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El exilio imposible George Prochnik

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incansable defensor del humanismo
paneuropeo, incansable creador de
contactos, anfitrión impecable, histérico
doméstico, noble pacifista, populista
barato, sensualista aprensivo, amante de
los perros y no de los gatos,
coleccionista de libros, aficionado a los
zapatos de cocodrilo, dandi, depresivo,
entusiasta del café, simpatizante de los
corazones solitarios, mujeriego casual,
admirador de hombres, sospechoso de
exhibicionismo, fabulador convicto,
manso con los poderosos, campeón de
los impotentes, abyecto cobarde ante los
estragos de la vejez, imperturbable
estoico ante los misterios de la tumba),
Stefan Zweig cae en la categoría de
aquellos que abrazaban los encantos y
corrupciones de su entorno.
Hasta el día de hoy, la obra de
Zweig se encuentra disponible en
abundancia en muchas nuevas ediciones
en toda Europa. En Francia, sus novelas
cortas se reeditan de forma regular, y
casi inevitablemente saltan a los
primeros puestos de las listas de más
vendidos, una y otra vez. Los libros de
Zweig llenan los escaparates de las
tiendas y los expositores de los
aeropuertos. Es popular en Italia y en
España, y tiene admiradores en
Alemania y en Austria.
Stefan Zweig en Salzburgo,
verano de 1931.
(Österreichisches
Theatermuseum)
Pero en el mundo angloparlante, y en
Estados Unidos en particular, hasta hace
pocos años Stefan Zweig parecía
haberse desvanecido por completo.
Durante los años en los que yo era joven
y estudiaba literatura, no me tropecé con
una sola obra de Stefan Zweig. Cuando
les preguntaba por él a mis amigos, no
encontraba prácticamente a nadie que
hubiera oído su nombre. Y cuando me
enteré de lo mucho que se le había leído
en Norteamérica a principios de los
años cuarenta, su desaparición total me
dejó perplejo e intrigado. ¿Por qué
desapareció de la vista con tanta rapidez
Stefan Zweig?
Aunque su historia revela muchos
aspectos de la vida cultural de la Europa
de preguerra, la información que ofrece
su exilio acerca de lo que fue de esa
cultura cuando se tradujo al idioma del
Nuevo Mundo resulta igualmente
provocativa. La vida de Zweig ilumina
el eterno problema de la
responsabilidad del artista en tiempos
de crisis: la deuda que se tiene con los
compañeros de sufrimiento en relación
con la deuda que se tiene con las musas
propias; el papel de la política en el
arte, y el lugar del arte en la educación.
Su historia también suscita la cuestión
de la forma de pertenencia que tiene
cada persona, la responsabilidad hacia
la familia y hacia las raíces étnicas en
relación con los ideales del
cosmopolitismo. El número de vidas que
Zweig tocó a través de su escritura y el
refugio que creó en las terrazas de su
hogar en Salzburgo, a cuya sombra
boscosa acudieron a sentarse y a hablar
muchísimos humanistas europeos,
convirtió a Zweig en catalizador y
encauzador de corrientes de
pensamiento vitales de su época.
«Afrontemos el tiempo tal y como se
avecina», dice el epígrafe de sus
memorias. Esta cita de Shakespeare está
abierta a distintas interpretaciones a lo
largo de toda la historia de Zweig,
mientras él se acomodaba al presente o
perdía el paso.
El propio Zweig veía incluso su
propia caída desde la gloria a la
oscuridad como un síntoma de un
fenómeno de mayor calado. «Nunca
jamás… sufrió una generación tal
hecatombe moral, y desde una altura
espiritual semejante, a la que ha vivido
la nuestra», afirma en el inicio de El
mundo de ayer. Sin embargo, el hecho
de que su destino fuera compartido no
amortiguó el impacto de la caída. Nunca
dejó de sorprenderse al verse expulsado
de tal manera del Olimpo de la
celebridad artística europea a una
existencia mísera, nómada, en el curso
de un puñado de años. «Me he
despojado de todas las raíces, incluida
la tierra que las nutre, como
posiblemente pocos han hecho a lo largo
del tiempo», proclama en un apóstrofe
que parece sufrir, por momentos, de
delirios de antigrandeza.
Escribió ese prólogo en el verano de
1941, poco antes de abandonar Estados
Unidos para irse a Brasil, mientras vivía
en Ossining, Nueva York, donde redactó
el primer borrador de su autobiografía.
Si su hogar de Petrópolis era salvaje y
remoto, su domicilio en aquella ciudad
junto al río Hudson, kilómetro y medio
colina arriba desde la prisión de Sing
Sing, parecía humilde y desamparado.
