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Libro PDF El diario de Victoria – Maite Marcelo

El diario de Victoria – Maite Marcelo

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pudieran cuidar de su madre igual que ella. Tampoco le parecía demasiado oportuno estar viajando lejos de todo mientras su familia la necesitaba.
Llegó a la explanada sudando a mares después de la caminata. Sólo le apetecía soltar la mochila y meterse en el agua. Fue hacia la orilla del río y después de
descalzarse metió los pies en el agua fresca. Dio unos cuantos pasos hasta una gran roca que estaba en medio del cauce, se subió y después de sentarse sobre una toalla
que llevaba en la bolsa, se desvistió y se tiró al agua sin pensárselo. «Que gusto», se dijo, parecía pleno mes de agosto. El día era esplendido, no se oían más que pájaros
e insectos a su alrededor. El agua bajaba limpia y corría una brisa suave con aroma a bosque. Estaba en el paraíso. Cuando se hubo refrescado, salió del agua y se tumbó
sobre la roca caliente por el sol. Mientras estaba allí con los ojos cerrados, le vino a la mente el rostro de Miguel. Su sonrisa perfecta, su mirada penetrante, su piel
bronceada y sus largas manos. Le gustaba de verdad. No lo conocía apenas pero creía que congeniaban. Lo sintió el día que los presentaron y volvió a tener la misma
sensación durante la entrevista. Era un chico amable y atento, muy simpático y tenía un cuerpo de escándalo, o al menos eso parecía.
Entre esos pensamientos se cruzó Luis. Estaba un poco desconcertada con su amigo. Hacía años que le conocía y creía que siempre era totalmente sincero con
ella, más que sincero, en algunas ocasiones incluso cruel en sus comentarios. No entendía porque había ocultado que fue Miguel quien sugirió que fuera a la entrevista.
Empezó a pensar que quizá no quería que se hiciera ilusiones sobre el trabajo, o a lo mejor fue Miguel quien le había pedido que no se lo dijera. Fuera como fuese le
había mentido y eso no era propio de él. Sería algo que deberían aclarar a su regreso.
Despertó de su ensoñamiento al notar el viento que se había levantado. Se puso la ropa interior y la camiseta que había dejado aireándose en una rama para secar
el sudor. Sacó el bocadillo de jamón y queso que había preparado por la mañana y lo devoró a grandes bocados acompañado de media botella de agua. Una vez saciada
su hambre y su sed, decidió ponerse el resto de su ropa. Cogió la toalla que tenía encima de la roca y la llevó a la orilla para ponerla bajo una sombra sobre la hierba alta.
Sacó del bolsillo interior de la mochila un libro que tenía a medias y se tumbó con la mirada fija en las nubes. De pequeña, hacía lo mismo con su hermano. Tumbados el
uno junto al otro, jugaban a ver quien encontraba primero la nube con la forma más curiosa. Ahora lo recordaba con pena y nostalgia porque la relación con él se había
enfriado mucho desde que empezó la universidad. David creía que había huido de sus padres para alejarse de su control, dejándolo a él al cuidado del negocio familiar. En
ocasiones así también lo creía ella. David no había sido nunca buen estudiante y a los 16 años dejó el colegio. Ella sólo tenia 12 años cuando eso pasó, pero recordaba
muy bien las discusiones que hubo en su casa por aquel entonces. Sus padres querían que su hermano fuese al instituto, que acabara al menos los estudios secundarios,
pero el sólo quería salir con los amigos del pueblo y pasarse el día vagabundeando. A ellos, eso les parecía inaceptable, así que le dieron un ultimátum: o estudiaba o
trabajaba a jornada completa en la tienda familiar. Él no quiso ni oír hablar del tema y se buscó un trabajo en un taller mecánico, donde hacía de ayudante. Eso no duró
mucho. Una noche hubo un robo en el taller y David fue acusado de ello. Él no lo hizo, o al menos eso aseguró, pero se quedó sin trabajo y volvió a las andadas con sus
amigos. Sus padres desesperados, le dijeron que debía trabajar o lo echarían de casa. Pero no fue necesario. Esa misma noche se marchó sin decir nada. Estuvo fuera
cuatro días. Todo el mundo lo buscó, pero no dieron con él. Paula quiso ayudar por su cuenta. Sabía que alguna vez él y sus amigos iban a beber a Villa Carmen, un
caserón abandonado a pocos metros de su casa. El tercer día por la tarde, al salir del colegio, fue andando hasta allí. Justo llegando a la entrada de lo que antaño había
sido un gran jardín con una bonita fuente en medio, se paró en seco al ver a alguien en la ventana de la segunda planta. Pensó que podía ser David, que estaba
escondiéndose en la vieja casa. Temblando de miedo entró a la vivienda por la puerta de las cuadras, en la parte trasera que a su vez conducían al acceso que usaban los
sirvientes para ir al patio. Allí tumbada en la hierba y mirando al cielo, lo recordaba como si estuviera en Villa Carmen en ese momento: el olor a humedad de las
paredes, el suelo lleno de polvo y excrementos de rata, el ambiente gélido y triste. Oía el eco de sus pisadas mientras subía las escaleras y el viento golpeando un
porticón medio arrancado de una de las ventanas de la cocina. Había subido muy despacio hasta el segundo piso, llamando a David cada pocos segundos, con el corazón
encogido y temblando como una hoja ante aquella enormidad de vacío y abandono. Buscó primero en el lugar donde le había parecido ver a su hermano, pero no había ni
rastro de que nadie hubiera estado en aquella habitación en años. Subió hasta el ático con mucho cuidado de no caer por ninguno de los agujeros que plagaban el suelo de
madera carcomido de la última planta, lo miró todo y ni rastro de David ni de nada que hiciera pensar que allí hubiera habido nadie en mucho tiempo. En el mismo
instante en que se dio cuenta que la casa estaba vacía, debería de haberse ido, pero no pudo. Había una fascinación en aquel lugar, un magnetismo en el ambiente que le
impedía tomar el camino de regreso a su casa. Estaba anocheciendo y no era un buen lugar en el que estar una vez el sol se escondiera, pero Paula sentía la necesidad de
seguir allí unos minutos más. Se quedó en el ático y abrió una puerta que conducía a una habitación donde aún podía verse una pequeña cómoda totalmente raída y el
esqueleto de una vieja cama, que por su forma y los restos de pintura que aún la cubrían, parecía que había sido de una chica. Entró y casi inmediatamente le invadió una
sensación de tranquilidad que le permitió quedarse allí observándolo todo como si la habitación recobrara de repente el esplendor que tuvo cuando estaba habitada. Pudo
imaginarse la cama con la colcha puesta, las paredes forradas de tela estampada y los muebles blancos e inmaculados en su lugar original. Era la estancia de una chica algo
mayor que ella, donde se respiraba vitalidad y determinación, aunque también pudo percibir una gran dosis de miedo y tristeza.
De repente, debajo del armazón de la cama, vio un extraño dibujo en el suelo. En uno de los viejos tablones gastados, pudo apreciar la forma de una flor tallada
en la madera. Apartó los hierros con relativa facilidad y se agachó para observar el dibujo. Alguien lo había marcado con algo afilado, un cuchillo o una piedra quizá, era
tosco y hecho con prisas, pero en aquel lugar tan oscuro parecía que brillara con luz propia. Paula limpió con la mano el polvo que lo cubría y se dio cuenta que el
tablón estaba suelto. Con algo de esfuerzo pudo levantarlo y descubrir que envuelto en un paño viejo y sucio, había un pequeño libro. Lo sacó y lo desenvolvió con
cuidado. En la tapa de piel pudo leer «Victoria Caba Anaud». Lo abrió y vio que en realidad era un diario. La primera anotación era del 15 de julio de 1880. Lo guardó
rápidamente en la mochila del colegio y salió de la casa como si de repente aquel lugar hubiera dejado de ser seguro. Regresó a su casa antes de que la echaran en falta y
nunca contó a nadie lo que allí había percibido ni mostró nunca a nadie el diario.
Su hermano volvió al cuarto día con la misma ropa que llevaba el día que desapareció, y con muy mala cara. Nunca quiso contar donde había estado y a sus
padres no les importó, estaban tan aliviados por su regreso, que no le pidieron más explicaciones. A David, la experiencia debió de afectarle tanto, que a los dos días de
volver, cuando estuvo totalmente recuperado, se puso a trabajar en la tienda sin que nadie tuviera que insistirle para que lo hiciera. Con los años se había hecho cargo del
negocio familiar y sus padres sólo se pasaban por allí de vez en cuando, más para controlar como iba todo que para ayudar, ya que lo que ocupaba casi todas la horas de
su progenitor era el cuidado de su gran huerto y su madre se dedicaba casi todo el día a coser y llevar la casa. Desde hacía algunos años, se había sumado a la plantilla,
Alina, una chica rusa que llegó a Santa Eugènia cuando David tenía 20 años. Se casaron al poco tiempo y ahora tenían dos hijos. A Paula no le caía bien su cuñada. Creía
que nunca había estado enamorada de su marido, al que trataba siempre con desprecio. Pensaba que era una vaga que sólo quería lucir escote y flirtear con quien se le
pusiera a tiro.
