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Libro PDF El crucigrama de Jacob – A. L. Martin

El crucigrama de Jacob – A. L. Martin

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se adentraba en la pequeña callejuela de la judería. Benavides levantó los brazos en alto para que ni el ruido de un respiro los delatara. Gobernar por su cuenta a la
comunidad judía estaba prohibido y aquella reunión podía costarles la vida.
El caballo se detuvo frente a la sala y el jinete desmontó despacio. Golpeó repetidas veces la puerta con el puño y esperó. Todos se miraron y contuvieron el
aliento. Nadie movió un músculo y la llamada se repitió de manera más insistente. Pareciera que iba a echar la puerta abajo. Benavides se acercó a la entrada.
—¿¡Quién llama!? —preguntó con tono exigente.
—Un mensajero —respondió un susurro al otro lado.
Benavides tomó una vara y entreabrió lentamente la puerta. Ante él apareció un joven muchachillo de mirada noble que le extendía un pergamino enrollado.
Benavides soltó la vara y cogió el documento. Observó el sello de cera que lo cerraba. Tenía dos iniciales grabadas: B. Y.
—Debo partir de inmediato —dijo el muchacho sin intención de explicar nada sobre el remitente.
Tras lo cual, levantó la mano como despedida y subió con una zancada ágil a su caballo.
Benavides le observó alejarse callejuela abajo y volvió a entrar en la sala. Ningún cristiano, aparte de aquel muchacho, se había atrevido a entrar en la judería desde
hacía años, a pesar de sus lindes cercanos a la plaza de la catedral. Se encontró con la mirada atónita del resto de los sabios clavada en el pergamino que sostenía en la
mano. Lo posó en la mesa y el bucle rodó con parsimonia en un vaivén de idas y venidas.
—¿Para quién es? —preguntó Abravanel urgiéndole a abrirlo.
Del Consejo de los Siete, Abravanel era la persona de confianza de Benavides. El sabio tomó asiento ignorando la impaciencia del tono y desenrolló el pergamino.
«Libros proféticos, Abdías, versículo 20», leyó para sí.
Se quedó pensativo, como si hubiera entrado en trance. Se rascó la barbilla y se levantó hacia las estanterías. Movió la primera fila de libros y, tras ellos, aparecieron
los rollos de la Torá. A su lado y aún más escondidas, había una copia del Corán y otra de la Biblia. Tomó esta última y la abrió por los libros proféticos. Abdías estaba
entre ellos. Utilizó el dedo índice como guía entre versículos hasta que lo paró en seco en uno de los párrafos. Abdías, versículo 20. Era una profecía. La leyó en silencio
y se refregó los ojos.
—Para todos —contestó con gravedad. Cerró la Biblia de golpe y la repitió en alto—. «… los deportados de Jerusalén están en Sefarad y acabarán en las ciudades
del Negueb».
Dicho lo cual, se dejó caer abatido sobre una de las sillas cercanas.
Los sabios se miraron atónitos ante tal profecía.
—¡Ninguno de nosotros se irá de Sefarad! —clamó Gabriel, el médico.
—No voluntariamente —los cortó Benavides tajante—. Alguien nos ha hecho llegar un mensaje a través de un versículo que profetiza nuestro exilio. Es, claramente,
un aviso.
—¡No podemos confiar en un mensaje de tal gravedad cuando ni siquiera sabemos quién nos lo ha hecho llegar! —insistió Gabriel, enfrentándose al sabio.
Benavides volvió a mirar las iniciales del sello y paseó masajeándose las sienes, como si un gran dolor de cabeza le hubiera llegado de repente. Estaba convencido de
que nadie enviaría algo así de no ser información certera, pero no acababa de descifrar el misterioso remitente que se ocultaba tras las letras B. Y.
—Si las Escrituras hablan de un éxodo de la tierra de Sefarad, la profecía se cumplirá —irrumpió Abravanel, apoyando al sabio—. Debemos avisar a la gente.
Benavides levantó la mano cortando la propuesta.
—Si lo hacemos, cundirá el pánico de inmediato y en una huida desorganizada todos moriremos —le rebatió sacando el índice amenazador.
Se sentó con la lentitud que marcaba su cansancio y se mesó el pelo. Tenía que pensar con rapidez. Las circunstancias lo exigían. Los iban a expulsar con una
persecución sin precedentes y no sabían cuándo ocurriría. Quizás llegase en tan solo semanas o quizás tuvieran aún algunos meses. Imposible de saber, así que lo más
prudente era ponerse en acción de inmediato. Suspiró con anhelo, miró a todos con firmeza y volvió a pasear con las manos atrás, bordeando la medialuna de asientos.
—No hay más que leer en el día a día que se acerca el momento y ya no queda mucho tiempo —dijo con un pronunciado acento de discurso—. El hecho
concluyente que aquí se trata está escrito donde todo lo está. —Hizo una pausa solemne y terminó con tono de sentencia—. Una nueva diáspora está anunciada en las
Escrituras y, por tanto, tendrá lugar.
Drásticamente, la sala rompió en murmullos como si fueran cientos.
