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Libro PDF El denario del sueño – Marguerite Yourcenar

 El denario del sueño - Marguerite Yourcenar

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Una primera versión de El denario del sueño,
algo más corta, se publicó en 1934. La presente
obra es algo más que una simple reimpresión e
incluso que una segunda edición corregida y
aumentada con unos cuantos párrafos inéditos. Han
sido reescritos capítulos casi enteros y, en
ocasiones, considerablemente ampliados. Hay
partes en que los retoques, los cortes y las
transposiciones no han respetado casi ninguna
línea del libro anterior; en otras, por el contrario,
largos pasajes de la versión escrita en 1934
permanecen iguales. La mitad de la novela, tal
como hoy se presenta, es una reconstrucción de los
años 1958-1959, pero una reconstrucción donde lo
nuevo y lo anterior se imbrican hasta tal punto que
casi es imposible, incluso para el autor, discernir
en qué momento empieza el uno y acaba el otro.
No sólo los personajes, sus nombres, sus
caracteres, sus relaciones recíprocas y el
escenario en que se sitúan son los mismos, sino
que los temas principales y secundarios del libro,
su estructura, el punto de partida de los episodios
y, con gran frecuencia, sus conclusiones, no han
variado en lo más mínimo. La novela siempre tuvo
por centro el relato entre histórico y simbólico de
un atentado antifascista acaecido en Roma; en el
año XI de la dictadura. Al igual que antes, cierto
número de figuras tragicómicas, más o menos
relacionadas con el drama o, algunas veces,
totalmente ajenas a él aunque afectadas casi todas
más o menos conscientemente por los conflictos y
las consignas de aquella época, se agrupan en
torno a los tres o cuatro protagonistas del episodio
central. La intención consistente en elegir a unos
personajes que, a primera vista, parecen escaparse
de una Commedia o más bien de una Tragedia dell
Arte moderna, pero con el único propósito de
insistir inmediatamente sobre lo que cada uno de
ellos posee de más específico, de más
irreductiblemente peculiar, para luego, algunas
veces, adivinar en ellos un quid divinum más
esencial que ellos mismos, se encontraba también
en el primer El denario del sueño. El
deslizamiento hacia el mito o la alegoría era poco
más o menos semejante y tendía igualmente a
confundir en un todo la Roma del año XI del
fascismo y la Ciudad en donde se ata y desata
eternamente la aventura humana. Finalmente, la
elección de un medio voluntariamente
estereotipado, el de la moneda que pasa de mano
en mano para unir entre sí los episodios ya
emparentados por la reaparición de los mismos
personajes y de los mismos temas, o por la
introducción de temas complementarios, ya se
encontraba en la primera versión del libro y la
moneda de diez liras se convertía, igual que aquí,
en el símbolo de contacto entre unos seres
humanos sumidos, cada cual a su manera, en sus
propias pasiones y en su intrínseca soledad. Casi
siempre, al reescribir parcialmente El denario del
sueño, he acabado diciendo, en términos a veces
muy diferentes, casi exactamente lo mismo.
Mas si es así, ¿por qué obligarse a una
reconstrucción tan considerable? La respuesta es
bien sencilla. Al releerlos, algunos pasajes me
habían parecido deliberadamente elípticos, harto
vagos, con demasiados adornos en algunas
ocasiones y demasiado crispados o blandengues en
otras, o bien simplemente fuera de lugar. Las
modificaciones que hacen del libro de 1959 una
obra diferente del de 1934 van todas en el sentido
de una presentación más completa y, por tanto, más
particularizada, de ciertos episodios; de un
desarrollo psicológico más profundo; de la
simplificación y clasificación en unos sitios y del
ahondamiento y enriquecimiento en otros. He
intentado acrecentar, en más de un pasaje, la parte
de realismo; en otros, la de poesía, lo que
finalmente es o debería ser lo mismo. El paso de
un plano a otro, las transiciones bruscas del drama
a la comedia o a la sátira, frecuentes en el libro
anterior, aún lo son hoy más. A los procedimientos
ya empleados, como la narración directa o
indirecta, el diálogo dramático y, en ocasiones,
incluso el aria lírica, ha venido a añadirse, aunque
escasas veces, un monólogo interior no destinado
—como suele suceder en la novela contemporánea
— a mostrarnos un cerebro-espejo que refleje
pasivamente el flujo de las imágenes e
impresiones que por él desfilan, sino que aquí se
reduce únicamente a los elementos de base de la
persona y casi únicamente a la simple alternancia
del sí y del no.