Por su parte, Paula, nunca había querido saber nada de la tienda, así que cuando tuvo que elegir universidad, no se lo pensó dos veces y pidió plaza en la
Politécnica de Barcelona, lejos de su casa. Su hermano le echaba en cara siempre que podía, que era él quien había cargado con la familia, el que había sacado adelante el
negocio y que gracias a eso ella había podido estudiar una carrera. Decía que ella se había dedicado a despilfarrar el dinero y a aprovecharse de sus padres, que le habían
permitido todo lo que no le habían consentido a él. Por eso cuando Paula encontró su primer trabajo y pudo mantenerse económicamente, insistió en devolverles poco a
poco todo el dinero que habían invertido en ella. Debido al rencor que le guardaba su hermano, ya casi nunca hablaban y sólo se veían en las reuniones familiares.
Los pensamientos sobre su hermano y el dinero la habían puesto de mal humor. Buscó la sombra de un árbol y se apoyó contra su tronco para estar más
cómoda y poder leer un rato El sabueso de los Baskerville, un libro de miedo y misterio, perfecto para no pensar en nada más que en la novela.
Cuando se le empezaron a cerrar los ojos, decidió que era hora de recoger y marcharse. Se puso los calcetines y las botas, recogió los restos de su comida y se
cargó de nuevo la mochila para emprender el camino de regreso al coche. La vuelta se le hizo mucho más corta y liviana que la ida, casi siempre era así, y al llegar vio que
todavía había bastante gente paseando por los alrededores del lago. Eran las seis de la tarde y el día invitaba a hacerlo. Era un lugar ideal para ir con la familia a merendar
o a tomar algo en la terracita del pequeño restaurante. Ella se montó en el coche y se dirigió a la Ronda de Dalt, en diez minutos estaría en casa, con las ideas un poco
más claras que cuando llegó por la mañana. Había decidido no aceptar el trabajo si se lo ofrecían, e irse a pasar un par de semana a casa de sus padres, para estar más
cerca de su madre y ayudar en lo que pudiera. Como tampoco tenía mucho que hacer en Barcelona y le apetecía cambiar un poco de aires, era la mejor opción. En
cualquier caso, esperaba poder tener tiempo allí, para empezar a escribir su libro y desintoxicarse de la gran ciudad y su bullicio. Lo único que iba a echar de menos era a
Miguel. Ahora que se habían reencontrado, le hubiera gustado poder trabajar con él y ver si su relación podía convertirse en algo más que en una amistad, pero a pesar
de ello estaba decidida a marcharse a Santa Eugènia en unos días.
— 5 —
Después de haber pasado el día anterior pensando en sus problemas y en los de la gente que la rodeaban, Paula quería dedicar aquel viernes a dejar la mente en
blanco y a hacer cosas que le levantaran el ánimo. Decidió que después de su desayuno hipercalórico de café con leche, un par de tostadas con queso de untar, zumo de
naranja y un par de huevos fritos, se arreglaría y se marcharía en metro hasta el centro a hacer algunas compras. Quizá luego almorzaría en una taberna que había al final
de Les Rambles donde iba siempre que estaba por aquella zona, y para acabar se pasaría por la peluquería de su amiga Lourdes a que le hiciera un cambio de imagen.
Quería que aquel fuera un día divertido. Desde que la despidieron hacía un par de meses casi no había salido de su piso y necesitaba tener un día para ella. Mientras
desayunaba, repasó las frivolidades del corazón de las ricas y famosas de turno. Después, se puso delante del ordenador para ojear las noticias internacionales. Entró en
la web de Europa Press y lo primero que vio a grandes titulares fueron los bombardeos del día anterior en Kobani. «¡Dios mío Luis!» Estaba casi segura que le había
dicho el nombre de ese lugar cuando llamó por teléfono hacía un par de días. En la noticia se contaba que se habían realizado 18 bombardeos contra las posiciones del
Estado Islámico en los alrededores de la ciudad y «habían destruido múltiples bases de combate y alcanzado 16 edificios». Al leer eso se puso histérica.
Conociendo a Luis y su afán por estar en el ojo del huracán, estaba casi segura que estaría muy cerca en el momento de los bombardeos. En la noticia no se
comentaba nada de periodistas muertos, pero para quedarse más tranquila cogió el móvil y buscó el número de Rubén, un reportero amigo de Luis, que trabaja en la
redacción de la Vanguardia y que casi seguro sabría algo sobre el equipo que estaba en Siria.
—Hola Rubén, soy Paula, la amiga de Luis Ferrer —dijo sin dejar responder a Rubén al descolgar.
—¡Ah Paula! Me pillas en un mal momento…
—Supongo que es por los bombardeos en Kobani.
—Sí, ¿ya te has enterado?
—Acabo de leerlo en Internet. ¿Sabéis algo sobre los reporteros que están allí? —dijo con voz temblorosa.
—De momento no mucho, lo que nos han contado unos compañeros franceses que estaban cerca de la zona pero no nos han podido precisar detalles.
—¿No sabéis si Luis está bien?
—Lo siento Paula, no puedo decirte nada.
—¿Pero no habéis hablado directamente con ellos? —No entendía como después de tantas horas aún no sabían nada con certeza.
—No. Desde ayer por la tarde a las seis. Lo último que supimos es que por la noche, después de cenar, iban a ir a tomar imágenes de los soldados apostados en
la frontera con Turquía.
—¿Podrás llamarme o mandarme un mensaje si se ponen en contacto con vosotros? Por favor. Ya tienes mi número. —Las lágrimas empezaban a aflorar en sus
ojos.
—Haré lo que pueda. —La voz de Rubén también sonaba sumamente triste.
—Gracias Rubén, sólo necesito saber que está bien.
—Claro, en cuanto sepamos algo te lo haré saber.
Los dos colgaron a la vez.
Pensaba que aquel iba a ser un día tranquilo. Necesitaba un día tranquilo. ¿Dónde estaban aquellos en que lo peor que le podía pasar era que se le quemaran las
tostadas o llegar tarde a una entrevista? Hacía tres días que estaba en un sin vivir. Se paseó nerviosa por el piso con los ojos llenos de lágrimas y el móvil fuertemente
agarrado esperando a que en cualquier momento llamara Rubén. Su mente divagaba sobre lo que le podría haber pasado a su mejor amigo. No era la primera vez que
estaba en una zona en que había bombardeos pero estos, según las noticias que había leído, habían sido especialmente violentos. En poco más de dos horas habían caído
más de sesenta bombas en un pequeño radio de tres kilómetros y estaba claro que si alguien estaba cerca en esos momentos no habría sobrevivido. No obstante Rubén le
había dado algo de esperanza. Si los reporteros estaban en la frontera con Turquía en esos momentos, querría decir que con un poco de suerte en el momento en que
cayeron las bombas estarían a bastantes kilómetros del lugar. Pero no podía saberlo con seguridad. A Paula se le empezó a acelerar el pulso, le costaba respirar, estaba
sudado y sabía que si no se tranquilizaba, lo próximo serían vómitos y espasmos musculares. Probó a salir al balcón a que le diera el aire, pero no sirvió de nada. El
ruido de la gente en la calle la ponía aún más nerviosa. Se sentó en el sofá y encendió la tele, pero sólo cambiaba de canal con el mando como si fuera una autómata sin
ver nada en concreto. Luego intentó leer un poco, pero no pasó de la primera línea. A los pocos minutos no pudo más, fue al baño, cogió el frasco de Diazepam que
había sostenido en su mano hacía 48 horas y después de pensarlo unos segundos, tomó un par de pastillas. Se tumbó en la cama y esperó, sabía que en unos minutos su
estado de ansiedad mejoraría. Así fue, a los veinte minutos empezó a notarse más relajada y las pulsaciones fueron estabilizándose. Parecía que lo peor había pasado.
Físicamente se sentía mucho mejor, pero mentalmente estaba destrozada, había fallado a Luis y se había fallado a ella misma. Había incumplido la promesa que le hizo a
su amigo hacía dos años, pero si al final resultaba que él estaba… no podía ni pensarlo, pero si así fuera, que más daba ya esa promesa. Ahora lo único que quería era
encontrarse mejor y dejar de sentir miedo.
En ese momento sonó el teléfono. Paula levantó su mano derecha donde tenía aún fuertemente agarrado el móvil y le dio al botón de descolgar sin mirar la
pantalla:—
¿Rubén?
—No, soy Miguel.
—Ah Miguel… —su voz era lenta y apagada, se sentía mareada y a punto estuvo de colgar en cuanto supo que no era Rubén pero Miquel siguió hablando.
—¿Te has enterado de los bombardeos en Siria?
—Sí, precisamente estaba esperando una llamada relacionada con eso. —Se recostó con dificultad en el cabecero de la cama para no caerse.
—¿Sabes algo? ¿Te ha llamado Luis o alguien de su redacción para decirte cómo están? ¿Sabes si está bien?
Eran demasiadas preguntas para que las procesara su mente abotagada, apenas podía sostenerse sentada y no quería mantener aquella conversación por más
tiempo. Debía dejar la línea libre por si llamaba Rubén, pero había notado en Miguel la misma preocupación que sentía ella y quiso tranquilizarlo.
