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Libro PDF El deseo de Phoebe – Pamela Browning

 El deseo de Phoebe - Pamela Browning

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Andan solas y lo limpian todo.
–¡Qué maravilla! –exclamó Molly, no muy acostumbrada a tratar
con niños.
¿Les gustarían a las niñas de ahora las aspiradoras, en vez de
las muñecas?, se preguntó ella.
Recogió su bolsa y el arpa y siguió su camino algo renqueante.
Phoebe la siguió por el muelle. Era una niña muy guapa, pero pensó
que había que hacer algo con aquel pelo tan horrible que llevaba.
–Dime una cosa, ¿qué son esas fantasías que te traes con las
aspiradoras?
Molly vio entonces al Fiona, el velero de dieciséis metros de
eslora propiedad de su abuelo.
–Me tengo que distraer de alguna forma hasta que volvamos a
tener una casa –respondió Phoebe muy seria–. El problema es que mi
padre dice que aún falta mucho para eso. A él le gusta ir de acá para
allá, pero yo ya estoy cansada. Le conocerás en unos minutos.
–Lo siento, Phoebe, pero voy a subir ahora mismo a bordo del
Fiona a tomarme una cerveza.
–Por eso mismo. Encontrarás allí a mi padre. A él también le
gusta la cerveza.
–¿Está él a bordo del Fiona?
–Sí, mi padre y yo vivimos en el barco. Él no quería que vinieras
aquí, pero el señor Emmett es el que manda. A nosotros nos cae muy
bien el señor Emmett. Estoy segura de que papá se alegrará mucho
de verte. Vais a llevar el barco a Fort Lauderdale, ¿verdad?
–En efecto –respondió Molly sorprendida.
Cuando su abuelo Emmett había estado tratando con ella el
traslado del barco desde aquel puerto a Florida, donde tenía su casa
de invierno, no había mencionado que fuera a ir ninguna otra persona
a bordo. No comprendía cómo podía haber autorizado la presencia de
un operario de mantenimiento en el Fiona, el barco que era su orgullo
y su más preciada posesión.
Sintió felicidad solo de pensar en volver a navegar en él. Allí
había pasado muy buenos momentos con sus hermanos y su abuelo.
El verano pasado, sus hermanos y ella habían ido con su abuelo
desde Maine hasta Nueva Escocia. La travesía había sido perfecta,
como siempre, y todos habían disfrutado mucho.
Ahora todo iba a ser diferente. Sería casi un viaje de placer para
relajarse del estrés del trabajo y de su vida sentimental. Había roto
recientemente con Charles Stalnecky, alias Chuck el Judas, y esas
vacaciones le brindarían la oportunidad de hacer algo más interesante
que quedarse sola por las noches en su apartamento.
–Espérame aquí un momento –dijo Molly, subiendo la escalera
del barco–. Ten cuidado y agárrate a la barandilla, no te vayas a caer
al agua.
–No te preocupes –respondió la niña, subiendo a cubierta con
gran agilidad.
–¿Sabes nadar? –preguntó Molly, bajando la escalerilla que
conducía al camarote y dejando la bolsa de viaje en un banco.
–Por supuesto. Mi padre dice que nado como una campeona.
¡Uy!, se me olvidaba la aspiradora. Será mejor que vaya por ella –dijo
la niña, dispuesta a bajar de nuevo del barco.
Pero Molly no estaba dispuesta a que corriera un riesgo
innecesario solo para buscar algo que no existía.
–Espera un momento. Estoy segura de que tu aspiradora se
sentirá feliz de estar sola en el muelle tranquilamente unos minutos.
–Puede que tengas razón –replicó Phoebe–. Pero dime, ¿qué es
eso que llevas ahí?
–Un arpa irlandesa.
–Una vez vi a alguien tocando un arpa en la tele. Pero era
mucho más grande.
–Sería, seguramente, un arpa de pedal. La mía es un arpa folk.
