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Libro PDF El dosier del Rey – Fernando Rueda

El dosier del Rey – Fernando Rueda

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gracias y antes de salir escuchó su último consejo:
—Hágame caso, un hombre de bien le daría a su mujer un par de guantazos y se la llevaría a rastras a su casa. Se lo agradecerá.
Miguel vio que las tres mujeres se pusieron en la cola para entrar, él remoloneó unos minutos y se sumó a la larga fila. Escuchando conversaciones ajenas, una de las
recetas del buen espía, se enteró de que la discoteca había abierto hacía pocas semanas y que era «lo más», según las palabras de la niña pija que tenía delante. Detrás de
él, un chico animaba a su novia: «Te va a encantar, es como el Studio 54 de Nueva York». Vio a un grupo de tipos encorbatados que entraban directamente tras estrechar
la mano del portero, un tipo alto y robusto con pinta de guardia civil. Unos segundos después, con una cara mucho menos amable, el guardián de la noche se encaró a un
posible cliente, que nunca llegaría a serlo, porque con calcetines blancos y deportivas no permitía entrar a nadie.
Al llegar a la altura del portero soportó con estoicismo una mirada de arriba abajo antes de permitirle pasar. Por suerte, debajo del abrigo se había puesto una
chaqueta azul que pegaba con todo y zapatos negros. Pagó su entrada mientras un hombre de unos cuarenta años, con un pañuelo rojo en el bolsillo de la chaqueta, le
pedía a una tal Marilé que le consiguiera una tarjeta vip para acceder sin problemas. Había perdido de vista a las alemanas, lo que le preocupó un poco cuando constató
que Pachá era la discoteca más grande en la que había estado. Varios pisos, zonas reservadas para famosos y gente de dinero, y una pista de baile descomunal. Se lo
tomó con paciencia y la recorrió por partes. En una de las barras pidió un cubalibre mientras escuchaba música de los Beatles y de Barry White, y contemplaba a la
gente moderna de Madrid bailando codo con codo con multitud de extranjeros.
Por fin las encontró sentadas en la planta baja, no muy lejos de la pista de baile. Cuando el camarero les sirvió las copas en la mesa, las tres se levantaron a mover el
esqueleto, momento en el que por fin pudo estudiarlas mientras bailaba cerca de ellas. Erika iba con pantalones ajustados de flores que se ensanchaban en el bajo y con
un top blanco de tirantes, un aspecto similar al de Frieda, con colores más oscuros. Gisela, por el contrario, llevaba un vestido vaporoso, escotado y un par de dedos
por encima de las rodillas. Las tres eran rubias, independientes, estaban sin compañía masculina y parecían disfrutar intensamente del momento, el tipo de chicas que
atraía a los ligones de cualquier discoteca. Estudió su aspecto y los gestos, como hacía con todos sus objetivos, intentando desentrañar su personalidad y estado de
ánimo. Procesó la información y sobre la marcha adoptó la estrategia que le pareció más adecuada. Goicoechea no compartiría su parecer, pero era el agente sobre el
terreno el que debía tomar las decisiones.
Se acercó a las tres chicas introduciéndose en el pequeño círculo que habían formado para bailar juntas y se colocó estratégicamente junto a Gisela. Sus labios
carnosos, una piel muy blanca y unas manos delicadas con largos dedos y uñas muy cuidadas resaltaban su aspecto divertido. No es que a Miguel le entusiasmara bailar,
pero no lo hacía mal. Primero a una cierta distancia, observando de reojo a la chica que parecía la más joven de las tres. Después volviéndose hacia ella y moviendo la
cabeza al son de la música mientras sus miradas se encontraban. Luego repitiendo la maniobra con Frieda, bastante más fría y distante, que estaba a su izquierda.
Fingir, disimular y seducir eran las tres palabras que se repetía mientras daba vueltas haciendo el tonto en la pista. Por mucho que los hombres creyeran que el ligue
era una iniciativa masculina, él pensaba que las mujeres presentaban una ductilidad y rapidez de reflejos superior, y que además dominaban por naturaleza el arte de
atraer y fascinar.