—Los conflictos estallan por nada y la tensión se respira en cada esquina de la ciudad —los interrumpió bajando las palmas de las manos para que cesaran de hablar
—. La carta está en lo cierto.
—¡El peligro es inminente! —lanzó Abravanel en su apoyo—. ¿Es que no sabéis leer entre líneas? ¡No sabéis escuchar los silencios de la gente! Son mucho más
preocupantes que los improperios que puedan soltar.
—Debemos organizarlo todo sin más demora para anticiparnos a los hechos. Hay que poner a salvo a nuestra pequeña comunidad.
Todos los presentes asintieron. A nadie le parecía que su argumentación estuviera abierta al debate, así que guardaron silencio. Benavides tomó varios pliegos de
papel y se sentó en una de las mesas centrales. Tenía que pensar un plan con rapidez. Volvió a mirar las estanterías donde guardaba las Sagradas Escrituras y recordó
uno de sus versículos favoritos. Era de Isaías y decía: «Mirar, miraréis, pero no veréis». Volvió a repetirse esta frase y tuvo una idea brillante. Les indicó que se
acercaran y todos le rodearon de manera ordenada.
Abravanel se colocó enfrente mostrando una expresión tranquila. Benavides siempre sabía lo que hacía. De entre los siete dirigentes eruditos que regían la judería, se
le respetaba como a la máxima autoridad. Un hombre templado en sus formas y cabal en su manera de pensar.
—¿Tienes alguna idea? —preguntó Abravanel dibujando una fina línea con los ojos.
—Tengo un plan —afirmó con serenidad.
Benavides sabía que le seguirían en sus decisiones y eso le transmitía una gran responsabilidad. Con el pulso tembloroso, comenzó a dibujar un plano que trazaba un
camino. Era una estrategia de huida al detalle.
—¿Me seguís? —preguntó señalando las ciudades principales.
—Nos situamos —respondió Gabriel escéptico—, pero tu plan no dará resultado. Nos seguirán. No tardarán más que un par de días en alcanzarnos. El que
sobreviva a la hoguera pasará el resto de su vida en la prisión, donde también morirá.
Benavides le sonrió tranquilo. En eso también había pensado. Tomó otro pliego y, volviendo a llenarlo de trazos, pasó a relatarles cómo evitarían el final devastador
que el médico pronosticaba. Isaías era la clave. Era una estrategia en toda regla y todo, hasta el más mínimo detalle, estaría minuciosamente planeado.
—Necesitaremos la ayuda de algunos muchachos —añadió, interrumpiendo el esquema que dibujaba—, pero debo advertiros que correrán un gran peligro.
Se hizo un silencio repentino.
—Presento a mi hijo Aviraz como voluntario —prosiguió Benavides, ignorando la tensión de los sabios—. Es valiente y está preparado para asumir riesgos.
Necesitará a alguien que le ayude —añadió, recorriendo a todos con la vista.
Abravanel levantó la mano.
—Mi hijo Isaac —dijo con la voz algo temblorosa.
No estaba seguro de que su mujer compartiera aquel gesto de generosidad. Benavides le sonrió como agradecimiento y continuó su explicación.
—Ellos son jóvenes y tienen las fuerzas necesarias para reunir todo lo que necesitamos.
—E imprudentes —replicó otro de los sabios.
—Cierto —contestó Benavides mesándose el pelo—. No podremos contárselo. Despiezaremos el plan y a cada uno de ellos le daremos una parte que no tendrá
sentido sin la otra.
Asintieron todos conformes.
—Acordado, entonces —finalizó Benavides—. Los dos muchachos serán la clave para salvarnos.
Repartieron las tareas que se requerían, a la vez que trataban de asimilar con talante la voluntad del sabio. A Benavides le había sido imposible trazar un plan que no
perjudicase a nadie. Él caería en el camino para salvar a los demás. Antes de concluir la reunión, dejaron escritas las notas que darían a Aviraz e Isaac por separado.
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3
Isaac y Aviraz volvían a la ciudad tras pasar el día recogiendo ortigas. Se las había pedido Gabriel. Llevaba días sintiendo un cansancio anómalo.
—Tengo un desequilibrio interno que me provoca fatiga. Es debido a que me falta alguna sustancia en la alimentación y esto me ocasiona «el desequilibrio del
cansancio».
—Las ortigas causan urticaria —le había rebatido Aviraz con gesto de dolor.
Gabriel había soltado una sonora carcajada. Quizás Aviraz pensaba que pasándolas por la piel uno siente tanto resquemor que se olvida del agotamiento.
—Cierto —le había corroborado—, pero no cocidas. Se echan en la sopa de cebolla, sueltan las propiedades que tienen y, tras tomarla unos días de manera
continuada, se vuelve uno a encontrar con las fuerzas de siempre.
Isaac y Aviraz se habían quedado impresionados con los conocimientos del médico. Gabriel siempre conseguía en ellos ese efecto.
Los muchachos alcanzaron la muralla y se detuvieron con cara de estupor. Sobre la ciudad había una nube de humo negro. Aviraz se tocó las patillas con gesto
nervioso.
—Tengo un mal presentimiento —dijo, a la vez que apuró el paso para volver a la judería.