Las hay de varios tipos. Algunas, como esta, son para tocarse sobre el
regazo y hay otras más grandes para apoyar en el suelo.
–¿Tu sabes tocar el arpa?
–Sí. Es mi hobby. Igual que la aspiradora para ti.
–¿Y sabes también cocinar?
Molly sonrió. Estaba empezando a caerle bien la chica.
–Hago muy bien los sándwiches de queso a la plancha.
–Me encantan los sándwiches de queso –dijo Phoebe con una
sonrisa de felicidad, y luego exclamó al ver a su padre en la
escalerilla–: ¡Papá! ¡Papá! Estoy aquí con Molly McBryde.
Molly se pasó la mano por la rodilla dolorida y contempló las
espumeantes aguas azules de Pamlico Sound. Una imagen idílica muy
alejada de la que en esos momentos se vivía en Chicago, donde
estarían sufriendo las primeras nevadas del año. Al menos eso era lo
que la señora Brinkle, su querida e insustituible ayudante, le había
dicho cuando la había llamado a la oficina para decir que había
llegado bien a su destino.
Vio entonces una raída gorra de béisbol de color gris asomando
por la escalerilla que subía a la cubierta y luego un par de ojos azules,
una mata de pelo rubio y una cara varonil con una barba de varios
días, cuyo único perfume era un profundo olor a diesel.
–Soy Eric Norvald –dijo el hombre, mirándola de arriba abajo.
–Molly Kate McBryde –replicó ella, tendiéndole la mano.
–Lo siento. No puedo darte la mano, las tengo llenas de grasa –
dijo él, limpiándose con un trapo.
–Pensé que habían reparado ya el barco. Al menos, eso fue lo
que mi abuelo me dijo.
–Sí, pero ha habido más averías –respondió él de forma brusca
y cortante.
Ella se sintió incómoda al ver cómo la miraba. La hacía sentirse
como un insecto clavado en un tablero. Se estiró lo más que pudo con
su metro sesenta y ocho de estatura.
–Espero que ahora esté todo en orden.
–Pues no. De hecho, te recomiendo que te busques un hotel y
dejes que yo me ocupe de los problemas.
Su voz sonaba como si la hubiera pasado a través de un papel
de lija. Se metió el trapo manchado de grasa en el bolsillo de atrás del
pantalón.
–Me quedaré en el Fiona –dijo Molly secamente–. Supongo que
saldremos mañana, ¿no?
–Sí, zarparemos de acuerdo con el horario previsto.
–¿Zarparemos?
–Sí. Phoebe, tú y yo.
–No entiendo –dijo ella con cara de incredulidad–. Estoy
esperando un patrón de barco que me ayude a llevar el Fiona a Fort
Lauderdale.
–Yo soy ese patrón. Emmett me contrató. Nos hicimos amigos
cuando estuvo supervisando las reparaciones de este barco hace un
par de meses. Ahora, ¿quieres que sigamos de charla o prefieres que
continúe con mi trabajo?
–¿Quieres decirme que eres el capitán de barco que estaba
esperando? –exclamó ella, mirándole como si tuviera delante a un
pirata con un parche en el ojo.
Él inclinó la cabeza respetuosamente y le dirigió una sonrisa
exasperante dejando ver su dentadura blanca e inmaculada.
–Si deseas ver mi carné de patrón, tendrás que bajar conmigo al
camarote. Aunque preferiría no perder el tiempo y volver a mi trabajo.
Eric se dio la vuelta y se dirigió de nuevo a la escalera por la que
había salido. Sin embargo, al pasar, rozó ligeramente el brazo de
Molly, que sintió un escalofrío. Se echó instintivamente hacia atrás,
hipnotizada por la visión de aquellos increíbles ojos azules.
–Papá –dijo Phoebe asomándose al hueco de la escalera–,
Molly ha dicho que va a hacerme uno de esos sándwiches de queso a
la plancha que tanto me gustan.
