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Libro PDF El experimento Chicago – Yolanda Betancourt

 El experimento Chicago - Yolanda Betancourt

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ansiosa por ver la fuente
Buckingham en todo su esplendor. Su
padre la cargaba sobre sus hombros,
mientras su madre caminaba al lado de
ellos, y sus dos hermanitos correteaban
por la amplia acera. Sobre los hombros
de su padre, sentía que podía volar, y
que nada era imposible para ella. Al
llegar cerca de la majestuosa fuente de
mármol rosado, Sandra se sintió
transportada a un lugar mágico. Su padre
se deleitaba de la curiosidad de su niña,
que no paraba de preguntar cada detalle
sobre la hermosa estructura. El padre
muy paciente y cariñoso, le explicaba
que la fuente simbolizaba el lago
Michigan, mientras que las 4 estatuas en
forma de caballitos de mar
representaban los estados que bordean
el lago: Illinois, Wisconsin, Michigan, e
Indiana. Sandra lo escuchaba fascinada,
y memorizaba cada detalle. El padre no
pudo evitar hablar también de la parte
más técnica del funcionamiento de la
magnífica fuente.
—Las bombas de la fuente son
controladas por una computadora, y el
sistema de seguridad que monitorea la
fuente, se encuentra en Arlington Heights
—le indicaba el padre a una Sandra
absorta en sus palabras.
Para ella, su padre el ingeniero, de
seguro era el hombre más brillante sobre
la faz de la tierra. Poco después de ese
maravilloso día en el parque Grant, la
familia se reubicó en Venezuela. Tres
años más tarde, el padre de Sandra
perdió la vida en un accidente en una
plataforma petrolera en las costas de
Rio de Janeiro, donde fungía como
ingeniero en un contrato de consultoría.
Sandra se prometió a sí misma, que
seguiría los pasos de su padre, que
algún día sería ingeniero en
computación, y que estudiaría en
Chicago, como lo había hecho él. De esa
manera, sentía que mantendría viva la
memoria del primer gran amor de su
vida.
Pero Sandra debía concentrarse en
problemas más importantes que el
desquiciado frío que sentía. Ya pronto
llegaría al “laberinto de ratas” y allí
podría disfrutar una vez más del calor
artificial de la calefacción. El inusual
apodo del edificio que albergaba el
Departamento de Psicología le causaba
escalofríos. Era cierto que el Edificio
de Ciencias del Comportamiento (BSB
por sus siglas en inglés) lucía como un
laberinto; le hacía honor a su apodo.
Pensaba que navegar por él diariamente,
seguramente volvería loco a cualquiera,
y se alegraba de que su centro de estudio
fuera el Laboratorio de Ciencias y
Tecnología, edificio conocido como “la
ciudad bajo techo”, y en su mente, un
lugar mucho más práctico para albergar
aulas de estudio que el BSB.
No podía negar que esta tercera
entrevista a la que se dirigía, la
mantenía sumamente nerviosa. Tantas
cosas realmente importantes en su vida
dependían del resultado obtenido en
aquel encuentro en esa gélida tarde de
noviembre. La fecha límite para cubrir
el pago final de la prórroga de su
matrícula se acercaba y Sandra sabía
que no lo podría cubrir si no conseguía
ser la candidata escogida. Su trabajo a
tiempo parcial en una tienda de efectos
de computadoras apenas le era
suficiente para cubrir sus gastos de
alimentación y de alojamiento en el
hospedaje universitario. Las becas
cubrían sus libros, pero con un costo por
semestre de casi $15,000, se las estaba
viendo difícil ella sola.