«No hay absolutamente nada que hacer o
ver en Ossining», escribió Lotte a su
familia de Inglaterra. Sing Sing era lo
único famoso que tenían, y según
observaba ella, «es algo que uno más
bien intenta olvidar». El amigo de
Stefan, el presidente del PEN europeo,
Jules Romains, cuestionó la elección de
Zweig de esa «banlieue sinistre», como
lo llamó, para residir, y le preocupó que
aquel sitio acabara por oscurecer más
todavía su ánimo.
Una tarde de julio, Suse Winternitz,
hijastra de Zweig por su primer
matrimonio, tomó una serie de
fotografías de Stefan en una silla de
ratán en el jardín de su casa, en la calle
Ramapo Road, número 7. Él iba vestido,
como siempre, con cuidado meticuloso:
unos pantalones ligeros y suaves, camisa
blanca y pajarita con pequeños lunares.
Aunque tenía 59 años, el bigote
arreglado y recortado y el pelo echado
hacia atrás desde la frente amplia
seguían siendo oscuros, haciendo juego
con sus ojos negros y opacos. Solo las
arrugas que surgían del rabillo de cada
ojo y se amontonaban formando pliegues
intrincados ponían de manifiesto su
edad. Estaba inclinado hacia delante,
con la pierna derecha cruzada por
encima de la izquierda, quizá
dirigiéndose a un interlocutor. En una
foto de ese mismo día, la tensión que
anima su postura sugiere que
simplemente está oyendo algo que atrae
su atención. En otra, la corriente se ha
vuelto más mansa, y parece el hombre
más triste del mundo. En ambas
imágenes su mirada parece asombrada.
La gente solía fijarse a menudo en los
modales sociales de Zweig, como de
pájaro. En esas fotos, el ave parece que
acabe de estrellarse contra un cristal,
confundiéndolo con el cielo.
«Mi hoy difiere tanto de cada uno de
mis ayeres, mis ascensiones y mis
caídas, que a veces me da la impresión
de haber vivido no una sola, sino varias
existencias», observó en su
autobiografía. Se había visto obligado a
escabullirse «como un criminal» de la
«metrópolis supranacional» en la que se
había criado como hijo mimado de la
fortuna, absorbiendo las riquezas de
Viena y bien acogido en la conversación
de los cafés. El extremo hasta el cual
Zweig «sentía» el drama que estaba
viviendo en su exilio americano era
palpable para todos aquellos a los que
conocía. Cuando Klaus Mann tropezó
con Zweig en la Quinta Avenida, un
soleado día de junio de 1941, la figura
que Mann tanto había admirado como
«incansable promotor de los talentos en
ciernes» tenía un aspecto un poco raro,
descuidado y como ausente. Zweig
estaba tan absorto en sus pensamientos
oscuros que ni siquiera se dio cuenta de
que se le acercaba Mann. Solo cuando le
abordó directamente Zweig dio un
respingo, «como un sonámbulo que oye
pronunciar su nombre», y volvió a ser
de repente el cosmopolita educado de
antaño. Aun así, Mann no pudo librarse
del recuerdo de aquella primera mirada
enloquecida, una mirada que Carl
Zuckmayer, el dramaturgo refugiado,
encontró también unas semanas después
cuando, cenando, Zweig le preguntó qué
sentido tenía continuar viviendo como
una sombra. «Somos solo fantasmas… o
recuerdos», concluyó Zweig.
Por encima de todo, Zweig comprendía
que el exilio no era una situación
estática, sino un proceso. «Acaba usted
de iniciar una vida de exilio», le decía a
André Maurois en 1940. «Y verá cómo,
poco a poco, el mundo se niega al
exiliado». Por aquel entonces, Zweig ya
había ido dando tumbos por Europa el
tiempo suficiente para poder esbozar su
situación a otro amigo: «antiguo escritor,
ahora experto en visados». Los sellos
consulares, con sus fechas, sus firmas y
sus números garabateados, sus
condiciones de entrada estrictamente
anotadas y sus limitaciones de validez,
que se añadieron al pasaporte británico
de Zweig entre marzo de 1940 y el fin
de su estancia en Ossining, a finales de
agosto de 1941, cubren diecinueve
páginas de inscripciones gráficas tan
densas y crípticas que sus documentos
de viaje adoptan el carácter de un
talismán lleno de hechizos de Las mil y
una noches.
¿Qué hace que el exilio sea bueno?
¿Existe una ecuación calculable de
fortaleza interior, apertura de mente y
red de apoyo externo que determine las
probabilidades de supervivencia de un
refugiado? ¿Por qué Thomas

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