–Si la señorita McBryde quiere hacerse cargo de la cocina, yo no
tengo nada que objetar –replicó Eric desde la sala de máquinas.
–Te ayudaré con los sándwiches –dijo Phoebe, mirando a Molly
con sus ojos azules, iguales que los de su padre.
–Muy bien –replicó Molly, mirando a la niña con simpatía,
pensando que su padre no debía preocuparse mucho de ella, a juzgar
por su aspecto.
–A mí me gustan con mostaza, ¿y a ti?
–Nunca los he probado con mostaza. A mí me gustan con tomate
y cebolla.
–Creo que no tenemos nada de eso, pero sí varios frascos de
mostaza.
–Está bien –dijo Molly con un suspiro de resignación.
–Baja tú primero, yo iré luego –replicó Phoebe.
Molly bajó la escalera y vio a Eric Norvald en la sala de
máquinas.
–¿Te importaría pasarme esos alicates que hay junto al
fregadero? –exclamó Eric, contemplando discretamente el trasero de
Molly mientras bajaba–. Gracias –dijo cuando ella se los dio–. La
mostaza está en la repisa que hay sobre el microondas y, el pan, junto
a la tostadora –añadió, cerrando de un portazo la puerta de la sala de
máquinas.
–Un hombre encantador –murmuró Molly con ironía, mientras la
niña bajaba por la escalera.
Echó un vistazo al cuarto de derrota y vio una placa colgada de
la pared. Eric Norvald había dicho la verdad: era capitán de barco.
Entró en la cocina. Todo parecía estar limpio y en su sitio. Al
menos, era un hombre ordenado. El fregadero de acero inoxidable
estaba recién fregado. Y la vitrocerámica, impecable. Lo mismo que el
horno, por dentro. Y el suelo de teca estaba lustroso y brillante.
–¿Te apetece aún la cerveza? –preguntó Phoebe, sacando un
refresco del frigorífico.
–No, tomaré lo mismo que tú.
–A lo mejor no te gusta. Sabe a cera –dijo Phoebe abriendo dos
latas.
Molly se quedó pensativa un instante. Eric abrió entonces la
puerta de la sala de máquinas.
–Por si te interesa, yo ya he comido –dijo él.
–La verdad es que me trae sin cuidado si has comido o no –
replicó Molly.
–Lo suponía –dijo él, sacando una linterna de un cajón y
esbozando algo parecido a una sonrisa antes de volver a meterse en
el cuarto de máquinas.
Molly se quedó mirando la puerta con aire despectivo. No le
gustaba ese hombre tan arrogante. Pero tenía que reconocer que
había algo en él que la atraía.
Phoebe sacó dos platos, los puso en la mesa que había en una
especie de sala de estar, integrada en la cocina, y observó a Molly que
estaba esperando a que se calentara la plancha.
–Tú haces los sándwiches diferente que papá. Él no los pone tan
juntos y, cuando se le queman, suelta una palabrota. Lo mismo que
cuando le salta el aceite de la sartén o cuando…
–¡Phoebe! –exclamó una voz airada desde la sala de
máquinas–. ¿Cuántas veces tengo que decirte que no debes hablar de
ciertas cosas con desconocidos?
–Molly no es una desconocida. El señor Emmett nos habló de
ella, ¿no lo recuerdas? –Phoebe se quedó callada, esperando la
reacción de su padre, y luego añadió dirigiéndose a Molly–: En
ocasiones como esta es cuando suele decir palabrotas.
Molly puso los sándwiches sobre la mesa.
–¿Sabes una cosa? –prosiguió diciendo Phoebe–. Cuando era
más pequeña, cada vez que me comía un sándwich formulaba un
deseo, pensando que se haría realidad.
–¿Y cuáles son ahora tus deseos?
–Vivir de nuevo en una casa y volver a tener una mamá. Mi
madre murió, ¿sabes?