Isaac le siguió con las ortigas al ritmo que marcaba y bordearon el mercado de la parte alta hasta llegar a la plaza de la catedral. Allí, aún humeaban los restos de la
pira y varios hombres retiraban los maderos que no se habían quemado. Los chicos contemplaron la estampa con horror.
—Vámonos —urgió Isaac tirando del brazo de Aviraz.
Ambos dieron pasos lentos hacia atrás, como quien no quiere ser visto y sospecha que cualquier movimiento brusco puede delatar su presencia.
—¡Me gusta tu camisa! —les gritó una voz tras ellos.
Aviraz se giró despacio, compartiendo una mirada atónita con Isaac. Observó al grupo de chicos cristianos que los rodeaban con provocación y luego la prenda que
llevaba puesta. Se la daría para evitarse problemas. Isaac leyó su mente y negó con la cabeza.
—Ni de broma —recalcó.
Isaac siempre había tenido claro el concepto de dignidad. Era el amigo del alma de Aviraz y no permitiría que nadie abusase de él de esa manera. Dejó el saco de
ortigas en el suelo, dio un paso al frente y se interpuso entre Aviraz y «dame tu camisa».
—Ni de broma —repitió mirándole a los ojos como un felino preparado para atacar.
Tensó los músculos de los brazos, se remangó mostrando los puños y apretó la mandíbula. Estaba delgado, pero tenía más fuerza de lo normal. Los otros chicos
reaccionaron de forma idéntica, así que, en el segundo siguiente, Isaac se abalanzó sobre el interfecto propinándole un puñetazo que le dejó sin sentido. El resto del
grupo atacó sin piedad y ambos reaccionaron con golpes de todo tipo.
—¡Los codos! —le gritaba Isaac a su amigo.
Los codos eran un arma en sí en el cuerpo a cuerpo. Tenían que ser hábiles. Eran cinco contra dos, a pesar de que uno ya estuviera inconsciente en el suelo. Isaac
asestó al que tenía enfrente un golpe certero en la boca del estómago y lo dejó fuera de combate. El chaval se dobló automáticamente sin respiración y se puso a toser de
forma descontrolada. Inmediatamente, fue al rescate de Aviraz. Su agresor le estaba apaleando con una técnica consistente en acercarse a saltitos rápidos y asestarle un
golpe puñetero con el nudillo. Isaac presenció el último golpe y se metió entre ambos sin pensarlo. Se llevó el tortazo dirigido a Aviraz y estiró la pierna para llegar al
saltimbanqui en su retirada. El golpe alcanzó la rodilla del muchacho y este se retorció de dolor agarrándose a ella. El resto de los muchachos cristianos que quedaban en
pie se miraron entre sí y retrocedieron voluntariamente hasta desaparecer por una de las callejuelas.
—¿Estás bien? —le preguntó Isaac, a la vez que le examinaba la cara.
Aviraz asintió y miró las ortigas desparramadas por el suelo.
—Las recogemos y nos vamos a casa —dijo sin aliento.
Isaac sacó el trozo de tela que había usado para recolectarlas y las volvió a meter en el saco. Lo cerró para que no se le cayeran y se internaron en la judería.
El chirrido de los goznes delató su entrada en la casa y Benavides se apresuró en esconder el pergamino. Aviraz llegaba tarde. Casi había anochecido. El muchacho
apretó los ojos al cerrar la puerta como si aquel gesto absorbiera el ruido, y se acercó al hueco de la escalera. Se estiró las ropas y se miró la camisa. No se le ocurría
ninguna excusa para explicar el lamentable aspecto con el que regresaba. Había conseguido camuflar el moratón que traía en la cara machacando el polvillo de una piedra
blanca como la cal disuelta en agua, pero a pesar de haber hecho un buen trabajo con el morado, la maldita camisa ensangrentada hablaría por sí misma de lo ocurrido en
la plaza.
Aviraz era un muchacho varonil, que rozaba las lindes de convertirse en un hombre de verdad. Tenía una estructura firme y proporcionada, de espaldas anchas y
piernas musculadas que soportaban una altura superior a lo normal. Su cara casi siempre lucía una expresión de optimismo que le otorgaba un gran atractivo. Tenía un
gran encanto personal y era muy presumido. Todos los días se recortaba la barba con unas tijeras hasta dejarla en milímetros. Desde que le había salido, le gustaba aquel
toque masculino. Luego, gastaba media hora para peinarse. Tenía un pelo fuerte y negro oscuro que le brillaba.
Permaneció en la entrada, inmóvil, hasta que el crujir de la silla del piso de arriba le dio a entender que Benavides se había sentado. Subió los peldaños de puntillas y
se encerró en su cuarto; bien sabía que su padre odiaba la violencia. Miró a través de su ventanuco y respiró aliviado al ver a Isaac entrando en su casa. Sentía que, con él
a su lado, nadie podía hacerle nada. Habían ganado y tenía la camisa puesta. Sin embargo, aquello traería consecuencias nefastas. El grupo de chicos cristianos les juraría
venganza.
