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El ermitaño Thomas Rydahl

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El ermitaño Thomas Rydahl 

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mí.
Eso era verdad. Beatriz no comentó nada al
respecto. Pero Raúl sí:
—Tú eres una de las personas más elegantes
que conozco.
Pero ya no se volvió a hablar más del tema.
Cuando empezaron a sacar las copas de champán,
besó a Beatriz en la mejilla, le deseó felices
fiestas y bajó a la calle. Raúl se fue con él.
—Buen viaje —dijo Erhard al salir y toparse
con una multitud.
Silón, el tendero, les deseó un feliz Año
Nuevo desde la acera de enfrente. Es probable que
se lo deseara sobre todo a Raúl, allí todo el mundo
le conoce. Erhard se acercó al coche y volvió a
notar la inquietud que siempre le acechaba por
esas fechas. Un año más, igual al anterior; otro año
que también se ha hecho de rogar.
«Salud, amigo mío. Está bien cargadito de
coñac.» Le quema por dentro hasta llegar al
estómago. La noche es cálida. Siente el cuerpo
chispeante y caliente. Quizá porque esté pensando
en Beatriz y en esa zona donde se separan sus
pechos y se esconden bajo la camisa. La fragancia
que desprende también sale de ese lugar. Joder.
Intenta no pensar en ella. No debería perder el
tiempo fantaseando con esa muchacha.
La hija de la peluquera. En ella sí que puede
pensar. Tiene algo especial.
Nunca la ha visto en persona. Sólo una vez, y
de lejos. Pero muy a menudo mira una fotografía
suya colgada en la peluquería. Piensa en ella. La
imagina en situaciones cotidianas. Pequeñas
escenas, como el momento en que la chica entra en
la peluquería y la campanilla de la puerta suena a
sus espaldas. Se la imagina sentada delante,
apoyada sobre la mesa mientras él termina su cena.
O en la cocina, la de él, preparando algo que
humea y salpica sobre los fogones. En realidad, es
demasiado joven para él y seguramente tenga
intereses muy diferentes a los suyos. Además,
tampoco es su tipo de mujer. ¿Qué le dice un
hombre a una muchacha así para impresionarla?
Seguro que ni siquiera le gusta cocinar. Debe de
ser de esas que se pasan las horas hablando por
teléfono con sus amigos, como hacen todos los
jóvenes hoy en día. A lo mejor, para cenar, come
los fideos directamente de la caja de cartón y sin
levantar la vista de la pantalla del ordenador. En
la foto de la peluquería es una adolescente: parece
la inocencia personificada, con abundantes rizos y
unas enormes gafas masculinas. No es guapa, pero
tampoco es de las que pasan desapercibidas.
Ahora debe de rondar los treinta años, y, por lo
visto, sigue siendo una chica dulce y lista… Pero,
claro, eso es lo que dice la madre, y vete a saber
si es verdad. La única vez que vio a la chica la
reconoció enseguida por su melena rubia y rizada.
Estaba cruzando la calle, andaba con la espalda
muy recta y llevaba un bolso colgando del hombro;
parecía una mujer segura de sí misma. Cruzaba
deprisa porque un coche pasaba a gran velocidad.
No era elegante, parecía incluso un poco patosa.
Erhard no sabe muy bien por qué piensa tanto en
ella. Será cosa de esta isla, que lo devora por
dentro. El viento gime cuando choca contra las
rocas y al doblar las esquinas. Es como una
melodía solitaria que se repite constantemente en
el piano.
La culpable de todo este lío es Petra. Y su
voz tan escandalosa y estridente. La voz con la que
trata de apaciguar a los clientes de su peluquería.
A veces dice cosas razonables y a veces
contradictorias, sin importarle que uno esté
hojeando una revista o leyendo un artículo sobre el
equipo de fútbol de la isla. Una mujer dura que
cree que el cariño se tiene que exigir. Le masajea
la cabeza a Erhard sin dejar de hablarle de su hija.
Le cuenta cosas como que la niña se ha ido a vivir
sola, que se ha comprado una moto, que ha
conseguido un cliente nuevo, que ha dejado a su
novio y que le encantaría tener nietos. A ella. A la
hija no. Y, hace unos meses, de repente le soltó:
«Ojalá mi hija saliera con alguien como tú». Así,
tal cual. Lo dijo mirándole a los ojos a través del
espejo. Y luego: «Mi hija no es como las demás,
pero tú tampoco lo eres». Se habían reído un poco
con ese comentario. Más ella que él, la verdad.
Erhard se había quedado pasmado. Nadie
debería soltar una cosa así y quedarse tan ancho.
Vender a su hija de esa manera, delante de sus
narices. ¿Qué significaba? ¿Ahora se suponía que
tenía que invitarla a salir? ¿Acaso no sabe Petra
cómo le llaman en la ciudad? ¿No se ha dado
cuenta de que le falta un dedo? ¿Y no le parece
importante la diferencia de edad? Se llevan, por lo
menos, treinta años. Erhard debe de tener la edad
de la madre, o incluso más. Pero la verdad es que
Erhard se siente atraído por la situación. Una
generación que echa una mano hacia atrás para
estirar la próxima hacia delante, como ese dibujo
de Escher que muestra dos manos que se dibujan la
una a la otra. Cinco dedos en una mano y cinco en
la otra. 5 + 5.
«Ojalá mi hija saliera con alguien como tú»,
había dicho. Alguien como él.
No él, sino «alguien» como él.
¿Y qué significa eso? ¿Que hay muchos
hombres como Erhard? Hombres que han hecho lo
mismo durante casi una vida entera, que son
incapaces de dar el paso, que no se cuestionan
nada. Un débil silbido que sale del culo del
mundo; hoy aquí, mañana tan sólo el recuerdo de
algo que olía muy mal.
Suenan los fuegos artificiales de la ciudad.
¿Y si lo hiciera ahora mismo? ¿Podría pasar
por su casa y preguntarle si quiere salir a dar una
vuelta? ¿Ahora mismo? Así ya está hecho. Sabe
que el lumumba es lo que domina sus acciones.
Sabe que el coraje le durará como mucho un par
de horas, hasta que se le pase el efecto del
alcohol. Son las diez y cuarto. Lo más probable es
que esté en una cena llena de hombres jóvenes que
lo saben todo sobre ordenadores. O puede que esté
en casa, sola, igual que él. Tal vez esté mirando
ese horrible programa de televisión que emiten
cada año. La madre le ha explicado varias veces
dónde vive su hija: «En uno de los edificios
nuevos de la calle Palangre. Encima de la tienda
de ropa para bebés». No pasaría nada si se
asomara por allí para ver si está en casa. Para
comprobar si la televisión o las luces están
encendidas.
Se apoya en la pared exterior de la casa y
descuelga un par de pantalones rígidos que tenía
tendidos. Las cabras corretean y desaparecen en la
oscuridad.
2
Baja por el caminito de Alejandro en dirección a
la ciudad.
No debería ir por ahí. Ese camino destroza el
coche. Ya ha tenido que reparar los ejes un par de
veces. El mecánico, Anphil, no para de decírselo:
«No vayas por la carretera del norte, ¿vale?
Tampoco vayas por el camino de Alejandro. Tu
coche no aguanta esos trotes. Tendrás que
comprarte un Montero o uno de esos Mercedes
nuevos si quieres ir por esos caminos, porque éste
no los resistirá». Pero Erhard no quiere un
Montero y, desde luego, no puede permitirse un

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