–Lo siento mucho, Phoebe. La mía también. Pero cuando yo
tenía ya diecisiete años.
Había sido un golpe muy duro. Patrick, su hermano mayor, se
había ido ya a la universidad, por lo que ella, que estaba por entonces
en el último curso del instituto, había tenido que asumir las
responsabilidades de la casa, y de modo especial el cuidado de su
hermano Brianne de tan solo once años, muy rebelde y revoltoso.
–Yo tenía cuatro años cuando mamá murió –dijo Phoebe cuando
Molly se sentó a la mesa–. Pero la recuerdo bien. Le gustaba ir de azul
y hacer footing por el parque. Teníamos una perra llamada Cookie que
mi padre dejó a los vecinos cuando vendimos la casa.
–Debes de echarla mucho de menos, ¿verdad? –dijo Molly,
extrañada de que no se escuchara ningún ruido de la sala de
máquinas desde hacía unos minutos.
–Sí –respondió la niña, asintiendo muy solemne con la cabeza–.
Se suponía que Cookie volvería con nosotros cuando tuviésemos otra
casa, pero ya no creo que vuelva a verla.
La puerta de la sala de máquinas se abrió de golpe y Eric
apareció con cara de pocos amigos.
–Tengo que ir a la ferretería del puerto a por unos pernos.
Phoebe, ¿quieres venir conmigo?
–Nos disponíamos a tomar algo –dijo Molly.
–Sí, papá, Molly acaba de hacer sándwiches de queso.
–Está bien, puedes quedarte aquí si a Molly no le importa hacer
de niñera –dijo él secamente–. Volveré en hora y media. Hasta luego,
cariño.
Eric le acarició el pelo a su hija y subió a cubierta. Molly no pudo
evitar mirar aquellas piernas musculosas cuya fortaleza se adivinaba
bajo los ajustados pantalones vaqueros descoloridos.
–Me alegro de quedarme aquí contigo –dijo Phoebe, muy
sonriente–. ¿Sabes una cosa? Creo que este es un día de suerte.
Deberíamos formular cada una un deseo.
–Yo no tengo ningún deseo –afirmó Molly.
–Pues yo sí –dijo la niña, inclinándose hacia ella con mucho
misterio como si fuera a revelarle un gran secreto–. Mi deseo es que
llegues a ser mi nueva mamá.
Molly se quedó estupefacta al oír esas palabras pero tuvo el
buen sentido de mantener la boca cerrada. Ella nunca había querido
ser madre. Después de haber sido la niñera de su hermano Brianne,
estaba convencida de que no había nacido para ser madre. Tenía una
carrera por delante y, además, apenas conocía a la niña.
–Escucha –dijo Phoebe, tomando su sándwich del plato–. Te
enseñaré a pedir un deseo. Tienes que cerrar los ojos, pensar el
deseo, decirlo en voz alta y dar luego un bocado al sándwich.
Molly escuchó, sorprendida, cómo Phoebe formulaba su deseo.
Sin saber cómo, se vio formulando ella también un deseo, sin que la
niña lo oyera: «Me gustaría conocer a alguien, que no fuera Eric
Norvald, que me ayudara a llevar este barco a Florida».
***
A pesar de su promesa de volver pronto, Eric no regresó hasta
por la noche. Subió a bordo, apartando a un lado la bolsa de viaje de
Molly, y agarró luego la caja que contenía el arpa.
–Deja, yo la llevaré –dijo Molly.
Había estado la última media hora dando vueltas arriba y abajo,
como una fiera enjaulada, echando pestes por la falta de
responsabilidad de Eric.
–¿Qué es esto?
–Un arpa irlandesa –respondió ella, dejando la caja con mucho
cuidado en una silla.
–Nunca había oído hablar de ella.
–No me extraña –dijo ella con aspereza.
–¿Qué me estás tratando de decir?
–Que mi abuelo cometió un gran error contratándote para llevar
el barco a Florida. No creo que podamos congeniar en este viaje.