Benavides escuchó a Aviraz meterse en su cuarto y volvió a sacar del cajón el mensaje recibido esa misma mañana para continuar analizándolo. Dio un enorme
suspiro y se frotó los ojos con un paño, luchando contra su vista cansada. Tenía una mirada penetrante y teñida de azul intenso que daba cuenta de su gran fortaleza de
espíritu. Poseía unos ojos hipnotizadores que hablaban con tan solo mirar. Encendió el candelabro de los siete brazos para tener más luz y lo colocó a su izquierda para
evitar la sombra de su propia mano sobre las letras. Llevaba toda su vida estudiando las Sagradas Escrituras en esa misma mesa y sentado en esa misma silla, que giraba
ligeramente para adoptar una postura ladeada hacia la izquierda. Había nacido bajo la estrella de una herencia millonaria y nunca había necesitado trabajar. Gracias a eso,
lucía unas manos perfectas, de piel suave y blanquecina, tan solo interrumpida por algunas manchas que denotaban su edad.
Cada dos por tres, pasaba el índice por el sello del pergamino, preguntándose quién le habría enviado aquel mensaje encriptado en un versículo. Aquel anónimo les
había avisado de manera confidencial. Nadie que hubiera interceptado el mensaje habría obtenido ninguna conclusión en claro. Sin embargo, ellos sí. Un versículo de la
Biblia profetizaba el exilio de los judíos de España y en ninguna mente con sentido común cabría pensar que se irían voluntariamente. Los iban a expulsar. Pasó los
dedos por aquel versículo y se fijó en los trazos que había al lado de este. Eran unas líneas horizontales y verticales que se cruzaban sin ningún significado aparente de
nuevo sobre las dos iniciales, B. Y. Estaba convencido de que no eran casuales. Debían tener algún significado. Acercó aún más el pergamino a las velas para verlo al
trasluz y en él comenzaron a aparecer paulatinamente unas letras color marrón envejecido. El sabio observó detenidamente el proceso de aparición del nombre completo
bajo las iniciales y levantó las cejas sorprendido.
—«Ben Yehudá» —murmuró.
Los judíos tenían nombres tan largos que tan solo los podían recordar entre ellos, y Benavides sabía bien de quién se trataba. Su nombre completo era Isaac Ben
Yehudá de Abravanel, pero la población cristiana lo conocía, simplemente, por Isaac de Abravanel. A ninguno de ellos le resultaría fácil asociar la firma de Ben Yehudá
con él. Era el consejero personal de Fernando el Católico y agente financiero de Isabel. Uno de los judíos más relevantes de la sociedad, que procedía de la más ilustre y
destacada familia semita de Sevilla. Su antecesor familiar, don Samuel Abravanel, había ocupado el cargo de tesorero de Enrique II y de Juan I de Castilla, lo que
incrementó la reputación de la familia y extendió su fama entre la nobleza de Sefarad. Benavides conocía bien a una persona de tan destacado linaje, familiar directo de
Ben Yehudá. Era su gran amigo, el Abravanel de su ciudad.
Respiró hondo y se recostó sobre el respaldo de la silla. Acababa de certificar la autenticidad de la alarma que transmitía aquel mensaje. Volvió a repetir la operación,
acercando de nuevo la superficie del pergamino a las velas para que el calor de la llama pasara por todo él, y aparecieron más letras conformando una especie de texto en
columna. El pergamino contenía otro mensaje oculto escrito con zumo de limón, invisible cuando se seca, pero que aparece al acercarlo al calor. Todos eran versículos,
como si se tratara de un puzle de adivinanzas. Al lado de estos, había tres letras hebreas sobre las líneas que se cruzaban en vertical y horizontal formando pequeñas
casillas vacías superpuestas. Sacó de las estanterías los libros sagrados y se puso a trabajar. Si aquellos versículos llevaban a algo, las Sagradas Escrituras se lo
revelarían. Él era un gran cabalista, experto en los mensajes cifrados en ellas. Aquel mensaje era para alguien como él. Cualquiera que no hubiese sido instruido en esa
disciplina no vería en aquellos escritos más allá de unos jeroglíficos imposibles de descifrar.
Se sentó en su postura ladeada y pasó horas inmóvil, consultando libros, volviendo al pergamino y escribiendo hojas en blanco que al final llenaba de gráficos. Cada
dos por tres, se frotaba los ojos para exigir a su cansada vista que continuara un poco más. Al cabo de mucho rato, posó la pluma y respiró satisfecho. Había dado con
la clave de lo que significaba todo aquello. Los nombres escondidos en los versículos dibujaban una ruta: el camino primitivo de Jacob, que los cristianos conocían como
Santiago. De repente, las tres letras hebreas cobraron significado. Eran lo único que se conocía de un jeroglífico grabado en una reliquia que encriptaba el misterio que
todo cabalista andaba buscando. Entrelazó las manos con actitud reflexiva. La ruta escondía la Piedra de Jacob. Si se aproximaba una persecución, debían encontrarla
antes de abandonar el país, pero él no podía hacerlo. En el plan de huida, él sería el señuelo, así que debía legar esta búsqueda como misión a su hijo Aviraz. Meneó la
cabeza con preocupación.
