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Libro PDF El festín del amor BLAKE Maya

El festín del amor BLAKE Maya

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Pero el aburrimiento del que era
presa desde que había cumplido los
treinta le había arrebatado la capacidad
de emocionarse.
Dos semanas antes, Lucía, antes de
salir de su vida, lo había acusado de
haberse convertido en un viejo aburrido.
Narciso sonrió con cierto alivio.
Había celebrado su partida marchándose
a esquiar con sus amigos a Aspen, donde
se había quitado el mal sabor de boca
con una entusiasta instructora de esquí
noruega.
Pero el hastío había vuelto con
rapidez.
Se levantó del escritorio y se acercó a
la ventana de su despacho en el piso
décimo séptimo de un edificio de Wall
Street. Se sintió satisfecho ante la vista
al pensar que era dueño de buena parte
de la ciudad.
El dinero era sexy. Tener dinero era
tener poder. Y él nunca se había privado
del sexo ni del poder.
La posibilidad de experimentar
ambos se hallaba en la caja que había
sobre el escritorio.
Y, sin embargo, llevaba una hora sin
abrirla. Volvió al escritorio y abrió el
cierre.
La máscara que había en su interior
era exquisita: de plata con ribetes de
ónice y cristal de Swarovski. La
ausencia de defectos indicaba el
cuidado y la atención con que se había
realizado. Y Narciso valoraba las dos
cosas, ya que lo habían convertido en
millonario a los dieciocho años y en
multimillonario a los veinticinco.
Su inmensa fortuna había hecho que lo
admitieran en el Q Virtus, el club
masculino más exclusivo del mundo,
cuya reunión cuatrimestral era el motivo
del envío de la máscara. La sacó de la
caja y la examinó. En la parte inferior
llevaba un microchip de seguridad con
su nombre y el sitio de la reunión:
Macao.
La volvió a dejar en la caja y
contempló el segundo objeto que había
en ella: la Lista.
Zeus, el director anónimo de Q Virtus
siempre entregaba a los miembros una
lista de los hombres de negocios
invitados a cada reunión para que
aquellos planearan la posibilidad de
llegar a acuerdos económicos con estos.
Narciso la leyó por encima y se
detuvo en el cuarto nombre: Giacomo
Valentino, su querido padre. Leyó el
resto de los nombres para ver si había
alguno más por el que mereciera la pena
acudir a la reunión. Había otros dos
interesantes, pero era con Giacomo con
quien quería tratar.
Dejó la lista y buscó en el ordenador
el archivo que tenía sobre su padre.
El informe, que un detective privado
ponía al día regularmente, indicaba que
el anciano se había recuperado un poco
del golpe que Narciso le había asestado
tres meses antes. En cuestión de minutos,
este leyó la información sobre los
últimos acuerdos de negocios de su
padre.
Sabía que eso no le proporcionaba
ventaja alguna, porque su padre tenía un
archivo similar sobre él. De todos
modos, lo llenó de satisfacción
comprobar que había ganado tres de las
cuatro últimas refriegas.
En ese momento sonó su teléfono
móvil. Narciso leyó el mensaje de
Nicandro Carvalho, que era lo más
aproximado a un amigo que tenía:
¿Sigues inmerso en tu prematura
crisis de la mediana edad o estás
dispuesto a deshacerte de la imagen de
viejo aburrido?
Lleno de repentina energía, tecleó la
respuesta.
El viejo aburrido se ha marchado.
¿Estás dispuesto a que te dé una paliza
al póquer?
Qué más quisieras. Te espero. La
contestación de Nicandro lo hizo reír
por primera vez desde hacía semanas.
Apagó el ordenador y su mirada
recayó en la máscara. La tomó, la metió
en la caja fuerte y se puso la chaqueta.
Zeus recibiría su respuesta a la
mañana siguiente, cuando hubiera
planeado cómo iba a acabar con su
padre de una vez por todas.
Internet era una herramienta
inestimable a la hora de dar caza a un
canalla.
Ruby Trevelli estaba sentada en el
sofá y miraba el cursor que parpadeaba
esperando que le diera una orden. El
hecho de haber tenido que recurrir a
Internet para buscar una solución a su
problema la irritaba y la frustraba a la
vez. Aunque había decidido no utilizar
nunca las redes sociales desde que había
escrito su nombre en un buscador y
había aparecido un montón de
información falsa sobre ella, aquella
noche no tenía otro remedio.
A pesar de las cientos de páginas
dedicadas a la Narciso Media
Corporation, sus esfuerzos por hablar
con alguien que pudiera ayudarla habían
sido inútiles. Había desperdiciado una
hora en enterarse de que Narciso
Valentino, un multimillonario de treinta
años, era el dueño de NMC.
Lanzó un bufido. ¿A quién se le
ocurriría poner Narciso a su hijo? Era
una invitación a que lo acosaran en la
escuela. Por otro lado, un nombre tan
poco habitual le había facilitado la
tarea.
Buscó los lugares frecuentados por
Narciso en Nueva York y aparecieron
más de dos millones de entradas.
¡Impresionante! O había millones de
hombres que se llamaban así o el
hombre que buscaba era increíblemente
popular.
Respiró hondo y tecleó: ¿Dónde está
Narciso Valentino esta noche?
Contuvo la respiración esperando la
respuesta.
La primera era un enlace con el
dominio de un popular periódico
sensacionalista que ella había conocido
a los diez años, cuando le regalaron su
primer ordenador portátil y vio a sus
padres en primera página. En los catorce
años transcurridos desde entonces había
evitado leer ese periódico, del mismo
modo que había dejado de ver a sus
padres desde que era adulta.
La segunda respuesta era un larga
lista de personas famosas que
anunciaban donde estarían esa noche.
Narciso Valentino estaría en Riga, un
club cubano-mexicano de Manhattan.
Si se daba prisa, podría estar allí en
menos de una hora. Odiaba el
enfrentamiento, pero, tras semanas
intentando hallar una solución, ya no
podía más.
Había ganado el concurso televisivo
de la NMC y ahorrado hasta el último
centavo para reunir la mitad de los cien
mil dólares necesarios para abrir su
restaurante.
La ayuda que esperaba de Simon
Whitaker, su exsocio y exdueño del
veinticinco por ciento del restaurante,
era cosa del pasado.
Cerró los puños al recordar su último
enfrentamiento.
Ya había sido un shock enterarse de
que el hombre al que quería estaba
casado y esperaba un hijo. Que Simon
intentara convencerla de que se

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