Frank Sinatra comenzó a cantar para las más de quinientas personas que abarrotaban Pachá. Todos gritaron, las tres mujeres se sumaron a los vítores y Miguel con
ellas. Un joven de poco más de veinte años se acercó por detrás a Erika, la agarró por la cintura y le dio la vuelta. La chica le apartó el brazo y bailó con él dando la
espalda a Miguel. El agente del servicio secreto aprovechó la coyuntura para coger de la mano a Gisela y hacerle dar una vuelta sobre sí misma, provocando su hilaridad.
Solo le quedaba la aproximación a Erika. Bailaban como sardinas en lata, lo que le facilitó chocar con ella, disculparse tímidamente con una inmensa sonrisa y
plantarse delante levantando los brazos muy separados al mismo tiempo que sus pies parecían flotar imitando a John Travolta en la película Grease.
Con esos malabarismos y bobadas inocentes siguieron veinte minutos más hasta que Frieda les dijo algo a sus amigas en alemán y se dispuso a volver a la mesa,
Erika la acompañó y Miguel le pidió a Gisela que no se fuera. La chica dudó un momento y se quedó. La mirada de Miguel había sido todo el tiempo limpia, casi
inocente, la de un hombre que se lo está pasando bien y no actúa bruscamente como el cazador que solo piensa en tener delante a su pieza y disparar antes de que se le
escape. Tontearon un rato más, ahora bailando separados, ahora acercándose un poco, hasta que la chica le dijo que estaba cansada, le cogió la mano, lo llevó hasta la
mesa y le hizo sentarse con ellas.
La música estaba tan alta que era complicado entenderse. Gisela cogió un pitillo del paquete de Winston que había sobre la mesa y le ofreció uno.
—No, gracias, no fumo. Me llamo Miguel y soy de España —dijo entre risas acercando los labios a su oído para hacerse entender.
—Yo soy Gisela y estas son Frieda y Erika, las tres somos de Alemania —dijo mientras las señalaba a modo de presentación, arrancando un escueto saludo de mano
de sus amigas.
—No sé por qué, pero había deducido que no sois de aquí.
—Un chico listo —le dijo Gisela dándole un golpe en la pierna—. ¿Tienes novia y cuánto ganas? Contesta a lo segundo.
Los dos rieron la ocurrencia.
—Esta discoteca es fantástica —afirmó ella.
—Me recuerda a Estudio 54, ya sabes, la de Nueva York.
—Eso dicen. ¿A qué te dedicas?
—Soy detective privado, infidelidades y cosas así. Me contratan muchas mujeres para que siga a sus maridos y demuestre que las engañan.
—¡Qué interesante! Imagino que los tienes que fotografiar con la amante secreta.
—Cuando puedo, pero muchas veces es complicado. Hay maridos que piensan que sus mujeres son tan tontas que nunca sospecharán y pasean por la calle
agarrados con la amante y besuqueándose.
—Los habrá más precavidos.
—Algunos entran en los hoteles por una puerta y su nueva novia por otra. No se dejan ver. Esos son los casos difíciles.
—Un día me tienes que llevar a perseguir infieles.
—Cuenta con ello. Y vosotras, ¿a qué os dedicáis?
—Erika y yo trabajamos de secretarias en una empresa. Frieda es economista —respondió susurrándole tan cerca del oído que Miguel sintió que su aliento le hacía
cosquillas.
—Hablas muy bien español, casi sin acento.
—Mi madre es española y la de Erika, cubana. Nos conocimos en un colegio en Alemania donde daban clases de español.
—Sois amigas de toda la vida, qué suerte.
—Sí, la verdad.
—Eres más que guapa —dijo posando su mirada en sus ojos alegres.
—Gracias, Miguel, tú no estás nada mal. ¿Vienes mucho por aquí?
—Es la primera vez. Estoy solo en la ciudad, salgo poco y hoy he decidido darme un respiro después de tanto trabajo.
—¿Cómo un chico tan guapo puede estar solo?
La timidez que mostraba El Lobo estaba dando pie a Gisela para tomar la iniciativa.