Volvió a mojar la pluma y, compilando con letra minúscula gran cantidad de información bajo la técnica de la micrografía, comenzó a tejer una trama de escritos
como quien quiere hablarle a alguien tras irse de su lado para siempre, sabiendo que no volverá a verlo jamás. Sería su última voluntad. Quedaban pocos días tal y como
ahora los conocían, y los venideros serían muy inciertos. Antes de abandonar el país, Aviraz debía encontrar la Piedra de Jacob escondida en la ruta que señalaba el
pergamino y tener acceso al jeroglífico que encriptaba el mayor misterio de la historia.
4
Aviraz se despertó bañado en sudor. Había tenido algo parecido a una pesadilla. Un sueño muy extraño. Todo el entorno era un abismo con un puente colgante que lo
atravesaba. El fondo del constante precipicio no se veía a causa de la niebla, pero se intuía casi infinito. El puente era viejo, hecho de tablones de madera, y se
tambaleaba constantemente cuando el que lo cruzaba perdía el equilibrio. También había dos alambres finos que hacían las veces de pasamanos, pero que cedían ante el
peso cuando uno iba a sujetarse a ellos. Tras él, caminaba su padre y su gente más allegada. Le infundían ánimos para que continuara por el puente que atravesaba aquel
abismo tenebroso. Él sentía vértigo y miedo de caer al fondo y eso hacía que su cuerpo se moviera de un lado a otro perdiendo el equilibrio. Cuanto más se
desestabilizaba él, más se tambaleaba el puente. Entonces se detuvo y lo vio claro. Estaba cruzando un puente de una sola vía. No había otra dirección más que seguir
adelante. Los pasamanos eran meros soportes mentales, quitamiedos que en realidad no resistirían su caída. Su familia le animaba y estaba a su lado, aunque tampoco
podrían con el vaivén de su peso. Su propio equilibrio personal era lo único que le permitiría caminar sin caer en el abismo. Todo lo demás contribuía a fortalecer el
ánimo de espíritu para conseguir la estabilidad, pero en ningún caso podría sustituirla. Aquel puente era la vida misma.
Se frotó los ojos tratando de quitarse la imagen del tétrico escenario del precipicio y se levantó de un salto. A través del ventanuco de su habitación entraba el sol. Se
estiró con calma y sonrió.
—Si hace un buen día, será un gran día —se dijo para sí.
Benavides solía utilizar el clima de forma simbólica para sus explicaciones.
—Hay días y días —comenzaba su argumentación—. Algunos brilla el sol y otros se llegan a generar tormentas insospechadas.
Aviraz estaba de acuerdo. Había vivido días en los que todo parecía jugar a favor y luego había otros en los que hubiera sido mejor no salir de la cama.
—En esos días malos, donde todo se revuelve a tu alrededor, sopla un viento huracanado, hay lluvia y niebla y no se ve con claridad por dónde continuar, lo mejor
es no hacer ningún movimiento en falso. Te diría incluso que ningún movimiento. —A lo cual acababa concluyendo—: No se toman decisiones ni cansado ni enfermo ni
enfadado.
Aquello le había hecho cambiar su forma de ver las cosas. Hacía ya un par de años de aquel día en que Benavides le había dado ese consejo. Había vuelto a casa
realmente molesto con Isaac por no haber querido ayudarle a provocar un encuentro con su hermana que pareciera fortuito.
—No es asunto mío —le había dado como respuesta.
Había decidido no hablarle más por un tiempo, pero cuando llegó a su casa, se dio cuenta de que estaba cansado por haber ido hasta el molino y le dolía la cabeza.
«Otro día tomaré la decisión», había pensado, siguiendo el consejo de su padre.
Sin embargo, ese «otro día» nunca había llegado. Retirarle la palabra por no querer cooperar en sus planes era algo desproporcionado. Su amistad con Isaac había
quedado intacta y, con el tiempo, había encontrado por sí mismo la manera de coincidir con ella.
Abrió el cajón de su mesita y sacó su otra camisa para ponérsela. Cogió su cofre de plata, levantó la tapa y se miró con detenimiento el reflejo distorsionado. La
hinchazón de la cara se había reducido al mínimo y apenas se percibía. Se llevó una mano a la zona y achinó los ojos. Aún le dolía. Hoy se saltaría su sesión de
acicalamiento. Abrió el ventanuco para ventilar y volvió a mirar hacia la casa de Isaac. Se preguntó cómo tendría él la cara con el tortazo que había recibido en su lugar.
La última ventana del primer piso se abrió y se le aceleró el corazón. Era el cuarto de la hermana de Isaac. La muchacha se asomó un momento e, inmediatamente, se
volvió a meter en la casa. Se llevó la mano al pecho intentando que su latido se tranquilizara. Telat era una chica diferente a todas las demás. Le resultaba imposible
ignorar su figura alta y esbelta, para él espectacular, adornada con una melena de rizos cobrizos, donde asomaba físicamente su naturaleza salvaje. Telat era bellísima,
por dondequiera que se mirara.
Bajó a la cocina y se aplicó un paño de agua fría para terminar de combatir la inflamación. Volvía a ponerse un poco del emplaste blanco mientras las campanadas
anunciaban las ocho de la mañana. La puerta principal se abrió y Benavides entró en la casa. Había madrugado para ir a ver a Abravanel antes de que nadie se despertara.
