, somos dos, hombres, ambos, hemos
salido a hacer deporte y eso nos envalentona. Así
que, dadas las circunstancias, el uno quedaría
como un cobarde delante del otro, y el otro como
un cobarde delante del uno, si saliésemos
despavoridos en dirección contraria al premio
gordo, que, le comunicamos, es usted. Dicho lo
cual, y como no pretendemos que nos mate, pero
tampoco queremos perdernos la ocasión de
convertirnos en héroes y darle testimonio a la
policía, a nuestras novias y quién sabe si también a
algún programa de televisión de esos de por las
tardes, nos vamos a acercar lo justo para que
quede claro que no rehuimos nuestras
responsabilidades de ciudadanos comprometidos
con la justicia. Ahora bien, si, dada su naturaleza
asesina, se levanta de ahí y nos amenaza con un
arma, nuestra honra quedaría a salvo y saldríamos
por piernas sin ocasionarle más tribulaciones.
Todo esto me han dicho con sus oiga, oiga,
qué pasa ahí, oiga. Y yo, como lo he entendido
asombrosamente rápido, no he sucumbido a la
tentación de quedarme haciéndome el dormido
debajo del muerto y fingir despertarme al rato
gritando socorro. Entonces, ¿qué he hecho?
Solucionar el primer problema, que era el coche.
Me he levantado y he abierto el maletero. Así no
podrían ver la matrícula ni las puñeteras banderas.
Puede que descubriesen que era una Renault
Scenic, pero ¿cuál? Dadas las circunstancias, he
sentido que había salvado con nota la primera
contingencia. ¿Cuál era la segunda? Yo. Si me
veían la cara, se jodió. Harían un retrato robot y,
entre el coche y el dibujo, me encontrarían. He
tardado menos de un segundo en tapármela con las
manos. Con las dos, como una folclórica que sale
del juzgado. Pero ¿era esa la actitud propia de un
asesino que pretende poner a sus posibles
delatores en fuga? Obviamente, no. Sin embargo,
han sido las manos las que me han dado la idea. Al
taparme, he recordado que tenía la cara llena de
sangre. He mirado hacia abajo y he visto que el
traje también estaba empapado, además de
rebozado de una mezcla de lo que parecían heces,
pedazos de carne y piedras de la carretera. Para
completar, y esto ha sido lo que ha terminado de
convencerme, parte de los intestinos del rapado se
me habían enganchado entre el cinturón y el
pantalón y pendían de mi tripa con un bamboleo
muy lento. Así las cosas, y sin armas, cómo darles
miedo a los ciclistas se ha convertido en algo
obvio. Me he tirado al muerto, le he dado la vuelta y
he metido la cabeza en lo que le quedaba de tripas.
Los oiga, oiga, qué hace se han acercado, pero la
voz ya no ha sonado tan fuerte ni tan segura. Me he
cubierto la cara de vísceras y me he levantado con
torpeza, como si no coordinase. Extendiendo las
manos hacia ellos, he gruñido:
—Agg, agg, agg, agg, agg, agg,
aaaaaaaaaaaaaaagggg.
Se han detenido. He dado un paso. Dos. He
seguido haciendo el ruido.
—Es un zombi, tú. Es un zombi. Tú. Tú. Tú.
¡Tú!
Tú no ha contestado. Por un momento, he
temido que entrasen en bucle y que aquello
terminase en un colapso con dos desmayos. Pero
me han demostrado que los vivos tienen un instinto
de supervivencia infinitamente superior al de los
muertos. Se han recompuesto, se han dado la
vuelta y se han ido.
Llegados a este punto, me he quitado las
vísceras y he resoplado con alivio. Estaba
impresionado conmigo mismo, deseando contarle a
alguien que, justo después de matar a un neonazi, o
lo que sea, y quedar sepultado debajo de su
cuerpo, se me ha ocurrido hacerme pasar por
zombi para espantar a dos potenciales testigos que
me habrían jodido la vida en un juicio. ¡Es
brillante! Tan brillante, que no puede ser cosa mía.
Tan brillante, que algo ha tenido que salir mal.