—De momento no sé nada, Miguel. Como ya te he dicho estaba esperando la llamada de un amigo de Luis que está en contacto con los reporteros enviados allí,
pero aún no me ha podido concretar nada. Cuando sepa algo te llamaré.
—Estaré en la oficina, puedes llamarme aquí.
—Muy bien adiós.
—Adiós.
Pasaban las horas y Rubén no llamaba. Había intentado dormir, pero lo único que conseguía cuando cerraba los ojos era ver el cuerpo de Luis inerte entre los
restos del bombardeo. Se quedó tumbada un rato más en la cama mirando al techo hasta que se le pasó un poco el mareo y tuvo suficientes fuerzas para incorporarse.
Fue directa al ordenador sin ganas, arrastrando los pies y con los sentidos algo adormilados. Quería comprobar si habían publicado algo nuevo, repasó casi todas las
webs de noticias internaciones y algunas nacionales, pero no había nada. Se sentó en el sofá y miró por enésima vez la pantalla del móvil por si tenía alguna llamada
perdida. Nada. Habían pasado siete horas desde que habló con Rubén y todavía no sabía nada, ni bueno ni malo. Decidió que quizá sería buena idea darse un baño de
espuma, a lo mejor eso la hacía sentir mejor. Justo cuando iba a poner el tapón a la bañera sonó el teléfono. Era Rubén.
—¿Sí? —contestó Paula con cautela sabiendo que esta vez era él y quizá no quisiera oír lo que tenía que decirle.
—¡Paula, buenas noticias! Luis está bien. Todos lo están.
—Que alivio, madre mía, he pasado un día espantoso. —Estaba llorando pero esta vez de alegría, soltó todos los nervios contenidos durante aquellas amargas
horas—. ¿Has podido hablar con él? —preguntó con la voz tomada.
—No. Directamente no. Hemos hablado con un miembro de ACNUR que nos ha asegurado que estaban todos bien. Nos ha dicho que esta mañana Luis y sus
compañeros, han estado en uno de los campamentos de refugiados que hay en la zona de Suruc, a unos 15 kilómetros de la frontera con Siria. Se ve que cuando
empezaron los bombardeos ya estaban a medio camino entre Kobani y la frontera con Turquia, así que tranquila, seguro que en cuanto tenga ocasión llamará.
—Bien. Muchas gracias Rubén, te lo agradezco mucho. Estaba muy preocupada.
—De nada. Te dejo, aún me queda mucho por hacer.
—Claro. Gracias de nuevo Rubén.
—Adiós Paula.
—Adiós.
«¡Uf que bien. Que alivio tan grande!», pensó Paula al colgar. «Menudo susto. Esta vez ha estado muy cerca. En cuanto Luis vuelva hablaré con él para que se
piense en serio dejar de ser reportero de guerra, pero… que más da si tampoco me va a escuchar». Paula sabía que aquella era su vida, era lo que él quería hacer y estaba
segura que en parte había disfrutado de la experiencia de sentir las bombas caer cerca de ellos. Siempre vibraba cuando narraba sus aventuras y ella sufría mientras las
escuchaba. A veces pensaba que se comportaba igual que la novia de un soldado. ¿Pero qué otra cosa podía hacer? Él no podía evitar ir en busca de la aventura y ella no
podía evitar quedarse sufriendo. ¡La pareja ideal! Se decía algunas veces.
Ya empezaba a anochecer y estaba agotada, aún sentía los efectos del calmante que había tomado antes. En esos momentos le apetecía más que nunca relajarse en
la bañera. Abrió el grifo del agua cliente mientras se quitaba la ropa delante del espejo de su habitación. Hacía muy mala cara, las ojeras le llegaban casi a las mejillas y
estaba blanca como la leche, pero poco le importaba, ahora sabía que Luis estaba bien, sólo quería meterse en el agua caliente para quedarse allí el resto de la noche.
Antes de hacerlo echó medio bote de sales con aroma a fresa y se hizo un moño para no mojarse el pelo. Una vez dentro con las piernas totalmente estiradas y
recostada sobre el reposa cabezas, se felicitó por haber hecho caso a su madre y tener un piso con bañera de hidromasaje. No la usaba mucho, pero cuando lo hacía,
agradecía la insistencia de ella. Se quedó transpuesta y casi llegó a dormirse, pero de pronto algo le vino a la memoria: «¡Miguel!» No lo había llamado. Salió
rápidamente del agua que ya se había quedado casi fría, y se puso el albornoz. Un poco más repuesta, y con las energías renovadas casi por completo, le llamó:
—Miguel, hola. Te llamo un poco tarde, lo siento —se disculpó con voz de corderito degollado.
—No importa. —Estaba impaciente porque le diera buenas noticias.
—Hace un rato me ha llamado Rubén para decirme que todos están bien. Han sabido por un miembro de ACNUR que todas las personas del equipo habían
salido de la zona bombardeada antes que empezara el ataque.
—¡Ah, que bien! —soltó un suspiro de alivio.
—Sí, por esta vez hemos tenido suerte —dijo Paula como si ella hubiera estado en Suruc con Luis—, al menos por esta noche podremos dormir tranquilos.
—¿Dormir? ¿Y quien tiene ganas de dormir? —yo, pensó Paula. No deseaba otra cosa—. ¿Ya has cenado? —le preguntó de pronto Miguel.
—Aún no, acabo de darme un baño y ahora iba a prepararme algo. ¿Por qué?
—¿Qué te parece si cenamos juntos?
—¿Ahora? ¿No es muy tarde? La verdad es que estoy bastante cansada.
—¡Para celebrar que un amigo está vivo no puedes estar cansada! Además es viernes por la noche, no todo va a ser trabajar —lo decía pensando en él que estaba
en la oficina desde primera hora de la mañana.
—¿Tienes que trabajar mañana? —Paula intentaba ganar tiempo mientras pensaba que hacer.
—Sí, pero no suelo acostarme hasta pasadas las doce, así que aún nos quedan algunas horas para celebrarlo. Podemos comer algo ligero, conozco un local donde
preparan las mejores tapas de Barcelona, además habrá música en directo. —Miguel se quedó callado esperando la respuesta de ella, que tardaba en llegar.
A Paula le parecía que todo iba demasiado rápido. Miguel le gustaba pero quizá no era el mejor día para que salieran por primera vez. Por otro lado, pensó, sería
una buena ocasión para hablar con él cara a cara y decirle que no iba a aceptar el trabajo, así que… ¿Por qué no? Había pasado todo el día encerrada esperando la llamada
de Rubén y de todos modos tenía que cenar. Ahora que los efectos del calmante habían pasado casi por completo, le vendría bien despejarse y el hecho de que hubiera
música en directo, acabó de convencerla.
—¿Dónde quedamos? —dijo finalmente Paula.
—En la Plaza del Sol en media hora. —Estaba contentísimo por el repentino cambio de humor de ella.
—¿En la Plaza del Sol? ¿Ahora quieres que vayamos a Madrid? —se rió.
—¿De verdad no la conoces?
—¡Pues claro que sí! No creo que no haya nadie que viva en Gracia que no la conozca.
—Por un momento me habías asustado. ¿Entonces quedamos allí en media hora?
—Ok, voy a cambiarme y salgo enseguida.
—Muy bien hasta ahora.
— 6 —
Sólo tenía treinta minutos para vestirse, maquillarse y llegar al lugar. Por suerte el baño la había reconstituido casi por completo y ahora se sentía con fuerzas
suficientes para salir con Miguel y cuanto más lo pensaba, más ganas tenía. Ya ni recordaba la última vez que había tenido una cita con un chico que le gustara de
verdad, «aunque quizá no debería tomarme esto como una cita», se dijo Paula, ya que sobretodo había aceptado salir para hablarle del trabajo. Mientras se vestía
decidió, que de momento, mantendría las distancias. No tardó mucho en saber qué ponerse: unos vaqueros ajustados, una blusa ancha que dejaba un hombro al
descubierto y unos zapatos cómodos porque iba a ir andando. Era una chica bastante alta y delgada, con una elegancia natural y cualquier prenda le sentaba genial. Se
puso cubre ojeras y base de maquillaje para darle color a la tez marfileña que tenía aquella noche, se soltó el pelo y dio un poco de brillo a los labios. Estaba lista para
salir. Miró el móvil, eran casi las diez. Por suerte el lugar estaba bastante cerca y si se daba prisa llegaría justo a tiempo.