Le había revelado el secreto descubierto en el pergamino la noche anterior, a excepción de lo que se refería al remitente. Nunca había ahondado con Abravanel en el
problema que los había separado, pero algo grave había sucedido entre ambos y nunca más habían vuelto a ver a Ben Yehudá. Recordaba perfectamente la última imagen
que tenía de él. Una escena peculiar. Había sido en una noche cerrada de pleno invierno en la que llovía a mares. Estaba en su cuarto cuando escuchó varios golpes secos
que provenían de la calle. Se asomó al mirador de la sala de estar y los vio. Bajo el aguacero, Abravanel hacía aspavientos y levantaba la voz. Frente a él, Ben Yehudá le
plantaba cara en una fuerte discusión. A ninguno le parecía importante calarse hasta los huesos bajo el frío invernal. Luego, las voces cesaron, los hombres se miraron,
como última despedida, renegando el uno del otro y Ben Yehudá montó su caballo para desaparecer entre el temporal. Pocas semanas después, se hizo público el
nombramiento de Isaac Ben Yehudá de Abravanel en la corte como consejero personal del Rey. Benavides presintió que Abravanel le creía un traidor a su gente. Desde
entonces nadie le había vuelto a ver en la ciudad. Abravanel tampoco lo había vuelto a mencionar.
Benavides necesitaba que Abravanel analizase con calma el mensaje, sin que se desconcentrase por sus conflictos familiares. Por ello, lo había dejado en su casa para
que lo estudiase con detalle, tras haber difuminado el nombre en una mancha marrón. Cuatro ojos siempre eran mejor que dos.
Vio a Aviraz en la cocina y le azuzó con las manos.
—Vamos —ordenó apresurándolo.
Aviraz le miró perplejo. Ni un «buenos días» ni un simple «hola». Subió a su cuarto, terminó de vestirse a toda velocidad y abandonó la casa en compañía de su
padre. Aviraz era el único hijo de Benavides. Hacía tanto tiempo que vivían solos que no recordaba ni rasgos ni momentos con su madre, y quizás por esa carencia
sentía una profunda adoración por su padre. Benavides nunca hablaba de ella y, en consecuencia, el tiempo se había llevado lentamente las escasas y borrosas imágenes
de sus recuerdos.
—¿No vas a decirme a dónde nos dirigimos? —preguntó el muchacho.
—A la sala de estudios —contestó con sequedad—. Isaac ya debe de estar allí esperándonos.
Aviraz tragó saliva y le empezaron a sudar las palmas de las manos. «La pelea», pensó nervioso.
No había nada que le hiciera sentirse más pequeño que una reprimenda de su padre. Bajó la cabeza y trató de maquinar alguna argumentación que avalara su
proceder, pero en menos de un minuto se plantaron frente a la puerta. Benavides la golpeó con el puño y una voz al otro lado indicó que pasaran.
Abravanel los esperaba. Era el sabio del consejo al que denominaban el Maestro por su talante para la enseñanza. A su lado estaba su hijo Isaac. Aviraz cabeceó un
saludo y se rascó con disimulo el moratón. Quería saber si se habían enterado de la pelea, pero Isaac se encogió de hombros. Tenía el brazo apoyado sobre la mesa y la
cara sobre la mano. Se tapaba todo el lateral de la mejilla derecha.
Abravanel les tendió las manos como gesto afable de bienvenida y les indicó que se sentaran. Apoyó la cadera sobre una de las mesas y se mordió el labio inferior.
Era por definición un hombre empático, experto en el uso de las buenas formas y de cuya paciencia solo se hablaba para alabar. Sin embargo, en esos momentos,
descargaba el desasosiego que sentía frotándose las manos hasta parecer querer gastarlas.
—Esta vez no vamos a entrar en tarea de lectura ni vamos a comentar las Sagradas Escrituras. —La ternura innata a sus gestos y tono de voz acompañaba su
explicación—. Se os ha hecho venir por otro motivo.
Aviraz se hundió en el cuello de la camisa e Isaac hizo uso de la otra mano para taparse toda la cara.
—Se os darán varias notas a cada uno, y por extraño que parezca lo que se pide en ellas, debéis conseguirlo con la máxima discreción.
Los muchachos se miraron con desconcierto. La variante de gestos de sus caras pedía a gritos una explicación, pero Abravanel ignoró esa petición callada.
—Las tareas encomendadas deberán llevarse a cabo antes del transcurso de una semana —prosiguió.
Dicho lo cual, repartió las notas y depositó sobre la mesa la suma de maravedíes necesaria para realizar los encargos.
Aviraz cogió aquellas notas y respiró hondo. Aquella reunión no tenía nada que ver con ninguna reprimenda. Se relajó de golpe, dejándose invadir por la sensación
acogedora de aquella estancia. La sala de estudios le encantaba. Estaba decorada con estanterías de madera tallada y algunas mesas centrales, acompañadas de bancos sin
barnizar. Disponía de varias ventanas que facilitaban una luz espléndida para la lectura, y el color de plantas y flores de distintos tipos daba un toque alegre a la
decoración. A pesar de todo, predominaba la austeridad.