—Lo mismo te podría preguntar yo. Con ese flequillo tan bonito, que por suerte no tapa esos ojazos, es difícil creer que no tengas un novio escondido por ahí.
—No lo tengo, créeme, los hombres se me dan fatal.
—Pues vaya, hemos ido a encontrarnos dos solitarios, porque yo tampoco he encontrado a una mujer que me aguante.
Un rato después, Gisela y Frieda se fueron al servicio.
—No se te ocurra irte, Hübsch —le dijo la chica del vestido escotado con una mueca que pretendía ser amenazante.
Miguel se cambió de silla y se sentó junto a Erika.
—Hola, me llamo Miguel.
—Yo Erika.
—¿Qué tal vives en España?
—Bien, me gusta mucho tu país. Es divertido.
—¿Llevas mucho tiempo aquí?
—Dos años, más o menos.
Le encantaban esas erres que arrastraba al hablar español tanto como su naturalidad. Se veía que ya dominaba el idioma antes de llegar a Madrid.
—Me encantaría hablar alemán, pero solo sé un poco de latín.
—¿Latín?
—Sí, lo estudié en el colegio. Qué suerte estar aquí con tu amiga de toda la vida.
—Gisela es genial.
—No hace falta que me lo digas, es una mujer alucinante, además de guapa.
—Es muy buena chica, pero solo la conoces de hace una hora.
—Me encantaría conocerla más, bueno y a ti y a Frieda también. Es tan complicado tratar con mujeres de mi edad que sean normales.
—De tu edad, de tu edad, más bien un poco mayores.
—Anda ya, yo tengo treinta y vosotros estáis por ahí.
—Yo tengo treinta y ocho, y Gisela treinta y cuatro.
—Creía que habíais ido a la misma clase…
—Al mismo colegio. Nuestros padres eran muy amigos y coincidíamos mucho.
—Me encantaría tener amigos de hace tantos años, pero no soy tan afortunado. ¿Os vinisteis juntas a vivir a España?
—Ella llegó antes. Yo quería cambiar de aires —dijo alejándose de él y cogiendo el vaso para beber, como si necesitara tiempo para pensar en la contestación—. Y
me ofrecieron un trabajo en Madrid. Me pareció una buena idea.
—Y tan buena, así he podido conoceros.
Erika le sonrió en el momento en que regresaban sus amigas. Acababan de poner música lenta y muchas parejas bailaban agarradas. Gisela le pidió a Miguel que la
acompañara, prácticamente lo arrastró. Siguieron el tonteo, ahora los dos solos, sin hablar, solo con gestos corporales, miradas dulces, roces de las caras y algunas frases
breves intercambiadas al oído.
Al rato, en la pista, ese radar que Miguel siempre llevaba alerta se activó. Le llamó la atención un tipo moreno, con el pelo muy corto, con orejas de soplillo. Quizás
estaba más cachas que la mayoría de los hombres allí, pero no fue eso lo que alertó sus defensas. No era la primera vez que veía su cara ese día. Se había cruzado con él
en algún sitio. Siempre estaba pendiente de su entorno y mentalmente lo fotografiaba todo. El desasosiego subió varios grados cuando, tras intercambiar una mirada
furtiva, desapareció. Gisela notó a Miguel despistado y con la mano suavemente enfocó su cara hacia la suya hasta dejar sus labios a unos centímetros. Era realmente
preciosa y solo llevaba una copa encima, lo que le hacía presuponer que al día siguiente la seguiría viendo igual de atractiva.
La noche concluyó cerca de las cuatro de la madrugada. La mayor parte del tiempo lo pasó con Gisela, aunque no desaprovechó ninguna ocasión para charlar con
Erika de todo tipo de banalidades. Vio desfilar a unos cuantos hombres que intentaban ligar con ella y con Frieda, aunque ninguno tuvo éxito. Erika era simpática y
amable con todos, con algunos llegaba a tontear, pero no pareció mostrar el mínimo interés por ninguno.
Miguel pagó la consumición de todos, su madre le había enseñado a invitar a las chicas. Salieron a la calle, donde el portero seguía decidiendo quiénes entraban por la
vía rápida y quienes debían pagar el tributo de helarse un rato antes de acceder al paraíso de Pachá.