Al bajar las escaleras oyó abrirse la puerta de Carmen, lo último que deseaba en esos momentos era sufrir un interrogatorio de tercer grado a manos de su vecina,
así que salió corriendo dejando a la mujer con la palabra en la boca. Anduvo a paso ligero por la calle de Verdi casi un kilómetro y se desvió un par de manzanas por las
estrechas calles que llevaban directamente a la plaza del Sol. Era una noche tranquila donde apenas corría una suave brisa y la luna llena brillaba con fuerza sobre la
ciudad. Justo cuando las campanas de la Iglesia de Santa Teresa del niño Jesús, tocaban las diez en punto, Paula llegó a la plaza. Cada vez que entraba en aquel lugar
tenía la misma sensación, creía estar en la Plaza de los Mártires de Vic. Tanto los edificios estrechos de no más de tres plantas que la rodeaban, como las estrechas calles
que llevaban hasta ella y la propia plaza, eran casi un calco de aquel lugar emblemático de la capital de Osona. Cuando llegó a los pies de las escaleras, se paró un
momento para echar un vistazo a la abarrotada plaza, llena a aquellas horas de grupos de jóvenes sentados en el suelo. Algunos bebían y otros tocaban instrumentos
varios que llenaban la pequeña plaza de vida hasta altas horas de la noche. Al cabo de unos minutos localizó a Miguel sentado en un banco, justo al lado del reloj solar
del Astrolabi, una preciosa escultura de bronce que representaba los doce signos del zodíaco. Después de sortear a todos los que allí sentados vivían su propia fiesta,
llegó hasta él con una gran sonrisa de alivio en su rostro y se saludaron con dos besos.
—Estás muy guapa —le dijo Miguel mirándola de arriba a bajo.
—Gracias, pero no me he puesto nada especial. —Se ruborizó.
—¿Dónde quieres que vayamos?
—La verdad es que no tengo mucha hambre, pero me has comentado antes que conoces un local donde hacen unas tapas buenísimas y hay música en directo…
—Pues sí, está ahí mismo. —Señaló un pequeño restaurante que tenía algunas mesas en la puerta a modo de terraza—. Pero si queremos encontrar sitio,
debemos ir ahora, es bastante pequeño y se llena enseguida.
Cuando entraron casi todas las mesas estaban ocupadas, pero encontraron una para dos en un rincón al fondo del local. Pasando entre la mucha gente que estaba
de pie junto la barra, consiguieron llegar a la mesa que estaba junto a un pequeño escenario, con el espacio justo para un micrófono de pie, una silla y un pequeño
altavoz. Mientras Miguel regresó a la barra para coger una bandeja con algunas tapas y un par de cervezas, Paula ocupó la mesa y observó aquel pequeño sitio oscuro y
abarrotado de gente sentada en pequeñas mesas de madera, aunque la gran mayoría de clientes estaban de pie junto a la barra. Era un lugar acogedor, pensó ella, pero algo
claustrofóbico y ruidoso para su gusto.
—Espero que no te hayas aburrido en mi ausencia —dijo Miguel al llegar a la mesa.
—No mucho —contestó ésta riéndose—. Ese chico de ahí delante me ha entretenido—. Señaló con la cabeza hacía una mesa cerca de la suya.
—Pues vaya, tú no pierdes el tiempo ¿eh? —Mientras lo decía buscaba con la mirada al supuesto chico al que hacía referencia su acompañante, pero en la mesa
donde debería estar, no había nadie más que una pareja de hombres de unos cincuenta años que hablaban animadamente sin prestarles atención.
—Veo que te gustan maduritos…
—¿Maduritos? ¡Pero si ese chico no tendrá más de veinticuatro o veinticinco años!
—¡Será en cada pata! Pero quién soy yo para interponerme en vuestro amor. ¿No dicen que el amor es ciego? —dijo con sorna Miguel.
Paula volvió a mirar al chico que le había estado sonriendo y se dio cuenta que no era tal chico, sino un hombre de la edad de su padre, que además estaba con
otro hombre de la misma edad y que por sus movimientos y miradas, parecían algo más que amigos. No se explicaba lo que acababa de pasar, pero no quiso darle más
vueltas y se volvió hacia Miguel para intentar cambiar de tema.
—Me encanta este local, tiene muchos detalles curiosos. —Se refería a las fotos y carátulas de discos que había colgados en las paredes y que cubrían casi por
completo la piedra que decoraba el bar.
—Sí, a mí también me gusta mucho. Es uno de mis sitios preferidos. Vengo aquí desde hace muchos años y siempre hay algo nuevo en lo que no me había fijado
la última vez. —Mostrándole el plato con las tapas a Paula, dijo—: He traído los mejores montaditos que puedes encontrar en Barcelona, come alguno.
—Probaré este de salmón que tiene muy buena pinta. —Se lo llevó a la boca y le dio un buen mordisco—. ¡Está buenísimo! —dijo mientras se lo terminaba.
—Bien, pues me vas a permitir que yo también coma.
—¡Claro!
—¿Cómo estás después del susto que nos ha dado Luis? —preguntó Miguel mientras cogía un trozo de tortilla de patatas.
—Bien, ahora mejor, pero la verdad es que he pasado un día horrible. He estado toda la mañana buscando noticias pero en todas contaban lo mismo, casi con las
mismas palabras y no he logrado sacar nada en claro hasta que me ha llamado Rubén.
—Por cierto ¿quién es Rubén? ¿De que conoce a Luis? Somos amigos desde hace tiempo y nunca me ha hablado de él —dijo mientras engullía otra tapa de pan
con queso y nueces.
—Trabaja en la Vanguardia. Colaboró con Luis en un reportaje sobre la post guerra de Iraq ya hace algunos años. Se dio cuenta que lo suyo no era correr tras la
noticia y cuando encontró un puesto como redactor en el periódico, se afincó en Barcelona.
—Entiendo. Yo también he intentado hablar con algunos compañeros del gremio pero casi ninguno ha podido decirme gran cosa. Me he alegrado mucho de tu
llamada, no sólo por la buena noticia sino por querer quedar conmigo.
—Por suerte ha sido sólo un susto y ahora sabemos que está bien —dijo hundiendo su cara en la jarra de cerveza y obviando la segunda parte de la frase.
—Bueno, dicen que no hay mal que por bien no venga. De algo que podría haber sido una gran desgracia ha salido algo bueno ¿No crees? —insistía Miguel.
—Supongo que sí. —Bajó la mirada de nuevo y sonrió tímidamente mientras lo decía.
—¿Te hago sentir incómoda? —se puso serio.
—No, no, claro que no. Es sólo que… acerca de quedar esta noche… lo he hecho porque quería hablar contigo y no quería hacerlo por teléfono. —En cuanto
pronunció la frase, se arrepintió al momento.
—¡Anda y yo pensando que era porque te gustaba!
—Y no es que no me gustes… —se le había escapado—. E… Es que han pasado ciertas cosas que… Quizá hagan que…
Paula intentaba poner en orden sus pensamientos para contarle todo sin tener que dar demasiados detalles personales. Tampoco le parecía que fuese el momento
ni el lugar adecuado para hablar de su madre. Lo estaban pasando bien y no quería estropearlo hablando de cosas tristes. Como se quedó callada mirando al infinito, fue
Miguel el que habló:
—¿Qué pasa Paula? Conmigo puedes hablar sin tapujos —alargó su mano para ponerla encima de la de ella—, ya sé que apenas nos conocemos pero puedes
confiar en mí.
—Bueno, es sólo que hemos venido a tomar algo y a celebrar que Luis está bien y quizá no sea el mejor momento para hablar de esto. Siento haber sacado el
tema.
Justo en ese instante un chico se sentó en la silla que había en el pequeño escenario y empezó a afinar la guitarra que llevaba en la mano y a probar el micrófono,
dejando la conversación entre los dos a medias. «Quizá Paula tenga razón y no es ni el lugar ni el momento para hablar. Sea lo que sea lo que quiera contarme, parece
serio y el sonido de la música tampoco va a dejar que nos escuchemos bien», pensó Miguel. Así que no insistió. En el momento en que el chico que había subido hacía
unos minutos en el escenario, presentó su primera canción, se hizo un silencio casi absoluto entre las personas del local y durante veinte minutos todos estuvieron
atentos, escucharon el concierto que les ofreció Jordi Prilla. Tocó versiones de rock de los 90 y algunas baladas poco conocidas de grupos españoles, mientras Paula y
Miguel se lanzaban miradas entre canción y canción sin abrir la boca. Cuando la música acabó, Miguel dijo:
—¿Qué te parece si vamos a dar un paseo? Así podremos hablar.
—Claro.
Miguel pagó la cuenta y salieron en dirección a Travesera de Gracia. La noche había refrescado un poco pero Paula agradeció sentir el aire en su cara al salir de
nuevo a la calle. A pesar de que ya eran casi las once y media y la temperatura había bajado considerablemente, quedaba aún bastante gente en la plaza y sus
alrededores, bebiendo y hablando animadamente. Estuvieron andando algunos minutos en silencio, uno junto al otro pero lo bastante separados como para no parecer
una pareja. Durante un rato no hicieron nada más que observar a la gente que pasaba por la calle, los escaparates y los coches, sin decir nada. Hasta que se cruzaron con
un grupo de chicos que iban bastante bebidos y cantaban subidos a un muro, que les hizo reír y relajarse un poco.
—¿Qué era eso que querías decirme antes? —rompió el silencio Miguel.
—No importa, puede esperar.
—A lo mejor puede esperar pero yo no. Llevo un buen rato dándole vuelta a la cabeza.
—Está bien… es sobre el trabajo. La vacante que hay en tu diario… bueno no en tu diario, porque no es tuyo, me refiero al puesto que hay en… —Estaba
nerviosa porque no sabía cómo enfocar el tema.