Sandra vivía una vida sumamente
humilde. La joven de 21 años, apenas
gastaba lo mínimo en su vestimenta y
demás gustos de los que las chicas de su
edad disfrutan alardear. Para ella, cada
dólar que pudiera ahorrarse, era un
dólar que podía enviar de regreso a
casa, para ofrecer algún aliento a los
suyos. Tras la muerte de su padre en Rio
de Janeiro, su madre, sus hermanos y
ella se vieron desamparados en
Venezuela, pues por tecnicismos, los
seguros de vida que mantenía su padre
no quisieron cubrir su muerte como un
accidente. La situación económica de la
familia se vio muy comprometida.
Desde muy jóvenes, Sandra y sus
dos hermanos se vieron obligados a
trabajar para ayudar a su madre a cubrir
las deudas que había adquirido la pareja
al mudarse a Isla Margarita. Los tres
hijos de la pareja se habían propuesto
no permitir que su madre perdiera la
preciosa casa que su padre había
mandado a construir para ella en
Manantial de Guayamurí, con vista a la
hermosa playa Cardón. Cualquier cosa
menos la casa de los sueños de sus
padres.
Con mucho esfuerzo y sacrificio,
los tres hermanos lograron mantener la
propiedad, pero hacía unos cinco años,
justo cuando Sandra se preparaba para
partir el año entrante para Chicago a
comenzar sus estudios universitarios, su
madre había sido diagnosticada con una
rara enfermedad. Los tratamientos eran
sumamente costosos y no prometían
resultados. Sus dos hermanos mayores,
que continuaban en Venezuela, ayudaban
a su madre al máximo de sus
capacidades, pero no era lo suficiente
como para cubrir todos los gastos
médicos.
Sandra rogaba al cielo que se le
diera esta oportunidad para así no tener
que renunciar a sus sueños. Si no
conseguía el dinero pronto, no podría
terminar su bachillerato, ni comenzar su
maestría en Seguridad Cibernética en la
Universidad George Mason en Virginia
en el otoño del año entrante.
Sandra había contestado a una
inusual y ambigua solicitud de
voluntarias para un experimento que
estaría auspiciando una entidad no
identificada, a través del Departamento
de Psicología. Su amiga y compañera de
dormitorio, Amy, conocía de las grandes
necesidades que Sandra pasaba, y pensó
en ella cuando vio el anuncio adherido
en el boletín del salón general de
estudios en su hospedaje. Sandra y Amy
llevaban sus cuatro años de estudio
compartiendo habitación en el hospedaje
Polk Street Residence (PSR), y se
habían convertido en muy buenas
amigas. Era una bendición para Sandra
que así fuera, pues vivir en una pequeña
habitación de dos camas, contigua a otra
habitación similar, que albergaba a tres
chicas más, y las cuales comparten un
baño en común, se vuelve una real
pesadilla cuando no te agradan tus
compañeras de vivienda.
En la entrevista inicial con el
director del proyecto, el Dr. Rosemond,
el letrado le explicó que se trataba de un
experimento de carácter psicológico,
que se estaba llevando a cabo
conjuntamente en varias ciudades de la
nación. Rosemond le aclaró que aunque
estuvieran utilizando las facilidades de
la UIC, la institución no estaba ligada al
proyecto, el cual era manejado por una
corporación científica independiente.
Como parte de los requisitos de
participación, ella debería estar
dispuesta a hospedarse en un lugar
determinado por el proyecto, por la
duración del próximo semestre que
comenzaría en enero. El alojamiento, sus
comidas, y matrícula universitaria
quedarían cubiertas por la corporación
durante esos seis meses, al cabo de los
cuales, si cumplía con las normas
establecidas, recibiría una sustancial
remuneración adicional.
Sandra quedó impresionada con tan
generosa oferta, pero temía de lo que
pudiese tratarse, pues el Dr. Rosemond
no era claro en los detalles del estudio.
Aun así, se vio tentada a continuar
adelante, y se entrevistó en una segunda
ocasión con el Dr. Rosemond, quien era
el mentor del recién graduado doctor en
siquiatría que estaría conduciendo el
experimento de forma directa con la
candidata escogida.