—Me encantaría acompañaros a casa —dijo Miguel amable—, pero no he traído el coche.
—No te preocupes, Hübsch —intervino Gisela rompiendo la magia de la noche—, nosotras cogemos un solo taxi que nos reparte en cada una de nuestras casas,
como hacemos siempre.
—Nos alegramos de haberte conocido —dijeron al unísono con sinceridad Erika y Frieda.
Miguel les dio besos a las dos antes de que se alejaran un poco para buscar el taxi. Gisela se acercó y lo besó en los labios mientras le pasaba una mano por el cuello.
Con la otra agarró la suya, le dejó una nota y desapareció con sus amigas. Miguel esperó a que se hubieran ido para ver el mensaje escrito con carmín rojo en una
servilleta de papel: un dibujo de unos labios, su teléfono y una dirección.
Cuando las vio partir, cruzó con celeridad la calle simulando irse y se ocultó detrás de un coche. Desde allí miró hacia la puerta y vio al hombre cachas de orejas
llamativas que había despertado su atención en la discoteca junto a otro con el pelo menos rapado y algo más bajo. Los dos miraban nerviosos a todas partes, lo estaban
buscando.
El taxi con las tres mujeres hizo una primera parada para dejar a Erika. Antes de bajar, le dijo a Gisela que el chico era muy guapo pero que no se fiara y salió a la
calle. Con la mano se despidió de ellas y se dirigió al portal. Sacó las llaves, volvió el cuerpo para repetir el gesto de adiós y abrió la puerta. Entró en el vestíbulo,
caminó unos pasos hasta desaparecer de la vista de las ocupantes del taxi, esperó unos segundos, regresó a la puerta y miró hacia la calle para comprobar que el coche
ya había partido.
Esperó un poco más antes de volver a abrir el portal y regresar a la acera vacía a esas altas horas de la madrugada. Con tranquilidad, siguió la ruta de las farolas hasta
la avenida próxima, por la que había más tráfico, y paró el primer taxi que pasó. Todavía tardaría varias horas antes de poder acostarse.
Capítulo 4
25 de febrero, lunes
Ronald Sánchez, primer secretario de la embajada de Estados Unidos y jefe de estación de la CIA en España, entró con campechanía, como cada fin de mes, en el
despacho del jefe de la división de Contrainteligencia del CESID, Francisco Villalba. Le estrechó la mano con firmeza y sin esperar a que lo invitara a sentarse descargó
su metro noventa y sus cien kilos en la silla en la que unos días antes se había sentado José Miguel Torres.
—Bueno, flaco, ¿cómo van las cosas?
Villalba no contestó hasta que el estadounidense se encendió un pitillo con una cerilla de madera que no apagó hasta el momento crítico en que la llama rozaba la
yema de sus dedos.
—Perfectamente, Ronald. Hemos activado a Mikel Lejarza. No sabes lo que me ha costado, los de Antiterrorismo no querían prestármelo.
—Necesitábamos a alguien que no fuera un pelagatos y que le haga una buena cogida a esa Erika Meller para arrancarle la información que oculta.
—El Lobo es un agente competente, hará un gran trabajo.
—Eso espero, flaco. No le habrás contado que nosotros estamos detrás de la investigación…
—Por supuesto que no, habíamos quedado en guardarlo en secreto.
—No hay que fiarse de nadie, por mucha confianza que despierte su hoja de servicios. Muchos buenos agentes a veces se comportan como babachos.
—¿Como qué? —inquirió Villalba.
—Babacho…, estúpido. Españoles y latinos deberíais compartir las mismas palabras, después de tantos años en aquellos países no voy a estar traduciéndolo todo.
—No creo que en Texas, donde naciste, tu padre mexicano utilizara esos vocablos.
—Utilizaba otros que tampoco usáis aquí. Deberíais utilizar esas palabras, son muy claras.
—Estamos en ello, es una de las prioridades del presidente Suárez —dijo con sarcasmo.
Los dos se rieron y Sánchez cambió de tema:
—¿Cómo va la Operación Naranja?
