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El guardián entre el centeno J. D. Salinger

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las vacaciones porque me habían suspendido en cuatro asignaturas y no estudiaba
nada. Me advirtieron varias veces para que me aplicara, sobre todo antes de los
exámenes parciales cuando mis padres fueron a hablar con el director, pero yo no hice
caso. Así que me expulsaron. En Pencey expulsan a los chicos por menos de nada.
Tienen un nivel académico muy alto. De verdad.
Pues, como iba diciendo, era diciembre y hacía un frío que pelaba en lo alto de
aquella dichosa montañita. Yo sólo llevaba la gabardina y ni guantes ni nada. La
semana anterior alguien se había llevado directamente de mi cuarto mi abrigo de pelo
de camello con los guantes forrados de piel metidos en los bolsillos y todo. Pencey era
una cueva de ladrones. La mayoría de los chicos eran de familias de mucho dinero,
pero aun así era una auténtica cueva de ladrones. Cuanto más caro el colegio más te
roban, palabra. Total, que ahí estaba yo junto a ese cañón absurdo mirando el campo
de fútbol y pasando un frío de mil demonios. Sólo que no me fijaba mucho en el
partido. Si seguía clavado al suelo, era por ver si me entraba una sensación de
despedida. Lo que quiero decir es que me he ido de un montón de colegios y de sitios
sin darme cuenta siquiera de que me marchaba. Y eso me revienta. No importa que la
sensación sea triste o hasta desagradable, pero cuando me voy de un sitio me gusta
darme cuenta de que me marcho. Si no luego da más pena todavía.
Tuve suerte. De pronto pensé en una cosa que me ayudó a sentir que me
marchaba. Me acordé de un día en octubre o por ahí en que yo, Robert Tichener y
Paul Campbell estábamos jugando al fútbol delante del edificio de la administración.
Eran unos tíos estupendos, sobre todo Tichener. Faltaban pocos minutos para la cena
y había anochecido bastante, pero nosotros seguíamos dale que te pego metiéndole
puntapiés a la pelota. Estaba ya tan oscuro que casi no se veía ni el balón, pero
ninguno queríamos dejar de hacer lo que estábamos haciendo. Al final no tuvimos
más remedio. El profesor de biología, el señor Zambesi, se asomó a la ventana del
edificio y nos dijo que volviéramos al dormitorio y nos arregláramos para la cena.
Pero, a lo que iba, si consigo recordar una cosa de ese estilo, enseguida me entra la
sensación de despedida. Por lo menos la mayoría de las veces. En cuanto la noté me di
la vuelta y eché a correr cuesta abajo por la ladera opuesta de la colina en dirección a
la casa de Spencer. No vivía dentro del recinto del colegio. Vivía en la Avenida
Anthony Wayne.
Corrí hasta la puerta de la verja y allí me detuve a cobrar aliento. La verdad es que
en cuanto corro un poco se me corta la respiración. Por una parte, porque fumo como
una chimenea, o, mejor dicho, fumaba, porque me obligaron a dejarlo. Y por otra,
porque el año pasado crecí seis pulgadas y media. Por eso también estuve a punto de
pescar una tuberculosis y tuvieron que mandarme aquí a que me hicieran un montón
de análisis y cosas de ésas. A pesar de todo, soy un tío bastante sano, no crean.
Pero, como decía, en cuanto recobré el aliento crucé a todo correr la carretera 204.
Estaba completamente helada y no me rompí la crisma de milagro. Ni siquiera sé por
qué corría. Supongo que porque me apetecía. De pronto me sentí como si estuviera
desapareciendo. Era una de esas tardes extrañas, horriblemente frías y sin sol ni nada,
y uno se sentía como si fuera a esfumarse cada vez que cruzaba la carretera.
¡Jo! ¡No me di prisa ni nada a tocar el timbre de la puerta en cuanto llegué a casa
de Spencer! Estaba completamente helado. Me dolían las orejas y apenas podía mover
los dedos de las manos.
—¡Vamos, vamos! —dije casi en voz alta—. ¡A ver si abren de una vez!
Al fin apareció la señora Spencer. No tenían criada ni nada y siempre salían ellos
mismos a abrir la puerta. No debían andar muy bien de pasta.
—¡Holden! —dijo la señora Spencer—. ¡Qué alegría verte! Entra, hijo, entra. Te
habrás quedado heladito.
Me parece que se alegró de verme. Le caía simpático. Al menos eso creo.
Se imaginarán la velocidad a la que entré en aquella casa.
—¿Cómo está usted, señora Spencer? —le pregunté—. ¿Cómo está el señor
Spencer?