—Sé a qué te refieres —se rió él—. ¿De qué se trata?
—Pues que no podré aceptar el trabajo, en caso que me lo deis, claro.
—¿Qué ha pasado ya no lo quieres? —Tenía cara de no entender nada.
—Sí, por supuesto. Me apetece mucho trabajar allí pero verás… —le estaba costando más de lo que pensaba explicarse—. El mismo día de la entrevista me
llamó mi madre y me dio una mala noticia. Está enferma y debo ir a cuidar de ella una temporada.
—Lo siento mucho, ¿qué le pasa?
—Bueno… Es complicado.
—Si no quieres decírmelo no lo hagas, entiendo que no quieras hablar del tema.
—No es eso. Es que aún no se sabe exactamente qué es. Le están haciendo pruebas y todavía no pueden decir nada concreto, pero sea lo que sea, deben operarla
en un par de semanas y quiero estar allí para atenderla. Creo que no va a ser nada grave pero de todos modos quiero estar allí.
—Bien, me parece lógico.
—Ya, y por eso no puedo aceptar un trabajo que sé que no podré desempeñar a los pocos días de empezar —dijo Paula visiblemente triste.
—Claro…
Miguel se quedó cabizbajo y durante un par de minutos anduvieron sin hablar. La noticia le había pillado desprevenido. No podía enfadarse, era su madre y era
del todo normal que quisiera estar en el momento de la operación y en los días posteriores para ayudarla, pero aun así, hubiese querido hablarlo en otro lugar y
momento. Deseaba que aquella noche fuese especial. Paula esperaba una respuesta por parte de Miguel. No creía que fuera a tomárselo mal, al fin y al cabo ella no había
planeado aquello y él sabía que quería el trabajo, pero a lo mejor no debería de habérselo dicho allí, en medio de la calle, cuando se suponía que estaban de celebración.
—De momento no hemos decidido nada —dijo de pronto Miguel—. Ayer hicimos las últimas entrevistas y todavía no hay nada claro. Como te dije, si fuera por
mí, el trabajo sería tuyo, pero hay tres personas más que deben decidir y hasta mañana por la tarde no sabremos quien va a ser la persona elegida.
—Sí, sí. Ya lo suponía, pero creía que debía avisarte por si habíais pensado dármelo a mí.
Él sabía que probablemente el puesto fuese para Paula. El director estaba de acuerdo con él y otro de los redactores también, sólo se oponía Pepa, la
subdirectora, una mujer seria y suspicaz, cuya opinión sobre los romances entre compañeros de trabajo no era precisamente buena. En cuanto oyó a Miguel hablar
sobre Paula, dedujo por su lenguaje corporal y su manera de expresarse, que ahí iba a haber algo más que compañerismo y antes que llegara a mayores, decidió cortarlo.
Por supuesto Pepa no dijo nada a nadie a excepción de Miguel, al que llamó a su despacho el día anterior y le advirtió: «Si esa chica te gusta de verdad, más te
valdría que no pusiera un pie en esta redacción, o haré lo imposible para que no os veáis mientras estéis aquí. A ti te mandaré a cubrir todos los actos políticos, que en
estos momentos no son pocos y ya que ella va a escribir sobre viajes, a lo mejor hago que la manden durante un largo período de tiempo a Filipinas o Vietnam». Por
descontado sus palabras no habían calado en él. Creía que era una vieja solterona amargada, que estaba secretamente enamorada del director desde hacía años y como él
era fiel a su mujer y a su trabajo, había intentado boicotear todas las relaciones que habían surgido en la redacción.
Todo eso, no iba a contárselo a Paula, no quería que si finalmente empezaba a trabajar en CAT digital, aquello pudiera influenciarla antes de empezar, así que
decidió cambiar de actitud y tomarse el tema a chanza.
—Pues es una lástima —dijo mientras se paraba frente a ella y la miraba fijamente a los ojos—, creía que ibas a ser mi ayudante personal. Ya sabes: traerme el
café, ir a comprarme el almuerzo, hacerme las fotocopias… —soltó una gran carcajada al ver la expresión de horror que había en los ojos de Paula.
—¡Eres idiota! Yo aquí hablándote de mis problemas y tú burlándote de mí. —Le dio un manotazo en el hombro y echó a andar a grandes zancadas dejando a
Miguel plantado en el sitio viéndola marchar.
—No te enfades mujer, que era broma. Nos estábamos poniendo muy serios y no quiero que acabes llorando.
—¿Llorando? ¡A ver si te crees que lloro por cualquier cosa!
—¿A no? Pues a mí me ha parecido que estabas a punto de echarte a llorar.
—¿Yo? ¡No creo! —Volvió a acelerar el paso dejando otra vez atrás a Miguel.
—¿Vas a estar así toda la noche, dejándome con la palabra en la boca? —Se estaba riendo.
—Si sigues comportándote como un idiota, haré más que eso: cogeré un taxi y me iré a mi casa. —Intentaba parecer enfadada pero no lo consiguió.
—Bien, pactemos una tregua. Yo dejaré de reírme de ti, si tú dejas de lloriquear. —Al acabar la frase le tendió la mano para que ella se la estrechara.
—Está bien —le estrechó la mano—, pero que conste que yo no lloriqueo, sólo te cuento lo que pasa para que no te pille por sorpresa.
—Ya lo sé, mujer. No quiero que pienses que me estoy burlando de la enfermedad de tu madre —suavizó el tono de voz y se puso serio—. Valoro mucho que
hayas confiado en mí. Perdona soy un payaso.
—Tienes razón, eres un payaso. Pero me gustan los payasos. Me gusta que me hagan reír —dijo guiñándole un ojo.
—Ahora en serio —dijo Miguel—. ¿Quieres que hablemos de lo de tu madre? Sé que Luis es la persona con quien sueles hablar de estos temas y ahora que no
está, imagino que necesitarás a alguien con quien hacerlo.
—¿Y crees que quiero que tú seas esa persona? —dijo muy seria poniéndose delante de él como había hecho Miguel hacía un momento. Esperó unos segundos y
cuando vio su cara de pena se echó a reír—. ¡Has picado! No veas que cara has puesto.
—¡Touché! —dijo mientras le hacía una reverencia—. Anda vamos, que empieza a hacer frío y quiero enseñarte algo que seguro que te encantará.
Anduvieron a paso ligero cogidos de la mano unos cinco minutos por el Paseo de Gracia hasta llegar delante de la Casa Milà de Gaudí. Paula conocía
perfectamente el edificio, ya había contemplado muchísimas veces aquella fachada de cinco plantas, coronada por la espectacular terraza de azulejos blancos que
evocaba una montaña nevada, así que se sorprendió al comprobar que el lugar donde quería llevarla Miguel era aquel. Se quedó fijamente mirando a su acompañante con
cara de interrogación y dijo:
—¿No me habrás traído hasta aquí para que vea la Pedrera, verdad?
—Pues sí, ¿es que no te gusta?
—Claro que sí, pero algo me dice que tú eso ya lo sabías ¿no?
—Bueno, un pajarito me contó que Gaudí es tu arquitecto favorito y que todas sus obras te encantan, pero que este edificio te gusta especialmente.
—Un pajarito, ya. ¿Y ese pajarito no se llamará Luis Ferrer?
—Puede…
—Pues verás, aunque es un edificio que nunca me canso de ver, no creía que fuese este el lugar especial al que me querías llevar. Lo habré visitado como un
millón de veces.
—Seguro que sí, pero aún no has visto lo que quería enseñarte.
Miguel agarró a Paula de la mano y la llevó a la puerta principal, reservada sólo para los inquilinos. Una vez delante, Paula levantó la vista y admiró los balcones
que llenaban la fachada de la parte delantera de formas sinuosas, decorados por plantas trepadoras de hierro forjado. Sin duda una gran obra admirada y fotografiada por
miles de turistas a lo largo de todo el año. Miguel sacó un llavero de su bolsillo e introdujo una de las llaves en la cerradura de la entrada. La giró y abrió la enorme puerta
de hierro forjado y vidrio, ante el asombro de Paula. Sin decir nada, le hizo un gesto con la mano para invitarla a pasar al patio interior. Había estado allí en varias
ocasiones, pero nunca había entrado por aquella puerta. Era un lugar precioso. La luz de las farolas entraba por las cristaleras de la gran puerta y se reflejaba en las
escaleras blancas, para crear la sensación de estar en el fondo del mar. Se quedó un momento gozando de aquella visión en total silencio. Se situó en el centro del patio
mirando hacia arriba y giró sobre sí misma 360 grados para contemplar con calma las enormes ventanas con columnas a cada lado, que junto con los diferentes tonos de
azul y las pinturas que decoraban las paredes, hacían que pareciese un mundo de fantasía. Volvió junto a Miguel, que la esperaba a los pies de las escaleras
semicirculares que llevaban al piso principal.
—¿Subimos?
—Claro —respondió Paula
Mientras ascendían fue admirando la decoración de las paredes de yeso, pintadas de ocre y amarillo por Xavier Nogués, inspiradas en motivos florales y tapices
flamencos. Normalmente aquello estaba atestado de gente, guías y turistas que lo llenaban todo y no se podía apreciar el conjunto en su totalidad. Le pareció un lugar
onírico, como en un jardín mágico de cuento de hadas, que disfrutó con tranquilidad antes de llegar al piso donde estaban las viviendas.