—Todo en marcha según lo pactado. Hay pocas novedades, vosotros escucháis directamente los micros que metimos el otro día durante la penetración en la
embajada de China.
—Por supuesto, son nuestros.
—Claro —concedió sin entrar al trapo, los dos sabían que el CESID carecía de tecnología propia en ese terreno, pero también que habían sido agentes operativos
españoles los que habían corrido el riesgo de esconderlos—. Los equipos de seguimiento no han descubierto nada relevante de sus diplomáticos, pero llevan poco
tiempo en la faena.
—Los chinos son un gran problema para el mundo, hay que saberlo todo de ellos. Tengo órdenes de muy arriba de ayudaros en todo lo que haga falta frente a la
amenaza amarilla. Confío en que tu Gobierno sea consciente del daño que os pueden hacer.
—Por supuesto, reciben nuestros informes y muestran mucho interés.
Villalba mentía y dudaba si Sánchez se creía sus propias palabras o eran un mero paripé. La amenaza china era una preocupación para una superpotencia como
Estados Unidos, pero en España el interés era nulo. ¿A quién le podía importar lo que sucediera tan lejos cuando el país estaba acosado por el terrorismo de ETA, el
ruido de sables en los cuarteles, las continuas manifestaciones reivindicativas o los enfrentamientos descarnados entre los partidos? Una cosa era evitar el espionaje de
los chinos en España, pero montar la Operación Naranja había sido una extravagancia. Jamás habría conseguido la autorización del director del CESID para llevarla a
cabo, con tan escaso personal y medios insuficientes para hacer frente a tantos riesgos interiores, si no hubiera recurrido a inventarse un peligro concreto inexistente y
añadirle el agradecimiento que despertaría en el Gobierno estadounidense.
—Hay mucho bufarrón en este país que no entiende que en Estados Unidos nos preocupa que España vaya por el buen camino de la democracia.
Villalba había aprendido que Sánchez utilizaba como insulto frecuente el término bufarrón, por ‘homosexual’. Todos los que no le gustaban eran bufarrones, incluso
muchos con los que parecía simpatizar.
—Claro que lo saben y también que consideráis que España es de vital importancia para vuestros intereses en Occidente. Tener un Gobierno favorable aquí es
estratégico.
—Sin nuestro apoyo, España sería ahora un país caótico —le corrigió.
—No te lo creas, Ronald. España ha pasado de la dictadura a la democracia por su propio interés.
Un gesto de irritación invadió el rostro del jefe de estación de la CIA, al que siguió otro de concesión magnánima del que no quiere entrar en pequeñas discusiones
para no humillar a su interlocutor.
—Te he traído lo prometido, los americanos siempre cumplimos nuestras promesas. Tú me ayudas con la pendeja alemana esa y yo te facilito la identidad del agente
marroquí que se hace pasar aquí en Madrid por miembro del Frente Polisario del Sahara.
—Te lo agradezco, es un buen intercambio.
Sánchez se había agachado para abrir su voluminosa cartera de cuero y sacar una carpeta sin inscripciones, en cuyo interior había varios folios mecanografiados,
carentes de referencias en el encabezamiento sobre quién los había escrito. Cuando volvió a estirarse miró a Villalba con gesto huraño.
—No digas pendejadas, flaco. Lleváis como locos un montón de tiempo buscando sin éxito su identidad y yo te la sirvo en bandeja. A cambio me ofreces la
colaboración de un agente cuyo único trabajo es chingar con una alemana que no es nada fulera…, fea, como decís en España.
—Si no te parecía bien el trato, se lo podías haber encargado a alguno de tus hombres.
El estadounidense apagó el pitillo en el cenicero que estaba sobre el escritorio de madera antigua e inmediatamente encendió otro, de nuevo con una cerilla de madera
a la que solo sopló cuando el fuego amenazaba con chamuscar su dedo. Luego respondió sin la sutileza que se le supone al diplomático y que nunca había habitado en su
vida de espía.