—Dame el abrigo —me dijo. No me había oído preguntar por su marido. Estaba
un poco sorda.
Colgó mi abrigo en el armario del recibidor y, mientras, me eché el pelo hacia atrás
con la mano. Por lo general, lo llevo cortado al cepillo y no tengo que preocuparme
mucho de peinármelo.
—¿Cómo está usted, señora Spencer? —volví a decirle, sólo que esta vez más alto
para que me oyera.
—Muy bien, Holden —cerró la puerta del armario—. Y tú, ¿cómo estás?
Por el tono de la pregunta supe inmediatamente que Spencer le había contado lo
de mi expulsión.
—Muy bien —le dije—. Y, ¿cómo está el señor Spencer? ¿Se le ha pasado ya la
gripe?—¡Qué va! Holden, se está portando como un perfecto… yo qué sé qué… Está en
su habitación, hijo. Pasa.
Capítulo 2
Dormían en habitaciones separadas y todo. Debían tener como setenta años cada uno
y hasta puede que más, y, sin embargo, aún seguían disfrutando con sus cosas. Un
poco a lo tonto, claro. Pensarán que tengo mala idea, pero de verdad no lo digo con
esa intención. Lo que quiero decir es que solía pensar en Spencer a menudo, y que
cuando uno pensaba mucho en él, empezaba a preguntarse para qué demonios querría
seguir viviendo. Estaba todo encorvado en una postura terrible, y en clase, cuando se
le caía una tiza al suelo, siempre tenía que levantarse un tío de la primera fila a
recogérsela. A mí eso me parece horrible. Pero si se pensaba en él sólo un poco, no
mucho, resultaba que dentro de todo no lo pasaba tan mal. Por ejemplo, un domingo
que nos había invitado a mí y a otros cuantos chicos a tomar chocolate, nos enseñó
una manta toda raída que él y su mujer le habían comprado a un navajo en el parque
de Yellowstone. Se notaba que Spencer lo había pasado de miedo comprándola. A eso
me refería. Ahí tienen a un tío como Spencer, más viejo que Matusalén, y resulta que
se lo pasa bárbaro comprándose una manta.
Tenía la puerta abierta, pero aun así llamé un poco con los nudillos para no
parecer maleducado. Se le veía desde fuera. Estaba sentado en un gran sillón de cuero
envuelto en la manta de que acabo de hablarles. Cuando llamé, me miró.
—¿Quién es? —gritó—. ¡Caulfield! ¡Entra, muchacho!
Fuera de clase estaba siempre gritando. A veces le ponía a uno nervioso.
En cuanto entré, me arrepentí de haber ido. Estaba leyendo el Atlantic Monthly,
tenía la habitación llena de pastillas y medicinas, y olía a Vicks Vaporub. Todo
bastante deprimente. Confieso que no me vuelven loco los enfermos, pero lo que
hacía la cosa aún peor era que llevaba puesto un batín tristísimo todo zarrapastroso,
que debía tener desde que nació. Nunca me ha gustado ver a viejos ni en pijama, ni en
batín ni en nada de eso. Van enseñando el pecho todo lleno de bultos, y las piernas,
esas piernas de viejo que se ven en las playas, muy blancas y sin nada de pelo.
—Buenas tardes, señor —le dije—. Me han dado su recado. Muchas gracias.
Me había escrito una nota para decirme que fuera a despedirme de él antes del
comienzo de las vacaciones.
—No tenía que haberse molestado. Habría venido a verle de todos modos.
—Siéntate ahí, muchacho —dijo Spencer.
Se refería a la cama. Me senté.
—¿Cómo está de la gripe?
—Si me sintiera un poco mejor, tendría que llamar al médico —dijo Spencer.
Le hizo una gracia horrorosa y empezó a reírse como un loco, medio ahogándose.
Al final se enderezó en el asiento y me dijo:
—¿Cómo no estás en el campo de fútbol? Creí que hoy era el día del partido.
—Lo es. Y pensaba ir. Pero es que acabo de volver de Nueva York con el equipo
de esgrima —le dije.
¡Vaya cama que tenía el tío! Dura como una piedra. De pronto le dio por ponerse
serio. Me lo estaba temiendo.
—Así que nos dejas, ¿eh?
—Sí, señor, eso parece.
Empezó a mover la cabeza como tenía por costumbre. Nunca he visto a nadie
mover tanto la cabeza como a Spencer. Y nunca llegué a saber si lo hacía porque
estaba pensando mucho, o porque no era más que un vejete que ya no distinguía el
culo de las témporas.
—¿Qué te dijo el señor Thurmer, muchacho? He sabido que tuvisteis una
conversación.
