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Libro PDF El dulce sabor de la venganza BLAKE Maya

El dulce sabor de la venganza BLAKE Maya

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Theo Pantelides frenó el Aston Martin
negro delante del Grand Río Hotel.
Llegaba tarde a la gala para recaudar
fondos por culpa de otra llamada de su
hermano Ari. La noche era pegajosa en
Río de Janeiro. Se bajó y le entregó las
llaves al aparcacoches, pero la sonrisa
fue disipándose a medida que entraba en
el deslumbrante hotel de cinco estrellas
que sus anfitriones habían elegido para
proyectar una idea falsa que lo
engañara. Decidió seguir el juego por el
momento. El momento adecuado para
acabar con ese juego se presentaría
solo, y pronto.
Una rubia elegantemente vestida y
subida a unos tacones de vértigo se le
acercó con una sonrisa muy femenina y
elocuente.
–Buenas noches, señor Pantelides.
Nos honra que haya podido venir.
–Faltaría más. Como invitado de
honor, habría sido una desconsideración
no venir, ¿no?
–Claro… –ella se rio–. La mayoría de
los invitados ya ha llegado. Si necesita
cualquier cosa, me llamo Carolina –
añadió ella insinuantemente.
–Obrigado –replicó él en un
portugués perfecto.
Había dedicado mucho tiempo a
aprender el idioma, como había
dedicado mucho tiempo a preparar los
acontecimientos que iban a culminar
muy pronto. Según lo planeado, no había
posibilidad de fracaso. Iba a dirigirse
hacia la puerta del salón de baile cuando
se detuvo.
–Ha dicho que ya ha llegado la
mayoría de los invitados, ¿sabe si ya
está Benedicto da Costa y su familia?
La sonrisa de la rubia vaciló un poco
y él supo por qué. La familia da Costa
tenía cierta reputación, y Benedicto, en
concreto, metía el miedo en el cuerpo de
los hombres normales. Afortunadamente,
él no era un hombre normal.
–Sí, toda la familia llegó hace media
hora –contestó la rubia.
–Gracias, ha sido muy amable –
replicó Theo con esa sonrisa que
ocultaba las emociones que bullían
dentro de él.
Estaba impaciente, como le pasaba
siempre desde que supo que Benedicto
da Costa era el hombre que buscaba.
Llegar a saberlo había sido largo y
complicado, pero era muy meticuloso.
Por eso era el detector de problemas y
el asesor de riesgos de Pantelides Inc.,
la empresa multinacional de la familia.
No creía en el destino, pero tampoco
podía olvidar que su profesión lo había
llevado a Río y al hombre que, hacía
doce años, había hecho añicos lo que
quedaba de su maltrecha infancia. Todos
sus instintos lo apremiaban para que se
deshiciera de la capa de sofisticación y
urbanidad y reclamara venganza en ese
momento y lugar. Sin embargo, se
acordó de la llamada de su hermano. Ari
empezaba a sospechar de los motivos
que tenía para seguir en Río. Aun así, ni
Ari ni Sakis, sus hermanos mayores, se
atreverían a detenerlo. Era dueño de su
destino, aunque eso no significaba que
Ari no intentara disuadirlo si sabía lo
que estaba pasando. Su hermano mayor
se tomaba muy en serio el papel de
patriarca de la familia. Al fin y al cabo,
había tenido que adoptarlo cuando la
unidad familiar saltó por los aires
después de que su padre los traicionara
de la peor forma posible. Theo solo
podía dar gracias a Dios porque Ari
estaba provisionalmente distraído por la
felicidad que había encontrado con su
prometida, Perla, y la llegada de su hijo.
No podría detenerlo, pero Ari era Ari.
Dejó de pensar en su familia mientras se
acercaba al salón de baile, tomó aliento
e intentó relajarse.
Ella fue lo primero que vio cuando
entró, y comprendió qué era lo que se
había propuesto. La etiqueta para ese
acto era solo blanco y negro, pero ella
llevaba un vestido rojo que se ceñía
provocativamente a su cuerpo. Era Inez
