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El Dragón Rojo – Thomas Harris

Dragón Rojo - Thomas Harris

 El Dragón Rojo – Thomas Harris

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—Lo sé. La última vez te hirieron. Ahora pareces estar bien.
—Lo estoy. Pero no es el hecho de quedar herido. A ti también te lastimaron.
—Me hirieron pero no en esa forma.
—No se trata de haber sido herido. Decidí simplemente que ya era suficiente. No creo poder explicarlo.
—Por Dios, te aseguro que comprendería perfectamente bien que ya no pudieras volver a enfrentarlo.
—No. Mira… siempre es feo tener que verlos, pero en cierta forma te las arreglas para poder funcionar,
siempre y cuando estén muertos. El hospital, las entrevistas, eso es lo peor. Tienes que apartarlo
de tu mente para poder seguir pensando. No me creo capaz de hacerlo ahora. Podría obligarme
a mirar, pero me resultaría imposible pensar.
—Will, éstos están todos muertos —dijo Crawford lo más suavemente que pudo.
Jack Crawford escuchó el ritmo y la sintaxis de sus propias frases en la voz de Graham. Había oído
a Graham hacerlo en otras oportunidades, con otras personas. A menudo, en medio de una animada
conversación, Graham adoptaba la forma de hablar de su interlocutor. Al principio Crawford pensó
que lo hacía deliberadamente, que era una treta para mantener el ritmo.
Pero más adelante Crawford se dio cuenta de que Graham lo hacía involuntariamente, que a veces
trataba de evitarlo y no podía.
Crawford metió dos dedos en el bolsillo de su chaqueta. Arrojó luego sobre la mesa dos fotografías
boca arriba.
—Todos muertos —repitió.
Graham lo miró durante un instante antes de tomar las fotos. Eran simples instantáneas: una mujer
seguida por tres niños y un pato, llevando una canasta de picnic junto a la orilla de una laguna. Una
familia de pie detrás de una torta de cumpleaños.
Depositó nuevamente las fotografías sobre la mesa al cabo de medio minuto. Las puso una sobre la
otra y dirigió su mirada a la playa, a lo lejos, donde el chico en cuclillas examinaba algo en la arena.
6
La mujer lo observaba, apoyada su mano sobre la cadera mientras la espuma de las olas se arremolinaba
en torno a sus tobillos. Se inclinó hacia atrás para sacudirse el pelo mojado pegoteado sobre
la espalda.
Graham, haciendo caso omiso de su visita, observó a la mujer y al muchacho durante un lapso igual
al que había dedicado a mirar las fotos.
Crawford estaba contento. Con el mismo esmero que había puesto para elegir el lugar de la conversación,
cuidó que la satisfacción no se reflejara en su rostro. Le pareció que había conseguido a
Graham. Tenía que dejarlo recapacitar.
Aparecieron tres perros increíblemente feos que se echaron junto a la mesa.
—Dios mío… —murmuró Crawford.
—Probablemente son perros. La gente los abandona continuamente por aquí cuando son pequeños
—explicó Graham—. Puedo deshacerme de los más o menos lindos y el resto se queda dando vueltas
por el lugar hasta que son más grandes.
—Están bastante gordos.
—Molly tiene un corazón muy blando y le dan lástima.
—Qué buena vida debes pasar aquí, Will. Con Molly y el chico. ¿Cuántos años tiene?
—Once.
—Es un lindo muchacho. Va a ser más alto que tú.
—Su padre lo era —afirmó Graham—. Tengo suerte de poder estar aquí. Lo sé.
—Quería traer a Phyllis a Florida. Me gustaría conseguir un lugar para instalarme cuando me jubile
y dejar de vivir como un topo. Ella dice que todas sus amigas están en Arlington.
—Siempre quise agradecerle los libros que me llevó al hospital pero nunca lo hice. Hazlo por mí.
—Lo haré.
7
Dos pequeños y coloridos pajaritos se posaron sobre la mesa esperando encontrar algo dulce. Crawford
los observó mientras daban pequeños saltitos de uno a otro lado hasta que finalmente volaron.
—Will, este degenerado parece actuar siguiendo las fases de la luna. Asesinó a los Jacobi en Birmingham
la noche del sábado 28 de junio, noche de luna llena. Mató a la familia Leeds en Atlanta
anteanoche, 26 de julio. Un día antes de cumplido el mes lunar. De modo que si tenemos suerte,
todavía nos quedan un poco más de tres semanas hasta que vuelva a actuar.
»No creo que tú quieras esperar aquí en los cayos y enterarte del próximo caso por medio del
Herald. Caray, no soy el Papa, no estoy diciéndote lo que debes hacer, pero quiero preguntarte una
cosa: ¿mi opinión significa algo para ti, Will?
—Sí.
—Creo que las posibilidades de atraparlo rápido son mayores si tú nos ayudas. Vamos, Will, anímate
y danos una mano. Ve a Atlanta y a Birmingham a echar un vistazo y luego pasa por Washington.
Graham no contestó.
Crawford esperó hasta que cinco olas rompieron en la playa.
Se puso entonces de pie y se echó la chaqueta de su traje sobre un hombro.
—Conversaremos después de la comida.
—Quédate a comer con nosotros.
Crawford meneó la cabeza.
—Volveré más tarde. Debe de haber mensajes en el Holiday Inn y tengo que hacer unas cuantas
llamadas. De todos modos agradécele a Molly de mi parte.
El automóvil alquilado por Crawford levantó una fina capa de polvo que se depositó sobre los arbustos
próximos al camino de grava.
Graham volvió junto a la mesa. Tenía miedo de que ése fuera su último recuerdo del cayo Sugarloaf:
hielo derritiéndose en dos vasos con té, servilletas de papel cayendo de la mesa impulsadas por
la suave brisa y Molly y Willy allá lejos en la playa.
8
Atardecer en Sugarloaf: las garzas inmóviles y el disco rojo del sol haciéndose más grande cada
segundo.
Will Graham y Molly Foster Graham estaban sentados sobre un tronco desteñido arrastrado por la
marea, sus caras tenían un tinte anaranjado por el reflejo del sol poniente y sus espaldas estaban
envueltas en sombras violáceas. Ella le tomó la mano.
—Crawford pasó por la tienda para verme antes de venir aquí —dijo—. Me pidió la dirección. Traté
de llamarte. Creo que de vez en cuando deberías contestar el teléfono. Vimos el automóvil cuando
llegamos a casa y dimos vuelta hacia la playa.
—¿Qué más te preguntó?
—Cómo estabas.
—¿Qué le contestaste?
—Que estabas bien y que debería dejarte tranquilo. ¿Qué quiere que hagas?
—Ver unas pruebas. Soy especialista forense, Molly. Has visto mi diploma.
—Lo que vi fue cómo remendaste una rajadura en el papel del techo con tu diploma —Se sentó a
horcajadas sobre el tronco para mirarlo de frente—. Si extrañaras tu otra vida, lo que hacías antes,
supongo que hablarías de ello. Jamás lo haces. Ahora estás tranquilo, cómodo y comunicativo… y
eso me encanta.
—¿Lo pasamos bien, verdad?
Ese único y lento parpadeo le indicó que debería haber dicho algo mejor, pero ella insistió antes de
que pudiera corregirlo.

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