—Sí. Es verdad. Me pasé en su oficina como dos horas, creo.
—Y, ¿qué te dijo?
—Pues eso de que la vida es como una partida y hay que vivirla de acuerdo con
las reglas del juego. Estuvo muy bien. Vamos, que no se puso como una fiera ni nada.
Sólo me dijo que la vida era una partida y todo eso… Ya sabe.
—La vida es una partida, muchacho. La vida es una partida y hay que vivirla de
acuerdo con las reglas del juego.
—Sí, señor. Ya lo sé. Ya lo sé.
De partida un cuerno. Menuda partida. Si te toca del lado de los que cortan el
bacalao, desde luego que es una partida, eso lo reconozco. Pero si te toca del otro
lado, no veo dónde está la partida. En ninguna parte. Lo que es de partida, nada.
—¿Ha escrito ya el señor Thurmer a tus padres? —me preguntó Spencer.
—Me dijo que iba a escribirles el lunes.
—¿Te has comunicado ya con ellos?
—No, señor, aún no me he comunicado con ellos porque, seguramente, les veré el
miércoles por la noche cuando vuelva a casa.
—Y, ¿cómo crees que tomarán la noticia?
—Pues… se enfadarán bastante —le dije—. Se enfadarán. He ido ya como a
cuatro colegios.
Meneé la cabeza. Meneo mucho la cabeza.
—¡Jo! —dije luego. También digo «¡jo!» muchas veces. En parte porque tengo un
vocabulario pobrísimo, y en parte porque a veces hablo y actúo como si fuera más
joven de lo que soy. Entonces tenía dieciséis años. Ahora tengo diecisiete y, a veces,
parece que tuviera trece, lo cual es bastante irónico porque mido seis pies y dos
pulgadas y tengo un montón de canas. De verdad. Todo un lado de la cabeza, el
derecho, lo tengo lleno de millones de pelos grises. Desde pequeño. Y aun así hago
cosas de crío de doce años. Lo dice todo el mundo, especialmente mi padre, y en parte
es verdad, aunque sólo en parte. Pero la gente se cree que las cosas tienen que ser
verdad del todo. No es que me importe mucho, pero también es un rollo que le estén
diciendo a uno todo el tiempo que a ver si se porta como corresponde a su edad. A
veces hago cosas de persona mayor, en serio, pero de eso nadie se da cuenta. La gente
nunca se da cuenta de nada.
Spencer empezó a mover otra vez la cabeza. Empezó también a meterse el dedo en
la nariz. Hacía como si sólo se la estuviera rascando, pero la verdad es que se metía el
dedazo hasta los sesos. Supongo que pensaba que no importaba porque al fin y al
cabo estaba solo conmigo en la habitación. Y no es que me molestara mucho, pero
tienen que reconocer que da bastante asco ver a un tío hurgándose las napias.
Luego dijo:
—Tuve el placer de conocer a tus padres hace unas semanas, cuando vinieron a
ver al señor Thurmer. Son encantadores.
—Sí. Son buena gente.
«Encantadores». Ésa sí que es una palabra que no aguanto. Suena tan falsa que me
dan ganas de vomitar cada vez que la oigo.
De pronto pareció como si Spencer fuera a decir algo muy importante, una frase
lapidaria aguda como un estilete. Se arrellanó en el asiento y se removió un poco.
Pero fue una falsa alarma. Todo lo que hizo fue coger el Atlantic Monthly que tenía
sobre las rodillas y tirarlo encima de la cama. Erró el tiro. Estaba sólo a dos pulgadas
de distancia, pero falló. Me levanté, lo recogí del suelo y lo puse sobre la cama. De
pronto me entraron unas ganas horrorosas de salir de allí pitando. Sentía que se me
venía encima un sermón y no es que la idea en sí me molestara, pero me sentía
incapaz de aguantar una filípica, oler a Vicks Vaporub, y ver a Spencer con su pijama
y su batín todo al mismo tiempo. De verdad que era superior a mis fuerzas.
Pero, tal como me lo estaba temiendo, empezó.
—¿Qué te pasa, muchacho? —me preguntó. Y para su modo de ser lo dijo con
bastante mala leche—. ¿Cuántas asignaturas llevas este semestre?
—Cinco, señor.
—Cinco. Y, ¿en cuántas te han suspendido?
—En cuatro.
Removí un poco el trasero en el asiento. En mi vida había visto cama más dura.
—En Lengua y Literatura me han aprobado —le dije—, porque todo eso de
Beowulf y Lord Randal, mi hijo, lo había dado ya en el otro colegio. La verdad es que
para esa clase no he tenido que estudiar casi nada. Sólo

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