da Costa, la hija menor de Benedicto, de
veinticuatro años, seductora… Tuvo que
contener el aliento al seguir con la
mirada la curva de sus pechos, la
delicada cintura y la redondez de sus
caderas. Conocía al dedillo todos y cada
uno de los datos de esa familia, e Inez
da Costa no era mejor que su padre y su
hermano, pero ella usaba su cuerpo y
ellos empleaban la fuerza bruta, el
soborno y los sicarios. No le extrañaba
que otros hombres cayeran rendidos por
esa figura voluptuosa, y ella la
aprovechaba en beneficio propio. Clavó
la mirada en sus caderas hasta que ella
se movió para seguir una conversación
como la consumada mundana de la alta
sociedad que era. Se dio la vuelta para
hablar con otro invitado y le mostró la
curva de su trasero. Él soltó una
maldición para sus adentros al notar la
reacción de sus entrañas. Hacía tiempo
que no tenía una aventura física, pero
ese no era el momento para que se lo
recordaran, ni ella era la mujer que
elegiría.
Resopló para recuperar el equilibrio
y empezó a bajar las escaleras con la
certeza de que estaba donde tenía que
estar. Si el desmedido afán por los
excesos de Pietro da Costa no lo hubiese
llevado a encargar uno de los superyates
de Pantelides, que no podía permitirse,
él no habría ido a Río hacía tres años
para interesarse por la situación
económica de los da Costa. No habría
conocido la documentación financiera,
cuidadosamente escondida, que se
remontaba quince años atrás y llevaba
directamente a Atenas y a las turbias
actividades de su padre. No habría
indagado más hasta descubrir las
consecuencias de esas actividades para
su familia y para él. Los recuerdos
amenazaron con alterarlo hasta que
perdiera el dominio de sí mismo, pero
ya no era ese niño asustadizo que no
podía ahuyentar los miedos y las
pesadillas que lo perseguían. Había
aprendido a aceptarlos y los había
vencido, pero eso no quería decir que no
estuviese decidido a que quienes le
hicieron pasar por eso no fuesen a
pagarlo con creces.
Dirigió la mirada hacia el rincón
donde los mandamases de Río departían
con Benedicto y su hijo y pensó en la
estrategia. Pese al exterior refinado que
intentaba transmitir con el traje hecho a
medida y el pelo muy corto, el rostro
anguloso y los ojos de reptil de
Benedicto irradiaban una crueldad que
todos captaban instintivamente. Además,
él sabía que podía serlo hasta límites
extremos cuando lo necesitaba.
Amenazaba cuando no bastaban las
buenas maneras y, por ejemplo, la mitad
de las personas que estaban en esa
habitación habían asistido a la
recaudación de fondos para no disgustar
a Benedicto. Hacía cinco años, dejó
claro que tenía aspiraciones políticas y,
desde entonces, había estado allanando
el camino hacia el poder por los medios
más repulsivos, los mismos medios que
su propio padre había empleado para
llevar la vergüenza y la devastación a su
familia. Tomó una copa de champán, dio
un sorbo y avanzó intercambiando
cortesías con ministros y autoridades
deseosos de ganarse el favor de los
Pantelides, pero se dio cuenta de que
Benedicto y Pietro lo habían visto
porque se pusieron muy rectos con una
sonrisa más amplia todavía. Él no
sonrió, les dio la espalda y se dirigió
hacía la hija, quien estaba hablando con
Alfonso Delgado, el filántropo y
millonario brasileño que era su última
presa.
–Alfonso, si quieres que celebre una
gala para ti, solo tienes que decirlo. Mi
madre podía celebrarlas con los ojos
cerrados y me han dicho que he
heredado ese talento. ¿Acaso dudas de
mis talentos?
Ella ladeó la cabeza con un gesto
coqueto y Alfonso sonrió con una
expresión que se parecía a la adoración.
Él reprimió una mueca de repulsión

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