—No me seas güevón. Vuestros operativos descubrieron por casualidad al equipo que estaba controlando los movimientos de Meller y aprovechaste la circunstancia
para sacar provecho. Habrías jodido a cualquiera de los españoles que trabajan para mí si los hubiera puesto a hacer esa labor.
—Es mejor intercambiar información, es lo que dices siempre. Por eso hacemos la vista gorda a muchas de las cosas que hacéis en España, colaboramos en algunas
operaciones y os tenemos al tanto de lo que hacen en nuestro suelo las agencias de espionaje del Pacto de Varsovia.
Sánchez volvió a agacharse. Abrió otra vez la cartera y sacó un sobre abultado, cerrado con papel celo, en el que estaba escrito el nombre de Villalba.
—Favores que te pago generosamente cada mes. A ti y a algunos de tus hombres. ¿O es que se quedan a trabajar por la tarde, cuando ha acabado su horario militar,
para hacer un favor a la patria?
Villalba cogió su recompensa y la guardó en el primer cajón de los siete de que disponía la mesa que tanto le gustaba.
—Pagas por un trabajo que hacemos a tu favor porque sois aliados de España y nos ayudáis. A esta democracia endeble le viene bien vuestra ayuda —señaló
intentando mostrar empatía.
—Ese tema me chupa un huevo, flaco. Nunca olvides que damos mucho y esperamos resultados impecables.
Apoyó la cartera en la silla vacía que estaba junto a él y sacó varios sobres que colocó con lentitud uno a uno encima de la mesa, justo delante de Villalba. Todos
llevaban escritos el nombre y los dos apellidos de directivos de la Contra, precedidos por una M de míster.
—Preferiría entregarlos personalmente, como hacían mis antecesores, pero entiendo que los tiempos han cambiado y desees hacerlo tú.
Cerró la cartera, la cogió con su mano inmensa por el asa desgastada y se levantó todo lo largo que era. Con la cara embrutecida, el pelo cano casi rapado, a sus cerca
de cincuenta años mantenía el aspecto violento del marine que fue antes de ingresar en la CIA y comenzar su carrera exitosa en operaciones clandestinas por países
latinoamericanos. Una imagen de agresividad que quedaba acentuada por el bulto en la chaqueta que daba notoriedad a su arma guardada en la pistolera.
—Hay una cagada de la que no me has mencionado ni una palabra.
El dardo pilló a Villalba incorporándose de su butaca de madera para despedirlo. Se quedó un momento paralizado por el disgusto de comprobar que nada de lo que
allí pasaba permanecía oculto a ese hombre.
—Es un tema privado.
—Nada de lo que ocurre aquí y nos puede afectar es privado —le corrigió con autoridad—. Si alguien ha entrado provocando un agujero en vuestra seguridad, y
probablemente en la nuestra, estamos obligados a localizar el daño y a su causante.
Villalba siempre intentaba medir las palabras cuando estaba con Sánchez. Era una relación complicada con un tipo prepotente que gozaba de una libertad de acción
en España que los de la CIA llevaban disfrutando veintisiete años, desde que Franco consiguió romper el bloqueo internacional tras la Guerra Civil gracias a la firma del
primer convenio de colaboración bilateral a cambio de que instalaran bases militares en España. No le gustaba el marine, pero lo necesitaba.
—Estamos en ello, ha ocurrido aquí y somos nosotros los que investigamos. Puede haber sido cualquiera, incluso vosotros.
—No digas pendejadas. Sabemos de vosotros lo que nos interesa, lo demás son vuestros asuntos. Si alguien ha entrado, y probablemente habrán sido los rusos o los
chinos, necesitamos saber qué se han llevado. Hace tiempo te ofrecí un moderno sistema de seguridad por el que no os cobraríamos nada y que ahora nos aportaría
información importante.
Claro, pensó el jefe de la Contra, para poder tenernos controlados las veinticuatro horas del día. Ni se le pasó por la cabeza verbalizarlo.
—De nuestra seguridad nos ocupamos nosotros, gracias. Estamos investigando, cuando tengamos algo te lo comentaré.
—¿Qué sabéis hasta ahora?
—Solo lo que te han contado.