Recapacito. Visualizo lo que ha pasado hace unos
segundos. Los dos tipos y las bicicletas. Las
bicicletas y los dos tipos. Y viene la pregunta: ¿No
era una cámara de vídeo eso que llevaba el
ciclista llamado Tú atornillado al manillar?
Sí, mierda. Eso mismo he dicho yo.
3
PASAPALABRA
Ustedes, a quienes probablemente les esté
extrañando que después de matar a un hombre me
haya puesto a escribir, se estarán preguntando:
Después de cometer un crimen, ¿qué hay que
hacer? Tiempo. A lo mejor no es lo que esperaban
leer, pero yo les aconsejo que hagan tiempo. Y
para eso escribir es una buena idea.
Obviamente, antes de hacer tiempo con la
libreta, el boli y estas páginas, he guardado el
cadáver en el maletero y he trazado un plan de
fuga. Dicho así, suena a Houdini, pero ha
consistido en buscar en Google Maps un
descampado en una zona poco transitada de la otra
punta de Madrid y salir para allá corriendo. Por
azar, y por lo desangelados que me han parecido
los alrededores en la vista de satélite, he escogido
Boadilla del Monte. Después, he extendido el
quitasol sobre mi asiento para no manchar la
tapicería y me he lanzado a la carretera. Quizá
debería haber recapacitado un poco más, a fin de
cuentas he conducido más de media hora
empapado en sangre, a plena luz del día y por
carreteras transitadas. Pero, supongo que debido a
eso que dicen de que en Madrid nadie se fija en
nadie, he pasado inadvertido. A las afueras de
Boadilla, oculto entre unos matorrales, me he
quitado el traje, lo he metido en una bolsa de
basura que he guardado junto al muerto y, así, en
pelotas, he gastado un paquete entero de toallitas
húmedas en quitarme la sangre del cuerpo. Antes
de que deduzcan que mi personalidad es más triste
de lo que en realidad es, les aclaro que lo de
viajar con toallitas es cosa de María. Me las mete
siempre en el equipaje con la intención,
verbalizada, de que algún día me limpie el culo
con ellas. Cosa que no hago porque me da frío
(objeción también verbalizada). Sin embargo, y
aquí viene la parte buena de no protestar nunca por
nada, después de dos años de asistir con
indiferencia a la aparición del paquete de Dodot
en mi maleta, hoy, las toallitas me han salvado,
precisamente, el culo. Y son estas pequeñas
seguridades que lo rescatan a uno del caos las que
me hacen pensar que el matrimonio te hace la vida,
aunque más lenta, más confortable.
Cuando he terminado, eran las doce y media
de la mañana. Y a mí, quizá por mi naturaleza
impresionable, no me apetecía ponerme a vender
tricotosas. He recordado que a la mayoría de los
asesinos los atrapan por errores que cometen en
las primeras horas, y que eso se debe a que tienden
a comportarse de forma errática. Así que he
decidido no precipitarme. Si no puedes resolver
un problema, aplázalo. Al fin y al cabo, ¿dónde
correría yo más peligro, enterrando al skin en el
bosque y llenándome otra vez de mierda, o sentado
en la cafetería de un centro comercial con el coche
oculto en el parking? ¿Y después? Después había
decidido irme a descansar, porque cuando no se
descansa se cometen errores. Así que he pedido un
café y un pepito de chocolate, y me he puesto a
escribir esperando a que llegasen las siete de la
tarde para ir al hotel a la hora en que los
comerciales que no matan a neonazis en horas de
trabajo van al hotel.
Aun manteniendo esta calma aparente, no he
podido dejar de hacerme preguntas. Y he
reaccionado como reacciona todo el mundo:
buscando en Google. ¿El qué? Formas de
deshacerse de un cadáver.
Lo que los foros de internet nos demuestran
es que somos vulgares. Por muy rara que creamos
que ha sido nuestra experiencia, ya la ha vivido
otro antes. Y ese otro lo ha publicado en una web.
En Yahoo Answers hay varios hilos sobre el tema.
Supongo que debido a la influencia del cine
(porque esta técnica es la más espectacular), la
corriente mayoritaria es el descuartizamiento. Lo
que, personalmente, me parece una cagada de
primer orden y la evidencia de que en un foro
escribe cualquiera, y no el que tiene algo que
aportar en el asunto. Porque, si tu problema es que
alguien pueda encontrar un cuerpo, por qué motivo
vas a querer tú trocear ese cuerpo, multiplicando
las posibilidades de que ese alguien, u otro
alguien, u otro alguien, encuentre una parte.
