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El fuego fatuo – Pierre Drieu la Rochelle

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Resumen y Sinopsis 

En aquel instante, Alain miraba a Lydia con vehemencia. Pero así la estaba escrutando desde que ella llegó a París, tres días antes. ¿Qué esperaba? Una súbita
revelación sobre ella o sobre sí mismo.
También Lydia lo miraba, con ojos dilatados pero desprovistos de intensidad. Y al poco volvió la cabeza y, bajando los párpados, se quedó absorta. ¿En qué?
¿En sí misma? ¿Era ella esa ira rugiente y satisfecha que le hinchaba el cuello y el vientre? No era más que el humor de un instante. Ya se había acabado.
Aquello hizo que también él dejara de mirarla. La sensación se le había escurrido una vez más imposible de apresar como una culebra entre dos piedras.
Se quedó un momento inmóvil, echado encima de ella, pero sin abandonarse, crispado, apoyado sobre los codos. Luego, como si su carne se ausentara, se sintió inútil y
se echó a su lado. Estaba tendida casi al borde de la cama y él apenas tuvo sitio para mantenerse de costado, pegado a ella, más alto que ella.
Lydia volvió a abrir los ojos. No vio más que un torso velludo; no la cabeza. Le dio igual. Tampoco ella había sentido nada violento, y sin embargo el
mecanismo había funcionado y aquello era lo único que conocía: esa sensación sin destellos pero nítida.
La escasa luz que tiritaba en la bombilla del techo revelaba apenas, a través de la bufanda con que Alain la había envuelto, paredes o muebles desconocidos.
Pobre Alain, qué mal está dijo al cabo de un momento y, sin apresurarse, le dejó sitio. Un cigarrillo le pidió.
Hacía mucho tiempo… murmuró él con voz inexpresiva.
Tomó la cajetilla que había dejado en la mesilla de noche cuando se acostaron unos minutos antes. Un paquete intacto, aunque era el tercero del día. Lo
desgarró con la una y disfrutaron como sí les hubiese faltado durante mucho tiempo sacando del apretado manojo dos pitillos blancos, bien rellenos de tabaco
aromático.
Sin tomarse la molestia de volver la cabeza, echándose de espaldas y torciendo su hermoso hombro, buscó ella a tientas en la otra mesilla el bolso, del que sacó
un mechero. Ardieron los dos cigarrillos. La ceremonia se había terminado; había que hablar.
Por lo demás, aquello no los ponía violentos como antes; al no tener ya miedo de mostrarse como eran, cada uno no hacía más que buscar la realidad del otro;
realidad exigua ya, pero aún deleitable; se habían acostado juntos acaso doce veces.
Alain, estoy contenta de haberle vuelto a ver, un momento, solo.
Su estancia habrá resultado un poco movida.
No trataba de excusarse por lo ocurrido. Y ella no se lo reprochaba; puesto que había ido hacia él, se arriesgaba a semejantes incidentes. Sin embargo, ¿no hacía
un ligero y secreto esfuerzo para convencerse de que, de los tres días pasados en París con Alain, había tenido que pasar uno en la comisaría, después de que la cogieran
con él en un cubil de intoxicados?
Es verdad, se marcha esta mañana añadió él con una voz ligeramente velada de despecho.
Se marchaba en el Leviathan, en el que había llegado. Mas, para ello, había tenido que telefonear durante toda la tarde anterior, ya que no había reservado
desde Nueva York su pasaje de vuelta, aunque había declarado entonces que no haría más que una breve escala en París. ¿Había sido por negligencia o por la secreta idea
de quedarse? En este caso, lo que la decidió a marcharse fue sin duda el incidente con la policía, aquella noche pasada en una silla en medio de agentes que olían mal y