El director le explicó que el
experimento es uno un tanto
controversial, y que necesitaba que
estuviera segura que deseaba participar
y que no abandonaría el mismo antes de
que culminara el semestre. De hecho,
era una de las condiciones para recibir
el pago al final del plazo.
Sandra llegaba al BSB y se
refugiaba del frio. Por un momento,
observó la infinidad de escaleras que se
erguían a vuelta redonda desde el atrio
central del edificio. Intentaba orientarse,
para poder encontrar la oficina que ya
había visitado en varias ocasiones, pero
este plantel siempre la desorientaba.
Finalmente logró divisar el angosto
y circular pasillo de pisos rojos que
conducía a las oficinas de la facultad.
Tocó a la puerta y escuchó la familiar
voz masculina que le indicaba que podía
pasar.—
Buenas tardes, señorita Méndez,
adelante —le indicó amablemente el
hombre alto y canoso, mientras le hacía
ademán para que le entregara su abrigo y
colocarlo en el perchero.
—Buenas tardes, Dr. Rosemond —
contestaba Sandra con una sonrisa en su
rostro mientras le entregaba su abrigo y
tomaba asiento.
La joven vestía unas mallas negras,
y un largo suéter gris que le llegaba
hasta la mitad de los muslos. La mujer
era realmente hermosa, sin necesidad de
mucho adorno o accesorio. Su lacio
cabello castaño claro caía a la altura de
sus senos y enmarcaba su fino rostro
ovalado. Su piel aceitunada denotaba
sabor a Caribe, y sus hermosos ojos
verdes parecían tener luz propia. Su
hermosa sonrisa mostraba su dentadura
perfecta. Delgada, con curvas bien
proporcionadas para sus 5’ 9” de
estatura.
Sandra había sido sometida a
innumerables análisis físicos y
psicológicos antes de llegar a esta
tercera entrevista con el director. Ya el
hombre le había indicado al citarla para
hoy, que ella y dos candidatas más
estaban luchándose el puesto, por lo que
sus respuestas en esta entrevista, serían
decisivas. Hasta el momento, ninguna de
ellas sabía de qué se trataba el
experimento. Las entrevistas las
realizaba el director, sin la presencia
del psiquiatra que trabajaría
directamente con la candidata escogida,
en este caso, el Dr. Matthew Silver,
para no viciar a las candidatas con su
primera interacción en el proceso de
entrevista con él, debido a la extraña
naturaleza del experimento. Pero
Matthew había estado observando todas
las entrevistas en la habitación contigua,
a través de imágenes transmitidas a un
monitor de circuito cerrado desde una
cámara en la oficina del director. Sandra
ya se sentía un poco ansiosa con tanto
misterio con el contenido del
experimento, pero en realidad
necesitaba ser la escogida. Iba a hacer
lo que tuviera que hacer para salir
adelante.
—Dr. Rosemond, por favor dígame
de una vez de qué se trata el
experimento —suplicó Sandra.
—Se titula: Estudio sobre el
impacto psicológico de una relación
sexual consentida a largo plazo en
ausencia de lazo sentimental. En otras
palabras, señorita Méndez, buscamos a
una mujer dispuesta a convivir con el
psiquiatra a cargo de esta unidad, en un
apartamento, por los próximos seis
meses. Que esté dispuesta a sostener
relaciones sexuales monógamas con él
un mínimo de cinco días a la semana, y
que se someta a una entrevista
psicológica semanal para poder medir el
impacto de este tipo de relación en el
sujeto de estudio. El experimento
implica que no deben existir lazos
sentimentales entre el conductor del
mismo y el sujeto de estudio, so pena de
una cancelación temprana del estudio.
