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Libro PDF El héroe del Caribe – J. Pérez-Foncea

El héroe del Caribe - J. Pérez-Foncea

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Las negras cejas de sir
Robert Walpole resaltaban
por contraste con la cuidada
y exuberante peluca blanca
con que acostumbraba a
cubrir su incipiente calva.
Tampoco pasaba
inadvertida su natural
obesidad, propia de quien
lleva sesenta y dos años
alimentándose bien y sin
padecer necesidad.
Walpole, hombre
pragmático donde los
hubiera, basaba toda su
filosofía en el poco
recomendable principio de
que «todo hombre tiene un
precio».
A pesar de la ruindad de
tal esquema moral, no le
había ido mal en la vida.
Había logrado encumbrarse
hasta las alturas de los más
influyentes estadistas del
momento. De hecho, era
considerado el primer
ministro de Gran Bretaña,
aun sin ser llamado
formalmente así.
Perteneciente a los
whigs, el partido liberal
británico de aquel entonces,
su buena estrella comenzó a
debilitarse a raíz del
fallecimiento de la reina
Carolina el año precedente,
en 1737.
Las circunstancias le
estaban conduciendo a una
situación tal que, como
único medio de relanzar su
posición, se veía en la
tesitura de tener que apoyar,
siquiera a regañadientes, a
los partidarios de declarar la
guerra a España.
En cuestión de muy
pocos días los
acontecimientos se
precipitaron.
Los partidarios de
romper el tratado de paz con
la potencia del sur, la alta
nobleza y los comerciantes,
consiguieron que la Cámara
de los Comunes se aviniera a
escuchar el relato de un
capitán, de nombre Jenkins,
que estaba dispuesto a
declarar las atrocidades que
había debido padecer a
manos de los españoles.
Llegado el día, el tal
Jenkins realizó una
parsimoniosa entrada hasta
el estrado desde donde debía
dirigirse al auditorio, en
medio de una sala
abarrotada y deseosa de
conocer de primera mano su
declaración. A nadie se le
escapó el detalle de que
llevaba un misterioso frasco
de cristal entre las manos.
Al descubrirse y alzar el
sombrero, evidenció que le
faltaba una oreja, la oreja
izquierda.
Su mentor apenas tardó
unos instantes en comenzar
el interrogatorio, y en
dirigirlo hacia el terreno que
a todos interesaba:
—¿Capitán Jenkins?
—Sí, señor.
—¿Podéis decir ante esta
cámara por qué habéis
accedido a venir a declarar?
—Oh, sí, señor. Porque
considero un deber
patriótico que sus señorías
conozcan de primera mano
el maltrato que los españoles
nos infligen a nosotros,
honrados hombres de mar
que trabajamos al servicio
de su Majestad.
—Veo que carecéis de
una oreja, ¿podéis explicar a
la sala desde cuándo os falta
ese miembro, o es acaso una
tara de nacimiento?
—No señor. Me la
arrancaron.
Se produjeron algunos
leves murmullos en los
escaños.
—¿Os la arrancaron?
¿Podéis decirnos quién tuvo
semejante osadía?
—Los españoles, señor.
Esta vez el murmullo
subió de tono, alcanzando en
algunos casos un punto de
indignación.
—¿Los españoles?
¿Queréis explicaros un poco
más? Es decir, ¿podéis
detallar cómo se produjo
semejante atropello, más
propio de salvajes que de un
pueblo que se dice a sí
mismo civilizado?
—Sí, claro. Lo recuerdo
como si fuese ayer.
Navegábamos a bordo del
Rebecca por aguas de las
Antillas, cuando un
guardacostas español, a cuyo
mando iba un capitán
llamado Fandiño, nunca
olvidaré ese nombre, nos
atacó y nos obligó a
detenernos. Esos papistas
registraron nuestra
embarcación a conciencia.
No pudieron encontrar
ninguna mercancía de
contrabando, no señor. Pero
se desquitaron
maltratándome a mí, el
capitán. Y, por si fuera poco,
como colofón, me cortaron
la oreja izquierda. ¡Aquí la
tengo todavía! —dijo casi
entre lágrimas, con un gesto
teatrero, mientras mostraba
el amputado miembro que,
al parecer, aún conservaba
en el interior del pequeño
frasco que a muchos había
intrigado a su entrada.
El efecto buscado no se
hizo esperar. Un bramido de
cólera invadió la sala,
prolongándose durante largo
rato. Tan pronto como los
gritos se hubieron acallado
lo suficiente, Jenkins añadió:
—Y el tal Fandiño no
solo me humilló a mí, sino
que también se atrevió a
amenazar a su Majestad el
Rey, al que prometió hacer
lo mismo si se atrevía a
navegar sin autorización por
aguas españolas.
Este comentario fue la
gota que desbordó el vaso.
Los partidarios de atacar
a España supieron desde ese
mismo instante que tenían
ganada la partida. O que, al
menos, habían dado un paso
de gigante que no debían
desaprovechar. Tenían en
sus manos a la opinión
pública que,
convenientemente azuzada,
sería imparable.
No importaba que el
relato del capitán fuese la
versión unilateral e
incontrastada de un solo
hombre, ni que los hechos
denunciados se hubiesen
producido en todo caso siete
años atrás. Era la excusa
perfecta para atacar las
posesiones españolas en
América y hacerse con ellas.
Gran Bretaña debía
dominar los mares, y para
ello debía desalojar a España
de América.
* * *
Si la mañana había sido tibia
para la época del año, al
atardecer había comenzado a
refrescar y al anochecer el
aire era cortante. La
humedad que emanaba de
las frías aguas del Támesis
penetraba hasta los huesos.
Un hombre alto y enjuto,
de tez pálida y pelo muy
negro, penetró en George
and the Dragon, una de las
tabernas más concurridas al
sur del río. Tenía unos
treinta y cinco años e iba
envuelto en un elegante
abrigo entallado.
El establecimiento se
hallaba débilmente
iluminado por pequeños
quinqués de aceite que
pendían de las paredes. El
abundante humo en
suspensión proveniente del
tabaco, unido al penetrante
olor a alcohol y a las
constantes y entremezcladas
voces y risotadas de las
conversaciones, a menudo a
gritos entre mesa y mesa,
conferían al lugar una
singular atmósfera que lo
hacía particularmente
apetecible para sus
parroquianos.
Tal y como se lo
esperaba, se encontró con
que el establecimiento
estaba lleno hasta los topes.
Sin arredrarse por la
cantidad de gente a la que
tuvo que sortear empleando
un igualmente elevado
número de disculpas y
perdones, se dirigió derecho
hacia una de las esquinas al
fondo del local.
Allí encontró una
diminuta mesa en la que solo
había sitio para dos
personas. Estaba ocupada.
Sin embargo, tan pronto
como el recién llegado
estuvo a la vista, uno de los
ocupantes se levantó y,
saludándolo con una ligera
inclinación de cabeza, le
cedió el puesto.
El que permanecía
sentado, un individuo calvo
de cara regordeta y mejillas
sonrosadas, le saludó con
confianza. No lo hizo en
inglés, sino en un perfecto
español:
—Buenas tardes, Lázaro,
¿cómo te ha ido?
—A mí muy bien, he
recabado una buena
información,

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