Podría multiplicar estos ejemplos, menos para
interesar a los que leen novelas que a los que las
escriben. Que me sea permitido, al menos, atacar
de falsedad la extendida opinión cuya teoría
sustenta que escribir una obra de nuevo es una
empresa inútil y hasta nefasta, de la que tanto el
impulso como el apasionamiento tienen que
hallarse forzosamente ausentes. Muy al contrario,
para mí ha sido un privilegio a la vez que una
experiencia el ver esa sustancia, desde hacía tanto
tiempo inmovilizada, hacerse dúctil; el revivir
aquella aventura por mí imaginada en unas
circunstancias de las que ni siquiera me acuerdo
ya; el encontrarme, en fin, en presencia de esos
hechos novelescos como ante unas situaciones
vividas en otros tiempos, que pueden explorarse
más hondamente, interpretar mejor o explicar con
más detalle, pero que no es posible cambiar. La
posibilidad de aportar a la expresión de ideas o
emociones, que no han cesado de ser nuestras, el
beneficio de una mayor experiencia humana y,
sobre todo, artesanal más profunda, me ha
parecido una oportunidad demasiado valiosa para
no aceptarla con gozo y también con una suerte de
humildad.
La atmósfera política del libro es la que, sobre
todo, no ha variado de una versión a otra, y no
debía hacerlo, ya que esta novela, situada en la
Roma del año XI, tenía ante todo la obligación de
permanecer datada exactamente. Estos pocos
hecbos imaginarios: la deportación y muerte de
Carlo Stevo y el atentado de Marcella Ardeati, se
sitúan en 1933, es decir, en una época en que las
leyes de excepción contra los enemigos del
régimen hacían estragos desde años atrás y en que
varios atentados del mismo tipo se habían
sucedido ya contra el dictador. Transcurren, por
otra parte, antes de la expedición de Etiopía, antes
de la participación del régimen en la guerra civil
española, antes de su acercamiento a Hitler —que
terminaría con la sumisión al mismo—, antes de
promulgar leyes raciales y, claro está, antes de los
años de confusión y desastres, aunque asimismo de
heroica resistencia partisana, en la segunda guerra
mundial del siglo. Era importante, pues, no
mezclar la imagen de 1933 y aquélla —aún más
sombría— de los años que vieron la conclusión de
unos hechos cuyas primicias se hallaban
contenidas ya en el período de 1922-1933. Era
conveniente dejarle al gesto de Marcella su
aspecto de protesta casi individual, trágicamente
aislada, y a su ideología la huella de doctrinas
anarquistas que, poco tiempo atrás, habían
marcado tan profundamente a la disidencia
italiana, había que dejarle a Carlo Stevo su
idealismo político en apariencia anticuado y en
apariencia fútil y, al mismo tiempo, dejarle al
régimen su aspecto supuestamente positivo y
supuestamente triunfante que ilusionó falsamente,
durante tanto tiempo, no tanto quizá al pueblo
italiano como a la opinión extranjera. Una de las
razones por las que El denario del sueño merece
volverse a publicar es porque, en su tiempo, fue
una de las primeras novelas francesas (la primera
tal vez) que miraron de frente la hueca realidad
escondida tras la fachada hinchada del fascismo,
cuando tantos escritores de viaje por la península
se contentaban con extasiarse una vez más ante el
tradicional pintoresquismo italiano, o se
congratulaban por ver salir dos trenes a su hora (al
menos en teoría), sin preguntarse cuál era el final
de línea hacia donde partían esos trenes.
No obstante, al igual que todos los demás
temas de este libro, y quizá más aún, el tema
político se encuentra reforzado y desarrollado en
la versión actual. La aventura de Carlo Stevo
ocupa un mayor número de páginas, si bien todas
las circunstancias indicadas son las mismas que
figuraban breve o implícitamente en el primer
relato. La repercusión del drama político sobre los
personajes secundarios está más acentuada: el
atentado y la muerte de Marcella son comentados
al pasar (antes no era así) no sólo por Dida —la
anciana florista callejera— y por Clément Roux —
el viajero extranjero—, sino asimismo por los dos
nuevos comparsas introducidos en el libro: la
señora del café y el mismo dictador quien, por lo
demás, sigue siendo aquí esencialmente como en la
antigua novela una enorme sombra proyectada. La
política embriaga ahora al borracho Marinunzi
casi tanto como la botella. Finalmente, Alessandro
y Massimo, cada cual a su manera, se han afirmado
en su función de testigos.
Nadie, sin duda, se extrañará de que la noción
de política nefasta juegue en la presente versión un
papel más considerable que en la de antaño, ni que
El denario del sueño de 1959 sea más amargo o
más irónico que el de 1934, que ya lo era. Pero al
releer las partes nuevas del libro como si se
tratara de la obra de otra persona, saco, sobre
todo, la impresión de que el contenido actual es a
un mismo tiempo algo más áspero y algo menos
sombrío, que ciertos enjuiciamientos sobre el
destino humano son un poco menos tajantes y,
empero, menos vagos, y que los dos elementos
principales del libro que son el sueño y la realidad
ya no están separados, han dejado de ser
irreconciliables para fundirse en el todo que es la
vida. No hay correcciones únicamente de forma.