–¿Cómo lo sabes?
–Por la forma en que te has comportado desde que subiste a
bordo y por tu falta de responsabilidad. Has estado seis horas fuera,
¿te das cuenta?
–Soy consciente de ello –dijo Eric, pasándose la mano por el
pelo–. Tuve que hacer más de sesenta kilómetros en el coche para
encontrar el perno que necesitaba, y cuando llegué a la tienda me
dijeron que solo les quedaban dos. Así que tuve que esperar a que
trajeran más desde Raleigh. Para colmo, el camión donde venían se
averió por el camino. Créeme, habría preferido quedarme aquí.
¿Dónde está Phoebe?
–Ahí durmiendo –respondió Molly señalando un pequeño
camarote, en el que apenas cabían dos literas una encima de otra–.
Calentamos una lata de carne guisada con verduras y luego se fue a
la cama y se puso a hablar de su aspiradora imaginaria antes de
quedarse dormida.
Eric advirtió el tono de acusación de sus palabras. Abrió la
puerta del camarote, miró a Phoebe durmiendo plácidamente y la
cerró de nuevo. La expresión de su cara pareció suavizarse.
–Pobre Phoebe. Debería haber vuelto a tiempo para arroparla –
dijo él en voz baja.
–¿No sigues un horario con ella?
–Sí, cuando no tengo que trabajar noche y día para reparar un
barco. Pero este motor es un auténtico quebradero de cabeza. Es de
fabricación alemana y no hay apenas repuestos en todo el país.
Tendré que trabajar duro si quiero tenerlo listo para mañana.
Molly había oído hablar a su abuelo muchas veces de los
problemas del motor del Fiona y sabía que Eric tenía razón. Tal vez se
hubiese excedido en sus críticas.
–Lo siento. Estoy preocupada por tu hija, eso es todo.
–Te lo agradezco. No hay mucha gente que se ocupe de ella.
Era la primera muestra de humanidad que veía en él. Pero debía
comprenderlo. Había perdido a su esposa y no le resultaría nada fácil
educar a una hija él solo.
–Está bien, Eric. ¿Podemos empezar desde cero?
–Claro –respondió él, encogiéndose de hombros–. Aún queda
trabajo por hacer, pero creo que tendré el barco listo por la mañana.
Así podremos salir temprano. Según los últimos informes
meteorológicos, vamos a tener buen tiempo en las próximas horas.
Molly comprendió que era el momento de tomar una decisión. Si
despedía a Eric tendría que encontrar a otro patrón de barco que
llevase el Fiona a Fort Lauderdale. Pero aquel puerto tenía muy poca
actividad y la ciudad más cercana era apenas un punto perdido en el
mapa. Era poco probable que encontrase allí a una persona capaz de
pilotar el barco. Su abuelo le había encomendado a ella esa misión.
Su hermano Patrick estaba en Irlanda, trabajando en un libro sobre el
folclore irlandés, y Brianne estaba en Australia dando un curso de
fotografía que duraría aún un par de semanas. El propio Emmett se
encargaba todos los años de llevar el Fiona a Florida, pero unas
pruebas médicas se lo habían impedido a última hora.
Tendría que resignarse a convivir con Eric Norvald en aquel
barco, le gustase o no. Si la relación entre ellos llegara a hacerse
insoportable, tendría la posibilidad de despedirlo cuando pasasen por
una zona de la costa donde hubiera más oportunidades de encontrar a
alguien con la cualificación necesaria para llevar el Fiona.
–Está bien –dijo ella.
–De acuerdo entonces –replicó él–. Por cierto, ¿có-mo está
Emmett? La última vez que hablé con él por teléfono no lo encontré
muy animado.
–Tan irascible como siempre. Deseando acabar cuanto antes las
pruebas que tiene que hacerse en una clínica de Minnesota para
poder pasar el invierno en su casa de Florida.