—¿Qué hacemos aquí? ¿Cómo es que tienes llaves? ¿No vivirás en este edificio? —Su cara de asombro hizo reír a Miguel.
—Te he traído para enseñarte una parte de la Casa Milà que seguro que no has visto antes. No, no vivo aquí. ¡Qué más quisiera! —aclaró Miguel—. Con mi
sueldo sólo puedo permitirme un piso pequeño en Poble Nou y tengo las llaves porque un amigo mío está de vacaciones en Australia y me ha pedido que le eche un ojo
a su apartamento.
Después de dar todas las explicaciones a Paula, Miguel sacó otra vez el llavero del bolsillo y abrió la puerta que quedaba a la derecha de las escaleras. Ella le
siguió sin decir nada pero observándolo todo con mucho detalle por si no tenía nunca más la oportunidad de volver a allí.
—¿Ese amigo tuyo, debe ser muy rico, no?
—Podríamos decir que nunca le ha faltado de nada. Sus padres son importantes empresarios textiles y sus abuelos le dejaron en herencia este apartamento hace
un par de años.
—Pues que suerte. Daría lo que fuese por vivir aquí. Es mucho más bonito por dentro, ¡Que ya es decir! —Después que Miguel cerrara la puerta tras ella, se
dirigieron al salón, repleto de cuadros y esculturas expuestos como en un museo—. Está todo muy bien colocado, no falta detalle. Parece una exposición.
—El piso está tal cual lo dejaron sus abuelos al morir. Era gente adinerada y les encantaba el arte, como puedes ver por la cantidad de objetos que hay por toda
la casa.
Paula se sintió sobrepasada. Mirara donde mirara había una obra de arte cubriendo una pared o sobre un mueble. Tenía la sensación de estar en una galería con
muestras de todos los estilos y épocas. Era una colección muy ecléctica, pero algo le llamó especialmente la atención: un enorme cuadro que ocupaba casi la mitad de la
pared frontal del comedor y, que Paula reconoció de inmediato, un Miró. Con sus colores rojos, amarillos y azules, tan típicos de sus cuadros abstractos y esos
enormes ojos llenos de vida. Estuvo observándolo un buen rato hasta que algo hizo que se girase. Miguel estaba debajo de la mesa.
—¿Qué estás haciendo?
—Busco a Lady.
—¿Lady?
—Es la gata de Jordi. No sé donde estará, normalmente en cuanto entro por la puerta viene a saludarme.
—Me habrá oído y tendrá celos que hayas traído una chica a su casa.
—Seguramente. ¡Lady, Lady! —Miguel se puso a buscarla por todos los rincones del enorme salón y la cocina, pero no la vio— ¿Dónde se habrá metido?
—Te ayudo a buscarla —dijo Paula imitando a Miguel.
Recorrieron el piso de arriba abajo y nada. Al final, después de diez minutos vieron una puerta entreabierta y con mucho cuidado, Miguel la abrió del todo para
acceder a una habitación con una enorme cama con dosel en el centro. El color de las paredes y la decoración era mucho más sobria y austera que el resto del piso, y
aunque nunca había estado allí, dedujo que era la habitación de su amigo, por la foto de su novia que estaba encima de la mesita de noche. Al entrar lo primero que
hicieron fue mirar bajo la cama, y allí estaba la gata. Tumbada tranquilamente en el centro.
—Supongo que se habrá asustado —dijo Miguel metiéndose debajo de la cama para sacarla, pero ella no parecía estar por la labor de salir.
Paula hizo lo mismo por el lado opuesto, pero nada, la gata no se movía. Cuando se aburrió de aquel juego, salió a toda prisa por los pies de la cama, dejando a
Paula y Miguel metidos allí debajo mirándose con cara de circunstancias. Se echaron a reír y cuando salieron vieron que la gata les estaba observando desde la puerta,
posiblemente pensando que eran las dos personas más idiotas del mundo.
—¡Bueno, misterio resuelto! La gata ha aparecido y parece que está bien —dijo Paula mientras se sacudía la ropa.
—Sí, menos mal, si le pasara algo a Lady, Jordi me mataría. Es lo que más quiere en este mundo. —Se dirigió a la cocina mientras decía—: Debo comprobar sólo
una cosa más y nos vamos.
—¿Antes de irnos podemos subir un momento a la azotea? Nunca he estado aquí de noche y me encantaría contemplar la ciudad desde arriba.
—Claro, podemos salir por aquí.
Subieron por las escaleras de caracol que conducían a la terraza custodiada por chimeneas enmascaradas y conductos de ventilación de formas teatrales. Era la
parte más impresionante del edificio. Cuando iba a la Casa Milà, a Paula le gustaba creer que aquellas máscaras eran personajes de un libro: el villano, el rey, la hija
buena y la hija loca, el hijo valiente y el hijo sabio. Veía en aquellas chimeneas la vida que Gaudí había querido darles cuando las construyó. Conocía mucho acerca del
genial arquitecto, había leído casi todo lo que se escribió sobre él y había visitado prácticamente todas sus obras. Su favorita era la Casa Batlló, pero también le
encantaban la Casa Vicens, el parque Güell, y por supuesto, la Sagrada Familia. Desde allí arriba podía verse casi toda la ciudad. La noche estaba despejada y corría algo
de viento pero aun así, Paula estaba disfrutando de aquella maravillosa vista.
Fue directa a buscar el arco que enmarcaba la Sagrada Familia, la obra inacabada de aquel genio que con una lágrima en una de las columnas, había querido reflejar
la tristeza que sentía por no ver terminada su obra cumbre. La misma tristeza que sentía ahora ella al pensar que debía marcharse en unos pocos días y dejar inacabada
su relación con Miguel. Se quedó allí unos minutos con la mirada fija en la fantástica catedral pensando en la insignificancia de todo. Desde allí podía relativizar la
importancia de las cosas. Ya no parecía tan grave la enfermedad de su madre y la tarde horrorosa que había pasado parecía quedar ya muy lejana. Oyó acercarse a
Miguel por detrás.
—Es impresionante la vista desde aquí arriba, ¿verdad? —dijo poniéndole una mano en el hombro a Paula.
—Desde luego. —Ella le pasó su brazo por la cintura—. Podría quedarme aquí hasta que salga el sol.
Paula miraba a Miguel como si lo descubriese por primera vez. Como si se hubiera convertido en otro. Lo sentía más cercano y más querido. En ese momento
levantó ligeramente la cabeza para que sus labios estuvieran más cerca de los de él y cerró los ojos antes de besarle suavemente. Fue un beso lleno de dulzura, suave y
fugaz.
Se miraron a los ojos sin decir nada, uno frente al otro y se volvieron a besar. Esta vez fue un beso largo y apasionado, donde las manos de ambos recorrían la
piel del otro, donde las lenguas jugaban dentro de sus bocas y donde todos los sentidos estaban más despiertos y vivos que nunca. En aquel idílico escenario, con
Barcelona a sus pies, empezaba a nacer un sentimiento. Aún no sabían si sería algo duradero, si crecería o se quedaría suspendido en aquella azotea, pero por parte de
ambos era un sentimiento esperado y deseado desde hacía mucho tiempo.
Cuando volvieron a abrir los ojos y sus cuerpos se separaron, fue como si recobraran la conciencia del espacio y el tiempo que habían perdido de vista durante
unos instantes. Se tomaron de la mano y deshicieron el camino hecho minutos antes. Ninguno de los dos quería llenar el momento que se había creado con palabras
superfluas, así que bajaron las escaleras en total silencio. Sólo después de un largo rato, cuando ya estaban dentro del apartamento, Paula habló:
—Tenías razón cuando me dijiste que por más veces que haya estado aquí antes, no habría visto lo que he visto esta noche.
—¿Y qué has visto?
—A ti. Nunca antes te había visto con los ojos con que te veo ahora.
—¿Y te gusta lo que ves? —preguntó agarrándola por la cintura y atrayéndola hacía él.
—Me encanta. Has hecho que olvidara totalmente el horrible día que he tenido. Gracias. —Al terminar la frase le besó con dulzura en la mejilla.
—Pues espera a conocerme mejor, no vas a querer separarte de mí —rió y le dio un cálido beso en los labios.
—Te recuerdo que en unos días me marcho y vamos a estar bastante tiempo separados… —Dejó la frase a medias y dirigió la mirada al suelo.
—¡Pero qué dices! No creas que te vas a librar de mí tan fácilmente. Santa Eugènia no está tan lejos, imagino que algún día podrás escaparte para venir a verme y
yo también iré cuando pueda. Además, será sólo hasta que tu madre esté mejor ¿no?
—Supongo. Espero quedarme sólo el tiempo necesario, hasta que mi madre se recupere, aunque podrían ser varias semanas.
—¿Tanto? Bueno no importa, tampoco pretendía que nos viéramos todos los días. Tú tenías tu vida antes de esta noche y yo la mía. Las cosas van a seguir
como hasta ahora, sólo que mejor.