Leyó el primer trozo de papel en silencio y miró de reojo a la mesa de enfrente, donde estaba Isaac con la misma cara de perplejo. Ninguno de los dos comprendía
nada.
Adquiere 40 asnos viejos y enfermos a precio de saldo a lo largo de todo el territorio que puedas caminar…
Abravanel carraspeó y se acercó a Isaac para señalarle una parte de la nota crucial. «Que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda», subrayó con el índice.
Isaac y Aviraz eran desde siempre uña y carne, pero esto, por su propia seguridad, no podrían compartirlo ni tan siquiera entre ellos hasta el momento de escapar.
Todo lo que hicieran debería llevarse a cabo en absoluto secreto.
—Memorizadlo en silencio —recalcó Benavides.
La mano derecha representaba a la persona de confianza de cada uno de ellos. Cuando se le confiaba un secreto a un muchacho, este solo se lo contaría a su mejor
amigo, que a su vez tendría otro mejor amigo con otro mejor amigo. Así, al cabo de un tiempo, el hecho se convertiría en un secreto a voces, con el mismo resultado de
confidencialidad que si hubiera sido publicado en el pregón de un pueblo. Benavides había dividido entre los dos el listado de adquisiciones nada convencionales con el
propósito de despojar al plan de su verdadero significado. Isaac leyó una de sus notas.
Consigue hierbas medicinales en proporciones que puedan salvar a una ciudad entera. Eucalipto, tomillo, gordolobo, malva y belladona.
Tal compra masiva le hizo pensar que media comunidad había enfermado. Le pareció lógico que la tarea se le asignara de manera confidencial. De conocerse la
epidemia públicamente, cundiría el pánico.
De la adquisición de sus asnos Aviraz concluyó que transportarían los excedentes de producción en pesados sacos hasta las cortes como el pago de impuestos
anual. En los últimos años, había dejado de ser un pago justo tasado para convertirse en la cesión de bienes de manera desmedida, en calidad de compra de la
permanencia pacífica de los judíos en el territorio. Dichas cesiones extra de la comunidad eran llevadas de manera discreta y confidencial. Estaba claro entonces el
motivo del estado enfermo y longevo de los asnos solicitados. Cuando uno entraba en el palacio de la corte, tenía suerte si salía del recinto con el caballo que montaba.
Desde hacía unos años, los soberanos se quedaban con todo.
Cuando finalizaron su lectura, el Maestro extendió las manos para recuperar las notas que había entregado y la reunión concluyó fijando una nueva cita a la misma
hora.Abravanel volvió presuroso a su casa esperando ser el primero en llegar. Quería encender la chimenea y quemar las notas antes de que llegara nadie. Le diría a su
mujer que necesitaba secar la humedad de las paredes.
El plan estratega de los sabios había comenzado.
5
Atizaba la chimenea cuando se abrió la puerta. Abravanel se apresuró en azuzar el fuego y respiró aliviado cuando los últimos restos de las notas desaparecieron entre
las cenizas de la madera incandescente. Una muchachilla de mirada ilusionada cruzó el umbral con saltitos alegres. Traía una sonrisa pícara que no podía disimular. A sus
espaldas apareció su madre con el entrecejo fruncido y los brazos en jarras.
—¿Hace frío? —preguntó la mujer señalando el fuego.
Abravanel sonrió mirando a las llamas. «Hubiera tenido un gran éxito como profeta», pensó para sus adentros.
—Mujer, seco la humedad. —Y se revolvió incómodo por la falta de veracidad de sus palabras—. ¿Dónde habéis estado? —preguntó desviando la atención.
—Cerca del mercado, curioseando las novedades que ofertaban los vendedores ambulantes.
—Y claro, algo habéis comprado… —sentenció de nuevo profetizando.
—Telat, que es una buena chica y ha insistido en comprarle una tablilla con una inscripción extraña a su hermano Isaac. Porque ella, como yo, no entiende ni una
letra ni nunca la entenderá.
Frente al crepitar del fuego, Abravanel se puso colorado. Definitivamente, había cosas que nunca podría contarle a su mujer. Entre otras, que Telat sí sabía leer.
Apostaría cien maravedíes a que aquella inscripción venía en ladino y tenía un significado bíblico. Le encantaba desentrañar los misterios. Era algo que siempre le había
apasionado. Se la había comprado para ella y, encima, había quedado como una santa ante su madre. Sonrió para sus adentros. La adoraba a pesar de los quebraderos de
cabeza que le daba. La miró de reojo y ella le devolvió un guiño a espaldas de su progenitora. Le indicó con la mano para que se le acercara y la abrazó cariñosamente.
Abravanel respiró hondo, empapándose de aquella ternura que solo Telat sabía transmitirle y que tanto le había costado ganarse. No siempre había sido así de amorosa.
Al principio, las cosas habían sido más que difíciles para ambos.