–Bien. Encontrará el Fiona allí cuando llegue –dijo Eric, entrando
en la sala de máquinas y cerrando la puerta tras de sí, antes de que
ella pudiera responderle.
Molly echó un vistazo a Phoebe, que seguía durmiendo. Luego
se dirigió al camarote principal de la zona de popa y guardó
cuidadosamente todas sus cosas en los cajones.
Ese era el camarote que ocupaba habitualmente su abuelo
cuando iban todos a bordo. Brianne y ella compartían el camarote
pequeño, donde Phoebe estaba ahora, y Patrick dormía en la litera de
proa. Cuando terminó de guardarlo todo, se dio una ducha en el cuarto
de baño anexo y se metió en la cama. Era una gran cama de
matrimonio en cuya cabecera había tres ojos de buey con unas
preciosas vidrieras que filtraban la luz del puerto proyectando todo un
abanico de colores sobre el camarote. Se sentía a gusto estando de
nuevo a bordo del Fiona. Le traía muy buenos recuerdos. En aquel
barco había pasado momentos muy felices de su vida.
Emmett iría al día siguiente a la clínica de Minnesota, desde su
casa en Maine.
Recordó la última conversación que había tenido con su abuelo.
–Bah, ya sabes como es esto. A los médicos les gusta ayudarse
unos a otros. Estos de aquí me han mandado a Minneapolis y seguro
que de allí me mandarán a otra clínica.
–Abuelo, me estás asustando.
–Espero asustar también a los médicos, a ver si así me dejan en
paz–. Oye, Molly Kate, ¿vas a disfrutar de tus vacaciones o tienes
intención de seguir enganchada a tu trabajo?
–No sé, abuelo. Me preocupa mi jefe. No sé si podrá hacer todo
mi trabajo además del suyo.
Francis X. O’Toole tenía treinta y seis años. Solo cinco años más
que ella. Lo conocía desde niña. Además, había sido dama de honor
en su boda con Elise, una joven que había sido compañera de su
hermano mayor en la universidad.
–No te preocupes por Frank. Ya tiene a la encantadora y
eficiente señora Brinkle para llevar la oficina mientras tú estés de
vacaciones.
Era cierto. Lorraine Brinkle era un mujer rubia de pelo corto y
rizado, muy dada a llevar faldas juveniles y llamativas. Estaba llena de
vitalidad. A sus cuarenta y cinco años había conseguido graduarse en
Contabilidad y, a pesar de su costumbre de ir por los pasillos de la
oficina tarareando canciones reggae, su capacidad en el trabajo
estaba más que demostrada.
Su abuelo tenía razón. No debía tener ningún motivo de
preocupación. McBryde Industries no iba a quebrar porque ella
estuviera de vacaciones.
Se estiró en aquella enorme cama del camarote y escuchó las
olas del mar batiendo contra el casco del Fiona. Siempre le había
gustado dormir en aquel velero, arrullada por su balanceo. Pero esa
noche no podía conciliar el sueño. No dejaba de escuchar unos golpes
metálicos al otro lado de la pared. Era Eric trabajando en el motor
diesel. Esperaba oír de un momento a otro el sonido de la puerta de la
sala de máquinas, indicando que había terminado su trabajo.
Pero no llegó a oírlo. Se durmió antes. Y soñó con un hombre
alto de brillantes ojos azules al que, sin embargo, no podía ver bien la
cara. Pero sabía que era Eric Norvald.
Capítulo 2
A la mañana siguiente, Eric se levantó de su litera, en la proa del
Fiona. Era muy temprano. Aún no había levantado la niebla que cubría
todo el Sound. Echó un vistazo a su hija, que seguía durmiendo. Fue
luego a la cocina y se preparó un café fuerte. La reina Molly Kate
McBryde estaría también durmiendo, se dijo con ironía. Mejor, así
podría hacer una última revisión al barco, antes de zarpar

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