—Claro, tienes razón.
—¡Lo ves, entonces todo solucionado! —La cogió en volandas y le dio un par de vueltas en el aire.
—¡Cuidado, que vamos a romper algo! —rió como una niña.
—Sí, sí tienes razón. Mejor será que nos vayamos antes que hagamos un estropicio.
Revisaron por última vez que todo estuviese bien y vieron que la gata estaba durmiendo plácidamente en su cojín ajena a todo lo que acababa de pasar en el
apartamento. Cerraron la puerta con llave y bajaron por el ascensor hasta el vestíbulo. Paula disfrutó por última vez de la maravillosa visión de las pinturas y el cálido
silencio de la entrada antes de salir por la enorme puerta de hierro. Una vez en la calle dio un hondo suspiro y dijo:
—Espero que tengas más trucos guardados bajo la manga, porque después de esta primera cita te va a costar mucho superarte.
—No creas, además de payaso también soy un buen ilusionista, puedo sorprenderte cualquier día llevándote a la cima del Everest o al mismísimo centro de la
tierra.
—No sé porque pero te creo. Me parece que si te lo propones eres capaz de cualquier cosa, aunque pensándolo bien, diría que esta noche has jugado sobre
seguro. Me has llevado a un local donde había música en directo de los 90, la que más me gusta, y luego me has traído a uno de mis edificios favoritos de Barcelona. O
me has estado siguiendo o tienes algún espía infiltrado en mi vida.
—Ya sabes que un buen mago nunca revela sus secretos —dijo Miguel guiñándole un ojo—. Pero debo confesarte que me gustas desde que te conocí en la fiesta
de Clara, y quizá desde entonces haya estado investigando cosas sobre ti. —Miró su reloj y antes de que Paula pudiera decir algo acerca de su último comentario soltó
—: Lo siento Cenicienta, pero ya han sonado las doce campanadas, debemos volver al mundo real, pero si quieres podemos coger un taxi y hacemos un trozo del
trayecto juntos. Debo ir a por mi coche que está aparcado en la Plaza del Sol.
—Claro. Es una pena que deba acabarse ya, pero tienes razón, mañana hay gente que tiene que trabajar —dijo en tono burlón.
—Sí, y hay otros que pueden descansar —le respondió en el mismo tono mientras levantaba la mano para llamar al taxi.
Durante el trayecto que hicieron juntos en el taxi, estuvieron abrazados sin apenas hablar, saboreando los últimos minutos de aquella maravillosa noche en que se
habían descubierto.
Después que Miguel bajara del taxi y hasta llegar a su casa, Paula volvió a revivir el beso en la azotea una y otra vez, sabiendo que ya nada volvería a ser igual.
Estaba como flotando en una nube.
Mientras se preparaba para meterse en la cama se miró en el espejo, diciéndose a sí misma lo curiosa que era la vida. Hacía tan sólo unas horas había estado justo
en aquel lugar mareada, con un ataque de ansiedad monumental, creyendo que su mejor amigo podría estar muerto bajo una pila de escombros y ahora, sin saber
exactamente cómo había pasado, se sentía una de las mujeres más afortunadas del planeta. Justo antes de apagar la luz le mandó un mensaje a Miguel: «Gracias por esta
mágica noche. Eres el mejor mago del mundo» y un par de besos. No esperaba ninguna respuesta, eran más de la una y creía que él ya estaría durmiendo, pero sonó el
tono del whatsApp: «Para mí también ha sido muy especial. Tengo ganas de volver a verte» y también un par de besos.
«¡Que ilusión!» Estaba tan contenta que no podía ni dormir. Estuvo dando vueltas en la cama, deseando volver a verle y pensando la manera de organizarse
cuando estuviera fuera de Barcelona. También estuvo dándole vueltas a la reacción de Luis al enterarse. ¿Se lo tomaría bien? ¿Qué le parecería que sus dos amigos ahora
fueran más que amigos? Seguro que se alegraría por ella, la quería mucho y querría que fuese feliz y si esa felicidad la encontraba junto a uno de sus mejores amigos, ¿qué
más se podía pedir?
— 7 —
Hacía meses que Paula no se sentía tan bien. Estaba tranquila, feliz, llena de un sentimiento que creía ya olvidado. No podía decir que estuviera enamorada, pero
algo revoloteaba en su interior y la llenaba de gozo. Su primer pensamiento al abrir los ojos fue para Miguel y la noche anterior. Aún así, quería tomarse las cosas con
calma, antes de lanzar las campanas al vuelo debía conocerle mejor. Había aprendido de sus anteriores relaciones que las cosas debían fluir solas, que el tiempo siempre
daba forma y ponía nombre a lo que iba pasando y el amor no era una excepción.
No era la primera vez que creía haber encontrado al hombre de su vida. En el instituto aprendió muy pronto, que las personas podían ser crueles y que cuanto
más alto se subía, más dolorosa era la caída. En aquella ocasión se enamoró de un chico tres año mayor que ella y pensaba que no podría ser más feliz, hasta que conoció
en sus propias carnes que el engaño y la traición no siempre visten de negro y huelen a podredumbre, también pueden tener aspecto de ángel y oler a flores.
En la universidad vivió un par de años llenos de escarceos que no llegaron a nada, pero cuando estaba en su último curso conoció a Jaime, un hombre de la cabeza
a los pies que parecía tenerlo todo: elegancia, sensibilidad, inteligencia y un porte que hacía creer a cuantos estuvieran a su alrededor que podría llegar a ser y hacer lo
que se propusiera. Era un embaucador fascinante, guapo y seguro de sí mismo, lo tenía todo para que ella cayera rendida a sus pies.
Le conoció en un bar, una noche que salió a tomar una copa con algunos compañeros de clase para celebrar que habían acabado los exámenes del primer
trimestre, de eso hacía ahora tres años.
Era un hombre elegante, casi siempre vestía traje y corbata, y su rostro reflejaba que ya no tenía veinte años. A Paula nunca le habían atraído los hombres tan
mayores, pero fue él quien se acercó y la invitó a una copa. En aquel momento le pareció que podría aprovecharse de la situación, si un hombre con dinero quería
invitarla, ¿que mal podría haber en ello? Con el tiempo se arrepentiría como nunca en su vida de haberle dicho que sí a esa copa. La copa llevó a un almuerzo, el
almuerzo llevó a una cena y la cena a una noche apasionada. Poco después y casi sin darse cuenta, estaba metida de lleno en una relación obsesiva y dañina que la tenía
enganchada como si de una adicta se tratara. Al principio Jaime la agasajaba con cumplidos, la llenaba de regalos y la llevaba a sitios que ni en sueños habría podido
imaginar que llegaría a ver. Eso duró seis meses. Después sus excusas para no verla, sus mentiras y ausencias, empezaron a volverla loca, literalmente. Se volvió irascible
con todo el mundo. Su carácter se agrió hasta tal punto que sus amigos, a excepción de Luis, la dejaron de lado. Sus estudios se vieron gravemente afectados, tanto, que
en lo que restaba de su último curso apenas aprobó algún examen. Hasta que un día por mediación de su mejor amigo, vio con sus propios ojos qué clase de persona era
Jaime. Un hombre sin escrúpulos, que engañaba a chicas jóvenes como ella, para llenar de lujuria y juventud su triste vida de hombre infelizmente casado con un trabajo
absorbente y una familia rígida. Tenía a las mujeres como juguetes, eran para él una simple diversión.
A Paula le costó muchos meses recuperarse de esa relación. Su amigo Luis fue su único apoyo, el único al que podía contar todos los detalles escabrosos y
dolorosos de los últimos meses y el único que la ayudó a sacar su último curso adelante. Después de aquello le costó mucho volver a confiar en la gente, ya no sólo en
los chicos, de los que no quería ni oír hablar, sino también en compañeros de trabajo, amigos y vecinos.
A pesar de todo, Paula, seguía creyendo en el amor. Seguía pensando que algún día encontraría el hombre ideal, que la haría feliz y la trataría como a una reina.
Ya no era tan inocente ni confiada como en el pasado, pero tampoco había cerrado las puertas a los sentimientos. Cuando se recuperó de la relación con Jaime, con el
tiempo y la perspectiva que da la distancia, supo discernir que lo que había sentido no había sido amor, simplemente se había sentido cautivada por una persona mayor
y segura de sí misma. Se prometió que aquello no podía volver a pasar y para eso estaba siempre ahí Luis, para hacerle ver la realidad cuando a ella le faltaba la
objetividad. De momento y por su parte, creía firmemente en la relación con Miguel. Había sentido desde el primer momento, una conexión especial entre los dos, y por
las palabras de él, creía que también lo había sentido. Mientras su mente divagaba por esos derroteros, vibró el teléfono sobre la mesita.
—¡Hola mamá!
—Buenos días hija. ¿Cómo estás?
—Yo bien, ¿y tú?
—Bien, sólo te llamo para decirte que me han adelantado el día de la operación. Será el lunes.
—¿Tan pronto? ¿Es que ha pasado algo?
—No, no, nada. Es que se ha anulado una operación y me han adelantado la mía.
—Ah bueno. ¿Entonces tú estás bien?