La impresión de que la aventura humana es aún
más trágica —si es posible— de lo que
sospechábamos hará veinticinco años, pero
asimismo más compleja, más rica a veces y, sobre
todo, más extraña de lo que yo había intentado
describirla hará un cuarto de siglo, ha sido
seguramente la razón que mayormente me impulsó
a rehacer este libro.
Isla de los Montes Desiertos, 1959.
Paolo Farina era un provinciano todavía joven,
suficientemente rico y tan honrado como puede
esperarse de un hombre que vive en intimidad con
la ley; era lo bastante apreciado en su pequeño
lugar toscano para que su desgracia no provocara
desprecio. Lo habían compadecido cuando su
mujer huyó a Libia con un amante a cuyo lado
esperaba ser feliz. No lo había sido mucho durante
los seis meses que había pasado llevando la casa
de Paolo Farina y aguantando los agrios consejos
de una suegra, pero Paolo, ciegamente dichoso de
poseer a aquella mujer joven y separado de ella
por esta densa felicidad, ni siquiera se había
percatado de que sufría. Cuando ella se marchó,
tras un altercado que lo dejó humillado delante de
las dos criadas, se asombró de no haber sabido
conseguir su amor. Pero las opiniones de sus
vecinos lo tranquilizaron; pensó que su mujer era
culpable puesto que la pequeña ciudad se
compadecía de él. Atribuyeron la escapada de
Angiola a su sangre meridional, pues sabían que la
joven había nacido en Sicilia; no obstante, la gente
se indignó de que hubiera caído tan bajo una mujer
que debía ser de buena familia —había tenido la
suerte de educarse en Florencia, en el Convento de
las Damas Nobles— y que tan bien acogida había
sido en Pietrasanta. Todos estaban de acuerdo en
decir que Paolo Farina se había mostrado en todo
un marido perfecto. En realidad, había sido aún
más perfecto de lo que imaginaban en la pequeña
ciudad, pues había encontrado y ayudado a
Angiola, para después casarse con ella, en unas
circunstancias en que, de ordinario, un hombre
prudente no se casa. Pero aquellos recuerdos no le
servían, como hubieran podido hacerlo, para
acusar a la fugitiva de una mayor ingratitud, pues
ni él mismo los recordaba ya casi. Había hecho
cuanto podía por borrarlos de su memoria, en gran
parte por bondad para con su joven mujer, para
que olvidara lo que él llamaba su desventura, y un
poco por bondad para consigo mismo y porque es
desagradable decirse que, en cierto modo, fue por
carambola por lo que nuestra propia mujer cayó en
nuestros brazos.
Mientras estuvo presente, él la quiso con
placidez; una vez ausente, Angiola ardía con todos
los fuegos que otros, evidentemente, sabían
encender en ella y echaba de menos no a la mujer
que había perdido, sino a la amante que nunca fue
para él. No tenía esperanzas de volver a
encontrarla; había renunciado en seguida al
extravagante proyecto de embarcarse para Trípoli,
donde actuaba de momento la compañía lírica a la
que pertenecía el amante de Angiola. Aún más, ni
siquiera deseaba que ésta volviese: demasiado
bien sabía que él siempre sería para ella el marido
ridículo que se quejaba, a la hora de la cena, de
que la pasta no estuviera nunca bien cocida. Sus
veladas eran tristes en su pretenciosa casa nueva,
amueblada por Angiola con un mal gusto infantil,
que concedía a los bibelots una importancia fuera
de lugar, aunque tal vez esto testimoniara en favor
de la ausente, pues cada uno de aquellos objetos,
frágiles como una buena voluntad, atestiguaba un
esfuerzo para interesarse por su vida y para
olvidar, a fuerza de embellecer el decorado, la
insuficiencia del principal actor. Había tratado de
vincularse a su deber mediante aquellos lazos
color de rosa en los que Paolo, al abrir aquí y allá
unos cajones medio vacíos, se enredaba como si
fueran recuerdos.