Es un estudio un tanto
controversial, pero de carácter muy
serio, señorita Méndez. Existiría un
contrato legal de por medio, que
confirma nuestra seriedad y asegura su
remuneración por acceder a participar,
de ser usted la elegida. Por supuesto, le
proporcionaríamos evidencia de la
salud del conductor del experimento,
confirmando que no sufre de ninguna
enfermedad de transmisión sexual, e
igualmente el contrato exige que ambas
partes se abstengan de tener relaciones
con ninguna otra pareja por el tiempo de
duración del estudio. Se exigiría de su
parte, someterse a pruebas médicas para
confirmar que tampoco sufre de
enfermedades de transmisión sexual, y
tendría que someterse a un método
anticonceptivo inyectado, el cual
nuestros médicos se asegurarían de
suministrar. No estamos dispuestos a
dejar en manos de ninguno de los dos
sujetos en cuestión el manejo del método
anticonceptivo, ya que bajo ningún
concepto este estudio debe culminar en
un embarazo no deseado.
Sandra no pudo ocultar su asombro,
y se sonrojó con la propuesta. Pero
contuvo el deseo momentáneo que tuvo
de insultar al director y salir corriendo.
A pesar de lo descabellado que todo
sonaba, su necesidad de ayudar a su
madre y hermanos a subsistir, le instó a
quedarse e indagar más sobre los
detalles del proyecto. Tenía que admitir
también que, a pesar de lo perversa e
inmoral que la propuesta lucía, hubo
algo en la naturaleza misma del
ofrecimiento que le pareció interesante:
sería la primera vez que un hombre sería
claro con ella en que lo único que
deseaba de ella era sexo. Total, si ya
quien en un momento pensó que le
amaba, había demostrado buscar sólo
placer, ¿qué de malo tendría entrar en
una relación completamente sexual, pero
honesta al respecto? No iba a correr, iba
a hacer un sacrificio en nombre de la
ciencia, y de su familia. Sólo esperaba
que el individuo no fuera espantoso.
Hubo un largo silencio, al final del
cual, el director le dijo, como si fuera
capaz de leerle la mente:
—Bien, al menos no ha salido
corriendo. Ese es un punto a su favor.
¿Sigue interesada en participar, señorita
Méndez?
—Bueno, hay un pequeño detalle,
Dr. Rosemond. Estoy segura que la
cámara que mantiene aquí en su oficina,
y de la cual muy responsablemente me
aclaró que estaba siendo utilizada para
grabar todas nuestras interacciones para
propósitos del estudio, esas imágenes
estoy segura que su colega las debe estar
viendo en vivo, en algún lugar no muy
lejano.—
Asume usted bien, señorita
Méndez.
—Bien, su colega, el ¿Dr.? —
buscaba al menos obtener un nombre.
—El Dr. Silver —le concedió el
director, estando casi seguro de que ella
sería la candidata elegida.
—Pues el Dr. Silver lleva la
ventaja de ver con quién se estaría
relacionando por los seis meses de
duración del estudio, pero, ¿Ud.
pretende que yo acepte esta propuesta
sin siquiera ver al Dr. Silver antes?
El director la miró por un largo
rato y luego le dijo:
—Señorita Méndez, una de las
razones por la que usted es una de las
candidatas finales es porque los
resultados de sus pruebas psicológicas
indican una alta probabilidad de que el
Dr. Silver le resulte atractivo, tanto a
nivel físico como de personalidad.
Comparten muchos puntos de afinidad.
Sandra miró al director con cara de
no me convences, y acto seguido, dirigió
su mirada directo a la cámara y
dirigiéndose a ésta:
—Dr. Silver, si quiere ganarse un
nombre en los anales de la ciencia a
cuenta mía, al menos permítame mirarlo
a los ojos antes de tomar una
determinación.
Matthew Silver se sonrió desde la
oficina contigua, donde observaba y
escuchaba a través de un monitor. La
realidad era que Sandra era su candidata
favorita, y estaba ansioso por poder
ultimar los detalles del experimento lo
antes posible y poder volverse a su
estado natal al culminar estas
entrevistas, y no regresar a Chicago
hasta enero. Se levantó

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