Abravanel vivía con la familia de su fallecido hermano, quien le había dejado en herencia el cuidado de su mujer, su hijo Isaac y una niña preciosa, Telat. Él los
mantenía. si los cuñados estaban solteros, solían asumir dicha responsabilidad con la viuda de su hermano. Telat era la pequeña de la familia, que ya contaba con quince
maravillosas primaveras. Era una muchacha inquieta, con una personalidad rebelde y difícil de doblegar. Su manera de ser solía costarle numerosos discursos marcados
con acento de reproche, que ella conseguía ignorar con bastante éxito una vez superado el acaloramiento. Actuaba como si pudiera seguir la línea de su hermano Isaac,
estudioso en el campo de las Sagradas Escrituras y futuro hombre de provecho. Sin embargo, no se esperaba de ella más que un buen comportamiento, un buen
matrimonio e hijos con su futuro marido.
La relación con su tío en el lugar de la definitiva ausencia de su padre había sido más que complicada en sus comienzos. Telat contaba por entonces con siete años de
edad y se pasaba la mayoría del tiempo desconsolada, escondida por los distintos rincones de la casa. Abravanel solía encontrarla sentada en el suelo, balanceándose
sobre las piernas en cruz mirando a la nada. Se le partía el corazón viéndola sufrir de esa manera. Vivía en un constante silencio ahogado por las lágrimas. Durante el
primer largo año de convivencia, Telat ignoró por completo su presencia. Tan solo le prestaba atención de reojo cuando Abravanel leía con Isaac algunos textos.
Transcurrido todo ese tiempo, la paciente espera de Abravanel por encontrar la manera de ganársela cobró forma bajo una alocada idea. Enseñaría a Telat a leer. Era la
fórmula que le permitiría conquistar el corazón de su nueva hija y eso es lo que haría.
—Las circunstancias presentes desaparecerán en el momento en que comprendas las cosas de manera diferente —le había dicho—, y como para comprender tienes
que aprender, debo enseñarte a escribir y a leer accediendo a las Sagradas Escrituras.
Telat le había mirado con los ojos como platos y se había levantado de un salto.
—Será para siempre nuestro más preciado secreto —concluyó, y se fue a buscar un libro a su pequeña biblioteca—. Empezaremos cuanto antes. Tenemos mucho
que hacer.
No había nada en ese momento que significase más para Telat que aquella propuesta. Su expresión cambió en cuestión de poco tiempo. Dejó atrás la mirada llorosa
y recobró la sonrisa. Todos los días contaba las horas que faltaban para que llegara la tarde. Era cuando su madre y su hermano se iban y los dejaban a solas.
—Esto que hacemos no lo debe saber nadie —comenzaba Abravanel todas las clases.
Luego meneaba la cabeza desaprobando sus propias acciones y suspiraba como para coger fuerzas.
Telat le sonreía y luego le abrazaba ansiosa por empezar. No había cosa más emocionante que transgredir una tradición incomprensible que dejaba a las chicas de
lado en los estudios. Sería única. A menudo, dejaba volar su imaginación impartiendo lecciones como su padre, pero a las demás chicas. También serían clases
clandestinas.
Se reunieron a diario durante años, estableciendo una relación estrecha en la que el agradecimiento y la complicidad forjaron sólidos pilares. Abravanel pasó de ser el
tío biológico invasor del mundo de Telat a convertirse en su mejor amigo y padre, aceptado como tal.
Recién cumplidos los quince, llevaba poco tiempo prestando atención a los chicos que la rodeaban, pero había sido suficiente para que sus preferencias se
decantaran por el hijo de Benavides. Aviraz era su tipo. Alto, fuerte, moreno y con aquella voz aterciopelada que podía transformar cualquier frase en sugerente.
Se despidió de sus padres, tomó un cántaro y salió de casa hacia el pozo de la parte alta de la ciudad. Había un anómalo alboroto en la plaza de la catedral que la
engullía y que cada dos por tres no la dejaba avanzar. El jaleo que conformaba un enjambre de personas moviéndose sin parar anunciaba los preparativos de la visita del
mismísimo obispo. Quería supervisar las obras de la catedral. Estaba construida sobre la basílica original y había sufrido diversas modificaciones a través de los siglos.
Sin embargo, la obra de la sillería del coro era su gran apuesta personal y mostraba una ambición desmesurada. Para construirla, el obispo, Arias de Villar, había hecho
llamar sin miramientos a los mejores maestros del extranjero, ignorando el decadente estado de sus finanzas. Benavides mantenía por ello una actitud distante y suspicaz
con el clero. Los préstamos financieros de los judíos eran objeto de persecución. Sin embargo, no desestimaba que el obispo pudiera encontrar la manera de compartir su
problema con la comunidad judía.
Telat levantó la mano cuando se cruzó con Benavides entre varias filas de personas que los arrollaban y luego señaló en dirección calle arriba, donde se encontraba el
pozo. Benavides la miró hasta que la perdió entre la gente y volvió a observar socarronamente al abad. Daba instrucciones frenéticas a un grupo de cristianos que
adecuaban el decorado a tal honrosa visita, mientras los monjes en formación engalanaban toda la plaza adyacente. La catedral era de suma importancia para los fieles.
Desde hacía siglos, se guardaban en ella, bajo una férrea custodia, un sinfín de reliquias que otorgaban

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