Empezó a ir a Roma en viaje de negocios con
más frecuencia de lo que era estrictamente útil,
cosa que le permitía pasarse por casa de su cuñada
para informarse de si había recibido, por
casualidad, noticias de Angiola. Pero los
atractivos de la capital también entraban por
mucho en aquellas visitas, así como la
probabilidad de gozar de unos placeres que, en
Florencia, no hubiera podido aprovechar y que no
se le ofrecían en Pietrasanta. De repente, le dio
por vestirse con una vulgaridad más chillona,
imitando, sin darse muy bien cuenta, al hombre que
Angiola había elegido. Comenzó a interesarse por
las chicas indolentes y locuaces que atestan los
cafés y paseos de Roma y algunas de las cuales —
al menos él así lo suponía— arrastran tras ellas, al
igual que Angiola, el recuerdo de una casa, de un
seductor y de una escapada. Una tarde, después de
comer, tropezó con Lina Chiari en un parque
público, junto a una fuente que repetía sin cesar las
mismas palabras de frescor. No era ni más
hermosa ni más joven que otras; él permanecía
tímido; ella era audaz: le ahorró las primeras
palabras y casi los primeros gestos. Él era tacaño;
ella no fue exigente, precisamente porque era
pobre. Además, al igual que Angiola, había sido
educada en un convento de Fiorencia, aunque no
precisamente en una institución para Damas
Nobles; se hallaba al corriente de esos pequeños
sucesos locales —la construcción de un puente o
el incendio de una escuela— que sirven a la gente
de una misma ciudad de referencias comunes en el
pasado. Volvía a encontrar en su voz la ronca
dulzura de las florentinas. Y como todas las
mujeres tienen poco más o menos el mismo cuerpo
y probablemente la misma alma, cuando Lina
hablaba estando apagada la lámpara, olvidaba que
Lina no era Angiola, y que su Angiola no lo había
amado.
No se compra el amor: las mujeres que se
venden, después de todo, no hacen sino alquilarse
a los hombres; pero, en cambio, sí se puede
comprar el sueño; este producto impalpable se
despacha de muchas formas. El escaso dinero que
Paolo Farina le daba a Lina cada semana le servía
para pagar una ilusión voluntaria, es decir, quizá la
única cosa en el mundo que no engaña.
Sintiéndose cansada, Lina Chiari se apoyó en
una pared y se pasó la mano por los ojos. Vivía
lejos del centro; las sacudidas del autobús le
habían hecho daño, sentía no haber cogido un taxi.
Pero aquel día se había prometido a sí misma que
tendría cuidado con el dinero: aunque ya había
pasado la primera semana del mes, todavía no le
había pagado a la casera; seguía llevando, pese al
calor que hacía en Roma a finales de primavera,
un abrigo de invierno con cuello de pieles, muy
gastado ya por algunos sitios. Le debía al
farmacéutico los últimos calmantes que había
comprado; no le habían hecho nada, ya no
conseguía dormir.
Aún no eran las tres; caminaba del lado de la
sombra, a lo largo del Corso en donde empezaban
a abrir las tiendas. Pasaban algunos transeúntes
andando despacio, entorpecidos por la comida y la
siesta, camino de la oficina o de la tienda. Lina no
llamaba su atención; iba muy de prisa; los éxitos
callejeros de una mujer están en función de la
lentitud de su andar y del estado de su maquillaje,
ya que, de todas las promesas de un rostro o de un
cuerpo, la única por completo convincente es la de
la facilidad. Le había parecido mejor no
maquillarse para ir a la consulta de un médico.
Prefería, por lo demás, al encontrarse peor cara
que de costumbre, poder decirse que era
simplemente debido al hecho de no haberse puesto
colorete.
Iba de mala gana a casa de ese doctor, tras
largos meses de vacilación en que se había
esforzado por negarse su enfermedad. No hablaba
de ello a nadie; le parecía menos grave mientras
permaneciese oculta. El toque de alarma del
espanto la despertaba demasiado tarde, en plena
noche, en su cuerpo ya invadido por el enemigo,
justo a tiempo únicamente para no poder huir. Al
igual que los asediados en las ciudades de la Edad
Media, sorprendidos por la muerte, daban vueltas
en la cama y trataban de volverse a dormir,
persuadiéndose de que las llamas que los
amenazaban no existían sino en sus pesadillas, ella
había echado mano de los estupefacientes que
intercalan el sueño entre el terror y nosotros.
Uno tras otro se iban cansando de socorrerla,
como unos bienhechores de quienes hubiera
abusado. Tímidamente, bromeando, mencionaba
ante algunos de sus amigos sus insomnios, su
enflaquecimiento harto evidente, pero del que se
alegraba —decía ella— porque le daba el aspecto
de una mujer elegante, como las que vienen en las
revistas de moda francesas. Reducía su
enfermedad a las proporciones de un simple
malestar, para que a cada uno de aquellos hombres
le fuera menos difícil tranquilizarla y, sin embargo,
se indignaba como ante una crueldad de que no
advirtiesen que mentía.
En lo referente a la lesión ya palpable, que ella
había descubierto en su cuerpo pero que, en
resumidas cuentas, era poco aparente, semejante
todo lo más a una vaga hinchazón bajo el pliegue
cansado del seno, Lina continuaba ocultándola,
temblando de que, por casualidad

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