Además, no hace falta ser un genio para suponer
que descuartizar mancha. Y cualquiera que haya
visto CSI sabe que las pruebas más habituales por
las que se condena a los asesinos son las manchas.
Así que, siguiente consejo.
Llegamos al ácido. Disolver el cuerpo. Los
foreros mexicanos (a un mexicano siempre se le
hace más caso que a cualquier otro en estos
asuntos) citan mucho al Pozolero, que es un tipo al
que los narcos le llevaban muertos para que los
deshiciera. Su receta consistía en sumergir los
cadáveres en bidones de 200 litros repletos de
sosa cáustica. Allí, mediante procesos químicos
que no vienen al caso, se cocinaban en su propia
efervescencia durante 24 horas. Al final, quedaba
una especie de gelatina. Pero yo no tengo sosa
cáustica, ni por la puerta de la habitación del hotel
me va a caber un bidón de 200 litros, ni, tampoco,
estoy dotado del estómago del Pozolero. Al que,
por cierto, después de 300 gelatinas, acabaron
pillando.
La siguiente técnica en la lista de
recomendaciones es echárselo a los cerdos. Suena
fácil, pero las informaciones son confusas.
Algunos sostienen que en nueve minutos una piara
se come a un hombre de 90 kilos sin dejar rastro.
Otros, que primero hay que quitarle el pelo y los
dientes al muerto, porque, por lo visto, eso los
cerdos no lo digieren. El tercer grupo de teóricos
afirma que lo de los cerdos es un mito, que (como
hacemos nosotros con el jamón) se comen la carne
pero dejan el hueso. Por si estas dudas fueran
pocas, ¿de dónde coño voy a sacar yo una piara de
cerdos hambrienta, sin vigilar y que me pueda
quedar observando para ver qué pasa con los
huesos, los dientes y el pelo? Pues eso, que el
cadáver, a falta de mejores soluciones, no está tan
mal en el maletero de la Scenic.
A las siete he llegado al hotel. A las siete y
media he salido de la ducha. Y a las ocho iba a ver
Pasapalabra. Pero Juan, mi jefe, me ha llamado
por teléfono.
—¿Qué tal por los madriles?
—Bien.
—¿Qué ha pasado?
—Nada, todo bien.
—Algo sí ha pasado, ¿no?
—He hecho unas cuantas visitas, pero no he
cerrado nada.
—¿No te han dado un golpe en el coche?
—¿Cuál? —los de Santander, en vez
preguntar qué, preguntamos cuál.
—Esta mañana, por detrás.
—Ah. Ah. Eso. Eh. Sí. Eh. Ah. Sí. Eh.
—Que me ha llamado el señor. Dice que te
dio, pero que te marchaste. El hombre se quedó
con la matrícula porque le pareció que te había
arañado la defensa, y le ha preguntado a un amigo
suyo policía de quién era el coche.
—Ah.
—Qué gente tan maja hay en Madrid,
¿verdad?
—¿Cuál?
—Nada…, que te pares la próxima vez. Si no
es por este santo varón…
—Que no me hizo nada.
—Bueno. El caso es que me ha pedido tu
número para darte los datos del seguro, por si ves
algún rozón o algo. Pero, como no me lo sé de
memoria, le he dicho que te llame al hotel, que
llegarías sobre estas horas.
—¿Le has dicho el hotel en el que estoy…
yo… ahora… mismo? ¿Y de eso…? ¿De eso cuánto
hace, Juan?
—Joder, Daniel, pues hará media hora, tres
cuartos…, algo más.
—¿Y qué era, un tío el que ha llamado?
—Un señor, sí. Dice que iba de copiloto,
pero que el coche es suyo. De hecho, te vio,
porque te ha descrito perfectamente. Bueno, ¿qué
tal vamos con las máquinas?
—… maquinándolas…, Juan.
—Qué cachondo. No te relajes, eh. Un
abrazo, Daniel.
—Otro.
Y así se me ha jodido a mí lo de ver
Pasapalabra.
4
EL GRUPO
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