—Sí, estoy bien.
—Pues entonces el domingo por la tarde estaré allí —dijo disgustada por tener que marcharse tan pronto de Barcelona.
—No hace falta que vengas, hija. Ya he hablado con David y me ha dicho que puede encargarse él de echarle un ojo a tu padre.
—Da igual mamá, quiero ir.
—¿Estás segura?
—¡Pues claro! Me apetece pasar unos días con vosotros y relajarme un poco del bullicio de Barcelona —dijo para intentar que su madre no le pusiera más
pegas.
—Como quieras, si es por eso… ¿Entonces te espero el domingo por la tarde antes de cenar?
—Sí, estaré ahí a media tarde.
—Muy bien cariño.
—Adiós mamá.
La noticia no le sentó muy bien. Ya le pareció muy pronto un par de semanas, pero sólo dos días… Esperaba haber tenido más tiempo para conocer a Miguel,
aun así quería ayudar a su madre y se marcharía el domingo, pero antes debía hablar con él para despedirse.
—¡Hola Miguel!
—¡Hola guapa! ¿Qué tal? —dijo muy contento de oír su voz.
—Bien y tú, ¿cómo has pasado la mañana?
—Trabajando para terminar temprano y poder salir pronto para verte. ¿Te parece bien? —De fondo se oían las voces de sus compañeros.
—¿Qué está pasando ahí? Se oyen muchos gritos.
—Nada, lo de siempre. Cada día salen nuevas noticias sobre el 9N y nos toca estar constantemente preparados para salir corriendo. Esta vez el presidente Mas
ha convocado una rueda de prensa para esta tarde porque se ha roto el pacto entre ellos y ERC, pero al ser sábado, todos quieren escaquearse y están discutiendo a ver
quien va.
Se estaban viviendo meses ajetreados en la política de Catalunya desde finales del 2013. El presidente de la Generalitat, Artur Mas, respaldado por la gran
mayoría de fuerzas políticas del País, habían convocado un proceso participativo sobre el futuro político de Cataluña para el 9 de noviembre de 2014, con el objetivo de
conocer la opinión de los ciudadanos catalanes sobre si Cataluña debería ser un Estado y si ese Estado debería ser independiente. No era una votación vinculante pero el
gobierno central no estaba dispuesto a dejar que se celebrase. Aun así los políticos favorables a la independencia, estaban dispuestos a desobedecer y a celebrar de todos
modos la votación, así que cada día salían nuevas noticias sobre pactos, rupturas, peleas y otras cuestiones sobre el tema. Los medios de comunicación andaban como
pollo sin cabeza intentando cubrir todos los actos y ruedas de prensa que en aquellos días convocaban tanto una parte como la otra para manifestar públicamente su
postura.—
¿A ti no te tocará ir, verdad? —se preocupó por un instante ella.
—No, tranquila. Esta vez no. Ya había avisado con antelación y hay otros que pueden ocuparse. Ventajas de tener influencias en la redacción, supongo. —Se
sintió orgulloso de poder demostrarle que tenía un papel importante en el diario.
—Pues que bien, porque había pensado que podíamos quedar en mi casa para cenar. —Estaba nerviosa esperando la respuesta de Miguel.
—Muy bien, me parece genial. ¿Quieres que lleve el vino o los postres?
—Tráete una botella de tinto, los postres los pongo yo —dijo en voz baja como si alguien les pudiera escuchar.
—¿Ah sí? Vale está bien, entonces esperaré impaciente a ver con que me sorprendes.
—No esperes nada especial, mi cocina se limita a pasta y ensalada, nada demasiado glamuroso me temo.
—Si al final la comida es lo de menos, lo importante es que pasemos un rato juntos ¿no crees? Además, quizá deberíamos saltarnos el primer plato y pasar
directamente a la parte dulce… —dejó la frase en suspenso esperando su confirmación.
—Creo que no, lo bueno siempre se hace esperar y es mejor saborearlo lentamente y sin prisas.
—Tienes razón, no tenemos ninguna prisa —lo dijo en un tono alegre pero por dentro su decepción era mayúscula.
—Entonces… ¿Nos vemos más tarde?
—Sí, hasta luego. Estoy deseando que llegue esta noche —dijo Miguel.
—Yo también —respondió ella y colgó.
«¿Acaba de proponerme que nos acostaran?» Se preguntó Paula tras colgar. «Si es así se llevará una decepción. ¡Pero si aún no hace ni 24 horas que nos hemos
dado el primer beso!». No era una mojigata y por su puesto se sentía atraída por Miguel, pero no quería forzar la situación ni sentirse empujada a hacer algo para lo que
aún no estaba preparada. Creía que antes debían hablar de ellos, conocerse mejor y ver si la relación podía tener un futuro. Ya tendrían tiempo más adelante para el sexo.
Para no pensar más en ello, se pasó la mañana trabajando en el guión de su futuro libro. Buscó información en su biblioteca, en Internet y estuvo escribiendo casi
sin levantar la vista del ordenador hasta la hora de comer. En el momento en que se tomó un descanso, cogió su móvil para ver si tenía algún mensaje. Había uno de
Marta para verse aquella tarde en el bar Mozart, donde quedaban siempre. Se había olvidado totalmente de ella, con todo lo que había pasado desde entonces… De
todos modos, le vendría bien verla y pedirle consejo.
Eran casi las dos del mediodía cuando comió algo rápido y bajó al súper a comprar lo necesario para la cena. Iba a preparar un plato de espaguetis a la carbonara
y una ensalada con frutos secos y queso de cabra de primero. Para el postre, quiso hacer una de sus mejores recetas: pastel de manzana con crema pastelera, lo aprendió
de su abuela hacía muchos años y siempre que la hacia, todo el mundo repetía.
Cuando lo tuvo todo dispuesto para la cena y el piso un poco adecentado ya casi era la hora de su cita con Marta, se cambió de ropa y salió. El bar donde habían
quedado estaba en la zona de Les Corts y para llegar tardaría media hora en metro más diez minutos andando, por mucho que corriera ya no iba a llegar a tiempo.
Efectivamente, cuando entró en el bar Marta ya estaba sentada en una mesa del rincón tomando un refresco y con un ejemplar de la revista Mi tierra en las
manos. El local era pequeño y muy acogedor, de esos con aire antiguo que ya existían en Barcelona mucho antes de que nacieran ellas. Se respiraba un ambiente
tranquilo, de tertulia, no había ningún televisor, ni radio, ni ninguna tragaperras martilleando con su musiquita repetitiva. Desde tiempos ha, había sido un lugar de
reunión de estudiantes de filología, periodismo y filosofía.
Cuando Paula se acercó a Marta, esta se levantó de la silla para saludarla con dos besos.
—¡Hola chica! Que cara eres de ver últimamente —dijo Marta con una amplia sonrisa.
—Sí, ya lo sé. La verdad es que desde que me despidieron no vengo demasiado por esta zona.
—Pues deberías porque hay un camarero nuevo que está… —diciendo lo cual se giró disimuladamente hacía la barra para mostrarle a Paula el chico en cuestión.
—No está mal —dijo sin demasiado interés—. Los hay mejores.
—¿Cómo dices? ¿Pero tú lo has visto bien? Si es un Adonis. —Volvió a girarse no entendiendo el comentario de su amiga— ¿No será que tú ya tienes a tu
Adonis particular y por eso no te interesa ningún otro?
—Bueno… a lo mejor.
—¡Ah sí, eh! ¿Cuándo pensabas contármelo? —Se acercó más a ella como quien quiere escuchar una confidencia.
—Ahora, pensaba contártelo ahora mismo.
—Pues empieza. ¿Cómo se llama? ¿De dónde es? ¿Dónde trabaja? ¿Es guapo?… —se había quedado sin aliento.
—¡Para un momento Marta! Te lo contaré todo pero primero deja que pida algo. —Levantó la mano y el camarero guapo se acercó a su mesa para tomarle nota.
Cuando le hubo traído su refresco, Paula empezó el relato.
Le contó todo lo que sabía de Miguel, que no era mucho hasta el momento y también como lo había conocido, lo que pasó en la entrevista y por su puesto lo
que había sucedido la noche anterior. No se dejó nada en el tintero, incluso le dijo que en la conversación que habían tenido aquella mañana, él le había insinuado que
quería que se acostaran aquella noche. Sobretodo para que Marta le diera su punto de vista sobre el tema.
—A ver —empezó Marta—, ya sabes que yo no soy partidaria de poner cortapisas a las relaciones, creo que si se tercia puedes acostarte con alguien la misma
noche de conocerle pero que también es posible no hacerlo con alguien que te gusta hasta un tiempo después de salir con él. Todo depende de la situación y de las
personas.—
Sí, lo mismo pienso yo. Pero en el momento en que me lo ha dicho, he pensado que a lo mejor era demasiado pronto. Creo que esta noche lo mejor sería que
nos fuéramos conociendo y hablemos de nosotros. —Agachó la cabeza y dijo muy seria— Ni siquiera se su segundo apellido, si tiene hermanos o si ha tenido alguna
enfermedad grave…
—Hombre Paula, tampoco hace falta que te enseñe su partida de nacimiento para

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