Los dos hombres se miraron fijamente. Sánchez notó el desafío en los ojos y las palabras de Villalba. Al contarle que conocía la penetración clandestina en la sede,
había presumido de disponer de fuentes de información entre sus hombres, que iban como locos a filtrarle lo que allí sucedía. Lo dejó pasar, aunque no pudo evitar
lanzarle un dardo final:
—Me voy para que puedas repartir los sobresueldos… entre nuestros hombres.
José Miguel Torres se levantó a las diez de la mañana después de una noche pesada llena de malos momentos en los que se le abrían los ojos inconscientemente, no
por pesadillas reconocibles, sino por la intranquilidad con la que se había acostado. Desde la infiltración en ETA padecía problemas para conciliar el sueño y más si por
la cabeza le danzaban ideas que no paraban de agitarse. El viernes anterior, más bien en la madrugada del sábado, dio esquinazo a los dos sospechosos que detectó en la
discoteca. Darse a la fuga no le borró el mal sabor de boca. Carecían de barba y llevaban el pelo demasiado corto, lo que en apariencia los alejaba del perfil tipo del etarra,
pero nunca había que fiarse. Seguramente serían agentes del CESID enviados por Villalba y Goicoechea para reunir información de primera mano sobre sus
movimientos.
Esa noche terminó en casa de Gisela, una mujer adorable que hablaba sin parar como una ametralladora. Retozaron hasta que la luz del sol entró por la ventana y
luego durmieron hasta cerca de la hora de la comida. Parecía que se iba a acabar el mundo y a la alemana le urgiese saberlo todo de él y contarle cada extremo divertido o
triste de su vida. Tras el café, se inventó un seguimiento pendiente de su trabajo como detective para encontrarse con los lobillos y tomarse un respiro. Por la noche
regresó y Gisela le preparó una cena romántica con velas. Charlaron sobre los dos, recordaron más momentos buenos y malos de su vida pasada y de los retos que se
planteaban para el futuro. Miguel tenía que ganarse su confianza, un objetivo que no le costó ningún esfuerzo. Se dejó llevar por la magia del momento, una copa de vino
y la compañía de una mujer divertida, llena de energía, afable y extrovertida. ¿Dónde estaba la tan cacareada frialdad de la que acusaban a los naturales del norte de
Europa? No apareció en ningún momento, Gisela parecía una española, con la expresión de los ojos siempre cálida, aprovechando con intensidad la llegada de una nueva
relación. Era demasiado pronto para mencionar a Erika, ya tendría tiempo de interrogarla sobre ella sin dejar en evidencia que ese era su auténtico interés y el motivo de
su acercamiento. El domingo por la tarde salió de la casa con un regusto amargo, dejando a una mujer feliz que se había abierto a él con una sinceridad no correspondida.
La misma cantinela de siempre, en la que él había mostrado su talento para la duplicidad. Recibir mucho, dar poco, sin que se notara. Quedaron para cenar al día
siguiente, él reservaría el restaurante.
El pequeño apartamento de la calle Galileo en el que vivía era similar al que le dio cobijo antes de la redada contra los comandos de ETA que en septiembre de 1975
puso punto final a su infiltración. Un dormitorio, un baño y un cuarto de estar con muebles que estaban bien, aunque hacía años que habían perdido el lustre. Lo pagaba
el Servicio y lo utilizaba cada vez que se quedaba en Madrid, aunque nunca estaba demasiado tiempo. Para dar credibilidad a su tapadera como detective, había una mesa
de despacho discreta colocada delante de una estantería con volúmenes de Derecho comprados al peso.
Se sentó en la silla que estaba entre los libros y la mesa, dio un sorbo al café que se había preparado para desayunar, descolgó el teléfono y se dejó llevar por el
impulso de llamar a Leblanc.
—Hola, Fred.
—Mikel, ¿te has vuelto a pelear con Villalba?
—No, tranquilo. Ahora mi contacto es Goicoechea, pero tampoco me he peleado con él, no hasta ahora.
—Pues sigue así.
—He dicho hasta ahora, quizás me pelee en un rato.
—¿Qué ha pasado?
—El viernes comencé el trabajo y descubrí que dos hombres me siguen.

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