que fumaban echándole el humo en las narices, mientras” Alain adoptaba una actitud abatida que le sorprendió. A pesar de su condición de americana y de rápidas
influencias, la humillación había durado varias horas.
Sin embargo, era obstinada.
Alain, tenemos que casarnos.
Le decía esto porque había tomado el Leviathan precisamente para decírselo.
Seis meses antes, recién divorciada, se había comprometido con Alain, una noche, en un cuarto de baño de Nueva York. Pero tres días después se había casado
con otro, un desconocido del que, por lo demás, se separó poco más tarde.
Pronto conseguiré el divorcio.
No diré yo lo mismo del mío respondió Alain con una indolencia un tanto afectada.
Ya sé que todavía quiere a Dorothy.
Era verdad, pero eso no impedía que deseara casarse con Lydia.
Sin embargo, Dorothy no es la mujer que necesita; no tiene bastante dinero y lo deja suelto. Lo que necesita es una mujer que esté siempre pegada a usted;
si no, se pone demasiado triste y es capaz de cualquier tontería.
Me conoce bien ironizó Alain; su mirada había brillado un instante.
, Aún sentía asombro de que una mujer quisiera casarse con él. Durante muchos años, su sueño había sido conseguir a una mujer: era el dinero, el amparo, el
final de todas las dificultades que le hacían temblar. Consiguió a Dorothy, pero ni tenía bastante dinero ni había sabido conservarla. ¿Sabría conservar a ésta? ¿La poseía
siquiera?
Nunca he dejado de querer casarme con usted continuó Lydia con un tono en el que no había excusa ni ironía, pero tuve aquella complicación que me
ha retrasado.
Desde hacía años, Lydia vivía en un mundo en el que, por norma, no había que explicar ni justificar nada, en el que todo se hacía en nombre del capricho.
Siguiendo la misma regla, Aíain no podía sonreír.
Tiene que volver a Nueva York para acabar cor Dorothy, aun a riesgo de volverse a quedar con ella. Allí nos casaremos. ¿Cuándo podrá ir? ¿Cuándo estará
desintoxicado?
Seguía hablando con el mismo tono uniforme, sin expresar ningún ardor. Y no se preocupaba en absoluto por leer en el rostro de Alain; fumaba, tendida boca
arriba, mientras Alain, apoyado en un codo, miraba por encima de ella.
Pero^si ya lo estoy.
Sin,embargo, si la policía no hubiera llegado a aquella casa, habría fumado.
No. Quizás hubiera fumado usted; yo la habría mirado.
¿Crees? En todo caso, fue a tomar heroína en el lavabo del restaurante.
No; es que tengo la vieja costumbre de ir al lavabo.
Era verdad que Alain no había vuelto a tomar drogas, pero ir a los lavabos había sido siempre para él una coartada para justificar su perpetua ausencia.
Y además, Alain, dicen que es imposible desintoxicarse.
Sabe muy bien que no tengo ganas de reventar drogado.
La respuesta era tremendamente vaga, pero Lydia nunca hacía preguntas y nunca esperaba respuestas. Se contentó con sugerir:
Cuando estemos casados haremos un viaje por Asia.
La agitación le parecía la manera de arreglarlo todo.
Eso es: por Asia o por la China.
Sonrió ella, se incorporó y se sentó.
Pero Alain, querido, si ya es completamente de día: tengo que volver a mí hotel.
Algo sin nombre pasaba por entre los visillos.
Su tren no sale hasta las diez.
¡Ah, sí! Pero tengo un montón de cosas que hacer. Y además, he de ver a una amiga.
¿Dónde?
En el hotel.
Estará durmiendo.
La despertaré.

Título: El fuego fatuo de Pierre Drieu La Rochelle
Autores: Pierre Drieu la Rochelle,
Formatos: PDF
Orden de autor: Pierre Drieu la Rochelle,
Orden de título: fuego fatuo de Pierre Drieu La Rochelle, El
Fecha: 11 sep 2016
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id: 386
Modificado: 11 sep 2016
Tamaño: 0.39MB

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